Volar

Volar el último día del año es auspicioso. Es como dar un brinco al futuro, aunque en este caso, al volver a casa, más que adelantar el reloj, las horas irán para atrás. No importa, cuando viajo jamás cambio la hora de la Ciudad de México, es como si lo que marcan las manecillas me arraigara y me dejara cerca de casa. Volar y volver. Acabar y empezar. Pensar y agradecer.

El 2017 fue un año bueno, un año dulce, un año sabroso. También agitado, los sustos de septiembre en México evocaron otros peores, pero aquí seguimos para contarlos. Hubo trabajo arduo, duro pero fructífero. Hubo horas de cansancio casi doloroso pero hubo descansos, risas y muchos encuentros con gente entrañable. Hubo reparaciones. Hubo amor. Hubo retornos. Hubo despedidas. Lecturas, unas agradables, otras poco interesantes, algunas no lograron atrapar, otras despertaron la sed de lectura rápida.

El 2018 trae transformaciones, todavía no llega y ya alcanzo a ver que se abre un nuevo camino. La piel se pone chinita, hay entusiasmo y algo de temor. ¿Volver a la vocación original? Seguir escuchando la voz de las musas. ¿Se puede tener presencia en dos espacios a la vez? Ojalá se pueda. El próximo año viene cargado de planes y planes, de proyectos por concretar y de compromisos por cumplir. Hay una sonrisa casi infantil, tal vez hasta inocente, como la que tuvo Leonardo al dibujar o Julio Verne al imaginar que se puede volar, o la de Santos Dumont al elevarse por el cielo y ver las cosas desde otra perspectiva.

Volar del sur al norte, volver a lo cotidiano que ahora traerá algo nuevo, encadenar los pasos en una dirección diferente, ya conocida, tan anhelada, tan esperada y hoy tan al alcance que hasta da un poco de temblor. Pero, como cuando se juega al avión, se dibujan las casillas en el suelo, se avienta la teja lo mas lejos posible y se empieza a saltar para llegar a la meta. Con júbilo, con entusiasmo, saltamos con felicidad para volar.

Entre Amira y Aarón

Por alguna extraña razón, me toca estar sentada entre Amira y Aarón. La máquina súper inteligente que asigna los asientos de los vuelos entre Roma y Tel Aviv decidió mandarnos separados. Mi familia y yo estábamos regados en diferentes lugares a lo largo del avión, una en la fila 5 ventanilla, otra en la fila nueve, otro en la fila 19 y a mí me tocó estar sentada entre Amira y Aarón. No hay duda, el peor lugar es el asiento de en medio.

Entre Amira y Aarón además de los milenarios motivos de separación y encono, estoy yo. Ambos son inmensos, seguro son talla extra grande. Aarón viste de negro, igual que Amira. Ambos traen cubierta la cabeza: él usa una gorra de los Yankeys de Nueva y York y ella trae una pañoleta Hermés anudada en forma envolvente, no deja ver ni pelo ni orejas y casi, casi ni frente. El tiene la barba algo crecida. Su nariz es puntiaguda y jorobada, la de ella es recta y muy larga.

Aarón estira las piernas y las abre. Ocupa parte del espacio que me corresponde. Amira alza el descansabrazos y siento el contacto se su piel contra mi brazo. Mi lugar se reduce a la mitad en forma alarmante. Los dos miran al frente. No existo para ellos. En cambio, a mi estos dos me vienen apachurrando. Los olores se hacen presentes, algo agrio se mezcla con un toque dulce, parece que algo se va pudriendo. Ambos cierran los ojos. Aprovecho para bajar el descansabrazos y para empujar a sus confines la pierna de Aarón. El problema es que ambos son muy grandes. 

El avión se empieza a mover. Soy la única que se signa. Despegamos. Al poco tiempo, las señoritas pasan con el carrito ofreciendo comida Kosher. Aarón empieza a comer. Hace ruido. Amira y yo miramos al frente. El codo de Aaron hace intentos de incrustarse con mis costillas, pero debo decir que no lo hace. No sé que le sirvieron, huele raro pero se me despierta el apetito. Amira decide que es momento de explorar los confines de su bolsa. Busca sus lentes y saca una hoja con inscripciones que le resultan interesantes. Me rechinan las tripas. Tanto Aarón como Amira se vuelven a verme con recelo. Me arrepiento de sonreírles, ninguno me devuelve la cortesía. Tengo hambre.

Desde luego, ni siquiera puedo estirar el cuello para ver qué tal les está yendo a mis familiares. Apenas logro ver la fila delantera que está en diagonal a mí. En el, pasillo va sentado un hombre con barba muy larga, caireles a los lados de las orejas, cabeza cubierta con un gorrito en forma de círculo y trae una especie de chal sobre los hombros. Amira saca un pan de su bolsa. Lucha con el empaque y al abrirlo, me pega en el brazo. No se disculpa, creo que sintió feo, arrugó la nariz y se sobó la piel, como si quisiera borrar las huellas del contacto. Ahora soy yo la que miro al frente.

Amira hace ruido pero se acaba rápido su pan. Aarón come muy lento, mastica cada bocado, se toma su tiempo. Las señoritas no nos alimentan a los demás pasajeros. Ahora, no solamente tengo hambre, ya me dio sed. Espero que no me den ganas de ir al baño, no sabría como resolver semejante problema. Ya quiero llegar, me temo que el vuelo será eterno.

Gustavo, te veré volar (Homenaje a Gustavo Cerati)

Gustavo, te veré volar por la ciudad de la furia, donde nadie sabe de ti y ya eres parte de todos. En realidad, nada cambiara, ya eras y sigues siendo una fábula en la ciudad de la furia y en todos los oídos que se admiraron al escuchar tus creaciones, tu voz y tu acento tan argentino y tan mundial.
Te veré volar y no serás ni el Dédalo ni el Ícaro a los que te referías entre notas musicales. Serás, en todo caso esa flecha en busca de destino, que no le teme al sol y cuyas alas de cera no se derretirán frente al sol.
Volarás, como lo predijiste, entre la niebla, donde nadie sabe de tí pero ya eres parte de todos. Te refugiaras, antes de que todos despierten.
Duermes, Gustavo, pero eres el que atraviesa el cielo entre fuegos fugaces. eres el hombre alado en un vuelo extraño que a los ojos de todos ya ha durado años, tres, pero que tal vez para ti sea esa flecha salvaje que busca ese destino entre el Buenos Aires de calles azules y terrazas desiertas que viste tan susceptible. El respirador es un hilo dorado que conecta tus vuelos con una cama de hospital rodeada de todos los tuyos.
Te dejarán dormir, ya que saben que eres el hombre alado que prefiere la noche, esa noche que llegó, tal vez por un accidente vascular, tal vez porque tú ya lo sabias, ya que de tu propia pluma brotaron esos versos en los que exigías el cuidado de ese sueño tan tuyo para poder despertar con la luz del sol entre sus piernas.
Advertiste que verías caras de temor y pretenderías caer entre la niebla, caer como si las alas tuyas hubiesen sido de cera, pero las tuyas siempre han sido de otro material, del que resiste los días, meses y años. Tres. Tres años.
Pero, Gustavo, los amantes de Soda Stereo sabemos. En tu Ciudad de la furia nos hiciste una promesa, nos dijiste:
Me veras volver
Me verás volver
A la ciudad de la furia

Por ello, se que te veré volar, entre vuelos fugaces y dormirás hasta despertar entre sus piernas. Entre sus piernas.
En el pentagrama dejaste enredadas las palabras con las que te veo volar sobre Buenos Aires al que volverás y en el que relucirás con esa seducción que nos dejo atados entre tus letras, entre tus letras .
Feliz cumpleaños, felices sueños, mejora vuelos, Gustavo.

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Clase turista

A veces me da por pensar, lo cual ya es ganancia, que cuando me subo a un avión el aparato en realidad no se mueve, sino que gracias a las torturas sufridas, el cuerpo se teletransporta de alguna forma misteriosa al destino deseado.
Esto sucede con mayor fuerza cuando viajo en la cabina de clase turista en la que los espacios son cada vez más reducidos, por lo que las incomodidades se multiplican y se hacen evidentes: los pies se hinchan y duelen, la comida es malísima y sabe a plástico, y las azafatas son poco amables. Sospecho que esto es un ardid comercial de la línea aérea para qué la próxima vez paguemos primera o de perdida business. Sin embargo, cada vez que pregunto, los precios me parecen exorbitantes y me digo que no lo valen y pago turista.
Al estar, como ahora estoy, sentada en mi modesto asiento, me arrepiento. Claro, las torturas son para eso, para arrancarnos el arrepentimiento a toda costa, a como de lugar. Y, es que mi espacio vital es tan pequeño que si el pasajero de adelante estornuda la mesita del asiento se agita y pone en riesgo el equilibrio de mi refresco.
Así son los vuelos de muchas horas, cansados, tediosos. Quiero dormir y no puedo. No hay espacio ni para estirar las piernas. Quiero leer y no puedo. La luz molesta a mi compañera de lugar que ha decidido dormir, buena suerte. Escribir, casi imposible, ¿Cómo? Juego al héroe y lo tomo como un desafío: escribo.
En pocos minutos llegaré a Lima, el vuelo nocturno concluirá, y elevarán las cortinillas. Me demostrarán que no fui teletransportada. ¿Les creeré?
Me parece que sí. Veo amanecer sobre la cordillera de los Andes. El rosa vence al azul nocturno. Ya casi olvido el dolor de pies…..

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