Negocios creativos

Hay una tendencia en universidades de la talla de Stanford, Harvard, Oxford, Georgetown, para incluir una materia de creatividad en carreras que no están relacionadas con el mundo de las artes. Administradores, ingenieros, abogados, contadores salen de la rigidez y se les enseña a desarrollar también su lado creativo, no sólo la parte mecánica. Se sigue haciendo énfasis en el método, en la secuencia de pasos, para que llegado el caso se pueda replicar la fórmula de éxito, pero para llegar al triunfo, se le pide a los estudiantes hacer uso de la creatividad.
Las universidades abrazan la postmodernidad, admiten la posibilidad de que las respuestas estén más allá del perímetro de lo conocido. En pocas palabras, al igual que los artistas, los catedráticos invitan a sus alumnos a salirse de la caja y ver más lejos.
En estas clases se invita a los alumnos a poner atención. Se plantea un problema y se manda a los estudiantes a las calles a observar. No está permitido llevar ningún aparato con el que se puedan conectar a Internet. Se debe dar preferencia al lápiz y al cuaderno para anotar las observaciones. Se puede llevar una cámara fotográfica. Sin embargo, lo principal es hablar con la gente. Preguntar y preguntar. Privilegiar el contacto humano.
Una vez reunidos los datos, se regresa al aula a analizar. Se busca confirmar que lo que se planteó como problema, realmente lo sea, si no es así, se replantea una vez más. Se clasifican los datos obtenidos en las encuestas y, entonces sí, la imaginación a volar.
Lo maravilloso de las experiencias de creatividad en carreras tan técnicas es que la combinación da resultados sumamente poderosos. Soluciones efectivas y, más que nada soluciones fáciles de implementar. Es sorprendente ver como al traspasar los límites se encuentran verdaderos tesoros.
Salirse fuera de la caja, como dicen los postmodernos, abandonar el sitio de seguridad y volar por encima del área de confort es difícil, en apariencia, pero una vez que alguien se atreve a dar el paso, la experiencia le resulta sumamente satisfactoria.
Se presentan proyectos de todo tipo, científicos, como soluciones contra el problema del insomnio, nutricionales, como el uso del polen de abejas, de ingeniería de tránsito como el transporte escolar en ciudades de alta concentración poblacional, de moda como ropa emocional en tonos dulces y tantos más.
Sí, el arte influyendo positivamente la técnica. La unión de dos mundos en apariencia antagónicos y que al reunirlos dan proyectos novedosos, efectivos, pero sobre todo divertidos.
Enseñarle a la gente a hacer las cosas de diferente manera, encontrar caminos que modifiquen las vidas y las hagan mejores con sólo elevar la mirada y cosechar las soluciones que nos presenta el paisaje es sumamente satisfactorio. Buscar romper fronteras y traspasar limites es una aventura sumamente divertida.
Es el reto del mundo de hoy. Despertar la creatividad. Ahora no sólo las universidades están interesadas, también las empresas con el fin de entrenar a sus ejecutivos y líderes. Es un buen proyecto que traigo entre manos, ¿Quién dice yo?

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Valores rectores.

Es difícil saber si el consejo que te dio un consultor es bueno o no. En general, las personas que nos dedicamos a la consultoría, de cualquier tipo, sea financiera, contable, de capacitación, psicológica, o de lo que sea, tratamos de dar a nuestros clientes las mejores ideas para resolver ciertos aspectos que no marchan bien. En ocasiones, la recomendación sale peor que lo que se pensaba resolver, es decir, sale más caro el caldo que las albóndigas.
En general, para evaluar a un consultor, lo primero que tenemos que hacer es analizar si nos está simplificando o complicando la vida. Acto seguido hay que evaluar si el consejo dado o la solución planteada se apaga a los valores del individuo, en lo particular, y de la institución en lo general. Pero cuidado, un consultor no debe de decir cuales son estos valores, ni siquiera sugerirlos. Es verdad que en el camino nos topamos con muchos clientes que tienen los valores enmarcados en bellos cuadros que adornan las paredes de sus oficinas, pero cuando se los preguntan, ni siquiera se los saben. Ahí es el momento de verdad en el que se detecta si un consultor hizo bien o no su trabajo.
Un consultor no impone, construye junto con su cliente la mejor ruta de solución y luego acompaña. Sí, sí, ya se que muchos del gremio saltaran y me dirán que la responsabilidad de la implementación no recae en el despacho de consultoría. No me refiero a eso. Me refiero a la sensibilidad que debe tener el consultor para que a partir de los valores reales de la empresa se generen posibilidades de solución factibles. Hago énfasis en el hecho de construir sobre los valores reales que no siempre son los que se confiesan.
Me explico, en muchos casos los valores que se enarbolan para la construcción de los planes estratégicos no son ni el más pálido reflejo de la realidad. Es por ello que aunque estén enmarcados lujosamente sólo sirven de adorno. Sucede en empresas chicas y en las grandes también.
Es muy frecuente ver en los grandes corporativos de las empresas trasnacionales departamentos enteros trabajando en la difusión de la misión, visión y valores de la empresa y por otro lado darse cuenta de como sus ejecutivos los van haciendo añicos en el día a día de trabajo.
Los valores no nacen del consenso. Brotan del interior de cada individuo. Para ser fiel a los valores de una empresa, primero hay que ser fiel a los valores personales. Para llegar a este punto lo primero es conocer cuáles son nuestros valores rectores, los que dirigen nuestra vida, los que nos inculcaron en casa.
A partir de ello es fácil saber si el consejo del consultor es bueno o no. De nada sirve que nos digan que X o Y plan funcionó a las mil maravillas en W o Z empresa. Es de nula utilidad que nos presuman que en este o aquel país se implementó en forma extraordinaria una solución. Un consultor que habla así está sustentándose en humo.
Un consultor de verdad se apoyará en los valores y así emitirá un consejo. Dirá, en este o ese lugar, que comparte estos valores contigo, funcionó un plan con estas características que podríamos adaptar a las circunstancias particulares y nos hará llegar a este objetivo especifico.
Pero la gente se confunde. Se deja engañar por el oropel del mundo de la consultoría cuando es muy sencillo descifrar el acertijo. Para saber si un consejo es bueno o no hay que confrontarlo con los valores. Con los valores reales de la empresa y con los valores rectores del individuo. El problema es que muchos no tienen claro este concepto. Poca gente sabe cuáles son los valores que rigen y le dan sentido a su vida y entonces viven confundidos.
Un buen consultor ayudará a resolver este problema de forma sencilla. Ayudará a descorrer el telón y pondrá al cliente en el camino correcto. Hará la pregunta adecuada:
¿Sabes tú cuáles son tus valores rectores? Y, a partir de ellos, construirá. Y, a partir de ellos evitará soluciones y planes que jamás se concretarán pues, en el fondo, aunque no lo sepamos, siempre somos fieles a nuestros valores recortes. Por ello es de vital importancia conocerlos.

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Informando

Vaya, vaya. Una vez más pasó el primero de Septiembre, una vez más fue un mensajero del Ejecutivo el que entregó el informe del estado que guarda la nación y otra vez inició el Congreso su periodo ordinario de sesiones sin la presencia del Presidente. Parece ser que Vicente Fox será el último presidente en ocupar la más alta tribuna de la nación con calma y en orden.
Se criticó mucho la costumbre de que el Presidente fuera quien diera inicio a los trabajos de diputados y senadores cada año, se decía que era el día del besamanos y que la ceremonia, más que una práctica republicana, parecía el día del desfile de un rey. En parte era cierto. Recuerdo a López Portillo salir y regresar al Palacio Nacional en un auto descubierto, pasear por las calles de la Ciudad, entre una lluvia interminable de papeles de colores. ¡Cómo me hacía ilusión! Para mí, en aquellos años, lo importante eran las fiestas y la inauguración de las fiestas de la Independencia. Mi papá se sentaba frente al televisor y escuchaba atento el informe del presidente. En la escuela te preguntaban lo que se había dicho, como si a esa edad se entendieran las palabras de un político –a esa o a cualquier edad–. En fin, a mi me gustaba la ceremonia del Informe. Creo que me hacía las ilusiones de que en realidad me estaban diciendo como iban las cosas.
Hoy el presidente ya ni siquiera va a la sede del Congreso. Será porque no lo dejan, porque no es bienvenido, porque no es prudente, porque no se siente cómodo, por que le gritan, o quién sabe por cuantas razones más, evidentes u ocultas, el primer mandatario no se aparece por ahí.
Lo cierto es que el formato del informe cambió y no me parece que haya mejorado. Al revés, desde mi punto de vista ahora es más imperial que nunca. Su majestad, el Presidente, envía a su chambelán, el Secretario de Gobernación, a entregar en cajas doradas, un montón de hojas que serán examinadas en por el séquito de Senadores y Diputados y el pueblo recibirá un mensaje de como la presidencia se ve a sí misma. Antes, aunque aburrido, el informe daba cifras, ahora se da, desde la comodidad de su casa, un recado de como se ven las cosas desde Los Pinos. Tal vez el siguiente informe lo de el señor presidente en bata y pantuflas.
Extraño los días en que el Palacio Nacional era el lugar de trabajo y el Congreso recibía al Ejecutivo con respeto. Eran otros años, tal vez ahora el presidente esté tomando las ventajas del home office o le guste llevarse los pendientes a su casa.
Me gustaría que el Presidente informara del estado que guarda la Nación con la formalidad y protocolo debidos y que los miembros del Congreso escucharan lo que el ejecutivo hizo con la oportunidad que los votos le otorgaron.
Me gustaría ver al presidente informando y al congreso trabajando.

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