Cumpleaños feliz

En los cumpleaños, uno tiende a mirar a los lados de su propia historia. Se vuelve la mirada hacia atrás y se tiende la vista al futuro. El presente se convierte en un pivote que sirve para asentar los pies y para tomar fuerte el timón y decidir el rumbo.

Al tender la vista atrás, pasan cosas simpáticas. Parece como si en lugar de tener una misma línea de vida, fueran varias vidas, múltiples personas que de entonces a la fecha conforman el ser que soy el día de hoy. Debo decir, que hay fragmentos de esa vida que me resultan tan lejanos como desconocidos y no tiene que ver con una cuestión temporal, pero tampoco puedo determinar el factor que me acerca o me aleja de ciertas partes de mi vida.

Por ejemplo, siento muy cercana a la niña que entró por primera vez al kinder y las sensaciones de ese día inaugural de clases. Y, por otro lado, siento tan lejana a la niña que iba a acompañar a su mamá a su maestra querida en Zamora. Parece que fue ayer que nacieron mis hijas, sin embargo, siento que la vida sin Carlos no es la mía. Recuerdo con precisión el día que conocí a Bibi y a Arturo y se me figura que hace una eternidad que estudié en el ITAM. Hay fragmentos de mi vida que parecen haber sido vividos por otra persona y otros que se han perdido en el olvido. Incluso, si alguien me dice ¿no te acuerdas de aquel día que pasó ésto y aquello? No lo recuerdo ni aunque me den detalles específicos. Lo que se borró quedó borrado.

Al pensar en el futuro, se me activa la imaginación. Siento que hay tantas cosas que me gustaría hacer y parezco niña en dulcería que no termina por decidirse qué es lo que va a elegir. Por fortuna, el inventario de los sueños sigue sobresaturado. Al cumplir años, se abren una serie de caminos que resultan floridos. Ya sé que me gustan los que son empinados, los que encienden la adrenalina y entiendo que la curiosidad me ha llevado a abrir puertas que me terminan sorprendiendo ampliamente.

Al ver al futuro, percibo circuitos que se fueron formando en el pasado. Es que en el cumpleaños convergen todos los tiempos. Los segundos se alojan en el corazón y en el espíritu, claro, también se reflejan en el cuerpo. Es una fortuna que así sea.

Hoy, de la mano de mi marido, caminamos al Tepeyac y con un agradecimiento humilde fui a dar gracias por las bendiciones que he recibido. En todos estos años, la vida ha sido un don bueno, lleno de emociones, de compañeros que han caminado a mi lado, de gente que me ha tenido buena voluntad, que me ha mostrado estima y amistad. Están los que me han amado en lo próspero y en lo adverso. Lo demás es lo demás que también ha sido parte de mi vida.

En el límite entre ese pasado y este futuro, me pongo de puntitas y miro a los dos lados. Recibo el abrazo de los míos, elevo los ojos al cielo y doy gracias infinitas por esta vida buena.

Proteger la vida

Después de los atentados de Dayton, Ohio y de El Paso, Texas, con el regusto amargo y la tristeza de ver la capacidad de odio que tienen esos jóvenes es preciso reflexionar. Como si el mundo estuviera puesto al revés, vemos que los antivalores se ponen de moda y el odio germina como hierba salvaje en el corazón de muchos humanos.

Hemos condenado a Caín como el hermano malvado y elevamos la quijada de burro a cualquier semejante que ni vea la vida como yo ni comparta mi punto de vista. Por quítame estas pajas, una bala acaba con una vida. Mientras el mundo lloraba la muerte de inocentes en atentados absurdos, en Guanajuato y Michoacán se rebasaba la cifra de muertos.

Con una frialdad cercana a la frivolidad, un hombre seguía atendiendo su puesto y vendiendo sus cosas mientras pendían sobre él una serie de cadáveres. No hubo ni empatía ni miedo ni consciencia ni nada, mejor mirar cortito y voltear a otro lado sin meterme en lo que no me importa.

En este momento, algún semejante está muriendo ahogado tratando de cruzar una frontera que lo lleve a una mejor vida; una mujer está siendo asesinada porque se puede, un bebé sin nacer pierde la oportunidad de vivir, una persona recibe una bala y ni se entera porqué.

Es momento de proteger la vida y dejarnos de babosadas.

Los límites de la vida

La Humanidad con toda su inteligencia, con los enormes progresos y con la carrera tecnológica a toda velocidad aún no puede resolver un tema esencial: ¿dónde empieza y dónde acaba la vida? Decía Albert Einstein que si planteamos adecuadamente la pregunta, será más fácil encontrar la respuesta.

Hace algunos años, Javier Bardem se hizo famoso fuera de España al interpretar a Ramón Sampedro, un personaje real, un hombre gallego que quedó tetrapléjico después de un accidente y que se hizo a la batalla de despenalizar la eutanasia. No lo logró, aunque consiguió suicidarse con la ayuda de once personas. Sampedro murió hace veinte años y no hay muchos avances en el tema.

En general, la sociedad está en contra de una muerte dolorosa. Una agonía angustiante es terrible para quien la padece y para quienes aman a la persona que está sufriendo. Hay momentos en los que un enfermo ya no va a mejorar, en donde el escenario que ha de venir es doloroso y terrible, ¿hay una necesidad imperiosa que obligue a alguien a seguir ese camino de padecimiento?

La cuestión es delicada, reconocer la libertad que alguien tiene para decidir en que momento ha de poner punto final a su vida es un tema controvertido. Sin embargo, meterlo en un cajón y guardarlo es un contrasentido. El debate sustentado, las ideas y el respeto a diferentes puntos de vista debiera privilegiarse. Someterse a una condición que ya no es digna, ¿es vida? Dejar a una persona atrapada al sufrimiento extremo, ¿es vida?

¿Dónde empieza y dónde acaba la vida? La respuesta tiene varias contestaciones posibles, la biológica es la más sencilla. Sin embargo, las cuestiones intangibles que tienen que ver con la ética y con la trascendencia son las más complicadas. En Holanda y Bélgica el tema está regulado desde hace veinte años. Abrir la mente y el corazón para tratar estos temas, será un buen comienzo.

El caso de Alfie Evans y la reflexión sobre la vida

La muerte del pequeñito Alfie Evans que padeció una enfermedad cerebral degenerativa me lleva a reflexionar sobre qué es la vida. El padecimiento devastó el cerebro del pequeñito inglés y al final los médicos reportaban que ya no veía, no escuchaba, no sentía y decidieron retirarle el respirador que era lo único que lo mantenía con vida. Los padres no estuvieron de acuerdo con que se le suspendiera el tratamiento médico, pidieron llevarlo a Italia para conservarle la vida. El Papa Francisco ofreció cuidarlo en un hospital del Vaticano, incluso, se le dio la nacionalidad italiana para poderlo trasladar allá, pero la corte británica decidió a favor de los médicos y le quitaron el respirador. Alfie vivió un tiempo más y dejó de respirar hace unas horas.

Pero, en el fuero interno, en lo más profundo del corazón, me brota una pregunta terrible, Alfie Evans dejó de respirar hace poco tiempo pero, ¿cuándo murió? ¿Qué vida es esa en la que confinamos a una persona a vivir atada a un respirador y postrada en una cama? Los límites de la vida son una cuestión de reflexión humana. La vida inicia cuando un esperma fecunda un óvulo, según la tradición católica, ahí se insufla el impulso vital y termina cuando el alma se desprende del cuerpo. ¿Cuándo sucede eso?

Si eso es así, ¿cuántas vidas han quedado en una caja de petri con óvulos fecundados esperando a ser insertados en una matriz, cuantas almas quedan atrapadas en un cuerpo que respira por un impulso artificial? El Hombre que juega a ser Dios no alcanza a responder estas preguntas. La vida es el tesoro más precioso que se nos da a las criaturas que habitamos este mundo. ¿Hasta dónde podemos manipularlo, forzarlo o estirarlo?

Entiendo la lucha de los padres de Alfie Evans, entiendo a quienes se declararon a favor de la vida y a los que en esa línea se manifestaron a favor de dejarlo conectado al respirado. Entiendo la intención del Papa Francisco, pero, ¿es eso la vida? La respuesta, me temo, no puede llegar desde la mente. Tal vez, lo correcto sea lo que dicte el corazón.

El camino que el ser humano recorre en este mundo es un misterio y la reflexión sobre el inicio y el final de la vida tiene una respuesta compleja. El de Alfie Evans fue un camino difícil, sirva su vida para entrar en este análisis que requiere una mente fría y un corazón abierto.

Quince al revés

Hoy, amanecí el día envuelta de regalos, flores y rodeada por los abrazos más lindos. ¡Feliz cumpleaños!, escuché y ya tenía encima a mis hijas y a mi marido cantando las mañanitas. El corazón dio semejante brinco de emoción. Despeinada y en ayunas, el cariño sabe muy bien. Hoy cumples quince alrevés, me dice Dany muerta de risa y me monta en una ráfaga de recuerdos.

Tuve fiesta de XV con vestido largo, baile con papá y toda la cosa. Mi Mami Lolita dirigió todo lo relacionando a la confección del vestido y mi mamá a los detalles de la fiesta. En ese tiempo, estaba segura de que iba a ser física nuclear, que iba a estudiar en el extranjero y que tendría un doctorado; soñaba con tener gemelos —¿o mellizos?—, un niño y una niña que fueran bebés pelones, los greñudos no me gustaban y que iba a tener un par de perros setter irlandés y un marido perfecto.

En ese tiempo, usaba el uniforme de la escuela, un día sí y el otro también. Tomaba decisiones radicales: un día me fui a cortar el pelo a navaja, defendía mis posiciones en forma apasionada y, ya desde entonces estaba frente al pizarrón. Daba clases de inglés a chicas que eran más grandes que yo en una escuela para maestras. Entonces, ponía la mirada muy en alto y veía las metas tan lejos. ¿Qué cuentas le entrego hoy a esa Cecilia de quince años con tantas cosas por hacer, por lograr, por querer ver?

Gracias al cielo, le puedo dar cuentas muy felices.

Evidentemente, no todo resultó como yo quería. Creo que me fue mejor. Mi par de perros setter irlandés se transformó en Luca y Vito primero, con los que aprendí que la fidelidad y el amor trascienden la muerte; luego en Muffin y en Bodo que me acompañan a caminar y me dan motivos para sonreir todo el tiempo. Cambié las fórmulas de física por una sola: A todo cargo corresponde un abono y con ella me he lanzado a conquistar territorios, no me resultó tan mal. Pero, fui fiel, estudié Area I para cumplirle el gusto a esa Cecilia anhelante. 

Fui a la Ibero, en donde fui tan feliz y a donde irá una de mis hijas también. Viví en Toledo, volví. Hombro a hombro con Bibi presentamos, muertas de miedo, un examen profesional entrañable. Me casé con el mejor hombre del mundo y no tuve a mis gemelos —¿mellizos?—, tuve dos bebitas pelonas como rodillas y que han sido el logro más importante de mi vida y el reto más maravilloso.

Mi vida.

Miro a la que fui a los XV y me veo al espejo. Quince al revés. Jajaijajajai. Me sigo reconociendo, hay mucho de aquella que era que todavía es. Hay huecos, también hay huecos. Faltan cariños, unos se fueron por su propio pie, otros los saqué a patadas y otros me fueron arrebatados. Por suerte, están los que tiene que estar; los mejores. Muchos sueños quederon en el olvido y ya no podrán ser, lo de ser física núclear está imposible. No obstante, me sorprendo como la mayoría se cumplieron mejor de lo que hubiera esperado. La maravilla es que todavía sigo generando sueños, esta cabeza inquieta no se sabe quedar en silencio, como sucedía antes y me temo que seguirá sucediendo.  

Tantos libros por leer, tantas cosas que contar.

Ahora, en vida se escribirán historias con las gatitas y el perico, con tardes en Acapulco y mañanas en San Miguel, sobre ediciones de revistas, alumnos exitosos, proyectos por llegar, lectores por atrapar, porvenires de colores con, amigos, mis hijas, marido y todos los que han de venir. Las puertas están abiertas. Necesito aprender muchas cosas nuevas. Me urge aprender a tomar selfies, me quedan faltal. 

Me reconozco en esa niña que cerraba los ojos y le pedía a Dios con todas sus fuerzas que llegarán los Reyes Magos, en esa joven que se hincaba frente al altar e iba a misa los domingos. Conservo la fe. Siento la generosidad que el Padre ha derramado en mi vida, la protección de Jesús y el amor del Espíritu Santo que me acompañan desde que era muy pequeña. Desde siempre. Soy guadalupana, la Virgen a sido mi cómplice y mi protectora. He contado con el consejo de la muchedumbre de los santos y he estado rodeada por la corte de los ángeles. Los cuatro árcangeles me han escoltado siempre, si no, no hay forma de explicar tantas bendiciones.

Me gusta contar y hacer cuentas. En el recuento, el saldo es positivo. Lo sé porque, al final, siempre me gana la risa. 

Regalo de mi abuela

Los caminos que tiene el amor son misteriosos. Hoy, veintiuno de marzo, día en que nace la primavera, también era cumpleaños de mi abuela materna a la que siempre llamé Mami Lolita. Fui su primera nieta y en esa condición, el que pega primero, pega dos veces. Ese sólo mérito me ganó ser su consentida y como un cariño tan grande no es esteril, en mí germinó otro que persiste aún después de la muerte. 

Mi Mami Lolita murió en 1994, el año en que me casé. Es curioso que después de tantísimo cariño que nos tuvimos, la sueño muy poco. El abismo que abre la muerte es profundo pero no definitivo. Para muestra un botón. Ayer, recibí un regalo de mi abuela.  Como siempre, el mas allá se consigue ángeles en la tierra que completen la tarea, en este caso fue mi prima La Güera.

Mi Mami Lolita tejía a gancho y lo hacía en forma espectacular. El dicho de rápido y bien, no ha habido quien de evapora ante las manos hábiles de mi abuela —no me gustó jamás decirle abuelita a una mujer tan hermosa que nunca dio signos de vejez mientras estuvo sana—. El ganchillo se movía a toda velocidad para dejar espacio a creaciones maravillosas. Lo mismo blusas de hilo, que bufandas de estambre, que vestiditos, capitas, cobijita de bebé o lo que se le ocurriera en esos momentos. El máximo de los regalos era un mantel. 

Sí, a pesar de la velocidad de tejido, un mantel requería de mucho tiempo y dedicación para quedar listo. Era tejer muchos cuadritos y luego ir uniendólos uno a uno. La recuerdo haciéndolo y explicándome la mística de semejante tarea. hay que hacerlo con cuidado, fijándote que todo coincida para disimular las costuras. Los manteles son como las familias, las uniones debes ser fuerte para que no se separen, incluso cuando tienes que tallar para que salga la mugre. Sus dos hijas, las únicas que tuvo, recibieron uno de estos manteles. Hoy, gracias a la generosidad de La Güera, yo, en el día del cumpleaños de mi Mami Lolita recibí uno. Uno de los dos que les dejó a sus hijas.

El que le correspondió a mi Tía Luz Elena está conmigo. Al ver el mentel, lo abracé como si la estuviera abrazando a ella. Mi sorpresa fue enormemente grata, entre los hilos todavía se conserva ese aroma tan especial del perfume de mi Mami Lolita. Sin duda, los caminos que unen el más allá con los que estamos acá son misteriosos. La unión de los hilos es tan fuerte que las puntadas se abren paso para dar cariño. Tal como ella me enseñó, es de bien nacido ser agradecido. Gracias, Güera. Gracias, Mami Lolita. ¡Feliz cumpleaños! Ya recibí tu regalo.

  

La bocana

En Acapulco, al despuntar el día, abro los ojos y me topo con la superioridad del espectáculo: la inmensidad del cielo se viste de los mejores tonos que van desde el azul más intenso hasta el rosa apasionado. El sol se refleja en el mar y las nubes se dibujan entre las olas. Hay que poner atención para no terminar confundiendo la bóveda celeste con la profundidad de las aguas. 

Las lucecitas de la ciudad se apagan porque los rayos del sol se encienden. Esa es la señal para saltar de la cama y salir a caminar. Digo que voy a hacer ejercicio pero mi verdadera intención es permitir que la mañana se me meta en el cuerpo y el el milagro de un nuevo día se encarne en mí. Es la sensación de la brisa salada que se combina con los veintidós grados a las ocho de la mañana. 

Hay varias rutas y circuitos que me gusta hacer, sin embargo, el que más me reta es el camino que me lleva a la bocana. Es un trayecto de casi seis kilómetros de subidas y bajadas, de pendientes con altos grados de inclinación que exige fortaleza física y voluntad. Es un sendero que en ir y venir se invieten dos horas de caminata intensa. En esta ruta me entrené para hacer el Camino de Santiago. Por eso, caminar rumbo a esta entrada de mar siempre tiene evocaciones especiales.

El tramo final lleva al mar. Es una vereda ecológica en la que se respetó el entorno original. Al caminar por ahí te salen al encuentro amates muy altos con raices de grandes dimensiones, laureles, papayos y mangos. El olor a fruta combinado con los aromas de sal revigorisa el cuerpo. El sonido del arroyo que busca encontrarse con el mar es una especie de mantra alegre que alaba la inmensidad. El agua corre entre las rocas y piedras de rio.

Hay un punto en el que el agua dulce se funde con agua salada. Los remolinos que se forman por este encuentro confunden al observador que ya no sabe cuál corriente es de esa agua clara y joven y cuál es el comienzo de la infinidad del Pacífico. Ahí, en ese punto, el arroyo se convierte en algo superior, cambia de nivel y se eleva. Es una transición similar al alumbramiento de la vida, es dejar la pequeñez que ya no puede contener al bebé para lanzarlo a la grandiosidad del mar.

La fusión es tranquila, los remolinos son círculos concéntricos que se hacen y deshacen para dar continuidad, para dejar correr el cauce de las aguas. Es una imagen perfecta que la naturaleza nos ofrece para entender que la vida no es un antónimo de la muerte, simplemente son etapas que llevan un mismo sentido. Unos ni siquiera lo ven, otros lo desestiman, para algunos adquiere un significado, para mí, que casi puedo ver entre la maleza como se  dibuja una flecha amarilla, el significado del verano, del agua, del cielo significa la evidencia de la mano de Dios.

Me gusta observar esos remolinos y elevar la mirada a ese punto en el que la redondez de la tierra forma una línea  en la que el mar toca el firmamento. Pensar en Dios y agradecer. Después emprender el camino de regreso que me lleva al descanso de verano que me prepara para los día de trabajo que vendrán y me llevarán a un entorno tan distinto.

  

  

Nuestros queridos muertos

Dice la tradición que la madrugada del Dos de Noviembre se abren las puertas que separan a los vivos de los muertos y que los que ya se fueron tienen permiso de cruzar el umbral y volver. Por eso, se colocan altares con recuerdos, bebidas y manjares, es decir, con lo que le gustaba al difunto, para darle gusto.
¡Cómo quisiéramos que cruzaran el puente que divide el reino de Mictlantecuhtli con un poco más de corporeidad! ¡Cómo quisiéramos que si Dios Padre les va a dar permiso, se los diera en cuerpo y alma! ¡Cómo nos gustaría verlos, abrazarlos, llenarlos de besos y poderlos tocar! Pero nos tenemos que conformar con enviar suspiros al cielo, con evocaciones a veces vívidas, a veces diáfanas, con caricias a los retratos y besos al aire.
El evangelio de Lucas, en la parábola del epulón y Lázaro, se refleja la petición que el rico le hace a Dios: Deja que baje Lázaro y les cuente a los míos lo que hay después de la muerte. No, que escuchen a los mensajeros que les he enviado. Pero los humanos rebeldes queremos más.
Quisiéramos tener un hoyito por el cual atisbar el más allá. Tener certezas materiales de lo que sucede cuando uno de los nuestros o nosotros mismos damos el último suspiro. No, eso no existe. Incluso, los que han muerto y han regresado después de una técnica de resucitación, aquellos que cuentan que vieron una luz al final del túnel, se han topado con la explicación científica de que eso se debe a que el cerebro vive tres minutos más después que los demás órganos han dejado de vivir. No se trata de que hayan tocado la Eternidad, se trata de imágenes distorsionadas por un cerebro moribundo.
No, ante la muerte la única certeza que tenemos es que nos va a tocar. Lo que sucede después se divide en dos corrientes, los que ven un hondo mar oscuro, los que opinan que ese es el final y los que creemos en un cielo lleno de luz y amor. Si me dan a escoger prefiero la luz que la oscuridad.
Para mis queridos muertos, para los míos, para mí eso es lo que creo. Espero que mi ultimo suspiro abrirá la puertas que me permitirán entrar al lugar donde me reuniré con mi Mami Lolita, con María Antonieta, con mi abuelito Salvador, con mi abuelito Daniel, con mi abuelita Jesús, con el tío Víctor, con la tía María Elena, con mi tía Martha, con el padre Sanabria, con mi ángel de la guarda, con Jesús, María y José. Estaré en comunión con quienes partan antes que yo.
Sin embargo, hasta que eso suceda, trataré de atizar la flama de su recuerdo, lucharé por que su imagen no se borre y diré la oraciones que me conectan a ellos. A ellos a los que quise y quiero tanto.

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Para empezar

Para empezar bien este año, Señor te pido, que me tomes de la mano.
Que tu Divina Providencia me mire con cariño y que yo no lo pase por alto. Que el corazón se llene de tu luz y de tu agua viva.
Que la casa, la mía, esté llena de los míos, protegida por ti, abrigada por tu amor y que él reine en ella.
Que la honra se mantenga en alto, que la mentira no la manche, ni mis malas acciones la percuda, que crezca gracias a tu generosidad y que la parte buena que Tú sembraste en mi desde el primer día y venza la oscuridad que me tienta. Que sea reflejo de tu presencia.
Que el vestido se obtenga con el sudor del trabajo productivo y que de el broten flores y frutos de colores y sabores maravillosos. Que sean tan abundantes que alcancen para saciar mis ansias, mis pesares y se conviertan en risas y sonrisas de olor a jazmín; que tenga la capacidad de compartir con los que nada tienen y con los que tienen mucho, siempre en el mismo tono.
Que el sustento no falle, ni el físico, ni el espiritual. Que la mesa esté repleta y los vasos se desborden de cariño, solidaridad y que el lugar de honor sea el Tuyo. Que encuentre siempre la fuerza para honrar mis compromisos y ser fiel a mis principios.
Que la salud y la serenidad broten de tus manos.
Que el amor sea a imitación del tuyo y que logremos desterrar la maldad con la misma determinación que corriste a los usureros del templo.
Que haya vida en abundancia, que te reconozcamos como el Camino, la Verdad y la Vida. Y que en el momento de la muerte no nos falte la protección de tu Santísimo Sacramento,
Enséñame señor a abrir los brazos y cerrar la boca,
A escuchar, a pedir disculpas cuando sea necesario, a regalar mi ausencia a quienes no valoran mi presencia, a ser empatía y simpática, a ser buena mamá, a darle apoyo a los míos, paciente con el marido, también amorosa y a dar consuelo. A ser agradecida y a no tenerle miedo a la palabra gracias.
Enséñame a buscarte y a entender que desde siempre ya te encontré porque estás en mí.
Amén.

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