Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

I amsterdam

A veinticuatro grados centígrados, el cielo azul con nubes aborregadas, almendros que se mueven con la brisa que llega de los canales y el sol que brilla como si fuera un gran girasol, claro que amar Amsterdam es fácil. No tenía un buen recuerdo de esta ciudad que, como si supiera que le tenía cierto recelo, se ha mostrado maravillosa. Como una seductora experimentada que tiene interés en borrar esa impresión sombría, lluviosa, agresiva de hace más de veinticinco años. 

Decían que la decisión de convertir Amsterdam en una ciudad en la que se pudiera fumar mariguana con libertad le haría mucho daño. Creo que los primeros años fueron peores. En los primeros días de esa liberación, a mí me tocó estar en la ciudad. Efectivamente, lo que vi entonces ni me gustó ni me dejó un recuerdo grato. Hoy, en cambio, veo que Amsterdam devino bien. Es cierto, casi en cada esquina huele a hierba quemada. Más en ciertos barrios que en otros. Es cierto que el barrio rojo sigue con la fama que le pica la curiosidad a los turistas y en el que hay que tener la mente amplia para poder visitarlo. Pero, Amsterdam es mucho más.

Recuerdo que la primera vez que vine, estuve con mi hermana, con mi prima Pily y con mi amiga Paty. Eramos estudiantes. Quisimos entrar al Rijks Museum pero o pagabamos la entrada o nos sentábamos a desayunar. Por eso, me perdí de uno delas  mejores atractivos de la ciudad. Hoy, en cambio, pude entrar y ver de frente La Ronda de Noche. Visitamos el Museo de Van Gogh y tuvimos la suerte de entrat al Moco Museum a ver a Dalí y a Banksy. Cada visita fue única, con un sabor especial y con una sopresa particular. 

Evidentemente, el más abarrotado fue el Museo de Van Gogh. El mejor consejo es comprar las entradas por Internet para evitar las colas. La mejor hora para visitar es a las diez de la mañana, hora en que abren, para evitar empujones, aglomeraciones y poder ver las obras mejor. Nosotros lo hicimos a las cuatro de la tarde y el lugar estaba abarrotado. Los demás también estaban muy llenos, pero no al grado de que la gente no te deje ver.

El paseo por los canales fue una delicia. La cerveza sabe muy bien en las terrazas de Amsterdam. Si alguien cree que ver a gente fumando hierba por doquier es terrible y que las bicicletas son lo más increíble de la ciudad, se equivocan. Los ciclistas tienen prioridad por sobretodo. Una bici te puede arrollar lo mismo si vas caminando por la banqueta, si vas a cruzar la calle con la luz verde, si te distraes y pisas el carril exlusivo para ciclistas. Un turista despistado puede terminar flotando en el canal, empujado por alguien en bici, o con el manibrio de corbata. Cualquiera con una bici se vuelve rey y todos se tienen que subordinar a este imperio. 

Los holandeses son muy amables y me alegro mucho de haber venido. Amsterdam nos trató muy bien. La disfruté muchísimo. Pareciera otra cosa, pero es una ciudad a la que se le disfruta en familia. Sin duda, I amsterdam, como dicen aquí.

¿Por qué todo es diferente desde una ventana en Venecia?

¿Por qué será que todo es diferente desde una ventana en Venecia? Las cosas, los colores, la gente cambian de dimensión. Los colores deslavados de las fachadas no lucen descuidados, la ropa que cuelga en un cordel y se seca al sol tiene toque, las palomas en San Marcos son poesía y no plaga y una tuberia oxidada no esta nada mal,    ¿por? Hay magia en esta ciudad a la que entra el agua y le gana territorio

Después del fin de semana largo en Italia, del puente de Pascua en el pareció que todo Europa tuvo la idea de venir a pasarlo a Venecia, la ciudad amanece menos ruidosa, más dorada. Ayer, lo más próximo a la Babel bíblica se veía desde la ventana de la habitación del hotel. Las palabras en inglés, italiano, francés, español, portugués, alemán chino y sabra Dios cuantos más se oían en cada rincón, en cada plaza. Unos iban a la Piazza de San Marco y otros al Ponte Rialto. El día fue soleado pero con cuatro grados de temperatura. 

En Venecia los ritmos cambian. El vuelo desde Barcelona al aeropuerto de Marco Polo duró menos que lo que hizo el vaporetto hasta la Piazza de San Marco. El recorrido, a veinte kilometros por hora nos permitió ver Murano, Lido y la isla del cementerio. No hay prisa y me imagino que todo está friamente calculado para que los pasajeros no nos mareemos, y lo agradezco de corazón. Por fin llegamos.

El Palacio Ducal contrasta con el cielo tan azul y el campanello es casi tan lindo como la sonrisa que tiene Dany. Abre los ojos, se frota las manos. Mira a un lado y al otro, vuelve a sonreír pero cada nueva sonrisa es más grande. Me gusta verla así. Señala en todas direcciones y los ojos se le ondulan, como queriendo captar todo al mismo tiempo. 

Aventamos las maletas en el hotel y caminamos al Ponte Rialto, nos asoleamos un rato en el mercado de especies y nos sentamos en el muelle a ver pasar góndolas. También subimos a una y escuchamos al gondolero cantar Santa Lucía. Pero de repente la Rüblica China entera está presente y se hace dificil caminar. No hay lugar que no estén ocupando. Corremos al hotel. Desde la habitación vemos pasar tantos turístas que van a San Marcos. Abajo se empujan, acá los observamos. Sí, Venecia se parece mucho a la Babel bíblica.  Pero hoy amanece menos llena, o tal vez la gente siga dormida.

Lo cierto es que desde una ventana en Venecia, por alguna extraña razón, tal vez mágica, las cosas cambian de dimensión, las campañas se oyen diferente y como que se respira distinto.    

Señoras y señores, con ustedes: Oaxaca la bella

Sí escuchas una marimba tocando Clocks de Coldplay, no estás soñando, estás en Oaxaca. Aquí la música empieza a las nueve da la mañana y se acaba cuando se acaba. En la antigua ciudad de Antequera a cada paso te topas con diferentes tipos de melodías, por aquí un Mariachi nos informa que La vida no vale nada, por acá un trío me dice que Somos novios, más allá un violinista interpreta a Vivaldi, un guitarrista prefiere la trova cubana y las campanas de La Catedral y de Santo Domingo aportan lo suyo al tono de la ciudad.
Entre el andador turístico y el zócalo la gente puede caminar e integrarse con el verde de la cantera de paredes milenarias, con el azul, amarillo o rosa de las casas, con las piedras de banquetas y calles. Oaxaca hechiza al visitante. Se lo apropia a tal grado que las que venimos terminamos vistiendo huipiles con flores y pájaros de colores. Hay de todo tipo: de telar de cintura y de esos que se hacen en serie y que sospecho que vienen de China. Ni modo. Aquí todas dejamos nuestras prendas tradicionales y nos ponemos al modo oaxaqueño.
Es muy simpático ver gente con atuendos de manta, bordados con figuras hermosas que nos ofrecen los locales, que hablan en francés, inglés, alemán y demás lenguas. En Oaxaca aprendemos más de tolerancia que nada. A los locales les gusta que los que no somos de aquí nos integremos a sus costumbres. Los visitantes comemos moles negros, rojos, amarillos, verdes, probamos las tlayudas de quesillo, tasajo o cecina. Nos hacemos de cualquier pretexto para tomar chocolate a todas horas, a mí me gusta más con leche, pero con agua es estupendo. Aquí los diferentes son aceptados. Nos pueden ver sentados en los portales, dejando que el tiempo pase desde que sale el sol hasta el ocaso.
Oaxaca abraza al visitante, lo acuna entre hojas de tamal, lo arropa con mano indígena y lo atrapa con sus mezcales, con sus brillos, con sus piedras y con la sonrisa de su gente. Aquí la amabilidad es parte de la cotidianidad. El fervor se talla en hoja de oro con generosidad que propios y extraños admiramos. Ante tanta grandeza el forastero se quiere mimetizar y ser parte de ella. ¿Quién se querría ir de está tierra maravillosa? Soy cómo una niña pequeña que se esconde en el baño del hotel para no irse. Carlos me mira con ternura y me dice entre risas hay que volver. Yo agitó la cabeza y digo que no. Andrea y Dany son mis cómplices. Queremos segur desayunando al son de la marimba que canta llorona, seguir caminando por las calles en perfecta paz, sentándonos en el atrio de la Iglesia de La Soledad a comer helados, o en cualquier terraza a ver las Torres de Santo Domingo. No quiero dejar mi balcón, desde el que vi las Calendas Navideñas, y fui protagonista en La Noche de Rábanos. No. No me quiero ir. Quiero quedarme bajo el manto de la Virgen Patrona de este lugar, quiero tomarla de las manos y no soltarme jamás.
Pero hay que volver. Aunque también me quedo. Me quedo en esta Oaxaca tan bella, tan cariñosa, tan colorida y tan sabrosa. Me quedo con esta ciudad que despertó en mi la esperanza de que todo puede ser maravilloso, como lo es aquí en esta época navideña. Me quedo con la luz que se alumbró el veinticuatro y que pido quede encendida en mi por siempre.

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Viajar

No hay duda que viajar remedia muchos males. Salir de las paredes de la casa quita el entumecimiento físico y mental. Al traspasar el perímetro de la cotidianidad y aventurarse a lo diferente se derrumban las murallas del prejuicio y se alejan los malos pensamientos. Pisar lugares diferentes abre oportunidades, nos enseña que hay colores, sonidos y sabores distintos que vale la pena probar. Pero hace falta valor y aunque en este mundo en el que las distancias parecen no tener relevancia, viajar es también una forma de alimentar el espíritu.
Hoy en día es tan fácil quedarse atrapado en una pantalla, hay tantas y son de tantos tamaños y de tan variadas funciones que igual nos enganchamos por horas en la televisión que en la computadora o en el teléfono móvil. La tentación de quedarnos encerrados y ver el mundo a través de una ventana virtual es cada día más grande. Olvidamos que ponernos en marcha nos quita el sueño, que sentir el viento en la piel o el sol en el rostro no se compara con nada que nos pueda dar un aparato. No hay como vivir las experiencias en carne propia.
Digo que hace falta valor, porque a veces la comodidad de la silla, de la cama, jalan. O, nos queremos esconder detrás de tantas excusas: los pendientes de la oficina, las preocupaciones del negocio, las urgencias de la casa. Llamamos, enviamos mensajes de texto, checamos y nos negamos a alejarnos y nos hacemos presentes con los que no debemos y nos alejamos de los que nos acompañan. Le echamos la culpa al entorno en vez de disfrutar. Además, en este mundo en el que hay tanta información, ya no queremos llevarnos nada a la boca por miedo al nuevo germen de moda, o a que la ingesta de azúcar, grasa, carbohidratos no sea la adecuada.
Pero, atreverse a probar los platos locales, abrir la ventana y dejar que los tonos del lugar llenen la mente y permitir que los colores nos hagan cosquillas es cosa de valientes. Caminar, ser aventurero, descubrir lo que hay a dos cuadras o a miles de kilómetros nos ayuda a ver las cosas desde perspectivas distintas. Es la catapulta que nos genera empatía y nos obliga a bajar la guardia y a dejar de juzgar lo diferente. En todo caso, lo que hacemos es apreciar.
Al viajar se nos caen las blendas de los ojos y limpiamos la mente de telarañas. Descansamos y si hacemos lo que debemos, entramos en mundos maravillosos que en última instancia iluminan la reflexión y el mejor conocimiento de uno mismo.

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¿Qué iré a encontrar?

El tráfico de diciembre en la Ciudad de México es desquiciante. Recorrer unos metros en auto se vuelve una hazaña como la del Cid Campeador. Lo que generalmente toma a un automovilista cinco minutos, en diciembre se transforma en veinte. La concentración de coches por metro cuadrado se multiplica. Todos tenemos interés de estar en la calle y me da la impresión de que no cabemos. La gente se desespera, es seguro que llegará tarde a sus citas, en esta época hay que salir mucho antes para llegar a tiempo. El humor de los conductores llega a niveles de irracionalidad absoluta, las caras avinagradas acompañan los acordes de villancicos. En esta época es preferible caminar. Claro que hay que hacerlo con precaución. La gente tiene tanta rabia de verse presa en su automóvil por más tiempo del presupuestado que son capaces de aventarte el coche con tal de pasar primero.
Este fenómeno decembrino es como una burbuja que empieza a crecer discretamente los últimos días de noviembre y para los días de las Posadas está en su máximo esplendor. Luego revienta. Después del veinticuatro todos regresan a sus casas, las hormiguitas regresan a sus agujeros y las calles de la Capital se ven desiertas.
Nos resulta una proeza llegar a la caseta de cobro de Tlalpan. Por el retrovisor puedo ver la fila interminable de camiones, autobuses, taxis, camionetas, sedanes, coupés que se alinean rumbo al norte. La cinta asfáltica de la autopista luce vacía rumbo a Cuernavaca. Es la primera vez que regreso a Acapulco desde que Ingrid y Manuel pasaron por ahí mojando todo dejando su huella de agua por doquier.
La Autopista del Sol se ve remozada, las rayas que dividen los carriles están recién pintadas, luce el contraste entre el negro asfáltico y el blanco brillante. Los túneles recién impermeabilizados están muy iluminados, las lamparas son nuevas. Las barreras de contención viejas, oxidadas y abolladas fueron retiradas y sus reemplazos lucen un atigrado amarillo-negro de precaución muy nuevo. Todos los radares que indican el nivel de velocidad del vehículo funcionan perfectamente. Los puentes atirantados se elevan con majestuosidad, especialmente el Mezcala desde donde puedo ver que el río lleva agua, bastante agua.
¿Cómo estarán las cosas en Acapulco? Al pasar por Chilpancingo compruebo que desde la autopista parece que no pasó nada. El túnel que se llenó de lodo está en perfectas condiciones, tal vez mejor que antes. Me sorprendo del buen estado en el que se encuentra la Autopista. Ésta que conozco desde sus cimientos, que como una criatura, conocí antes de nacer, de la que supe antes de que fuera un anteproyecto, a la que he recorrido tantas veces en lo próspero y en lo adverso, a la que le dediqué tantas horas de trabajo que se transformo en flores y frutos. Ésta a la que quiero tanto. Me da gusto verla tan bien, tan bonita.
Hoy la Autopista del Sol luce como una joven lista para debutar en sociedad. La han vestido, peinado y perfumado para recibir visitas. Se ve linda. Yo, que la conozco desde adentro puedo verle los defectos y se los perdono. Ya se que es cara, ya se que el trazo fue un capricho más del gobernador de aquellos años y el resultado de la complacencia de su cuñado El Señor Presidente, se de sus deslaves y derrumbes, y de la posibilidad de que todo eso se vuelva a dar, pero, ¿qué joven no es berrinchuda?
Le perdono todo porque la quiero, porque está Autopista me dio tantas alegrías, la principal fue acercar a la Ciudad de México con Acapulco, fue hacerme más fácil brincar entre una y otra. Aproximarme. Hacerme accesible volver y volver y volver a los brazos del puerto de mis amores.
Ya vamos llegando a Acapulco, ya puedo ver los techos de las torres de hoteles y condominios que se encuentran en el Boulevard de las Naciones. ¿Qué iré a encontrar?

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Turismo negro

Se supone que al viajar buscamos pasarla bien, visitar lugares hermosos, comer rico y divertirnos. Se espera que al estar de viaje, lejos de casa, vivamos experiencias que nos enriquezcan y nos enseñen a apreciar otro tipo de bellezas que no tenemos a nuestro alcance en la cotidianidad. Eso es lo que en teoría la gente esperamos de un viaje. Pero el mundo es redondo y diverso. En este planeta hay gustos para todo.
Resulta cada vez más frecuente encontrar gente buscando recorridos por lugares que han pasado a la palestra no por su belleza sino por su relación con sucesos trágicos. A estos viajeros les gusta sentir las vibraciones intensas de lugares en los que se han vivido tragedias, se ha sentido dolor y miedo. Espacios en los que se ha cobrado la vida de personas, como muros de fusilamiento, campos de concentración, lugares devastados por una bomba, sitios de guerra, castillos embrujados, hoteles en los que se han llevado a cabo asesinatos, restaurantes con animas en pena. Esta tendencia se llama turismo negro, turismo de dolor y año con año atrapa el interés de un mayor número de viajeros. Es de llamar la atención cómo muchos lugares que jamás pensamos ver como polos turísticos están atrayendo turistas.
Hay gente interesada en visitar la ciudad fantasma de Chernobil. Quieren recorrer esas calles abandonadas, los edificios desiertos, entrar en el mecanismo sucio y oxidado de una máquina inmóvil, de una rueda de la fortuna que se detuvo para no volver a girar jamás.
También hay mucho interés por visitar Auschwitz. Sorprende saber que la sede del holocausto o una de ellas, hoy convertida en museo, ha sido visitado por más de veinticinco millones de personas desde que el gobierno polaco abrió sus puertas y dio la bienvenida a esos ojos curiosos que quieren atisbar cómo era la vida de los prisioneros en el campo, cómo se amontonaban en las celdas y baños y cómo eran las cámaras de gas.
Hiroshima llama la atención de los turistas negros, a casi siete décadas de la tragedia nuclear, miles van a la ciudad a comprobar que existe vida después de la destrucción. Más allá de la devastación, hay oportunidad de dar vuelta a la hoja y comprobar con los propios ojos que existe una cúpula que se resistió a caer, que aguantó el bombazo.
Berlín dejó un pedazo de muro. Los alemanes tienen en su capital el recuerdo de una cicatriz que en el pasado fue herida. En el centro, cerca de las emblemáticas puertas de Brandemburgo, está ese tramo de pared y también dejaron una caseta pequeña que luce la fotografía de un soldado estadounidense de un lado y de un ruso del otro. Ahí estaba el charlies checkpoint, es decir, el punto por el cual los diplomáticos podían cruzar la frontera oriental a la occidental. Hoy, existe una tienda de recuerdos, en la que los turistas pueden llevarse algo a casa.
Un punto obligado de turismo negro es el castillo del Conde Vlad en Rumania. Hay que subir mil cuatrocientos escalones para llegar a la fortaleza de Poncari, casa del Emperador y Principe de Valquiria que es mejor conocido como Drácula. Algunos llegan atraídos por la historia del vampiro inmortal, otros para ver los vestigios de las torres y la ciudadela donde fueron torturados y ejecutados miles de enemigos de este legendario personaje de Transilvania.
La Ciudad de México ofrece opciones para el turismo de dolor. Existe un paseo que requiere de pocos pasos alrededor de Centro Histórico que llama la atención. En la antigua sede de la escuela de medicina se encontraba el recinto de la Santa Inquisición, no fueron tantos como en Europa, pero sí suficientes los que fueron torturados en ese lugar que hoy alberga una exposición que tiene como tema central el maltrato y la tortura. Al cruzar la calle y atrás de los arcos de la iglesia de Santo Domingo se encuentra el sitio en el que se encendía la pira para quemar a los herejes. Caminando por la calle de Brasil rumbo al Zócalo está la Catedral Metropolitana en cuyos cimientos gimen los restos de La Gran Tenochtitlán, frente está el edificio del Monte de Piedad, institución de empeño. Hoy en día, se pueden ver las largas filas de sufrientes que dejan sus prendas a cambio de un préstamo. A cruzar la plancha del Zócalo, frente a la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación está una fuente que representa el descubrimiento del águila posada sobre un nopal devorando una serpiente. Es el monumento que conmemora el descubrimiento del sitio buscado desde Aztlán y también es el lugar en el que miles de indígenas fueron asesinados en los tiempos de la Conquista. La cantina de la Ópera dicen que tiene los fantasmas de comensales importantes que no han encontrado el descanso eterno, que se quedaron perdidos y caminan por las calles de Tacuba,
Cinco de Mayo y Madero. Por estas calles corrieron muchos ciudadanos despavoridos huyendo de las balaceras de la Decena Trágica.
¿Será morbo o empatía lo que mueve al turista negro? ¿Será reflexión o curiosidad? Tal vez las dos cosas, pero resulta cada vez más frecuente ver a viajeros atrapados por el gusto del dolor y el miedo que se vivió en algún lugar. Les gusta la intensidad atizada por el paso del tiempo.

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Vértigo

Tanta aceleración me da vértigo. Son tantas cosas las que han sucedido y están por suceder en un lapso de tiempo tan corto que no se si estoy en pasado, futuro o presente. Por lo pronto tengo la certeza de despertar en mi casa, entre los míos. Ya llegué de dónde andaba y, todavía mareada y convaleciente del jetlag de un vuelo de casi once horas, que salió retrasado de Madrid por más de cuarenta y cinco minutos, que aterrizó al mismo tiempo que los vuelos que venían de Tokio, Nueva York y Frankfurt, lo que nos obligó a hacer una fila de casi una hora para pasar migración, y ya empezó la diversión.Pongo los pies en mi tierra y tiembla, suena la alerta sísmica que me hace salir corriendo en pijama al umbral de la puerta de mi casa. A penas hace quince días la lluvia en Acapulco me mojaba el alma, me llevé la lluvia a Europa, en donde brillaba el sol y la temperatura era de treinta grados con cielo despejado, para hacer la inauguración formal y triunfal del otoño en tierras portuguesas. Nubes, chubascos, tormentas.
Los pasos que me llevaron de la majestuosidad de la Quinta de las Lagrimas, en Coimbra a la sencillez de un hostal de peregrinos en Albergaría, del cielo nublado y viento tibio que nos llevó a Agueda, a las lluvias furiosas que nos recibió Mealhada al consuelo tan dulce de las Natas de Belén y el pan rústico preparado en una panadería del camino se me enredan en la mente. Del tropezón de Sao Joao de Madeira a la vista de la Catedral de Oporto. Del atuendo de peregrino al de escritora para presentar en sociedad un proyecto que me llena de satisfacción. Última mirada en Madrid, parece que todo fue un sueño. Un buen sueño. Un extraordinario sueño.
Entre el vértigo de tantas imágenes entrañables, de señales que indican el camino, de flechas y de conchas, de pasos sobre senderos de asfalto, adoquín o barro, me quedo con la del amigo constante. De ese que es capaz de modificar su ruta y cambiar su destino. De Merick que sabe ser y estar. Me quedo con su sonrisa y atesoro su compañía.
Las peticiones están hechas, las ofrendas han sido entregadas y fueron recibidas. Las puertas se han abierto, estoy segura. Me lo dice la serenidad del corazón. Me lo confirma mi Compostela. Ahora, a mirar al frente. A ser compañera, y reafirmar, que Dios con nosotros, lo que viene para la próxima semana es lo que conviene.
Que el bisturí repare, y con la gracia de lo alto el médico encuentre la forma de sanar lo que no está bien. Que la columna de Carlos quede lista y todo sea como lo he imaginado, como lo he pedido con el alma, corazón y cuerpo.
No ha sido en vano. He recorrido el Camino de Santiago, el Camino Portugués, de Coimbra a
Santiago de Compostela, así como lo hizo Santa Isabel de Portugal, reina y peregrina, se ha cerrado el ciclo y lo que fue principio ayer hoy es final. El campo de la estrella nos ha otorgado la bendición pedida. Hoy, en el vértigo de lo que fue y de lo que viene, prevalece la fe en la promesa que se ha de cumplir. La serenidad es.

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Hogar

Amanece a trece grados en la Ciudad de México, el pronóstico es llegar a los veintitrés. Este es mi clima. Hogar dulce hogar, dice la sentencia, y uno se pregunta ¿Donde está el hogar? El hogar, ese sitio que debe tener esas características especificas para hacerte volver y sentir que tocaste base.
Después de ver grandes palacios, paisajes diferentes, ciudades majestuosas, construcciones viejas y modernas, probar comidas deliciosas, postres extraordinarios, de andar caminos, de ver y reconocer lugares, de sonreír divertida, de ver exposiciones muy interesantes y escuchar tantas cosas, llega un momento en que se extraña el hogar. Se hecha de menos lo propio, lo nuestro. ¿Por qué? ¿Qué magia oculta tiene el hogar y su rutina?
Mi respuesta es sencilla, como debe ser el hogar. Sus elementos son tan poco pretenciosos, el hogar es un par de pantuflas, tal vez viejas pero muy cómodas, una cama mullida, un par de almohadas suaves, un cepillo de dientes, un clima al que estas acostumbrado, un periódico, una taza para tomar café, una llamada por teléfono, el recado de una amiga, tu perrita y tu perico,el abrazo de una hija que te extañó, la caricia de un marido que te hace sentir que ya estas en casa, el espacio para hacer oración, para dar gracias.
En el hogar se deja de sentir el vértigo, el trajín, la velocidad del avión, del tren, del barco. Es el sitio de seguridad que te recibe y te permite tomar aire, hacer una pausa, aunque sea momentánea. Es el espacio en donde haces tierra y entiendes a cabalidad tu entorno. Es donde te esperan. Es donde te encuentras.
Amanece a trece grados, es domingo y no hay prisa.
Mañana será lunes, los elementos de la cotidianidad tomarán el lugar protagónico de la vida, habrá que preparar desayunos, mandar hijas a la escuela y marido a la oficina. Será momento para correr a trabajar.
Pero, hoy, hoy es domingo. Con pijama limpia, pantuflas acolchonadas, taza de café aromático, mi periódico, el abrazo de mis hijas, planes para comer y la mano de un marido que sujeta la mía. Es momento de respirar profundamente, sonreír y disfrutar, pues, ya estoy en casa.

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Horas previas

Siempre es igual, las horas previas a salir de viaje tengo esa sensación entre dulce y agria, entre agradable y no tanto. No es miedo al avión, ni preocupación, ni pendiente. Todo se queda en orden y en buenas manos. Son nervios que se revuelven con el gusto.
La planeación del viaje es emocionante. Es predibujar una aventura. Seleccionar destinos, hospedajes, actividades. Cada oportunidad de viajar es maravillosa,
De cuando en cuando, el gusto le gana al nervio. El reloj mueve las manecillas en forma caprichosa, de repente todo sucede tan lentamente y a veces no hay tiempo para hacer todo lo necesario.
Con la emoción pienso lo rápido que suceden las cosas, confundo al minutero. Los meses de preparación ya no parecen tan largos ni las fechas tan lejanas. El tiempo parece elástico. Tanta planeación llegó a su fin. Es tiempo de concretar, el dicho que reza ” a cada canillita le llega su fiestecita” es muy ilustrativo. Llegó el momento.
Ya cerramos el cierre de las maletas, ya tenemos documentos y pases de abordar, todo listo. Y las horas previas siempre son iguales.
La nostalgia por los que se quedan, y los nervios. Emoción, emoción.

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