Turismofobia

Es curioso, pero para descansar en verdad y retomar bríos no es suficiente dormir horas y horas. No hay nada más efectivo que cambiar de aires, salir de la rutina y ver escenarios nuevos. Viajar constituye una de las formas de renovación más efectivas que hay. El turismo es una fuente de riquezas que echa a andar la economía. Se le conoce como la industria sin chimeneas. En esa condición, los turistas debieran ser vistos como una bendición y no siempre es así.
El fenómeno es peculiar, la gente viaja cada vez más, salir de casa se ha hecho más fácil, más accesible. El espíritu aventurero se despierta con mayor fuerza si el agobio aprieta. Por eso, muchos hemos sido turistas alguna vez en la vida. Claro que las formas de viajar han cambiado. El estilo se ha modificado. Antes una persona que vacacionaba seguía ciertas reglas de etiqueta. Hoy, otras. Y, esas nuevas formas no son del agrado de algunas ciudades anfitrionas. Este desagrado ha ido creciendo hasta ganarse una denominación: turismofobia.

Madrid y Barcelona son dos ejemplos de ciudades que padecen esta sintomatología. Han visto crecer el número de visitantes, pero no todos les resultan gratos. Parece un rasgo de petulancia —tal vez lo sea—, incluso le podemos llamar intolerancia, pero los modos de viajar y los modelos de negocio para recibir turistas han causado molestias entre los habitantes.
La ocupación hotelera ha crecido a más de cuarenta y siete millones de huéspedes que se reciben en hoteles de España, pero más de ocho millones de viajeros se han hospedado en casas y departamentos. Por supuesto, cuando se revuelve la cotidianidad del que se tiene que levantar a trabajar al día siguiente con la fiesta del turista, la mezcla saca chispas.
Peor, la situación se agrava cuando el dueño de una propiedad se la renta a alguien, pensando que será usada como casa habitación y se entera de que su inmueble se usa como hotel. El desgaste por la sobreutilización y los problemas con los vecinos se los queda el dueño, mientras el arrendatario y sus inquilinos efímeros desaparecen.
Todas las ciudades quieren recibir visitas de personas educadas que se saben comportar, pero en todos lados se cuecen habas. Florencia ve multitudes en sus calles, filas eternas para conocer sus emblemas y goza de las mieles de los ingresos que tanto turismo trae. Ese pacto es correcto. Todos dan y todos reciben. Lo que a ningún destino le gusta es recibie a gente que exige mucho y paga poco. 
El disgusto que causa ver las calles infectadas de gente con cámara fotográfica y pantalones cortos, aunque entendible, resulta egoísta. Claro que a nadie le gusta enfrentarse a situaciones de ruido y abuso del espacio. Por supuesto que a todos nos fascina escuchar el sonido de la máquina registradora. La turismofobia no es un tema menor y el libre mercado aquí no funciona, debe entrar el Estado regulador a equilibrar lo que se desbalanceó. Esto es en beneficio de propios y ajenos. 

No es agradable toparse con un mensaje de odio, cuando vas a dejar tu dinero en una comunidad. El turismo es una actividad benéfica si sabemos administrarla bien.

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Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

Cerca de los Tres Caracoles

Muchos creen que el Código Romanoff no es verás, para el efecto no importa. Leonardo Da Vinci había llegado al taller de Verocchio en donde conoció a Sandro Boticelli y se hicieron amigos. El documento sostiene que la verdadera vocación de Leonardo era la de ser cocinero pero a su padre eso le parecía poco y por ello siempre lo impulsó a ser artista y lo hizo aprendiz del mayor artista de Florencia, uno de los más protegidos por los Medici. Pero, el gran Leonardo seguía escuchando el llamado de la estufa, las ollas, las especias y la sal.

Convenció a Sandro Boticelli de tomar el local en la esquina del PonteVecchio para abrir un restaurante. Algunos dicen que los maesteos le pusieron Los Tres Caracoles, otros que ese nombre era el que ya tenía. Las delicadezas que servían, como zanahorias hechas esculturas, platos simétricos y coliridos fueron acogidos en forma tal que tuvieron que salir corriendo del lugar y volver a las bellas artes. Muchos historiadores sostienen que esta narración es falsa, es una leyenda más alrededor de esros grandes florentinos. A mí me hace gracia.

Caminando por Florencia, recorrimos las calles desde la estación de Santa María la Novella hasta Il Duomo de Santa María de Fiori. Dicen que si el cielo tuviera puertas, serían las de Bautisterio de esta hermosa catedral. El calor es terrible, treinta y seis grados y nada de nubes. Parece que el cielo decidió ponerse a temperatura de comal. Nos estamos friendo. Pasamos la Plaza de la Signoria y nos dirigimos al Ponte Vecchio, nos detenemos en cada ventana, cruzamos el Arno, hacemos fotos y llegamos a un pequeño restaurante  al otro lado del río.

La vista del puente es inmejorable. Desde esas ventanas puedo verlo en toda su extensión y con aire acondicionado. El Paraíso existe. El Arno refleja la imagen del puente y de los edificios. Pienso en Sandro y en Leonardo como dos amigos que cocinan juntos mientras miran la vista que tenemos frente a nosotros. Sin nacimientos de Venus, ni Caballos, ni Giocondas, ni altares, sino con papas, cebollas, fogones, cacerolas. 

Florencia nos trata bien, comemos felices las delicias de la Toscana. Entiendo la tristeza de Dante que fue expulsado de la ciudad y nunca pudo volver. Lo quisieron traer de regreso, pero el poeta no se quiso arrodillar. Y, aunque murió en Mantua, puedes toparte con su figura casi en cada esquina.  Pienso en Virgilio, en Maquiavelo, en los Medici, siento a Dante. Siempre es así.

Lo más valiente de Florencia es la capacidad que tiene para honrar a sus grandes con humor. Así, Sandro y Dante quedan plasmados en las calles y hacen reír a quien pone atención y los alcanza a ver.

Entre Amira y Aarón

Por alguna extraña razón, me toca estar sentada entre Amira y Aarón. La máquina súper inteligente que asigna los asientos de los vuelos entre Roma y Tel Aviv decidió mandarnos separados. Mi familia y yo estábamos regados en diferentes lugares a lo largo del avión, una en la fila 5 ventanilla, otra en la fila nueve, otro en la fila 19 y a mí me tocó estar sentada entre Amira y Aarón. No hay duda, el peor lugar es el asiento de en medio.

Entre Amira y Aarón además de los milenarios motivos de separación y encono, estoy yo. Ambos son inmensos, seguro son talla extra grande. Aarón viste de negro, igual que Amira. Ambos traen cubierta la cabeza: él usa una gorra de los Yankeys de Nueva y York y ella trae una pañoleta Hermés anudada en forma envolvente, no deja ver ni pelo ni orejas y casi, casi ni frente. El tiene la barba algo crecida. Su nariz es puntiaguda y jorobada, la de ella es recta y muy larga.

Aarón estira las piernas y las abre. Ocupa parte del espacio que me corresponde. Amira alza el descansabrazos y siento el contacto se su piel contra mi brazo. Mi lugar se reduce a la mitad en forma alarmante. Los dos miran al frente. No existo para ellos. En cambio, a mi estos dos me vienen apachurrando. Los olores se hacen presentes, algo agrio se mezcla con un toque dulce, parece que algo se va pudriendo. Ambos cierran los ojos. Aprovecho para bajar el descansabrazos y para empujar a sus confines la pierna de Aarón. El problema es que ambos son muy grandes. 

El avión se empieza a mover. Soy la única que se signa. Despegamos. Al poco tiempo, las señoritas pasan con el carrito ofreciendo comida Kosher. Aarón empieza a comer. Hace ruido. Amira y yo miramos al frente. El codo de Aaron hace intentos de incrustarse con mis costillas, pero debo decir que no lo hace. No sé que le sirvieron, huele raro pero se me despierta el apetito. Amira decide que es momento de explorar los confines de su bolsa. Busca sus lentes y saca una hoja con inscripciones que le resultan interesantes. Me rechinan las tripas. Tanto Aarón como Amira se vuelven a verme con recelo. Me arrepiento de sonreírles, ninguno me devuelve la cortesía. Tengo hambre.

Desde luego, ni siquiera puedo estirar el cuello para ver qué tal les está yendo a mis familiares. Apenas logro ver la fila delantera que está en diagonal a mí. En el, pasillo va sentado un hombre con barba muy larga, caireles a los lados de las orejas, cabeza cubierta con un gorrito en forma de círculo y trae una especie de chal sobre los hombros. Amira saca un pan de su bolsa. Lucha con el empaque y al abrirlo, me pega en el brazo. No se disculpa, creo que sintió feo, arrugó la nariz y se sobó la piel, como si quisiera borrar las huellas del contacto. Ahora soy yo la que miro al frente.

Amira hace ruido pero se acaba rápido su pan. Aarón come muy lento, mastica cada bocado, se toma su tiempo. Las señoritas no nos alimentan a los demás pasajeros. Ahora, no solamente tengo hambre, ya me dio sed. Espero que no me den ganas de ir al baño, no sabría como resolver semejante problema. Ya quiero llegar, me temo que el vuelo será eterno.

I amsterdam

A veinticuatro grados centígrados, el cielo azul con nubes aborregadas, almendros que se mueven con la brisa que llega de los canales y el sol que brilla como si fuera un gran girasol, claro que amar Amsterdam es fácil. No tenía un buen recuerdo de esta ciudad que, como si supiera que le tenía cierto recelo, se ha mostrado maravillosa. Como una seductora experimentada que tiene interés en borrar esa impresión sombría, lluviosa, agresiva de hace más de veinticinco años. 

Decían que la decisión de convertir Amsterdam en una ciudad en la que se pudiera fumar mariguana con libertad le haría mucho daño. Creo que los primeros años fueron peores. En los primeros días de esa liberación, a mí me tocó estar en la ciudad. Efectivamente, lo que vi entonces ni me gustó ni me dejó un recuerdo grato. Hoy, en cambio, veo que Amsterdam devino bien. Es cierto, casi en cada esquina huele a hierba quemada. Más en ciertos barrios que en otros. Es cierto que el barrio rojo sigue con la fama que le pica la curiosidad a los turistas y en el que hay que tener la mente amplia para poder visitarlo. Pero, Amsterdam es mucho más.

Recuerdo que la primera vez que vine, estuve con mi hermana, con mi prima Pily y con mi amiga Paty. Eramos estudiantes. Quisimos entrar al Rijks Museum pero o pagabamos la entrada o nos sentábamos a desayunar. Por eso, me perdí de uno delas  mejores atractivos de la ciudad. Hoy, en cambio, pude entrar y ver de frente La Ronda de Noche. Visitamos el Museo de Van Gogh y tuvimos la suerte de entrat al Moco Museum a ver a Dalí y a Banksy. Cada visita fue única, con un sabor especial y con una sopresa particular. 

Evidentemente, el más abarrotado fue el Museo de Van Gogh. El mejor consejo es comprar las entradas por Internet para evitar las colas. La mejor hora para visitar es a las diez de la mañana, hora en que abren, para evitar empujones, aglomeraciones y poder ver las obras mejor. Nosotros lo hicimos a las cuatro de la tarde y el lugar estaba abarrotado. Los demás también estaban muy llenos, pero no al grado de que la gente no te deje ver.

El paseo por los canales fue una delicia. La cerveza sabe muy bien en las terrazas de Amsterdam. Si alguien cree que ver a gente fumando hierba por doquier es terrible y que las bicicletas son lo más increíble de la ciudad, se equivocan. Los ciclistas tienen prioridad por sobretodo. Una bici te puede arrollar lo mismo si vas caminando por la banqueta, si vas a cruzar la calle con la luz verde, si te distraes y pisas el carril exlusivo para ciclistas. Un turista despistado puede terminar flotando en el canal, empujado por alguien en bici, o con el manibrio de corbata. Cualquiera con una bici se vuelve rey y todos se tienen que subordinar a este imperio. 

Los holandeses son muy amables y me alegro mucho de haber venido. Amsterdam nos trató muy bien. La disfruté muchísimo. Pareciera otra cosa, pero es una ciudad a la que se le disfruta en familia. Sin duda, I amsterdam, como dicen aquí.

Lo que sucedió en Palermo

Desembarcamos en Palermo temprano en la mañana, desde cubierta, la ciudad se ve grande, se extiende como una herradura montañosa que le ganó espacio al mar. Las casas parecen cajitas de cerillos que se afianzan al suelo y se confunden entre campanarios, columnas y cúpulas. Tan pronto pisamos tierra siciliana, nos abordan varios vendedores que quieren ofrecer recuerdos, tours, servicios y de todo un poco. Una chica de enormes ojos verdes nos regala un mapa de la ciudad y nos exploca que el centro está lejos. Nos sugiere tomar un taxi y luego nos explica que el viaje en calesa es una buena idea porque hay buen tiempo. 

Dany y yo nos animamos. Suena una extraordinaria sugerencia, además de inmediato nos ofrecen un descuento y estamos tan contentas que aceptamos el trato. Subimos al carruaje y, por supuesto, el siciliano que lo conduce, Francesco, es amabilísimo. Salimos del puerto y nos lleva a ver el Teatro Massimo. Nos invita a bajar, nos toma fotografías con las impresionantes esculturas de leones de bronce y en la escalinata para que salgan las columnas románicas. Luego vamos al Teatro Politema y a la esquina de las Quattro Fontani, cada fuente es de cuatro pisos labrados en marmol blanco. El amanle cochero sigue tomando fotos. 

Pasamos por el mercadillo Della Vucciria y Francesco nos anima a bajar a ver. Lo recorremos y nos damos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol, en todos los lugares del mundo hay un mercado sobre ruedas lleno de articulos chinos que se venden con margenes de utilidad exorbitantes. 

Vamos a la Chiesa de San Giuseppe y nos conduce por los pasillos hasta una puerta que guarda el secreto reservado para los lugareños: el manantial de agua bendita de la Virgen de la Salud. Dany toma un poco de agua en el dedo y se hace una señal en la frente. Francesco le dice que no, que se moje la cara y la nuca y le enseña como hacerlo. Luego recorremos con toda calma los pasillos de la iglesia que tiene tanta riqueza en pinturas, en grabados, en mosaicos, en estatuas que es imposible dejar de abrir la boca. El cochero nos indica que  la recorramos con calma. 

Francesco nos lleva a la Piazza Pretoria que tiene en el centro una fuente de marmol con estatuas que exaltan la belleza de la figura humana, caminamos unos cuantos pasos para encontrar de frente un par de iglesias diferentes y únicas. La primera fue decorada según la tradición del cristianismo ortodoxo y en ella se encuentran iconos con la Pasión y Resurrección de Cristo, mosaicos en el techo y un crucifijo al estilo bizantino. Todo es lujo de hoja de oro y no queda un espacio sin decorar. La de enfrente fue una mesquita, ahora critianizada. Es una construcción de piedra con tres cúpulas y tres ábscides. Es la iglesia de San Catoldo, ahí descansan sus restos. Las paredes son sencillas, de piedra, desnudas de todo adorno. En el centro un crucifijo ortodoxo se ilumnina con la luz del sol que atraviesa las pequeñas ventanitas en la linterna de las cúpulas. 

Salimos y no vemos a Francesco, ¿dónde estará? Miramos a un lado y a otro. Nos asomamos a la calle, nada. ¡Qué raro! Pasan diez minutos y ya estamos impacientes. Por fin aparece. Nos dice que falta ir a la catedral pero que ya nos excedimos en tiempo, que es un abuso y que debemos pagar el tiempo extra. ¿De qué habla el tipo? Le digo que no sé a lo que se refiere y parece que le pisé un callo. Comienza a gritar y agita las manoa a granvelocidad cerca de mi cara. Me dice que le debo cien euros y yo me empiezo a reír. Creo que está bromeando. No, es en serio. El Hombre grita más fuerte y Dany se pone nerviosa. Le digo que eso no fue en lo que quedamos y con el rostro enrojecido aulla y escupe palabras en un italiano inintelegible. Mamá, págale ya, vámonos. Este hombre nos va a hacer daño.

Veo como se aleja el carruaje con mis cien euros. Me siento robada. Cuando uno sale de viaje, no todo sale bien. Pero Dany me enseña un café en una plaza medieval y decido que Francesco me robe el dinero pero no la felicidad de estar en Sicilia. Nos sentamos en la terraza, bajo un cielo maravillosamente azul y despejado. Abro el mapa de la ciudad y me doy cuenta que el recorrido lo hubieramos podido hacer a pie. Ni modos. También me entero que a pocos metros está el pueblo de Corlenone. Ahora todo me queda claro. Otro cochero se acerca y nos ofrece darnos una vuelta por todo Palermo por veinte euros. La cabeza me estalla en mil pedazos, peor, está dispuesto a  negociar un descuento. Ahora todo está más que claro.

Pero, por si caso, cuando vengan a Sicilia, caminar en Palermo es la recomendación. Todo esta cerca y accesible. Y, por si las moscas, si una hermosa italiana de ojos verdes se acerca a ofrecer un descuento, desconfíen y si les presenta a un cochero llamado Francesco, lo mejor es salir huyendo a toda velocidad, antes de que te roben cien euros.

Entre nubes

Siempre que viajo en avión sospecho que suceden cosas extrañas. Siento que se opera una especie de cambio de dimensión en la que por fuerzas desconocidas, me vuelvo pequeña, casi minúscula y gracias a ello, los edificios de mi ciudad se ven diferentes, y México se vuele una cuadrícula multicolor que poco a poco se desvanece entre las nubes que envuelven al avión. Casi de inmediato se oscurece y la interminable fila de lucecitas que titilan sin parar, como despidiéndose, se quedan atrás.

El avión es un artefacto moderno, un  Dreamliner 787, de lo más nuevo que hay en el mercado y por suerte no es de esos animales enormes que alojan en su vientre una horda de viajeros, sino un aparato de filas de tres en tres. Nuestro compañero de viaje es un francés, flaco y callado. Estupendo, sonríe y no platica mucho. Tampoco ocupa mucho espacio y casi no se mueve. ¿Qué más se puede pedir?

La comida es decente, pasta o pollo: pasta. Vino o refresco de dieta: dieta. Sí, a dormir. Dormir hasta que casi sin darnos cuenta ya se cruzó mas de medio Altántico y las costas de Irlanda se ven en el mapa . Estamos más cerca de París que de mi casa. En las ventanillas ya brilla el sol, ¿en qué momento se hizo se día? Y por lo pronto, desayunamos antes de cambiar el horario y darnos cuenta de que allá abajo la gente ya terminó de comer. 

Las nubes siguen envolviendo al avión, son tan parecidas a las que ví hace una cuntas horas que me da la impresión de que no nos hemos movido mucho, tal vez nada, sin embargo, abajo ya está la riviera del Sena, ya se distingue la cúpula tan blanca del Sacre Coeur y el Stade de France se ve tan diminito. Ya se ve la punta de la Torre Eiffel y parece que efectvamente, ya estamos llegando a nuestro destino. Dejaremos de estar entre nubes para sentir que vamos a caminar entre estrellas. 

Sí ahora la cuadrícula de mil colores poco a poco se hace más grande,  nos da la bienvenida. Los edificios del aerpuerto son tamaño real y lo que a lo lejos parecían hormiguitas, son más aviones, más autocares con maletas,  más pipas con combustible, más personas. Regresamos a la dimensión de siempre, pero cada que me subo a un avión, algo pasa y lo,que debería se igual, ahora es extraordinamriamente diferente, aunque parezca que todo es igual.  

 

Un Guadalupe Reyes total

Esta vez no fue hablar por hablar, ni experimentar en cabeza ajena. Por primera vez en mi vida me tomé, enterito, el puente que inicia el doce de diciembre y termina el seis de enero. El puente más largo de la tradición mexicana, el Guadalupe Reyes, tomó forma y las circunstancias hicieron que el asueto empezara antes de lo acostumbrado y terminara después. Ni cuando estaba en la escuela tuve tantos días de vacaciones efectivas.
El tour, mágico y misterioso, de diciembre nos llevó a ver la Torres de la Catedral de San Miguel de Allende, a comer helados de sabores exóticos en Dolores, a perdernos en los callejones de Guanajuato, a recorrer los caminos del sur y descubrir que Acapulco hizo la tarea para ponerse guapo y recibir a tanta visita; a dirigirnos a la antigua ciudad de Antequera y a encontrar cualquier pretexto para tomar chocolate en los portales de la plaza de Oaxaca, a admirar la grandeza del Tule, a comer tamales en el sitio arqueológico de Mitla, a probar chapulines en el mercado, a admirar el trabajo que las manos indígenas dejaron en el convento de Tlacochahuaya, a llenarnos los ojos con los oros de Santo Domingo, a comer mole negro. También nos llevó a la vera del lago de Valle de Bravo para hacerme patente la fuerza de voluntad y la belleza que brota de las manos de mi amiga Bibiana. Regresé a Acapulco y corroboré que las visitas llegaron por montones al bello puerto.
De tanto, me quedo con la maravilla de ser mexicana, con el orgullo que da la belleza de la tierra propia. Me apropio del cielo tan azul de San Miguel y del rosa de sus canteras, de lo heroico de Dolores y de las campanadas del templo de SanDiego. Me hago mío el verde de las piedras de Oaxaca, de los colores de la noche de rábanos, de la Nochebuena oyendo marimba, de la Virgen de la Soledad y de su atrio comiendo helados. Es mío el rumor del riachuelo de esa casa construida a pulmón en Valle. Igual que con la enseñanza de ver como el sí se puede vence a las razones del no. También con el trabajo de los acapulqueños que han padecido tanto y tanto pero que está temporada vieron flores y frutos color turista.
Cualquiera pensaría que después de toda esta danza estoy exhausta y no, es al revés. Regresé con la pila súper cargada, lista para, ahora sí iniciar el año con el pie derecho y a todo vapor. Es verdad, fueron muchos kilómetros recorridos por tierra, todos por tierra. Ahí estuvo gran parte de la aventura. Tuvimos la libertad de entrar y salir a nuestro antojo, sin horas de antesala ni vuelos en conexión. Sin excesos de equipaje ni revisiones violentas. Nada de malas caras, todo fueron buenos modos, hospitalidad y sonrisas. Sabor a higos, chocolate de nixtamal, tortillas hechas a mano, aromas de jazmín y tierra mojada, rumores de grillos e instrumentos de viento. Viajar así se siente rico.
Mi México, ese que da abrazos entrañables y besos de colores. La tierra bendita que pone sonrisas en los labios y esperanza en el corazón. Tan diferente y tan rico. Tan digno de ser caminado. Por eso, a penas me alcanzaron los días de este Guadalupe Reyes, siente que a penas me fui y ya vengo llegando. Ahora a trabajar, a dejar que lo que se sembró en el corazón en cada una de las regiones visitadas germine y transforme.

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Viajar

No hay duda que viajar remedia muchos males. Salir de las paredes de la casa quita el entumecimiento físico y mental. Al traspasar el perímetro de la cotidianidad y aventurarse a lo diferente se derrumban las murallas del prejuicio y se alejan los malos pensamientos. Pisar lugares diferentes abre oportunidades, nos enseña que hay colores, sonidos y sabores distintos que vale la pena probar. Pero hace falta valor y aunque en este mundo en el que las distancias parecen no tener relevancia, viajar es también una forma de alimentar el espíritu.
Hoy en día es tan fácil quedarse atrapado en una pantalla, hay tantas y son de tantos tamaños y de tan variadas funciones que igual nos enganchamos por horas en la televisión que en la computadora o en el teléfono móvil. La tentación de quedarnos encerrados y ver el mundo a través de una ventana virtual es cada día más grande. Olvidamos que ponernos en marcha nos quita el sueño, que sentir el viento en la piel o el sol en el rostro no se compara con nada que nos pueda dar un aparato. No hay como vivir las experiencias en carne propia.
Digo que hace falta valor, porque a veces la comodidad de la silla, de la cama, jalan. O, nos queremos esconder detrás de tantas excusas: los pendientes de la oficina, las preocupaciones del negocio, las urgencias de la casa. Llamamos, enviamos mensajes de texto, checamos y nos negamos a alejarnos y nos hacemos presentes con los que no debemos y nos alejamos de los que nos acompañan. Le echamos la culpa al entorno en vez de disfrutar. Además, en este mundo en el que hay tanta información, ya no queremos llevarnos nada a la boca por miedo al nuevo germen de moda, o a que la ingesta de azúcar, grasa, carbohidratos no sea la adecuada.
Pero, atreverse a probar los platos locales, abrir la ventana y dejar que los tonos del lugar llenen la mente y permitir que los colores nos hagan cosquillas es cosa de valientes. Caminar, ser aventurero, descubrir lo que hay a dos cuadras o a miles de kilómetros nos ayuda a ver las cosas desde perspectivas distintas. Es la catapulta que nos genera empatía y nos obliga a bajar la guardia y a dejar de juzgar lo diferente. En todo caso, lo que hacemos es apreciar.
Al viajar se nos caen las blendas de los ojos y limpiamos la mente de telarañas. Descansamos y si hacemos lo que debemos, entramos en mundos maravillosos que en última instancia iluminan la reflexión y el mejor conocimiento de uno mismo.

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Guadalupe Reyes

La temporada decembrina está a todo lo que da. Prisas, tráfico, embotellamiento, cenas, comidas, brindis, compromisos, llamadas de felicitaciones y parabienes; desde luego, excesos. Más alcohol que el de costumbre, más comida que la habitual, más citas de las que se pueden manejar, mayor número de autos en las calles, de gente en las tiendas y en todo lugar. Sí diciembre es un mes lleno de ocupaciones. Es como una pompa de jabón que empieza a inflarse el día primero y, al menos en México, estalla el día doce que es la festividad de la Virgen de Guadalupe. Entonces surge otra burbuja distinta que empieza a inflarse y reventará hasta el seis de enero. Es el tiempo de fiesta, gozo, reencuentro y vacación.
Hoy, en México inicia de manera informal el puente más largo del año: Guadalupe Reyes. Las ocupaciones laborales disminuyen sustancialmente y la fiesta y el festejo toman el primer plano. Se inauguran oficialmente las Navidades.
Los peregrinos regresan, después de ver su misión cumplida, cansados pero satisfechos a sus lugares de origen. Ya llegaron al Tepeyac, ya se postraron frente a la Guadalupana, ahora de vuelta a casa a preparar el tiempo de posadas, de fiesta y festejo por el nacimiento del niño Dios. Ponche, pavo, purés sopas, roscas, postres, galletas y todo lo que se debe para festejar las fiestas. Moños, regalos, papel conmemorativo, envolturas. Es época de dar y recibir.
En diciembre la gente se mueve. Los que están lejos regresan, los que se quedaron esperan a los viajeros con entusiasmo. Las familias separadas se reúnen, los que permanecen unidos viajan, aprovechan los días de asueto para salir de sus ciudades y ver otros paisajes.
Hoy, tengo visitas. Mi cuñado que vive en Chicago vino a ver a su hermano, a convivir con sus sobrinas a platicar con su cuñada y pasar un tiempo con su papá. Su esposa, no habla español pero adora México. A mi me gusta que le gusté mi patria y por ello tomamos rumbo y nos adentramos por los caminos de Guanajuato. Estaremos en San Miguel de Allende que según la clasificación del Conde de Nest es la mejor ciudad del mundo. ¿Cómo no presumirla?
Y luego, a Guanajuato. Tan amada por mi que sirvió de escenario de Última mirada, mi novela. Nos hospedaremos en el hotel en el que se quedó la protagonista y haremos el mismo recorrido que ella hizo por las calles y callejuelas de esta bella ciudad colonial. Será como abrir las pastas del libro y merodear por ahí. Será divertido. Será la oportunidad de recuerdos, reales y fantásticos. Será alucinante.
Así que para nosotros la temporada de vacaciones ha sido formalmente inaugurada, nos perderemos por los caminos más variados de México y que vivan el ocio y el tiempo libre para aprovecharlo en recorrer mi tierra rodeada de los que quiero. De Guadalupe hasta Reyes y sálvese quien pueda. Estoy de forma integral imbuida en el Guadalupe Reyes.

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