Lo que en realidad sucedió a Serena Williams

El escándalo que se ha levantado en torno a la derrota se Serena Williams en la final del USOpen y los comentarios que a suscitado me dejan perpleja. Desde Don Lemon hasta Christopher Cuomo han tratado de hacer un panegírico torciendo la situación esgrimiendo razones que son sinrazones para justificar a la tenista afroamericana. Algunas veces se abusa del uso del micrófono. Dicen que lo que sucedió no hubiera pasado si ella hubiera sido hombre o si hubiera sido blanca. ¿En serio piensan jugar esa carta? Entonces, o no vieron lo que sucedió o les dieron línea para torcer la realidad.

Defender a Serena Williams es no entender. Justificar es no entender. El tenis es un juego de honor, es un juego de nobleza. Es un deporte con reglas que deben respetarse. Serena Williams recibió un warning por recibir instrucciones de su coach —lo que está prohibido— y le fue a gritar al juez de silla. Le dijo que ella no era tramposa y que ella no estaba recibiendo instrucciones de su entrenador. Más tarde, en conferencia de prensa el coach confesó que sí le estaba diciendo qué debía hacer, pero que como todos lo hacen, él lo hizo. Entonces, ¿es tramposa o no?

Luego, rompió una raqueta, recibió otro warning y le aplicó el castigo: perdió un punto. Eso dice el reglamento. Entonces llegó lo peor: le dijo a Carlos Ramos, el juez de silla que era un ladrón por robarle un punto y mentiroso por decirle tramposa. Entonces, la volvió a amonestar y eso la llevó a perder un juego.

Invocar que eso le sucedió a Serena Williams por ser negra o por ser mujer es faltarle al respeto a la raza negra y a las mujeres. Carlos Ramos es un prestigiado juez y lo único que hizo fue aplicar el reglamento. No debemos confundirnos. Cuando un tramposo se quiere esconder en su color de piel o en su género insulta y no debemos permitirlo.

Lo que en realidad sucedió fue que Serena Williams estaba desesperada porque no pudo ganar. Así de sencillo. La sacó de sus casillas que una novata le estuviera pasando encima. No le pudo ganar. Y, como lo hizo en el pasado, al darse cuenta de que no iba a ganar le echó a perder el triunfo a sus contrincantes. Lo hizo con Kim Clijsters también en en USOpen y ahora lo repitió con Naomi Osaka. ¡Qué pena! Una campeona como ella se revela como una mujer berrinchuda que no sabe perder.

¿No podría Carlos Ramos decir que le quitaron injustamente la miniatura del trofeo por discriminación por tener origen latino? Lo que en realidad sucedió a Serena Williams es que nos supo ganar. No le busquemos tres pies al gato.

La imagen de Pablo Escobar en Madrid

Suena lógico pensar en que un país quiera darse a conocer en otro por sus cosas buenas, por sus atributos positivos, por su historia, su gastronomía, su música, sus héroes, en fin, por lo que pueda atraer a los individuos para visitar esas tierras o consumir sus productos. Lo contrario sería un desastre. Por eso, entiendo perfectamente la petición de la ministra de Exteriores de Colombia, Ángela Holguín, a la alcaldesa de Madrid para que quite un anuncio de la serie Narcos, que luce el rostro del personaje de Pablo Escobar y que está puesto en plena Puerta del Sol, debajo del anuncio de Tio Pepe.

Comprendo perfectamente el avance diplomático por parte de Colombia. Hoy ese país nos está dando de que hablar en un tema tan anhelado como la paz y nos da ejemplos de caminos de solución y en vez de ver a Juan Manuel Santos recibiendo el Premio Nobel de la Paz, vemos el rostro personificado del sujeto más peligroso que nació en esas tierras. Es injusto, es poco delicado y es una barbaridad que en la subordinación del rating se publicite un panegírico a la maldad  en vez de  la negociación que  dio origen al reconocimiento del mundo. Sin duda, venden más las balas. 

Este tipo de publicidad mancha la imagen de Colombia y abandera valores que no son adecuados. No se trata de rasgarnos las vestiduras, se trata de entender los esfuerzos de esa nación por pasar la hoja de los días terribles del Cártel de Medellín. Narcos no es un documental que recupere la memoria histórica y nos recuerde lo que no se debe hacer. Es una telenovela que narra la vida de un criminal y, a veces, lo hace ver como un héroe. Claramente, no lo fue. 

Así sucede con la literatura de narcos que se ha puesto tan de moda, con los narcocorridos, con series que narran las historias de estas organizaciones delictivas que de repente se ganan la admiración y la indulgencia del público sin tener en cuenta que son ficciones noveladas. Pablo Escobar era un maldito que puso a llorar a Colombia, Amado Carrillo era un sanguinario que mataba a la gente con crueldad, el Chapo Guzman era cabeza de un grupo de gente que mataba a sangre fría a quien le estrobaba. Son gente que no respeta edades, lo mismo se ensañan con ancianos, mujeres, niños. Las fosas clandestinas que encontramos en México están repletas de pedazos humanos que siguen sin ser identificados, mientras muchas familias se preguntan dónde estará su madre, su hijo, su hermana, su tío, su ser querido. Son víctimas del narcotráfico. 

Las series como Narcos muestran imagenes sumamente producidad y distorsionadas. Los narcotraficantes no son versiones tropicalizadas de Robin Hood, no son los nuevos Chucho el Roto, no eran guapos, ni tenían buen corazón. Los familiares de cualquier adicto lo saben. Las víctimas lo saben. Los gobiernos lo saben. ¿Entonces? Está claro que cada quien es libre de escuchar la múscia que quiera, que puede leer lo que le venga en gana y que está en su juicio y su gusto ver las series que más le llamen la atención. Nada más eso faltaba. Pero creo que las ciudades deberían ser más selectivas al momento de adornar sus calles y sus plazas con anuncios.

La publicidad con mantas publicitarias de proporciones desmesuradas son contaminación visual. Afean el paisaje. Esta en específico, no sólo afea, ofende. Da cuenta de las afiliaciones y las simpatías. Si eso es así, Manuela Camarena debe sentir una gran vergüenza por haber recibido una nota diplomática del gobierno colombiano. Si para ella, una Blanca Navidad, como lo anuncia el cártel, es una fiesta en la que se consume cocaína, mal andamos. Si en la capital española no se analiza lo que se anuncia en sus calles, peor. En México ya hemos visto las consecuencias que viven los que alaban con narcocorridos, muchos han muerto en forma cruel, los han asesinado en formas terribles. 

Pablo Escobar no merece, bajo ninguna circunstancia estar en un lugar tan emblemático como La Puerta del Sol. Me duele el estómago al ver a un criminal exaltado, casi celebrado, como si fuera un héroe. No hay duda que estamos confundiendo los términos. Cualquiera pensará, ¿qué le importa a una mexicana lo que pasa en Madrid con la cara de un colombiano? Importa porque el narcotráfico daña todos los días, no nada más a México y a Colombia, sino a cada humano que se enfrenta y padece este terrible mal. Sea porque lo combate, sea porque lo consume, sea por un daño colateral, nadie puede sentirse ajeno. Nos roban la paz. Miren nada más, Madrid ya se manchó con este tipo de movimientos corruptores. El consumo de drogas en España no es un problema que deba desestimarse, por eso, creo que deberían bajar ese anuncio.

El indulto de Alberto Patishtán

En esta vida hay que cuidarse de la mala suerte de caerle mal a alguien poderosillo que en un berrinche te arruine la vida. Si no me creen pregúntenle a Alberto Patishtán, le cayó mal a un presidente municipal y con eso fue suficiente para que lo refundieran en la cárcel por más de trece años. Sí. En México, como en muchas partes del mundo, las prisiones están llenas de gente pobre que no pudo pagar un abogado, que no pudo mover las voluntades y que por unas o por otras se tuvo que resignar a padecer su mala suerte. Reitero, de gente pobre, no de culpables.
Esa fue la mala suerte de Alberto Patishtán, nacer pobre, si no, otro gallo le hubiera cantado. Su caso era fácil. La evidencia gritaba su inocencia, los testigos daban cuenta de que los asesinatos que le imputaron no podían haber sido perpetrados por este maestro tzotzil, porque en el día y hora de los crímenes él andaba en otro pueblo. Pero, le cayó la mala suerte encima. El poder de la mala voluntad entró en escena. ¡A la cárcel!
En su juicio se violaron sus derechos humanos consistentemente, nunca tuvo asesoría, traducción, asistencia. Nada. Patishtán sólo veía como las desgracias se le acumulaban una sobre otra sin remedio. Hubo muchos que se interesaron en ayudar a este maestro indígena. Incluso, organizaciones internacionales brindaron su ayuda y gestión. Nada. Muchos trataron de defenderlo. Nada. No había como ayudarlo. Su inocencia comprobada era lo de menos. Se diluía entre términos legales, archivos, teclas, expedientes… Y el segundero seguía avanzando. Avanzó tanto que sumo trece años. No son pocos.
Resulta que la ley no daba posibilidades de resolver una injusticia. Un vacío técnico hizo posible que un hombre quedara confinado a una prisión, a pesar de que su inocencia era evidente.
Escuché a la ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Olga Costa, decir que no se pudo hacer nada por ayudar a Alberto porque la ley no otorgaba un camino de liberación. Vaya, pues muy bien. Entonces que el inocente se friegue y se acabe los días que le dure la vida.
El mundo está lleno de perezosos y de soberbios que nada consiguen porque a nada se aplican. La peor combinación es ser flojo y engreído. No hicieron nada por resolver un caso tan grave de falta de justicia, que ellos deberían aplicarla ya que para eso se les paga. No hacen nada. Ya con el agua al cuello se permiten decir que hicieron lo que pudieron, se quejan y se sienten frustrados. Alimentan el resentimiento y buscan a quien echarle la culpa de los graves resultados de su pereza.
Así son estos individuos, que desde la superioridad que sienten tener, abrazan la holgazanería, la incompetencia, la idiotez y se derrotan de antemano, por su mediocridad, por no salir de su área de confort.
El indulto de Parishtán llega para enmendar una injusticia. Eso es de festejar. Su libertad significa un día de fiesta. Pero, el indulto de Alberto Patishtán llegó muy tarde, trece años tarde. Decir que fue así porque no se podía de otro modo es un motivo de vergüenza. También es una falta de pudor. ¿Por qué exhiben así su incompetencia?
¿Y, ahora? Liberarán a Parishtán y qué le dirán, ¡Ay, usted disculpe! ¿Esperarán que Alberto les de las gracias?
En fin, mañana, el presidente Enrique Peña Nieto hará uso, por primera vez, de la facultad de indultar a quienes hayan sufrido procesos contaminados por la violación de sus derechos, Alberto Patishtán será el primero. ¡Enhorabuena, Alberto! Espero que seas la punta de lanza que muestre el camino para reparar injusticias. Bienvenido a la libertad.

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¡Qué comparación!

Lo primero que quiero decir es que no se mucho de futbol y mucho menos de mini baloncesto. De evaluación de resultados, sí. Tampoco se necesita ser un genio para comparar los resultados de la selección mexicana de futbol con la de de mini baloncesto conformada por indígenas Triquis que juegan sin zapatos, sin uniformes llenos de logotipos de patrocinadores, sin recursos millonarios, pero que ni falta les hacen, con el corazón les basta. Le ponen tantas ganas, tanta pasión y tanto gusto que no hay quien no se llene de alegría y orgullo al saber del éxito que estos pequeños triunfadores obtuvieron en Argentina. Arrasaron no sólo con el marcador si no con el corazón de los anfitriones, de los equipos contrincantes y de todos los que vemos las imágenes de estos muchachitos saltarines dejando el alma con tal de encestar y ganar. Chicos enfocados, con tantas ganas de triunfar que al final lo logran.
Por su lado, la selección mexicana de futbol se gana el dudoso lugar de ser la escuadra que cuenta con el mayor nivel de antipatía en Latinoamérica según un estudio reportado por la cadena BBC. El Tri no es un equipo simpático. Lejos de ello, causa encono con sus rivales y decepción en los que apoyan. Se pierde la oportunidad de estar clasificados al Mundia frente a Costa Rica, se vive la vergüenza de tener que recurrir al repechaje, se rompe el corazón de millones de aficionados en México y de paisanos que viven fuera de nuestras fronteras, se pone en riesgo la derrama económica que trae consigo el hecho de que la selección juegue en Brasil. Locutores sin trabajo, campañas publicitarias a la basura, apoyos a volar, camisetas, juegos, juguetes al barranco, agencias de viaje, vuelos, reservas de hoteles que no se concretarán. No nada más lloran los mexicanos, la FIFA y varios empresarios brasileños también lo hacen. La afición mexicana representa millones de dólares que se ven frenados por la ineptitud, la falta de amor y de pasión de los que sí tienen tenis de altas especificaciones, equipos de tecnología de punta, billetazos y cuentas de cheques abultadas. Me parece tan diferente lo que se siente al ver a los Triquis que al ver a los brillantes jugadores del Tri.
Ahora tenemos que mirar al norte y dar las gracias a la selección de Estados Unidos que hizo lo que ninguno de los verdes pudo, es decir, ganarse el boleto para ir al repechaje por méritos propios. Fueron goles güeros, no tricolores.Tan mal jugaron los nuestros que al final veíamos el partido de Panamá contra los estadounidenses, pues ya no le teníamos fe a la selección mexicana. Encendíamos veladoras y rogábamos Dios para que cayera un gol ¡contra Panamá!, teníamos la certeza de que contra Costa Rica no llegaría la ansiada marca.Tal parece que los futbolistas que integran el equipo de seleccionados se empeñan en no ir a Brasil. Es de bien nacido ser agradecido. Gracias a la selección de las barras y las estrellas.
La ineptitud y la buena fortuna tienen al futbol nacional a nivel de aguas profundas pero con una nueva oportunidad. El muerto se levanta en forma milagrosa de la tumba y los seleccionados andan de parranda. Si no quieren jugar ¿Por qué insistir con ellos?
Los jugadores son un desastre en la cancha, dan la nota por la indisciplina, porque huyen de la concentración, porque les gana la fiesta, porque no escuchan a sus entrenadores, ¿qué méritos tienen para estar ahí? El técnico sabrá. No es técnica, no son goles, fue la buena suerte la que otorgó benévola la oportunidad de seguir con la esperanza de ir al Mundial de Brasil. A ver cuánto dura.
Y, mientras todos nos quedamos con un mal sabor de boca, suspirando amarguras por los resultados futbolísticos, hay un grupo de niños indígenas que alumbra la esperanza, que demuestran que lo que a los del futbol les falta, a ellos les sobra. Hambre. Hambre de ganar, de divertirse en el terreno de juego. Amor por encima de la soberbia. Gusto por jugar, por ver nuevas tierras, por conocer gente diferente, por llegar al Mundial de mini baloncesto en República Dominicana y un profundo respeto y cariño por su coach, a quien escuchan y respetan.
¡Qué comparación entre unos y otros!
Por eso unos dibujan sonrisas en los rostros de propios y extraños, mientras lo otros pintan muecas.

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Lo siento mucho

Cuando uno ofende a alguien hay que ofrecer disculpas. Eso es lo que hoy, en forma sentida, estoy haciendo. Ayer escribí una frase desafortunada que recorrió el camino y se transformó en ofensiva.
En un afán que terminó siendo despectivo, me referí a los maestros que tienen bloqueadas las instalaciones de San Lázaro, y hoy las del Centro Bancomer, de esta forma:
“No nada más porque en vez de parecer un gremio de maestros parecen de apaches…”
Mi amigo Danilo me hizo esta observación:
Aquellos que somos de origen indígena, mi padre era Ben-Saab (zapoteco dicen los blancos),
sentimos profundamente que cuando alguien quiere describir una turbamulta nos toma como
ejemplo de desorden y salvajismo.
Es momento de superar esos abusos de lenguaje; muchos de ellos aprendidos desde la más temprana infancia en el marco de una sociedad hipócrita y racista; y que muchos no han aprendido a evitar y utilizan sin pensarlo mucho.
Los Apache hicieron lo que tuvieron que hacer frente a la agresión que en su tierra, población, y cultura recibieron por parte primero de los españoles, después de mexicanos y de estadounidenses. Tuvieron que escoger entre la esclavitud y la muerte. En el marco de lo que ahora llamamos una guerrilla devolvían los golpes que recibían siempre que podían. La guerra fue desesperada, extremadamente cruel y sangrienta…para los Apache era un desesperado intento de preservar su vida…para sus adversarios era una guerra de rapiña y despojo…una guerra de exterminio. Nadie resultó vencedor; en tal tipo de contienda nadie puede ganar…solamente pueden sufrir los desmanes del “enemigo” acumulando odio y encono.
Si defender la vida de la familia, y la propia, tu cultura, costumbres, religión, y estilo de vida ante la agresión de un extranjero es un acto de salvajismo…entonces tendré que conceder que los indígenas somos un “gremio de apaches”.

Tienes razón Danilo, mi referencia fue un abuso de lenguaje. No hay más que decir, sólo ofrecer un millón de disculpas. Lo siento mucho.

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Frivolidad y abusos

Es una lástima, pero es verdad. El ser humano tiende a abusar cuando ve la oportunidad. Son pocos los que no caen en la tentación, sin embargo, hay grados. No es lo mismo que un niño tome diez dulces de la bombonera, o que en casa ajena te sirvas el postre con la cuchara grande, a que abuses del fuero constitucional o diplomático.
Emilio González, senador de la república por el partido verde, nos regaló un abuso más. No sorprende. Este personaje de la política mexicana ha hecho de la frivolidad y del abuso un estilo de vida. Su marca personal se pinta con los colores del charolazo y del influyentismo. ¡Qué lejos estamos del honor de Séneca! Nos sentimos más próximos a Calígula que nombró a su caballo senador.
¿Qué nadie le explicó al ya no tan joven Niño Verde que el tequila y el alcohol no se mezclan? ¿Qué su mami no le dijo que no hay que decir mentiras? ¿Nadie le advirtió que la verdad siempre sale a flote? Lamentable que un senador de la República slagoa borracho de un antro y quiera usar su fuero para evitar sanciones que legítimamente se ganó. A su favor podemos decir que no es el único. Lo malo es que este sujeto cae mal por prepotente y por patán. Finge ser una persona decente, pero se le cae el barniz a las primeras de cambio. El oropel se desdora y muestra el cobre a cada rato.
Salió del Torito con el amparo bajo el brazo, dice que volverá a cumplir las horas que le faltan para cumplir su pena. Se quejó de que no le sirvieron caviares y langostas en su crujía. Tampoco le trajeron champaña, ni tequila, ni una cerveza para curarse la cruda. ¡Una barbaridad!
Lo malo es que para la patanería no hay remedio que la cure. Es una infección altamente expansiva y brota cuando el campo de la frivolidad es fértil. Es mucho más grave cuando se mezcla con cotos de poder y posiciones de influencia. Es una triste enfermedad de mala estampa.
Es la marca personal de un senador de nuestra amada República, ¡válgame Dios! Basta ver una imágenes de tan emblemático personaje para enterarnos de lo bien que lleva la en vestidura de su alto cargo.

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