La santa sepultura 

La muerte es un misterio en el más amplio sentido de la palabra. Es un hecho arcano cuya explicación encuentra diversos matices según a quien se le pregunte. Para unos es el fin de la vida, para otros es un paso hacia una existencia más evolucionada, hay quienes creen que es la oportunidad de regresar en lo que se llega a la siguiente etapa y para los cristianos es el tránsito en el que llegaremos a ver el rostro de Dios. 

Los católicos creemos que la muerte merece ciertos ritos. Antes de morir, se aplican los santos óleos y cuando el alma se separa del cuerpo, se reza para pedir el eterno descanso de quien falleció. Es una especie de acompañamiento y de despedida. Se despiden los restos mortales y se acompaña el tránsito del alma para que llegue a buen puerto. Los cuerpos deben de tener un destino digno.

Independientemente del credo o forma de pensar, me parece que los restos mortales merecen respeto. Fumarse al padre, como presume Keith Richards haberlo hecho con el suyo, hacerlo un dije o un anillo, tenerlo como objeto decorativo de la casa, pasearlo en un carrito de bebé y tantas extravagancias, me parecen tan tenebrosas, como irrespetuosas. Es verdad, los ritos y las costumbres están dejando de tener vigencia, ya pocos se visten totalmente de negro al ir a un velorio, el luto es cosa de antes y dar un pésame tiene otros códigos. Muchos reciben las condolencias en el muro de Facebook. Eso de ir a dar un abrazo a los deudos, pocos lo hacen.

Hasta hace poco, los muertos eran sepultados. La incineración no era tan admitida, pero dado que cada vez hay más muertos y La Tierra tiene un espacio limitado, terminar hecho cenizas es una opción aceptada. Hay quienes tienen un nicho en alguna iglesia y los que prefieren ser arrojados al mar o quedar en las raices de un árbol. El Papa Francisco opina que los restos humanos han de quedar en un lugar santo. Claro, las críticas no se han dejado esperar.

Cuando oí la resolución de la Santa Sede, también levanté las cejas y torcí la boca. Pero, recordé la historia de Julia Pastrana, una mujer de cualidades excepcionales, inteligencia única y fealdad descomunal. Tuvo éxito gracias a esa cara con barba y mandíbula prolongada, viajó, hizo dinero, se casó, se embarazó y al dar a luz quedó muy débil. Murieron ella y su hijo. Lo único que le pidió a su marido, el Dr. Lent, fue que le dieran una santa sepultura. Ni eso le concedió. Momificó a ella y al bebé y los exhibió por toda Europa. Perdió el cadaver, lo encontó maltrecho, lo vendió y la pobre Julia Pastrana anduvo de circo en circo hasta que llegó a la Universidad de Oslo y la retuvieron para estudiarla y ver si era el eslabón perdido. Después de muchos años —Julia murió en 1860—, el 14 de Febrero de 2013 fue sepultada en Sinaloa, como fue su deseo. Quedó encerrada por años en una bodega, en nombre de la investigación.

Si pienso en Julia Pastrana, no tengo más que darle la razón al Vaticano. La ciencia no tiene que servir de vínculo deshumanizador. Pensar en la frivolidad que lleva a un fanático a hacer de su ser admirado un anillo, como sucedió con Luis Barragán, me da dolor de estómago. Vuelvo a entender las razones de la Santa Sede. También pienso en los muertos del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, o del 9/11 en Nueva York, o los de Hiroshima y Nagasaki, o los de Aleppo que no han alcanzado sepultura. ¿Qué piensan de ellos en Roma? O los que murieron ahogados, o los que han sido enterrados en fosas clandestinas, o los que han quedado expuestos al aire. ¿Ellos qué?

Insisto,la muerte es un asunto misterioso. No sé si sea preciso terminar en un cementerio o en un nicho de iglesia, no sé si los ríos y mares sean o no lugares santos. Ignoro las características que le concedan santidad a un seplucro, pero me temo que tener urnas en el clóset, cenizas en forma de piedra, o como relleno de un cigarro, no cumple con el estándar. En todo caso, prefiero lo dicho por el Vaticano, no sea que alguno de  mis queridos lectores se le antoje echarse un cigarrillo a mi salud o tenga ganas de convertirme en un bonito anillo. 

La locura consumista que enfermó al mundo

Se fue el Papa Francisco, regresó a Roma. Todavía no aterrizaba y en el aire, entre nubes, tan cerca del cielo seguía mandando mensajes que ahora tomaban tonos fuertes. Las manos chamuscadas de quienes defendieron intereses malignos, las conciencias llenas de ollín de los que olvidaron a los maltratados, el tufo asqueroso de quienes victimizaron a las víctimas de pederastia con un descuido y a las que les aplicaron toda la fuerza que da la arrogancia, deberían presentar su renuncia.

No hizo falta decir nombres. Sabemos a quien se dirige.

No les valió la pena. Pensaron que tras una túnica de telas finas, un alzacuellos almidonado, un anillo lujoso y un aparato que gozó apoyo de ricos y poderosos, la impunidad estaría garantizada. Pensaron y por muchos años tuvieron razón que el carrito de golf, las comodidades, la abundancia, la extravagancia y las buenas amistades les bastarían. En el pináculo de la locura, habrán pensado que de eso se trataba el Evangelio.

Parece que ya se les va a acabar el veinte.

Por eso, desde el confort ordenaron que los apestosos se alejen, que los sucios no se acerquen, que los que lloran no le quitan belleza al panorama y, sobretodo, que los escandalosos no me vengan a amenazar las maravillas de las que hoy gozo. Se ocuparon de comprar más y de cuidar menos, de consumir y correr tras los anhelos de la tierra y se olvidaron que hay un cielo. Por años, les salió bien. Por años, la gente llegó a preguntarse si el bien prevalecería sobre el mal algún día. Muchos no tuvieron paciencia y por su culpa abandonaron la fe. Me pregunto si no le tendrán miedo a la muerte, si no se amedrentan al pensar que van a enfrentar la mirada de Dios que les preguntará por todas esas ovejas perdidas.

Antes, seguro que eso ni les preocupaba. Desde la comodidad y la elegancia fueron muy príncipes y nada pastores. Zapatos, camisas, autos, guaruras, obras de arte no tienen nada de malo. Lo que es terrible es que eso conduzca al camino de la perdición, que tanto brillo obnubilé la vista y tome las riendas de la vocación. Ay de aquél que se olvide de los más pequeños, ay del que abuse de ellos. Mirar a otro lado, silbar y taparse los ojos no salva a nadie. La carrera consumista que enfermó al mundo, esa que ha dejado la riqueza en manos de unos cuantos y a despojado a miles, esa corrompió a los que debieron  ser buenos y optaron por ser cómplices. 

No se hagan, les están hablando a ustedes. 

  
  

Los pasos del Papa Francisco en México

Fue como un suspiro. Terminó la visita del Papa Francisco a México y pareciera que apenas acababa de empezar. Queda un barullo que oscila entre los que critican todo y las cancioncitas cursilonas que el compusieron. Queda el encandilamiento de los bailables, la gran producción de los eventos y los padecimientos propios que provocan los protocolos de seguridad alrededor del dignatario. Por suerte, hay algo más.  En el centro, quedan sus palabras, sus reflexiones, sus pasos. Todos los símbolos que nos dejó, incluso con sus improvisaciones.

Los pasos del Papa Francisco van más allá de toda la parafernalia de gran formato, de los oportunistas que quisieron atravesarse en el camino para salir en la foto o de los regaños a todos los perfumados que llegaron luciendo joyas y caras estiradas o de las banderitas y pósters photoshopeados con imágenes manipuladas y efectistas.  Tristemente, es lo que más ruido hace y lo que más jala la atención. También lo que se va a olvidar con rapidez. En una semana, el tema será viejo y se diluirá en la memoria.

Pero, los que logren ver un poco mas allá, los que miren con detenimiento, los que lean sus homilías o se detengan a analizar los signos, tendrán un mejor sustento para analizar la visita del Papa. La superficialidad nos lleva a precipitarnos, nos lleva a perdernos en la vía de la frivolidad. En cambio, escuchar lo que dijo y detenernos a valorar nos deja en un mejor terreno. Puede gustar o no, podemos creer que faltó o sobró algo que decir, que se quedaron temas pendientes o hubo un exceso de asignaturas; nos puede caer bien o mal, podemos creer o no, pero el tamiz de la reflexión nos da perspectiva.

En todo caso, poner atención en los pasos del Papa Francisco nos revela las intenciones del Pontífice desde los primeros momentos de su visita. De igual forma, nos sirve para ver una especie de resumen y pensar. Al llegar, recién bajado del avion, en vez de caminar por la alfombra roja, se desvió y siguió su propio rumbo. Se arrodilló frente a la tumba del Tatic, visitó un penal, un hospital. También fue al Palacio Nacional y recibió varias llaves de distintas ciudades. Se quedó en contemplación ante la Virgen de Guadalupe. Salió de la Nunciatura y rezó con la gente. Rompió el protocolo todas las veces que quiso. Se enojó. Cantó. Nos vió y lo vimos. 

Los pasos del Papa Francisco en México son pistas, queda a cada quien la posibilidad de de descifrarlas. 

  

¡No seas egoísta!

Dicen que cuando alguien sufre un evento en el que se sorprende de forma negativa, al interior de la mente se encienden las alarmas del susto. Ante el miedo, si no se puede huir, el cuerpo reúne inteligencia, instinto y fuerza para empezar a luchar. Cada quién se prepara, en un instante, con las mejores herramientas para salir victorioso de la lucha. Es un impulso que algunos llaman insinto y que está inoculado para defender la vida. Para los primitivos, la fuerza sale primero que nada, para los que han pasado por el tamiz de la preparación, los argumentos van primero. Escuchar lo que alguien dice cuando reacciona ante este tipo de estímulos, es atusbar en la parte más interna y profunda de un ser.

Fíjense lo que han dicho Trump, Clinton, Maduro, Peña, Videgaray, Lucero y tantos otros a los que hemos visto responder en situaciones comprometedoras. Revelan sus miedos y con ellos su personalidad. Recuerdo a McCain, excandidato a la presidencia de Estados Unidos gritar despaborido: ¡comunistas!, tantos años después de la caída del muro de Berlín. Ayer, el Papa Francisco, en medio de una multitud que lo aclamaba, sufrió un doble tirón que le hizo perder el equilibrio y avalanzarse sobre un chico en silla de ruedas. Furioso, le gritó a quien lo jaló ¡no seas egoista!

El video de exabrupto ya corre por las redes sociales. Unos tratan de justificar al Papa y otros lo aceibillan, unos dicen que la reacción es normal y otros se llenan la boca con críticas. Yo observo. Escucho. Los que dicen que fue un error de la seguridad del Pontífice tienen razón, pero el Papa Francisco no da muchas oportunidades para evitar esos altercados cada vez que se sale de protocolo. Sin embargo, las palabras que salieron del corazón de Francisco hablan de él.

No fue una majadería ni una palabra altisonante, no fue una amenaza ni una condena.Fue una orden. ¡No seas egoísta! El máximo temor del Papa Francisco no era manchar su imagen ni nada por el estilo. El Santo Padre le tiene miedo al egoísmo, le llamó diablo en la homilía que acababa de pronunciar. No le atemorizó una bala, le da susto una actitud egocéntrica de alguien que con tal de tenerlo cerca es capaz de jalarlo y precipitarlo contra un enfermo en silla de ruedas. 

Como buen evangelizador que es, he encontrado mucha luz en esas improvisaciones de Francisco. Me ha gustado mucho su actuar fuera del script tan calculado y controlado. Su espontaneidad habla de él y por él. Sus críticos podrán proferir todo tipo de censuras y reproches, sus encargados de comunicación podrán dar todo tipo de justificaciones ante el grito del Papa. Lo mejor será dejar que ellos digan lo que quieran y prestar oído al Pontífice. ¿Será posible obedecer esa orden? 

Nos habla directo, nos exige con un grito: ¡No seas egoísta! Lo hace en la época del selfie y la autocomplacencia en tiempo real. Tal vez sea tiempo de dejarnos de ver en el espejo y ampliar las miras. 

  

El sínodo de la familia

Los católicos entramos en la recta final del Sínodo de la familia que ha causado mucha expectación entre los que profesamos esta fe y los que no. ¿Qué es la familia? Nos preguntamos los seres humanos de hoy. Las fórmulas tradicionales de padre, madre e hijos siguen siendo la base sobre la que la Iglesia quiere edificar, sin embargo, hay otras formas familiares que deben ser tomadas en cuenta y necesitan ser acogidas. La vocación de la Iglesia es misionera, es decir, busca difindir la palabra de Dios urbi et orbi, no se trata de dar membresías con requisitos de aceptación.

Madres solteras, padres solos, matrimonios de segundas nupcias, niños sin papás o sin mamás, gente de bien que vive a la buena pero que es excluída por circunstancias que tal vez estuvieron fuera de su control, que recibe un castigo por recomponer su vida, que es alejada porque quiere buscar la felicidad sin hacer daño a su prójimo, no parece lógico que un pastor ahuyente a sus ovejas. Es absurdo. Claro, hay reglas. 

El Santo Padre insiste «una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha. De una escucha recíproca en la que cada uno tiene algo que aprender: el pueblo fiel, el colegio episcopal, el Obispo de Roma; unos de los otros y todos escuchando al Espíritu Santo». Es una Iglesia que debe ser «como una pirámide invertida» en la que el Papa está abajo como servidor de todos, “siervo de los siervos de Dios”. 

Sí, escuchar, incluir, acoger. Esa debe ser la vocación eclesiástica. Sin embargo, hay quienes oponen resistencia, hay quienes arrugan el ceño y elevan el dedo juzgón. No quieren incluir, se repliegan en la sotana y refieren regañar desde el púlpito. ¿Y si el Santo Padre diera un golpe en el escritorio y siguiera adelante con sus reformas? Me parece que muchos de estos avinagrados se quedarían sin trabajo ya que un gran nümero de  laicos estaríamos encantados de arropar a un Papa que incluye a los fieles en vez de alejarlos. Tal vez Francisco piense que no son tiempos de rupturas y ceda ante la presión. Ojalá que no.

Lo cierto es que sínodo quiere decir caminar juntos, el Papa Francisco quiere que todos lleguemos a la meta en conconrdia, al mismo tiempo. Pero en estas reuniones hay debates y se tiene que buscar el fin más alto. Ya desde primero, Pedro zanjó el debate, y todos aceptaron el abrir plenamente la Iglesia a los no judíos, la decisión de mayor alcance en toda su historia. El propio receptor del llavero del cielo optó por incluir, por abrir los brazos y acoger. La palabra de Dios es para todos, entonces, espero que en estos días en que se redacta el acta de conclusiones, la Iglesia termine abriendo sus puertas y no cerrándolas. 

Qué el Dios en el que creemos los católicos, abra mentes y encienda los corazones de quienes deben obrar en favor del amor. ¿No es eso lo que Cristo predicó?

  

¿Resistencia contra el Papa Francisco?

Vaya, vaya. No será la primera vez que un dignatario encuentra resistencias ni será Francisco el primer Pontífice al que se le quiera dar un golpe de estado. Aunque parezca lo contrario, en la Iglesia hay intereses y muchos están dispuestos a defenderlos. Eso, al Santo Padre no debe sorprenderle y me imagino que tampoco debe de intimidarlo.

El Sínodo de la Familia y lo que de esta reunión consultiva resulte es un tema muy esperado por la grey católica. Muchos, como yo, que profesamos esta fe, deseamos que haya compasión, amor y comprensión. Esparamos que la directriz rectora sea inclusiva y de consuelo a los que se han sentido separados y rechazados por una institución a la que hemos llamado Madre. Una madre extiende brazos, no expulsa a sus hijos.

Una buena madre acoge. Sí, también guía, regaña, asienta valores, pero al final abraza y enjuga lágrimas. Una mala madre rechaza, señala, se escandaliza y avienta a sus hijos a las calles de la desesperación, no le interesa la tristeza de los suyos y se sienta en la tranquilidad de su hogar a juzgar y a contemplar lo buena y santa que es. 

Una peor madre, se apretrecha en su necedad, saca provecho de sus juicios y mientras sus hijitos amados sufren, ella mira a otro lado y contempla los lujos de su casa, consulta la hora y admira sus joyas, se rodea de otros hijos que la aplauden mientras ella cultiva su ego. Tambien hay de esas madres, que pueden andar de fiestas mientras Lázaro recoge los mendrugos que caen de sus mesas. Abrazan a sus consentidos y se olvidan de los que le resultan molestos.

Divorciados, homosexuales, parejas que se dieron una segunda oportunidad y hoy funcionan bien, gente de bien que quiere mirar al cielo, que se identifica con la Cruz y quiere acogerse a ella, encuentran sotanas que quieren impedir un encuentro con el Altisimo. ¿Por? Como nuevos fariseos se preocupan más  en juzgar que en ser pastores, en lanzar la primera piedra que en prestar oídos.

Lo bueno es que el Vaticano no es una democracia y que el Sínodo no es un parlamento. Lo mejor es que todos esos que ya traen la piedra en la mano pueden ser silenciados con un golpe de autoridad. El que trae las llaves de Pedro se llama Francisco y viene en serio a reformar la Iglesia. Lo que él ate, quedará atado en el cielo y lo que él desate quedará desatado, eso dijo el Buen Pastor en el que creemos los católicos. ¿Será que esos que oponen resistencia no creen en la bondad de Cristo?

Muchos que traen colgando un crucifijo ya olvidaron al crucificado. Deseo que Francisco pueda elevar la voz en favor de todos los que esperan con gozo el resultado de esre Sínodo. Ojalá que los que tienen ganas de empezar con las pedradas, se vaya  avergonzados y sea este Papa quien acoja a tantos que buscan consuelo en una Santa Madre Iglesia.

  

Laudato sii

No tengo recuerdos de una encíclica que haya causado tanto interés. Laudato sii del Papa Francisco, inspirada en el canto de alabanza del Santo de Asis ha llamado la atención de propios y extraños.Tanto católicos y de los que no lo son, científicos y teólogos, de creyentes y  los que no tienen fe hablan del tema. La visión antropocéntrica gira unos cuantos grados y el Pontífice llama a la reflexión. Se le conoce como la encíclica de la ecología, yo creo que va más allá de eso, es un texto que habla de respeto a la Creación y de entender la presencia de Dios en el regalo que le dio a la Humanidad. Es una especie de instructivo de uso, de manual de operación y reglas saludables de convivencia teniendo como centro el Amor de Dios en movimiento.

Laudato sii consta de una introduccion y seis capitulos. Para empezar, habla del cuidado que debemos tener de la Casa Común, tomo el hilo ecológico y nos llama a la reflexión. Inicia como el canto de alabanza de Francisco de Asis: Laudato si’, O mi’ Signore –Alabado seas, mi Señor es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología. – y de entrada nos recuerda que: el Creador no nos abandona, sigue fiel a su obra.

En el primer capitulo, el Papa aborda lo que está sucediendo en nuestra casa común. Reflexiona sobre los excesos, los desperdicios, la basura, los residuos: La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”. Va de la extinción de especies, a la exclusión, al narcotrfico, a la discriminación y como el ambiente humano y el natural se degradan al mismo tiempo.

En el segundo capitulo, El Evangelio de la Creación, afirma que la Tierra nos ha sido dada y debemos ser responsables: Quienes se empeñan en la defensa de la dignidad de las personas, pueden encontrar en la fe cristiana los argumentos más profundos para ese compromiso”. El Papa entra con fuerza a hablar del desequilibrio que vivimos y del poco caso que estamos haciendo a nuestro entrono, a nuestra gente.

El tercer capitulo lo dedica a analizar las entrañas del problema ecológico, Raíz humana de la crisis ecólogica, exhorta a la ciencia a tomar un cause orientado a la preservación y no a la destrucción masiva, a ver por la limpieza y no la contaminación y fija la mirada en la desiguladad: Cuando no se reconoce el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacitad; difícilmente podremos escuchar los gritos de la naturaleza”. – También se hace responsable: Una presentación inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada sobre la relación del ser humano con el mundo: se transmitió muchas veces un dominio sobre el mundo que provocó la impresión de que el cuidado de la naturaleza es cosa de débiles”.  El Papa inicia siempre con el tema ecológico y lo relaciona con el Hombre y su dignidad y su derecho a ser igual.

En Una ecología integral, el cuarto capitulo, el Papa Francisco nos llama a pensar en el futuro: Si la tierra nos es donada, ya no podemos pensar sólo desde un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual. La tierra que recibimos pertenece también a los que vendrán”. Es una exhortación al cuidado, a la responsabilidad con los que vienen, es la invitación a hacer las cosas en forma diferente en bien de los que hiy habitamos la casa común y en favor de los que han de llegar.

El capitulo cinco lo titula, algunas líneas de accion, aquí el Santo Padre pone la pluma fina en temas de desigualdad, eleva la mirada y entra a temas de injusticia ecónomica, dice que la grandeza política no debe someter al Ser Humano a intereses financieros: Los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes, pero también deben analizar el nivel escandaloso de consumo de algunos sectores privilegiados de su población y controlar mejor la corrupción”. –

Por último, el capitulo seis habla de la educación espiritual y ecólogica. “Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Es lo que ocurre cuando los movimientos de consumidores logran que dejen de adquirirse ciertos productos y así se vuelven efectivos para modificar el comportamiento de las empresas”.  Y afirma: Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir”. 

Laudato sii es una encíclica integral. Se sustenta en el tema ecológico y trasciende a temas que buscan la alegría del Hombre en su reconciliación con el Creador, un Dios de amor y misericordia que nos ha entregado un regalo hermoso que no hemos sabido cuidar. Por eso, Francisco ha llamado la atención de propios y extraños. Claro, está reformando la Iglesia y de paso, lo intenta hacer con el mundo.  

  http://www.vidanueva.es/2015/06/18/la-enciclica-laudato-si-del-papa-francisco-en-50-frases/#.dpuf 

¿Qué es lo que está pasando en el Vaticano?

Ayer por la noche le pregunté al concierge del hotel a qué hora estaría bien llegar al Vaticano para entrar a la Basílica de San Pedro. El hombre, un romano de sesenta años, más o menos, arrugó la boca suspiró y contestó lo que seguro le dijo a varios otros turístas, a las siete de la mañana. No, no. No quiero entrar a los Museos Vaticanos, quiero ir sólo a la Basílica. Siete de la mañana, señora, si no quiere hacer una cola de varias horas.

Me retiré del mostrador con la certeza de que el hombre ni me había entendido, ni me había querido entender. De todos modos, nos levantamos temprano, desayunamos a toda prisa y a las nueve de la mañana estábamos frente a la Columnata de Bernini. ¡Santa María! ¿Qué está pasando en el Vaticano? Efectivamente, la cola traspasaba la frontera del Estado que se anida en Roma. Pregunté al policía y me dijo que el tiempo estimado para entrar era de tres horas y media, tal vez cuatro. El corazón se me hizo pasa y el estómago un nudo. 

Por supuesto, de inmediato, un argentino se acercó y me dijo que por módicos cien euros podíamos unirnos a un tour para visitar los Museos, la Capilla Sixtina y al final entrar a San Pedro. ¡Dios mio! Si quieres llegar a pasar, sin insolaciones y quemaduras solares de tercer grado, hay que pagar. Aclaro, el que quiera entrar sin pagar, puede. Claro, todo tiene un precio. El fast track cien euros, lo otro, horas y horas bajo el rayo del sol. Hablar de las multitudes que encontramos en los pasillos de los edificios está demás. Ni el Louvre, ni Versalles, ni La Sagrada Familia, ni nada se compara con el apetito que está generando el Vaticano entre la gente del mundo. Si para entrar a San Pedro la cola era larga, para hacerlo a los museos era eterna. Imposibe decir dónde había más gente.

¿Qué pasa?, le pregunté al guía. Es el Papa Francisco, desde que inicio su pontificado esto es así y todos los días son temporada alta aquí. Esta cola se ve en junio como en enero, con calor o lloviendo, en invierno y en verano. La Plaza de San Pedro y sus alrededores están atiborradas de personas que quieren entrar. Nunca vi una cosa igual. Asistí a misa con Juan Pablo II aquí en San Pedro, a una audiencia de los miércoles en la explanada y ni entonces había estas multitudes. Recién elegido Benedicto XVI, la monjita que estaba a cargo de la tiendita de souvenirs me dijo, el Vaticano se siente muy solo, había poquísima gente. Hoy está abarrotado.

Quisiera saber qué mueve a toda esta gente a venir. Ciertamente no es únicamnte fe pero tampoco es cultura. La gente que está en los museos es mucha pero es más la que entra a San Pedro. Los lugares de oración, frente a la Capilla de San Esteban, donde está Juan Pablo II y frente a la capilla de San Jerónimo, donde están los restos de Juan XXIII, tienen fieles que hacen oración, pero no son la mayoría. El ábside, reservado a la oración tiene gente, pero no tanta. Tampoco es el espacio de las selfies por antonomasia, ¿entonces? 

Es curioso, el guía sonríe al ver mi cara. Es el fenómeno de Francisco, te lo juro. Ya de regreso, en el taxi, el chofer nos cuenta que fue integrante del coro de la Capilla Sixtina. Me confirma las palabras del guía. También me dice que algo parecido sucedió con el Papa Bueno, Juan XXIII atraía multitdes, tal como lo hizo Juan Pablo II, especialmente en los primeros años de su pontificado. Sí, puede ser y puede que no lo sea. Lo que sí pude confirmar hoy es que algo diferente pasa en el Vaticano que está atrayendo multitudes, quisiera saber qué es.

El Papa Francisco acepta visitar México

El Papa Francisco aceptó la invitación para visitar México que le hizo el Presidente Enrique Peña Nieto. Eso es un motivo de alegría para la grey católica mexicana que todavía representa una gran parte de la población. Pero los católicos debemos estar de plácemes porque ésta es la oportunidad de que el líder de los católicos se reúna con las víctimas de abusos sufridos por malos pastores que excedieron su investidura y disfrazados de corderos ocultaron su piel de lobos y mordieron a tantos inocentes.
Una fracción de fieles a la fe católica estamos felices de ver que se abre la oportunidad que Benedicto XVI perdió para consolar a tantos que lloraron por culpa de los que debieron protegerlos. Que venga Francisco a hablar de esperanza, de perdón, sí, pero también de justicia para los que con su conducta le arrancaron la inocencia, la dignidad y la vida a tantos que hoy viven en una confusión terrible . Los que dijeron tener vocación de pastores eran víboras ponzoñosas que los hirieron de muerte.
Que venga Francisco a prestar oídos a tanta atrocidad, a tanta vejación, a toda esta tortura que dejó a muchos atrapados en el dolor, la ira y el sufrimiento, mientras los malditos seguían haciendo de las suyas y gozando de protecciones, prebendas y complicidades fétidas.
Que venga Francisco a limpiar la casa, a ordenar el chiquero y a poner las cosas en su lugar. Que repita las palabras de Jesús plasmadas por Mateo apartaos de mi, malditos que practican la iniquidad Mt7:23 y que repita las palabras del Salmo 6: Apartaos de mi los que hacen la iniquidad porque el Señor ha oído mi llanto. Muchos deberán de estar temblando ante esta idea, se pondrán la capa de terciopelo e intentarán cubrir de humo tanta maldad. Pero este Papa no es tonto y ha hecho muchas promesas, es tiempo de bajarlas del monte Vaticano y traerlas a la realidad.
Que Francisco venga a oír a las víctimas que no han sido escuchadas y a las que no se les ha pedido perdón. Esa esperanza guardo y por ello estoy feliz de que el Papa Francisco haya aceptado la invitación del Presidente Peña. Ojalá además se la invitación acepte el reto y haga lo que ha faltado hacer.

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El viaje en tren de Juan XXIII

Un hecho inusitado ocurriría la mañana del 4 de octubre de 1962. El Papa Juan XXIII salía con una novedad, viajaría en tren al pueblo de Asís para ponerse bajo la protección del Poverello antes de iniciar la reforma más radical de la Iglesia Católica, el Concilio Varicano II. Visitaría también el Santuario de la Virgen de Loreto para pedir protección.
El tren salió de la estación vaticana a las 6,30. Era el 4 de octubre de 1962.
Loreto y Asís habían estado en los confines tradicionales del Estado Pontificio. Úmbria y Marcas formaron parte de las tierras en las que el Papa fue soberano. El viaje era inusitado, el Papa no había puesto el pie allí desde el 1857: aquel año, Pío IX realizó su último viaje a tierras pontificias. Pero a Juan XXIII le gustaba hacer las cosas en forma diferente. No llegaría a esas tierras como soberano ni como un pontífice guerrero. Era un peregrino.
El Quirinal le prestó a Juan XXIII el tren. Hacía casi un siglo que no se movía un vagón en la vieja estación del Vaticano, por causa de la toma de Roma. Y era también el primer Papa moderno que recorría Italia.
Entre escándalo, curiosidad y emoción inició el viaje del Papa Bueno. La primera parada fue en la estación Tiburtina. El presidente del Consejo de ministros, Amintore Fanfani, subió al vagón papal. El presidente de la República, Antonio Segni, se unirá al Papa en Loreto. En Asís lo esperaría Aldo Moro. Juan XXIII estaría muy acompañado.
A lo largo del trayecto, fue el pueblo quien rodeó al Papa de entusiasmo y de cariño. Aquel fue, tal vez, para el papa Roncalli, uno de los momentos más hermosos y festivos de su pontificado. Durante el viaje estuvo casi siempre en la ventanilla, con el rostro sonriente, los brazos apoyados en el borde del cristal, bendiciendo con las manos. Ante él desfilaban, kilómetros y kilómetros, en una fila ininterrumpida de rostros humanos, fieles llenos de emoción y agradecimiento. La gente invadió las estaciones. El recinto de los ferrocarriles estaba lleno hasta en las vías.
Aquel día, el Papa Bueno aparecía como una imagen inédita y desacostumbrada. Era, sin lugar a dudas, el precedente de una cada vez más natural y amplia libertad del Pontífice ante el mundo. Aquella feliz carrera a dos lugares santos y célebres en todo el mundo era la justificación de todos los viajes pastores de los sucesores, convertidos en itinerantes, Pablo VI y Juan Pablo II.
No fueron ocurrencias los destinos elegidos por el Papa. Iba a Asís para pedir la inspiración necesaria para transformar la Iglesia, iba a Loreto a pedir que la casa de Dios quedara en las condiciones en las que María vivía con Jesús Niño.
Después de ese viaje en tren, el Papa de la eterna sonrisa, el que entendió el secreto de los tiempos, acercaría la institución vaticana a los fieles. La comprensión del momento histórico de un hombre de Dios nos dejó a los católicos la capacidad de acercarnos al rito como un cuerpo participativo dejando atrás el tiempo de la mera observación. No ha habido un cambio más radical y positivo que El Concilio Vaticano II. No hemos tenido un Papa más moderno que Juan XXIII. Yo espero que Francisco te tome de ejemplo.
Llegarás a los altares, Papa Bueno, en las iglesias. Es un honor merecido. Sin embargo, fuiste santo siempre. Tu santidad fue de esas que propician vientos transformadores de largo aliento. Tan largo como aquella fila kilométrica que te acompañó en ese inusitado viaje en tren.

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