Otra vez, el dos de Octubre

Una vez más, el dos de Octubre deja de ser un día de recuerdo luctuoso y se convierte en el mejor pretexto para que una partida de vándalos salga a la calle a hacer destrozos. Estos manifestantes que salen a recordar los acontecimientos en la Plaza de las Tres Culturas ni siquiera saben lo que pasó ahí.

En un afán troglodita, dejan sus guaridas, cargados de bombas molotov y sin ningún remordimiento las lanzan a comercios, a vitrinas y hasta la Puerta Mariana de Palacio Nacional les parece atractiva para convertirla en blanco de sus tiros. Por supuesto, la gran mayoría ni se ha enterado de qué pasó en 68, ni en México ni en el mundo.

Salen en tropel, y así, en bola ni saben ni quieren saber. Al más puro estilo descrito por Mariano Azuela en Los de abajo, la gente se junta sin misón concreta, sin una visión clara, sin un objetivo común y se dejan manipular por quienes sí que tienen intereses y sí van a obtener beneficios contantes.

En medio de la confusión, se acaban las risas bobaliconas y salen heridos, muchos son lastimados por sus propios compañeros. La consigna es darle lo más duro posible a los guaridas que cometieron el atrevimiento de de estar ahí para preservar el órden, para cuidar el patrimonio de gente que trabaja y paga impuestos, para cuidar locales de gente que tal vez, ni sabe lo que pasó el dos de octubre. 

Saber lo qué pasó el dos de octubre de 1968 es lo de menos. 

Entonces, se elvan las voces lastimeras, muchas sí saben lo qué sucedió esa tarde de otoño preolímpico, y gritan consignas contra quienes agreden a muchachos por salir a manifestarse en las calles. En el punto más álgido del sinsentido, dejan de lado la valoración de lo que estos muchachitos estan haciendo. A ver si nos entendemos: secuestrar camniones, fabricar bombas molotov, traerlas en las mochilas, arrojarlas en la calle, rayar las paredes, romper vidrios, robar… Todos esos son delitos, no hay forma de justificar esos actos, quienes los perpetran, son delincuentes. Malechores que se cubren el rostro, que no dan la cara. ¿Por qué si están protestando en defensa de valores elevados usan pasamontañas?

Luego nos confundimos, luego nos lamentamos, luego lloramos. Andamos por las calles al son de ¡ay, mis hijos! Porque se pierden en caminos extraviados, porque no sabemos darle un nombre adecuado a las cosas. El dos de octubre es una fecha que hace años dejó de reivindicar a muchachos que salieron a protestar, con la cara al aire, y a defender aquelloe en lo que ellos creyeron. Hoy, es un pretexto para hacer tropelías en el nombre de chicos muertos. Tomarlos de estandarte,ignorándolos, eso sí que es una ofensa. Hay que decir las cosas como son. 

  

¿Qué ha cambiado en México?

Después de leer Las batallas en el desierto, en que José Emilio Pacheco retrata la forma en que vivía la sociedad durante la presidencia de Miguel Alemán, uno se pregunta irremediablemente ¿qué ha cambiado en México? En la novela se refleja a un Presidente bien parecido, elegante, educado que recorre la República inaugurando monumentos inconclusos que honran a su persona. El México del señorpresidente, de las obras inacabadas, de las ceremonias inaugurales que no son más que puestas en escena, con una escenografía colgada con alfileres que se derrumba cinco minutos después de que se marchó el jefe del ejecutivo y su comitiva. Así sucedió con presas, puentes, carreteras, puertos, caminos. Así sigue sucediendo.

Si eso sucede con las obras que se ven, mejor ni nos imaginamos las que no se ven y no son suceptibles de hacer la fiesta del corte de listón, por eso los denajes no funcionan, por eso hay inundaciones que acaban con casas humedecidas con aguas negras, muebles inservibles y millones en daños y víctimas. Lo malo es aue ahora son más frecuentes estos desastres o se notan más que antes. Sólo que en aquel entonces los niños salían a jugar a la calle, la gente podía caminar a toda hora y se respiraba en paz. No había vándalos que rayaran las paredes de tu casa o que rompieran los vidrios de tu negocio. Los maestros daban clase y los alumnos estudiaban.

Para Pacheco era importante dejar testimonio de un México que se había derrumbado y había dejado de existir. Tristemente no todo se cayó y hay cosas que sobrevivieron o devinieron mal. Los políticos de cara bonita y pocos resultados se pintan de todos los colores y militan n todos los partidos. Entregan obras millonarias, inconclusas e inservibles. La línea dorada del metro es un ejemplo. O, permiten y auspician el cobro de obras que no han sido ejecutadas, como los escándalos del Circuito Bicentenario.  También sigue habiendo desiguladad. Madres solteras que se parten el alma para llevar el pan y la sal a la mesa, sin que nadie se haga cargo de la responsabilidad paterna. Muchachos que dejan la escuela porque sus profesores andan en otro lado o porque están tan mal pagados que perdieron el aliento y ya ni se actualizan ni  encuentran realización en las aulas. Los jóvenes que todos los políticos se llenan la boca al llamarlos la esperanza de México están en un desamparo abrumador.

La corrupción repta a lo largo del territorio y frena al país. Antes, el el tiempo de Miguel Alemán robaban pero dejaban el dinero en el país, al menos eso decían los grandes. Ya hace rato que hermanos incómodos se llevan el botín a Suiza, a las Islas Caimán, a Londres o a San Antonio y siguen participando de la vida en sociedad, apareciendo en las revistas del corazón haciendo lujo de indolencia, cinismo y mal gusto. Sí también eso ha cambiado. No había revistas rosas que nos recetaran las fiestas de los que se creen de la realeza cuando hace dos meses comían tacos parados. 

Tal vez nos hemos vuelto más frívolos y menos reflexivos. Tal vez estamos poniendo poca atencion y andamos distraídos con nuestras pantallas omnipresentes. Tal vez debieramos leer más y darnos cuenta que podemos descubrir que hubo un México que murió y otro que, por desgracia, sigue fatigando a la gente de bien. Seguro debemos elegir mejor. 

  

En desacuerdo

Qué fácil es lucrar con el dolor genuino. Qué difícil es opinar al respecto. La combinación de una pena legítima con violencia es sumamente peligrosa. Por un lado, quien sufre merece la empatía del mundo, pero quien delinque debe tener un castigo.
No creo que exista en el mundo alguien que no se solidarice con los padres de los chicos de Ayotzinapa. Nadie queremos estar en sus zapatos viviendo esa incertidumbre que oscila entre los extremos de una verdad terrible y una esperanza que cada día parece más tenue. Nadie. Pero alguien tiene que decir que quemando puertas, tomando aeropuertos o bloqueando autopistas no son formas ni se gana nada.
¡Pobres padres! En medio de tanto dolor hay que asistir a reuniones con el Procurador y el Secretario de Gobernación, hay que atender reporteros, hay que elevar la voz y hay que limpiarse las lágrimas. También hay que protegerse, hay que tener el criterio para separar lo que es legítimo y lo que son intereses que sirven a otros fines.
María Luisa Puga, escritora mexicana nacida en Acapulco, que sufrió exilios y dolores, se preguntaba desde otras trincheras pero en circunstancias similares ¿cómo discurrir acerca del dolor sin volverlo una mercancía o una fórmula de intercambio? La pena es un tema de difícil manejo. Debe tratarse con cuidado y con respeto para no ofender.
Elevar los puños, atizar violencia y llevarse en el camino a gente inocente es caer en aquello que se critica. No es el fondo, es la forma. Todos sentimos el oprobio por los 43 desaparecidos, no hay manera de que alguien vea bien el incendio de oficinas, la quema de puertas, las pedradas, la ruptura de vidrios y los ataques vandálicos a negocios de gente que trabaja en forma honesta y da fuentes de empleo a personas que no tienen nada que ver con los hechos que generaron tristeza.
Entre la aflicción y los gritos cada vez más fuertes, percibo además del dolor, una gran confusión. Veo actos anarquistas que no ayudan a avanzar en el esclarecimiento de la verdad. Al contrario. Parece que con todo propósito hay una mano que manipula, que quiere tender una cortina de humo para ocultar al verdadero malvado, que le da escondite al mal.
Por eso, estoy en desacuerdo con tantas barrabasadas y desmanes que sirven para distraer a los que tienen que estar buscando la respuesta de qué pasó con los muchachos normalistas y por qué fueron ellos los receptores de tanta violencia. No hay nadie que nos conteste con claridad qué pasó y que nos explique las razones. Urgen respuestas. Es preciso dejarnos de tonterías y poner atención en donde debemos.
Doble crimen cometen los anarquistas, deben ser castigados por sus fechorías y por distraer a los que se deben concentrar en lo importante: los cuarenta y tres desaparecidos.

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El error de la izquierda mexicana

El PRD decide retirarse del pacto por México y me parece que lo hace en mal momento. La izquierda le quita el apoyo al presidente Enrique Peña Nieto quien sorprendió a propios y a extraños cuando hace un año inició su mandato con un logro sin precedentes que fue aplaudido en aquel momento pues consiguió el aval de las principales fuerzas políticas del país e inició con el pie derecho su periodo presidencial.
Los mexicanos saludamos con beneplácito este pacto. Por fin las fuerzas políticas se dejarían de posturas clientelares y convenencieras, había llegado el tempo de los consensos. Estábamos tan contentos pues el propósito del Pacto por México era destrabar una serie de reformas que impulsarán el crecimiento del país. Los políticos se ponían serios, analizaban el escenario mundial y se daban cuenta de que a nuestro país se le habían negado las armas para luchar contra la competencia mundial. Reinaba la convicción de que la guerra debía ganarse afuera y no provocarla dentro de nuestras fronteras. Los mexicanos nos ilusionamos, pensamos que nuestros políticos se dejarían de dar patadas por debajo de la mesa, ya no se meterían el pie unos a otros y los acuerdos en cuanto a posturas básicas que nos permitieran estar mejor posicionados frente al mundo, finalmente se convertirían en realidad. Ahí les vamos. Cuidado China, India, Brasil, los mexicanos ya estamos listos, nos vamos poniendo de acuerdo.
Habría reformas, se avanzaría en un modelo laboral moderno y acorde a la realidad, se propondría una reforma fiscal que agrandara la base de contribuyentes, se buscaría una reforma política en la que nos prometieron que la democracia dejaría de costarnos tanto y habría rendición de cuentas, transparencia, se buscaría una reforma educativa que preparara mejor a los mexicanos, y se abordaría el tema de la energía para darle mayor competitividad al país.
Pero, como era de esperarse, las diferencias empezaron a fracturar el pacto. Evidentemente, las visiones de la izquierda y de la derecha, en México y en el mundo, son divergentes porque ven el mundo desde trincheras distintas. La naturaleza de la izquierda hace que su gente crea en ideales diferentes y en ocasiones antagónicos a los de la derecha. Eso no es novedad.Ya sabíamos que el Pacto por México no iba a durar para siempre, pero esperábamos que aguantara el tiempo necesario para lograr los objetivos planteados. Pues no. Era mucho pedir. Entre moches, arreglos en lo oscurito, corruptelas y canalladas se estrellaron y se rompieron las esperanzas de avanzar.
Lo sorprendente es que El Pacto se haya roto cuando apenas se estaban calentando los motores para las reformas estructurales que el país tanto necesita. Lo peor es que la izquierda se baje del caballo en el momento más malo, es decir, después de haber apoyado una miscelánea fiscal, que no una reforma, en la que lo único que se logró fue que los que hoy pagan, paguen más. Ni se aumentó la base de contribuyentes, ni se mejoró el método de recaudación, ni se impulsó a la economía. Nada. Por el contrario, la izquierda apoyó una serie de modificaciones que permiten al Ejecutivo gastar más sobre la base del endeudamiento. Entre el PRD y el PRI le jalaron el gatillo a una bomba de tiempo que lleva a gastar más de lo que se ingresa y ya sabemos los costos de este tipo de políticas deficitarias. Para sorpresa de muchos el PRD apoyó al PRI para apachurrar aún más a una clase media en peligro de extinción y la puso en aprietos, en peores aprietos. Justo cuándo necesitábamos su oposición, consintió. ¡Qué mal!
Desde 1988, las modificaciones que se lograron el el Congreso fueron sacadas adelante por el binomio PRI-PAN y tal parece que así seguirán las cosas. ¿Me pregunto qué pensará el PRD de pasar a la historia por haber apoyado una reforma fiscal tan mediocre y después salir huyendo ante la responsabilidad de sacar adelante las de mayor calado? En serio, ¿en qué estarán pensando? ¿Por qué no se prestan al debate crítico y civilizado? ¿Por qué no tomar tribuna en favor de los ciudadanos?
Por sí esto fuera poco y como si no pudieran ver el barril de pólvora en el que están sentados, les gusta jugar con fuego. Deciden romper el Pacto por México y no dudo que tengan buenas razones para hacerlo. Ni la Reforma política ni la energética les satisface. Pongamos que tienen razón. ¿Para qué azuzar a la gente? ¿Será que no se dan cuenta de la situación del país? ¿Qué no se percatan que hay grupos anarquistas que lo único que necesitan son pretextos para delinquir? ¿Fuerzas que sólo quieren un pretexto para sacar sus rifles? La situación es delicada y los señores tienen el tacto de un paquidermo.
El error más grave de la izquierda mexicana es que se rodea de malas compañías. México necesita una izquierda seria, comprometida con ideales altos, no merolicos que inciten a la violencia y luego, ante la gravedad a de los hechos resultantes, se agachen muertos de miedo. Las manifestaciones terminan en actos vandálicos, las protestas en asaltos y muchos guerreros furibundos acaban perpetrando actos criminales en nombre de los valores de la izquierda. Así, un policía en el ejercicio de su deber terminó apuñalado por un manifestante que salió de la cárcel después de pagar una multa ridícula. ¿En serio, eso es lo que quiere la izquierda? Proteger a maleantes y descobijar a la gente de bien es mala idea.Un grupo de encapuchados se unió a la manifestación convocada por López Obrador, iban aventando piedras, rompiendo vidrios de negocios, robando mercancías, incendiando establecimientos. Los afectados nada tienen que ver, en nada les estorban a los manifestantes. Son personas que tienen negocios lícitos y que quieren trabajar en forma honesta, pero no pueden. De los criminales que acabaron con el patrimonio de gente decente nadie sabe nada. No hay autoridad que los persiga ni que les exija cuentas por sus atrocidades.
El error que la izquierda está cometiendo es que se está llevando entre las patas a la clase media mexicana. Ya la llevó al baile con los aumentos de impuestos, con el endeudamiento gubernamental que tendrá que pagar de una forma u otra y ahora la subyuga con manifestaciones, plantones, que agobian al Distrito Federal mientras las autoridades hablan de tolerancia. La agarra a garrotazos en sus actividades productivas, afectando sus fuentes de empleo, cerrando sus negocios, vandalizando sus calles, apapachando a quienes los dañan. Eso no está bien. ¿Quién irá a pagar los impuestos que ellos mismos aprobaron si le siguen dando patadas a la gallina de los huevos de oro?
Me gustaría ver una izquierda que debate con las palabras adecuadas y no con patadas; asentada en las razones legítimas que nacen de un análisis verdadero y no en la conveniencia rastrera. Me gustaría una fuerza opositora que pugnara por defender al ciudadano y no una turba llena de ocurrencias. Me gustaría una militancia con ideales, no un ejército de huelelillos que se ajustan a lo que su prócer les exige. El error de la izquierda mexicana es que está dejando pasar esa oportunidad de ser una auténtica alternativa ciudadana.

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