Otros valores

Algunas veces caigo en la tentación y el asombro se parece mucho al juicio. Y, es que en ocasiones, la insensibilidad de la gente hace que se me salten los ojos y la quijada me llegue hasta el suelo. Qué fácil es elevar el dedo y empezar a ver en los demás los defectos que nos agobian.

Lo que pasa es que ante la indolencia frente al dolor ¿cómo no sentir miedo y vergüenza? No se trata de criticar a los que todo lo tienen y enfrentarlos con los que de todo carecen. Esas dicotomías me parecen estupideces. Sin embargo, me irrita hasta el enojo que cualquiera se sienta conquistador y se suba a los lomos de la soberbia acompañado de la ignorancia y la sinrazón.

Ante la putrefacción de tanto niño consentido que se convirtió en adulto echado a perder, ante la bajeza del racismo que raya en la xenofobia de baja intensidad, ante la burla que se hace a un profesor cuando trata de hablar del dolor del migrante, del hambre de los que viven en pobreza extrema, ante el acoso que se ejerce al que no piensa como uno, los sueños se empañan y dan ganas de aventar la toalla.

Pero, sería caer en lo mismo que se critica. Nos asustamos de lo troglodita que se escucha el que a base de miedo, intimidación y burlas consigue lo que quiere. Y, cuando los oigo, me da vueltas el estómago, siento que la cara me arde, se me pone la piel de gallina y mas que empatía y compasión por esta gente que tiene infravalores, me dan ganas de pedirle que se calle, que cierre la boca antes de ponerle un buen bofetón. Pero, no sé darlos. Sólo se entender que hay otros valores y que. O los compartimos.

Titubeos en Cataluña

En España, la gente aguantó la respiración por unos instantes, guardaron silencio y escucharon lo que Carles Puigdemont tenía que decir. El mundo entero esperaba una declaración de tipo volado: cara o cruz, sí o no. Pero el señor se equivocó de juego o se cambió de tablero. Dijo que sí, pero hoy no. No hay mas que ver las evidencias para juzgar. Cuando alguien tiene frío se le pone la piel chinita y los dientes le castañetean. Parece que la estridencia independentista llegó al punto de quiebre y, ante las evidencias, le tembló la mano.

Las palabras de Carles Puigdemont dejaron de ser tan firmes y determindas. El referéndum tuvo resultados y generó efectos. Evidentemente, no los que él quería. La necedad de no escuchar las advertenicas, el poco alcance de miras que no le dio para ver lo que pasaría un día después, la arrogancia que lo llevó a violar la ley, a no escuchar a otros catalanes que le decían que ese no era el camino, la ira con la que se juzgó a los que amando a Cataluña no querian apartarse de España, tuvo consecuencias de amplio espectro. La independencia choca con los intereses económicos, los mercados son muy nerviosos, las empresas huyen buscando mesura, estabilidad. 

Los que piensan que una independencia no se pide por favor, los que juzgan que para lograrla hay que violar la ley y armar una revuelta se olvidan que no estamos en el siglo XIX. Hoy hay otras formas que buscan consensos y que son democráticas. Lo que pasó en Cataluña fue un despropósito en el que se le jalaron los bigotes al tigre con una inocencia que asombra a los que contemplamos a la distancia. Tal ve les faltó mirar a Escocia. 

Los valores de unidad, solidaridad y patriotismo quedaron en entredicho. El argumento era que Cataluña pagaba mucho a España, que era la región rica que cargaba a un muerto pesado, que ellos eran las hormigas y los demás las cigarras. Olvidaron que a veces así toca. Un resentimiento histórico se apoderó de la inteligencia de algunos y otros se valieron de ello para sacar a la gente a la calle y para amedrentar a quienes no pensaran que la independencia era una buena idea. No lo era, no lo es, dadas las condiciones.

Por eso Carles Puigdemont titubea, abre la rendija al diálogo y echa un paso atrás. Mariano Rajoy puede aprovechar este titubeo y alzarse con la gloria de la inteligencia. No está fácil. El reto es muy duro. Requiere de un pulso de relojero y de un manejo firme pero diplomático. Hablar, dar paso a la inteligencia. Pero, con la firmeza que el caso ocupa para frenar el caos catalan. La ley prevee caminos que hasta ahora no se han empleado y que parece que hoy son la alternativa. Pobres catalanes, buscando la independencia pueden terminar con el artículo 155 sobre sus espaldas.

El 155 permite al Gobierno de desde controlar las finanzas de la Generalitat, a dar órdenes o tomar el control de conselleries, la destitución de cargos o la disolución del Parlament. Lo que no puede hacer es suprimir o suspender la autonomía. En todo caso, buscando avanzar dieron los pasos del cangrejo. Hoy, ante el encontronazo, la fuente de riqueza catalana ya no parece tan abundante. Los turistas, las empresas y sus fuentes de ingreso huyen, así son los mercados. 

Por eso, frente a las consecuencias, Puigdemont dice que se va y se va y se va…, pero no se ha ido. Tal vez ya se dio cuenta que Cataluña no tiene otro lugar en el que más valga. Se lo dineron propios y extraños. Las facturas históricas que tendra que pagar ya le estan quitando la firmeza a sus palabras. Ahora, tendrá que definirse. 1-0 fue su apuesta,  o debe confundirse, él inició este juego.

Dar la cara

Dar la cara es lo mínimo indispensable que se debe hacer en cualquier situación, con más razón si se trata de defender un punto de vista, ideales o verdades. El que se tapa el rostro es que algo quiere esconder. Es cobardía pura. El anonimato es perdida de identidad. Cuando alguien se ampara detrás de una capucha le está negando paternidad a sus ideas. A mi no me gustan los padres irresponsables que no dan la cara por sus hijos.
Los súper héroes se tapan la cara en un acto de modestia para seguir con una vida normal cuando están en su identidad de vida normal. Aquí no estamos ni en
Ciudad Gótica, ni en Metrópolis. Estos personajes que han salido a la calle con garrotes y en grito de guerra a protestar, más me huelen a anarquistas que a otra cosa.
No se trata de desestimar las ganas de protestar. Para estar en desacuerdo con las cosas sobran las razones. Para quejarse nada mas basta mirar los periódicos y ver como los indices económicos bajan y los de inseguridad suben.
Pero para hacerlo hay que dar la cara. Los mejores ideales se vuelven basura cuando se les mancha con cobardía. Ojo, cobardía no es sinónimo de miedo. Cobardía es hacer las cosas por debajo de la mesa, por la espalda.
Brutos, el asesino de Julio César, fue yerno de Catón el republicano. Sus ideales eran legítimos, sus modos no. Traicionó a quien en su estima lo llevó al poder, conspiró en su contra y por fin lo asesinó.
¿Tú también?, pregunta el César al traidor en la obra de Shakespeare. Ser republicano es bueno, ser traidor no.
Salir a manifestarse, dar una opinión, es bueno. Salir a las calles a defender un punto de vista es legitimo, causar pánico y destrozos con el rostro oculto en una capucha, no. Pensar en defender los nuestro es válido. Armarse y utilizar pistolas y metrallas de uso exclusivo del ejercito, no. Especialmente cuando no doy la cara. Especialmente cuando las razones para ocultarla no es una cuestión de modestia, sino más bien de cobardía. Además, los superhéroes están en las tiras cómicas, no en las calles.

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Laicidad

Mi mamá suele decir a menudo, un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Ese es el principio del orden, cuando algo se sale de su espacio se abre la puerta al desorden, al caos. Para mí, los aspectos de la vida deben estar acomodados y deben de tener límites. La laicidad es una forma de tener las cosas en orden.
Los aspectos de la vida civil y de la religiosa no se deben confundir. La sociedad debe ser laica. Esto marca un principio de respeto. No todos piensan igual, ni creen en lo mismo que yo. En ese sentido la vida en comunidad debe buscar la neutralidad que me permita creer en lo que yo quiera sin que otro deba adherirse a mis creencias. No hay que confundirnos, laicidad no significa defender la falta de fe. Un laico respeta lo mismo a un ateo que al que manifiesta su fe en Dios, en el Dios que cada quien elija.
Mezclar las manifestaciones civiles con las religiosas es una falta de respeto. Se rompen fronteras que resultan sumamente sensibles. El aspecto civil y religioso forman parte integral del ser humano del siglo veintiuno, uno no debe subyugar al otro. Las autoridades no deben opinar en temas de fe tanto como las religiones se deben apartar de los temas civiles. Es decir, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.
La laicidad como un elemento de convivencia moderna garantiza que yo pueda expresarme en términos políticos y religiosos con absoluta libertad. Da igual si mi fe es compartida por muchos o por pocos, si mi filiación política es del agrado de todos o de nadie, es mía y por lo tanto debe ser respetada y defendida.
El problema empieza cuando las fronteras se confunden, cuando el Estado me prohibe manifestar mi sentimiento religioso o cuando un jerarca religioso me indica como debo de elegir. No me gusta escuchar en el púlpito mensajes políticos, tampoco escuchar predicas en voz de los políticos. En el momento en que se rebasan esos límites las cosas se salen de su lugar. Eso causa confusión, luego coraje y problemas. La imposición es siempre una mala idea.
No es adecuado que una persona que detenta un cargo público haga alardes de su fe, por más que sus intenciones sean buenas. Invocar la ayuda de Dios en un acto de gobierno es tan malo como burlarse de los que creen en un poder superior.
Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. La fe o la falta de ella debe reservarse a la intimidad. Si creo o no es un tema tan personal que no debe ventilarse en la plaza pública. Lo digo por Tiros y Troyanos.
Ser laico es ser neutral, es respetar el derecho del otro a ser diferente, es el sustento de la paz.

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