Antes de regresar

Me aferro con fuerza a los últimos momentos de la vacación. Miro al mar, veo el amanecer. El día empieza con aroma a sal. Las nubes van del tono rosa al gris claro, casi azul, parecen algodones de feria y el sol alarga los rayos como si se estuviera desperezándose mientras las olas chocan con la arena y la espuma se queda unos instantes ahí, antes de desaparecer. Así, ¿quién quiere que se acabe la vacación? Como si fuera una niña pequeña, siento ganas de llorar, no me quiero ir.
No tengo llenadera, el verano ha sido fantástico. Desde la emoción de los finales de curso, las graduaciones, ceremonias de birretes, fiestas, premios, recepciones, los aviones, aeropuertos, las carreras, el asombro, la paz, todo ha cabido en estos días de vacación que hoy reclaman su fin. Entre la sorpresa de lo que es ajeno y de lo que nos resulta familiar se dibuja el arco de los días de descanso. Si las vacaciones son para recuperar fuerzas, para mí han resultado en una alegre renovación. El calendario indica que mañana hay que volver a asumir el ritmo de las obligaciones y regresar a la rutina de trabajo bueno. Claro que no me quiero ir.
Ya han empezado a llegar los recados, los correos, las llamadas. Los compañeros de descanso ya se han ido, somos los que nos quedamos a cerrar la puerta y apagar la luz. Ya se encienden las luces del tablero, son una especie de signos: hay que volver, pero aún sigo aquí. Lo que pasa es que entre los brazos de Poseidón se está muy bien y las caricias de Apolo son irrenunciables. Hefesto nos reclama. ¡Qué caray! Cada vacaciones traen consigo algo, unas simplemente llegan para descansar, otras alcanzan el grado de diversión y algunas logran un cometido más alto: traen regalos. Esta me dejó felicidad y un gran acerbo de agradecimiento. Espero que se anide en el corazón y que no se acabe jamás.
Así, desde esta ventana miro el mar y guardo en el corazón todas las imagenes. ¡Qué fantástica vacación!

Atardecer en París

Dicen que cuando uno sale de vacaciones está feliz porque está viviendo en presente. El que vacaciona puede sostener las manecillas del reloj para quedarse en el aquí y el ahora. Se da tiempo. Así caminar de la oportunidad de llevar pasos que no buscan otra cosa más que el deleite de ese momento concurrente que llamamos actualidad.

Lo hicieron Cortázar, Miller, Nïn, Baudellaire, lo hacen quienes van llegando, los que son de ahí, los que venimos de invitados, los que se quedan, los que aün estando lejos, no se han ido, los que no somos de aquí y debemos volver a lo nuestro. Ver Paris y tratar de contenerlo todo con la mirada. Hablarle de tú, confesarle amor, recorrerlo sin pudor. 

Así, a pocos minutos de salir de París, caminamos por los Campos Elíseos y la cista se nos va del Arco del Triunfo al obelisco de La Concordia y viceversa. El calor del verano es sofocante, treinta y cinco grados bajo la sombra de los almendros es duro incluso frente al Grand Palais, pero algo en el corazón se encoge y se aferra al suelo parisino. No me quiero ir. 

Y, como si el dique de la presa de los tiempos se quisiera reventar y el segundero se alocara para seguir corriendo, imagino que pronto ya no tendré esta vista ni esta calma. Pero, meto freno de mano, eso será después, por ahora, ahí están El Sena, la cúpula de Los Invalidos, la Torre Eiffel, las brasseries, el olor a pan, el sabor a queso y vino. 

El cielo se aborrega. La luz desfallece. El momento de irse se acerca. Sí, pero aún estoy aquí. En este maravilloso atardecer de París. Ya habrá tiempo para lo demás, ahora, sigo aquí.

Una mañana de domingo con Ceci

La casa amanece en calma. Hijas y marido están fuera. La casa está en calma, habitada por los ruidos del cucú, del péndulo del reloj de pie, del ronroneo del avión que nos pasa por encima y de uno que otro pajarito que dice buenos días con sus trinos. El calor de la noche fue sofocante, pero el rocío  de la mañana hace agradable salir a recoger el periódico que está en el pasto del jardín.

Acompaño el café oscuro con pan rústico, jamón y queso. También jugo de naranja y noticias escritas en papel periódico. El rayo de sol que se atreve a entrar a la sala, cae justo en el sillón en el que me gusta sentarme a leer. Me brinco las noticias de la primera plana, las de los estados, las internacionales. Titubeó y me brinco también las columnas de opinión y me voy directo a la sección de cultura. Me concentro en las sugerencias de nuevos libros, las novedades que vendrán en el verano para leer sin reloj. 

Caigo en la tentación y en un impulso pido tres libros. Justo cuando termino de dar el click recuerdo la de libros que tengo pendientes de leer. Me emociona pensar en que ahora tendré tiempo para leer y más leer, como le gustaba a Sor Juana. Tendré tiempo porque estamos acabando el semestre y vendrá la temporada de vacaciones. Será la recompensa de la misión cumplida.

Más de trescientos estudiantes pasaron por mis aulas este primer semestre del año. Cuando lo pienso siento un choque eléctrico de sorpresa. Más de seiscientos oidos y ojos fueron convocados a mi entorno y han concluido su periodo de clases. Muchos, conmigo, terminan su vida estudiantil. Seré su última maestra antes de convetirse en licenciados o en maestros de algo. Para muchos fui su acompañante desde segundo semestre y vi la transformación que sufrieron. Cambiaron sus caritas de muchachos asustados ante el reto universitario y ahora les veo como jóvenes que se preparan a entrar a paso firme a la vida profesional.

Ya acabé Ceci, dicen al referirse a la materia de Emprendimiento, de Planeación Financiera, de Modelos de Negocios, de Análisis de Casos, de Alta Dirección. Mis alumnos transforman estas materias en mi nombre y eso me hace sentir enorme. Feliz. Acabar Ceci es un logro que ambas partes celebramos. Los abrazos de agradecimiento son de ida y vuelta. Los alumnos se transforman en colegas y eventualmente, en amigos. 

Empezará Ceci el siguiente semestre. Para muchos, no hay otra alternativa. Pero, para la mayoría, empezar Ceci es una elección. Ver que mis grupos se llenan y que algunos no alcanzaron lugar me da una satisfacción impúdica. Ni modo, así es. Pero eso será el Agosto. Ahora. Tocará leer sin reloj. Escribir hasta acabar la novela que se resiste a abandonar mi dedicación. Hacer ejercicio. Tener cuidado de no quedarme encerrada en el torreón. Salir a caminar. Y, aunque no me guste, arreglar el tilichero que he ido acumulando a lo largo de semestre. Tendré que tirar basura.

Pero, hoy es la mañana de domingo que me gusta. Es la que está entre el fin de semestre y las entregas  y los examenes finales. Es la que antecede a las actas de calificaciones, a los exámenes profesionales, es la que me permite sonreir porque ya hice mi parte. 

Doy un trago largo al café, me sirvo un vaso de jugo de naranja, muerdo el pan rústico y disfruto las maravillas de estar a punto de entrar de vacaciones.  Me distraigo viendo como Chai se entretiene mirando a la ventana. Me arrebujo en el sillón y doy gracias a Dios, hay mañanas que son muy doradas.

La mística de un río

¿Qué tendrá el río Mississipi que pudo engendrar los textos de Faulkner y Twain, que ha sublimado el sonido del saxofón y el piano, que vio a Mahalea Jackson y que ha dado tantos hijos prodigiosos al mundo? Vine a ver qué es eso que brtota de esa riviera. Nueva Orleáns es una ciudad distinta en un estado diferente. Lousina se divide en Parishes,  no en distritos como sucede en otros estados de la Unión Americana. En general, todo es peculiar: tonos, clima, comida. Hay que ser valientes para entrar a este mundo en el que hay algo de espectral, de sutil, de sospecha de que no todo es lo que se ve. 

A la vera del Mississipi, Tom Sawyer jugó con Huckleberry Finn, John Kennedy Toole puso a caminar a Ignatius B. Samson y Faulkner dio esa vida tan partícular a sus personajes. Hay melodías que sólo algunos pueden escuchar. Lo espectral que une Comala con Nueva Orleáns, lo real maravilloso, lo mágico podría hacerme entender qué condimentos forman este ambiente ambiguo. Aquí los edificios de muchos pisos se combinan con estilos franceses, la humedad del río se funde con el viento del Golfo de México, lo tradicional con lo moderno, las pirles son de todos los colores.

Pero, dicen que aquí habita un espíritu especial, algo que germina flores maravillosas en los pantanos, lo grotesco alcanza niveles de belleza , dicen que todo emana de la. Ísrica de un río. ¿Será? Tal vez, por eso vine a ver de que se trata. Tal vez logre enfrascar este espíritu y llevaelo conmigo, si tengo suerte,  me lo llevo conmigo para macerar mis letras, serenar mis párrafos y lograr, eso que para otros fue tan natural. Sacar el espíritu y dejarlo en un pedazo blanco.

No me quiero ir

Siempre me quiero quedar, nunca me quiero ir. No importa si sólo es un fin de semana o fue el verano entero, jamás es suficiente. No se terminan de llenar los ojos de los amaneceres a treinta grados, de los donluises pecho amarillo, de las olas interminables del mar, de las caminatas matutinas, de los platillos de Reyna, de las horas de alberca, de los atardeceres de diorama, de las nubes de algodón, de las luces que se encienden una a una y las noches cálidas.

Las horas siempre se van tan rápido. Apenas llego, ya me tengo que ir. Esa es siempre la sensación.  Invitados vienen y van, las pláticas son eternas: desde que sale el sol hasta que se esconde detrás de las montañas. Risas y risas. La luna llena se vuelve menguante y otra vez se vuelve a llenar. Algunos llegan y quieren salir, otros comparten conmigo el deseo de siempre estar aquí. Los segundos parecen todos iguales y siempre hay algo distinto que hacer. La casa nos acoge, nos divierte, nos envuelve. No hay quien diga, ya estuvo bueno, ya me quiero ir. Yo menos que nadie. 

Este verano hubo kayak, aprendimos a subirnos y a remar en el mar. Quisimos llegar hasta La Roqueta, será el año que entra. Siempre hay buenos pretextos para volver y estar aquí. Las lecturas se hicieron sin mirar el reloj. Bodo y Muffin nos regalaron esos motivos para sonreír. Una maravillosa tormenta de relámpagos iluminó el cielo. Nueva colección de recuerdos, muchísimas fotos, bríos renovados para volver a la cotidianidad y, aunque el cansancio se perdió entre los días de la vacación y se derritió en el calor del estío, no quiero volver. ¿Quién se quisiera ir de este paraíso? El deber aguarda.

Dice el slogan:  Habla bien de Acapulco. No hace falta, el puerto se defiende solo. Insisto, no hay lugar más bello en el mundo. La Bahía de Santa Lucía se basta y se sobra y la generosidad y la majestuosidad no se puede abarcar con palabras. Aquí las noticias  internacionales se atenúan y las nacionales no lucen tan graves. El sabor a sal y el aroma a brisa marina todo lo alivian. Como niña, quisiera abrazarme al suelo y no irme jamás. Y, en el fondo del corazón escucho una voz que me dice, no llores, vas a volver, siempre vas a volver y yo voy a estar aquí.

El último día de vacaciones

La mañana del último día de vacaciones tiene un gusto agridulce. Abres los ojos, consultas el reloj y haces consciencia de que al día siguiente a esas horas ya andarás a la carreras,  en prisas vertigiosas que preceden a la adaptación propia de la cotidianidad. Sí, pero justo en este momento, sigues entre la cobijas, calientita, hecha bolita sintiendo el privilegio de estar todavía de asueto. 

Los últimos minutos de algo siempre son así. Las salas de espera en un aeropuerto antes de abordar el vuelo de regreso,los momentos   antes de subir por última vez al barco, la estación del tren cuando ya estás en el asiento esperando a que el vagón se ponga en movimiento, subir los peldaños del autobús que va a casa significan ese estar sin estar. Es como el resto del helado que está por teminar, sabe más rico.

La última mañana de vacaciones tiene esa delicia tibia de las sábanas que te retienen en la cama y la posibilidad de quedarse en ese abrazo alegremente. Claro que mientras estás así, también estás pensando en el día siguiente, en el ajetreo, en la lista de tareas por hacer, en los pendientes que habrá que hacer y en las ocupaciones que ya casi están aquí. Sí, pero todavía no.

Hay una nostalgia por lo que ya no será y que aún está. La tranquilidad vacacional se va infectando de cierta tensión. El aburrimiento se invade de emoción. Hay cierta urgencia porque comience lo que ha de venir y cierta resistencia por dejarlo llegar. Una resistencia natural flota en el aire que lucha contra esa urgencia de reanudar el día a día.

Las manecillas del reloj, desobedientes como son, ni aceptan quedarse inmóviles para eternizar la dulzura de las sábanas y las cobijas envolviendo el cuerpo, ni caen en la tentación de apresurar el paso para inaugurar las actividades diarias. Qué bueno que el tiempo no obedece más que a sus propios ritmos. Así, hoy, puedo sacar la nariz para verificar la temperatura exterior y volverme a cobijar, puedo acurrucarme y regresar la cabeza a la almohada. Mañana comenzarán las carreras.

Sí, eso será mañana.

  

Sé que están pasando cosas

Sentada en el desayunador de la casa, acompañada de una taza de café bien caliente, después de haber estado en la tierra de mis padres, tengo una sensación de tibieza en el corazón que muchos podrían denominar como paz. Hay algo muy especial que mueve fibras interiores y acomoda lo que está descolocado cuando pisas ese lugar bendito. Tal vez sea el encuentro con lo nuestro, con lo que fue y sigue siendo, con el origen y con la cercanía de los que en la cotidianidad creemos lejos lo que le da ese calor tan especial al pecho y logra distender el alma.

Fueron apenas unas horas de estar ahí y parece que los efectos serán de duración prolongada. Ya en casa y a punto de volver a salir hay algo que se infiltró en las venas. Imagino que por eso, cada año, hay tantos que vuelven de tan lejos. Seguro buscan este calor que se queda en el pecho y que por una razón inexplicable llena de alegría.

No es lo mismo que cuando vas a lugares nuevos o cuando regresas a esa ciudad que te gustó o a ese pueblo que se ganó la fascinación. No, claro que no es lo mismo,ahí, aunque todo sea lindo,es ajeno; acá a pesar del tiempo, de los cambios, de las evoluciones propias de los lugares, hay un encuentro con esa parte intengible que no cambia.

En ese ensueño, sé que en el mundo están pasando cosas. Que la tierra gira, que el tipo de cambio se mueve, que el precio del petróleo oscila, que hay modificaciones políticas importantes en mi ciudad y que muchos aprovechan para hacer de las suyas. No importa. Con esta ilusión que queda después de sentirte reconocido y querido, después de recibir hospitalidad y cariño, nada parece relevante, sólo conservar esa sensación de tibieza que me traje de esas tierras tan queridas.

  

Verano y agua

Estoy segura de que el primer día de la Creación fue en verano. En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra y el caos se convirtió en orden, corría la temporada estival. No tengo dudas. Después de que la luz venciera a las tinieblas y el espíritu de Dios volara sobre las aguas, todo empezó a tomar su lugar y eso no pudo haber sucedido ni en invierno ni en otoño, ni siquiera en primavera . Por eso, cada que llegan los días de calor el Hombre recuerda su condición primigenia y vuelve sus ojos al mar.

Dios dijo, haya una bóveda en medio de las aguas, que separe unas aguas de otras. Así quedaron unas por encima del firmamento y otras para balar la tierra. Seguro que el atardecer del día segundo seguro fue amarillo, soleado y con temperaruras superiores a los treinta grados. Me parece que por esa razón, en verano todos queremos correr a la playa como quien regresa al origen, al punto de arranque en el que creacionistas y darwinistas se ponen de acuerdo: todo inició en el agua.

Albercas, ríos, mar, lago son el pretexto para sacar el traje de baño, lucir el bikini y aventurarse en un chapuzón bautismal. Vacacionar en una playa es revitalizarse con la energía primera. Pasar horas y horas sumergido hasta que la piel se haga como pasita es entrar al Paraíso. Estar mojado desde que amanece hasta que anochece, como los pescados que fuimos, es el refugio amniótico por el que suspiramos casi inconscientemente.

Sí, en el verano, frente a la inmensidad del mar, las cosas toman otra dimensión. La adecuada. La que recuerda la bendición que es estar frente a la obra que desde el séptimo día Dios puso a nuestro cuidado. ¡Qué felicidad! Amanecer a veintiocho grados y saber que cuando el termómetro sobrepase los treinta y dos, estaremos jugando con las olas o meciéndonos en la alberca. 

Cada extremo llevará agua a su molino, unos predicarán sobre la evolución de las especies y otros teorizarán sobre si Dios descansó en el séptimo día o no. Los fanáticos darwinistas se razgarán las vestiduras mientras los creacionistas cuentan su versión del inicio de la vida. Pero en verano, mientras el mercurio escala las rayas del termómetro, la gente corre a mojarse con alegría e ilusión. Los mas devotos y los más renegados se mueren de risa, juegan y disfrutan los beneficios del agua. Las figuras hermosas se exponen a los rayos del sol y se licen los brazos, las piernas, todo se aligera Y, entonces, Darwin y Dios sonríen. 

  

Regreso de vacaciones

Sí, con nostalgia escuchamos los últimos cascabeles del trineo de Santa y el regusto del último pedacito de rosca se niega a abandonar el paladar. Las esferas ya están en la caja y el arbolito ya no ocupa el lugar central de la casa. Ya desenvolvimos todos los regalos y desempacamos las maletas. La evidencia nos dice que las vacaciones llegaron a su fin.
Los estragos del Guadalupe Reyes y la evidencia de los días de asueto dejaron una huella que seguramente nos acompañará a lo largo de los primeros meses del año.
La lista de propósitos, los abrazos, los buenos deseos se desvanecen para dejar espacio al momento de la verdad, es tiempo de ponernos en acción. De vuelta al café calientito para despertar temprano y desestimar el hecho incontrovertible de que hace un frío que invita más a quedarse entre las cobijas que a salir a comerse el mundo a puños. Entrarán al clóset las ropas holgadas y los zapatos cómodos y saldrán los tacones y la indumentaria más formal. Los suéteres, las bufandas, las botas tomarán un lugar protagónico en la escena de la vida diaria.
Bajar de peso, hacer ejercicio, leer más, viajar, conseguir el mejor trabajo del mundo, ganar más dinero, aprender otro idioma, pagar las deudas, dejar de fumar, de comer porquerías y todo eso parece más fácil de lograr debajo del muérdago al calor de la fiesta y con un ponche bien cargado que en enero con la masa polar de aire frío.
El clima nos juega la mala pasada de ponerse helado y las corrientes de aire gélido contribuyen a que la determinación se concentre en la gran petición de todos los días. Cinco, cinco minutos más y me levanto. El despertador es necio, se niega a dejar de sonar. Ya es hora, nos recuerda con esa insistencia que casi parece impertinencia. Estamos de vuelta, se acabó la vacación.
La suerte es que regresar tiene ventajas. Volvemos a dormir en nuestra adorada cama, nos ponemos la pijama favorita y nuestras bienamadas pantuflas nos parecen más cómodas. El periódico que nos gusta está a la mano y la estación de radio nos trae las voces que acostumbramos escuchar. Entramos de lleno y sin anestesia a la rutina. Por fortuna, ya no hay que sonreírle al cuñado odioso ni escuchar las historias del primo soñador ni aguantar los berrinches de los niños maleducados de la familia. Tampoco hay que complacer al mundo que se montó en el ambiente de buen tono a prueba de balas ni necesitamos seguir la rutina extenuante de cumplir con cada compromiso, con cada brindis, cena, fiesta, festejo, intercambio… Se acabó el agobio del tráfico decembrino y el maratón consumista llegó a si fin. No más antojitos ni buñuelos de viento ni tamales ni tortas de bacalao ni pavo ni relleno ni pastel de frutas ni ensalada de manzana ni…
Hogar dulce hogar. Otra vez la tele, los programas, las carreras matutinas, la tareas de todos los días, la taza consentida, el recorrido diario, las calles y las rutas de diario, las caras de siempre… Wow, se acabaron las vacaciones.
¡Bendito sea Dios! Un día más y hubiéramos muerto de cansancio. Menos mal que regresamos de vacaciones.

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Entre paréntesis

Hay vacaciones que sirven para recargar las fuerzas, otras para acabar con el aburrimiento de la rutina y algunas son de tipo inspiracional. La maravilla de los días de asueto es que nos permiten hacer una pausa para situarnos en el presente.
La cotidianidad nos obliga a vivir en piloto automático, suena el despertador y empiezan las carreras. Hay prisa para bañarse, desayunar, salir de casa, y nos pasamos el día brincando de un lado a otro, de una actividad a la que sigue, sin mucha conciencia no reflexión. No nos fijamos en el olor del jabón que usamos en la ducha, ni en la intensidad del café de la mañana, ni, mucho menos nos detenemos a platicar. Damos instrucciones en forma apresurada, nos despedimos al aire y recorremos las horas del día a la pasada.
El paréntesis que ponemos a la vida con las vacaciones nos da la oportunidad de sentirnos en presente, podemos bajar la velocidad para ver un amanecer, para disfrutar una puesta del sol, para sentir la brisa que acaricia el cuerpo y gozar del hoy. Es abrir la posibilidad para platicar de corrido y dejar que las palabras tomen el rumbo del alma.
El peor error y el más común es ver gente que en vacaciones sigue atada a la rutina diaria. Personas angustiadas y preocupadas por cosas del día a día que no gozan la posibilidad del ahora. Vacacionistas atados a teléfonos inteligentes y pantallas interactivas. Hombres y mujeres preocupados en el mañana o angustiados por lo que sucedió ayer.
Lo increíble es que al concentrarnos en meter el pie a la alberca o a la sensación de caminar descalzos en la playa, se abren posibilidades inimaginadas. Situarse en el presente es colocarse en el tiempo de las ocasiones factibles. Es ahora que puedo, lo de ayer es palabra dicha y el futuro tiene sus grados se incertidumbre. Concentrarse en el momento actual y sonreír es ponerse en el punto de serenidad. Una mente descansada es una mente creativa. Una mente agotada es un callejón sin salida.
Aprovechar el espacio que nos brindan los paréntesis vacacionales, no solo es una buena idea, es crear el espacio para que la potencia creativa germine y, si no, ya de perdida, es ganar descanso y relajación.

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