Un día después del paro de mujeres

Amanezco como si estuviera entumida y me asomo al mundo, tratando de enterarme qué sucedió mientras estuve apagada sin participar en el concierto mundial. Es verdad, no existe un silencio absoluto ni una ausencia total. Las tentaciones grandes iban en torno a consultar el teléfono, ver qué estaba pasando en las redes: participar.

Pero, apagué mi teléfono celular, me alejé de la computadora. No caí en la tentación de avanzar trabajo ni de irme a barrer o a lavar trastes (creo que en la tentación de hacer labores domésticas, caigo pocas veces). Hice, como recomienda Sor Juana: leer y más leer.

La semana nos empezó distinta, hubo mucha testosterona en el ambiente y todavía no logro saber que resultó de todo este paro femenino. Lo que sí se, es que en este caso la semana se inició con serias complicaciones. Esperamos que las conversaciones que tienen lugar en torno a los temas que nos ocupan sean enérgicas, constructivas y estimulantes. Entre el riesgo que corre PEMEX por que las calificadoras ven con preocupación la generación de utilidades de la empresa de todos los mexicanos, la caída del precio del petróleo porque los integrantes de la OPEP tomaron la decisión de abrir la llave de la producción petrolera, la amenaza de que el coronavirus y las mujeres que buscamos hacer consciencia de que los niveles de violencia a los que hemos llegado son insostenibles, no podemos negar que estamos viviendo días turbulentos.

              Entre feminicidios, bombas molotov, tumbos del peso frene al dólar —que hasta ahora la fortaleza del peso nos tenía tranquilos—, países que toman medidas extremas frente a la amenaza de una pandemia, desde Palacio Nacional se percibe una especie de desconexión con la realidad. El presidente habla del pasado y cuenta de cuando se subía a los camiones con sus volantes a dar su propaganda. ¿Y eso qué?, se pregunta uno. La casa en llamas y nosotros con tonterías.

Las amenazas de problemas económicos, que con tanta anticipación nos han ido advirtiendo diversos organismos a nivel mundial, hoy dadas las condiciones internacionales, ya dejó ver sus primeros síntomas en un lunes que pegó a las bolsas de valores internacionales. Y, pareciera que desde la presidencia hay una clara intención de alejarse de la realidad. En un lunes donde buena parte del país estaba paralizado por la protesta de las mujeres, cuando el precio del petróleo se caía dramáticamente y el peso se devaluaba, el presidente López Obrador se concentra en hablar de la exitosa subasta de bienes decomisados y de su rifa tan extraña, pero cuando se le pregunta sobre los temas que nos ocupan, cuando en las mañaneras lo encaran con cuestionamientos que nos preocupan, no entra en ellos. Desestima la epidemia de violencia que vivimos en México, que es ámbito de su competencia y no la considera una calamidad.

Sigue en el discurso de polarización, de la manipulación de los conservadores y pareciera que desde el pináculo del poder no se ve ni se percibe nada. Ojalá las cosas fueran como las ve el presidente, pero tenemos noticias de los gritos que reclaman equidad, justicia, seguridad, no violencia y con cosas más concretas: medicinas. El presidente López Obrador debe tomar el timón de la nación y tranquilizar a los mercados y a sus gobernados. No podemos llamarnos a sorprendidos. Todos sabíamos que el lunes iba a comenzar con mercados turbulentos. Y, mientras tanto, no hubo un sólo anuncio que permitiera tranquilizar el nerviosismo económico y de las personas. No en valde, el pesimismo va aumentando en el círculo de los empresarios y la desilusión entre la gente.

En un escenario de inseguridad, violencia, feminicidios, la protesta legitima de las mujeres, devaluación del peso, caída de los precios del petróleo y peligro de una pandemia de coronavirus, ¿por qué será que a López Obrador sigue con el tema de la rifa del avión presidencial? Una de las cualidades que sus seguidores y quienes votaron por él le reconocieron fue esa cercanía, esa capacidad que tuvo de hacerle sentir a la gente que a él sí le importaba. Pero, en la turbulencia de estos días, al presidente se le ve caminando muy contento y admirando como las pedradas van volando de un lado al otro, mientras el va silbando tan campante. Más que desconexión de los mandatarios necesitamos un capitán que sepa tomar el manubrio y dar dirección.

Algunas veces, si al capitán no se le ve muy fortalecido, sus subalternos sirven de puntales que ayudan a dar confianza de que se saldrá adelante. No es el caso. El presidente se ve rodeado de una serie de focas que aplauden entusiasmadas cualquier ocurrencia del tlatoani supremo que más que darle claridad, le obnubilan el horizonte.

Nos gustaría tener un estado laico, en paz, en el que todos: conservadores y liberales, fifís y chairos, hombres y mujeres tuviéramos un espacio social en el que se garanticen salud, educación, trabajo. Es decir, que podamos caminar en la calle con tranquilidad, en el que no se maten a diez mujeres a diario, en el que los criminales se amparan bajo la impunidad. Ante la turbulencia, nos gustaría interlocución, que nos permitan participar en la solución, no que nos ignoren. Es tiempo de que el Estado cumpla con sus obligaciones, especialmente si vivimos días turbulentos.

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