Lágrimas por Jerusalem

“Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.” Lc 19:41-44.

Para los creyentes de muchas religiones, Jerusalem es el centro del universo. La llamamos Tierra Santa. Los pasos de Dios y su mirada han quedado plasmadas en las calles y murallas de esta ciudad sagrada. Pero, la tierra prometida, la roca del profeta Mahoma, el sitio de la Resurrección de Jesús es un espacio que no encuentra calma desde hace años.

Caminar por las calles de Jerusalem es algo único. El misterio de lo divino, la diversidad de los cultos, el recelo de la fe se mezclan en un conglomerado tan diferente como entrañable. Es peligroso, es fuerte, es conmovedor. Amo Jerusalem con ese amor entrañable y apasionado que nada me detuvo para recorrer la Ciudad Santa antes del amanecer y llegar a centro de mi fe. Por eso, la piel se me enchina al ver la necedad de quienes sin deberla ni temerla meten ruido político que no suma paz.

Jesús lloró al ver Jerusalem desde el Monte de los Olivos. Sabía lo que esta ciudad iba a padecer.

No entendemos. La paz es el vehículo de la verdadera felicidad. Los muros, las separaciones, los detectores de metales, no sirven. Al revés, generan resentimiento. El muro que divide a Palestina de Israel es más alto que el que inicia en Belén y termina en Sisjordania. El respeto a las diferencias no se manifiesta con imposiciones. La tranquilidad huye presurosa frente a los gritos y a los golpes de poder.

La embajada de cualquier país en Jerusalem es una manifestación de falta de sensibilidad. La de Estados Unidos es un signo de imperialismo. Qué lejos lucen los acuerdos de Camp David, qué distantes están Arafat y Rabin, qué pequeños lucen Netanyahu y Trump, qué pena más grande siento por una ciudad que sin pedirlo, se ha convertido en un bastión político sin que le sea respetada su santidad.

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Lo que quedará de los Estados Unidos

La presidencia de Donald Trump parece un chivo en cristalería. Los movimientos de este sujeto parecen torpes y violentos pero se mueven en una línea estratégica que lo lleva a conseguir sus metas. Sus convicciones son tan firmes como la roca de Gibraltar y su perseverancia es inquebrantable. No le gusta el libre comercio, no entiende de economía, no le caen bien los migrantes, le interesan poco los derechos humanos, no sabe de diplomacia, considera que el cambio climático es una tontería.Así ejerce su mandato, entre gritos y sombrerazos, va derecho y no se quita. Se ve a sí mismo y tiene tantos puntos ciegos que se parece al personaje principal del cuento El traje nuevo del emperador.

Así ganó la presidencia, así abandonó el TPP, el Acuerdo de París, el Tratado de Refugiados. Así va como una aplanadora arrasando con todo lo que tiene a su alcance. Y, así fue como le prometió a sus conciudadanos hacer de su nación algo grande otra vez. Lo está logrando: está haciendo un gran desastre. La imagen del estadounidense ignorante, bobalicón, pedante y súper racista ha agitado el desprecio mundial vuelve por los fueron de este sujeto. Pasaron muchos años para que se borrara esa caricatura mal planteada del gringo que come sin modales, que viste de shorts y usa camisas floreadas, que no quiere usar zapatos y jamás se pone una corbata.

Y, luego vino la imagen desdibujada de los Chicago boys, de los bostonianos civilizantes, de los yuppies que se comían el mundo a puños pero que no hacían ruido con la boca, conocían de vino y buen vivir. Creímos que todos eran Paul Auster, Michael Porter, Michelle Obama o Reese Witherspoon. Nos olvidamos de los gambusinos, del kukuxklan, de las sectas como la de Waco Texas, de las señoras que guardan cadáveres en el congelador y de los sujetos como Harvey Weinstein.

Y, Trump les habló a ellos. Lo escucharon. Lo llevaron a la presidencia. Lo apoyan. Su presidente es fiel a ellos. Es consistente. Con la consciencia, o inconsciencia, de hacer y luego reparar, va tirando acuerdos y deshaciendo lo que tardaron años en levantar.

En esa consistencia, Trump toma lo que le conviene a sus intereses, usa a quien le ayuda y cuando deja de serle útil lo abandona. La lista de colaboradores que se han quedado colgados en el aire y caen al precipicio es larga y no hay novedades. Desde Spicer hasta Flynn sobran ejemplos de las traiciones de la administración trumpista. Muchos auguran que ya empezó la recta final de este mandato. Se le desmorona el entramado, el problema no es ese, es responder a una pregunta elemental. ¿Qué quedará de Estados Unidos después de Trump?

Cuarta ronda, muchos nervios

México, Estados Unidos y Canadá comparecen a la cuarta ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Estados Unidos pone sobre la mesa propuestas inaceptables, mientras los mandatarios Trudeau y Peña se reunen en una cena lujosa y cordial el Palacio Nacional. El énfasis, para quien lo quiera entender, es claro: ni canadienses ni mexicanos se irán, seguiran negociando porque para eso estan ahí, para llevar a cabo un proceso que sea favorable para todos. Ninguno de los mandatarios se prestarán a ser rehenes de una sola posición, eso dijeron.

Pero, muchos medios se alzan con advertencias y admoniciones sobre el futuro sombrío del tratado comercial más grande del mundo. Y, aunque Trump se empeña en dañar la negociación —o eso parece—, sigo creyendo que todo el nerviosismo que se reporta tiene un punto de estridencia. Me parece que tanto susto no es prudente. Como que tanta preocupación me parece exagerada.

En negociación, dice la teoría, llega un momento en que las cosas se ponen álgidas. Las partes abren su juego y cada quien plantea sus conveniencias. Los estilos de negociación hacen evidente la personalidad de cada quien, unos son diplomáticos otros son patanes. Cada uno tiene su propio enfoque y tiene conveniencias divergentes, sin embargo, las que son convergentes son las que los tienen sentados ahí. En este caso, los beneficios que unen a los intereses de las tres naciones son mucho más grandes.

Es verdad, el tipo al que pusieron en la Casa Blanca es un ignorante que no entiende los beneficios de la globalización, o eso quiere hacer creer. Es un patán que cree que negociar es sinónimo de regatear, que piensa que con golpes en la mesa se consigue más y que a base de tuits se maneja una nación.  Eso eligieron y con eso hay que lidiar. Un negociador experto lo sabe, no se asusta: entiende las fases del proceso. 

La parte mexicana está compuesta por expertos negociadores. Es cierto, no hay garantías. Pero, el camino alternativo tampoco es pedregoso. Sin tratado comercial, están las reglas de la Organización Mundial de Comercio que protegen. Pero, las mejores protecciones nos vienen del consumidor estadounidense que no querrá pagar más por algo que antes le salía a menor precio. Eso lo entiende toda la gente. Incluso el viejecito necio que tienen despachando en la Oficina Oval. 

No veo muchas razones para estar tan nerviosos. Está pasando lo que sabíamos que iba a pasar, la negociación seria difícil, pero todavía no estamos en el momento de gritar a todos los vientos que ya se volvió imposible. No hay que adelantar vísperas. Por lo pronto, las calificadoras no se hacen cargo de las complicaciones propias de esta cuarta ronda. Si ellas están tranquilas, yo también. 

Cuando los problemas no se atienden a tiempo

Cuando los problemas no se atienden a tiempo, se solucionan sólos. Claro, la solución no es la óptima. Eso es la evidencia de la incapacidad de quienes deben administrar un problema y gestionar un camino que lleve a una respuesta de arreglo. Pero, cuando el gato se queda pasmado, el raton hace fiesta, se burla, llega al lugar principal, se sienta en la cabecera, se come el banquete y le provoca dolor de estómago y nauseas a todo el mundo.

Miren al Presidente de los Estados Unidos, un ratón gordo, torpe y viejo que corrió frente al gato republicano que no lo supo parar a tiempo, que no detuvo su marcha —sea porque lo desestimó o porque no supo pararlo— y ahora vemos a un perfecto incapaz que no sabe gestionar emergencias. No sabe que hacer frente a una crisis natural, insulta a los damnificados de Puerto Rico, les dice que salen muy caros; en Las Vegas se niega a hablar de la regulación de la poseción de armas; expulsa a los dreamers, se obsesiona con el Obamacare, propone muros, acaba con tratados y no sabe que hacer con la amenaza nuclear de un asiático. El mundo no deja de preguntarse cómo fue que este hombre llegó ahí. Facil, nadie hizo el trabajo de pararlo a tiempo.

Algo similar sucede con la crisis catalana. Puigdemont corrió alegremente con un discurso populista, patriotero y agresivo, mientras Mariano Rajoy lo veía crecer sin hacer nada. Pudo orientarse al diálogo, no lo hizo. Pudo haberlo mandado detener porque estaba convocando a la ilegalidad y perpetrando alta traición, tampoco lo hizo. Dejó que el vaso se llenara a tal nivel que se desbordó. Corrió sangre. Se fisuró el Estado Español. Perdieron todos. El Rey intervino tarde. Pudo haberse pronunciado antes. Perdió esa oportunidad.

Ahora, tenemos a un par de ratones responsables de crisis que traspasan los límites de sus fronteras. El daño que causa Trump alcanza a propios y a extraños. Sus estragos son de amplio espectro y de largo plazo. Nos parece una eternidad el momento en que lo saquen de la Casa Blanca. Lo de Puigdemont apenas empieza y ya tiene a los europeos con la preocupación a tope. El mundo mira a estos sujetos y no logra entender cómo es que llegaron a donde están y se pregunta cuándo se van a aplacar. Pero, la pregunta principal es: ¿por qué no los pararon a tiempo?

La consecuencia es terrible: los muertos, los heridos no son escenografía. Me imgaino lo que pensarán estos dos ratones que estan sentados en la cabecera. Por las caras que se les ve, no están disfrutando el banquete. Parece que a ellos también les duele la panza. Pero ninguno de los dos sabe como parar, no entienden como bajarse del problema que causaron. Lo malo es que nadie quiere agarrarlos de las orejas, darles una sacudida de nalgadas y ponerlos a reflexionar en un rincón.

Ojalá alguien se atreviera. 

La estupefacción en Puerto Rico

En Puerto Rico se va de la inquietud a la incredulidad. Esto de ser un Estado Libre Asociado los deja con una brecha de identidad terrible. Situados en el medio de ser o no ser parte de la nación más poderosa del mundo, con algo que no se entiende muy bien como la definición de ser un territorio con autogobierno cuyos habitantes viajan al extranjero con pasaporte estadounidense, viven hoy uno de los abandonados más graves de la Historia.

Desde Washington, se les percibe lejos. Son una isla rodeada de agua, dijo el Presidente Trump mostrando los niveles de sabiduría que siempre le han caracterizado, pero dando cuenta de la gran grieta que separa a los habitantes de la Casa Blanca y a los puertorriqueños que hoy parecen mas latinos que otra cosa. Por allá, no les gusta el acento en español y se les olvida que Puerto Rico  forma parte de la nación. Qué los ayuden los que están cerca. 

Tan distantes son percibidos que si un huracán los devasta, no encuentran forma de auxiliarlos rápidamente. Han de creer que, como están tan cerca de Haití y de Dominicana, son más hermanos de estos que de aquellos. Puerto Rico se ve tan fuera de la mirada estadounidense, tan poco enfocada por la gente en Washington, tan apartado de Capitol Hill, tan separados de su madre patria continental que los dejan a su suerte mientras se entretienen con temas deportivos que les resultan más urgentes.

¡Qué desilusión deben sentir en Puerto Rico! Borinquen, la tierra del Edén, la Preciosa te llaman los bardos que cantan tu historia. No importa el tirano te trate con negra maldad. Nunca la música pudo encontrar mejores palabras para expresar el sentir isleño. Porque, como cantan en el Caribe, como los propios puerto riqueños sienten en la letra de su segundo himno: Porque ahora es que comprendo, Porque ahora es que comprendo,Que aunque pase lo que pase, Yo serepuertorriqueño, Yo seré puertorriqueño, Por donde quiera que ande, ooohhh,Por que lo llevo en la sangre, Por herencia de mis padres,Y con orgullo repito:Yo te quiero Puerto Rico…Yo te quiero PuertoRico,  Y por eso es que me nace hoy, Dedicarle este canto, A ese noble jibarito Raphael, Y a mi isla del encanto.

Pero, en el lejano continente esos ritmos no resuenan ni significan gran cosa. Es muy triste ver como los latinos nos condolemos con la angustia hermana, mientras la tierra que les da nacionalidad los ignora desde una posición en la que se deshonra un compromiso. Duele ver al gobernador pidiendo ayuda, indigna ver a la alcaldesa de San Juan suplicando atención y atestiguar como la que ellos pensaron que seria su patria, hoy les voltea la cara y los deja a su suerte.


 

La estupidez humana

Empezamos a mirarnos con recelo, encojemos la boca y apretamos los puños. Vemos la paja en el ojo ajeno, demonizamos al otro porque es diferente, porque no piensa como yo, le echamos la culpa a Dios y usamos su nombre para abanderar la muerte. Matamos a Dios, decimos que no creemos porque nos creemos suficientes. Afirmamos que la eternidad y empieza en mí, en mi ego hinchado. Nos ensimismamos en nosotros mismos. Nos apartamos de los ritos porque nos aburren, no nos aportan nada y nos mesamos la cabellera al ver imágenes de muertos regados en el suelo sin que nadie pueda cubrirlos con algo de dignidad en el despojo de la vida.

Gritamos contra la globalización y reaccionamos con cólera. Saltamos presos de ira y rayamos las paredes con consignas de odio. Escupimos al cielo al que hace rato dejamos de respetar. Pateamos al viejo, vejamos al desempleado, nos burlamos del iletrado, criticamos al vecino de al lado, rompemos los cristales de esa casa en la que vive una puta que es madre soltera, incendiamos la puerta de la habitación de dos hombres que se aman, nos subimos al pedestal  y decimos que somos los poseedores de la verdad. Lloramos la amargura de la soledad.

Nos perdemos en la profundidad de una pantalla. Ignoramos el llanto de un niño. Entretenemos a los pequeños con un aparato. Olvidamos la fuerza de un abrazo. Dejamos de hablar. Ya no nos miramos a los ojos. Vemos el paisaje colectivo como una gelatina amorfa y nos da lo mismo la desigualdad, la enfermedad, la miseria. Los excluídos nos provocan una emoción científica si es que llaman la atención. Los metemos en una caja de petri, los tocamos con guantes quirúrgicos y usamos tapabocas para evitar la contaminación. Que no se salgan de ahí. Que ahí se queden. 

En el grito y la estridencia, nos unimos para llevar al Rey de los Bobos a representer destinos. Anulamos la voz de la consciencia y seguimos al bufón para que nos mate de risa. Y, luego, se nos salen las lágrimas, decimos que la vida no vale nada, que no tiene sentido, nos llenamos la boca de pastillas. Dejamos de entender el lenguaje de la interdependencia, de la hermandad, de la buena voluntad. Nos creemos súperpoderosos. Y, con los ojos inyectados  nos miramos al espejo y ya ni a ese podemos reconocer.

El padre de Heather Haye

El funeral de Heather Haye, víctima de los eventos de Charlottesville, acaparó la atención de los medios y de la gente en Estados Unidos. El presente se impusó al futuro. El inicio de las renegociaciones del tratado de libre comercio en América del Norte quedaron en un segundo lugar, relegados a un rincón de las redes sociales, de los informativos, de los medios de información. Las declaraciones de Donald Trump encendieron la ira de propios y extraños y fueron el cerillo que incendió los ánimos de todos los que no pueden creer los niveles de cinismo al que se ha llegado en terminos de racismo. En medio de esta estridencia, el panegírico del padre de Heather fue de gran impacto.

Con ideas sencillas, claras y sentidas, con una economía  de palabras el señor Haye deja al mundo una lección necesaria: Dejen el odio y perdonen como Jesús perdonó en la Cruz. En pocos meses, la sociedad norteamericana se ha dividido, casi  podemos escuchar el desgarre de ese tejido social y es momento de pararlo. Radicalizar no es buena idea. El escándalo de lo que este hombre ha hecho es lamentable. Vemos como movimiento racistas brotan de la misma forma que hongos en la humedad. Los que estaban ocultos, moviéndose entre las sombras, salen envalentonados y embravecidos.

Del dolor de un padre que despide a su hija brota una solución: dejar de odiar. Me impactan las palabras. Bajarle al desprecio que siento por este sujeto, por sus palabras y actitudes, no es fácil. Yo estoy lejos, los que están cerca lo deben tener más complicado. Dejar el odio es la mejor alternativa. Esta noche, en Charlottesville la gente salió a la calle con velitas encendidas para tratar de darle batalla al desprecio y lugar al perdón. Ojalá muchos sigan ese ejemplo y encuentren la generosidad para disculpar. 

Me asombra la potencia de las palabras del padre de Heather Haye, que se pone a la cabeza, lo dice en primera persona y empieza a dar pasos para ir adelante, espero que su ejemplo se pueda seguir. Estados Unidos está dividido y en esa condición, se debilita. No es ese el camino de la grandeza, es al revés. 

Las tentaciones del odio

Las tentaciones son esas atracciones que tenemos para seguir un camino que no siempre es el correcto. Funciona como una seducción que nos embauca y nos hace preferir aquello de lo que nos debieramos alejar. Los sentidos se adormecen y las alertas se desestiman y miramos a la oscuridad con cierto anhelo. Pero, generalmente, la consciencia llega en nuestro auxilio y nos toma de la mano o de la oreja para regresarnos al sentido correcto.

Por desgracia, no siempre hacemos caso.

Las tentaciones que tiende el odio son tan sutiles que no nos damos cuenta cuando caemos en sus redes. De repente, arrugamos la nariz frente a un olor desagradable, o nos alejamos de la suciedad, o se nos revuelve el estómago cuando vemos algo que estimamos asqueroso y dejamos de ver que esa reacción no la causa un objeto sino un sujeto. Cuidado, ahí ya nos mordió la os uridad y nos instiló su veneno.

Las advertencias frente al abuso, la discriminación al diferente, la marginación al desposeído son conceptos fuerte y hay gente a la que le dan poder. Es triste. El mundo se ha empeñado en trazar líneas de injustica. Si alguien tiene la piel de color diferente, habla distinto, se comporta, le gusta, come, cree, vive a su modo y no al mío: rechazo. Así se empezó a conformar una tendencia que sedujo amuchos.

El deber ser, timidamente, se arinconó y dejó que la estridencia de esas voces brincara a la escena mundial. Los nombres que más nos alarman son esos del Kukuxklan, Neonazis, Racistas, Sexistas, Pederastas y piensen en tantos otros que podemos recordar. Sí, claro. El problema empieza cuando soy capaz de elevar el dedo juzgón y señalar al otro y no en mi propia dirección.

Los discursos de odio empezaron a tener éxito. No sólo Theresa May y su tendencia separatista o la ultraderechista Marine Le Pen o el mismisímo Donlad Trump han contribuido a ello. El desprecio al migrante, al débil, al que nada tiene, al que está viejo o enfermo se difundió como una bacteria contagiosa y muy infecciosa. La población se sivide y el Ser Humano explota lompeor de sí. Pero ver las cosas a la distancia es infantil e irresponsable.

Si me da risa un chiste misógino o que se burle de un gay o me alejo de alguien porque se viste distinto o porque cree en algo que yo no, o porque no sabe ni leer ni escribir o por cualquier motivo irracional: malas noticias, ya nos mordieron la mano, ya caímos en la tentación del odio.

Amenezas que no son bastante duras

Es la típica situación que se repite en todos los hogares del mundo. Un hijo hace algo que no debería haber hecho, una travesura, una grosería, algo que no fue correcto.para que se corrija y cambie su comportamiento se recurre a una amenaza:  un castigo ejemplar,  un azote, no poder jugar con los juguetes, no salir al parque o lo que sea que le ponga sobre aviso. Si haces algo vendrá una consecuencia. Pero, si la amenaza no se cumple, el límite se desgasta. Si vamos a amenazar y no estamos dispuestos a cumplir, mejor deberíamos cerrar la boca. Las consecuencias de intimidar y que luego no pase nada, es que nos convertimos en el hazmereír del amenazado.

El que amenaza muestra miedo. Si te digo que te voy a pegar, me asusta levantarte la mano. Cuando alguien quiere hacer algo y está convencido de ello, no anda advirtiendo, sencillamente lo hace. Andarle haciendo al gallito con los hijos tiene consecuencias fatales para su formación. Andar intimidando, cuando eres el Presidente de los Estados Unidos es otra cosa. El apercibimiento de un mandatario es cosa seria, a menos que se trate de Donald Trump vociferando frente a Corea del Norte.

El anciano de la Casa Blanca eleva el dedo adminitor y le advierte al escuincle maleducado de Corea del Norte que le llegará un castigo terrible si hace algún movimiento contra Guam. El mocoso le saca la lengua al viejo. Entonces, como si estuvieramos viendo un cuadro cómico de Groucho Marx o del mismísimo Charles Chaplin, vemos al abuelito hacer un berrinche mayúsculo y proferir amenazas como una cafetera destartalada a punto de deshacerse entre vapores y chiflidos. El niño le hace una trompetilla y el hombre añoso, rojo y con un lenguaje cercano a Cantinflas, vuelve a amenazar. 

La escena nos da risa y luego se nos quita al momento en que caemos en la cuenta de lo que estamos hablando. El mundo mira con horror la torpeza norteamericana, no podemos decidir si nos dan ganas de reír o llorar. ¿Qué está pasando en un país cuyas flias y fobias los sacaron de la realidad? El odio a ultranza, la falta de reflexión, los valores trastocados, la ignorancia y la patanería han dado como resultado a un engendro que no sabe mandar y quiere resolver todo a base de amenazas, que no va a cumplir.

La diplomacia es una herramienta más elegante y, sin duda, más eficaz. Pero, eso es pedirle peras al olmo. Ser firme no significa ser violento o actuar a base de gritos histéricos. Se trata de entender y planear, de ser un estratega y tener la talla de un mandatario. Para ello, hay que tener claro el motivo de la disputa y el objetivo que se quiere alcanzar. Por supuesto, siempre hay que intentar de ser los más coherente posible para poder defender argumentos y que tu contraparte note que tienes claro el camino a seguir. 

Pero, eso hoy por los rumbos de la calle de Pensilvania, es mucho pedir. Casa nación tiene el gobierno que merece. Pobres estadounidenses, se conformaron con poco, se dejaron encandilar. El mundo los miraría con ternura si no fuera porque están agitando el avispero atómico. 

La deuda de los estadounidenses 

Relacionar dos puntos que no tienen nada que ver y hacerlos concurrir en el mismo escenario trae resultados sorprendentes. Especular alrededor de datos inconexos puede servir de poco aunque nos lleva a reflexionar sobre realidades que otros no ven. Por ejemplo, qué tiene que ver el incremento récord en la deuda de tarjetas en Estados Unidos con el liderazgo que Donald Trump ejerce desde la Casa Blanca. Puede ser que nada, que imaginar un punto de contacto entre estos dos datos sea forzar las cosas, o puede que lleguemos a conclusiones sustentadas.

Mi hipótesis es sencilla. Me parece que el pueblo estadounidense no está deteniéndose a pensar. Se cree lo que le dicen sin pasar por el filtro de la reflexión más sutil. Les dicen, por ejemplo, que un país extranjero pagará la construcción de infraestructura en su propio territorio, un muro, y no les explican ni cómo ni cuándo. Les venden crédito caro y lo compran sin recordar lo que sucedió con su sistema financiero por no saber administrar sus deudas.

Desde lejos, pocos entendemos cómo es que Donald Trump llegó a la presidencia de los Estados Unidos. Tampoco entendemos cómo es  posible que los niveles de deuda con tarjeta de crédito hayan superado el hito ominoso de 1.02 billones de dólares al mes de junio, rompiendo el registro establecido justo antes de que el modelo se colapsara en 2008.  Vemos a un pueblo   estadounidense que no quiere ver al futuro, conformándose con un presente que vibra como bomba de tiempo y está por estallar.

Vemos un pueblo estadounidense algo ingenuo que va arrastrando alegremente sus saldos en tarjeta de crédito, mes con mes, cocinándole el caldo gordo a los bancos que están haciendo el negocio más lucrarivo gracias a la credulidad. Nos da ternura escuchar a un presidente que es aclamado por los ineducados, mientras el vociferante les espeta en la cara su falta de preparación.

La deuda de los estadounidenses alarma a los que vemos lo que está sucendiendo por allá. Las alertas en el tablero de control ya se encendieron desde enero. Puede ser coincidencia, puede que no tenga nada que ver, pero las señales están ahí desde los primeros días del año. Todos miramos a Estados Unidos con nerviosismo. La palabra que nos angustia se llama incumplimiento. No podrán cumplir lo prometido. Ni el señor Trump, ni aquellos que sacaron la tarjeta y la deslizaron felices. No queremos ver lágrimas. Ahí están los signos. Puede que, al final, sí sean datos concurrentes.

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