Los efectos en Jerusalén

Cuando un paquidermo se mueve, el entorno no sólo percibe su movimiento, también retiembla la tierra. El cambio de la embajada de Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén es una decisión que tiene daños colaterales mas allá de la soberanía de dos naciones. Sí, Estados Unidos puede decidir con entera libertad dónde poner sus sedes diplomáticas, pero la diplomacia tiene tiempos, formas, protocolos que buscan el entendimiento. Por lo tanto, la diplomacia busca promover el dialogo, no cerrar puertas y abrir barreras.

Pero la frivolidad, la insensibilidad y la ignorancia son ingredientes peligrosos así solitos, ni duda cabe de lo letales que son cuando se mezclan. Ver a la hija de Donald Trump abriendo las puertas de la embajada estadounidense en Jerusalén me puso la piel de gallina, me revolvió el estómago y me indignó verla tan sonriente como si estuviera asistiendo a la inauguración de una tienda departamental de lujo y no se enterara de la ofensa que buena parte del mundo estaba recibiendo con ese acto. Ofender y sonreír es humillar. Todo tiene consecuencias.

Por lo pronto, van mas de medio centenar de muertos en la marcha mas sangrienta en Gaza desde el inicio de las manifestaciones contra el traslado de la embajada de los Estados Unidos. La ceremonia festiva de inauguración de la sede diplomática, la sonrisa y el peinado perfectos de Ivanka Trump daban miedo. No es para menos. Ese vestido sin arrugas, esas manos tan bien manicuradas, ese pelo perfecto ya se mancharon con la sangre de los protestantes heridos y muertos por una decisión controvertida y la falta de prudencia y discreción de los norteamericanos.

Los efectos de la frivolidad, la insensibilidad y la ignorancia ya se sienten en Jerusalén.

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Los besos de Emmanuel Macron y la cordura de Merkel

No hay duda, el entusiasmo por besar a alguien más siempre ha estado presente en el ánimo humano. Pero, ¿besar a Trump? A la pobre Melania no le queda otra, pero esas efusiones cariñosas entre el presidente de Estados Unidos y Emmanuel Macron pasaron de la sorpresa, a la risa hasta llegar al dolor de estómago. La pregunta que todos nos hicimos fue ¿a qué viene tanto amor?

Los papeles se voltean y entre tanta simpatía advertimos que detrás hay una agenda que no alcanzamos a comprender. ¿Cómo? Y, por fin, sale el peine y Trump convertido en el vocero del líder francés anuncia la salida del acuerdo de paz con Irán de Estados Unidos y dice que va acompañado por Francia.

No quiero imaginarme la cara de Macron al enterarse de lo hecho por Trump. Sin duda, hay que cuidar las amistades. No hay que dejarse besar por cualquiera. Los conflictos están a las puertas de Europa y las ocurrencias de Trump cuestan más en territorio europeo que en el estadounidense. Y, en todo caso, que cada quien se haga responsable de sus palabras.

Merkel le viene a componer la nota a Macron, ¿Qué haríamos sin su cordura? El medio oriente es un avispero que no necesita la imprudencia de un troglodita agitando, a ver qué pasa. Alemania busca arreglar las cosas y evitar males mayores. Por fin, Macron declara que es necesario fortalecer la política exterior y buscar la paz.

Europa ya no puede confiar en Trump, ojala Theresa May escuchara con atención. Estos angloparlantes han servido para fortalecer la unión de Europa aunque no por las mejores razones. Merkel se encarga de componerle la nota a Macron. Hay que mirar al largo plazo. Fijar la vista al horizonte, en donde ya no estén sujetos tan ocurrentes como Trump y tan oportunistas como May.

Macron recibió la medalla Carlomagno para afirmar, con este símbolo, que su compromiso está con Europa y con el fortalecimiento del proyecto europeo, besos a parte y con la cordura de Merkel, que así sea.

Carne y arena va a Washington

Muchos no están de acuerdo con el hecho de que el arte tome una postura política. Sin embargo, cuando tenemos frente a nosotros una pieza artística que nos conmueve y que tiene una bandera ideológica, la combinación resulta virtuosa en dos sentidos: cumple con el objetivo artístico y transmite un pensamiento que nos hace reflexionar.

González Iñarritu es una mente creativa e inteligente. Sabe hacer germinar arte y reflexión, tiene una mirada que nos pone en la mira aquello que no hemos visto por desconocimiento, desprecio, obviedad, o porque sencillamente no quisimos. Carne y arena es una producción que nos mete a la experiencia de un migrante en forma virtual. Desde la seguridad de estar viviendo una situación de mentiritas nos ponemos en los zapatos de un inmigrante y vemos lo que se siente.

Ganó un Oscar honorarios por Carne y arena, la montó en La Ciudad de México, en Cannes y ahora lo hará en Washington. La noticia llega justo cuando el presidente Trump está mandando guardias armados a la frontera. ¿Querría ir este señor a vivir esta experiencia? Dice González Iñarritu que al vivirla busca generar empatía para estos seres humanos. Busca que al entrar en esos zapatos caminantes se les entienda y, tal vez, se les pueda amar.

En fin, ¿no es eso el arte? El arte busca una expresión estética en la que se transmitan emociones, ideas y se refleje una realidad del mundo, ¿no es así? Pues, Carne y arena está en la ciudad de Washington, a unos pasos de la Casa Blanca. ¿Alguien se atreverá a llevar a Donald Trump?

Maestros armados

Ya no sé si me da risa o me da pánico oír las ocurrencias del presidente de Estados Unidos. Donald Trump propone armar a los maestros y entrenarlos para que en caso de que a algún estudiante se le ocurra sacar una metralleta en el salón de clase, la maestra saque una pistola o un rifle y ponga orden. Claramente, el señor no tiene idea de lo que es ser un profesor. Por suerte, yo no soy maestra en ninguna universidad estadounidense, sino, ya me veo cargando computadora, bolsa y rifle por los pasillos hasta llegar al salón de clases.

Si, de por sí toda la vida ando con dolor de espalda por todo lo que cargo desde el estacionamiento hasta el aula, un rifle sería como ponerle una raya más al tigre. Tendría que sumarle a la computadora, exámenes, libros y cuadernos, el peso de un arma poderosa porque una pistolita daría risa. O, tendría que decidir entre llegar al salón con libros o con una Ak-47. Me imagino que mis alumnos se sentirían felices de ver a sus profesores caminar por los pasillos con sus armas colgadas al hombro. Tal vez, pondrían mas atención a una mujer que además de enseñarlos a pensar, los persuada con un rifle como mejor argumento.

Seguro que ningún loco entraría a mi salón, presa del miedo de verme armada. Se mosquearía y no se atrevería a disparar a sus compañeros porque ahí estaría yo con mi rifle para defenderlos. Entonces, según imagino, el maestro que se vea en semejante situación deberá apuntar y disparar al alumno para evitar mas muerte. Entonces, un profesor deberá anotar en su descripción de puestos que una de las habilidades para pararse frente a un grupo es la puntería y otra será la sangre fría. Habrá que disparar y matar, ¿cuántos maestros de kínder hasta doctorado querrán hacer eso?

Por suerte, no soy maestra en Estados Unidos. Pero, me imagino a Michael Porter entrando a Harvard con semejante ametralladora y a Mika Ronkainen en Georgetown con un rifle de alto poder o a Miss Christie en el Jardín de Niños, o al Profe Paul en la primaria… ¿irán a poner percheros para colgar las pistolas o las tendrán que dejar el arma sobre el escritorio? Tal vez las de los profesores de diseño serán de colores y las de la facultad de medicina vendrán con un dispositivo que tenga gel antibacterial.

Yo que creía que enseñar era compartir, ahora me entero que para el presidente de los Estados Unidos es mejor volver a los tiempos en los que la letra entraba con sangre. ¿Cuántos maestros se querrán ensuciar las manos? Me aterra pensar en la respuesta, mejor que nos gane la risa.

El show que montó Donald Trump

Cuando una persona viene del mundo del entretenimiento, monta espectáculos cuyo objetivo es captar audiencias. Trump lo hizo y lo logró. ¿Por que no repetir la estrategia que siempre le cosecha buenos resultados? Este ha sido uno de los informes, State of the union, más vistos en los últimos años. No sólo los estadounidenses estaban al pendiente de lo que diría su presidente, en el mundo entero hubo gente pegada al televisor esperando lo que el señor diría y en México muchos catastrofistas estaban seguros de que escucharíamos una noticia fatal.

Pero, el mundo del espectáculo no funciona así. La intención de quien monta una producción es generar un golpe mediático que capte al público objetivo y lo divierta para que siga enganchado y no se vaya a otro lado. Por eso, Trump sigue con el objetivo claro y el foco puesto en sus votantes a quienes les dice lo que quieren oír. También, para esta ocasión, adoptó una estrategia que funciona bien en la industria: trató de conmover.

Sus adeptos le habrán creído, los republicanos le aplaudieron como morsas:con el agua hasta el cuello y vitoreando. Pero, eso de tratar de sacarle las lágrimas al respetable a costillas ajenas, como que no todo el mundo se la traga. Es más, estoy segura de que un buen número de espectadores se sintieron ofendidos la escuchar las palabras del señor Trump. Otros, habrán echado los ojos para atrás y habrán movido la cabeza.

El discurso de informe lo habrá dejado exhausto. Andy Borowitz dice que seguro que el presidente terminó cansadísimo de pretender ser quien no es, de fingir empatía por quien siente desprecio. Yo, creo todo lo contrario. El señor está tan acostumbrado que ya ni le salen los colores, disfrazarse y hacerse pasar por algo diferente le es cotidiano. En fin, así es la fiesta del espectáculo y el show continuará. Continuará hasta que la verdad lo alcance. Entonces…, entonces sí.

Pero, hoy por hoy, ni noticias fabulosas, ni confirmación de las tragedias que vaticinó el oráculo. Palabras, aire, actuación y mucho show. ¿Dónde está la sorpresa? ¿Dónde quedó la bolita?

Lágrimas por Jerusalem

“Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.” Lc 19:41-44.

Para los creyentes de muchas religiones, Jerusalem es el centro del universo. La llamamos Tierra Santa. Los pasos de Dios y su mirada han quedado plasmadas en las calles y murallas de esta ciudad sagrada. Pero, la tierra prometida, la roca del profeta Mahoma, el sitio de la Resurrección de Jesús es un espacio que no encuentra calma desde hace años.

Caminar por las calles de Jerusalem es algo único. El misterio de lo divino, la diversidad de los cultos, el recelo de la fe se mezclan en un conglomerado tan diferente como entrañable. Es peligroso, es fuerte, es conmovedor. Amo Jerusalem con ese amor entrañable y apasionado que nada me detuvo para recorrer la Ciudad Santa antes del amanecer y llegar a centro de mi fe. Por eso, la piel se me enchina al ver la necedad de quienes sin deberla ni temerla meten ruido político que no suma paz.

Jesús lloró al ver Jerusalem desde el Monte de los Olivos. Sabía lo que esta ciudad iba a padecer.

No entendemos. La paz es el vehículo de la verdadera felicidad. Los muros, las separaciones, los detectores de metales, no sirven. Al revés, generan resentimiento. El muro que divide a Palestina de Israel es más alto que el que inicia en Belén y termina en Sisjordania. El respeto a las diferencias no se manifiesta con imposiciones. La tranquilidad huye presurosa frente a los gritos y a los golpes de poder.

La embajada de cualquier país en Jerusalem es una manifestación de falta de sensibilidad. La de Estados Unidos es un signo de imperialismo. Qué lejos lucen los acuerdos de Camp David, qué distantes están Arafat y Rabin, qué pequeños lucen Netanyahu y Trump, qué pena más grande siento por una ciudad que sin pedirlo, se ha convertido en un bastión político sin que le sea respetada su santidad.

Lo que quedará de los Estados Unidos

La presidencia de Donald Trump parece un chivo en cristalería. Los movimientos de este sujeto parecen torpes y violentos pero se mueven en una línea estratégica que lo lleva a conseguir sus metas. Sus convicciones son tan firmes como la roca de Gibraltar y su perseverancia es inquebrantable. No le gusta el libre comercio, no entiende de economía, no le caen bien los migrantes, le interesan poco los derechos humanos, no sabe de diplomacia, considera que el cambio climático es una tontería.Así ejerce su mandato, entre gritos y sombrerazos, va derecho y no se quita. Se ve a sí mismo y tiene tantos puntos ciegos que se parece al personaje principal del cuento El traje nuevo del emperador.

Así ganó la presidencia, así abandonó el TPP, el Acuerdo de París, el Tratado de Refugiados. Así va como una aplanadora arrasando con todo lo que tiene a su alcance. Y, así fue como le prometió a sus conciudadanos hacer de su nación algo grande otra vez. Lo está logrando: está haciendo un gran desastre. La imagen del estadounidense ignorante, bobalicón, pedante y súper racista ha agitado el desprecio mundial vuelve por los fueron de este sujeto. Pasaron muchos años para que se borrara esa caricatura mal planteada del gringo que come sin modales, que viste de shorts y usa camisas floreadas, que no quiere usar zapatos y jamás se pone una corbata.

Y, luego vino la imagen desdibujada de los Chicago boys, de los bostonianos civilizantes, de los yuppies que se comían el mundo a puños pero que no hacían ruido con la boca, conocían de vino y buen vivir. Creímos que todos eran Paul Auster, Michael Porter, Michelle Obama o Reese Witherspoon. Nos olvidamos de los gambusinos, del kukuxklan, de las sectas como la de Waco Texas, de las señoras que guardan cadáveres en el congelador y de los sujetos como Harvey Weinstein.

Y, Trump les habló a ellos. Lo escucharon. Lo llevaron a la presidencia. Lo apoyan. Su presidente es fiel a ellos. Es consistente. Con la consciencia, o inconsciencia, de hacer y luego reparar, va tirando acuerdos y deshaciendo lo que tardaron años en levantar.

En esa consistencia, Trump toma lo que le conviene a sus intereses, usa a quien le ayuda y cuando deja de serle útil lo abandona. La lista de colaboradores que se han quedado colgados en el aire y caen al precipicio es larga y no hay novedades. Desde Spicer hasta Flynn sobran ejemplos de las traiciones de la administración trumpista. Muchos auguran que ya empezó la recta final de este mandato. Se le desmorona el entramado, el problema no es ese, es responder a una pregunta elemental. ¿Qué quedará de Estados Unidos después de Trump?

Cuarta ronda, muchos nervios

México, Estados Unidos y Canadá comparecen a la cuarta ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Estados Unidos pone sobre la mesa propuestas inaceptables, mientras los mandatarios Trudeau y Peña se reunen en una cena lujosa y cordial el Palacio Nacional. El énfasis, para quien lo quiera entender, es claro: ni canadienses ni mexicanos se irán, seguiran negociando porque para eso estan ahí, para llevar a cabo un proceso que sea favorable para todos. Ninguno de los mandatarios se prestarán a ser rehenes de una sola posición, eso dijeron.

Pero, muchos medios se alzan con advertencias y admoniciones sobre el futuro sombrío del tratado comercial más grande del mundo. Y, aunque Trump se empeña en dañar la negociación —o eso parece—, sigo creyendo que todo el nerviosismo que se reporta tiene un punto de estridencia. Me parece que tanto susto no es prudente. Como que tanta preocupación me parece exagerada.

En negociación, dice la teoría, llega un momento en que las cosas se ponen álgidas. Las partes abren su juego y cada quien plantea sus conveniencias. Los estilos de negociación hacen evidente la personalidad de cada quien, unos son diplomáticos otros son patanes. Cada uno tiene su propio enfoque y tiene conveniencias divergentes, sin embargo, las que son convergentes son las que los tienen sentados ahí. En este caso, los beneficios que unen a los intereses de las tres naciones son mucho más grandes.

Es verdad, el tipo al que pusieron en la Casa Blanca es un ignorante que no entiende los beneficios de la globalización, o eso quiere hacer creer. Es un patán que cree que negociar es sinónimo de regatear, que piensa que con golpes en la mesa se consigue más y que a base de tuits se maneja una nación.  Eso eligieron y con eso hay que lidiar. Un negociador experto lo sabe, no se asusta: entiende las fases del proceso. 

La parte mexicana está compuesta por expertos negociadores. Es cierto, no hay garantías. Pero, el camino alternativo tampoco es pedregoso. Sin tratado comercial, están las reglas de la Organización Mundial de Comercio que protegen. Pero, las mejores protecciones nos vienen del consumidor estadounidense que no querrá pagar más por algo que antes le salía a menor precio. Eso lo entiende toda la gente. Incluso el viejecito necio que tienen despachando en la Oficina Oval. 

No veo muchas razones para estar tan nerviosos. Está pasando lo que sabíamos que iba a pasar, la negociación seria difícil, pero todavía no estamos en el momento de gritar a todos los vientos que ya se volvió imposible. No hay que adelantar vísperas. Por lo pronto, las calificadoras no se hacen cargo de las complicaciones propias de esta cuarta ronda. Si ellas están tranquilas, yo también. 

Cuando los problemas no se atienden a tiempo

Cuando los problemas no se atienden a tiempo, se solucionan sólos. Claro, la solución no es la óptima. Eso es la evidencia de la incapacidad de quienes deben administrar un problema y gestionar un camino que lleve a una respuesta de arreglo. Pero, cuando el gato se queda pasmado, el raton hace fiesta, se burla, llega al lugar principal, se sienta en la cabecera, se come el banquete y le provoca dolor de estómago y nauseas a todo el mundo.

Miren al Presidente de los Estados Unidos, un ratón gordo, torpe y viejo que corrió frente al gato republicano que no lo supo parar a tiempo, que no detuvo su marcha —sea porque lo desestimó o porque no supo pararlo— y ahora vemos a un perfecto incapaz que no sabe gestionar emergencias. No sabe que hacer frente a una crisis natural, insulta a los damnificados de Puerto Rico, les dice que salen muy caros; en Las Vegas se niega a hablar de la regulación de la poseción de armas; expulsa a los dreamers, se obsesiona con el Obamacare, propone muros, acaba con tratados y no sabe que hacer con la amenaza nuclear de un asiático. El mundo no deja de preguntarse cómo fue que este hombre llegó ahí. Facil, nadie hizo el trabajo de pararlo a tiempo.

Algo similar sucede con la crisis catalana. Puigdemont corrió alegremente con un discurso populista, patriotero y agresivo, mientras Mariano Rajoy lo veía crecer sin hacer nada. Pudo orientarse al diálogo, no lo hizo. Pudo haberlo mandado detener porque estaba convocando a la ilegalidad y perpetrando alta traición, tampoco lo hizo. Dejó que el vaso se llenara a tal nivel que se desbordó. Corrió sangre. Se fisuró el Estado Español. Perdieron todos. El Rey intervino tarde. Pudo haberse pronunciado antes. Perdió esa oportunidad.

Ahora, tenemos a un par de ratones responsables de crisis que traspasan los límites de sus fronteras. El daño que causa Trump alcanza a propios y a extraños. Sus estragos son de amplio espectro y de largo plazo. Nos parece una eternidad el momento en que lo saquen de la Casa Blanca. Lo de Puigdemont apenas empieza y ya tiene a los europeos con la preocupación a tope. El mundo mira a estos sujetos y no logra entender cómo es que llegaron a donde están y se pregunta cuándo se van a aplacar. Pero, la pregunta principal es: ¿por qué no los pararon a tiempo?

La consecuencia es terrible: los muertos, los heridos no son escenografía. Me imgaino lo que pensarán estos dos ratones que estan sentados en la cabecera. Por las caras que se les ve, no están disfrutando el banquete. Parece que a ellos también les duele la panza. Pero ninguno de los dos sabe como parar, no entienden como bajarse del problema que causaron. Lo malo es que nadie quiere agarrarlos de las orejas, darles una sacudida de nalgadas y ponerlos a reflexionar en un rincón.

Ojalá alguien se atreviera. 

La estupefacción en Puerto Rico

En Puerto Rico se va de la inquietud a la incredulidad. Esto de ser un Estado Libre Asociado los deja con una brecha de identidad terrible. Situados en el medio de ser o no ser parte de la nación más poderosa del mundo, con algo que no se entiende muy bien como la definición de ser un territorio con autogobierno cuyos habitantes viajan al extranjero con pasaporte estadounidense, viven hoy uno de los abandonados más graves de la Historia.

Desde Washington, se les percibe lejos. Son una isla rodeada de agua, dijo el Presidente Trump mostrando los niveles de sabiduría que siempre le han caracterizado, pero dando cuenta de la gran grieta que separa a los habitantes de la Casa Blanca y a los puertorriqueños que hoy parecen mas latinos que otra cosa. Por allá, no les gusta el acento en español y se les olvida que Puerto Rico  forma parte de la nación. Qué los ayuden los que están cerca. 

Tan distantes son percibidos que si un huracán los devasta, no encuentran forma de auxiliarlos rápidamente. Han de creer que, como están tan cerca de Haití y de Dominicana, son más hermanos de estos que de aquellos. Puerto Rico se ve tan fuera de la mirada estadounidense, tan poco enfocada por la gente en Washington, tan apartado de Capitol Hill, tan separados de su madre patria continental que los dejan a su suerte mientras se entretienen con temas deportivos que les resultan más urgentes.

¡Qué desilusión deben sentir en Puerto Rico! Borinquen, la tierra del Edén, la Preciosa te llaman los bardos que cantan tu historia. No importa el tirano te trate con negra maldad. Nunca la música pudo encontrar mejores palabras para expresar el sentir isleño. Porque, como cantan en el Caribe, como los propios puerto riqueños sienten en la letra de su segundo himno: Porque ahora es que comprendo, Porque ahora es que comprendo,Que aunque pase lo que pase, Yo serepuertorriqueño, Yo seré puertorriqueño, Por donde quiera que ande, ooohhh,Por que lo llevo en la sangre, Por herencia de mis padres,Y con orgullo repito:Yo te quiero Puerto Rico…Yo te quiero PuertoRico,  Y por eso es que me nace hoy, Dedicarle este canto, A ese noble jibarito Raphael, Y a mi isla del encanto.

Pero, en el lejano continente esos ritmos no resuenan ni significan gran cosa. Es muy triste ver como los latinos nos condolemos con la angustia hermana, mientras la tierra que les da nacionalidad los ignora desde una posición en la que se deshonra un compromiso. Duele ver al gobernador pidiendo ayuda, indigna ver a la alcaldesa de San Juan suplicando atención y atestiguar como la que ellos pensaron que seria su patria, hoy les voltea la cara y los deja a su suerte.


 

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