La visita de Trump

Hoy, Donald Trump como presidente de Estados Unidos visitará Dayton y El Paso. Lo hará, dicen, como jefe de estado. Irá a dar el pésame a las familias que perdieron a los suyos, rezará con las víctimas, los acompañará en el dolor. Se hará acompañar por su esposa. Buena suerte.

La tarea se ve difícil, incluso para para él que es un hombre de espectáculo acostumbrado a mover emociones. Trump sabe conmover a la gente, pero, a decir verdad, lo hemos visto arengado odio y a partir de ello generando simpatía y fanatismo. ¿Podrá convencer de que va en buena lid, que sus intenciones son buenas, que no cree que los mexicanos —es decir, los latinos— son malos hombres y todas las ofensas que ha vociferado? Dirá que eso de Shoot them! era lenguaje figurado.

Qué difícil será para Trump este día. Si vence este reto pasará de ser un cómico a ser un estadista. Es un salto mortal con un alto riesgo en su desempeño. La verdad, no se le ven tamaños. Aunque, el hombre puede sorprender. Sin embargo, su pasado lo atestigua y sus palabras lo acompañan.

El hombre es un bully, un narcisista, un supremacista blanco, un tipo que hizo de la ignorancia su mejor cantera y, si bien lo disparó ni jaló el gatillo, si pidió que alguien lo hiciera. Los habitantes de Dayton y de El Paso tendrán que hacer acopio de generosidad y valentía para recibirlo y no perder el control.

Ni hablar, ¿veremos a Donald Trump pedir perdón? Ojalá. No quiero ni pensar lo que sienten todos los latinos que se deslumbraron con el show de este sujeto. ¿Seguirán adorándolo? Todo puede ser. Pero el que juega con fuego de puede quemar y este hombre está chamuscado.

El odio como seña de identidad

Sería fácil hablar de la terrible actitud de odio que el Presidente Trump ha adoptado para ganar elecciones, generar voto y construir una cantera de adoradores. Pero, dadas las circunstancias, sería mezquino. El atentado en El Paso, Texas estuvo a horas de distancia del de Dayton, Ohio. Pero, tampoco está alejado de lo que sucedió en Nueva Zelanda, en Niza, en Barcelona o en Sandy Hook. El odio es un hilo comunicante que esta presente.

Muchas voces se elevan para señalar que este ha sido el atentado en el que ha habido más mexicanos muertos. A mí ese dato me parece irrelevante, estamos hablando de vidas humanas que se apagaron por una bala, de gente inocente que fue a hacer la compra y la asesinaron por el simple hecho de estar ahí. Al hacer esos señalamientos vamos en sentido contrario, hay que condenar la muerte, independientemente de la raza de quien perdió la vida para no caer en aquello que criticamos con dolor. Las autoridades aún no revelan la identidad de las víctimas. Pero, se sabe que hay una nena de 10 años.

El odio a los hispanos es terrible y sus consecuencias ponen a temblar. Igual que el odio a los judíos, a los de raza negra, a los gitanos, a los indios, a los musulmanes, a los que no son como yo. Las declaraciones xenófobas han traído consecuencias. Los candidatos que azuzan el odio han conseguido popularidad y han ganado elecciones, pero ¿se sentirán responsables por estos atentados? Parece difícil que alguien se atribuya influencia en hechos tan delicados. Sacarán las manos, esconderán el brazo qué lanzó la piedra, silbarán su disimulo mientras otros lloran la desgracia.

Pero, criticar a la distancia es tan sencillo. Buscar qué es lo que estamos haciendo mal, complica el día de cualquiera. Patrick Cruisus, el asesino de El Paso, era un solitario aficionado a la informática, presuntamente víctima de acoso escolar. Un tipo de carácter explosivo que en su confusión de valores, creyó estar actuando como héroe defendiendo a su país. Pero, el tipo perdió, según expresaba en sus redes sociales, que había perdido el sentido de la vida.

El odio trae esas consecuencias: amargura y destrucción. Le hemos dado la espalda al amor, a la caridad, a la esperanza y a la fe. Los episodios sangrientos han sido perpetrados en su mayoría por jóvenes que expresaron un gran vacío en la vida. Los vecinos de Patrick Crusius no sabían que él vivía ahí porque no interactuaba con nadie. Se marinaba solo en el odio de alta intensidad y en el hueco de su ocio. Se sumió en n el abismo de su oscuridad.

Ned Peppers, Dayton, Ohio

No ha pasado un día y ya hay otro atentado. Todavía nos estamos sacudiendo por los temblores que nos causa pensar lo que sucedió en el Wal-Mart de El Paso, Texas cuando nos enteramos de que diez personas más murieron en un tiroteo en las inmediaciones del Bar Ned Peppers en la ciudad de Dayton, Ohio. Parece que la crueldad no tiene fin y que la razón no quiere casarse con la posibilidad de parar el derramamiento de sangre.

La razón es terrible: vender armas es un buen negocio. El propio Sam Walton defendió su derecho a poner a la venta pistolas y rifles diciendo que se trataba de proveer suministros a quienes se dedican a la caza deportiva, que él mismo practicaba. Muchos sostienen que una bala es parte de la identidad de un estadounidense y defiende la libertad de poder comprarlas hasta en el súper. No veo cómo puede ser un deporte matar a un animal con un rifle automático o con una pistola automática que avientan lluvias de balas por segundo. Eso es divertirse masacrando.

Y, entre tanto, los atentados siguen y siguen, las cifras se elevan y la sangre sigue corriendo. En los Estados Unidos, la cifra actualizada al momento es de 1195 personas asesinadas en este tipo de atentados, de ellos 119 eran niños y adolescentes. La víctima de más edad fue una mujer de 92 años, Louse De Kier que recibió un disparo en Carthage, N.C. El más joven fue un bebé de ocho meses, Carlos Reyes que murió en el atentado de San Ysidro, California. Se han utilizado 315 armas y 175 de las que usaron estos tiradores fueron compradas en forma legal.

Las masacres han ocurrido en lugares como escuelas, restaurantes, bares, oficinas, cines, espacios de oración. Estos atentados traen como resultado muerte, dolor, heridas y cicatrices con las que la sociedad debe lidiar. Familias que pierden a uno de sus integrantes, inocentes que quedan mutilados, gente que tuvo la mala suerte de estar en el peor lugar en el momento inadecuado.

Y, las cifras siguen creciendo, a veces, con menos de veinticuatro horas de diferencia. El Paso y Dayton están de luto y eso no es por un deportista, es porque un asesino tuvo acceso a un arma.

Ahora, El Paso

Una vez más, sucedió. La ciudad fronteriza de El Paso, Texas tuvo uno de los días más amargos de su historia. La cotidianidad se interrumpió en el momento en que un hombre empezó a tirar balazos a la gente que hacía el súper el sábado por la mañana.

Pasó que sin razón aparente, un joven decidió acribillar a parroquianos mientras hacían la compra. Veinte personas muertas y hay otras veinte heridas, por lo menos. Fue en una sucursal de Wal-Mart una tienda que vende armas y que ha defendido el derecho que tienen de hacerlo.

No está claro de dónde sacó el tirador el arma que usó por la mañana. Pero, Sam Walton siempre de declaró a favor de la venta de armas con fines deportivos. Él mismo era un cazador y el actual director general de la compañía, Doug McMillon insiste en atender las necesidades de gente que busca una pistola o un rifle para actividades deportivas.

Ahora, le tocó a El Paso. Pero, si el tema de la venta de armas sigue el mismo curso, ¿cómo se podrán evitar este tipo de atentados cobardes? Es triste pensar en personas que fueron a comprar las cosas que necesitaban para la semana y en vez de fruta y verdura se toparon con una bala.

La responsabilidad social de las empresas no puede soslayar la pertinencia de seguir haciendo negocios que ponen en riesgo a la sociedad. Le tocó a El Paso, una ciudad texana. El atentado se perpetró en un estado que ama las armas en una compañía que vende pistolas y rifles. La desgracia cayó, ¿qué vendrá después?

Necear

Parece que las necedades en el mundo tienen víctimas, pero los necios siguen ya que los victimarios no las padecen, al menos no en primera instancia. Sin embargo, la obstinación es un escupitajo que se lanza al cielo y la ley de gravedad no se puede modificar. Las cosas caen por su propio peso. El muro atrapa a Trump, las andanzas de Maduro lo condenan al aislamiento, la crisis política de Nicaragua hunde la economía, el Reino Unido pasa aceite con el Brexit y en México a pocos días de iniciado el mandato de López Obrador vemos que las buenas intenciones no bastan.

Las necedades terminan siendo un asunto central y un signo que lastima a los ciudadanos. En Venezuela no se cuenta con el apoyo del grupo de Lima y México se acoge al principio de no intervención para no firmar la condena a los hechos de Maduro. Tal vez, por lo mismo, Mexico guarda silencio ante la crisis nicaragüense que tiene a tantos ciudadanos huyendo en busca de algo mejor, muchos están viviendo en situaciones terribles en la frontera, mientras esperan entrar a los Estados Unidos. Con el tema del muro, Trump se desespera e insulta, acá el silencio de la administración y la templanza del Canciller Ebrard empieza a ser incómodo.

La gente no sólo no está contenta, sino que sufre. Los venezolanos, los nicaragüenses, los hondureños y muchos mexicanos padecen las necedades de sus mandatarios. Necear es una muestra de que se está acabando el margen de maniobra. Las seducciones que se lograron a base de espejismos no pueden durar toda la vida y llega el momento de darse cuenta.

Necear también es signo de falta de pericia. Es ver que alguien llegó a un callejón sin salida y ya se paralizó, no ve opciones, no aprecia alternativa, no tiene otro plan. En Gran Bretaña el Parlamento acorrala a May, Trump tiene cerrada la administración de su país, Maduro recibe condenas mundiales… Hay que entender que no hay capital político que alcance frente a un necio y nadie deja de ver sus afectaciones por más cariño que un político carismático lo intente.

Sin entender al mundo

Me queda claro: si quisiera dedicarme a adivinar el futuro del mundo, me moriría de hambre. Últimamente, cuando yo creo que algo va a pasar, pasa totalmente lo contrario. Según yo, no había posibilidad alguna de que el Brexit ganara y desde entonces a la fecha, no doy una.

Por supuesto, jamás imaginé un mundo en el que Trump llegara a la presidencia, ni en el que un personaje como Bolsonaro ganara las elecciones, o que una encuesta sin pies ni cabeza pudiera tener un efecto vinculatorio con una de las obras de infraestructura más importantes para México. A veces creo que esto es una pesadilla que me busqué por cenar demasiado.

Y, aquí estamos, atestiguando como muchos votaron alegremente por parar un proyecto que va a costar un dineral detener. Dineral que vamos a pagar cada uno de los mexicanos, porque esto no va a salir de los bolsillos de los políticos a los que se les ocurrió que era una buena idea eso de preguntarle al pueblo sabio si Texcoco o Santa Lucía, pero al que nada se le preguntará sobre trenes ni sobre otros proyectos.

Los mercados se ponen nerviosos y eso sí que lo entiendo. No comprendo a tanta gente que me parece razonable y bien intencionada que está feliz mientras el peso se desliza y las variables económicas rechinan. No hay peor tonto que el que no quiere entender.

A mí me gustaría entender.

No lo logro. No entiendo cómo los seguidores de Trump lo aman cuando ven el tipo de persona que es. No comprendo que los votantes sufraguen a favor de alguien con las características de Bolsonaro al que le encanta agitar el avispero. No veo porque acabar con una obra necesaria que va adelantada y que detenerla y relocalizarla va a salir caro y con resultados peores.

Hay errores que cuestan y no entender al mundo es uno de ellos. Ni modo que quien va a contracorriente tenga la razón. Me duele no entender. Me abruma lo que veo. Me desespera asomarme al mundo y no saberlo interpretar.

¿Por encima de la ley?

La editorial de la revista The Economist nos plantea está pregunta respecto al presidente de los Estados Unidos ¿puede estar por encima de la ley? Los recientes acontecimientos que revelan las fechorías de Paul Manafort, su exjefe de campaña y de Michael Cohen, su antiguo abogado nos llevan a esta reflexión. Que estos señores hayan sido encontrados culpables de las acusaciones que enfrentaban no sorprende a casi nadie. Aunque la presunción de inocencia debe prevalecer, también es claro que si huele a estiercol, se oyen mugidos y sale leche, por ahí hay una vaca.

El predicamento en el que se encuentra el presidente Trump no se resuelve con declaraciones flamígeras ni con actitudes cínicas. La pregunta que el pueblo norteamericano se debe plantear es si algún ciudadano puede estar por encima de la ley. La fidelidad de sus huestes le alcanzará para torcer la ley, hacerla moño y seguir apoyando a un sujeto que claramente da evidencias de no tener respeto por las regulaciones.

El problema, según The Economist, no es legal, es político. Sin embargo, me parece que el meollo del asunto tiene que ver con la confianza que el pueblo estadounidense tiene y puede perder en la persona que dirige sus destinos. Es vergonzoso ver al habitante de la Casa Blanca dar este tipo de espectáculos. Siempre supimos que esa era la arena en la que Trump se desempeñaba. Pero, ¿será que los estadounidenses quieren un payaso que no respeta la ley para seguirlos representando?

¿Quién puede estar por encima de la ley? Esto es lo que nuestros vecinos deberán empezarse a preguntar.

(The Economist, 25/08/2018)

El imperio del cinismo

Parece que en este mundo, para sobrevivir hay que ser un cínico. Ejemplos sobran, pero hay tres que me tienen pasmada. Los dos primeros me indignan, el tercero me duele.

Ver a Donald Trump evidenciado por sus amigos Cohen y Manafort me dice que no hay nada nuevo bajo el sol. Ya sabíamos que los chismes que corrían por ahi eran ciertos, que Stormy Daniels era una realidad y que el presidente de los Estados Unidos es un cínico redomado con la suerte de tener una base fiel que lo apoya a pesar de las vergüenzas a las que los somete. Lo que pasa es que una cosa es el rumor y otra es la certeza. Uno creería que en esta condición la figura de semejante personaje se debilitaría, no obstante, lo vemos sonreír como si nada y seguir con la misma actitud.

El caso de Elba Esther Gordillo, una mujer que llevaba un nivel de gastos que dejaría pálido a los reyes absolutistas. Una maestra que compraba joyas que le habrían resuelto la vida a una sección entera de profesores, regresa aclamada por sus huestes como si fuera una nueva versión de Ulises. No hay ni memoria ni lógica en el sinsentido de ver a un personaje así vitoreado por masas. Hierve la sangre frente a esa sonrisa. Pero, ahora hasta nos dicen que estuvo presa por cuestiones políticas. Me imagino que nos subestiman a tal nivel como para decirnos semejantes cosas y pensar que nuestra ingenuidad no tiene límites. ¿Tendrán razón?

El tercero duele, es el caso de los sacerdotes pederastas y el código de silencio con el que se protegieron para seguir haciendo el mal. Duele porque quienes debieron hacer el bien optaron por el camino del mal. Escondieron su hocino de lobos detrás de una sotana manchando con sus porquerías una institución que reúne a gente que buscamos el bien. Los católicos no nos merecemos este tipo de cinismo en el centro de nuestra Iglesia, no debiéramos ser embarrados por semejante oprobio, ni queremos proteger a monstruos que dañan a los más desvalidos. De eso no se trata el amor de Dios.

Es horrible que a curas, a maestros y a gobernantes se les encuentre un hilo de semejanza tan espantoso. Son cínicos que hacen sus porquerías y esperan a que sus fieles los salven a pesar de sus espantosas fallas.

¿Qué pasó con la decencia y el lenguaje?

El lenguaje es una seña de identidad, lo que hablamos también habla por nosotros. El que usa un lenguaje técnico revela la profesión que ejerce, el que elige palabras complicadas revela una personalidad compleja, quien prefiere la sencillez del mensaje nos deja ver a una persona práctica. ¿Qué pasa cuando el lenguaje es procaz, grosero, que insulta? Pues, en la misma línea de pensamiento, podemos entender que así son las personas.

El lenguaje es el reflejo de quienes somos, por lo tanto, es muy importante elegir adecuadamente el vocabulario con el que nos queremos expresar. Si descuidamos las palabras estamos revelando que somos personas despreocupadas y eso tarde o temprano puede convertirse en un evento similar a escupir al cielo.

El uso de las palabras no es un tema menor. Tristemente, en el mundo hay una tendencia creciente que marca el desaseo del lenguaje. Decir groserías, utilizar palabras altisonantes, expresarse con vulgaridad pareciera ser un hecho que ya a pocos sorprende. En aulas de estudio, en espacios universitarios, en ambientes profesionales el lenguaje padece el descuido a diario. Es tan fácil decir palabras que suenan mal en momentos en el que nos sentimos cómodos o que estamos muy irritados.

Estamos perdiendo la costumbre de usar un lenguaje decente.

En la cotidianidad, desde que amanece hasta que anochece, lo usual es escuchar majaderías. Al salir de casa en el trayecto al gimnasio, la gente va mascullando groserías y lanzando majaderías al que se le atravesó, al que no le dio el paso y hasta al que lo saludó. En el gimnasio es muy frecuente escuchar a entrenadores animar a sus pupilos a base de peladeces y palabras ofensivas: échale gorda, muévete marrana son parte del argot cotidiano que muchos de los que están ejercicios ya han asimilado como normales. En los pasillos de la universidad, los muchachos se hablan con palabras poco educadas y de repente uno se pregunta si está en una casa de estudio o en un billar.

Inclusive, en programas de televisión y de radio el lenguaje se ha vulgarizado en forma alarmante. En horarios familiares escuchamos palabras que antes se reservaban al espacio de adultos y los cómicos se creen muy graciosos cuando se expresan con groserías.

Todo esto podría parecer algo pasado de moda o un discurso de púlpito que se escuchaba en el siglo pasado. No obstante, mi lucha ha sido por componer el lenguaje y adaptarlo a los ambientes en los que nos encontramos. Debemos de elegir las palabras precisas, no hay palabras malditas pero para todo hay un uso correcto y un lugar para ejercerlo.

Por eso, ayer que escuché a Chris Cuomo en CNN hacer un panegírico sobre la decencia del lenguaje, no pude más que ponerme feliz. Cuomo sostiene y estoy de acuerdo que quien usa un lenguaje grosero y vulgar muestra la pobreza de sus argumentos y la falta de ideas. Se refería al tema de Donald Trump ofendiendo a Omorosa, una afroamericana que trabajó en la Casa Blanca y que está publicando un libro muy oportunista para criticar al Presidente de los Estados Unidos. El debate entre Trump y Omorosa no es de mi interés porque son tal para cual, lo que llamó mi atención fue precisamente la caída precipitosa que se ha dado en el lenguaje que se utiliza desde el poder ejecutivo de una nación de la talla de los Estados Unidos.

Es lamentable ver como un hombre de estado elige tan mal las palabras, cuando en otros tiempos otro líder mundial, Winston Churchill, ganó un Premio Nobel de Literatura por sus discursos. En fin, no hay punto de comparación. Pero, el efecto del lenguaje de Trump se ve en la forma en la que se eligen las palabras para expresarnos a diario. Sería tan bueno volver a aplicar la decencia en el lenguaje. Creo que es una forma fácil de empezar a resolver tanta violencia y agresividad que padece el mundo en estos momentos.

El lenguaje decente nos muestra como personas cuidadosas que buscamos expresarnos en forma ordenada, coherente y minuciosa, haciendo un análisis del vocabulario que queremos utilizar. El lenguaje debe ser una herramienta que nos ayude a mostrar preparación, seguridad, calidad y firmeza en las ideas.

La basura que va dejando Trump

Me sorprendió que un taxista en Bruselas me dijera con tanta precisión las palabras que resumen el sentimiento de Europa tiene por el presidente de Estados Unidos, Trump es una persona sucia que va dejando basura tras de sí.

Efectivamente, Donald Trump estaba en Bruselas y la ciudad era un caos. La capital de Europa, acostumbrada a recibir y atender mandatarios no podía creer el desquiciamiento causado por una persona. Todo bloqueado, calles cerradas, trabas para pasar de un lado al otro, templetes grandilocuentes para desplegar la presencia del tipo por el que la gente salió a mostrar repudio.

En público, fue grosero. Fue agresivo con sus anfitriones, pasa y como dicen que sucedía con Atila, va secando el terreno que pisa. En Londres no lo quieren recibir. Hay una alerta para los ciudadanos americanos, deben ser discretos, temen agresiones de los locales. Podrían desquitarse con los civiles por lo que hace su presidente.

Esa es la basura que Trump va dejando a su paso, que triste será ser recordado así, que pena me dan los estadounidenses que son representados por un personaje de esta talla.

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