Inconcebible (la serie)

Inconcebible es una serie de Netflix que está causando euforia y cómo no. Atrapa desde el comienzo y sus ocho capítulos se dejan ver rápido. Aunque no se quiere parar de ver, el nudo en la garganta se va convirtiendo en un bulto pesado y amargo que crece junto con la indignación. Deberíamos de ver más contenidos así.

Toni Colette y Merrit Wever interpretan una pareja de policías que trabajan juntas por casualidad. Protagonizan una serie de ocho capítulos en los que nos cuentan el drama múltiple que padecen las víctimas de violación. Kaitlyn Dever protagoniza a Marie Adler, un personaje entrañable con una historia desgarradora y lamentablemente, basada en la realidad.

Es muy triste, pero tal como lo dice alguno de los diálogos: es inconcebible que si denuncias un robo, o un fraude, nadie pone en tela de juicio tu palabra, pero si denuncias una violación, siempre se generan suspicacias. Habrá muchos que prefieran no creer, que busquen echarle tierra al asunto y que deseen hablar de algo mas.

Es inconcebible, dejamos solas a las víctimas, las abandonamos y como si el;abuso sufrido no fuera suficiente, tienen que lidiar con ese ambiente en el que no hay compasión ni empatía ni nada para aliviar el dolor a una hija, una amiga, una víctima. Pero, dos detectives, dos mujeres que quieren ir al fondo y capturar a un maldito violador en serie.

Vale la pena indignarnos, permitir que los pelos se nos pongan de punta y que tengamos a oportunidad experimentar desde la distancia lo que mujeres inocentes tiene que padecer luego de ser abusadas. Es doble abuso o triple:el que les inflinge el criminal, el descuido de las autoridades y la indiferencia de la sociedad.

La recompensa de llegar al final (Serotonina, Michel Houllebec)

Serotonina,

Michel Houllebecq,

Anagrama, México (2019)

Serotinina es un libro feroz al que hay que tenerle paciencia y que requiere tenerle mucha fe al autor que premia al lector perseverante. Serotonina nos muestra la facilidad con la que el Hombre se puede degradar hasta llegar al grado de la desintegración. Describe milimétricamente como una persona puede llegar a ser tan poco como para no dejar rastro de su paso por la tierra. En fin, como alguien puede caer tanto en las sombras que para ser feliz tiene que tomarse una pastilla. A Michel Houellebecq hay que leerlo con cuidado, quiero decir, con precaución. Es un autor que no tiene empacho en sacarnos de nuestra zona de confort y nos lleva a experimentar la incomodidad y el disgusto que nos llega por todos lados.

Por supuesto, a Houellebecq lo tienen sin cuidado lo políticamente correcto, la falta de pudor, la crueldad, el tono cínico y una lista infinita con la que dota a sus personajes a los que somete igual que a sus novelas para luego darnos un toque que todo lo reivindica. Serotonina es una novela que requiere de muchas características para ser leída. Necesita a un lector paciente, atento y que llegue con el corazón abierto. De otra forma, se corre el riesgo de mandar a volar el libro por los cielos, estrellarlo contra la pared teniendo como castigo irremediable el premio que gana quien enfrentó el libro con paciencia ilimitada. Sí, la recompensa se prepara desde las últimas páginas y se entrega en la frase final.

Houellebecq no se traiciona, sigue fiel a sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño para ir siempre más allá en su negrura, en su pesimismo, en sus provocaciones. La Francia del esplendor, el París que bien valía una misa pasan al paredón de la crítica. Exhibe sin pudor la miseria afectiva contemporánea hija de la frivolidad que se viste con distintos disfraces y que tiene una condena terrible de soledad y falta de sentido.

En Serotonina conocemos al depresivo Florent-Claude Labrouste un hombre cuya voz narrativa se escucha mucho más vieja que la de la edad del personaje, cuarenta y seis años al que vemos emprender una especie de ceremonia de desintegración personal que emprende el camino de los adioses. El protagonista va rememorando, e incluso provocando reencuentros, con las mujeres del pasado —las pocas que lo hicieron feliz—, así como con el único amigo que tuvo. Inicia una especie de recorrido que el autor denomina como turismo de la memoria.

La novela arranca con un tono que arranca risas y se va oscureciendo a lo largo de las páginas. Nos mete a la habitación de un hombre—el protagonista— con insomnio que despierta hacia las cinco de la mañana y nos cuenta la forma en que arranca el día:

“No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado mi primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo”. (p. 7)

De entrada, el narrador que es el protagonista nos dice que:

“De la sociedad en general no he conseguido nada, en este sentido, como en casi todos los demás me he dejado llevar por las circunstancias dando prueba de mi incapacidad para gobernar mi propia vida… Dios había decidido por mí” (p.9)

Y, a lo largo de toda la novela, Houllebecq nos lleva en una especie de vaivén oscilatorio entre la bondad y la inteligencia, la sociedad y la soledad, la juventud y la decrepitud, el amor y la desesperanza.

“La palabra juventud, esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad” (p. 81)

“Y, yo sabía que ella paladeaba a cada segundo esta dicha accesible a las clases medias altas, para mí era distinto, yo ya había tenido acceso a esa clase de hoteles de aquella categoría” (p. 36)

Su único amigo, un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos que están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia y que utiliza como medios para criticar los avances de la globalización sin que el libre comercio pueda garantizar una distribución de la riqueza equitativa ni la destrucción de tradiciones locales.

“¿Y acaso los quesos normandos se benefician suficientemente de este turismo de la memoria?” (p. 93)

Entonces, como esa serotonina que le dicen es la hormona de la felicidad que le ha sido recetada, Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido y la terrible desesperanza en que se va sumiendo conforme avanza en su recorrido, dados los acontecimientos.

“Está claro: ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica a ella misma un mecanismo de desdicha y le da cuerda y luego, el mecanismo sigue girando ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades, cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo.” (p. 181)

Vamos leyendo como el protagonista va diciendo una serie de adioses. Y, mientras se despide de su sexualidad, de su higiene, de su interés por la vida, Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados. La crudeza de la degradación es el pretexto para poner el dedo en la llaga de la actual política francesa. Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos».

“Nadie dejaba de subrayar hasta qué punto había que comprender la angustia  y la cólera de los agricultores y en particular de los ganaderos” (p. 214)

En ocasiones, Houellebecq se vale de su protagonista para señalar este regusto a lo intercambiable de la política actual francesa —que bien aplica a la de cualquier lugar del mundo—: «Confundía siempre “La République en Marche” y “La France Insoumise”, de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon. Y, vemos al protagonista ahuyentado, sin dar tregua, a la esperanza de alcanzar una vida posible.

Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado:

“Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo” (p. 234)

Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe». Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando nos toma de las solapas y nos agita al leer Serotonina. Houellebecq  es un autor que,  desde luego, nunca deja indiferente. Nos ametralla como una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los obstáculos de los prejuicios. Sin duda, Serotonina no es para cualquier lector

En «Serotonina», su nueva demolición emprendida contra los vicios de nuestras sociedades hiperindividualistas, un progreso que dota de un bienestar más ficticio que nunca, embarcadas en un adelanto programado y un cínico camino hacia su autodestrucción, a mitad de la obra aparecen temas reivindicativos: grupos descontrolados de agricultores y ganaderos que se enfrentan de forma violenta, con armas y cortes de carreteras, a las imposiciones y salvajes cuotas llegadas desde una insensible Bruselas.  Algo que acabará previsiblemente con lo que había sido la forma de vida ya arraigada para un importante pilar de la nación, de Francia: el antaño próspero campo francés, hoy arruinado, endeudado y con altas tasas de suicidio.

Pero, justo cuando pensamos que Houellebecq ya no dará para más, cuando creemos que para Serotonina ya no hay más que exigir, con una proporción aurea perfecta, a partir de la página doscientos treinta y cuatro, la narración se acelera y el pespunte que nos había dejado ver desde la página 8 de la novela se confirma contundente en el último renglón que no hay que dejar de leer. Un lector atento que llegue a estas letras con el corazón abierto y que haya mostrado la perseverancia de llegar al final podrá estremecerse e incluso llorar con un final que, a mí, me parece magistral.

 

Sin entender al mundo

Me queda claro: si quisiera dedicarme a adivinar el futuro del mundo, me moriría de hambre. Últimamente, cuando yo creo que algo va a pasar, pasa totalmente lo contrario. Según yo, no había posibilidad alguna de que el Brexit ganara y desde entonces a la fecha, no doy una.

Por supuesto, jamás imaginé un mundo en el que Trump llegara a la presidencia, ni en el que un personaje como Bolsonaro ganara las elecciones, o que una encuesta sin pies ni cabeza pudiera tener un efecto vinculatorio con una de las obras de infraestructura más importantes para México. A veces creo que esto es una pesadilla que me busqué por cenar demasiado.

Y, aquí estamos, atestiguando como muchos votaron alegremente por parar un proyecto que va a costar un dineral detener. Dineral que vamos a pagar cada uno de los mexicanos, porque esto no va a salir de los bolsillos de los políticos a los que se les ocurrió que era una buena idea eso de preguntarle al pueblo sabio si Texcoco o Santa Lucía, pero al que nada se le preguntará sobre trenes ni sobre otros proyectos.

Los mercados se ponen nerviosos y eso sí que lo entiendo. No comprendo a tanta gente que me parece razonable y bien intencionada que está feliz mientras el peso se desliza y las variables económicas rechinan. No hay peor tonto que el que no quiere entender.

A mí me gustaría entender.

No lo logro. No entiendo cómo los seguidores de Trump lo aman cuando ven el tipo de persona que es. No comprendo que los votantes sufraguen a favor de alguien con las características de Bolsonaro al que le encanta agitar el avispero. No veo porque acabar con una obra necesaria que va adelantada y que detenerla y relocalizarla va a salir caro y con resultados peores.

Hay errores que cuestan y no entender al mundo es uno de ellos. Ni modo que quien va a contracorriente tenga la razón. Me duele no entender. Me abruma lo que veo. Me desespera asomarme al mundo y no saberlo interpretar.

Irrupción en la intimidad (Spring, Karl Ove Knausgaard)

Spring

Karl Ove Knausgaard

 (Traducción, Ingvild Burkey, Ilustraciones Anna Bjerger)

Penguin Press, 2016, U.S.A.

Desgarrar la protección que te da la cortina de intimidad es una decisión autoral complicada. Por un lado, muchos conocen tu cotidianidad y eso de la vida diaria no siempre es luminoso ni perfecto; y por otro lado qué se hace con una tristeza tan profunda, con una situación que te desgarra el alma. Escribir es una forma de catarsis, especialmente cuando eres un escritor en serio de la talla de Karl Ove Knausgaard. Sin embargo, eso de quedar expuesto es duro. Claro, eso de generar utilidades cuando tu propia tragedia está bien escrita puede ser tentador.

Spring es la novela con la que Karl Ove Knausgaard decide regresar al oficio. Después de haber escrito el último volumen de Mi lucha, una saga de 6 libros, cuya última frase fue: Ya no soy escritor, regresa con otra serie continuada de cuatro libros que están titulados conforme a las estaciones del año. El tema es, como el lo denomina, la enfermedad de una familia.

La novela nos hace saber que se trata de una epístola para su hija que aún no ha nacido pero que ya nació. Vemos al narrador, protagonista, que también es el escritor, como un padre muy presente y muy comprometido con sus cuatro hijos. Lo acompañamos a darle la mamila a una bebita recién nacida lo mismo que cuando mete la ropa a lavar a la lavadora, lo vemos recoger la casa, lavar los trastes, llevar a los niños a la escuela, prepararles el desayuno, ponerles la pijama. Nos muestra una cotidianidad bucólica, en una casa en el medio un bosque en el que los vecinos están lejos y se necesita coche para llegar a cualquier lado.

“La vida que vivo está separada de ti por un abismo. Está lleno de conflictos, deberes, cosas que no han sido atendidas… y en una corriente continua donde casi nada se detiene pero todo está en movimiento. [1]

El lenguaje es preciso y las palabras que se seleccionaron fueron para tomar al tiempo por las manecillas y ralentizarlo. La traducción del noruego es fiel a esa forma en que Ove Knausgaard hace que los segundos se arrastren a lo largo de la narración. Las descripciones nos recuerdan al realismo francés de Balzac, muy al estilo de Eugenie Grandet. Todo parece ser como una tacita de porcelana, no obstante, tanta perfección nos hace sospechar y el lector tiene razones para la duda.

Spring nos pone frente a una familia de tres hijos justo cuando la pareja decide tener un cuarto. Estamos en la mente del narrador que disfruta de esa vida familiar, alejada de las grande metrópolis, que le acomoda vivir entre árboles y en contacto con la naturaleza ya que eso le acomoda para invocar a las musas. No se entiende bien a bien a qué hora escribe un padre que está tan ocupado de las tareas parentales. La mujer es una figura desdibujada que no se le ve. No se muestra mucho en la novela, aunque será la parte central y motivo de la anécdota en la que se centra la novela. Este libro se trata de la depresión de su mujer y las consecuencias de que la vida siga adelante aunque ella no pueda con ese ritmo.

“Era como si toda la energía de la casa estuviera siendo succionada hacia ella”[2] (p. 123)

La novela nos hace sentir el enojo y la frustración que tiene el protagonista alrededor de una situación en la que vemos que este padre de familia actúa prácticamente como si fuera un viudo, la presencia de la mujer es más bien una ausencia que causa una gran molestia.

“Obviamente, la gente se quedaba mirando, yo los dejaba mirar fijamente. Yo estaba en un lugar donde otras personas y sus opiniones no importaban. Después, los lamentos salvajes, la desesperación salvaje.” (p. 32)[3]

Y, efectivamente, a Karl Ove no le importa que miremos fijamente, le da lo mismo que el lector se entere de lo que está sucediendo en la intimidad de su casa, no tiene pudor frente a quien está leyendo y muestra a sus hijos jugando, a su esposa ausente, a un padre desbordado por las actividades diarias, la soledad de una familia que necesita ayuda y cuyo día a día pudiendo ser bello se descompone en una serie de cosas que se necesitan hacer para seguir viviendo y que parecen rebasar las capacidades familiares.

“Yo estaba harto de todos los susurros, toda la inmovilidad, la falta de iniciativa, la impotencia, el desvío de mirar a otro lado.” (p.106)[4]

La novela gira en torno a la reflexión de lo que es la depresión en uno de los miembros de la familia y de como los demás deben de seguir tirando, de como los demás debes seguir adelante y de como afecta las vidas de los otros integrantes de la familia. La vida sigue pero tiene repercusiones cuando alguien decide ponerse en pausa:

“La enfermedad tiene que hacer contigo no tomar responsabilidad por ti mismo. Cuando estás abajo, usted no asumes la responsabilidad sobre ti, cuando estás arriba, tampoco asumes la responsabilidad de tu persona” (p. 125)[5]

Spring nos deja claras las razones por las que el autor, narrador y protagonista está enojado con su mujer y con la decisión terrible que decide tomar cuando está embarazada de la niña a la que se dirige esta novela. Karl Ove nos dice que la intención es que su hija entienda lo que sucedía mientras los demás vivían el trance previo a su nacimiento y semanas después de que ella llegó a este mundo. Comparte la dureza y la crueldad que tiene que enfrentar un padre solo cuando sus hijos están tan pequeños. Contrasta con mucha habilidad la inocencia de los niños, sus ganas de jugar, de ver la tele, de salir al patio, con la oscuridad de su madre y la desesperación del padre. Contrasta los elementos de una vida casi perfecta con el infierno de una tristeza que llega y se instala sin que logremos entender bien a bien qué fue lo que la provocó. Nos enteraremos de forma tangencial, y el lector debe estar muy atento para no pasar desapercibidas las razones.

Belleza y terror, oscuridad cuando debe haber alegría, la vida de diario y sus secretos son el hilo narrativo que se entreteje en las páginas de Spring.

“La gran y aterradora belelza no nos abandona, está allí todo el tiempo, en todo lo que es siempre lo mismo, en el sol y las estrellas, en la hoguera, anuncio la oscuridad, en la alfombra azul de flores bajo el árbol” (p. 177) [6]

La novela llega en una traducción al inglés de Ingvild Burkey y con ilustraciones espléndidas de Anna Bjerger. La contracubierta tiene colores brillantes en los que se contrastan diferentes tonos de azules que se van degradando en contraste con ocres que se van oscureciendo y una niña que está acostada en la arena cerca de una playa. La novela se divide en tres partes y un epílogo.

Depués de leer Spring me queda claro que es un texto bien escrito que transmite sentimientos universales y esto le da un rango de Literatura que no se le puede regatear. Sin embargo, en otro nivel, no sé que tan válido es exponer tu vida a ese nivel, que tan necesario es dejar que los lectores se enteren de ese nivel de intimidad. Porque, todo cambia cuando sabes que los personajes son reales, que no es ficción, que todo lo que lees —novelado o no— verdaderamente sucedió. ¿Qué necesidad hay de narrar y dejar tan expuesta a una mujer que se obnubiló por la tristeza? No lo sé. Al terminar de leer, queda una especie de desarmonía que me hace reflexionar su una pluma tiene derecho a desgarrar tanto. Insisto, no lo sé.

[1] The life that I live is separated of You by an abyss. It is full of conflicts, duties, things that have not been answered… and in a continuous stream where almost nothing stops but everything is moving.

[2] It was as if all the energy in the house was being sucked towards her

[3] Obviously, people stared, I let them stare. I was in a place where other people and their opinions did not matter. Afterwards, wild regrets, wild despair.

[4] I was fed up with all the whispering, all the immobility, the lack of initiative, the helplessness, the turning away.

[5] The illness has to do with you not taking responsibility for yourself. When you are down, you do not take responsibility for yourself, when you are up, you do not take responsibility for yourself either

[6] The great and terrifying beauty does not abandon us, it is there all the time, in everything that is always the same, in the sun and the stars, int the bonfire ad the darkness, in the blue carpet of flowers beneath the tree.

Las balas de Nikolas Cruz

Desde que este blog tiene vida, ha habido nueve masacres por tiroteos en los Estados Unidos. En este milenio son doce. Doce eventos en los que un aparente lobo solitario saca un arma y se dedica a tirar balazos por el gusto de hacerlo y mata a inocentes porque puede y no hay quien se lo impida. No son ataques terroristas ni se reivindica ningún ideal religioso o político. Se mata y ya está. Luego, vienen los abogados y buscan cualquier excusa, desde desequilibrio mental, angustia extrema, incapacidad civil para que al final, olvidemos nombres y apellidos y nos enteremos, al tiempo, que volvió a suceder.

Desde abril de 2007 a la fecha los eventos de Virginia Tech, Birmingham, Fort Hood, Aurora, Sandy Hook, Base Naval de Washington, Roseburg, San Bernardino, Orlando, Las Vegas, Sutherland Springs y Parkland, casi cuatrocientas personas perdieron la vida sin sospechar que la muerte les andaba rondando. Se despidieron por la mañana y no pudieron volver por la tarde.

Cada historia es diferente, Nikolas Cruz acababa de perder a su madre. Estaba tristísimo porque Lunda Cruz su madre adoptiva falleció el pasado noviembre. Entonces, para curarse la depresión, fue a comprar un fusil de asalto AR-15 que. O exige ni permiso ni licencia y se fue a la escuela donde había sido expulsado por indisciplina y asesinó a diecisiete personas. El chico tiene diecinueve años.

Imagino que para Cruz fue más fácil comprar armas que antidepresivos, pues en Estados Unidos es más sencillo comprar una pistola que una caja de antibióticos ya no hablemos de conseguir ansiolíticos. Ayer, el joven asesino compareció ante un juez y se declaró profundamente arrepentido. Por lo menos dice estar consciente de lo que hizo. Y, de repente el,sueño americano se viene abajo, se mancha de sangre y un lugar maravilloso como Florida o Sandy Hook, un lugar divertido como Las Vegas, un cine en Aurora, un espacio de alta seguridad como una Base naval, una ciudad o un pueblo se convierten en el escenario de una masacre porque es muy fácil que alguien coja una pistola.

Las balas de Nikolas Cruz debieran servir para reflexionar. Nos enfrentamos al desguace de la imagen del americano pacífico que vive la vida sonriendo, comiendo hamburguesas y vestido de shorts. La tristeza es que los estereotipos se desgastan y nos ponemos frente a una nación que quiere defender su sentir bélico. Es irracional que se pueda comprar un arma en el súper, es terrible que haya balas al alcance de muchachos de diecinueve años y que se las vendan como quien compra una coca-cola porque una cerveza es más difícil de comprar si no te identificas.

Y, después de tantas lágrimas, se insiste en la estupidez extrema. Se cree que con inteligencia y procesos de espionaje se abatirá el problema. ¿Y si hubiera menos armas? Si eso sucediera, en Estados Unidos bajaría la venta de armamento y eso es económicamente pésimo para gente que prefiere ver como aumentan sus ingresos mientras aumentan sus muertos.

Espacio para llorar

A una semana del sismo del 19 de septiembre, después del susto, de las prisas por ayudar, de la necesidad de sostener la esperanza en alto, de la urgencia por dar, llega el momento de inclinar la cabeza, de llevarnos las manos al pecho y de dar tributo a los caídos.

Algunos, pensarán que todavía no es tiempo, que hay que seguir escarbando en los escombros, que es muy pronto. Tendrán razón. Tendrán toda la razón. Sin embargo. Llega un momento en el que debemos desatar el nudo que tenemos en la garganta para dejar fluir el llanto.

Todo sucedió tan rápido que ni tiempo nos dio para despedirnos. Andabamos tan ocupados tratando de servir en algo, que no hemos encontrado el momento para decir adiós. Por eso, la idea de formar un memorial de flores y mensajes dedicados a los trescientos veinte —o más— que perdieron la vida a causa del sismo es para apaludirse, para respetarse. 

Un grupo de floristas organizó en el Parque México un vergel para darle espacio a todos los capitalinos donde llorar. Lo mismo los que ayudaron donando, que los que perdieron a un ser querido, los que pusieron sus manos o contribuyeron con talento, todos podemos participar, ir a colgar una nota de solidaridad a los deudos, de ánimo a los desalojados, de pena extrema, de luto. 

Habilitaron un espacio para llorar.

Para dejar que se vacíe el cuerpo de la perplejidad que nos dejó este temblor, que se nos salga la amargura, que se viertan lágrimas. Que nada de eso se quede adentro porque le quita espacio al recuerdo de los que se fueron, al agradecimiento para los que ayudaron, a la admiración frente a tanta solidaridad.

Tristes y enojados

Era evidente. Las personas que marcharon por las calles de la Ciudad de México para reclamar con vida a los normalistas de Iguala se dividían en dos grupos, los que estaban tristes y los que estaban enojados. Era de esperarse encontrar los ánimos caldeados y sólo los más ingenios dejarían de ver que muchos oportunistas se colgarían de esta marcha para hacer fechorías. La mejor forma de predecir el futuro es volver la vista al pasado.
Lo sucedido al ingeniero Cárdenas y a Adolfo Gilly es inaceptable desde todo punto de vista. Hay mucho enojo en el ambiente y ofrecer disculpas no va a devolver a los chicos que siguen desaparecidos. El PRD debe dar respuestas serias, asumir responsabilidad y eso quiere decir, dejarse de tonterías, poner manos a la obra para arreglar el cochinero de candidatos y gente que pusieron en oficina para dirigir los destinos de una comunidad.
Ver las imágenes del ataque a Cuauhtémoc Cárdenas y a sus acompañantes, sus rostros que reflejaban confusión y pánico, me llevó a pensar en los chicos desaparecidos. En lo similar de la situación. Personas que eran atacadas en desigualdad de circunstancias. Unos armados, los otros no. Unos enardecidos, otros aterrorizados. Cárdenas llegó despeinado y descolocado a un vehículo que lo sacó de la zona de peligro. Gilly llevaba la cara cubierta de sangre, Salvador Nava iba con la cara pálida. Se leía preocupación y alivio de sentirse a salvo. La cosa pudo escalar y terminar en un desaguisado, en un martirio ocasionado por gente que marchaba para pedir respeto de derechos humanos. ¿Cómo se explica eso?
La combinación de enojo y tristeza da malos resultados. Entre la multitud el efecto Fuenteovejuna, en el que una gran bestialidad se diluye por la colectividad, tiene tentación de aparecer. Yo no fui, fuimos todos. Pero cada quien en lo individual arrojó piedras con la intención de lastimar. De dañar a un hombre que tiene más de ochenta años. Por fortuna, no pasó nada. Por desgracia siguen desaparecidos los estudiantes normalistas y lo peor es que siguen apareciendo fosas con cadáveres.
Es evidente que los mexicanos andamos tristes y enojados. No nos gusta ver a gobernadores rebasados, a presidentes mortificados, a chicos desaparecidos, a padres con los brazos vacíos. Eso nos entristece. Nos enojan las respuestas de quienes con honor debieran estar dando la cara.

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Tristeza

Hay días en que el clima no se pone de acuerdo con los sentimientos que habitan en el corazón. Amanece un domingo soleado, tibio, con un cielo azul que invita a salir a las calles a festejar el privilegio de la vida, sin embargo, lo que apetece es declinar la invitación, envolverse en las sábanas y no salir de casa. Hay ocasiones en que por más que uno quiera apretar el acelerador, el tanque de gasolina amaneció vacío. Sencillamente no hay forma.
Es esa tristeza que se aloja en la garganta y esa pregunta que insiste en martillar el alma: ¿En qué momento me volví invisible? Es la sensación de estar sentada a la mesa y sentir la textura del mantel, el frío de los cubiertos, el calor del que está sentado a tu lado y la dureza de las miradas que traspasan tu piel sin detenerse en los sentimientos. Los oyes platicar tan divertidos y sabes que pueden prescindir de ti, que tu presencia se impone porque es lo correcto, pero podrías no estar ahí y sería lo mismo. Sin embargo, cuando anuncias tu partida, todos descomponen el rostro, te miran asustados se llevan las manos a los labios y critican tu proceder. Te quedas y en un instante vuelves a ser invisible. Y la mañana de domingo se te viene encima.
La jacaranda en flor no reanima, me pongo en tonos morados y los pajaritos entre sus ramas cantan en honor de la primavera pero las lagrimas se atoran en la garganta. Ni el color del mango, ni el aroma del café, ni la temperatura matinal aligeran al corazón.
No es racional, no es climático, ni superficial. Es esa consciencia del hueco, de saber que algo anda mal y que el camino para resolverlo es duro y necesita de movimientos drásticos. Hacerse a un lado para que el bulldozer no te arrolle suena la acción lógica y no es fácil.
Estar triste en primavera es estar muy triste, para eso está el otoño. Si los colores y sabores de esta temporada no se integran, si simplemente traspasan y no se quedan, tal vez sea tiempo de moverse de lugar.
Las lagrimas son tercas, se alojan en la garganta y se niegan a salir.
Es posible que cambiando de posición la invisibilidad se resuelva, y entonces, se pueda abandonar el abrazo de las sabanas, pero hoy, contaré con el apoyo de la almohada y sobre ella me abandonaré. La mancharé de lagrimas, para dejar testimonio de que ahí estoy, para que, si soy invisible, al menos las huellas húmedas sobre la funda del cojín, delaten que sigo allí.

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¿Y si fuéramos felices?

¿Y si fuéramos felices? ¿Y si en lugar de ver el jardín de al lado nos concentráramos en el propio? ¿Y si en lugar de comparar tanto nos dedicáramos a disfrutar lo que hay? ¿Y si en vez de fijarnos en la mancha nos hiciéramos disimulados? ¿Y si analizáramos menos y sonriéramos más? ¿Y si echamos a un lado el agobio? ¿Y si abriéramos los brazos en vez de apretar los dientes? ¿Y si dejáramos de sufrir por el auto que no vamos a comprar o las vacaciones a las que no podemos ir?
¿Y si le dedico menos tiempo a la pantalla y más a dar besos? ¿Y si dejáramos de criticar? ¿Y si nos alejáramos del chisme? ¿Y si le bajo al nivel de rencor? ¿Y si extendiera la mano? ¿Y si me alejo de la báscula y me como diez chocolates? ¿Y si digo buenos días? ¿Y si arreglo mi escritorio? ¿Y si comparto más y me quejo menos? ¿Y si visito a mi amiga en vez de hablarle por teléfono? ¿Y si me atrevo a dejar los pretextos a un lado? ¿Y si nos acercamos? ¿Y si encuentro más razones para ofrecer una disculpa? ¿Y si me atrevo a no tener la razón? ¿Y si dejo que me gane la risa? ¿Y si te hago cosquillas? ¿Y si doy las gracias? ¿Y si pienso en Dios? ¿Y si le doy espacio? ¿Y si lo logramos? ¿Y si fuéramos felices?

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Ellas lloran

Ellas lloran y sus lagrimas son sinceras. Una eleva la mirada al cielo y pregunta ¿por qué?, la otra, sentada en la mecedora fija los ojos en la pared. Ambas estrujan un pañuelo entre las manos. Ninguna se atreve a levantar el teléfono para marcar el número de la otra. ¿Para qué? Y es que a veces el amor no basta. El poder de la mentira es tan destructivo, no por la evidencia de la falta de verdad, sino por quien se ha encargado de repetirla una y otra y otra vez.
La fuerza de los embustes las ha separado y el cariño no es capaz de romper esa barrera.
Una no deja de preguntarse en qué momento se rompió la felicidad, la otra se recrimina por todo lo que permitió que sucediera. Si las cosas se hubieran parado a tiempo. Pero no. Los pedazos se han esparcido, han sido arrastrados por el aire, se han levantado con el viento y en el remolino de la confusión ¿quién será capaz de unir los fragmentos? Y, aunque eso fuera posible, que no lo es, ¿cómo dejar de ver las cuarteaduras, los huecos, las heridas?
Una madre y una hija no se deben separar. No por mentiras tejidas con malas intenciones, pero el tejedor es un experto, bordó fino. Ambas son ingenuas. En su tela de araña quedaron atrapadas madre e hija, cada una enredada en un extremo diferente.
La rueca maldita gira y a cada vuelta más atrapa, más separa. Las risas del tejedor son imperceptibles para madre e hija. Por fortuna todos los demás las escuchan claramente. Tal vez un héroe pueda rescatarlas de la trampa algún día. Hoy el héroe no está en escena.
Por eso ellas lloran y sus lagrimas son sinceras. ¿Podrán reencontrarse algún día? Sólo entre ellas podrán darse consuelo. Hoy se hunden en el ovillo de una intriga.

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