La propuesta de Pedro Kumamoto

Pedro Kumamoto es el ejemplo de las buenas prácticas  llevadas a la realidad con éxito. Es un joven político mexicano, el primer candidato independiente en ganar una elección para ocupar un puesto de representación popular en Jalisco. Su hazaña consistió en perseguir molinos a pesar de que todo el mundo le advertía las dificultades de avanzar contracorriente. Con más de 50 000 votos a su favor, más que los que recibió cualquier partido político, Kumamoto logró ganar en su Distrito para ser su representante en el Congreso del Estado de Jalisco y lo hizo con un presupuesto modesto.

Es un muchacho valiente, claro y entiende el mundo de forma tal que hace que las variables jueguen a su favor haciendo las cosas como deben ser. No lo conozco, me gustaría porque así, nada más de verlo me cae bien. Y, si por sus hechos los conocereís, con lo alcanzado por este joven ya me cae de maravilla.

Me simpatiza más porque él, a diferencia de tantos, en vez de llorar, de echarse ceniza al pelo, de tomar las calles y quejarse, se pone en movimiento y lanza una propuesta que debemos escuchar. Con los recursos de un milenial que sabe moverse en las redes sociales ya empezó a hacer ruido en torno a lo sucedido en el Congreso con las Leyes de Transparecia y el Sistema Anticorrupción que tanto necesitamos. Subió un video a la Red en el que lanza una propuesta que vale la pena atender. Avanza en vez de quedarse estancado.

En el video, Kumamoto empieza haciendo un recuento de la Ley tres de tres y nos recuerda el gran esfuerzo ciudadano que implicó, luego identifica a los legisladores que en su sector votaron en contra y a quienes de manera cobarde se salieron del recinto legislativo para no votar. A ellos, que fueron elegidos para representar a los ciudadanos y en vez de cuidar sus intereses fueron en contra de sus votantes les pone en la palestra y conmina, con razones, a no volver a votar por ellos. Y nos invita a no bajar las manos, a seguir trabajando para matar al enemigo que nos tiene atrapados, a destruir la corrupción.

Más que gritos y sombrerazos, más que túnicas rasgadas y posturas que nos llevan a ningún lado, acciones. La propuesta de Kumamoto es a salir del letargo, a seguir trabajando. Me gusta, sobretodo, más lo que muestra que lo que dice. Nos hace ver que cuando el objetivo es alto, los obstáculos van a complicar las cosas y sin ánimo nos van a vencer. La corrupción es un animal hambriento, voraz, salvaje y agresivo. También es asustuto y sus cancerberos le son muy leales. La batalla apenas empieza, ni llantos ni lamentos, mejor hechos. Ya es tiempo de limpiarnos las lágrimas, de curarnos las heridas, de sacudirnos el polvo y ponernos a luchar a facor de la transparencia. 

No conozco a este joven político pero me cae muy bien. Me gusta ver a Pedro Kumamoto y me gusta escuchar sus propuestas. ¿Ya sabes quienes son los que votaron en contra de los ciudadanos y de la ley 3 de 3? Averigua y si fue alguien que se llevó tu voto en el pasado, no vuelvas a confiar en él o en ella. Ya ves lo que hacen con la confianza de los ciudadanos. No hay pretextos que valgan.

Nuestro Sistema Nacional Anticorrupción 

Alguna vez, mi maestro Celso Santajuliana me dijo que no todo inicio tiene que ser magistral. Sabía de lo que hablaba y las razones por las que lo decía. Se dirigía a escritores que empezabamos a escribir nuestra primera novela y sabía que muchos soñaban con ser los autores de una obra maestra —todos albergabamos esa fantasía—. A medio curso verificó el avance de las novelas y muchos no habían escrito, destruían sus líneas, arrugaban las hojas, arrojaban el trabajo a la basura, porque nada les parecía digno. Celso se burlaba de ellos y me decía que esos que quieren la gran obra maestra desde un inicio jamás serían escritores. 

Este recuerdo me viene a la mente por las estrepitosas estridencias con respecto a las leyes aprobadas para el Sistema Anticorrupción.  Por un lado, hay quienes sacan las matracas y festejan a todo volumen y, por el otro lado, hay quienes se razgan las vestiduras y se echan ceniza en la cabeza como si estuvieran enterrando a un muerto. Ni una ni otra. Pero si alguna actitud de éstas me parece peor, es la de los que critican sin ver el avance que esto significa.

Es verdad, la ley pudo haber sido mejor. Tiene hoyos, no hay duda. Quedó incompleta y nos huboera gustado un privilegio mayor a la transparencia. Todo es cierto y tan sólido como un lingote de oro, sin embargo, no todo inicio tiene que ser magistral. En ocasiones, es mejor empezar a dar pasos cortitos que quedarse sentado soñando con un maratón. Mirar tan alto es una forma de parálisis. Lo importante es dar los primeros movimientos, aunque las pisadas sean cortitas. ¿Cuántas cosas se han quedado en el tintero de las buenas intenciones por querer arrancar con todo perfecto y sin arrugas? Si en serio quieren saber cuántas, échenle un ojo al Plan Nacional de Desarrollo del Presidente Peña y verán la cantidad de buenas ideas que no se llegarán a concretar, que son necesarias y que están paradas buscando la perfección.

Digan lo que quieran, me parece de celebrar que el Sistema Nacional de Corrupción haya nacido, aunque sea chuequito, mejor eso que los embarazos de la tía Cuca que siempre asustaba con la cosa de que otra vez estaba en cinta y a los quince días salía con que fue un susto. La casa se le llenó de sustos, nunca llegaron los primos.

En esa condición, mejor fea que nada. ¿No creen? 

Entre la transparencia y la verdad histórica

Cuando algo es transparente permite que las cosas se vean con claridad, muestra. La opacidad oculta. Ocatvio Paz dijo que México está enfermo por sospechar y a mí me da la impresión de que estamos lejos de alcanzar la cura. Para que una herida sane hay que limpiarla, echarle desifectante y dejarla al sol para que se vaya reparando. Si una lastimadura se tapa, se envuelve, se le niega la luz, brota la pus, el mal olor, llega la podredumbre y la gangrena causa estragos. Ni mil medicamentos de alto espectro serán suficientes si en vez de airearla, la cubrimos.

Pero, en México nos gusta eso del encubrimiento, creemos que tapando el sol con un dedo le cubrimos el ojo al macho. Pues no, los aromas fétidos surgen y esos no hay forma de disimularlos. En lo grande y en lo pequeño actuamos de la misma forma: si la monja resultó embarazada, se le consigna al calabozo para que no luzca la panza, luego se le arrebata al recién nacido, se regala a la criatura y asunto arreglado. Nada de asunto arreglado, hubo quienes oyeron llantos y vieron pañales. El murmullo se empieza a escuchar y el resentimiento queda marcado en un rostro. ¿Cómo no vamos a sospechar?

No somos tontos, cuando nos cuentan una mentira, torcemos la boca, nos rascamos la barbilla y la mente se desata. Tal vez, Pinocho piense que se salió con la suya, pero la nariz tan larga lo delata. Sospechamos, no hay de otra. Parece que le tenemos miedo a la verdad. No sabemos qué hacer con ella y, como si fuera un bicho raro, optamos por esconderla. Para justificar, entramos en un juego costoso y complicado para armar una versión oficial, una verdad histórica. Trabajamos el doble para ganar verosimilitud y, de todas formas, la verdad sale.

Si en México enfocaramos los esfuerzos de justificar en producir, seríamos los reyes del mundo. Pero preferimos desgastar imágenes, gastar fortunas y generar sospechas que decir la verdad, ¿por? Elegimos pagar el pato más caro de todos y ponemos a girar la rueda de la locura. Sino, ¿por qué la Ley de Transparencia se quedó durmiendo el sueño de los justos en el legislativo? Nuestros representantes prefirieron echarle tierrita al asunto, el hedor brota y nosotros nos ponemos a sospechar. Sí, la cura a esta enfermedad no parece estar cerca.

El tortuoso camino hacia la Transparencia

Amanecemos con una novedad que en realidad no sorprende: el paquete de leyes anticorrupción y pro transparencia se ven frenadas por el poder legislativo. El doble discurso toma la palestra y nos dicen que sí pero no cuándo. Nos vuelven a dar atole  con el dedo y entramos a un espiral en la que a los ciudadanos nos interesa acabar con la fuente de enriquecimiento ilícito  y a quenes se benefician de la opacidad les interesa que las cosas queden como están. El camino de la Transparencia es tortuoso, quienes debieran despejarle la vía son los principales interesados en ponerle piedras.

Y claro que le pondrán obstáculos, el botín es muy jugoso. Conocemos de fortunas que crecen a tasas de triple dígito en forma inexplicable, nos enteramos de sueldos estratosféricos para puestos de niveles bajos, leemos de mansiones, yates, autos, joyas de gente que poco tiempo antes tenía estilos de vida mucho más austeros. Las historias de transformación de gente que ahora es multimillonaria se repiten. No se trata de gente brillante que aprovechó una oportunidad, se trata de pillos que aprovecharon la opacidad para robar, defraudar y quedarse con lo que no les corresponde. La voracidad, el abuso y el cinismo son escandalosos. Y, aunque ahora unos se esten rasgando las vestiduras, lo cierto es que las manos manchadas están por doquier. 

El problema es que la falta de transparencia facilita el ilícito. Es tan sencillo caer en la tentación si nadie ve que estoy haciendo mal y es más fácil cuando no hay consecuencias por las malas conductas. En la opacidad, todos los gatos son pardos. Y, por lo visto así quieren que se siga. El proyecto de ley anticorrupción se llevó un duro golpe. Ahora resulta que la difusión de las declaraciones patrimoniales deberán tener el aval de los funcionarios, es decir, a lo transparente, échale una cortina   de humo. Como que la transparencia les gusta, pero no tanto. 

No les gusta quedar expuestos, se sienten vulnerables. ¿Por? 

La cosa es que la corrupción apuesta al olvido y la posibilidad de ganar es alta. Entonces, al son de déjame nadar de muertito, déjame hacer como que me preocupa esto de la Transparencia, pero ni creo una Fiscalía que persiga esos delitos ni reformo el Código Penal ni le muevo mucho, no sea que al final alguno de los amigos termine en la cárcel y abra la boca. No sea que descubran que no tengo las manos limpias. 

Esta Ley Ciudadana Anticorrupción puede nacer muerta si nosotros, los principalmente interesados, nos olvidamos del asunto. Debemos mostrar nuestro hartazgo a estos cínicos que roban tanto y luego no tienen la elegancia de demostrarlo. Quieren ocultar sus delcaraciones patrimoniales pero se exhiben en lugares públicos encendiendo puros con billetes. Cómo no, el que nunca tiene y llega a tener, loco se quiere volver. Encima, piensan que son nobles de sangre azul y les aterroriza que algún maleante les quite su fortuna. Arrugan la nariz y viven sintiendo que caminan entre nubes. Les da pánico que alguien pueda hacerles daño. ¡Pobrecitos! 

No se dan cuenta que se les nota, que la mona aunque se vista de seda, mona se queda. No importa que vistan con trajes de diseñador italiano, que calcen zapatos hechos a medida, que lleven anillos en cada dedo, se adornen la nariz con piedras preciosas y sus relojes valgan lo mismo que un departamento de interés social, la mancha en las manos es evidente. El dinero mal habido se nota, no se puede esconder. Además, hacen una exhibicion del mal gusto. Caritas operadas, labios abultados, frentes planchadas, facciones paralizadas se combinan con bolsas, plumas, mancuernillas que mientras más ostentosas, más les gustan. Así que lo único que nos queda es seguir poniendo el dedo en el renglón. Aprender la lección. Castigar con nuestro voto a aquellos que a la hora buena, traicionaron la expectativa ciudadana. 

El camino de la Trasnparencia en México no será fácil, menos lo será si la dejamos en el olvido. 

Viento

Puede parecer una locura, sin embargo, las expresiones violentas de la naturaleza tienen un lado de belleza espectacular. Me ha tocado vivir en medio de varias, por eso lo digo. Entre terremotos, huracanes, lluvias torrenciales y vientos acelerados hay expresiones de esplendor que quitan el aliento.

No sé qué pasa, pero después del susto hay un destello sublime para quien quiera verlo. Después de las corrientes de aire que corrieron por las calles de la Ciudad de México, después que se calleron cientos de árboles y se derribaron tantos anuncios espectaculares, el viento limpió el cielo. López Velarde tuvo razón, fue la región más transparente. 

Subida en el segundo piso, que iba casi vacío, nadie parecía querer salir de sus casas por miedo a salir volando entre los brazos de una ráfaga veloz, se alcanzaba a ver el pico del Ajusco, los edificos de Santa Fe, los hoteles de Polanco, los rascacielos de Las Lomas y el cielo era tan azul que podía competir con el de Zacatecas o el de Guanajuato. Por instantes, me sentí inmersa en un cuadro de Rafael Coronel. 

El viento se llevó lo gris, arrasó con lo opaco, limpió el ollín y las cenizas. En la Ciudad de México no había contaminación ni humo ni partículas sucias. El ambiente estaba limpio.  El cielo quedó como los muros de la Capilla Sixtina después de la restauración. La sorpresa, igual que en el Vaticano, fue la intensidad de los tonos, eso era el verdadero color blanco de las nubes aborregadas, eso era el verde de las montañas que rodean este valle y todo en contraste con un cielo que no es costumbre ver con tal nivel de esplendor. 

Al fondo, llegando al rumbo de San Jerónimo, la bandera se desplegaba tan larga. Si los vientos eran violentos, a ella no se lo parecían. Ondeaba, formando elevaciones sobre su tela, con movimientos tan elegantes que figuraba una bailarina de ballet que se sabía observada. Esto es México, parecía declarar tranquilamente. Sin estridencias políticas ni chapuzas oportunistas. Majestuosa. En armonía con el viento que ni la despeinaba ni la descolocaba. Dicen que se razgó, no se le notaban las heridas. Desplegaba su dignidad con hermosura. 

Ese viento que tiró espectaculares, árboles, bardas y techos, por instantes, tuvo destellos de armonía hermosura que convirtió un momento de cotidianidad en un punto de placer delicioso. ¿Cuánto tiempo nos tardaremos en ensuciar lo que quedó tan limpiecito? No sé. Tal vez todo sea un augurio.  Buenos vientos, buena cara.

  

Lo que sentimos frente a la autoridad

 Es curioso, la sensación frente a una figura que detenta autoridad debiera ser de protección, sin embargo, para muchos mexicanos enfrentarnos con un representante de gobierno lejos de dar seguridad, da miedo. En el discurso, todos los representantes del Gobierno dicen estar dispuestos a apoyar al ciudadano, a aclarar sus dudas, a ayudar a resolver los problemas, a propiciar el fomento de nuevos negocios, a incrementar el crecimiento económico y, en general, a mejorar la vida. La verdad, frente a la autoridad sentimos desconfianza.

No el valde cada que escuchamos un discurso oficial elevamos las cejas y levantamos los hombros. No es gratuito que cada que nos para un agente de tránsito, empecemos a temblar y a sudar frío. Sabemos que, en la mayoría de los casos, estamos a punto de ser extorsionados. Si alguien que ostenta una identificación oficial y llega a hacer una inspección a un negocio, en vez de sentir que nos van a ayudar a mejorar, tenemos la certeza de que nos van a perjudicar. Cuando una persona que llega a la casa a hacer una revisión de lo que a la autoridad se le ocurra, queremos cerrarles la puerta en las narices y salir huyendo a toda velocidad.

La falta de transparencia, la voracidad que con cinismo muestran, el poder que detentan, hacen que el ciudadano se sienta indefendido, mal representado y amenazado ante una autoridad que ni se siente preocupada por sus gobernados ni, en realidad, se preocupa. En los níveles básicos, el aborazamiento es inmenso. En los de alta dirección es peor. La  gente vivimos en la cotidianidad sin saber que se está gestando un peligro que nos va a salir caro. No tenemos forma de defendernos. Nos muerden y lo que intentamos es que nos desgaren lo menos posible.

Muchas de estas extorsiones llegan a la casa sin invitación. El ahorro que con esfuerzo se ha hecho y se tenía destinado para otra cosa se desvanece entre las demandas de alguien que nos advierte de un problemón que tenemos en registros de oficinas de agua, predial, luz, y que ellos nos van a ayudar a resolver. Por lo general, esos problemas son inexistentes o expresamente creados. Acercarse a las oficinas correspondientes para pedir consejo sale peor. Trámites, multas, recargos sobre bases turbias, incomprensibles y colmillos largos y garras filosas.

No, no es una cuestión de politizar nada, es pedir que si no nos ayudan, por favor, no nos perjudiquen. 

  

Lo que nos quieren decir con el nombramiento de Virgilio Andrade

Hace dos días el Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, convocó a los medios y con toda la pompa y circunstancia que caracteriza al Estado Mexicano dio una conferencia para abordar el delicado tema del escándalo provocado por las propiedades de su esposa, de su Secretario de Hacienda y dejó claro que su objetivo era quitar todo motivo de sospecha sobre su impoluto actuar. Para que no cupiera la menor duda, en ese acto nombró a Virgilio Andrade como Secretario de la Función Pública y lo instruyó, ahí frente a todo el mundo, para que investigara a la voz de ya, ese enojoso asunto.
El mensaje presidencial dice más en términos de imágenes que lo que realmente pronunciaron las palabras. Se vio a un Virgilio Andrade pequeño, no sólo por la estatura física y lo estrambótico de su peinado, que sería lo de menos, sino por la encomienda que le depositaron siendo él un personaje cercano a los principales actores. Virgilio Andrade es un hombre muy próximo a Enrique Peña Nieto y a Luis Videgaray. Entonces, parece que nos presentan a un guardián que de entrada luce débil, sin dientes y carente de la fuerza necesaria para cumplir con su tarea. A un vigilante que sonríe para caerle bien a la audiencia y que luce poca determinación.
La voz decidida del Presidente de la República contrasta con la sonrisa del recién nombrado secretario. Es evidente que ahí, frente al país estaba un patrón girándole instrucciones a su empleado y él estaba, obedientemente, acatándolas. A su favor, podemos decir que lo hacía de buen modo.
¿Será posible que un subordinado pueda investigar correctamente los asuntos de su patrón? Se ve difícil. El proyecto nace muerto por su circunstancias y su naturaleza. No hay quien muerda la mano que le da de comer. El mensaje del señor Presidente es claro para quien lo quiera entender, hay que taparle el ojo al macho, hay que dejar de hacer olas y de brincar cuando ya sabemos que el suelo está parejo.
No hay intención alguna de esclarecer nada, ni de avanzar en términos de transparencia. Lo que no se imaginan es que ya nos dimos cuenta. Lo más grave es que al simular limpieza, ensuciaron más.
Además el nombramiento viene con una serie de irregularidades que ensucian de más el proceso. La Secretaria de la Función Pública trae vicios desde la ley orgánica, no estaba contemplada en el plan sexenal, está herida de muerte, respirado mal y funcionando peor. Se le quitaron los órganos de vigilancia que tenía para las dependencias gubernamentales. La convirtieron en un moribundo que en medio de bocanadas hace un trabajo a medias, de pésima calidad, pero ¿quién le reclama algo a un condenado a muerte? Pues sí, en esa silla de hojalata sentó en Señor Presidente a su amigo Virgilio Andrade.
Es lamentable. No es que dudemos de la capacidad del nuevo Secretario pero no las tiene todas consigo. Sucede lo mismo que cuando se ocupa un trapo sucio para limpiar un vidrio opaco. La cosa queda peor. El presidente, que no entiende que no entiende, piensa que es fácil darnos atole con el dedo y que somos tan ingenuos que no nos damos cuenta. Así de chiquitos nos ven.
Queda claro lo que nos quieren decir con el nombramiento de Virgilio Andrade, ¿a poco no?

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Lo legítimo de las propuestas

En la última recta del año, el mundo sale a las calles a protestar. Lo hacen en Ferguson, en Hong Kong, en Barcelona, en Acapulco, en la Ciudad de México. En cada punto del globo terrestre hay un motivo para indignarse, para salir a la calle a hacer evidente el enojo o el hartazgo.
Aquí y allá se ven dos componentes en las manifestaciones, aquellos que salen con prudencia y en paz a exigir justicia y los que aprovechan el anonimato que se gana entre la multitud para descontrolarse y hacer desmanes que restan en vez de abonar a la protesta.
La gente de bien desprecia estas manifestaciones agresivas y destructivas que empañan los verdaderos motivos que nutren la protesta. Aquí en México, Ayotzinapa es la bandera que se enarbola como símbolo de lucha en contra de lo que ya no se puede más, es decir, de la impunidad, de la insensibilidad, de la corrupción y de la inseguridad.
Es legítimo pedir justicia, exigir empatía, reclamar transparencia, reivindicar la necesidad de vivir con seguridad.
Por eso, cuando veo que sindicatos, partidos políticos, y demás personajes que han sido protagonistas de actos ilegales de los que han salido triunfantes e impunes, cuando su proceder ha sido opaco o definitivamente negro y han sido ellos mismos los que han amparado a delincuentes entre sus brazos, todo se corrompe.
Peor si esas manifestaciones se acompañan de bombas molotov, de cuetones y armas. Más mal si los que terminan detenidos son personas inocentes. Entonces, las manifestaciones terminan en aquello contra lo que se protesta. En actos de ilegalidad, impunidad, inseguridad y plagados de corrupción.
La indignación debe tomar cause y para ello es preciso tener un momento de reflexión. Lanzarle objetos a un granadero, lastimar a un policía, detener gente inocente, destruir comercios no es la forma de acabar con los males que nos aquejan.
Necesitamos expresiones críticas válidas. Es necesario proponer con congruencia. Pedir que todos se vayan es absurdo. Más allá de la irritación, es preciso tener un plan que le dé cuerpo y forma a esa necesidad de legalidad, transparencia, seguridad y armonía.
La urgencia de darle un cause a estas propuestas legitimas se debe traducir en una estrategia antes de que el crimen siga avanzando. Hay que cerrar la puerta a todos esos oportunistas que manchan la legitimidad del hartazgo de la sociedad, ya que al dejarlos pasar también le estamos dando paso a los criminales.
Debemos cerrar la puerta a los que nos quieren llevar por el camino retrograda y suicida de la violencia.

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¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacan?

¿Dónde están los buenos vecinos en Coyoacán? La buena convivencia entre los vecinos de los barrios que conforman el centro de Coyoacán se ha perdido. El trato amable ya no existe. Parece que los que viven en esa zona se han avinagrado. Las prácticas como ayudar al que vive al lado, dar la bienvenida al que llega a la colonia, ofrecer una tácita de azúcar son cosas del pasado. Por desgracia, esta falta de armonía ya se nota. Las banquetas están rotas, hay esquinas en las que se apilan costales de basura, hay plagas de roedores en los parques, hay registros que no tienen tapa, hay baches en las calles.
El Coyoacán colonial que antes servía de paseo para los capitalinos, al que presumíamos y era lugar obligado para llevar a turistas nacionales y extranjeros está grafiteado, lleno de pintas, de casas abandonadas, clausuradas, que sirven de foco de infección, de albergues de vagabundos, de puntos de reunión para maleantes. No dudo que en esas propiedades tapiadas por sellos se oculten delincuentes que hacen sus fechorías y que encuentran en estas propiedades un refugio maravilloso por el que además no tienen que pagar.
Lo que sí se es que detrás de cada clausura hay un vecino que pertenece a una de las múltiples asociaciones vecinales que están al pendiente de cada remodelación, de cada construcción, de cada nuevo negocio, de cada actividad. En Coyoacán los vecinos vigilantes no se ocupan de ver que se recoja la basura, que se arreglen las banquetas, que se tapen los hoyos o que se repare lo que se descompuso. Están al pendiente del otro y vigilan, como si no tuvieran otra cosa que hacer, para buscar clausuras.
No es lógico que la vocación de un comité vecinal sea clausurar propiedades. Nadie daña así porque sí. A nadie le gusta tener una propiedad abandonada junto a su casa, que sirva de nido de cucarachas y de cueva de rateros, a menos que tengan un beneficio. ¿Qué beneficio puede haber de la clausura continúa y constante de propiedades si la colonia se ve fea, se deteriora y pierde valor? Fácil: el moche.
He estado platicando con varios vecinos de Coyoacán que se sienten hartos y desesperados de que los comités vecinales se enrollen en la bandera protectora de la zona cuando en realidad están tendiendo una cortina de humo para hacer sus porquerías. Hay la sospecha de que por cada sello de clausurado, por cada trámite que se hace para regularizar la situación de las propiedades ellos se llevan su mochada. Parece lógico. ¿Quién querría, en su sano juicio, vivir cerca de un muladar abandonado, pintarrajeado, sucio y lleno de sellos? Sólo aquel que se ve beneficiado por esta situación.
Recientemente, este grupo de vecinos trató de organizarse para buscar un mejor Coyoacán. Imposible, los cotos ya están dados. Aquí este tipo de beneficios no se reparten. Los que están ya cerraron la puerta y entre ellos se reparten el botín. Sí tratas de acercarte a dialogar con ellos, amenazan con sus poderosos sellos. De la mano de sus contactos en la Delegación, hacen de las suyas y se han convertido en pseudo virreyes que elevan el índice para decir tú sí y tú no. El negocio es bueno. Corren buenas cantidades de dinero, tanto es así, que hay gente que vive de eso y lo hace cómodamente. Se arropan con la marca de protectores de Coyoacán y basta darse una vuelta para caer en la cuenta del mal trabajo que han hecho para la comunidad y el extraordinario beneficio que le han hecho a sus bolsillos.
Personas a las que no les importa que las banquetas estén rotas, que los hoyos sean profundos, que la basura se acumulé en las esquinas. Los nidos de ratas crecen en Coyoacán, los de roedores y los de vecinos que se dedican a extorsionar al de la lado. ¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacán? Esos que en el pasado sí protegían el barrio y buscaban preservar su hermosura, no los cuatreros que lo tienen sucio, roto y descuidado.

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