El día siguiente

Todos hablan de la devastación que sufrió la Ciudad de México por el terremoto de las siete de la mañana con diecinueve minutos has casi treinta años. Pocos hablan de lo que sucedió un día después. El veinte de septiembre de 1985 yo estaba en la Ciudad de México. Los teléfonos celulares no existían, la telefonía fija no servía, no había suministro de energía eléctrica, la señal de Internet no era algo conocido entre la gente. Salir a caminar por la colonia Álamos, donde yo vivía con mis padres era más que suficiente para dar cuenta del desastre más grande de la historia de la capital de la República Mexicana. Parecía que un tropel de dinosaurios pisaron los edificios y las calles. La Secretaria de Comunicaciones y Transportes quedó como acordeón y en el Eje Central el pavimento estaba fisurado y con hoyos por los que se veía el drenaje. Del olor mejor no hablamos.
Era tarde y estaba oscuro cuando escuchamos un rumor, enseguida la tierra comenzó a trepidar de nuevo. Los segundos se estiraban como ligas, eran eternos, el suelo se agitó por una eternidad y no tenía intenciones de parar. Todos en mi casa corrimos a la calle hasta que la tierra se pudo en calma. Ahí nos quedamos por horas. Nadie quería entrar a las casas. Mis padres, mi abuela, mis hermanos y yo nos sentamos en el quicio de la banqueta, junto a nuestros vecinos y ahí nos quedamos por horas sin atrevernos a regresar al interior de la casa. Por fin, mi papá se impuso y nos obligó a entrar. No pude dormir. En la madrugada me salí a ayudar. Repartíamos comida a la gente que estaba quitando escombros tratando de encontrar sobrevivientes.
En general, siempre se habla y se recuerda el 19 de septiembre de 1985. Pocos hablan del terremoto del día siguiente. Si mi colonia estaba destruida, el 20 de septiembre la tragedia escaló la proporción. A pesar de que el temblor del día siguiente fue de menor intensidad según Richter y Mercalli, en la escala de la angustia la devastación fue sensiblemente mayor.
Hoy, veinte de septiembre estoy en Acapulco. Después del terremoto del 19 de septiembre y del del día siguiente, esta tragedia es la peor afectación por un desastre natural que ha sufrido México. En 1985, la cuenta de personas muertas no reflejó la realidad. Las cifras oficiales fueron un muy mal referente. Sospecho que una vez más sucederá lo mismo.
Ayer caminé por la calle de Rompeolas. La gente corría a sus trabajos, esperanzados de encontrar su fuente de empleo. Mozos, albañiles, guardias, cocineras, taxistas, trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, repartidores de gas, le daban vida al despertar de la mañana. Saludaban con esa expresión de tristeza y de triunfo que tienen los sobrevivientes. Al preguntar por la situación de sus casas y familias escuché historias de terror. Lo que más me impresionó fue escuchar la cantidad de niños desaparecidos. Podrían ser más de cincuenta. Las cifras oficiales dicen que hay noventa y nueve muertos. Imposible, son muchos más, eso sólo aquí en el puerto, falta saber lo que sucede en las comunidades aledañas y en todo el Estado. Noventa y nueve es un número muy menor y se ajusta poco a la realidad de las calles.
Me ha tocado vivir dos de los desastres más grandes que han devastado al país. En este tipo de tragedias descubrimos de que están hechas las personas. Unos huyen, otros aprovechan la oportunidad y se dan a la rapiña, la mayoría ayudan. Así sucedió en la Ciudad de México en 1985, así sucede hoy en Acapulco.
Siempre sucede al día siguiente de la tragedia, se hace el recuento de los daños, el inventario de las experiencias y se ve con claridad. Se descorre el telón. Es el día de devolver los restos de los que no sobrevivieron al seno de la tierra. En el escenario aparece la tragedia, sí, sin duda. Pero también se ve la solidaridad y la dimensión de las personas. Hoy camino de la mano de mi hija por la calle de Rompeolas, los que llegaron a trabajar ya iniciaron su reconstrucción, otros siguen recogiendo sus pedazos tratando de armárselo nuevamente. Nosotras al mirar al cielo descubrimos un Arco Iris.

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Castillos de lodo

Generalmente, cuando uno viene a la playa hay la ilusión de hacer castillos de arena. Fortalezas de granos dorados que representan ensueños y que tarde o temprano se llevará el mar. Hoy en Acapulco los castillos de arena son castillos de lodo. La ilusión se la llevó el agua desde antes. La mañana amanece casi sin nubes. Ya dejó de llover. Pero el olor a húmedo llena el ambiente. Ríos de lodo corren por donde antes había calles.
El lodo mancha, ensucia y a veces es sinónimo de deshonra. Enlodar el apellido significa desprestigio. Si dices que alguien tiene lodo en las manos quieres decir que hizo algo malo.Acapulco está lleno de lodo. Hay rapiña. Gente que se aprovecha del estado de confusión y roba. No me refiero a aquellos que roban comida. Ayer estuve afuera de Costco, había gente que se llevaba pantallas de plasma, colchones, equipos de sonido; carritos llenos de cacerolas, sartenes, botellas, almendras al limoncello, dulces, hieleras que luego remataban por doscientos pesos.
La tienda está inundada, hay que nadar para llegar ahí. Mujeres, jóvenes, niños también se llenaban de lodo las manos. No eran únicamente hombres fuertes. Salían totalmente mojados y con bolsas negras de basura llenas de todo lo que podían llevarse. Lástima, afuera estaban marinos que les quitaban todo lo que no era comida o artículos de primera necesidad. El castillo de lodo se caía. Algunos salían con las bolsas tan llenas que se les reventaban y todo su tesoro se quedaba flotando en las aguas terregosas. Adiós a la ilusión de quedarse con todas esas cosas.
La profundidad del agua en el,Boulevard de las Naciones ya bajó, es de un metro. Los camiones del ejercito que llevan despensas y ayuda pasan despacito rumbo a Puerto Marques en donde el agua tapa el primer piso de las casas. Algunos se quieren subir al camión y los soldados empuñan sus armas, no tienen pudor en apuntar a los que quieren invadir su espacio. Con los militares no se juega, seguro tienen licencia para dispararle al que se pase de listo.
Los turistas que quedaron varados cambian sus preocupaciones. Ayer se mortificaban por no poder llegar al trabajo, a la escuela o a sus labores cotidianas. Los planes se trastocaron seriamente. No podremos volver en un buen rato. El lodo obstruye el paso en carreteras y caminos. El lodo bloquea los túneles de la autopista del sol. La única forma de salir es por avión. Hay cinco vuelos diarios y cincuenta mil personas que quieren salir del puerto, a este ritmo llegaremos a nuestros destino diez minutos antes del día del juicio. Es urgente que el lodo se retire de los caminos.Hoy la preocupación ya no es llegar tarde, es perder el empleo, los proyectos, el año escolar. Hay gente a la que ya se le acabó el dinero. En los albergues hay tantas perdonas que la ayuda no alcanza.
El lodo es barro. El barro, aunque es lo mismo tiene una connotación positiva. Con el barro se construye. De barro fue hecho el primer hombre que recibió el soplo de Dios. Acapulco necesita el soplo de Dios. El barro, como material primigenio, da paso a la creación. Así se espera aquí la reconstrucción. Pero para llegar a esa etapa hace falta tiempo.
Hoy, los castillos son de lodo.

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Manuel en Acapulco

El agua no siempre es vida. Llegué a Acapulco hace cuatro días y el cielo estaba encontrinado. El chipi, chipi, de gotas finas eran el anuncio de lo que estaba por venir. Los que conocemos el puerto nos imaginamos que, como de costumbre, el sol brillaría y de un momento a otro el color dorado entraría en escena. No fue así.
El cielo cada vez se hizo más gris y las gotas más gruesas. La necedad de la lluvia nos mojó por horas y horas continuas, sin que dejara de hacerlo un sólo momento. La tormenta Manuel coronó la Bahía, no entró dando gritos y truenos. No hizo falta. La persistencia del agua desbordó la Laguna de Tres Palos y todos y cada uno de los ríos que cruzan la ciudad de Acapulco.
Manuel fue democrático, lo mismo destruyó las zonas más desprotegidos, como Ciudad Renacimiento, Emiliano Zapata y Colosio que el Boulevard de las Naciones y Punta Diamante. El campo de golf del Hotel Princess es otra laguna, las calles son canales y las canchas de tenis no existen más. Fueron arrastradas por el torrente de agua. En el hotel Pierre Marques los muebles flotan, Puerto Marqués está cubierto de agua y yo lloro desde las Brisas.
El aeropuerto internacional está anegado. Hay cincuenta mil turistas varados intentando regresar, ¿cómo, si la carretera está rota y la Autopista del Sol está fracturada? La mayoría muestran preocipación por sus trabajos, hacen cuentas de cómo pagar más dias de hotel y otros de plano se van a los refugios habilitados por el Estado, el Municipio y el gobierno Federal. Entre los locales muchos ya perdieron sus casas, sus negocios y sus fuentes de trabajo.
En el súper ya hay compras de pánico. Ya no hay agua, hay poca fruta y verdura es difícil de encontrar. Si dejas el carrito descuidado ya no encontrarás lo que habías pensado comprar. Es necesario tener cuidado, hay maleantes que aprovechando la angustia y distracción de la gente le quitan bolsas y teléfonos celulares a los compradores.
Por lo pronto ha dejado de llover. Pero miro el cielo y veo que el sol no tiene intenciones de aparecer. Por suerte ya recuperamos la señal de telefonía, fija y de celular, también la de Internet.
Huele húmedo y pesa el pecho. Hay un rumor sordo del que nadie se atreve a hablar. El ratatá de los helicópteros que constantemente pasan frente a mi corren de la base militar y se pierden en el horizonte.
Me empeño en contar bendiciones. Pido a Dios que no llueva para que las labores de rescate se hagan con mayor rapidez. Espero que los que están reparando los caminos, puedan hacerlo, que el abasto de agua potable no se corte y que no falte la luz. Me siento en la Orán mítica de Camus. No hay forma de salir ni de entrar a Acapulco.
Manuel ha traído una fuerte emergencia. Ya vino el presidente y prometió que vendrán casa por casa a preguntar lo que hace falta, a la mía todavía no llegan. La secretaria Robles y el secretario de comunicaciones están aquí, espero que trabajando. Seguro no se están asoleando, hoy no ha salido el sol. La gente no sonríe. Mira al cielo y cierra los ojos. Yo también miro al cielo.

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