A favor de la diversidad

Nos parece increíble, pero hubo un tiempo en que la homosexualidad era catalogada como una enfermedad mental. En esa condición, ser homosexual significaba estar enfermo y las enfermedades se deben curar. Es decir, si alguien se sentía atraído por una persona del mismo sexo, tenía una alteración de la salud que afectaba el funcionamiento de su persona y de la colectividad. El enfermo que padece un mal, puede contagiar a otros que estén sanos e infectar con su mal a personas que no lo padezcan, es preciso curarlo. Pero, ser gay no es lo mismo que tener gripa. No se cura con pastillas ni con inyecciones ni con choques eléctricos. No se cura, como no se cura ser mujer o ser hombre. Es una condición del ser. 

Por suerte, el 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud borró del catálogo de enfermedades mentales la homosexualidad. Ser lesbiana, un hombre que le gustan los hombres no es estar malito ni significa ser prerverso, promiscuo, malvado, pervertido, ni nada oscuro. Al descatalogar la homosexualidad como una enfermedad se busca eliminar razones para discriminar, para rechazar, para temer.

La homofobia, según su significado etimológico, es el miedo a quienes prefieren a los que son iguales, es decir, a los que son del mismo género. Entonces, asusta que alguien se sienta atraído por otro del mismo sexo. Genera miedo la intimidad de una pareja. Las sensaciones de alerta se  disparan cuando veo a dos mujeres darse un beso y se siente angustia cuando dos hombres se toman de la mano. Se siente  peligro cuando veo que dos personas actúan en forma diferente a lo que yo creo que debe ser, o peor aún, a lo que yo quiero que sea. Se activa el absurdo.

El miedo deviene en odio. Desprecio a los que no ven el mundo como yo lo veo, a los que no siguen las reglas que yo impongo. El 17 de mayo se ha convertido en el día de la tolerancia a la diversidad. Tolerar es aguantar las diferencias, soportar al que no ve la vida  como yo. Eso, que es un avance frente al odio y al temor, pero no es suficiente. Este día debiera promover el respeto a la intimidad del ser humano. Cada quien es libre de hacer lo que quiera cuando cierra la puerta de su habitación,  mientras no lastime a nadie. ¿Qué daño engendra una expresión de amor en privado? Si te gusta el rosa o el azul, debo de respetar tus preferencias de la misma forma en la que tú estás obligado a respetar las mías.

El odio se genera cuando se intenta imponer mi punto de vista. Cuando queremos meter la nariz en la vida de otros y dictarles las reglas de vida. No se trata de soportar a los que viven distinto a mí. Pero eso nos incluye a todos.  Los heterosexuales y los homosexuales nos debemos respetar. Ser homosexual no implica ser mejor que ser heterosexual o viceversa. Un gay no debe de verme con odio porque soy buga. No me debe despreciar, de la misma forma en la que yo no tengo razones para juzgarlos. 

Entonces, de lo que estamos hablando es de arrogancia. La homofobia es el grado superlativo de la altanería. El antídoto es elevar las miras. Es dejar de creer que yo estoy del lado correcto.  Es respetar la diversidad. Es entender que lo que pasa en el interior de cada casa que no es la mía, no es mi asunto. Mis gustos no me determinan más allá de lo que prefiero, por eso, más que tolerancia, tenemos que abrir los brazos a aquello que me resulta diferente. Sin juicios. Total, ya entendimos, no es enfermedad, no se contagia. Ver el mundo con esa perspectiva es lo que celebramos el 17 de mayo, es entender la mirada del,otro. Créanme, es sorprendente y gratificante. 

El odio como estrategia

 Resulta que el odio, este sentimiento poderoso de aversión y rechazo que crece como una hiedra incontrolable, es un elemento   poderoso que trae grandes resultados a quienes fincan sus estrategias sobre estas bases. Detestar algo o a alguien, por absurdo que parezca, logra afiliaciones inmediatas e irracionales. Es fácil odiar, no requiere de mucho análisis y el potencial de alcance es un radio de amplio espectro. 

Basta ver lo sencillo que es despertar odio hacia figuras tan inocuas como Justin Bieber o Lindsay Lohan. Ellos, contribuyan o no a su falta de simpatía, son focos de desprecio. Eso viene con la popularidad, nadie es monedita de oro y no es obligación caerle bien a todo el mundo. Incluso, hay figuras a las que les gusta provocar esa antipatía en la gente, porque les trae grandes beneficios: están en la mente del público. Miley Cyrus es el mejor ejemplo, escandaliza para seguir vigente y vender más. María Felix decía que era preferible que la gente hablara mal a que no hablara nada. Entonces, la estrategia era azuzar. Pero, insisto, estos personajes son inocuos. Son inofensivos pues su radio de influencia, aunque es amplio es irrelevante en el sentido que no hace daño.

El problema está cuando la estrategia de odio la adopta alguien que sí puede perjudicar, cuyas palabras pueden destruir o provocar mal. Si los dichos de alguien lástiman a otros, el tema del desprecio toma otros tintes. Ya no se trata de una táctica para conseguir algo, se trata de una cuestión de conciencia y de valores que no se debe tomar a la ligera. Se trata de estatura y altura de miras. Un líder se mide así, por sus parámetros y su capacidad para influir.

Hitler fue un gran líder y tuvo parámetros muy claros. Ojo, dije gran líder no buen líder. El reverendo Marin Luther King fue un buen líder y fue grande también. Ambos sustentaron su liderazgo en el odio. Uno buscó el desprecio como forma de sostenerse en el poder y otro para combatirlo. Uno hizo de la muerte la moneda de justificación a partir de la ruina y destrucción de un grupo específico y otro intentó combatir la ponzoña que se cierte sobre el diferente. 

Ayer, en el súper martes, vi a un líder que cimienta su triunfo en el odio. Incitando al aborrecimiento, sembrando inquina, provocando animadversión y lo que me pareció impresionante es que su audiencia no filtraba la información por ningún tipo de análisis. Trump, se dirgió a las personas que lo acompañaban en el salón de eventos en Florida y al mundo entero con un grito de guerra absurdo: ¿quién va a pagar el muro? Y las hordas embrabecidas gritaban México a máximo desprecio. En las calles, la violencia en contra de los latinos va en aumento. Los musulmanes también son foco  de desprecio y los judios van por el mismo camino. ¿No hemos visto ya este modelo con anterioridad? 

Lo peor, es que el odio es una navaja de doble filo, corta en ambas direcciones. Yo misma, en el momento en que veía a Donald Trump sentí un desprecio salvaje por ese imbécil que se atreve a decir barbaridades contra toda lógica. A pesar del análisis, el aborrecimiento aflora y la antipatía se convierte en algo más, gana potencia y crece como hierba mala, sin control. A eso le apuestan estos personajes. Por ello reciben apoyo de grupos como el KuKuxKlan. ¿Será que los estadounidenses no se asustan con este tipo de modelos autoritarios? Tal vez los que brindan ese apoyo incondicional deberían darse una vuelta por el Museo de la Tolerancia. Es una obligación histórica no repetir los errores del pasado. Evidentemente, no ven las señales de alerta, tal vez porque no las conocen, las ignoran. La ignoracia es un campo fertil de cultivo para el desprecio.

La estrategia del odio es efectiva. Trump no merece mi desprecio, ni el de nadie. Si merece cuidado, vigilancia, escrutinio. Parar a un ser despreciable que siembra odio no es fácil, pregúntenle a Ted Cruz. Lo dejaron ir muy rápido y muy lejos. No o van a parar si usan su misma estrategia, Trump les lleva ventaja. Hay que atacarlo en forma diferente, detectando sus debilidades que son evidentes. Trump es mentiroso, hay que rescarle por ahí. ¿Cuántos fraudes habrá hecho, cuántas trampas, cuántos actos de corrupción? No será dificil encontrarlos. Al exhibirlos, este hombre de pies de barro se desplomará. Ya hay una demanda en su contra, presentada en una corte de Nueva York, se le acusa de fraude. Ya va a recibir el primer golpe.

El odio es una estrategia efectiva, la verdad es aun mejor. 

  

Museo de Memoria y Tolerancia

Ayer visité el Museo de Memoria y Tolerancia. Fue un ejercicio duro y también enriquecedor. Por lo general, los museos muestran la parte brillante del ser humano. Se exhiben las hermosuras que pueden salir de la mano de un artista, admiramos los trazos de una pintura, los avances de civilizaciones pasadas, las notas musicales que se fijaron en un pentagrama, los edificios, monumentos, esculturas, los adelantos científicos. Por eso es todo un choque enfrentarse a la parte oscura del Hombre.

Los crímenes de la Humanidad contra sí misma enchinan la piel, revuelven el estómago, dejan perplejo al visitante. Entonces, ¿por qué visitar un lugar en el que se exhibe el horror y la crueldad que un hombre perpetra en contra un semejante? Es verdad, en el Museo de Memoria y Tolerancia no vamos tras el placer estético, vamos a que se abra el corazón. La búsqueda, en todo caso, es a favor de la empatía.

Hoy, en este momento, mientras lees estás líneas, un niño está siendo abusado, una mujer está siendo maltratada, un hombre está siendo despreciado ¿por? Por su condición. Así de fuerte y así de estúpido. Rechazamos al diferente porque no es como nosotros. Porque no tiene mi tono de piel, mis preferencias, mis oportunidades. El rechazo engendra violencia. De la violencia germinan los actos más detestables y por los que la Humanidad debe avergonzarse.

¿Por qué ir al Museo de Memoria y Tolerancia? Para que no se repitan esas atrocidades y principalmente, para no ser parte de esas brutalidades. Para entender que yo puedo ser parte de la monstruosidad y que puedo estar colocada en cualquiera de los dos lados. Puedo sufrir el desenfreno del desprecio o puedo ser parte de la crueldad sin límites. Ninguna de las dos posturas me gusta.

Después de ir al Museo, de ver un vagón polaco que tenía como destino final Auschwitz, de sentir el tunel de libertad, de ver fotos de víctimas, de escuchar las voces de Hitler y Matin Luther King, entiendo que la bondad y el amor que deberían ser inherentes al hombre, en ocasiones fatales, han sido ahogados por el odio y la indiferencia, por la estupidez. Las salas abundan en el genocidio judio y en la cicatriz del Holocausto. Me hubiera gustado ver más salas sobre el camino de los migrantes, sobre el maltrato a indigenas, sobre los problemas en territorio nacional.

Es importante advertir que la visita nomes recomendada para niños pequeños. Hay fotos explícitas de muerte, vejación, tortura y abuso. Las peores pesadillas están expuestas con la intención de dejar huella y memoria histórica. En cambio, para jóvenes y adolescentes la visita puede ser enriquecedora. Mientras más temprano formemos consciencia, mejor.

Al salir, uno se pregunta ¿cómo hemos sido capaces de llegar a la Luna, de vencer enfermedades, de correr mas rápido que el sónido y no hemos logrado ver igual a nuestro semejante? Por eso, al salir de Museo de Memoria y Tolerancia hice un compromiso. Escribir estas líneas. Buscar que la visita no sea sólo una sensación pasajera, sino ir detrás de una reflexión de largo aliento que promueva la empatía con el distinto y recuerde que el Hombre también es capaz de generar oscuridad.

Visitar el Museo de Memoria y Tolerancia es el primer paso de muchos que hay que dar para generar la consciencia que nos lleve a vivir en un mundo más amable y, por lo tanto, mejor

  

Luxemburgo se pinta del color del arco iris

Aquello que antes era impensable, hoy está sucediendo. Lo que antes era motivo de escándalo, ahora se convierte en fiesta. Sin duda, soplan vientos de cambio. Xavier Bettel, primer ministro de Luxemburgo y Gauthier Destanay, un arquitecto de origen belga, contrajeron matrimonio el pasado viernes quince de mayo. Se comprometieron después que las leyes de su país aprobaron las leyes que permiten los matrimonios entre personas del mismo sexo y contrajeron nupcias en el edificio de la Alcaldía del Gran Ducado.

En un ambiente majestuoso, de arquitectura de la época Alta de la Edad Media, el Primer Ministro en funciones, salió al balcón, al lado de su esposo, una vez concluída la ceremonia y saludaron a los presentes que fueron a celebrar la unión. La bandera multicolor, tan usada en manifestaciones de reivindicación, en marchas a favor de la tolerancia y del orgullo gay, ondeaban con gran felicidad, como traduciendo el grito de ¡qué vivan los novios! 

La muchedumbre aplaudía a los que salieron al balcón de la alcaldía y les pedían que se dieran un beso. Igual que lo hicieron con el Príncipe Carlos de Inglaterra y con Diana Spencer, o como lo solicitaron en la boda de Felipe y Letizia, pero la diferencia  es que estos nuevos esposos se mostraron tímidos y simplemente sonríeron para que los medios pudieran captar la imagen y los morbosos se quedaran con las ganas.

En el pasado, una unión así hubiera sido impensable. ¿Cuántos reyes, reinas y políticos de antes miraran con envidia a esta pareja? ¿Cuántos los juzgarán y pedirán las sales o se pondrán chiquiadoras para salir de la indignación? ¿Cuántos los rechazarán abiertamente y cuántos otros los criticarán por lo bajo? ¿Cuántos serían capaces de mostrar abiertamente su odio?

Yo no.

Veo a esta pareja de esposos como he visto a muchos recién casados. Con la ilusión que da encontrarse en los días de luna de miel, con la novedad de haber firmado un compromiso de vida en común, con esa sonrisa que no les cabe en la cara y esa vibración que expiden los que están realizando su amor.

Me gusta ver esa timidez que tal vez sea prudencia. Con mucho arrojo se convierten en la primera pareja gay que se compone por un mandatario en funciones. Se ponen frente a la plaza del pueblo y con una sonrisa sincera dicen: no quiero esconderme, quiero vivir en paz. Sin provocaciones recuerdan las palabras de San Agustín: Ama y haz lo que quieras. 

Luxemburgo se pinta del color del arco iris, con ese signo de esperanza que vino de lo alto para animar a Noé, como la promesa de que en ve de destrucción habría vida. Por eso, no seré yo la que lance ninguna piedra. Si los tiempos han de cambiar, que sea par que reine la paz.

  

Dios mío, qué te hemos hecho (la película)

Todavía es difícil ver cine de comedia en francés. La cartelera se llena de películas de acción, de dramas y de todo tipo de producciones, en la mayoría norteamericanas y las demás naciones tienen que luchar por un espacio para proyectar sus creaciones, incluso las nacionales. Las oportunidades para ver cine de otras partes del mundo son escasas, por eso, cuando veo que se exhibe algo diferente, de inmediato capta mi atención y trato de ir.

Ese fue el caso de Dios mio, qué te hemos hecho, una película de comedia francesa que sin ser cine de arte, sin grandes pretensiones, llegó a la pantalla para arrancar risas y regalarle oportunidades a las carcajadas. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto en una forma tan blanca. Es una producción que se puede ver en  familia sin la preocupación de pasar vergüenzas,  se puede ver con hijos, con padres y es una excelente pieza para ver con la abuelita. No hay sexo explícito, no hay vulgaridad ni lenguaje soez para provocar el chiste. También es un reflejo de lo que sucede en Francia como resultado de la migración.

Claude y Marie Verneuil son un matrimonio francés muy tradicional, son católicos parácticantes  y padres de cuatro hijas, a las que han tratado de inculcar sus valores y costumbres. La película inicia con La fotografía del matrimonio de su hija mayor con un musulmán, seguida de la de su segunda hija con un judio y al de la tercera con un chino. Para la tercera fotografia el padre ya está descolocado y la madre va vestida de negro. Aunque el matrimonio trata de mantener una mente abierta, les resulta difícil lidiar con la convivencia y en el fondo, siguen depositando todos sus esperanzas de que su hija menor se por la iglesia y parece que lo lograrán, tendrán su boda católica, sin embargo, no es exactamente lo que ellos esperan.

Las situaciones jocosas se dan en la convivencia entre el judío, el musulman y el chino conviviendo con jna familia tradicional francesa que viven en Chillon, donde ser cosmopolita no es tan fácil como París. Una mirada superficial  basta para morirse de risa y cumplir el objetivo de entretenmiento del cine. Pero también cabe un análisis del mosaico en que se están transformando los países eurpeos por el fenómeno migratorio. Los cambios de barrio de Montmatre se reflejan en un comentario de Claude Verneuil, en el que de dice que ya no hay lugares para comer a la francesa, pues todo está invadido de locales que ofrecen comida china, tailandesa, árabe y eso es impensable en un país que siente verdadero orgullo de su comida que es un tesoro nacional. Y las bromas pesadas entre los yernos muestran como Francia se transforma por la presencia de judíos, musulmanes y chinos. En la película se insinúa que China es la que está quedándose con la mejor tajada del pastel. 

Se ve la dificultad de aceptar al diferente, de lo complicado que es tolerar al que piensa distinto y tambien se aprecia como las ideas preconcebidas llegar a alterar los juicios para engendrar conclusiones equivocadas. Es una imagen de lo que está pasando en Francia, sí, pero también en Alemania, en España, en Holanda, en Italia y que se parece tanto a lo que sucede en Nueva York o Loa Angeles.

Al salir del cine, después de tantas risas, me sentí contenta. Tuve la oportunidad de pasarla bien y de eso se trata el cine. También vi el reflejo de la globalizacion en la cotidianidad, en la vida de una familia a la que se puede entender y con la que se puede empatizar. También de eso se trata el cine.



La escala evolutiva del delito

Hablemos con propiedad. El auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se llama Justo Sierra, no Che Guevara. Parece una nimiedad y no, vaya que no. Es algo trascendente. Aquellos que han ocupado de manera ilegal ese espacio académico, que le han faltado al respeto embriagándose, drogándose, orinándose, defecando en sus rincones, le llaman así. Decirle Che Guevara y no Justo Sierra ubica a la gente en un lado o en el otro de la línea. No nos confundamos. Así se inicia el ascenso en la escala evolutiva del delito. No, no exagero. En el momento en el que permitimos que los límites se desdibujen, se abre la caja de Pandora.
Nada nace siendo grande. Así cómo las plantas germinan en pequeños brotes, crecen, engrosan el tallo desarrollan hojas, flores y frutos, un capo no aparece siendo un gran criminal. Todos empiezan cometiendo pequeñas faltas, escalando los peldaños del crimen y van sofisticando sus delitos. Hay que pararlos a tiempo, dejarlos crecer es un grave error.
Muchos asesinos, narcotraficantes, violadores, empezaron como raterillos centaveros que pudieron haber sido detenidos antes de causar más daño, pero encontraron abrigo en la complacencia de las autoridades.
En términos de ilegalidad no debería haber grados. O se está en la legalidad o no. Sí se cruza la línea, si te pasas al otro lado, no hay negociación posible, si se infringe la ley, lo que sigue es castigar. No hay forma de tolerar, hacerlo es consentir, es casi como girar una invitación para seguir delinquiendo.
Autoridades complacientes propician el crimen. Es como una fórmula matemática. Así, permitir el comercio ambulante, es tolerar que un grupo de gente haga las cosas mal. La lista es grande: se apropian de un espacio en las banquetas, venden productos pirata, roban energía eléctrica, bloquean el paso, inhiben el comercio formal, no pagan impuestos. Las autoridades se aguantan porque estos individuos generan una gran cantidad de votos, pero también muchos problemas.
La captura del Chapo es sin duda un gran golpe, pero eso servirá de poco si no atacamos el inicio de la escala evolutiva del delito: franeleros, puestos ilegales de venta de alimentos, comercio banquetero, estudiantes rijosos que violentan un lugar de estudio, y todos aquellos que se apropian del espacio público con manifestaciones o que cobran derecho de piso o comités vecinales que se representan a sí mismos y que aparecen en las nóminas delegacionales. Todos ellos forman parte del inventario de los candidatos a súper delincuentes, si no es que ya lo son.
Así, con autoridades tolerantes el orden se pone de cabeza. Vemos a granaderos golpeados, lastimados y heridos por ciudadanos, en vez de figuras de autoridad que deben ser respetadas. Nos enteramos de vándalos que queman árboles de Navidad, de manifestantes que rompen vidrios e incendian negocios, de universitarios que están más interesados en aventar bombas molotov que en estudiar. La impunidad como madre protectora. Una ciudadanía harta de tanto exceso.
Vecinos que toman las calles por su cuenta, protegen la actividad de franeleros y amenazan con lastimar a los trabajadores que van a instalar parquímetros en las inmediaciones del centro de Coyoacan. Salieron a repartir empujones y empellones a diestra y siniestra; dos personas se llevaron heridas leves. ¿Y las consecuencias? La impunidad impera.
Si la autoridad llora y tiembla ante las amenazas de la gente, si no reacciona ante la promesa de destruir el equipo ya instalado, adivinen qué va a suceder. Es verdad que se debe privilegiar el diálogo, sin embargo, amenazar no es dialogar, es lo contrario. El que amedrenta rompe las reglas de la comunicación. Prestar oídos y darles foro, únicamente potenciará los problema. Es cimentar el primer escalón de la delincuencia, es tanto como sostenerle la escalera a los malandrines para que suban y suban hasta convertirse en grandes capos de la delincuencia.
La escala evolutiva del delito empieza con la tolerancia y se nutre de la impunidad. ¿Cuándo lo vamos a entender?

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El error de la izquierda mexicana

El PRD decide retirarse del pacto por México y me parece que lo hace en mal momento. La izquierda le quita el apoyo al presidente Enrique Peña Nieto quien sorprendió a propios y a extraños cuando hace un año inició su mandato con un logro sin precedentes que fue aplaudido en aquel momento pues consiguió el aval de las principales fuerzas políticas del país e inició con el pie derecho su periodo presidencial.
Los mexicanos saludamos con beneplácito este pacto. Por fin las fuerzas políticas se dejarían de posturas clientelares y convenencieras, había llegado el tempo de los consensos. Estábamos tan contentos pues el propósito del Pacto por México era destrabar una serie de reformas que impulsarán el crecimiento del país. Los políticos se ponían serios, analizaban el escenario mundial y se daban cuenta de que a nuestro país se le habían negado las armas para luchar contra la competencia mundial. Reinaba la convicción de que la guerra debía ganarse afuera y no provocarla dentro de nuestras fronteras. Los mexicanos nos ilusionamos, pensamos que nuestros políticos se dejarían de dar patadas por debajo de la mesa, ya no se meterían el pie unos a otros y los acuerdos en cuanto a posturas básicas que nos permitieran estar mejor posicionados frente al mundo, finalmente se convertirían en realidad. Ahí les vamos. Cuidado China, India, Brasil, los mexicanos ya estamos listos, nos vamos poniendo de acuerdo.
Habría reformas, se avanzaría en un modelo laboral moderno y acorde a la realidad, se propondría una reforma fiscal que agrandara la base de contribuyentes, se buscaría una reforma política en la que nos prometieron que la democracia dejaría de costarnos tanto y habría rendición de cuentas, transparencia, se buscaría una reforma educativa que preparara mejor a los mexicanos, y se abordaría el tema de la energía para darle mayor competitividad al país.
Pero, como era de esperarse, las diferencias empezaron a fracturar el pacto. Evidentemente, las visiones de la izquierda y de la derecha, en México y en el mundo, son divergentes porque ven el mundo desde trincheras distintas. La naturaleza de la izquierda hace que su gente crea en ideales diferentes y en ocasiones antagónicos a los de la derecha. Eso no es novedad.Ya sabíamos que el Pacto por México no iba a durar para siempre, pero esperábamos que aguantara el tiempo necesario para lograr los objetivos planteados. Pues no. Era mucho pedir. Entre moches, arreglos en lo oscurito, corruptelas y canalladas se estrellaron y se rompieron las esperanzas de avanzar.
Lo sorprendente es que El Pacto se haya roto cuando apenas se estaban calentando los motores para las reformas estructurales que el país tanto necesita. Lo peor es que la izquierda se baje del caballo en el momento más malo, es decir, después de haber apoyado una miscelánea fiscal, que no una reforma, en la que lo único que se logró fue que los que hoy pagan, paguen más. Ni se aumentó la base de contribuyentes, ni se mejoró el método de recaudación, ni se impulsó a la economía. Nada. Por el contrario, la izquierda apoyó una serie de modificaciones que permiten al Ejecutivo gastar más sobre la base del endeudamiento. Entre el PRD y el PRI le jalaron el gatillo a una bomba de tiempo que lleva a gastar más de lo que se ingresa y ya sabemos los costos de este tipo de políticas deficitarias. Para sorpresa de muchos el PRD apoyó al PRI para apachurrar aún más a una clase media en peligro de extinción y la puso en aprietos, en peores aprietos. Justo cuándo necesitábamos su oposición, consintió. ¡Qué mal!
Desde 1988, las modificaciones que se lograron el el Congreso fueron sacadas adelante por el binomio PRI-PAN y tal parece que así seguirán las cosas. ¿Me pregunto qué pensará el PRD de pasar a la historia por haber apoyado una reforma fiscal tan mediocre y después salir huyendo ante la responsabilidad de sacar adelante las de mayor calado? En serio, ¿en qué estarán pensando? ¿Por qué no se prestan al debate crítico y civilizado? ¿Por qué no tomar tribuna en favor de los ciudadanos?
Por sí esto fuera poco y como si no pudieran ver el barril de pólvora en el que están sentados, les gusta jugar con fuego. Deciden romper el Pacto por México y no dudo que tengan buenas razones para hacerlo. Ni la Reforma política ni la energética les satisface. Pongamos que tienen razón. ¿Para qué azuzar a la gente? ¿Será que no se dan cuenta de la situación del país? ¿Qué no se percatan que hay grupos anarquistas que lo único que necesitan son pretextos para delinquir? ¿Fuerzas que sólo quieren un pretexto para sacar sus rifles? La situación es delicada y los señores tienen el tacto de un paquidermo.
El error más grave de la izquierda mexicana es que se rodea de malas compañías. México necesita una izquierda seria, comprometida con ideales altos, no merolicos que inciten a la violencia y luego, ante la gravedad a de los hechos resultantes, se agachen muertos de miedo. Las manifestaciones terminan en actos vandálicos, las protestas en asaltos y muchos guerreros furibundos acaban perpetrando actos criminales en nombre de los valores de la izquierda. Así, un policía en el ejercicio de su deber terminó apuñalado por un manifestante que salió de la cárcel después de pagar una multa ridícula. ¿En serio, eso es lo que quiere la izquierda? Proteger a maleantes y descobijar a la gente de bien es mala idea.Un grupo de encapuchados se unió a la manifestación convocada por López Obrador, iban aventando piedras, rompiendo vidrios de negocios, robando mercancías, incendiando establecimientos. Los afectados nada tienen que ver, en nada les estorban a los manifestantes. Son personas que tienen negocios lícitos y que quieren trabajar en forma honesta, pero no pueden. De los criminales que acabaron con el patrimonio de gente decente nadie sabe nada. No hay autoridad que los persiga ni que les exija cuentas por sus atrocidades.
El error que la izquierda está cometiendo es que se está llevando entre las patas a la clase media mexicana. Ya la llevó al baile con los aumentos de impuestos, con el endeudamiento gubernamental que tendrá que pagar de una forma u otra y ahora la subyuga con manifestaciones, plantones, que agobian al Distrito Federal mientras las autoridades hablan de tolerancia. La agarra a garrotazos en sus actividades productivas, afectando sus fuentes de empleo, cerrando sus negocios, vandalizando sus calles, apapachando a quienes los dañan. Eso no está bien. ¿Quién irá a pagar los impuestos que ellos mismos aprobaron si le siguen dando patadas a la gallina de los huevos de oro?
Me gustaría ver una izquierda que debate con las palabras adecuadas y no con patadas; asentada en las razones legítimas que nacen de un análisis verdadero y no en la conveniencia rastrera. Me gustaría una fuerza opositora que pugnara por defender al ciudadano y no una turba llena de ocurrencias. Me gustaría una militancia con ideales, no un ejército de huelelillos que se ajustan a lo que su prócer les exige. El error de la izquierda mexicana es que está dejando pasar esa oportunidad de ser una auténtica alternativa ciudadana.

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Sin odio

Vivir sin odio es vivir sin cargas. Hay distintos tipos de odio pero, en términos generales, uno nace del resentimiento y otro germina de manera espontánea. El recuerdo constante del mal recibido es distinto al desprecio sin razón, de todas formas ambos son pesados. El peor de todos los odios es el que se genera por la condición de otro ser humano, por sus diferencias. Es vil, pues nace de un juicio en el que yo me situó en una posición de superioridad y desde ahí sanciono. Es el peor porque en la mayoría de los casos no pasa por el tamiz de la razón.
Aborrecer a alguien por su preferencia sexual es una de las prácticas más comunes e ilógicas. En el mundo es difícil ser diferente. Juárez lo dijo de manera contundente, el respeto al derecho ajeno es la paz. Hoy en día, para sentirnos de avanzada, hablamos de tolerancia. Tolerar es sinónimo de aguantar, de apechugar. Tolerar no es suficiente. Es necesario respetar.¿Por qué debo yo de juzgar si a ti te gusta el azul o el rosa?
Tengo muchos amigos gays. Tengo muchos amigos heterosexuales. Con ninguno hablo de lo que sucede en mi habitación cuando cierro la puerta. Para mi son iguales. La intimidad es algo sagrado y personal. Nadie debe juzgarla, hacerlo nos deja fuera de lugar.
La soberbia es el pecado capital más grande, es atribuirnos funciones que no nos corresponden, es sentirnos Dios sin serlo. Hay muchos que disfrazan su odio con variedad pieles para que pasen como algo adecuado, para justificar su odio. Dicen que ser gay es indecente, es en contra de la naturaleza, que Dios no lo ve bien. ¡Ah, que caray! Yo entiendo que Dios es amor. Amor inagotable que no se detiene ni por el color, ni por el sexo, ni por credo, ni por preferencia sexual.
El odio gratuito es una forma de estupidez mayúscula, la homofobia es eso. Despreciar a alguien por sus elecciones es absurdo y no me da motivo para verlo por encima del hombro. Si el odio es una carga para el alma ¿Por qué voy a acarrear un lastre por la vida de balde? Especialmente cuando lo que elige el otro no me afecta, ni me falta en forma alguna. En su territorio, nada tengo que opinar.
Igualdad y respeto. Ser gay o ser buga, ser homosexual o ser heterosexual no es ni mejor ni peor, es sencillamente diferente. Ni superior, ni inferior. La estupidez y la grandeza de alma se alojan en el corazón del ser humano con independencia de sus preferencias sexuales. La pequeñez de espíritu se da cuando le dejamos más espacio a la antipatía que se obsequia sin motivos. El desprecio encoge el alma y destiñe la inteligencia.
Yo me pronuncio por un México sin homofobia. Entre odiar y amar yo prefiero amar. Sin duda. Sin vacilación.

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¿Y si fuéramos felices?

¿Y si fuéramos felices? ¿Y si en lugar de ver el jardín de al lado nos concentráramos en el propio? ¿Y si en lugar de comparar tanto nos dedicáramos a disfrutar lo que hay? ¿Y si en vez de fijarnos en la mancha nos hiciéramos disimulados? ¿Y si analizáramos menos y sonriéramos más? ¿Y si echamos a un lado el agobio? ¿Y si abriéramos los brazos en vez de apretar los dientes? ¿Y si dejáramos de sufrir por el auto que no vamos a comprar o las vacaciones a las que no podemos ir?
¿Y si le dedico menos tiempo a la pantalla y más a dar besos? ¿Y si dejáramos de criticar? ¿Y si nos alejáramos del chisme? ¿Y si le bajo al nivel de rencor? ¿Y si extendiera la mano? ¿Y si me alejo de la báscula y me como diez chocolates? ¿Y si digo buenos días? ¿Y si arreglo mi escritorio? ¿Y si comparto más y me quejo menos? ¿Y si visito a mi amiga en vez de hablarle por teléfono? ¿Y si me atrevo a dejar los pretextos a un lado? ¿Y si nos acercamos? ¿Y si encuentro más razones para ofrecer una disculpa? ¿Y si me atrevo a no tener la razón? ¿Y si dejo que me gane la risa? ¿Y si te hago cosquillas? ¿Y si doy las gracias? ¿Y si pienso en Dios? ¿Y si le doy espacio? ¿Y si lo logramos? ¿Y si fuéramos felices?

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