Dice el libro del Génesis que el el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Entonces, el Creador separó la luz de las tinieblas y creó una bóveda en medio de las aguas para que se separaran unas aguas de las otras. Así, me imagino a Dios separando los mares celestiales de los terrenales.

Las mañanas en Acapulco nos dejan en claro la intención autoral de Dios. Las aguas del cielo se detienen en el firmamento y el azul de los océanos es de un tono diferente al que está en lo alto. Pero, hay ocasiones en que, al volver la mirada hacia arriba, nos podemos confundir.

Las nubes parecen esas espumas de las olas y podemos adivinar los oleajes celestiales en las aglomeraciones de los cúmulus nimbus que parecen algodones abigarrados o borregos que van en procesión.  La mirada puede confundirse, cómo de que no. El cielo y la tierra se unen en el agua, se tocan en el horizonte, pero mientras más alejados están, más se parecen. O, esa ilusión nos da Acapulco.

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