Frida Sofía

El nombre me pone los pelos de punta. Hace un año, las personas que vivíamos en la capital de la República Mexicana amanecimos con el ánimo por los suelos, sentíamos la garganta hecha nudo y una especie de polvito que nos picaba el cuerpo. Después del sismo del 19/09/17, porque la ironía no nos dispensó la mala broma de repetir la tragedia de un terremoto en la misma fecha, en el mismo lugar con casi tres décadas de diferencia, amanecimos alicaídos. Muchos salimos a la calle para ver en que podíamos ayudar, llevábamos a los centros de acopio alimento, agua, medicinas, picos, palos, cuerdas o lo que hiciera falta y queríamos ser útiles y solidarios. Por primera vez en mucho tiempo, la calle fue de los ciudadanos. Nos sentíamos más seguros afuera que en nuestras casas. No teníamos miedo de hablar con desconocidos, no nos asustaba que alguien nos fuera a asaltar o a hacer daño.

Otra vez, como hacía años no nos pasaba, nos sentamos frente al televisor para informarnos. Las redes sociales daban cuenta de muchos lugares en los que se necesitaba ayuda que luego resultaban ser falsos y, entonces, la televisión mexicana perdió una oportunidad de oro que la tragedia le estaba poniendo en bandeja de plata: ser una fuente confiable y creíble de información. No, no todos estuvieron a la altura de las circunstancias. En medio del dolor, de la destrucción, de los recuerdos surgía un nombre: Frida Sofía.

Nos enfrentaron a la realidad de la escuela Enrique Rébsamen, a imagenes de pequeñitos que fueron sacando de entre los escombros y luego nos dijeron que había una niñita que se llamaba Frida Sofía que estaba atrapada entre los pedazos que quedaron de esa construcción que después nos enteraríamos estaba rodeada de irregularidades, de permisos falsos, de certificados ilegales y de corrupción dolorosa, de esa que cuesta vidas. Pero, nada de eso importaba. Lo que queríamos era que Frida Sofía saliera con vida.

Televisa hizo una transmisión en la que casi segundo a segundo nos iba informando sobre los avances de ese rescate. Primero nos dijeron que era un niño, pero no sabíamos su edad. Me venció el sueño y me quedé dormida pidiendo a Dios por esa criatura. Soñé pesadillas. Mi primer pensamiento a día y medio del terremoto fue el niño que ya era niña y que se llamaba Frida Sofía. Puño en alto y todos guardaban silencio en los alrededores del Rébsamen y yo desde la casa también lo hacía y rezaba quedito. Hasta Denise Maerker engolaba la voz y todos llegamos a creer que si teníamos la esperanza en alto, lograríamos ver como sacaban a una nenita de las entrañas desbaratadas de una construcción vencida.

La tragedia subió de tono cuando empezó a llover en la Ciudad de México. La transmisión cambió de tono, la preocupación nos llevó al paroxismo y otra noche más me venció el sueño. Entre sueños, rezaba por Frida Sofía, por sus padres y sus familiares. En la mañana, me pregunté dónde estaría la familia de la pequeña y agradecí a los cielos que los reporteros fueran tan respetuosos con los familiares de la pequeña que estaba en semejante desgracia.

Y, el fiasco.

Frida Sofía no existe, nunca existió. Surgió de la mente retorcida de algún imbécil que además de estúpido es de un corazón tan negro como la oscuridad que reina en los infiernos. Así, la televisión mexicana que transmitió semejante mentirota, perdió el honor y la posibilidad de convertirse en un canal digno de comunicación confiable.  Nos volvieron a dar atole con el dedo y, al final, yo quisiera saber con qué afán lo hicieron.

México sobre una laguna

El ombligo del mundo que los aztecas buscaron desde Aztlán, lo vinieron a encontrar sobre una laguna. El símbolo tan ansiado del águila devorando a la serpiente, estaba en un nopal que creció en un islote y los peregrinos indigenas con fe absoluta en la figura que hoy da identidad al país entero, decidieron asentar su civilización en un espacio con agua. La belleza de lo que crearon nuestros antepasados sorprendió a tal nivel a nuestros conquistadores que la llamaron la Ciudad de los Palacios. Pero, los aztecas no eran estetas nada más, parece que fueon muy inteligentes. 

Según científicos del Cinvestav, aquella laguna y toda esa agua que nos empeñamos a entubar y hundir en el subsuelo hoy nos sirve como una especie de Tamper protector. De acuerdo con Wen Yu Liu, Jefe del Departamento de Control Automático del Cinvestav, para contrarrestar los eventos la decisión de construir sobre una laguna fue un gran acierto, espacialmente al tratarse de terremos que se encuentran en una zona telúrica. ¿Qué es un Tamper? Son swithces se pueden encontrar en diferentes dispositivos electrónicos, como detectores de movimiento, paneles de alarma, paneles de detección de incendio, controles de acceso, sirenas, cámaras, etc.

Algunos detectores y en muchos casos el mismo panel de control incorporan un par de terminales llamados Tamper. Estos son dispositivos que atemperan y amortiguan en caso de una situación de daño. Estos interrumptores operan  cuando alguien intenta quitar la cubierta del detector o en el caso del panel intenta abrir la tapa de la caja frontal, se abren dando condición de alarma. Estos contactos deben ser conectados a una zona de 24 horas del panel de control y es recomendable usarlos para evitar sabotajes del sistema cuando está desactivado.
La laguna de Texcoco funciona como un Tamper natural que sirve al mismo tiempo para ayudar a dar una alarma que para amortiguar la intensidad de onda de un movimiento telúrico, que según Yu Liu, si no existiera esta capa de agua en el subsuelo, los terremotos alcanzarían grados superiores. Hizo hincapié en la importancia de cuidar en la capital mexicana uno de los mayores tampers naturales con los que se cuenta; es decir, el agua que aún existe bajo la ciudad, pues de acuerdo con la opinión de algunos expertos mundiales en el tema de ingeniería, este líquido amortigua los movimientos telúricos. El científico señaló que hasta el momento los terremotos no pueden evitarse ni pronosticarse con mucha antelación, pero pueden implementarse medidas preventivas que harán que se reduzcan los riesgos potenciales.

A partir de estas observaciones, en Cinvestav está desarrollando un sistema de construcción que estabilice las estructuras durante el movimiento de la tierra por medio de dispositivos con tampers. Pero, lo importante es resguardar nuestro propio amortiguador que está hundido en el suelo. Esa herencia que nos dejaron nuestros antepasados y que como tesoro perdido, hoy que lo hemos encontrado, debieramos valorarlo y cuidarlo.

Espacio para llorar

A una semana del sismo del 19 de septiembre, después del susto, de las prisas por ayudar, de la necesidad de sostener la esperanza en alto, de la urgencia por dar, llega el momento de inclinar la cabeza, de llevarnos las manos al pecho y de dar tributo a los caídos.

Algunos, pensarán que todavía no es tiempo, que hay que seguir escarbando en los escombros, que es muy pronto. Tendrán razón. Tendrán toda la razón. Sin embargo. Llega un momento en el que debemos desatar el nudo que tenemos en la garganta para dejar fluir el llanto.

Todo sucedió tan rápido que ni tiempo nos dio para despedirnos. Andabamos tan ocupados tratando de servir en algo, que no hemos encontrado el momento para decir adiós. Por eso, la idea de formar un memorial de flores y mensajes dedicados a los trescientos veinte —o más— que perdieron la vida a causa del sismo es para apaludirse, para respetarse. 

Un grupo de floristas organizó en el Parque México un vergel para darle espacio a todos los capitalinos donde llorar. Lo mismo los que ayudaron donando, que los que perdieron a un ser querido, los que pusieron sus manos o contribuyeron con talento, todos podemos participar, ir a colgar una nota de solidaridad a los deudos, de ánimo a los desalojados, de pena extrema, de luto. 

Habilitaron un espacio para llorar.

Para dejar que se vacíe el cuerpo de la perplejidad que nos dejó este temblor, que se nos salga la amargura, que se viertan lágrimas. Que nada de eso se quede adentro porque le quita espacio al recuerdo de los que se fueron, al agradecimiento para los que ayudaron, a la admiración frente a tanta solidaridad.

Grieta

El martes pasado salió la grieta. Tal vez sea nueva, pero me temo que ya era vieja. Los más seguro es que se haya formado hace treinta y dos años y se haya cubierto con el estuco que se forma con el tiempo. No obstante, ahí estaba. Por supuesto, el martes se hizo evidente. Tomó escena, sin importar si era vieja o la acababa de estrenar.

Por ese hueco, se me va la consciencia del tiempo. No sé si es domingo, lunes, hoy o ayer. Ni idea tengo si tenía que estar aquí o allá. Se me escurre la consciencia. Se meten los vientos que trastocan las prioridades. La grieta, abierta, deja entrar los recuerdos de polvos y escombros viejos, aunque, los confunde con los pedazos que quedaron tirados en el hoy.

En esa grieta, van sangrando mis muertos antiguos, los que se quedaron en 1985 y ya no pudieron ver las computadoras móviles, los teléfonos celulares, la inteligencia de las aplicaciones y la importancia de una pantalla. Por ahí se asoman los que no supieron lo que pasó el otro diecinueve de septiembre para entender lo que les sucederia en esa misma fecha.

Me pregunto si la grieta se volverá a cerrar, si quedará abierta, si dolerá siempre o si formará parte del paisaje de todos los días. Hoy, me duele y me tiene aturdida. Parece que voy funcionando, que sonrío, que me levanto y me acuesto como siempre, como a diario. 

No.

La grieta está latiendo. Late hoy. Late fuerte. 

Dice Celso Santajuliana que las escrituras manan de las grietas que rompen el alma. Si esto es así, no importa si la grieta es vieja o si es nueva. No es relevante si la vieja se hizo nueva o si la nueva se le encimó a la vieja. Tampoco estoy segura de que por ahí vaya a salir algo. 

No lo sé, hoy la grieta me tiene confundida. Solo el tiempo…

Entre la solidaridad y la rapiña

En México, la mayoría nos tomamos de la mano frente a la adversidad. Unidos le damos cara al dolor, a la destrucción, a los escombros, al polvo, a la muerte. Pero, también existen los contrastes. La realidad nos pone frente a lo mejor y a lo peor que tenemos y una raya separa claramente a los mejores de los peores. Por fortuna, la multitud de gente maravillosa supera a la minoría de abusivos, de estúpidos, de rateros, de chistosos que abusan del dolor ajeno.

Las redes sociales jugaron, frente a la tragedia del terremoto vivido el martes pasado, un lugar preponderante. En segundos, sabíamos dónde hacía falta ayuda y manos solidarias se hacían presentes sin mayor trámite que la convocatoria. Tristemente, algún payaso ponía información falsa. Gente con palas, picos, guantes de carnaza, comida, agua, llegaba para encontrarse que ahí no se necesitaba ayuda, que algún pasado de listo quiso reírse de la buena voluntad y mando una alerta de ayuda a un lugar en donde todo estaba bien. Lo peor era el descuido con el que la gente replicaba esa información sin verificar si era cierto o no.

Hubo alertas de destrozos en vigas del segundo piso, peticiones de peritos para casas que no existían, listas de desaparecidos con nombres falsos, derrumbes que eran falsos. Mentiras viles. La onda expansiva de la desinformación se hacía más grande porque, en una necesidad genuina de ayudar, se propagaba la necedad de algún imbécil, que en la insensibilidad frente al horror se moría de risa, sin  que hubiera freno. Los memes aparecieron y afortunadamente, no han sido tantos.

Hubo topos falsos, binomios de perros que no estaban entrenados, gente que quiso meterse a los derrumbes con chalecos falsas, noticias adulteradas que se difundieron, nombres de niños que no existieron. Por eso, de repente, había personas que se ofrecían a llevar los víveres que habían comprado, o centros de acopio que se formaron de manera espontánea y la gente prefería llevarlos personalmente para verificar que todo llegara a buen puerto, o de plano entregarlo en manos del Ejército o a las universidades para que no se hiciera mal uso de la ayuda.

Sí, seguimos creyendo en el Ejército y en la Marina, que han sido héroes que siguen trabajando día y noche para encontrar vida..

Lo asombroso era ver como las filas de gente que quería ayudar, las pilas de comida, medicina, agua, ropa que se formaban en los centros de acopio. Era tanta que conmovía el corazón. Pero, una línea divide y pone a la gente en lugares distintos. Por suerte, la solidaridad opaca a la rapiña. Las justificaciones de los que difundieron noticias falsas, no valen. No se puede jugar con la buena voluntad de la gente.

Infatigables 

Infatigables, así son nuestros héroes. Gente espontánea que se une a los escuadrones de ayuda y se convierten en rescatistas para apoyar a las víctimas. Unos preparan comida, otros corren a comprar víveres, otros ofrecen manos para clasificar la ayuda, otros orfecen mirada experta, opinión profesional, otros ponen las manos, otros talento, todos hacemos lo que mejor podemos con el corazón en la mano.  

Lo mismo los topos que militares que gente de la Armada de México e integrantes de la Sociedad Civil trabajan a pleno rayo del sol, en la oscuridad, entre polvo, bajo la lluvia, todos estos héroes mexicanos han dado su apoyo en forma masiva, a tal nivel que los centros de acopio y brigadistas han comunicado que ya no se requiern voluntarios. En la Ciudad de México, hay personas que hacen fila para empezar a ayudar.

El entusiasmo de los jóvenes emociona hasta los huesos. Se organizan en brigadas, forman líneas de producción, ayudan, se pintan en los brazos nombres, tipo de sangre, modos de identificación. Me asombra ver la forma entregada en la que se ofrecen manos y recursos. En medio de la desespeación, inyectan esperanza.

Los perros han sido rescatistas maravillosos. Estos animalitos son generosos y eficientes. Todos trabajan contra el tiempo. Las maniobras son cada vez más complicadas, más precisas, mas delicadas, en fin, más lentas. Frente a la impotencia de querer ayudar, de apresurarse y no poder, los héroes ponen sus fuerzas, su trabajo, au entusiasmo, sus oraciones, su esperanza.

La fatiga que provoca tanto dolor, no quita a nadie el impulso para poner su grano de arena. Restauranteros ofrecen café y pan, las filas son larguísimas y son para ofrecer ayuda. Los escombros nos abuman, la solidaridad que no acaba, nos conmueve. Nos unimos y si se eleva el puño cerrado, nos callamos. El silencio que se indica con el puño en alto, nos genera esperanza.

No nos podemos quedar sin hacer nada, es lo que decimos todos. Aplaudimos al Ejército y a nuestras Fuerzas Armadas, a nuestros Topos y por fin entendemos que todos somos héroes frente a la desgracia. Infatigables, eso somos hoy en México.

Otra vez 19/09

Como si se tratara de un chiste macabro, justo después de haber hecho un simulacro para honrar a las víctimas del sismo de mil novecientos ochenta y cinco y para saber qué hacer en un terremoto, empezó a temblar la tierra. Fue violento. Fue increíble. Fue de 7.1 grados. Se sintió más fuerte. 

Minutos antes, cuando todo era simulado, cuando era de mentiritas, las cosas funcionaron a la perfección, en cuarenta segundos habíamos evacuado el edificio. La realidad del terremoto nos rebasó. Si minutos antes lo hicimos en forma ejemplar, en esos momentos los nervios hicieron de las suyas. No pude bajar. Las escaleras estaban abarrotadas y no había forma de pasar.

Siempre tuve miedo de que un terremoto me sorprendiera dando clase, pensé que no sabría qué hacer. Pero, hoy no puedo dudar de las posibilidades de una voz potente. Instintivamente, grité: No empujo, no grito, no corro. Mis alumnos salieron tranquilos y en orden. Siguiendo el ejemplo de Ricardo Bernal, que en otra ocasión me enseñó que un profesor es el último en salir, yo fui quien me quedé a cerrar la puerta. 

Al tratar de bajar, me di cuenta que jamás lograría bajar. Una persona estaba fuera de sí, llorando, tirada en el suelo, bloqueando el paso. Imposible llegar a la planta baja. Uno de mis alumnos, Dios lo bendiga, me tomó de la mano. Nos pegamos a la pared para formar un triángulo de vida. Se unieron otros dos: nos tomamos de la mano. La Torre Latinoamericana se movía como si  fuera de chicle, el campanario de Regina Coelli parecía de plastilina. El suelo se movía con fuerza. Creí que nos íbamos a morir. En ochenta y cinco, la zona del Centro fue devastada. 

Cerré los ojos. 

Fue eterno. Duró una perpetuidad. Fue infinito.

El movimiento empezó trepidatorio y luego comenzó a oscilar. Todo rechinaba. Un estruendo. Una nube de polvo. El movimiento no paraba. La gente lloraba. Yo quería gritar. Pero me amarré la garganta. Me hicela valiente. Estoy hecha migajas.

Por fin acabó de moverse la tierra.

Tratamos de tranquilizar a la persona que lloraba en forma descontrolada. Bajamos lentamente. Rostros pálidos. Cuerpos temblorosos. Espíritus solidarios. Nos reunimos en el punto de encuentro. No alcancé a tomar mi celular. Estuve cuarenta y cinco minutos esperando para que los expertos de la brigada inspeccionaran el edificio y nos dejaran pasar por nuestras cosas. Las noticias de la gravedad de las consecuencias. El corazón se me salía. Pedía a Dios por mi marido y mis hijas. No me podía comunicar.

Miro al cielo. Agradezco. Otra vez fue un diecinueve de septiembre. Otra vez lo puedo contar. Tengo una tristeza en el alma que no se quiere salir. Es verdad, la emergencia no es igual que la que se vivió hace de treinta treinta y dos años, es cierto que aprendimos de aquella lección, pero hay muerte, hay gente atrapada, hay niños que son víctimas, hay pena. 

Me sorprende la capacidad que tenemos los mexicanos para ayudar, para organizarnos de inmediato y poner las manos al servicio de los demás. Los mexicanos crecemos frente a las desgracias. Hoy, nos necesitamos grandes.

Rotos

Se nos mueve la tierra. La superficie se agita y en unos cuantos segundos, se desmoronan casas, se hacen polvo las vialidades, se arrebatan vidas y lo que queda en pie luce tan frágil que nos da miedo estornudar. Nos tallamos los ojos para afocar la mirada, para valorar y entender lo que acababa de suceder cuando nos avisan que ahí viene un huracán categoría uno.

Los vientos que presagian la llegada de Max son tan poderosos que las cosas salen volando a gran velocidad. Por ahí se ve una silla de playa que va volando junto a una sombrilla, como si fueran fantasmas y cerramos los ojos porque no nos queremos imaginar el impacto cuando estos dos caigan al suelo o se estrellen contra una pared. No es lo único que vuela por los aires.

En Corea del Norte, siguen haciendo pruebas nucleares. Un día sí y otro también, nos enteramos con terror de que un necio va a la cabeza de la carrera armamentista y que no le importa nada. Él quiere estallar bombas como quien se divierte jugando con fuego. El nuevo Nerón siente fascinación por los aparatos de destrucción masiva y nadie le da una nalgada, le quita sus juguetes y lo manda a reflexionar al rincón. 

No se entiende nada.

La destrucción que causa un fenómeno natural nos da perspectiva, somos pequeños. La destrucción que se causa por la voluntad de un hombre nos pone en otra reflexión, somos imbéciles. 

Hace falta poner atención. El sufrimiento de gente en Chiapas y Oaxaca, en Houston o Miamai es doloroso. Ricos y poderosos quedan a la misma altura de los pobres y débiles. Se pierde todo y encontrar fuerzas para empezar de nuevo es cosa de grandes espíritus. La solidaridad y la ayuda es inherente al ser humano. Extender la mano es natural. También, hacer daño.

El mundo hace ruido, la tierra se mueve, los aires se agitan y en algún lugar del mundo, alguien se frota las manos y sonríe mientras ve que puede causar destrucción. Lo imagino tocando su lira mientras prepara el incendio. ¿Y si viera las fotografías de Juchitán? A lo mejor con esas imágenes se le calman las ansías. Andamos rotos, no hay duda.

Lo que quedamos a deber

Hace treinta años volvió a temblar en la Ciudad de México. El terremoto del veinte de septiembre fue de menor intensidad que el del día anterior, sin embargo, causó más estragos. Han pasado tantos años y los sobrevivientes de esos terribles acontecimientos nos hicimos la promesa de que jamás veríamos a nuestra queridísima ciudad volverse a romper así. 

Ciertamente, los reglamentos de construcción se modificaron, tomaron en cuenta medidas antisísmicas, se modernizaron los procesos constructivos y se incluyeron artefactos que movieran las construcciones al vaivén de las ondas telúricas sin dañar. Lo importante era enumbrar la vida humana y preservarla a toda costa. Se daba relevancia a lo que impidiera volver a buscar a los nuestros entre cascajos.

Pero los recuerdos son débiles y el tiempo implacable. Muchos de los que hoy habitamos la Ciudad de México no vivieron la trágedia. Las promesas se olvidan y los compromisos se postergan. Los muertos ya no tienen voz. Debieran tenerla.

A treinta años de los terremotos de 1985 hemos quedado a deber. El uso de suelo sirve más como caldo de cultivo de corrupción, las licencias de construcción se reparten y se conceden por medio de mordidas, en los espacios en los que estaba prohibido edificar se alzan edificios de muchos niveles. En la Capital de la República se derribaron casas para hacer condominios horizontales, se transformaron terrenos unifamiliares en base para rascacielos con departamentos, centros de negocios, alberca, gimnasio y pisos de estacionamiento. 

¿Por qué olvidamos tan rápido? La autoridad del Gobierno Central saca las manos y señala a los Delegados que a su vez hacen lo mismo. Yo no fui, fue tete, pégale, pégales que ella fue. Y todos salen sonrientes, brincando alegremente de una posición a otra, de un cochupo al que le sigue. En la Ciudad too está prohibido para el que no le alcanza y permitido al que llega la precio. 

Las placas de Cocos y las del Pacífico volverán a chocar, ya lo han hecho. Es verdad, estamos mejor preparados que hace treinta años, sin embargo, hemos quedado a deber. Hemos olvidado que la noche del veinte de septiembre de 1985 hicimos una promesa que no hemos cumplido a cabalidad. No todavía.

  

El día siguiente

Todos hablan de la devastación que sufrió la Ciudad de México por el terremoto de las siete de la mañana con diecinueve minutos has casi treinta años. Pocos hablan de lo que sucedió un día después. El veinte de septiembre de 1985 yo estaba en la Ciudad de México. Los teléfonos celulares no existían, la telefonía fija no servía, no había suministro de energía eléctrica, la señal de Internet no era algo conocido entre la gente. Salir a caminar por la colonia Álamos, donde yo vivía con mis padres era más que suficiente para dar cuenta del desastre más grande de la historia de la capital de la República Mexicana. Parecía que un tropel de dinosaurios pisaron los edificios y las calles. La Secretaria de Comunicaciones y Transportes quedó como acordeón y en el Eje Central el pavimento estaba fisurado y con hoyos por los que se veía el drenaje. Del olor mejor no hablamos.
Era tarde y estaba oscuro cuando escuchamos un rumor, enseguida la tierra comenzó a trepidar de nuevo. Los segundos se estiraban como ligas, eran eternos, el suelo se agitó por una eternidad y no tenía intenciones de parar. Todos en mi casa corrimos a la calle hasta que la tierra se pudo en calma. Ahí nos quedamos por horas. Nadie quería entrar a las casas. Mis padres, mi abuela, mis hermanos y yo nos sentamos en el quicio de la banqueta, junto a nuestros vecinos y ahí nos quedamos por horas sin atrevernos a regresar al interior de la casa. Por fin, mi papá se impuso y nos obligó a entrar. No pude dormir. En la madrugada me salí a ayudar. Repartíamos comida a la gente que estaba quitando escombros tratando de encontrar sobrevivientes.
En general, siempre se habla y se recuerda el 19 de septiembre de 1985. Pocos hablan del terremoto del día siguiente. Si mi colonia estaba destruida, el 20 de septiembre la tragedia escaló la proporción. A pesar de que el temblor del día siguiente fue de menor intensidad según Richter y Mercalli, en la escala de la angustia la devastación fue sensiblemente mayor.
Hoy, veinte de septiembre estoy en Acapulco. Después del terremoto del 19 de septiembre y del del día siguiente, esta tragedia es la peor afectación por un desastre natural que ha sufrido México. En 1985, la cuenta de personas muertas no reflejó la realidad. Las cifras oficiales fueron un muy mal referente. Sospecho que una vez más sucederá lo mismo.
Ayer caminé por la calle de Rompeolas. La gente corría a sus trabajos, esperanzados de encontrar su fuente de empleo. Mozos, albañiles, guardias, cocineras, taxistas, trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, repartidores de gas, le daban vida al despertar de la mañana. Saludaban con esa expresión de tristeza y de triunfo que tienen los sobrevivientes. Al preguntar por la situación de sus casas y familias escuché historias de terror. Lo que más me impresionó fue escuchar la cantidad de niños desaparecidos. Podrían ser más de cincuenta. Las cifras oficiales dicen que hay noventa y nueve muertos. Imposible, son muchos más, eso sólo aquí en el puerto, falta saber lo que sucede en las comunidades aledañas y en todo el Estado. Noventa y nueve es un número muy menor y se ajusta poco a la realidad de las calles.
Me ha tocado vivir dos de los desastres más grandes que han devastado al país. En este tipo de tragedias descubrimos de que están hechas las personas. Unos huyen, otros aprovechan la oportunidad y se dan a la rapiña, la mayoría ayudan. Así sucedió en la Ciudad de México en 1985, así sucede hoy en Acapulco.
Siempre sucede al día siguiente de la tragedia, se hace el recuento de los daños, el inventario de las experiencias y se ve con claridad. Se descorre el telón. Es el día de devolver los restos de los que no sobrevivieron al seno de la tierra. En el escenario aparece la tragedia, sí, sin duda. Pero también se ve la solidaridad y la dimensión de las personas. Hoy camino de la mano de mi hija por la calle de Rompeolas, los que llegaron a trabajar ya iniciaron su reconstrucción, otros siguen recogiendo sus pedazos tratando de armárselo nuevamente. Nosotras al mirar al cielo descubrimos un Arco Iris.

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