¿Quién es Carlos Ramos?

Carlos Ramos es el árbitro que ejerció como juez de silla en la final del USOpen que disputaron Serena Williams y Naomi Osaka. Es un hombre prestigiado y en esa condición fue elegido para arbitrar un juego tan importante. No era la primera vez que lo hacía. Su fama le precede y en el circuito es conocido como un hombre estricto. Un árbitro debe serlo.

Serena Williams también tiene una fama que la precede. Sabemos que es una campeona y al igual que McEnroe, Connors y Roddick, son jugadores agresivos e intolerantes con la autoridad. No es la primera vez que vemos a la señora Williams gritar, romper, raquetas, hacer berrinches y perder una final en el USOpen por conductas antideportivas. Ya había sucedido en su encuentro con Kim Clijsters en el que perdió un punto por amenazar a una nuez de silla. Ese punto la precipitó a perder el partido. Sin embargo, ella perdió el partido porque enfrentó a una mejor rival. Su tenis no le alcanzó para ganar. Pero, Clijsters es una jugadora con experiencia, una mujer educada que extendió la mano a Williams y festejó su triunfo. Ella ganó, Serena perdió.

En el encuentro contra Naomi Osaka, Williams estaba verdaderamente apabullada por una jovencita que le pasó encima como aplanadora. Eso la desesperó al punto de montar un berrinche que le mereció las sanciones que Ramos le aplicó. Sólo un ciego no ve lo que sucedió. La mujer violó el reglamento. El coach de Williams confesó que sí estaban haciendo trampas, el warning que aplicó Ramos fue correcto. Serena rompió una raqueta e insultó a un árbitro. Tuvo claras conductas antideportivas y violaciones al reglamento vigente. Ramos aplicó las reglas.

Ahora, algunas celebridades como Billie Jean King —quien ha luchado tanto por un deporte más igualitario—, sale a defender a Williams y se hunde con la jugadora. King dice que la sanción a Williams es por cuestiones raciales y de género. Me molesta que temas tan relevantes se esgriman para defender lo indefendible. Desgastar estos argumentos y poner a una jugadora berrinchuda que violó el reglamento en condición de víctima es verdaderamente indignante.

Ahora dicen que Carlos Ramos es machista y racista.

No.

Carlos Ramos es un hombre sensato, un árbitro que hizo su trabajo, que aplicó el reglamento a la letra. Me parece que Williams hizo trampa cuando su coach le hizo señas. Serena mintió cuando dijo que no era tramposa, su propio entrenador la echó de cabeza. Ramos la sancionó correctamente. Williams rompió una raqueta y fue sancionada correctamente por ese hecho. Serena perdió los estribos e insultó a la autoridad y recibió un castigo por ello. Carlos Ramos es el árbitro que aplicó las reglas y no se dejó impresionar por la figura de Serena Williams.

Ser mujer, ser afroamericana, ser una celebridad, ser amiga de Billie Jean King no te da carta blanca para violar reglamentos, no te hace intocable y no te blinda para que puedan portarte en forma antideportiva. ¿O si? Me alegro que la Federación de Tenis apoye el arbitraje. Me parece un error que no le hayan dado un reconocimiento por su actuación en el partido.

Carlos Ramos defendió el juego blanco que caracteriza al tenis. El tenis es un juego de caballeros, la nobleza es una de sus principales características. La patanería se debe alejar de las canchas. El honor del luego se debe respetar y proteger. No existe arbitraje a la carta, dijo con toda la razón del mundo, el juez de silla.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Naomi Osaka ganó con la raqueta en la mano. Serena Williams perdió.

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Lo que en realidad sucedió a Serena Williams

El escándalo que se ha levantado en torno a la derrota se Serena Williams en la final del USOpen y los comentarios que a suscitado me dejan perpleja. Desde Don Lemon hasta Christopher Cuomo han tratado de hacer un panegírico torciendo la situación esgrimiendo razones que son sinrazones para justificar a la tenista afroamericana. Algunas veces se abusa del uso del micrófono. Dicen que lo que sucedió no hubiera pasado si ella hubiera sido hombre o si hubiera sido blanca. ¿En serio piensan jugar esa carta? Entonces, o no vieron lo que sucedió o les dieron línea para torcer la realidad.

Defender a Serena Williams es no entender. Justificar es no entender. El tenis es un juego de honor, es un juego de nobleza. Es un deporte con reglas que deben respetarse. Serena Williams recibió un warning por recibir instrucciones de su coach —lo que está prohibido— y le fue a gritar al juez de silla. Le dijo que ella no era tramposa y que ella no estaba recibiendo instrucciones de su entrenador. Más tarde, en conferencia de prensa el coach confesó que sí le estaba diciendo qué debía hacer, pero que como todos lo hacen, él lo hizo. Entonces, ¿es tramposa o no?

Luego, rompió una raqueta, recibió otro warning y le aplicó el castigo: perdió un punto. Eso dice el reglamento. Entonces llegó lo peor: le dijo a Carlos Ramos, el juez de silla que era un ladrón por robarle un punto y mentiroso por decirle tramposa. Entonces, la volvió a amonestar y eso la llevó a perder un juego.

Invocar que eso le sucedió a Serena Williams por ser negra o por ser mujer es faltarle al respeto a la raza negra y a las mujeres. Carlos Ramos es un prestigiado juez y lo único que hizo fue aplicar el reglamento. No debemos confundirnos. Cuando un tramposo se quiere esconder en su color de piel o en su género insulta y no debemos permitirlo.

Lo que en realidad sucedió fue que Serena Williams estaba desesperada porque no pudo ganar. Así de sencillo. La sacó de sus casillas que una novata le estuviera pasando encima. No le pudo ganar. Y, como lo hizo en el pasado, al darse cuenta de que no iba a ganar le echó a perder el triunfo a sus contrincantes. Lo hizo con Kim Clijsters también en en USOpen y ahora lo repitió con Naomi Osaka. ¡Qué pena! Una campeona como ella se revela como una mujer berrinchuda que no sabe perder.

¿No podría Carlos Ramos decir que le quitaron injustamente la miniatura del trofeo por discriminación por tener origen latino? Lo que en realidad sucedió a Serena Williams es que nos supo ganar. No le busquemos tres pies al gato.

Ver jugar a Roger Federer

Siempre he dicho que ver jugar a Roger Federer, a quien tanto admiro, es como estar entre nubes. Sin embargo, cuando realmente estás viendo un partido de cuartos de final de Wimbledon, en tiempo real, desde el avión y te asomas por la ventanilla y ves cúmulos a tu alrededor, la sensación es extraña pero muy agradable.

Volar y ver un partido de tenis es muy padre. Por momentos, te olvidas que estás en un artefacto que te lleva a cruzar el Atlántico y te concentras en el marcador. Podría decir que es relajante pero sería mentir. Los primeros sets fueron para Federer, pero Kevin Anderson despertó y ya ganó el tercero y el cuarto sets.

Estar sentada al borde del asiento, como si estuviera en casa sí es agradable. Tres horas de buen juego aligeran el viaje y se quitan los nervios, o mejor dicho, se sustituyen por otros más manejables y más disfrutables. El set decisivo empieza cuando nos aproximamos al destino. No me quiero bajar del avión sin saber el resultado del partido.

Sin duda, ver a Roger Federer entre nubes puede ser mas que una metáfora muy cursi. De hecho, puede ser glorioso.

El gran Roger Federer

Siempre, siempre he sido fan de Roger Federer y me siento orgullosa de ello. Han sido años de verlo jugar y admirar lo que puede hacer con una raqueta. El tenis es un deporte de precisión, de entrega y sobre todo, de pasión. Ver jugar a este súper hombre es evocar emociones profundas, es estar al borde del precipicio y entender que hay algunos que son mejores que otros. Roger es el mejor de todos.

Lo digo a título personal, lo que en realidad carece de importancia objetiva. Pero, lo más importante es lo que dicen sus cifras, sus resultados. Hoy, después de ganar 20 veces un torneo de Grand Slam, nadie puede dejar de ver la grandeza de un tenista que celebró el triunfo como si se tratara del primero en su carrera. Y, eso es lo que lo hace grande, no se enfada de ganar, no le aburre lo que hace, sigue enamorado de la raqueta, la cancha y las bolas.

La persistencia de Roger Federer es tan grande como la fe que le tiene al trabajo duro. No ha habido en la historia del deporte blanco nadie que lo pueda igualar. Rivales ha tenido y han sido de la talla de Nadal, Djokovic, Murray, Sampras, Agassi, ha ganado y ha perdido. De las derrotas se ha levantado y en los triunfos ha celebrado con gran felicidad. No ha habido quien haya logrado lo que este tenista de oro sólido.

Roger Federer no ha sido arrogante. Cuando le ha ido bien, siempre ha permanecido fiel a su juego, a su familia, a sí mismo. Cuando le ha ido mal, ha buscado la forma de arreglar lo que está fallando. Y, cuando sus detractores han vaticinado que ya no habrá más, Roger se supera a sí mismo. Se acaban los elogios, no por otra cosa, las palabras no alcanzan para describirlo. Se me hace moño el cerebro y me crece el corazón, por eso es tan difícil escribir de alguien a quien se admira tanto.

¿Qué más se puede decir del hombre que ha dado incontables alegrías a sus admiradores? ¡Qué viva Roger Federer! El gran Roger Federer.

Maxime Hamou y los que se rieron felices

Maxime Hamou no debiera ser noticia, sin embargo, lo es para su infortunio. Hamou es un tenista francés de poca monta, está rankeado en el lugar 287, así que no llega a ser percibido por noticieros de deportes, como no sea una nota de páginas interiores de Nimes, su pueblo natal. Este hombre de veintiún años, no logró llamar la atención en las canchas por su juego ni por su destreza con la raqueta ni por su forma de pegarle a la bola, capta la atención por su actuar vulgar, machista y abusivo.

El tenista francés, en la euforia de participar en Roland Garros, uno de los torneos de Grand Slam, de los de mayor tradición y mayor prestigio, además de ser de los más divertidos, justo después de terminar un partido, es entrevistado por Maly Thomas, reportera de la cadena de deportes Eurosport. Así, frente a las cámaras y en varias ocasiones Hamou jaló a la reportera, le besó el cuello, le metió la lengua en la oreja mientras ella trataba de quitarselo de encima y salvar elegantemente la transmisión en vivo.

Claro, no hubo forma de evitar ver la escena. No se pudo editar nada. ¿Qué vimos? A un tenista con una conducta machista, abusiva que forcejeo frente a las cámaras con una mujer. Que el señor estaba divertidísimo y ella mortificadísima. Que el señor fue alabado por las risas de camarógrafos y gente que rodeó a los protagonistas de la escena. Que nadie tuvo la caballerosidad de frenar a Hamou, ni el otro tenista a su lado ni los demás reporteros ni los que operaban las cámaras: nadie.

El tenis solía conocerse como el deporte blanco. Es un juego de caballeros, de reglas de respeto y honor. El tenis es elegante. Los que amamos este deporte debemos sumarnos a la protesta. La vulgaridad no debe apoderarse de este bastión que le queda a la gente que quiere apartarse de las prácticas ordinarias. En una cancha de tenis no se escupe. En una cancha de tenis se juega con gusto, con gracia, con estilo.  Un tenista es una persona que se sabe comportar. Maxime Hamou no lo es, como tampoco lo fueron quienes lo rodearon. Esta persona se aleja de las prácticas del deporte.

No me refiero a un comentario de intolerancia. El tema es grave. Hay formas y modos para desempeñarse. No es menor que frente a las cámaras se transmita y se celebre que un macho objetivice a una mujer mientras todos se ríen. Por eso, la sanción dada por la organización del torneo es adecuada: expulsaron a Maxime Hamou. Falta ver qué hara Eurosport con todos los compañeros de Maly Thomas que festejaron con risas el desaguisado. Tanto peca el que mata a la vaca como el que le jala la pata. 

¿Cómo pudieron tolerar algo así? 

No sólo eso. La dejaron defenderse sola y siguieron transmitiendo como si se tratara de celebrar el maltrato. La cara de Hamou con una sonrisa triunfante en contraste con la de desagrado de Maly Thomas son testimonios de una ofensa que pudo pasar desapercibida. Ahora, las disculpas suenan huecas, son acciones a destiempo. La sanción a Hanou es apropiada, debiera ser mayor, la ATP debiera tomar cartas en el asunto. Eurosport, también. ¿Qué va a pasar con todos estos babosos que se rieron al ver que maltrataban a su compañera? 

El terror y la tierra batida en París

Las canchas de arcilla le dan al tenis un toque especial. La superficie en que se juega es de gran importancia, porque resulta un elemento determinante del estilo y la velocidad. Uno de los aspectos más importante es la forma en la que bota la pelota. Si las canchas son de polvo de ladrillo y están en el complejo tenístico de Roland Garros, ese toque se vuelve glorioso para los que amamos el tenis.

El Torneo Abierto de París es la máxima expresión del tenis jugado en arcilla. Hay todo un protocolo para asistir a los juegos que se llevan a cabo la última semana de mayo y la primera de junio. Desde noviembre hay que inscribirse a una lista y decir cuáles fechas se prefieren. En enero se lleva a cabo una rifa para asignar los boletos, los lugares los fija el comité organizador y los afortunados que reciben las entradas se sienten afortunados de poder pagar para ir a ver el mejor tenis en tierra batida del mundo. 

Por supuesto, las probabilidades de asistir aumentan si eliges la primera semana y disminuyen si se rrata de juegos de semifinales o finales. El ambiente en París durante esas dos semanas es festivo, tenis por doquier. Lo que pasa en el complejo de Roland Garros se repite en las pantallas de cada bar, bistrot, restaurante, hotel de la Ciudad Luz. Los aparadores de las tiendas exhiben vestidos, maletas, pañoletas, y todo lo relacionado con el deporte. Sin duda, vivir esta experiencia con notas en francés y ritmos parisinos es mágico.

Por lo general, a estas alturas del partido, es decir, al jugar las semifinales, los estadios están a reventar.Tristemente, hoy las gradas lucen vacías, hay huecos en las tribunas y los lugares de privilegio no están ocupados. ¿Se acabó el interés por el tenis? ¡Claro que no! Pero el miedo todo lo mancha. La amenaza de un acto terrorista asusta al más valiente. Nadie quiere ser parte de una tragedia. El püblico no desestima una advertencia con ese grado de peligrosidad.

El gobierno de Estados Unidos, tan celoso con la seguridad de sus ciudadanos, emitió una nota previniendo a la gente de viajar a Europa. Francia es señalada como un lugar peligroso. Nos parece mas que sorprendente, inaudito y también cierto. La prudencia no marca ese destino como opción. La gente es sensible a esta situación, las bancas de la cancha Philip Chartier y Suzane Langlen, las principales del complejo de Roland Garros, se ven vacías.  El terror afecta al deporte que es una de las formas más civilizadas de enfrentar diferencias.

En el tenis, con honestidad y de frente, los jugadores se plantan en la cancha y se miden. Luchan con sus fuerzas y sus habilidades para buscar el triunfo. Dejan alma y sudor en la tierra, compiten con pasión. Al final se dan la mano y con caballerosidad se asume lo mismo la derrota que la victoria. El terror mancha la tierra de París. ¿A quién le reclamamos? Estos cobardes no dan la cara. Se cubren el rostro, se esconden. 

Voto por que el año que entra las bancas estén a reventar, por que las voces que quieren anular las diferencias se callen, por que la gallardía, el honor y el juego limpio triunfen. Que la paz sea y los desacuerdos se diriman como se hace en el tenis, de frente y con la mejor arma que es una raqueta.

La arcilla de París

Hay una época del año en la que París es más París. Desde 1891, cada año los últimos días del mes de mayo y los primeros de junio, la capital francesa se pinta de ese tono tan especial de la tierra batida. La Torre Eiffel, El Arco del Triunfo, Notre Dame, El Sagrado Corazón y hasta Pigalle miran hacia la zona del Bois De Boulogne y se concentran en el ir y venir de la bola sobre la red. Sí, son los días en que se lleva a cabo El Torneo Internacional de Francia Rolad Garros, el Abierto de Francia, el segundo Grand Slam del circuito de tenis y, sin duda, la combinación entre el glamour de la Ciudad Luz y el Deporte de Caballeros le dan un brillo festivo que atrapa la atención tenística del mundo.
La polémica de si fueron los franceses o fueron los ingleses los que inventaron el juego de raqueta por excelencia en estos días se hace mirando al Sena, con un pedazo de queso y una copa de vino color tinto. Las hermosas tenistas saltan a la cancha con los mejores modelos, con los colores más lindos y las telas mas modernas, el Roland Garros marca la moda del deporte. Las casas deportivas aprovechan la ocasión para dictar tendencias, cuál será el tono de moda, cómo se llevarán los zapatos tenis, de qué material será la raqueta. Todos harán sus propuestas y los temas exaginéticos al tenis complementarán el técnica del deporte. Aquí el deporte blanco es del tono del Arco Iris.
El gusto francés se refleja en los estadios del complejo tenístico del Roland Garros: la cancha número uno, el estadio Suzane Langlen y la cancha Phillipe Chatrier son lugares maravillosos en los que se puede disfrutar el juego en directo, viendo al jugador y no una pantalla. Es decir, están tan bien diseñados que, sin importar la fila en la que esté el espectador, se pueden apreciar los movimientos del tenista sin necesidad de ver la pantalla. Éstas sirven para disfrutar de repeticiones o de tomas de acercamiento.
Si se compara los estadios de Roland Garros con las canchas Arthur Ashe de Nueva York, con la Rod Laver de Australia, o con cualquiera de las del Old England Club de Wimbledon, las instalaciones francesas lucen diminutas. En París se sacrifica el ingreso de euros en favor del espectador. A los franceses lo que les importa es que los asistentes veamos bien, que disfrutemos de la experiencia de ir al juego y buscan que la experiencia sea íntima en comparación de las que se vive en cualquiera de los otros tres Grand Slams. Por supuesto, el inconveniente es la escasez de boletos para los partidos de la segunda semana del torneo. Sin embargo, para las primeras rondas, siempre se consiguen boletos, incluso en mismo día.
París se vuelve una ciudad ligerita, gravita en torno a una bola de color amarilla y la parafernalia tenística se integra a las calles, entra en los lugares turísticos, en restaurantes, en museos y hoteles. No invade el espacio, ni se apodera de él, ni provoca las estridencias de otros deportes. Las formas del tenis son precisas, elegantes, impecables. No son retumbantes como los acordes del motor de un Formula1, ni estrepitosas como las barras del futbol, ni restrictivas como un maratón. Son sutiles como el sonido del choque entre la bola y la raqueta que la impacta contra el polvo de ladrillo.
Amo París, pero hay una época del año en que la amo más que en otra. Son los días en que la ciudad es más perfecta, más majestuosa y más divertida gracias a la magia que ejecutan los jugadores con una bola y una raqueta. Son los días del Roland Garros.

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Acapulco y una raqueta

Bajo el sol de Acapulco la bola de tenis brilla con mayor intensidad. Una semana al año, el puerto se vuelve le centro de los amantes de la raqueta y se convierte en la sede de uno de los torneos más divertidos de la serie ATP. Los fanáticos tienen la posibilidad de convivir con sus ídolos, de tomarse fotos e incluso de platicar. Así es este torneo.
Jugadores, jueces, organizadores, fanáticos, patrocinadores, comentaristas, proveedores y uno que otro villamelón caminan por los jardines del Hotel Princess, sonrientes, relajados, sin la prisas y los protocolos de otros torneos del circuito. A Acapulco se viene a ver buen tenis y a disfrutar de un paraíso.
El sol no falla, la playa se engalana con los destellos más dorados y el mar contribuye con un azul que quita el aliento de propios o extraños. Estoy muy feliz es la declaración constante de Murray, Dolgopolov, Bachdatis, Anderson, Cibulkova, McHale y demás participantes.
Los jugadores se sienten encantados por la calidez del público que lo mismo apoya a uno que a otro jugador, les fascina el color y el calor del ambiente, la comida, la música. ¡Esto es México! Lo pronuncian con sorpresa y entusiasmo. Algunos quisieran que este evento evolucionara y se convirtiera en un ATP1000. Sería una bomba, todo el circuito querría estar aquí. Estoy segura de que así sería.
Muchos extrañamos la cancha de arcilla, otros ven una ventaja para el torneo en el cambio de superficie. Lo cierto es que las raquetas, las bolas amarillas, las personalidades le dan a Acapulco ese toque al que estuvo tan acostumbrado. Para el puerto no le resulta ajeno ver a tanta estrella conviviendo con celebridades y gente hermosa en torno a una cancha de tenis. Ese es el estilo que le gusta y que debe repetirse con mayor frecuencia. Todos están divertidos y encantados de la vida. ¿Es o no es el paraíso terrenal? Estoy convencida de que los que se portan bien en esta vida despertarán en la otra con una raqueta listos para jugar con los ángeles en una cancha en Acapulco.
Los acapulqueños cumplen como anfitriones. Son de los mejores del mundo. Reciben al visitante con amabilidad y abren las puertas de su casa con gusto.
Acapulco vibra al son de una rítmica pelota de tenis que va de un lado al otro haciendo que la emoción que se aloja en el corazón de la gente estalle en un grito emocionado y en un aplauso de reconocimiento. Un aplauso por todo lo que le hermoso puerto da.
Acapulco y una raqueta. Es como tener un pedazo de cielo en la tierra. Pensé que lo sería nada más para mí, por la combinación de estos amores pasionales. Pero al ver tantas sonrisas me doy cuenta que lo es también para más de alguno.

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Dos grandes detalles de Wimbledon para destacar

Terminó uno de los torneos más grandes del circuito de tenis. Wimbledon ya tiene campeones y habrá muchos comentarios sobre la campeona femenina y sobre la maravilla de ver, después de setenta y siete años, a un local coronarse en las canchas de pasto. Sin embargo, hay dos detalles que me gustaría destacar. Se trata de dos gestos de finura y delicadeza que por su discreción pudieron pasar desapercibidos y no sería justo. Ambos fueron originados por dos personas anónimas en favor de los campeones Marion Bartoli y Andy Murray.
El primero fue en la final femenina, justo cuando Bartoli ganó. En la emoción ella trepó por las gradas para abrazar a la gente de su equipo. La cámara de televisión siguió el recorrido de la tenista quien, para llegar con los suyos, se impulsó agachándose, dejando expuesta toda la parte trasera del cuerpo, que el mundo entero hubiera visto de no ser por el acto de caballerosidad del camarógrafo, quien de inmediato enfocó el rostro triunfante de la campeona. Una fineza que es importante destacar.
El segundo fue en la final masculina. Andy Murray, conmovido y visiblemente encandilado por lo que acababa de lograr, fue a darle la mano a su oponente, volvió su mirada a las gradas, a su equipo, camino por la cancha, regresó a dar las gracias al juez de silla y trepó las gradas. Subió a abrazar a su novia, a Lendl, su coach, y a las personas que estaban a su alrededor. Estuvo a punto de volver a la cancha sin estrechar a su madre, pero alguien, un anónimo, le hizo ver que en su conmoción se había olvidado de ella. Entonces, Andy volvió y envolvió a su mamá entre sus brazos.
El tenis, lo sabemos, es un deporte de caballeros. Las buenas maneras en Wimbledon se notan y son importantes. En este torneo los oponentes entran y salen al mismo tiempo de la cancha. Vencedores y vencidos dejan el escenario juntos, recordando que las buenas formas son parte integral de las reglas del juego. Es un torneo en el que los palcos de los oponentes están unos al lado de los otros en señal de que la cortesía extiende sus fronteras más allá del terreno de juego. Eso es evidente, lo vemos en los medios.
Pero hay detalles que pueden pasar desapercibidos. La hidalguía de la madre de Murray que ni por asomo tomó un lugar protagónico para abrazar a su hijo. La generosidad de la mamá de Djokovic que fue a felicitar a la de Murray a pesar de que su hijo acababa de ser derrotado.
Aunque de todos, me quedo con el camarógrafo cuya caballerosidad vale la pena destacar y la perspicacia de ese espectador cuyo nombre no conocemos que le hizo ver al campeón que estaba a punto de cometer un grave olvido.
Vaya para ellos este reconocimiento antes de cerrar las puertas de la catedral del tenis.

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Los motivos para querer estar en París

Motivos para querer estar en París sobran. Una copa de vino tinto, un pedazo de queso, un pan y la vista del Sena son motivos suficientes. La exposición de Romanticismo Oscuro que está en el Museo D’Orsay, la elección de pinturas, esculturas e imágenes que conviven ahí es más que una tentación para querer estar en la Ciudad Luz. Será difícil encontrar nuevamente una selección tan exquisita y perversa como la que el curador Cômte Fabre ha hecho de obra desde Goya a Máx Ernst.
En la antigua estación de trenes que hoy está convertida en uno de los museos más seductores del mundo, ángeles, brujas, horror, oscuridad, juegan con las luces de París y nos regalan toda la gama de grises y el misterio de la penumbra. Muestras de la decadencia humana, torturas, enfermedad, mitos que se plasman en el lienzo, que toman forma en el metal o que se proyectan desde el aparato cinemático para dar la idea de que esos seres extraordinarios del imaginario humano vuelan sobre nuestras cabezas. Dalí convive con Buñuel, Caravaggio con el Drácula de Stocker hecho imagen bajo la dirección de Tod Browning encarnado por Béla Lugosi. Monstruos de Ernst, pesadillas de Goya, el Prometeo moderno de Shelley que en rostro de Boris Karlof para encarnar al mismísimo Frankenstein. Todo ello es suficiente motivo para querer estar en París. Y sin embargo, no es eso lo que aviva mis anhelos por la tierra gala.
Víctor Hugo y Flaubert bastarían, la posibilidad de escuchar el acento parisino, también. Pero esa no es mi razón.
Las oportunidades y baratas de los grandes almacenes son bastante motivo para volar a París, una caminata para contemplar las ventanas de los grandes almacenes del Boulevard Haussmann, un paseo por Rue Saint Honoré, curiosear en Collette, llegar a la iglesia de San Roque, imaginar las propuestas para la siguiente temporada y tomar un Cassis en alguna terraza cerca de L’Orangerie, provoca la añoranza. Pero no es eso lo que me mueve. No.
Notre Dame y sus festejos de aniversario, la oportunidad de apreciar el edificio y de orar al interior, o, en todo caso, subir hasta el Sagrado Corazón, bien vale una misa en París, y luego caminar por Montmatre, descender a Pigalle, son motivos, tanto como mis amigos Tito y Florent. Los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, Fouquets y el Crazy Horse, también. Lo que hacen los turistas, lo que hacen los locales, evidentemente, encienden el deseo por estar en París. Y, no se trata de eso.
Pero hoy todos los motivos para querer estar allá se rinden a uno sólo. No le gana una cena en el Malakoff, ni un crême brulée en el Café du Roc, ni una travesía en un bataeu mouche, ni nada. Mi corazón está en la arcilla, enredado entre las cuerda de una raqueta, pegado al botar de una pelota.
Sí, mi anhelo está en una cancha de tenis, en la pasión que me desatan Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic, Serena Williams, María Sharapova. Los gritos que me arrancan, la pasión que siembran en el alma, la emoción de un drop shot, de un ace, de un match point. La alegría se materializa en el swing de los jugadores y así como la exposición del D’Orsay, el hechizo se vuelve real, el color ladrillo se materializa y germina en mi corazón.
Sí, hoy me gustaría estar en París.

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