Taquitos de piloncillo

Venir a San Miguel de Allende es como abrir una caja de sorpresas, es encontrar algo nuevo cada vez que estás aquí. Hay quienes se circunscriben al área del centro y otros que se atreven a explorar e ir más allá del cuadro peatonal cercano al jardín de la Parroquia de San Miguel Arcángel.

En el barrio de San Juan de Dios, hay una tradición cuaresmeña curiosa y sorprendente. Frente al atrio la iglesia o en la banqueta que está en la calle de San Antonio Abad, pegado a la barda que divide al templo de la escuela, rumbo al panteón, sólo en los días previos a Semana Santa, se ponen unos puestos que venden una mercancía peculiar e interesante: taquitos de piloncillo.

Las personas que los venden ponen sus anafres, cazuelas con aceite hirviendo, comal caliente, prensa para hacer tortillas. La masa es color rojiza, le ponen chile y la combinación con el maíz da este color entre bermellón pálido y carmín clarito. Las mujeres hacen bolitas pequeñas que aplastan en la prensa para conseguir un círculo perfecto. Le ponen en el centro piloncillo hecho polvo, y doblan la masa para forman una media luna que ponen en el comal o en el aceite.

Les llaman taquitos de piloncillo y pueden ser duros o suaves. Son pequeños, del tamaño de la palma de la mano de un niño chiquito. El sabor es singular y el paladar tarda en entender qué acaba de probar. Son crujientes o esponjosos, dependiendo si fueron cocidos en comal o en aceite, son picositos y dulces a la vez. Son una delicia sibarita de la gastronomía de San Miguel de Allende que sólo,conocen los locales y los que se animan a caminar unas cuantas cuadras más allá del centro.

Al principio pides uno de cada uno, para probar. Te los entregan en bolsitas de papel de estraza. Luego pides otros más, como tratando de descifrar el sabor, de conectar la lengua y el cerebro. Es una delicia que vale la pena probar. Son tradiciones cuaresmeñas que hay que preservar.

Bovine, San Miguel de Allende (la necedad de tratar mal a un cliente)

Debimos haber sospechado, pero no lo hicimos. El lugar está muy bien decorado, sin embargo, se ubica en una segunda planta y por eso creímos que estaba vacío. Creo que la verdadera razón es que la voz se ha extendido: en ese lugar abusan del cliente.
Apenas nos sentamos, el mesero abrió una botella de agua B´ui y nos sirvió, no nos preguntó si queríamos agua o no. Como una botella no bastó, trajo otra y terminó de servirle a todos los comensales.
Al ver la carta, nos enteramos de que estábamos sentados en uno de los lugares más caros de San Miguel de Allende y de que el servicio no estaba a la altura de lo que cobraban.
El mesero se confundía, pensaba que la petulancia es sinónimo de elegancia. La actitud arrogante nos invitaba a salir de ahí corriendo, sin embargo, era tarde y teníamos hambre.
La cosa fue empeorando. El servicio fue lento, el trato displicente. Cuando buscamos al gerente para decirle que llevábamos 45 minutos esperando nuestra comida, el tipo nos maltrató. Pedimos la cuenta y nos topamos con un saldo de 500 por botellas de agua que no pedimos y que fueron abriendo, sin consultar, mientras esperábamos nuestros alimentos.
Al llegar la hora de la verdad, es decir, cuando la propina fue equivalente al maltrato recibido: no dejamos nada porque no se ganaron nada don semejante servicio, la gente se puso agresiva y majadera. Se burlaron y al decirles que nos quejaríamos con el dueño nos dijeron entre risas: hágalo, total, no pasa nada.

Entonces, decido hacer lo que es esperado. Si denunciarle al dueño no sirve de nada, advertirle al consumidor sí que servirá. El,cliente decide si quiere ir a gastar su dinero para recibir malos tratos o no. Por lo pronto, jamás volveré a ese lugar. Adiós para siempre.

San Miguel de Allende es número uno

Según la revista Travel and Leisure y por Conde Nast, San Miguel de Allende serà galardonada como la Mejor Ciudad del Mundo por su calidad en el servicio, amabilidad, gastronomía, limpieza, experiencia de compras y movilidad.En 2016, obtuvo el reconocimiento como tercer Mejor Destino a nivel mundial y Mejor Destino de México, Centro y Sudamérica Travel and Leisure. En 2013 ganó el reconocimiento como Ciudad No. 1 del Mundo por la Revista Conde Nast Traveler.

Lo curioso es que en el extranjero aplauden semejante galardón y en México lo vemos con suspicacia. Muchos piensan que es una mención comprada o que hay gato encerrado. Creo que es lo de menos. Lo cierto es que San Miguel de Allende esta de moda y debería tener mejor infraestructura de acceso. Si se le está dando tanta publicidad a esta ciudad que es Patrimonio de la Humanidad p, hay que dotarla de lo necesario para hacerla accesible.

Más allá de cualquier especulación, entiendo los extremos que ven como una exageración semejante nominación, pero también entiendo a quienes estamos de acuerdo. Los que difieren pensarán en París, en Barcelona, en Bruselas y tendrán razón. Sólo que allá la relación precio/beneficio es distinta: se paga más y se recibe menos. Los problemas políticos y sociales espantan al turista. San Miguel tiene una magia maravillosa y eso vale la nominación.

Dice Ramón Zavala que San Miguel De Allende no se termina de conocer. Estoy de acuerdo. Cada que vengo y vengo seguido, hay nuevos cafecitos, restaurantes, exposiciones, oferta cultural. La gente es amable y no es abusiva. Hay para todos, desde ofertas de gran turismo hasta hostales a buen precio. Se camina con gusto por toda la ciudad, aunque el tema de movilidad es un problema. El mejor vehículo son las piernas.

Si vas por ahí, de repente te topas a una pareja de novios seguidos de una procesión que los acompañará al altar, o un grupo de mojigangas, —botargas altísimas— que son hombres, mujeres, calacas, alebrijes, en el centro hay mariachi, tríos, bandas. La gente que camina por ahí va feliz, sonriente y nos hace saber que efectivamente estamos en un lugar súper divertido y mágico.

Es verdad, alrededor de San Miguel de Allende hay un cinturón de miseria alarmante. Pero, más allá se otra cosa, la popularidad de la ciudad puede ayudar a aliviar la pobreza dada la derrama económica que se genera. El lugar tiene estilo. Es una localidad para andar de sombrero y no de gorra. Hay sitios de diversión para jóvenes y los viejos tienen un gran ambiente. Se come bien y se come de todo. Los postres son geniales.

No sé si es justo o no tener el número uno. Eso le queda decirlo a cada quien. Para ello, la mejor manera de verificarlo es venir. Este fin de semana vine con mi hija Dany y nos hemos reído tanto y la hemos pasado muy felices. Eso es la mejor magia del mundo.

Tiempo en San Miguel

Hay cierta magia que se nos mete al cuerpo cuando caminamos por las calles de San Miguel de Allende. Es como si cada paso te acercara a una dimensión diferente. Como si la cabeza fuera un imán que atrae ondas electromagnéticas que te hacen vibrar en concordancia con el cielo y el suelo. La sensación es tan agradable que sonríes, sientes la piel más lisita y el torrente sanguineo adquiere un ritmo armónico.

Así, entre las subidas y bajadas de la calle de Umarán se esconden pequeños duendecilloa inviaibles que van depositando estrellas en el cabello. Por eso, los grillos empiezan a cantar mientras vas pasando y las hojas del libro que tienes entre las manos adquieren un aroma a flores y tierra sin que eso le cause sorpresas a nadie. Así es y para todos es muy natural que así sea.

Podría decirse que el tiempo en San Miguel se resume en el trago de un tinto robusto de Cabernet Sauvignon o en la mordida de un pedazo de queso fresco que acaban de traer de un rancho cercano. Puede ser que esos pasos entren por completo en un frasco de mermelada de higo y miel o que quepan por entero en una mora de las que se conocen como frutos rojos o en un panqué de elote orgánico o en la seguridad que le da la hoja de maíz a un tamal calientito. Tal vez sean las campanadas de la Parroquia lo que nos da tono. 

El tiempo en San Miguel puede servir de mucho. Podría ser tiempo ligero para hacerse compañía y reflexionar, para recordar que nos caemos bien a nosotros mismos y que hemos sido buena compañía al caminar. O, para ponerse de puntitas y enredar los dedos en las nubes algodonadas. No sé, todo se puede y se vale. Seguro es un soplo de cielo y, sencillamente al estar aquí, servimos de enlace entre lo alto y el suelo firme. O, un buen sueño en el que se reparan los sentidos y logramos sentir lo que otros ya no logran ver.

Amanece un Jueves Santo

Vivir la Semana Santa en San Miguel de Allende es una experiencia sensorial de amplio espectro. El fervor te toca a cada paso y te sale al encuentro a todo momento. La potencia de la fe y la fuerza de las tradiciones forman una trenza de tres hilos en las que quienes observan, independientemente de sus creencias, se sienten parte sin posibilidad alguna de evadirse. Hay algo en el ambiente que te hace ser patícipe.

Tal vez sean  los olores específicos de las flores y guisos de la temporada, las plantas y los adornos o un cierto silencio que subyace en medio del gentío que viene a visitar.  En los puestos, las chucherías tienen que ver con el misterio de la Pasión de Cristo. Escapularios, imágenes de la Virgen de los Dolores, de la Virgen de la Soledad, Del Expolio de Cristo, se mezclan con la picardía mexicana. Hay Judas de cartón, rojos con cuernos enormes y bigotes largos. Chiquitos, grandotes, máscaras de chivos con barbas de paja, viejitos, jóvenes, de todo para quemar la mañana del Viernes Santo.

También, capirotada, torrejas, buñuelos, piloncillo… las bugambilias están en flor y las copas de las jacarandas están pintadas de lila. Los framboyanes esperan su turno para vestirse de rojo, todavía no es su tiempo. Las iglesias suenan sus campanas y en los altares los listones púrpura y los pendones  morados nos dicen que ya estamos por conmemorar la Pasión de Cristo. 

No son sólo las iglesias, en las casas también se unen a la conmemoración. Se confeccionan altares que hacen referencia a la Semana Mayor y se rinde respeto al misterio de la Crucifixión y a la Soledad de María Madre. Por eso, cualquier rincón en cada casa se convierte en espacio de veneración y cualquier ventana se transforma en altar. Digo que no hay forma para no integrarse: si sales a la calle te topas con manifestaciones de la tradición a cada paso que das.

Como en 1995

Detrás de la Parroquia de San Miguel Arcángel, en San Miguel de Allende, hay un café al aire libre en el que se puede desayunar muy bien. Sin embargo, lo más sorprendente de ese lugar es un pequeño pizarrón en el que hay una advertencia y una invitación. En este lugar no hay WiFi. Imáginemos que estamos en 1995 y póngamonos a platicar. ( Estaba escrito en inglés) Efectivamente, los que se quisieran conectar a Internet, tendrían que hacerlo consumiendo sus propios megas. Todos los que estábamos ahí, estabamos disfrutando del lugar sin estar atados a una pantalla.

La experiencia fue enriquecedora. Las manecillas del reloj se echaron hacia atrás y los sentidos alcanzaron una dimensión vieja y saludable que al experimentarla me hizo recordar aquellas pláticas de antes, cuando nos poníamos atención unos a otros. El café supo mejor, el cielo tan despejado y el rayo de sol que se filtraba entre el naranjo que nos daba sombra pudieron ser vistos sin el filtro de Snapchat, o sin la distracción qie implica el Whatsapp ni las notificaciones de Facebook. 

Por un momento, me quedé helada, hace veinte años que sucedían esas reuniones en las que Internet eran cosas del futuro reservadas para temas de trabajo y computadoras de escritorio. Las conexiones eran alámbricas y no eran accesibles para todo el mundo.Las ventajas de la movilidad , tan cotidianas para nosotros, hace veinte años no existían. Parece poco tiempo y al mismo hace tanto tiempo que estamos observando lo que pasa en el mundo en un artilugio que traemos con nosotros para todos lados.

Las campanas de la Parroquia me trajeron al presente y me dieron consciencia de que al estar entre los nuestros, podemos tener esa muestra de cariño y guardar nuestros aparatos. Al estar unos junto a otros, es delicioso hacer como en 1995 y ponernos atención. 

Un Guadalupe Reyes total

Esta vez no fue hablar por hablar, ni experimentar en cabeza ajena. Por primera vez en mi vida me tomé, enterito, el puente que inicia el doce de diciembre y termina el seis de enero. El puente más largo de la tradición mexicana, el Guadalupe Reyes, tomó forma y las circunstancias hicieron que el asueto empezara antes de lo acostumbrado y terminara después. Ni cuando estaba en la escuela tuve tantos días de vacaciones efectivas.
El tour, mágico y misterioso, de diciembre nos llevó a ver la Torres de la Catedral de San Miguel de Allende, a comer helados de sabores exóticos en Dolores, a perdernos en los callejones de Guanajuato, a recorrer los caminos del sur y descubrir que Acapulco hizo la tarea para ponerse guapo y recibir a tanta visita; a dirigirnos a la antigua ciudad de Antequera y a encontrar cualquier pretexto para tomar chocolate en los portales de la plaza de Oaxaca, a admirar la grandeza del Tule, a comer tamales en el sitio arqueológico de Mitla, a probar chapulines en el mercado, a admirar el trabajo que las manos indígenas dejaron en el convento de Tlacochahuaya, a llenarnos los ojos con los oros de Santo Domingo, a comer mole negro. También nos llevó a la vera del lago de Valle de Bravo para hacerme patente la fuerza de voluntad y la belleza que brota de las manos de mi amiga Bibiana. Regresé a Acapulco y corroboré que las visitas llegaron por montones al bello puerto.
De tanto, me quedo con la maravilla de ser mexicana, con el orgullo que da la belleza de la tierra propia. Me apropio del cielo tan azul de San Miguel y del rosa de sus canteras, de lo heroico de Dolores y de las campanadas del templo de SanDiego. Me hago mío el verde de las piedras de Oaxaca, de los colores de la noche de rábanos, de la Nochebuena oyendo marimba, de la Virgen de la Soledad y de su atrio comiendo helados. Es mío el rumor del riachuelo de esa casa construida a pulmón en Valle. Igual que con la enseñanza de ver como el sí se puede vence a las razones del no. También con el trabajo de los acapulqueños que han padecido tanto y tanto pero que está temporada vieron flores y frutos color turista.
Cualquiera pensaría que después de toda esta danza estoy exhausta y no, es al revés. Regresé con la pila súper cargada, lista para, ahora sí iniciar el año con el pie derecho y a todo vapor. Es verdad, fueron muchos kilómetros recorridos por tierra, todos por tierra. Ahí estuvo gran parte de la aventura. Tuvimos la libertad de entrar y salir a nuestro antojo, sin horas de antesala ni vuelos en conexión. Sin excesos de equipaje ni revisiones violentas. Nada de malas caras, todo fueron buenos modos, hospitalidad y sonrisas. Sabor a higos, chocolate de nixtamal, tortillas hechas a mano, aromas de jazmín y tierra mojada, rumores de grillos e instrumentos de viento. Viajar así se siente rico.
Mi México, ese que da abrazos entrañables y besos de colores. La tierra bendita que pone sonrisas en los labios y esperanza en el corazón. Tan diferente y tan rico. Tan digno de ser caminado. Por eso, a penas me alcanzaron los días de este Guadalupe Reyes, siente que a penas me fui y ya vengo llegando. Ahora a trabajar, a dejar que lo que se sembró en el corazón en cada una de las regiones visitadas germine y transforme.

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La mejor ciudad del mundo, San Miguel de Allende

La guía Condé de Nast clasificó a la ciudad de San Miguel de Allende como la mejor ciudad del mundo. Este pueblo colonial fue distinguido por la revista de viajes que consultan loc. conocedores y con ello la condecora para rendirle tributo a sus calles, balcones, plazas, iglesias, callejones y lugares que han sido recuperados por autoridades y habitantes del lugar.
San Miguel se constituye como referente turístico! no sólo para los mexicanos, también para el mundo. No en balde muchos estadounidenses, canadienses y europeos la han elegido como lugar de retiro. ¿Y cómo no? Es un lugar maravilloso con un clima de privilegio y con unas vistas de sueño. Tiene todo belleza, historia, tradición y movimiento.
Históricamente, la ciudad es importante por ser la cuna de Ignacio Allende, cuyo apellido fue adosado al nombre de la ciudad en 1826, — un arcángel y un militar unidos por un nombre— así como por haber sido el primer municipio declarado independiente del gobierno español por el Ejército Insurgente durante la Guerra de Independencia de México. Mucha historia y tradición acompañan a esta ciudad tan típicamente bella del Bajío mexicano.
Sin embargo, la ciudad decayó durante y después de la guerra de Independencia, y en los comienzos del siglo XX estaba en peligro de convertirse en un pueblo fantasma. Pero ojos visionarios fijaron su mirada en San Miguel. Sus estructuras coloniales barrocas y neoclásicas fueron redescubiertas por artistas nacionales y extranjeros que llegaron y abrieron institutos de arte y cultura, como el Instituto Allende y la Escuela de Bellas Artes. Esto le dio a la ciudad reputación, atrayendo a artistas como David Alfaro Siqueiros. En las calles se escucha gente hablando en inglés, en alemán, en francés, es posible que pronto la lengua de uso corriente no sea le español. Pero la idea se viene abajo por sí misma. El español les encanta a todos los visitantes.
De entonces a la fecha, ciudadanos y autoridades se han encargado de hacer bien su trabajo. Las calles están limpias, los negocios están llenos de mercancías de todos colores, los restaurantes son estupendos. Debo decir que lo que más me gusta es la amabilidad de la gente. Todos son auténticamente simpáticos, las sonrisas les brotan de forma natural. Creo que es porque están habituados a recibir visitas. Los lugareños son hospitalarios y saben tratar al turista.
Tal vez fue eso lo que atrajo a estudiantes extranjeros de arte, a gente con deseos de retirarse, sobre todo antiguos soldados estadounidenses que estudiaron en el G.I. Bill después de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, la ciudad ha atraído a un gran número de jubilados extranjeros, artistas, escritores y turistas, lo que ha cambiando la economía del área, de la agricultura y la industria al comercio y servicios para los visitantes externos y residentes. Un círculo virtuoso que tiene a San Miguel en los cuernos de la luna y en el mejor puesto de la calificación del Condé de Nast.
Las palabras no hacen justicia a la belleza de la ciudad, al aire fresco que se mezcla con rayos de sol y con nubes algodonadas que adornan el cielo tan azul y limpio. Las Torres de la Catedral se elevan como agujas de cantera y las baldosas cuadradas del piso son tan brillantes que parecen estar mojadas. Me siento en una de las bancas de la plaza principal a ver las copas de los árboles que se unen como si fueran una sola. Las sensaciones y los olores me hacen sentir feliz. Seguro es por eso que San Miguel está de moda. La felicidad en otros lugares es escasa, aquí es bien común. Hay que venir a San Miguel de Allende para sentir y entender porque la guía tiene razón al hacer de está hermosa ciudad la número uno.

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