Salir a pescar plástico

En medio de tantas noticias, emerge una buena que realmente me hace sonreír. Un ejemplo de responsabilidad social corporativa me llena de esperanza. Se puede hacer bien las cosas, ganar dinero y hacerlo en forma divertida. Marinus Smit, enfadado por la contaminación en los canales de Amsterdam y Rotterdam, inició con este proyecto en el 2011 uniendo la buena voluntad de los turistas y la necesidad de sacar basura se los canales antes de que la arrastre la corriente y se la lleve al mar.

Así nació Plastic Whale un tour en el que se dota a los turistas con chaleco salvavidas y una red para salir a pescar a bordo de una lancha eléctrica. Salen a pescar basura, a sacar plástico y cochinadas que los seres humanos hemos ido aventando al agua en forma irresponsable. El ingenio se une a una buena causa y nos demuestra que es posible combinar el entusiasmo ecológico, la sustentabilidad y la responsabilidad que tenemos con la tierra.

Marinus Smit tiene cuarenta y cinco años, pertenece a la Generación X que ha sido señalada como la generación que más a ensuciado el planeta. Pues, a ponerle remedio. Seguramente, Smit no está resolviendo el problema de contaminación mundial, pero está poniendo su granito de arena. Para ser totalmente congruente, el bote en el que sale a pescar está fabricado por material totalmente reciclado y se impulsa con energía limpia.

Cualquiera pensaría que salir a ser pepenador no es un tour que suene divertido. Pues, lo es y los que organiza Smit han tenido mucho éxito. Marinus tiene muchas anécdotas para contar. Han sacado llaves, billeteras, pasaportes que seguramente fueron a dar al canal después de que algún ladrón las aventó ahí. Se han llevado un susto tremendo al pensar que habían enganchado un cadáver que en realidad era un maniquí que sólo Dios sabe cómo llegó ahí. También han sacado bicicletas. Lo que más sacan son bolsas de plástico, latas, botellas de pet.

El tour cuesta 23 euros y tiene snack incluido. El proyecto cumple con todos los estándares de responsabilidad social corporativa tanto para el decálogo de Davos como para la teoría de Porter. Se puede ayudar y generar utilidades. Se puede ser amigable con el ambiente y dar trabajo. Se puede limpiar la huella de carbono y tener un negocio rentable. Me encantaría hacer algo así en México.

Embarazos en adolescentes 

Partamos de la siguiente premisa: una nueva vida siempre es una buena noticia. Claro, un bebé trae consigo dos elementos inseparables: amor y responsabilidad. Cuando un hijo llega en el momento adecuado, no hay felicidad más grande en este mundo. Lo puedo decir con conocimiento de causa. También sé que cuando una criatura se ve como un accidente, esa alegría se transforma en angustia y muchas veces en amargura.

Recientemente, he escuchado a muchos jóvenes decir que ellos no tienen que pedir permiso para iniciar su vida sexual, que esa es una prerrogativa que les da la libertad, pero se olvidan de la parte de responsabilidad que todo ser libre debe atender. Sí, pareciera que hay un enorme gusto por gozar sin hacerse cargo de las consecuencias de sus actos. Alegremente se entregan a Cupido y esto se refleja en datos duros. México es el primer lugar en los países miembros de la OCDE en embarazos adolescentes.

Embarazos adolescentes que se presentan en personas infantiles. Niñas de quince años y jovencitos de catorce que no saben que hacer. No hay conocimiento ni práctica de salud reproductiva. Se entregan al amor sin protección alguna y se avientan al barranco sin paracaídas, para luego regresar a la casa paterna —o materna— a buscar asilo y solución. Si no se trata de pedir permiso para ejercer la libertad del cuerpo, se trata de ver mas allá de la nariz.

Un bebé llora, come, se ensucia y demanda atención. La vida se pone en pausa. Los proyectos de estudio se truncan. La vida social cambia. Y, tristemente, el amor de quien comparte paternidad se acaba. Claro, muchas niñas se quedan solas con el bebé en brazos. No se trata de nada más que de cifras comprobables. Madres solteras, solas y tan jóvenes son una realidad de este México. Los padres huyen, agobiados por la responsabilidad. Ellas se quedan con el hijo y la responsabilidad de lo que sucederá con él. Esa es la historia de todos los días.

El remedio no son las condenas, los cinturones de castidad, los gritos. Tampoco se trata de estar aventando condones y promoviendo la píldora del día siguiente o los abortos como medio de anticoncepción. Se trata de educar en la responsabilidad. Los millenials, como los jóvenes de cualquier generación, se quieren comer el mundo a puños. Eso es natural, el problema empieza cuando hay que hacerle frente a la responsabilidad, eso ya no les gusta. La cantidad de abuelos cuidando nietos de hijos adolescentes es creciente. Los segundos embarazos en muchachitos es una realidad. 

Hablar, informar, educar en la responsabilidad es primordial. Los datos son contundentes, aquí las cifras.

Modelos de disimulo

Parece que una de las competencias que el homo sapiens del siglo XXI ha desarrollado con mayor eficiencia es la capacidad para disimular. Hacerse de la vista gorda es el deporte mundial por excelencia. Elevar los hombros y torcer la boca nos resulta más natural que arremangarnos y meter las manos para resolver. Desde luego, las consecuencias están a la vista. Nada nos conmueve. Podemos ver la foto de un bebé sin vida en la playa y dejar que se nos salgan algunas lágrimas o alarmarnos frente a un pequeño lleno del polvo que causó una explosión en Aleppo o conmovernos ante una serie de viajeros que van sobre el techo de un tren recorriendo kilómetros y kilómetros, pero lo más común es que miremos de soslayo o de plano demos la esplada. Total, ¿qué podemos hacer?

En esta manía de disimulo, llegamos a forjar modelos de vida en los que nadie asume la responsabilidad de nada. Incluso, aquellos que perpetraron maldades, se sienten ajenos a las consecuencias de sus hechos. Los líderes mundiales sacan las manos y no se hacen cargo de lo que están haciendo. Barack Obama llora frente a las cámaras por las desgracias en Siria, como si sus decisiones nada tuvieran que ver, Hillary Clinton se escandaliza por el sufrimiento de los niños y le avienta la culpa a ISIS como si sus intervenciones no hubieran ayudado a la creación del estado islámico, Osorio crítica a los que hacen daño a la Nación como si en Gobernación no se hubieran hecho negociaciones debajo de la mesa, Peña llora por los niveles de impopularidad que tiene, como si él y su familia fueran la imagen perfecta de la gracia y en el pináculo encontramos a Trump haciéndose el que ama a los difrentes, cuando ha abierto las entradas al infierno racista.

Lo vemos y no lo creemos. En el extremo del absurdo,observamos, rapídito para no engancharnos, y volvemos la, mirada a otro lado. Pareciera que el,disimulo se convirtió en nuestra zona de confort, en nuestro espacio de seguridad y no nos damos cuenta que estamos abriendo lo puerta y alimentando al monstruo. La criatura de mil cabezas crece y crece sin que hagamos el menor esfuerzo por degollarlo. ¿Y yo por qué? Es la frase más repetida por lo bajo.

La respuesta es sencilla, si no lo descabezamos nos va a comer. Oímos de chicos que desaparecen y en vez de temblar de miedo y advertir el peligro, disimulamos. Es como cuando vemos una caja en medio de la sala y en vez de ponerla en su lugar, le damos la vuelta o pasamos por encima de ella. El disimulo se vuelve un modelo que se repite ad infinitum. Resulta muy fácil disimular. Es tan sencillo como introducirnos a una pantalla y escondernos ahí hasta que pase la tormenta. La tormenta no va a pasar. Cuando despertemos ahí seguirá el dinosaurio. 

En lo particular, se puede empezar el cambio. 

Recuerdo la historia de una viejita en Tours que vivía sola en un departamento. Un día los vecinos percibieron un olor a podredumbre, padecieron una plaga de gatos que luego abandonaron el edificio. Quince años después, encontraron el cadáver de la mujer. Abrieron la puerta de ese departamento porque iban a derrumbar esa construcción. Entonces, los habitantes recordaron a la viejecita, a los gatos y entendieron. Nadie se enteró de la muerte de la mujer, la convivencia vecinal era nula. La historia de una escritora chicana que quedó viuda al morir su marido en un accidente es desgarradora. La mujer enterró sola a su esposo, nadie la acompañó. Pero recibió miles de condolencias por Facebook, Twitter, miles de tarjetas por Instagram y Pinterest, pero ni una sola llamada. Nadie se aproximó a darle un abrazo de consuelo.

Disimulamos para no pertenecer, para no hacernos cargo. Hemos desarrollado un disgusto por la cercanía. Nos acomoda más estar lejos de lo próximo y nos encanta acercarnos, sí, pero mediante algún dispositivo. Felicitamos a desconocidos, aceptamos amistades que jamás hemos visto, nos olvidamos de llamar a nuestros padres y ya no tomamos café con los amigos. Conestamos lo que no nos preguntan y nos hacemos los locos. Los modelos de disimulo están tan diseminados como ese cáncer silencioso que nos puede matar. No obstante, si lo paramos  a tiempo, puede tener remedio.

Letargo

Llega un momento en el que, consciente o inconscientemente, se baja el ritmo y se entra en un estado de sopor. El desfallecimiento impide mover los músculos y sin darnos cuenta tampoco se mueve la mente. No es cansancio y si lo es no se debe a la fatiga del deber cumplido, de la faena diaria o del desempeño cotidiano. Es un aburrimiento superlativo que llega un día y no se puede sacudir, es una especie de insecto que va acabando con la iniciativa, que se come la voluntad y en grado extremo hasta la sensibilidad.

El que lo padece, ni cuenta se da. Vive mirandose las uñas, metido entre las sábanas, refugiado en una pantalla y sus escasos contactos con el exterior son para reclamar, gritar o echar la culpa a alguien mas de lo que le sucede. Tomar las riendas de la responsabilidad resulta una proeza imposible de lograr. Y, en esta condición, se empieza a perder todo: no hay belleza, inteligencia, fortuna o cariño que alcance.

El letargo es una especie de ceguera que lleva a quien la padece al desfiladero. Es una sordera que imposibilita  escuchar las voces de alerta. Se deseña la mano amiga que quiere ayudar, se pasa por alto cualquier señal que indica peligro y los pasos se encadenan hasta llegar al acantilado y caer. El aletargado ve el sufrimiento que se instala a su alrededor y no parece importarle,  ve las heridas que provoca y no le duelen. 

A su alrededor, hay llanto y desesperación, pero ni lo entiende, es más parece no importarle. Se puede desmoronar el piso sin que les resulte relevante. El caos a su derredor no interesa. El letargo es una condición terrible que daña más que una enfermedad y destruye más que un incendio, precisamente porque quien lo padece no siente. Entones, eleva el dedo y señala al entorno, culpa a terceros y, en un caso extremo, se siente víctima de quien intenta ayudar. 

El letargo mete en un callejón sin salida al adormilado y a su entorno. Todos, excepto él, alcanzan a ver lo sencillo que es ponerse de pie, espabilarse y caminar derecho y feliz. Pero, la solución llega no cuando otros quieren, sino cuando el aletargado lo decide. El problema es que generalmente no decide. El letargo se come la voluntad y a veces, acaba con la inteligencia.

Muerte en Iguala

Jóvenes estudiantes, chicos normalistas, un equipo de futbol, Los Avispones de Chilpancingo, una civil que transitaba por el lugar en un taxi, una fosa clandestina, otra más, veintitrés cuerpos calcinados, un presidente municipal en fuga, un jefe de la policía implicado, un Gobernador del Estado que quiere responsabilizar a la Federación, un Procurador General de la República indignado, un Presidente de la República que no disimula la mortificación, un país que teme escarbar un hoyo por miedo a encontrar cadáveres, más cadáveres, un cuerpo policial que será concentrado en un campo militar en Tlaxcala y un grupo de padres que hoy no saben dónde están sus hijos. No lo saben, pero sospechan. En medio de todo, el territorio de Iguala y la sombra de la muerte.
Ni es un cuento gótico, ni un relato de sustos, ni un texto negro pero sí es una escena de terror. Hasta Juan Sin Miedo tiembla y no hay valiente que no se asuste. Imagínense cómo están los cobardes.
¿Qué pasó en Iguala? Es la pregunta que retumba por las calles y muros de la ciudad guerrerense y hace eco en cada corazón mexicano y que se repite a ocho columnas en los principales medios de información del mundo. No hay respuestas que satisfagan.
Nos volteamos a ver unos a otros y no sorprende que cada quien quiera sacar las manos y echarle la culpa al que se deje. Aquí lo fácil es recurrir al crimen organizado, apuntar a la delincuencia es sencillo por lo evidente. Es claro que no fueron personas de bien las que perpetraron semejante salvajada. Lo importante es saber quién le abrió la puerta a estos delincuentes y los sentó en la mesa de honor.
Que nadie se llame a sorprendido, hace rato que se agita el avispero en Guerrero, si esto pasó en Iguala, imagínense lo que pasa en Tierra
Caliente.
Después de niño ahogado, todos quieren tapar el pozo, pero a estos padres de familia que no saben qué sucedió, no se les puede responder señalando a los malditos de siempre, a una organización que no tiene rostro, ni nombres, ni apellidos, que es tan etérea y resbalosa que no se le puede ver, ni castigar.
Esta gente merece respeto, tiene derecho a una explicación fundada, necesitan saber qué fue lo que pasó, quién lo permitió, quién lo ordenó y enterarse de las identidades, ver rostros, conocer a los culpables. A nadie le basta, y menos a ellos, con la explicación que culpa al crimen organizado. ¡Qué sencillo! No es justo. Se llevaron a sus hijos, cuando aún estaba vivos y así los quieren de regreso.
Pero resulta que sí hay quien los conoce, sí existe quién apoyó la candidatura del presidente municipal de Iguala, quién sugirió su nombre y lo anotó en la lista. Como también se encuentra al que propuso al
Gobernador de Guerrero que hoy se ve desbordado, incapaz de ponerse a la altura de los acontecimientos. ¿Ellos no tienen nada que decir? Y su partido, ¿no tiene ninguna responsabilidad que asumir? ¿Y los demás? ¿No tienen nada que decir? ¿No sienten las manos sucias?
¡Pobre Guerrero! Tan azotado por desastres naturales, por pobreza extrema, falta de educación, de fuentes de empleo y con semejantes personajes al frente de su gobierno. ¡Pobres padres! A los que les dicen que para identificar los cadáveres de las fosas pueden pasar semanas, tal vez meses. ¡Pobres muchachos! Fueron atacados sabe Dios por quién y con qué intenciones.
No hay explicación coherente de los acontecimientos. Sólo sabemos que hay chicos desaparecidos, que hay cuerpos que aparecieron en una fosa y que la muerte se apareció en Iguala.

IMG_2207.JPG

¿Quién empezó?

Hay días que no me gusta leer las noticias. Hay veces en que llega el periódico y con sólo echarle un vistazo a la primera plana sientes que te duele el estómago. En ocasiones es sencillamente imposible entender y dar crédito de lo que el ser humano es capaz de hacer.
Me sucedió aquella mañana del once de septiembre cuando me enteré de que un avión se había impactado contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. Estaba trabajando en una de las tiendas de la autopista Guadalajara-Colima y escuché la noticia en la radio, pensé que se trataba de una narración al estilo Orson Welles. No, por desgracia fue verdad. Luego lo sucedido en Atocha, o en Boston, o en un kindergarten en una pequeña ciudad turística en donde todo parece transcurrir en calma. Pero las balas se escurren y el odio brilla como la mejor forma de comunicación. ¿Qué le sucede al Hombre?
Me insulta ver abusos financieros, discriminación, fraudes, y a pesar de todo, eso lo puedo entender. Me indigna ver a sujetos con sotana y bolsas cargadas de dinero, o a delegados corruptos que le sacan dinero a gente de bien, o a políticos que pagan sus shampoos con dinero del erario. Lo que no me cabe en la cabeza y no logro descifrar es al Hombre torturando al Hombre. Al que secuestra, al que viola, al que tortura. Cuando temprano en la mañana me topo con la noticia de que secuestraron a un grupo de doce jóvenes y no hay pistas de ellos, para un mes después saber que el dueño del antro en el que se estaban divirtiendo apareció calcinado junto con su pareja y una prima, mi cerebro rechina. Cuando leo que mataron a dos jóvenes por bullear a otro, las tuercas de mi cabeza salen volando. Cuando me entero de que los crímenes del Pozolero no se quedaron en lo que inicialmente supimos sino que hay más, me siento perdida.
Algo anda mal y no sólo es culpa del Estado, del mal gobierno, del crimen organizado, y de los malvados que habitan el mundo. No es válido lavarse las manos, señalar a los demás y escandalizarnos sin hacer nada. Volver la mirada a otro lado complica más las cosas.
¿Qué estamos haciendo en nuestro circulo más cercano de influencia para que el mundo esté en semejante condición? Se respira odio en el ambiente y la gente siente miedo. Esa es una mala combinación. El ser humano, nosotros, tú y yo, hemos hecho malas elecciones. ¿Quién empezó? Quién sabe. Tal vez ya ni siquiera sea importante averiguarlo. ¿Quién lo va a parar? Esa es la pregunta importante. La respuesta, es claro, no llegará únicamente de las autoridades. Cada uno de nosotros, en nuestro radio de influencia, debemos de poner manos a la obra. Levantar el dedo y señalar a otros, no sirve de nada.

20130703-064915.jpg

Disculparse

Un requisito básico para ofrecer una disculpa es que sea sincera, por ahí debemos empezar. El paso número uno es reconocer que se hizo mal, se causó daño y se está dispuesto a admitir la autoría de los hechos. Sin duda, para eso hace falta valor, pero no es suficiente. En segundo lugar hay que ver la forma de resarcir el daño causado. Para eso no basta con ser valiente, es necesario ser honorable.
El honor, al parecer, es un valor en desuso, una palabra olvidada. Honor es, según la Real Academia de la Lengua, la cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes con los demás y con uno mismo. Nuestro prójimo más cercano son los nuestros, son los hijos. Fallar ahí es fracasar, fallar por falta de honor es una mancha en la consciencia y una seña de identidad. Si le incumples a un hijo y tus acciones en vez de ser meritorias son viles, ¿qué pueden esperar los demás?
Para impartir justicia, debes ser una persona de honor, es decir, perseguir la verdad y el mérito auténtico, sin sesgos, sin prejuicios, sin intereses particulares. Ser intachable y probo.
Cuando alguien engaña, lastima el honor, cuando alguien engaña y ofrece una disculpa con antelación, presumimos que hay honestidad, y el honor se restituye. Somos humanos, somos falibles. Disculparse se vale. Pero cuando las disculpas llegan porque te agarraron con las manos en la masa, la sinceridad queda en tela de juicio y el honor hecho trizas.
Ayer, el ministro de la corte en retiro, inició un discurso con las siguientes palabras en un acto de sinceridad y conciencia, yo, Genaro Góngora Pimentel, ofrezco disculpas a la madre de mis hijos, a su familia y a mis pequeños si en algo les he fallado./em>
No lo sé. Las palabras no me suenan sinceras desde el momento en que son producto de un descubrimiento periodístico que dio a conocer que el ex ministro y ex presidente de la suprema corte de justicia, encarceló a la madre de sus hijos para evitarse dar una pensión alimenticia.
Dejando a un lado el delicioso sabor del chisme de enterarnos que un magistrado de la suprema corte tuvo un amante con la que procreó dos hijos, que están enfermos, diagnosticados con autismo y que el juez no pasaba para el gasto con regularidad, está la falta de honor de una persona que administró justicia.
¿Cómo imaginar imparcialidad en un hombre que fue capaz de meter a la cárcel a su examante con tal de darle la vuelta a sus obligaciones? No se trata de juzgar los deslices de un hombre, cada quiėn su intimidad. Más bien llama la atención e indigna un padre irresponsable que nos vendió la figura de un ser intachable a un nivel tal que se encargo de la máxima magistratura del país. De un maestro que instruyó a casi todos los jueces de los tribunales de justicia de la nación. ¿Se imaginan cuantos subordinados y alumnos agradecidos tiene el juez Góngora?
Genero Góngora Pimentel no es un marinero que tenga varias mujeres, hijos en cada puerto y familias olvidadas por los siete mares, si así fuera, el tono seria distinto. Pero no. Tampoco se trata de justificar una reacción apasionada de enojo, de una venganza o de una irresponsabilidad cualquiera No. No me refiero a un desobligado, que al ver la situación de enfermedad de sus hijos salió huyendo. Se trata del expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y todo lo que el los implica.
Sale a ofrecer disculpas en una tribuna pública, en vez de correr al lugar de reclusión de se ex pareja a pedir perdón. Se vale de los medios de comunicación y se enarbola una sinceridad que suena, por decir lo menos, débil. El honor del juez en retiro queda por los suelos independientemente de los pleitos razonables o de lavadero que tenga con la madre de sus hijos.
Hay cosas que no se deben hacer, fronteras que no se deben cruzar, hitos que no se deben tocar. La responsabilidad con los hijos es una. El honor de cumplirles a carta cabal es otro. Sin embargo, el indispensable es ver por su bienestar, si no partimos de ahí, estamos cimentando sobre terrenos porosos.
El honor ha de ser sólido para aguantar las pruebas todoterreno, si no, las disculpas nunca serán sinceras, ni valientes, ni honorables. Si no, miren nada más.

20130525-084012.jpg

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: