El punto de vista de la marginación (El tigre blanco)

El punto de vista de la marginación

El Tigre Blanco

Aravind Adiga

Novela

 

 

La marginación es un tema difícil de narrar desde cualquier punto de vista. Si se expone desde la visión del marginado con sus quejas legítimas, se critica el resentimiento; si se narra desde la posición del privilegiado, se reprochará la visión clasista. La marginación vista como tragedia suena a melodrama y a lugar común, sin embargo, otro tratamiento corre el riesgo de faltar al respeto y ofender. Pertenecer a una minoría, ser de la élite es, por lo general, una marca de nacimiento antes que una elección.

El siglo XXI cambió las reglas geoeconómicas, el producto interno bruto de las viejas potencias crece a ritmos cercanos a cero y únicamente dos naciones en el mundo progresan a ritmos estables: China e India, sin embargo, las minorías se sienten acorraladas por las consecuencias de este éxito.  Si bien es cierto que ambas naciones cuentan con indicadores financieros atractivos, la India no ha abandonado su condición de país subdesarrollado, con niveles de pobreza extrema a lo largo y ancho de su territorio, según las cifras del Fondo Monetario Internacional[1]. Reflejar contrastes resulta complicado. 

Aravind Adinga eligió abordar el tema desde un punto de vista cínico y provocador. Le dio voz a un narrador egocéntrico que desde las primeras páginas nos presume que es un empresario exitoso que se ha sobrepuesto a su condición de casta y que ha salido adelante al detectar una ventana oportunidad en el mundo de los negocios tecnológicos, tan de moda en la India. También nos revela que es un asesino.

El panegírico triunfal de Balram Halwai, narrador y personaje principal de Tigre Blanco[2], novela mucho más complicada de lo que el autor nos sugiere en las primeras páginas, está enmarcada en una serie de cartas dirigidas al primer ministro chino. Es la historia del antihéroe y al mismo tiempo una parábola de la nueva India, con un toque macabro de autojustificación constante. No es la fábula romántica del chofer que sale adelante y nos da una lección; es una provocación inteligente, dado que, según el narrador “las historias de podredumbre y corrupción son las mejores historias, ¿o no?”[3]

El tono elegido es sarcástico, el humor muy negro. No puede ser de otra manera, Balram se define a sí mismo como un hombre “hecho de barro a medio cocer”[4], nacido en un país donde el paisaje se confunde entre el resurgimiento económico y la corrupción, inequidad y pobreza, en el que la falta de educación y la superstición forman un cerco del cual es casi imposible salir. Sin embargo, se ve a si mismo como un hombre de acción y cambio, pensante y emprendedor, pero homicida. Un personaje complejo al que no le basta una etiqueta para ser descrito. “Un tigre blanco, una creatura que aparece una sola vez cada generación”.[5]

Aravind Adinga nos previene contra los destellos de la nueva prosperidad de la India, nos advierte de los desequilibrios sociales a pesar de la euforia de las empresas tecnológicas por mudarse a su territorio. El progreso económico no llega como una derrama uniforme. El protagonista es originario del lado de la oscuridad, esa región del interior de la India, bañada por el Ganges, sumida en usos y costumbres arcaicos, donde se vive la miseria de los intocables que contrasta con los avances en informática y tecnología de punta de la región de la luz.   Cada escena, cada frase es un instrumento del autor para recordar al lector que la India vive un sistema de castas inflexible y que las diferencias se hacen notar a pesar de la prosperidad.

 Balram critica la cultura servil de los indios y admira a aquellos que no se dejaron convertir en sirvientes. “Los británicos intentaron convertirlos en sirvientes, pero ustedes jamás se los permitieron. Sólo han sido tres naciones las que jamás se han dejado dominar por extranjeros: China, Afganistán y Etiopia. Son las únicas naciones a las que admiro.”[6] Y se burla, “…respeto el amor que tiene y demuestra el pueblo chino, por la libertad colectiva e individual”[7], jamás abandona el tono ácido para abordar el tema de la marginación.

El sistema de castas lo explica de la siguiente manera “Halwai, mi nombre significa: el que hace dulces, es mi casta y mi destino… los halwais llevan en la sangre hacer dulces y preparar el te”.[8] Pero en este orden clasificatorio es fácil bajar, casi imposible subir, y para no entrar en grandes complicaciones dice que hoy en día todo es más sencillo “existen dos tipos de castas: panzas grandes, panzas chicas”[9] o “los que beben licor indio y los que beben licor inglés” [10]y aquel que lo rige todo “el Gran Socialista que ha sido el jefe absoluto de la Obscuridad, ganando elección tras elección”[11]

“Yo fui un sirviente” [12] confiesa el narrador y por eso conoce la verdad de la India. La reflexión en torno a la condición de marginalidad en la cotidianeidad, la convivencia diaria del que sirve y es servido y la línea divisoria en ocasiones es tan tenue y en otras constituye una carga pesada. La otredad próxima, conviviendo en el mismo espacio vital. Las miradas entre los diferentes, las sonrisas irónicas que surgen a ambos lados de la línea divisoria que puede ser la distancia entre el volante y el asiento trasero. La marginación vista, no desde la posición del extranjero o del extraño, sino del que la vive día con día y saca provecho de ella.

Las diferencias explicadas de forma sutil pero contundente,: “yo me moví a la izquierda y él a la derecha”[13] o “el olor a colonia llegó a mi nariz, a colonia encantadora, rica frutal, que despedía su piel, en cambio el mío era hedor de mi sudor de sirviente …”[14] , “…cruzamos la mirada en el espejo retrovisor, los ojos del patrón tenían una emoción inesperada: lástima”[15] Las diferencias que no pueden ser borradas, por mas que el patrón le quiera dorar la píldora al empleado “Eres parte de la familia, Balram. Ahora vete al cuarto de servicio y espera instrucciones”[16]

Los personajes a primera vista parecen poco profundos, “Ashok era el clásico hombre de primera velocidad. Le gustaba empezar cosas, pero nada retenía su atención mucho tiempo.”[17] La superficialidad de los patrones de Balram, sus rasgos físicos, sus costumbres, son elementos de la caricatura de una clase social superior, cruel y distante, insensible ante la figura de sus empleados. “Gente que trata a sus poodles como hijos, a sus hijos como poodles y a nosotros como perros”[18][19] Y, la menos profunda de todas, la esposa de Ashok, Pinky Madam, es la única que parece tener conciencia en medio de un mundo corrupto en donde la muerte de una criatura parece carecer de importancia.

Adinga utiliza varias piezas para entretejer el punto de vista del marginado:

  • El servilismo y el ambiente de los choferes, “creaturas hechas para obedecer, ruidosos y felices, apestosos y voraces ante un poco de licor inglés”.[20]
  • El revanchismo y las practicas abusivas entre ellos “los sirvientes necesitamos abusar a otros sirvientes”.[21]
  • La ingenuidad del chofer que admira a sus empleadores resulta no ser tan cándida, “los centros comerciales, lo dorado de las luces, el aire acondicionado, la gente en camisetas de colores diferentes al servicio, el servicio prefiere colores brillantes, el elevador que parece hecho de oro puro”.
  • La explotación de los patrones, “ …no era un chofer, era un sirviente, tenía que saber lo que le gustaba comer, lo que le provocaba flatulencias, conocer su tracto digestivo de boca al ano”[22] “Un chofer no es solo un chofer, también lava platos, se encarga de su patrón”[23]
  • La explotación de las propias familias de los trabajadores “Mi nieto tiene trabajo y aun así me obliga a trabajar”[24]. “¿Cómo de que no? Aquí tu haces lo que yo te digo ―dijo Mushum― dame el dinero”[25] “No has mandado dinero desde hace meses. Olvidaste nuestro acuerdo”[26]
  • La diferencia entre los ambientes que habitan “Y así vi el cuarto con sus ojos, olí sus aromas con su nariz”[27]

 

Salí del gallinero, sentencia Balram, “pero aquel que nació sirviente será siempre un sirviente”[28] El impulso para salir del gallinero, como el narrador define ese entramado de castas, religión, política y superstición que obliga al individuo a quedarse en su lugar, quieto, sin causar problemas, fue el deseo de su padre para dejar atrás su destino: “Toda mi vida fui tratado como un burro. Lo único que quiero es que uno de mis hijos viva, por lo menos uno, como un hombre y no morir como un animal”[29]. “Pero este hombre, como te he dicho, fue capaz de convertirse en alguien mejor que su padre”[30]

Resume la historia: “Fui chofer para un patrón y ahora yo soy patrón de chóferes. No los trato como sirvientes ―ni les pegó, ni abuso, ni me burló de ellos―. No los insulto diciéndoles que son parte de mi familia. Son mis empleados”.[31] Adinga convierte a Balram Halwai en el portavoz inmediato de su propia visión de a India, no de una India alternativa, sino de la que el realmente ve y que realmente es.

Tigre Blanco es una novela desmitificadora que es preciso leer sin la carga de la antropología, del exotismo de la India o glamour del cine de Bollywood, porque lo que se narra en ella, en mayor o menor medida nos toca a cada uno de nosotros. Sea porque somos cómplices de un sistema de esclavitud de baja intensidad o porque nos damos cuenta de que estamos atrapados en una jaula como las gallinas en el mercado, pero unas jaulas invisibles cuyos hierros son convicciones y prejuicios, ideologías y atavismos. Se agradece una novela de la India sin maharajaes, sin Taj Majal, sin Gandhi como tema central. No hay aromas de sándalo, ni saris, ni ashrams, ni meditación. Adinga nos atrapa con un lenguaje furioso que provoca y enfrenta al lector con una India que resulta muy similar a México. La marginación, sin duda, es un tema difícil.

 

 

Bibliografia

 

Informe Anual, Fondo Monetario Internacional, Washington D.C., 2011.

 

Adinga Aravind, “The White Tiger”, Free Press, New York 2008.

 


[1] Informe Anual, Fondo Monetario Internacional, Washington D.C., 2011.

[2] Adinga Aravind, “The White Tiger”, Free Press, New York 2008.

[3] __“Stories of rottness and orruption are the best stories, aren´t they?”p.41

[4] __“Half baked clay” p.9

[5] __“the creature that comes along only once in a generation” p. 30

[6] __“The British traed to make you their servants, but you never let them do it. Only three natios have never let themselves be ruled by foreigners: China, Afganistan and Abyssinia. This are the only three nation I admire. ” p.3

[7] __“…respect for the love of liberty shown by the chinese people, and individual liberty” p. 4

[8] __“That´s my caste and my destiny. The halawais, amking sweets and tea is in their blood”p.53

[9] __“There are just two castes: Big bellies and Small bellies” p.54

[10] __“Indian liquor men and English liquor men” p.62

[11] __“The Great Socialist had been the boss of the Darkness winning election after election” p.81

[12] __“I was a servant once, you see”.p.3

[13] __“I moved to my Leith, he to his right” p.94

[14] __“the smell of cologne ―a lovely, rich, fruitycologne― rushed into my nose, while the smell of me was of  servants´ sweat …”p.94

[15] __“I looked at the rearview and caught his eyes on me, the eyes of the master with an unexpected emotion: pity” p.102

[16] __“You´re part of the family, Balram. Now go downstairs, to the servants quarters, and wait there.” P.141

[17] __“Ashok was a classic first gear man. He liked to start things, but nothing held his attention for long” p.120

[18] __“People that treat their poodles aschildren, thier children as poodles, and they treat us as dogs” p. 108

[19] __“The shopping malls, the golden lights, the air conditioned, the people in T-shirts of different colours than the servants, we servants prefer bright colours” p. 140

[20] __”Creatures made to obey, loud and happy, reeked of some English liquor”. P.134

[21] __“Servants need to abuse other servants” p.109

[22] __ “I was not only a driver I was a servant. I had to know what he liked to eat, what made him fart. A servant hs to know his master´s intestinal tract from lips to anus”p.118

[23] __”A driver is not just a driver, he also washes dishes and takes care of his master” p. 60

[24] ――”My grandson has a job and he still forces me to work”.p72

 

[25] __”What do you mean no? You´ll do what we want ―said Mushum― now, give me the money”p.73

[26] __”You´ve forgot to send money for months. Uou forgot our arrangement.” P.72

[27] __”And I saw the room with his eyes: smelled it with his nose” p.68

[28] __“Once a servant, always a servant” p.256

[29] __“My whole life I have been treated like a donkey. All I want is that one of my sons ―at least one― should live like a man, not to die like an animal”p.26

[30] ――”But this man, as I´ve told you, was different―he was capable of becoming someone better than his father.” P.135

[31] __“I was a driver to a master, but now I am a master of drivers, ―I don´t slap, or bully, or mock anyone. I don´t insult them calling them family” p.259

Creatividad en acción

Hay una tendencia seria para incorporar el tema de creatividad en las actividades de todos los días, lo mismo en la vida profesional, laboral y personal. Universidades como Stanford están impulsando cursos de creatividad en sus programas científicos, de negocios y en sus clases de educación continua. Compañías trasnacionales están acercándose a pedir cursos de capacitación en los que se ponga acento en el tema de despertar el aspecto creativo en equipos de trabajo. En muchos sectores de gobierno me han solicitado programas en los que se hable de creatividad a servidores públicos en puestos de alta dirección. Parece que la tendencia es ubicarnos en una zona creativa y eso me llena de entusiasmo.
Por años la creatividad se reservó a los artistas que, viviendo cerca de la casa de las musas, eran los únicos que podían aspirar a crear piezas musicales, pinturas, esculturas, versos, cuentos destilados de la belleza susurrada por estas hadas maravillosas y volubles que hoy visitan y mañana quién sabe. Entonces, ser creativo significaba algo más próximo a ser artista y más alejado de la cotidianidad. Eso es un mito. Para ser un artista se requiere talento. Para ser creativo lo único que se necesita es poner atención. Todos podemos poner atención.
Resulta que un estudio de la universidad de Stanford en asociación con MIT sobre productividad llegó a la conclusión de que lo más fácil para el ser humano es seguir rutinas, a pesar de que ellas no sean las mejores para llevar a cabo, en forma óptima, cierta actividad. Uno de los experimentos del estudio fue darle a un grupo de personas una ruta fija para ir de un punto a otro. El trayecto no era ni el más largo, para no hacerlo evidente, ni el más eficiente. Esa ruta se debía seguir durante veinte días y después estaban en libertad de modificarla. Nadie del grupo de prueba modificó la ruta durante la siguiente semana. Siguieron con la ruta prefijada. Por fin, se les pidió que encontraran una forma creativa de realizar el trayecto.
Los resultados fueron sorprendentes. Se encontraron formas que ni los propios líderes del proyecto, conociendo las variables, habían imaginado. El grupo de estudio que no se movió en veinte días, descubrió mejores rutas, y sobre todo mejores métodos para llegar de un punto a otro. Formas más eficientes para hacer las cosas, es decir, en menos tiempo, a menores costos, con mejores rendimientos. ¿Qué hizo falta? ¿Qué detonó el cambio? Una llamada a la creatividad, una invitación para encontrar una mejor forma de hacer las cosas. Muchas veces las mejores prácticas están sentadas en la punta de la nariz y no las vemos porque tenemos fija la atención en otro lado, porque estamos acostumbrados a una rutina que seguimos sin ningún tipo de racionalidad. Pero siempre hay mejores formas para hacer lo que sea. No es extraño que las grandes compañías, las instituciones de gobierno y las universidades estén volviendo su mirada a la creatividad.
Ser creativo es iluminar un camino diferente y mejor para hacer algo. Es movernos. Es aventurarnos a ver las cosas desde otra perspectiva. El que no se mueve se va rigidizando hasta quedarse paralizado totalmente. La parálisis lleva al empequeñecimiento y, al perder dimensiones llegará el momento en que de tan pequeño nadie lo perciba y al final termine por desaparecer. ¿Cuántas empresas, chicas o grandes, hemos visto desvanecerse por no evolucionar? ¿A cuántas personas les pasa lo mismo?
A mi me da gusto que cada vez más y más empresas, instituciones y personas incorporen el aspecto creativo a su vida, especialmente en estos tiempos en los que es más fácil estar atentos a una pantalla que a la persona de al lado. Ser creativo es un reto y aquellos que lo toman terminan con una gran sensación de satisfacción. Estar en la zona creativa es una buena idea.
¿Quién dice yo?

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Topless

Quitarse el top del bikini durante unas vacaciones privadas puede sonar a travesura, a algo normal, grotesco, sensual, escandaloso, exquisito o a pecado mortal, dependiendo de quién, dónde y como lo haga. Si lo haces en Acapulco, en la playa de un hotel familiar, lo más seguro es que te pidan que te cubras, aunque si lo expuesto tiene valor estético, tal vez la petición tarde un poco más en hacerse. En Costa de Marfil a nadie le impresionaría que una nativa expusiera los pechos al sol. Una monja sería expulsada del convento. En cambio, si lo haces en la terraza de un palacio en la costa sur de Francia, donde la desnudez es algo común, la cosa cambia. Cambia más si en tu destino cabe la posibilidad de que seas reina, peor si eres la esposa del segundo en la línea sucesora al trono de Inglaterra. Los Windsor resultan ser una familia política muy delicada.
El fotógrafo, que evidentemente violó la intimidad de los Duques de Cambridge, no me interesa. No me resulta atractivo un tipo que invade la privacidad de una pareja. No hay nada de sorprendente en su conducta, fue un sabueso que vio la oportunidad de robar el filete de la mesa y lo hizo. Está en su naturaleza hacerlo, se topó con la oportunidad y la aprovechó.
Me llama la atención que estos personajes de cuento de hadas intenten vivir como gente común y corriente. No lo son y lo saben. Ahí el cuento cambia de registro y se convierte en drama. Más para el príncipe que para la duquesa. Él no decidió su linaje, así nació. Ella sí que decidió, hizo una elección. Dejó su condición para convertirse en una figura pública. Él ya vivió la tragedia de perder a su madre al huir de los paparazzi, ella no, pero lo sabía. El hijo de Diana nació y morirá siendo una celebridad por condición no por elección.
Es cierto, la futura reina de Inglaterra debió sentirse en la seguridad de un lugar privado, arropada por un cuerpo de seguridad entrenado en las mejores escuelas. No se imaginó que los guardias de protección fallarían. Si hubiera intuido que alguien la observaba jamás se hubiera atrevido a desabrocharse el top del bikini. Hay quienes piensan que la duquesa de Cambridge fue imprudente, que asolearse topless es una de las muchas actividades que están reservadas para plebeyos que a nadie interesan. Pues sí, fue una falta de sensibilidad, un tropezón de esos que la gente adora. ¿Para qué exponerse? Ni modo, el escudo se rompe por la parte débil. En todo caso, menos mal que fue un fotógrafo y no un francotirador el que disparó.

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