Recuentos

A mí me gusta contar y el 31 de diciembre es una buena fecha para hacer recuentos. Me gusta imaginar que la línea del tiempo es una recta númerica y el último día del año es el cero. Hacia adelante están los números positivos, es decir, los días que han de venir, y hacia atrás los que ya fueron, los que ya se usararon. Algo así como un cuaderno, en el que hay hojas limpias y hojas que ya quedaron escritas. 

El recuento es una relectura de lo que sucedió en el año. Es enfrentar con un ojo crítico y amoroso las conquistas, las pruebas y los retos que se derivarán. Es saldar la cuenta del tiempo y ver qué tal nos fue. No tanto para fustigarnos con el látigo de la culpa, más bien para contemplar y valorar. También para repetir aquello que salió bien y para dejar de hacer lo que no trajo buenos resultados. 

En términos de conquistas, me queda sonreír y agradecer. Son cerca de quince mil visitantes los que se asomaron a ver lo que estoy pensando durante este año. Hubo gente de todas partes del mundo, principalmente de países hispanohablantes, pero también de otros, como Japón, Rusia, Francia, Corea del Sur, Dinamarca, Estados Unidos, Inglaterra, Irlanda, Escocia, Portugal y otros más. El número de vistas promedio diarias aumentó con respecto al año pasado y eso es de agradecer. Mis alumnos ganaron concursos de emprendimiento.Acapulco sigue en el corazón, hoy tengo puesto un pie en San Miguel de Allende, El Veinte va viento en popa, Pretextos literarios por escrito es una revista que goza de aceptación y le gusta a sus lectores, cada día tengo más alumnos, he ayudado a muchos en sus proyectos de titulación y las satisfacciones crecen. Hoy desperté con el ronroneo de Gis, mi gatita gris, de la mano de mi marido con la paz se saber que mis hijas duermen felices en su recamara. Hay salud, amor, mucho cariño y voluntad de caminar hacia adelante. Dios con nosotros.

Entre las pruebas, la paciencia tomó la palestra. Las fechas de inicio se postergaban y nos hacían dudar de que algún día nuestros planes se fueran a concretar. Dos veces, a punto de firmar acuerdos importantes, la contraparte se echó para atrás y nos dejaron como el Tonto Coyote en medio del abismo sin paracaidas. El golpe fue duro, sacó lágrimas y hubo que sacudirse el polvo. Muffin murió mientras nosotros estábamos de vacaciones, llegar a casa y sentir el vacío fue duro. Nos acompañó durante diez años y su ausencia se nota en las pequeñas cosas de todos los días. Con mis alumnos, siempre tengo la suerte de tener entre los buenos a los mejores. Este año me tocó enfrentar un grupo aterido por el desinterés, la apatía y el amor a la pantalla de su celular. Muchas veces sentí que estaba sola en vez de estar rodeada de chicos universitarios, no encontraba la forma de motivarlos. Tristemente, no todos pudieron ser rescatados, los vi quedarse atrapados en los tentáculos del desapego y la desconsideración a unos padres que pagan colegiaturas carísimas para que sus hijos chateen y se tomen fotos en vez de poner atención. Los vi suplicar por una calificación aporbatoria en vez de esforzarse por obtenerla.  No fue agradable.

Los retos que vienen para el año que iniciará en unas horas van de todos los tamaños y presentaciones. Los típicos como bajar de peso, hacer ejercicio, comer mejor están en la lista. También, seguir venciendo el antojo de echarme un cigarro y gozar del placer de fumar, este es duro y es una lucha de todos los días. Me pregunto si algún día se me quitará este antojo. Ahorrar es un reto. Aceptar trabajo en la medida de mis posibilidades, sin extralimitar mis capacidades y sin sobrevalorar mis angustias. Ser agradecida como Bodo,  mi perrito, audaz como Gis, atrevida como Chai. Quiero acercarme más a mis cariños, cuidar a mis amistades, velar por mis amores, estar cerca de quienes quiero. Agradecer, contar bendiciones, tener a Dios en el centro de la vida, amar a Carlos, a Andrea, a Dany, bendecir a mis padres. Seguir adelante en el camino.

Y, hoy especialmente, dar gracias por ustedes que se siguen asomando a ver lo que estoy pensando. Mil felicidades. 

Lo que revelan los test

Se vuelven poner de moda los test, es decir, esas pruebas que a través de preguntas específicas obtienen información de las personas. Tests de estilo de liderazgo, de personalidad, de actitud, de aptitudes, de forma del cuerpo, de filiaciones, los hay de todo tipo. Los puedes encontrar en revistas de moda, en publicaciones científicas, en redes sociales, en todas partes. Los tests siempre han tenido mucha aceptación.
Lo curioso es que últimamente proliferan por doquier esos que preguntan con qué foto te sientes más afiliado, con qué personaje te identificas, con qué deporte te inspiras, qué árbol te fascina, qué ojos captan tu atención y a partir de ellos se llega a conclusiones que revelan forma de ser, perfiles de personalidad, tendencias vocacionales o lo que verdaderamente habita en nuestros corazones.
Me cuesta trabajo creer que generalidades tan amplias pueden llegar a deducir lo que me apasiona, lo que determina la forma de dirigir mi vida, lo que me haría reaccionar de una u otra manera, lo que me encausaría por un camino en particular. Si eso fuera así, sería tan fácil encontrar identidad.
Sin embargo, la popularidad de esas encuestas crece. Nos resulta difícil dejar de lado la ocasión de contestar preguntas, caemos en la tentación de contar y leer los resultados. A veces nos sorprendemos con lo que nos dicen, otras estamos de acuerdo o nos enojamos por lo equivocado que resultó.
¿Nos revelan grandes verdades estos test? Lo dudo. Pero sí llego a un gran descubrimiento, los hombres y las mujeres tenemos curiosidad, queremos encontrar datos de nosotros mismos. Buscamos afirmación de lo que somos, queremos confirmar o disentir lo que pensamos de nosotros mismos.
Los test nos resultan divertidos, nos entretiene la investigación de lo que somos y de lo que creemos que somos. El problema es que muchas veces nos quedamos en esa superficialidad. Si encontramos algo que nos gusta, aplaudimos complacidos. Si nos topamos con algo que nos disgusta, mostramos desacuerdo y nos justificamos, decimos que no, que no es verdad y nos justificamos diciendo que es sólo un test.
Lo rescatable es la búsqueda, esa necesidad de saber quienes somos y entender por qué somos. Lo que los test nos dicen es la profundidad que logramos con este análisis y esa sí que es una seña de identidad.

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La paciencia de Alberto Patishtán

Parece ser que la paciencia del maestro chiapaneco Alberto Patishtán será recompensada. A punto de cumplir trece años preso, por un crimen que jamás se ha podido sustentar que él cometió, esta semana el Primer Tribunal Colegiado del Vigésimo Circuito en Tuxtla Gutiérrez tendrá la oportunidad de darle cause a la justicia.
Ya he hablado de Alberto Patishtán, este activista tzotzil al que acusaron del asesinato de siete policías cuando él ni siquiera se encontraba en el mismo poblado donde sucedió el crimen. He contado que mi amigo jesuita, Pepe Aviles lo conoce y sabe que Patishtán es inocente, y que las autoridades judiciales han ignorado las inconsistencias en su proceso, la insuficiencia de pruebas, la constante violación a sus derechos.
Esta semana se abre una ventana de oportunidad para que las cosas se hagan conforme a lo que es justo. No hay manera de devolverle a este indígena chiapaneco los años que ha vivido en la cárcel de forma injusta, de recuperarle la salud por las enfermedades que ahí ha padecido y los trece años que ha estado lejos de su familia, pero sí de devolverle la libertad que le fue arrebatada.
El obispo Raúl Vera ha apoyado sin cesar la causa para liberar a Patishtán. Este caso es un reflejo de esa sentencia popular, en México no hay gente culpable en los reclusorios, hay gente pobre. Es verdad, si comparamos esta injusticia que ha tenido a un inocente tras las rejas por algo que evidentemente no cometió, con los casos como el del ex gobernador Granier quien se escuda en una enfermedad para no pisar la cárcel, no podemos más que indignarnos. Abogados y estrategias legales apartan a los culpables de la justicia; inocentes pagan sobreprecios por delitos que no han cometido.
O, tal vez sí podamos hacer algo mas que indignarnos. Podemos,además de enojarnos, denunciar, repetir y repetir esta historia hasta que se le haga servicio a la justicia. Ya es hora de liberar a Alberto Patishtán. Ya estuvo bueno de volver la mirada a otro lado, y de hacernos de la vista gorda ante tanta arbitrariedad. Dejar solo a alguien en una injusticia es terrible y puede ser como el que escupe al cielo, así como abandonamos, podemos ser abandonados. Mejor denunciar antes de ser víctimas de este sistema torpe, corrupto y abominable.
Dicen que Alberto Patishtán está confiado y con esperanza de que pronto recuperará la libertad. Ojalá y así sea. Es momento de vivir o morir por la verdad y la justicia, como dice el maestro chiapaneco que todavía hoy esta tras las rejas.

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Marduk Hernández y la justicia

Marduk Chimalli Hernández por fin está en libertad. Este joven estudiante de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México permaneció en la cárcel dos meses. Fue acusado de robar un teléfono celular pese a que no había pruebas suficientes ni contundentes para inculparlo.
Lo consignaron en el Reclusorio Oriente y le fue fabricada una acusación para encerrarlo, y, ya tras las rejas, lo intimidaron, lo amenazaron, lo acosaron, no los presos, ¡los funcionarios públicos y agentes del la policía del D.F.! A fuerza de presiones lo quisieron forzar para que se declarara culpable, por suerte no lo lograron.
Marduk siempre insistió en su inocencia. Él declaró que su único error fue pasar por ahí y quedarle a mano a un par de policías que decidieron que el joven les gustaba para que fuera culpable. Ni pruebas, ni declaraciones de testigos en su contra, ni nada que sustentara la autoría de los hechos. Jamás hubo un sustento real para sostener que el joven estudiante se hubiera robado algo.
Por fin, este martes la justicia fue servida. Liberaron a Marduk Chimalli Hernández.
El joven estudiante declaró que no le interesan disculpas públicas ni nada por el estilo. Sin embargo, hay que investigar a los funcionarios implicados en la detención y consignación y en todas las irregularidades del caso. Insisto, hay veces en que ofrecer una disculpa no es suficiente. ¿Cómo se le recuperan a este chico los días y noches que pasó en la cárcel sin deberla ni temerla?
Es tiempo de parar estas injusticias, Marduk, dentro de todo fue afortunado, ya está libre. No todos lo logran, siguen en una celda, sin saber por qué, gritando inútilmente su inocencia. Esto debe parar. También el acoso que está padeciendo la familia de Marduk. Patrullas se pasean frente a su casa, motos de policías, como haciendo evidente que ahí no quedará la cosa, como advirtiendo que es mejor no moverle y haciendo ver que no es buena idea meterse con la Unidad de Protección Ciudadana de Azcapotzalco.
Vaya, vaya, una unidad que lejos de cumplir con su misión se dedica a hacer lo contrario. Un grupo que debiera estar protegiendo a la ciudadanía ahora, para salvar el pellejo, se dedica a intimidar. Espero que la Comisión de Derechos Humanos y la Procuraduría capitalina pongan atención y protejan a quién fue agraviado, encarcelado y maltratado por quienes lo debieron cuidar.

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