Antipáticos y prepotentes

En los últimos doce años la imagen de los Estados Unidos ha cambiado mucho. El cambio no les ha sido favorable. Tal vez se deba a que después de aquel once de septiembre la actitud que tomaron frente al mundo no termina de gustar. No importa si estás en territorio norteamericano o en cualquier otra parte de mundo, el hecho de que te hagan padecer medidas de seguridad tan extremas para abordar un avión, sentimos que es culpa de los gringos y no tenemos empacho en llamarlos así.
El papel de arbitro del mundo, de garante de la seguridad universal que se han atribuido y las acciones para proteger a la ciudadanía no causan gracia entre la gente, especialmente cuando se habla de privacidad. La protección suena a metichería, la seguridad que ellos quieren aplicar parece intromisión y eso, desde luego, les ha cobrado facturas caras en términos de popularidad. No nos gusta saber que escuchan nuestras conversaciones telefónicas, que espían nuestras cuentas de correo electrónico ni que husmean las fotos que colgamos en las redes sociales.
No sólo se trata de eso, la popularidad americana ha ido a la baja porque se iniciaron dos guerras, costosas en términos de vidas y de dinero, sin resultados victoriosos. Contra Irak ya sabemos que las bases para salir a pelear fueron falsas, nos mintieron, no había armas nucleares, ni razones evidentes que nos advirtieran de un riesgo bélico, más bien cómo que se trataba de otra cosa. Se le dio al presidente Obama un premio Nobel de la Paz por una promesa que aun no ha cumplido, las fuerzas militares no yerminan de irse del mundo arabe, Guantánamo sigue sin cerrar sus puertas, los militares estadounidenses han pasado por alto la Convención de Ginebra, se les ha visto torturar a prisioneros en forma despiadada y cruel, y la tierra que convierte en realidad el sueño de los inmigrantes quiere sellar sus fronteras. Además la economía ya no es tan boyante como antes.
El antiamericanismo se vuelve popular en el mundo porque en la atmósfera flota el sentimiento de que los Estados Unidos exigen mucho pero a la hora de hacer su parte, como que la cosa no les sale bien. Meten la nariz en todo el mundo para opinar en términos de derechos humanos, de igualdad, democracia, discriminación y ellos son los primeros en fallar. Sabemos que son racistas, que les asusta lo diferente y que no les gusta el desorden. Pero también sabemos que a pesar de ser racistas les gusta que otros se encarguen de cuidar a sus hijos pequeños, a sus ancianos, que les ayuden con el trabajo doméstico, que les hagan el jardín, trabajos de carpintería, que les labren sus campos y les cosechen sus frutos al menor precio posible, sin respetar mucho que digamos la legislación laboral. Les gustan los otros para delegar en ellos ciertas actividades, pero hablar de reconocerlos como pares, eso ya es otra cosa.
La generalizaciones son malas, ya sé que no todos los norteamericanos son gente racista e ignorante. Hay muchos amantes de la otredad y defensores de valores universales, lo que sucede es que es urgente que su voz se haga escuchar.
El mundo está enfadado de actitudes antipáticas y prepotentes. Por desgracia la critica a los Estados Unidos se ha vuelto un deporte popular. La molestia generada Urbi et Orbi por la Pax Americana debe ser atendida para elevar la imagen de esta nación cuya sonrisa ya no se percibe tan amable.

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Topless

Quitarse el top del bikini durante unas vacaciones privadas puede sonar a travesura, a algo normal, grotesco, sensual, escandaloso, exquisito o a pecado mortal, dependiendo de quién, dónde y como lo haga. Si lo haces en Acapulco, en la playa de un hotel familiar, lo más seguro es que te pidan que te cubras, aunque si lo expuesto tiene valor estético, tal vez la petición tarde un poco más en hacerse. En Costa de Marfil a nadie le impresionaría que una nativa expusiera los pechos al sol. Una monja sería expulsada del convento. En cambio, si lo haces en la terraza de un palacio en la costa sur de Francia, donde la desnudez es algo común, la cosa cambia. Cambia más si en tu destino cabe la posibilidad de que seas reina, peor si eres la esposa del segundo en la línea sucesora al trono de Inglaterra. Los Windsor resultan ser una familia política muy delicada.
El fotógrafo, que evidentemente violó la intimidad de los Duques de Cambridge, no me interesa. No me resulta atractivo un tipo que invade la privacidad de una pareja. No hay nada de sorprendente en su conducta, fue un sabueso que vio la oportunidad de robar el filete de la mesa y lo hizo. Está en su naturaleza hacerlo, se topó con la oportunidad y la aprovechó.
Me llama la atención que estos personajes de cuento de hadas intenten vivir como gente común y corriente. No lo son y lo saben. Ahí el cuento cambia de registro y se convierte en drama. Más para el príncipe que para la duquesa. Él no decidió su linaje, así nació. Ella sí que decidió, hizo una elección. Dejó su condición para convertirse en una figura pública. Él ya vivió la tragedia de perder a su madre al huir de los paparazzi, ella no, pero lo sabía. El hijo de Diana nació y morirá siendo una celebridad por condición no por elección.
Es cierto, la futura reina de Inglaterra debió sentirse en la seguridad de un lugar privado, arropada por un cuerpo de seguridad entrenado en las mejores escuelas. No se imaginó que los guardias de protección fallarían. Si hubiera intuido que alguien la observaba jamás se hubiera atrevido a desabrocharse el top del bikini. Hay quienes piensan que la duquesa de Cambridge fue imprudente, que asolearse topless es una de las muchas actividades que están reservadas para plebeyos que a nadie interesan. Pues sí, fue una falta de sensibilidad, un tropezón de esos que la gente adora. ¿Para qué exponerse? Ni modo, el escudo se rompe por la parte débil. En todo caso, menos mal que fue un fotógrafo y no un francotirador el que disparó.

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