Tortura

Muchos elevan la voz para acusar al ejército, a la policía federal, a los agentes de a pie, a las autoridades que son capaces de lastimar en vez de proteger. Muchos se detienen en el uniforme, en la placa, en la licencia que tienen para portar armas, para matar y ven a alguien que tiene permiso para ejercer la fuerza en ánimo de hacer valer el bien común. Muchos ven el abuso de los que debiendo hacer el bien, hacen mal. 

A mí, las imágenes de tortura me llevan a preguntar ¿qué lleva a un ser humano a deshumanizarse así? Ayer por la noche vimos el video de una mujer que era sometida, con técnicas muy cuestionanles, a un interrogatorio. Le ponían una bolsa en la cabeza y le impedían respirar por un rato con el único afán de arrancarle la verdad. La mujer lloraba pero no pronunciaba las palabras anheladas por sus interrogantes. 

No sé cuántas veces repitieron esa acción ni si consiguieron la respuesta que querían. No sé si la mujer era una santa paloma o era una delincuente despiadada. Era lo de menos. No importa.  Lo que sí vi, fueron imágenes en que un grupo de seres se inhumanizaron para conseguir un objetivo. Las prácticas salvajes abarcaron un gradiete amplio. No fue nada más la presunta delincuente la que, al ser tradada como un pedazo de basura, quedó expuesta. Ahí estaba otra mujer que con crueldad apretaba una bolsa de plástico al cuello de una semejante. Ahí estaban dos personas más que veían lo que estaba sucediendo. Y, ahí estaba una persona que sin aparecer en las imagenes, flimó todo lo que sucedía. 

Nadie, ninguno de los actores, paró la crueldad.

Entiendo que el uniforme agrava el asunto. Pero, mi reflexión es más silvestre. ¿Qué lleva a un ser humano a perder la humanidad? ¿Qué razón existe para exacerbar la crueldad? La insensibilidad fue brutal. Tal vez, en la mente de estos sujetos cupo   la creencia de que estaban haciendo lo correcto. Es posible que se justificaran pensando que se la torturada era delincuente, que si ella había hecho o cosas peores, ahora le tocaba su turno y ni modo: él que la hace la paga. 

No. No hay forma de justificar la tortura.

Tampoco sirve de mucho escandalizarse. Sucede todos los días. Pasa en México y en todos lados. Hemos visto imágenes de soldados norteamericanos abusadores, de aparatos, sabemos tantas cosas que una persona ha hecho a otra en nombre de Dios, de la verdad, de la justicia que quitan el aliento. Tristemente, la tortura no es una novedad, es una práctica que se ha reportado múltiples veces a lo largo de la Historia. No la hemos podido erradicar. ¿Cuántas quijadas de burro se encajan a diaro por tantos Caínes en contra de nuevas formas de Abeles? 

Torturar no es una forma de procurar justicia. La verdad no se sirve de golpes, asfixias, angustias, humillaciones. La línea entre lo correcto y lo incorrecto no puede ser tan delgada. No deberia serlo. Es cierto, antes de ver el video, nos advirtieron que la torturada era delincuente. No importa. En realidad, al ver las imágenes, ya no es importante quién era el bueno y quién el malo. Ahí los roles se tergiversaron.

En aras de lo correcto, tocamos la puerta del infierno. Al buscar lo justo, nos embarramos de suciedad. Cerramos los oídos al clamor de misericordia y de un momento a otro cruzamos la frontera de lo terrible. Basados en un triángulo de justificación, hacemos lo abominable. Nos enredamos en la bandera de la verdad y la manchamos. Parece que todo se vale y que el fin justifica nos medios.

No es así. Nunca ha sido así.

Más allá de uniformes, de permisos, de posturas, quisiera saber: ¿qué lleva a un ser humano a creer que torturar es correcto? 

  

Los oficiales de policía Padilla y Jaramillo

Siempre me he preguntado por qué en México cuando uno ve a un oficial de la policía lejos de sentir protección, siente desamparo. Ayer tuve mi respuesta. Hace quince días empecé a dar un taller de emprendimiento en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en el Centro de la Ciudad de México.
La fascinación que ejercen los callejones, los ritmos tan distintos que vive esa zona se la ciudad, lo viejo de sus edificios, las vistas llenas de cúpulas de iglesias antiguas y la Torre Latinoamericana como cereza del pastel hicieron que la ilusión por ir a trabajar ganara dimensión. Ayer la rompieron y la hicieron añicos. Hay que reconstruir.
Salí del Claustro alrededor de las nueve de la noche. A esas horas las calles están solas y oscuras. Tomé la calle de Isabel la Católica y al llegar a la esquina de República del Salvador quise dar vuelta a la derecha pero un oficial me advirtió que la vuelta estaba prohibida pues la calle es de uso exclusivo del Metrobús. Me eché en reversa de inmediato, sin siquiera haber pisado el carril prohibido. Tomé nuevamente la calle de Isabel la Católica y cien metros más adelante llegó un policía en motocicleta y me pidió que me orillara. Eligió el lugar mas oscuro. Sentí la piel chinita y el estómago me dio un vuelco. ¿Y ahora, qué quiere este sujeto?
La historia ya la pueden intuir, los amables policías del Centro Histórico de la Ciudad de México se agolparon en torno a mi coche como si fuera una manifestante con bomba molotov. Sirenas, luces, torretas y un enjambre de uniformados aparecieron de Dios sabe dónde. Los oficiales Jaramillo y Padilla me amenazaron con llevarme al corralón, me advirtieron que ya estaba dada una alerta por radio a todas las unidades de la zona para que no pudiera escapar y que si lo hacía había una pena corporal que purgar. ¿Qué hice?
Infringió la ley. ¿Cuándo? Se dio la vuelta en República del Salvador. No, me eché en reversa. Deme sus documentos. ¿Por? ¿Quiere que llame a la fuerza pública para que la arresten?
Estaba sola y rodeada por una jauría dispuesta a bajarme del coche y dejarme en la oscuridad de la calle. Yo seguía confundida, sin entender la gravedad de mi delito. Entregué mis documentos, temblando ante la posibilidad de pasar la noche en un separo del Ministerio Público del Centro. Ya lo antiguo de los edificios y los callejones no me parecían tan pintorescos. No había nada de romántico en la situación, todo era mas bien gótico. Era el tiempo de la Inquisición del siglo XXI, estaba siendo acusada por una falta que iba a cometer y tenía que pagar por ello.
Desesperada, y para mi propia sorpresa, empecé a llorar. Los hombres reaccionaron como perros frente a la sangre. Les di cuerda. Los nobles oficiales Padilla y Jaramillo se reían a carcajadas, llamaron a la grúa y le pidieron que me enganchara. Oiga, no pueden hacer eso, estoy en el vehículo. ¡Bájate, güera! ¡Ni la hagas de tos, madrecita! ¡Y no lloré que nadie le está haciendo nada!
Señores, vengo de trabajar, de hacer las cosas por la buena. Me equivoqué al tratar de dar una vuelta prohibida pero no la di. ¡Ay, güera, que necia eres! ¿Por qué no buscamos la manera de arreglar las cosas, madrecita? Adelántate, estaciónate allá en la esquina para ponernos de acuerdo.
No fue terror, fue pánico lo que sentí.
Siempre he defendido a los policías porque creo que son un sector muy maltratado, porque los tienen mal entrenados y sin muchas garantías. Creo firmemente en la figura del policía de la esquina, ese individuo que protege a la gente, la conoce y forma parte de la vida de los barrios. Ese uniformado que ayuda y da seguridad.
Por desgracia, ayer los agentes Padilla y Jaramillo se encargaron de ponerme frente a una realidad terrible. Ellos no quieren proteger a nadie, quieren extorsionar. El Centro está lleno de bandidos que portan uniforme, tienen permiso de sacar una pistola, tienen la autoridad de detener a una mujer y amenazarla con llevarla a los separos y meterla ahí a pasar la noche.
Mientras paso ese trago amargo, el Delegado de Cuauhtémoc pide licencia y se la dan. ¿Quien está encargado del despacho? La oficina del Jefe de Gobierno está a unos cuantos metros de donde, todos los días, se extorsiona a la gente de bien. ¿Qué nadie le contará lo que pasa justo en sus narices?
Ayer por la noche, Padilla y Jaramillo me trataron como delincuente por algo que iba a hacer mal pero no hice. Ahí está la respuesta. Por eso en México, la gente siente desamparo al ver a un policía en vez de sentirse protegida. Hay que reconstruir, lo malo es que los que deberían de ocuparse en hacerlo andan consagrados en buscarse otra posición que les permita seguir viviendo del erario público.

2015/01/img_2719.jpg

Policías municipales y estudiantes

Todavía seguimos adoloridos por lo sucedido en Iguala con los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, sin entender bien a bien qué sucedió, por qué desaparecieron y qué llevó a la policía municipal a arrastrar a estos muchachos quién sabe a donde. Aún nos seguimos haciendo preguntas básicas que no encuentran respuestas sencillas y que provocan reacciones en varias ciudades de la República y del mundo. Todavía retumban en nuestros oídos los clamores de los padres de estos hijos desaparecidos y sentimos un hoyo en el estómago ante la incapacidad que muestran las autoridades de todos los niveles de gobierno para dar con ellos. Aún teníamos los ojos en Guerrero cuando otro incidente inexplicable sucedía en un callejón de la ciudad de Guanajuato.
En pleno Festival Cervantino, con tanta actividad cultural, con la prensa internacional encima, un estudiante de octavo semestre de mecatrónica de la Universidad de Guadalajara aparece muerto.
Según lo reporta el periódico Reforma, la policía municipal detuvo a Ricardo Esparza Villegas en una de las plazas de Guanajuato en aparente estado de ebriedad, le revisaron bolsas del pantalón y una mochila que tenía. Después lo tomaron del brazo, se lo doblaron y lo condujeron por el callejón del Hinojo. Según el testimonio de uno de sus compañeros, el joven pedía a los agentes que le permitieran hacer una llamada telefónica. Según reportan, otra persona confirmó que Ricardo fue sometido por agentes de la Policía estatal en la Plaza del Ropero. “¡Habla ya por teléfono!”, “¡saca el dinero!”, escuchó que le dijeron.
Sin embargo, también hay testimonio que dicen que los policías vieron que Ricardo Esparza Villegas estaba en tal estado de embriaguez que se orinó en la puerta de una casa y por ello le llamaron la atención. No hubo detención, dice el Alcalde de Guanajuato.
Para variar, no hay claridad en los hechos. ¿Por qué el cadáver de Luis apareció en el patio de una casa? ¿Por qué sus amigos no lo acompañaron? ¿Por qué se enteraron de lo que le pasó hasta el día siguiente? ¿Quién lo mató? ¿Por qué lo mataron? ¿Fue la policía municipal? ¿Lo quisieron extorsionar? No hay respuestas.
Ante la tragedia, hay lineas que se desdibujan. Frente a la muerte de un muchacho lo menos que se debe exigir es claridad. Hay versiones encontradas. Unos dicen que la policía lo trató de extorsionar, otros que se cayó de la azotea de una casa que intentaba robar. No creo ni una ni otra versión. Además, por si fuera poco, hay un río de alcohol que hace todo más difícil.
¿Qué está pasando? Estamos fallando como sociedad. Los que deben protegernos, extorsionan. Un festival cultural sirve como pretexto para llegar a intoxicaciones etílicas que rebasan los niveles de la diversión y se convierten en tragedias. Los amigos, en vez de acompañar a Ricardo o de reventar las redes sociales denunciando una injusticia, reaccionan huyendo, no quieren declarar, dicen que tienen miedo. ¿Por?
Y, el peligro adicional de que grupos oportunistas se suban al carro de la reivindicación para llevar agua a su molino. La única forma de parar el enojo es decir la verdad. Aclarar el panorama y con valor, decir lo que sucedió. Si fue la policía, pues hay que tomar medidas. Nos hemos olvidado de los cuerpos policiacos municipales, los hemos dejado sin capacitación y les hemos pagado mal. Se han vuelto cuerpos violentos y corruptos, en algunos casos. En otros, son sujetos a redes de cuotas clientelares que provocan círculos viciosos. En el mejor de los casos, la gente ni los respeta ni siente su protección.
Es tiempo de mirar a las policías municipales y arreglarlas, no queremos que los problemas de Iguala y Guanajuato se sigan replicando por doquier. La tragedia es que un chico perdió la vida y no sabemos por qué. Como tampoco sabemos por qué desaparecieron los normalistas de Ayotzinapa ni quienes están en tantas fosas que aparecen todos los días. Wl clamor general es uno: Queremos estudiantes en las aulas, no en féretros.

IMG_2345.JPG

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: