La coma de Pitágoras

Pitágoras aseguraba que los planetas bailan en el Universo emitiendo melodías imperceptibles al oído humano. A partir de esta creencia, desarrolló un método de afinación de instrumentos que se utilizó desde su época hasta en la edad media. Su método funciona de la siguiente manera: valiéndose de un monocordio, dividió una cuerda en dos, tres, cuatro segmentos y comparó el sonido producido por  cada una de las partes con el que se producía en la totalidad.

En el sistema de afinación pitagórico,  la escala se construye utilizando exclusivamente quintas perfectas y obliga a cualquier intervalo a expresarse como una combinación de un número mayor o menor, lo que da lugar a la siete notas. Partiendo de una nota base se obtienen las demás de una escala diatónica mayor, encadenando hasta seis quintas consecutivas. El círculo de quintas no se cierra del todo, queda un pequeño espacio, una brecha, porque las doce quintas del círculo no equivalen al unísono ni a la octava. Dicho de otro modo, tal como Pitagoras lo concibió: el encadenamiento sucesivo de factores de frecuencia iguales a 3:2 (la quinta) nunca produce un valor que se pueda reducir a la relación 2:1 (la octava); ningún número es al mismo tiempo potencia de 3 y de 2, salvo la unidad, que representa el unísono. Pero existeuna  solución: La Coma de Pitágoras. La quinta que se usa artificialmente para completar el círculo es una coma pitagórica menor que la quinta justa, y se conoce como quinta del lobo.

Al reducir las doce quintas en siete octavas, el intervalo que se obtiene es una pequeña fracción del tono llamada coma. La coma Pitagórica no se trata de un error ya que si se intenta afinar las doce notas de la escala cromática, mediante el encadenamiento de quintas perfectas, la quinta es incompatible con la octava. Una forma de resolver esta diferencia es dejar la última quinta con el valor residual que le corresponda después de encadenar las otras once. La coma de Pitágoras se le llamó La Quinta del Lobo.  ¿Qué significa la coma Pitagórica? Que no existe una afinación perfecta.

Este problema lo conocían bien los pitagóricos de la antigua Grecia, quienes reconocieron que para hacer música era necesario hacer correcciones a los intervalos puros; de ahí el concepto de la coma pitagórica. Lo maravilloso de este concepto es que nos demuestra que la para lograr la perfección hay que corregir las ideas preconcebidas. O,  desde otro punto de vista, la perfección pura no existe. 

Es decir, no existe pero puede ser lograda con ciertas correcciones. El concepto que sirve para la música, puede ser adaptado a la vida. Cada determinado intervalo, tenemos que volver a afinar, es preciso enmendar ciertos renglones. Analizar, reflexionar y a partir de ello retocar para perfeccionar. 

La Coma Pitagórica es un concepto que nos hace pensar que podemos tocar la perfección pero no en forma permanente, si queremos conservar el estado de pureza necesitamos hacer ciertos ajustes para no desafinar. Al aplicarlo a la vida, un niño debera hacer adaptaciones para la adolescencia, de la misma forma que las hará al entrar a la edad adulta y a la vejez. Una niña no entona si anda con tacones y uñas pintadas, lo mismo que una anciana desafina si usa minifalda y escotes pronunciados. Hay que adaptarse y para ello hay que llevar a cabo modificaciones.

Lo mismo sucede con proyectos de emprendimiento, con planes de todo tipo, con presupuestos, con ideas, vamos, casi con todo. Hay quienes prefieren observar la brecha que no deja cerrar el círculo, hay otros que se anecian, se quedna aprados en una idea fija y no logran afinarse. Hay otros que están dispuestos a ceder ese espacio para enmendarlo y seguir en la armonía que plantean los astros.

La coma de Pitágoras nos enseña a conservar la armonía en el concierto del Universo y a ser parte de la música de los planetas. Nos enseña a que es posible bailar con los planetas, aunque de vez en cuando debamos de cambiar de posición.

  

Jirafas en Copenhague

Ser jirafa en Copenhague no es buena idea en estos días. Parece que los parámetros para sobrevivir en el zoológico de una de las ciudades más lindas del mundo se han elevado y no basta con nacer para ser bienvenido; la vida en sí misma no vale nada, hay que agregarle características específicas si es que se quiere ganar el derecho a permanecer vivo. Le dan la razón a José Alfredo por los fríos rumbos del Báltico.
Resulta que en la hermosa tierra de Tívoli Gardens, de la Sirenita y de los hermanos Andersen no es suficiente con abrir los ojos a la vida, hay que tener un código genético sin mácula para ganar el boleto a la supervivencia, si no es así, entonces servirás de alimento para los leones y de espectáculo para adultos y niños. Espectáculo científico, dicen las autoridades del zoológico que llaman al descuartizar de una pobre jirafa, disección. Ser jirafa en Copenhague no es muy favorable.
La búsqueda de a perfección es un anhelo terrenal, preferimos aquello que no tiene fallas, que no presenta errores, que está lisito y sin arrugas. Así ha sido desde tiempos inmemoriales. Las perritas al momento de dar a luz separan a sus crías y a las que no les ven posibilidades de sobrevivir, las apartan. Los griegos sacrificaban a los niños que nacían sin los estándares de belleza fijados por la estética. Sin embargo, la perfección no existe, es un punto en el espacio al que se le contempla con deseo, con ilusión. Se aspira a ella con la consciencia de que por más que nos aproximemos, no vamos a llegar jamás.
Por ello, justificar el asesinato de un animal por cuestiones de imperfección genética, me parece inhumano. Decir que una jirafa merece la muerte por no ser un espécimen apto para la reproducción, raya más cerca de la crueldad que del terreno científico. Los zoólogos daneses no están de acuerdo conmigo.
Fueron muchos los que ofrecieron darle albergue a esta pobre jirafa y fueron más los que protestaron. De nada sirvió. Tampoco sirvieron de mucho esos ojos enormes, ni ese cuello tan largo y estilizado, ni esas piernas musculosas y llenas de cuadros tan sexys.
Destazaron al pobre cuadrúpedo y lo hicieron frente a niños que vieron como el animal se transformaba en alimento para leones. Ya no servirá de inspiración para poetas, ni habrá ángeles que se enreden en esos cuernillos que le coronaron la cabeza; ya no habrá cielos que se inclinen para acariciar sus crines, ni nubes que se quieran enredar en sus pestañas, tampoco estrellas que envidien el vaivén de su cola tan larga.
Hay un vacío en una jaula del zoológico de Copenhague. Un hueco que se repite en el corazón de muchos que no entendemos este tipo de selecciones en las que ser imperfectos resulta en una sentencia de muerte. Hay miedo, parece que no será la única, parece que hay más candidatos a recibir la misma sentencia. Parece que los cuentos de los hermanos Andersen no son tan hermosos como nos los muestran en las películas de dibujos animados, ni por los alrededores de Tívoli Gardens vuelan hadas tan fantásticas como las vio Walt Disney. Parece que el frío de Copenhague no sopla desde el polo, viene desde una oficina de zoológico. Parece que la nieve no congela los corazones tanto como enterarse de la muerte de una jirafa que fue rendida a favor de las fauces de un león.
Los científicos daneses quieren aproximarse al estado de perfección eliminando lo imperfecto. Acercarse así resulta sumamente inhumano.

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