Entre alto voltaje y jeringas

Esta semana hubo otra ejecución. Un mexicano más fue condenado a pena de muerte. No es el único y, tristemente, no será el último, hay una fila que espera una suerte similar. La sentencia de muerte a criminales de alta peligrosidad siempre me ha resultado en algo como un dolor de estómago. Será porque siento que la vida es un don superior y que su inico y  fin no le competen al Hombre. Pero, más allá de eso, el castigo fatal me resulta más un acto de venganza que de justicia.

Responder ante un delito buscando resarcimiento, no es igual que dar a cada uno lo que le corresponde. La justicia es una virtud y el desquite, no. Sentar a un sujeto y darle una descarga de alto voltaje o aplicarle una inyección tiene diferente grado de crueldad. Lo mismo para quien presencia que para quien es objeto de castigo. Castigado y audiencia, porque las ejecuciones tienen público, atienden a un acto de crueldad in extremis, me parece.

Es cruel el verdugo y es cruel para el sentenciado. Es cruel el que observa para verificar el castigo y es cruel para el que atestigua la muerte del familiar. Más allá del delito, –el último que se imputo fue el de violacion–, queda el cuestionamiento de la forma de llegar a la sentencia. Cárdenas Ramírez, el guanajuatense ejecutado en la prision de Wall, Texas el 8 de noviembre, dijo hasta el último momento que el era inocente. ¿Mintió? Sólo él lo supo. Pero, ¿y si dijo la verdad? 

Sé que los delincuentes mienten. Pero también sé que hay chivos expiatorios y que las carceles están llenas de gente que es condenada porque no se les llevó el debido proceso. Entre el alto voltaje y las jeringas debiera haber, por lo menos, un proceso claro que nos lleve a la certeza de que el condenado es verdaderamente culpable. No sucede así la mayor parte de la veces. 

También me parece cruel tener sentado en la silla eléctrica o tendido en la camilla al acusado, parar la ejecución y luego aplicar el castigo horas o días después. Alargar agonías es una rudeza terrible para el condenado y para quienes lo rodean, familiares y víctimas. No sé, la pena de muerte me resulta difícil de digerir. Entiendo que muchos condenados están ahi por sus actos, pero ¿y los que no?

Pena de muerte en Arizona

Justicia es dar con ecuanimidad a cada quien lo que le corresponde. Lo mismo para lo bueno que para lo malo, la justicia es una virtud que se sustenta en el derecho, la razón y la equidad. Esto se debe acentuar especialmente cuando se habla de imponer un castigo, más aún si se trata de la vida. Mayor énfasis y cuidado debe haber si se trata de una condena de muerte.
Es frecuente darnos cuenta que en nombre de la justicia se llevan a cabo actos de venganza, muchos de los cuales son peores que la falta que dio origen a la sanción. Hay castigos que son acciones de lesa humanidad, como cuando un niño es golpeado por sus padres por una travesura o un reo es sentenciado a una inyección letal que lo someterá a una agonía de horas. ¿Será eso justicia?
Según el Washington Post, la semana pasada la ejecución de un reo en Arizona se prolongó casi dos horas. ¡Dos horas! Durante esos minutos el hombre boqueaba, se retorcía, jalaba aire, se convulsionaba y la muerte no aparecía. El interno Joseph Rudolph Wood, sentenciado por el delito de asesinato, falleció una hora y 57 minutos después de que se le suministrará la inyección letal. Me pregunto, ¿es esa una forma civilizada de ejercer la justicia?
Durante la ejecución, los abogados de Wood interpusieron una apelación de emergencia ante una corte federal en la que exigían la suspensión inmediata de procedimiento ya que su cliente estuvo “jadeando y resoplando durante más de una hora”. No obstante la propia Gobernadora de Arizona insistió en que el recluso falleció de una manera legal y “con testigos presenciales e informes médicos que acreditan que no sufrió”. ¿Cómo de que no?
No me imagino lo que la Gobernadora clasificara de sufrimiento si piensa que morir así no es padecer. Por lo pronto las ejecuciones en el estado de Arizona se han suspendido, ojalá la medida fuera permanente. Ojalá que la pena de muerte no fuera una forma de administrar justicia.
El laboratorio que producía anteriormente la inyección que se aplicaba a los condenados a muerte se rehusa a seguir fabricándola. Declararon que un laboratorio farmacéutico debe ver por la vida, no generar la muerte. Pero, como siempre sucede, alguien aprovechó el hueco e intentó proporcionar el mismo servicio. Lo malo es que el producto que ofrecen provoca la muerte de reo en forma lenta y poco tranquila. A pesar de lo que diga la Gobernadora, la nueva inyección causa una muerte cruel, lenta y dolorosa, con sufrimiento.
La pena de muerte en Arizona se ha suspendido en tanto se investiga lo que sucede con la inyección. Esperemos que sea de forma permanente. Si las autoridades quieren seguir matando reos, ojalá que el nuevo laboratorio que tenga consciencia y haga lo que el anterior. Especialmente cuando el producto que fabrican no les sale bien, es de tan mala calidad y con efectos secundarios tan terribles.

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Veinte minutos y una inyección letal

La pena de muerte es un camino atroz y equivocado. Desde la horca hasta la silla eléctrica, los métodos son brutales, crueles y dolorosos .La intención de Joseph Ignace Guillotin fue encontrar una forma de ejecución rápida e indolora. Sus motivos fueron humanitarios, lo movió el deseo de evitarle al reo la angustia de morir torturado y con una agonía larga. Sin embargo, la brutalidad de descabezar un cuerpo humano es terrible.
Pensar en esas formas de ejecutar a alguien nos debería remontar al pasado, a las épocas de la Revolución Francesa, o a pueblos bárbaros a los que no les importa inflingir angustia, dolor y martirio, o en las formas in misericordia del pueblo romano; pero no. La agonía de un reo en los Estados Unidos duró casi media hora y no sucedió en el siglo XVIII, fue hace unas horas.
Funcionarios de prisiones del estado de Oklahoma detuvieron a la mitad del procedimiento la primera de dos ejecuciones programadas para este martes. ¿Por qué trataron de parar la ejecución? Para que no se le administrara al condenado una nueva combinación de fármacos que no había sido probada y no funcionó como se esperaba. ¡Dios bendito!
Los Informes de la cadena BBC indican que el prisionero Clayton Lockett recibió la inyección letal, con una nueva fórmula y no murió de inmediato. Continuó retorciéndose en la camilla y apretando los dientes por lo menos durante 20 minutos, después que se le suministrara la primera droga, ante lo cual los funcionarios suspendieron el procedimiento.
¡Veinte minutos de una agonía inhumana! Dolores, retortijones, rechinidos, bruxitis, angustia. Ojos abiertos, desorbitados, boca abierta, estertores y un final que no debió ser.
No sé, y francamente no me importa, lo que hizo Clayton Lockett para hacerse acreedor de esta pena de muerte. Imagino que fueron hechos brutales los que le hicieron merecer una condena semejante. Lo que sí es claro es que no debió morir así. La justicia no debe ser una seña de animalidad.
Clayton Lockett murió exhausto de un ataque al corazón, según lo confirmó el director de la prisión, Robert Patton. La ejecución de un segundo preso, inicialmente programada para el martes, fue pospuesta. En la declaración de Patton se aseguró que la vena en la que se le administró el medicamento a Lockett se colapsó. Y luego sobrevino la terrible consecuencia.
No. No está bien. Es inhumano, es salvaje. Eso no es justicia. No puede serlo. Así lo entienden los fabricantes europeos que se niegan a vender productos para este efecto. Este punto de cordura por parte de los proveedores resultó peor.
Imaginar lo que este hombre vivió en los últimos minutos de su vida es atroz. La desmesura provocada por semejante crueldad es un despropósito. Veinte minutos que le supieron a eternidad. Una caída al precipicio, sufriendo segundo a segundo, los efectos no deseados ni previstos en una inyección letal. El sustituto no es opción. Varios estados de la Unión Americana han luchado por encontrar nuevas fuentes de medicamentos para las inyecciones letales. ¿Y si en lugar de eso se olvidaran de la pena de muerte?
¿Será que los que no previeron estos efectos merezcan también la pena capital? Apuesto a que a ellos la opción no les parece tan óptima.
Veinte minutos que sin reflejos de atrocidad.

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Las palabras de una hermana

Otra vez fue en Texas y una vez más fue a las seis de la tarde. El pabellón de la muerte recibió a otro mexicano para ser ejecutado con una inyección letal. De nada sirvieron las sentencias dilatorias de la jueza que no estaba de acuerdo con el cambio de la fórmula mortífera. Ni los esfuerzos diplomáticos del canciller Meade, ni del Senado de la República, ni la sentencia de la Corte Internacional, ni la evidencia de que el sentenciado no estaba en pleno uso de sus facultades mentales, ni de que el juicio tuvo muchas irregularidades. La pena de muerte se ejecutó en tiempo y forma.
No se alega, ni en este caso ni en el de otros once mexicanos, la inocencia o culpabilidad de estas personas. Cometieron los crímenes que los llevaron a esa situación de muerte. Lo que se discute son las formas. No fueron sometidos a procesos justos, no se respetaron los tratados internacionales, es más, en la mayoría de los casos los procesos se llevaron a cabo sin que las autoridades consulares tuvieran conocimiento. Por supuesto, no hubo traductores, ni se contó con una defensa adecuada. Pero, sí eran culpables.
En el caso de Ramiro Hernández Llanas fue condenado por matar a Glen Lynch, persona que le dio trabajo y protección, y también por violar varias veces a la señora Lynch.
Ramiro Hernández fue sentenciado en un proceso fast track plagado de tintes raciales en el que no se escucharon las opiniones de expertos que rindieron dictámenes de sus trastornos mentales. Pero, las fechorías de las que se le acusaron, sí las cometió.
Tal vez sea por eso que las palabras de la hermana de Ramiro Hernández me impresionaron. La mujer, con una tranquilidad auténtica, declaró que su hermano se fue feliz y en paz. Dijo que por fin sería liberado y que pidió perdón. Perdón a las familias que había afectado y a las que había causado dolor. Estas familias merecían sentir que se hizo justicia.
Sin amargura, sin rencor, ubicada en la zona de la verdad, la hermana de Ramiro Hernández no aprovechó el micrófono para hacer un panegírico de lo indefendible. No se victimizó, no minitió. Con la dignidad de las palabras verdaderas dio un mensaje maravilloso. No denostó a su hermano. Le dio buenas palabras, limpias de las manchas del chantaje y del oportunismo.
Hace falta gente así. Clara y honesta.
¿Y si nuestros funcionarios aprendieran algo de esta mujer?
Fue a las seis y fue en Texas, un castigo fue dado al criminal que lo perpetró, de lo que no estoy muy segura es si lo que se hizo con Hernández fue justo o no. De acuerdo a la Corte Internacional, no. De acuerdo a su hermana, sí. el péndulo de la justicia oscila en ese espectro. />
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El que espera (Édgar Tamayo Arias)

Los momentos de espera, no importa si se trata de un acontecimiento importante o de algo simple, siempre parecen durar más. El tiempo se estira y se hace más largo, mucho más. Recuerdo el día de mi Primera Comunión cuando ya arreglada con mi vestido blanco de encajes y crinolinas me hicieron sentar a esperar a que diera lo hora de la ceremonia. La silla me picaba y lo único que yo quería era que el reloj se apresurará a dar la hora. También recuerdo los minutos previos a entrar al quirófano a que me quitaran la vesícula, entonces quería que el segundero se moviera lento, lento. No quería que llegara la hora. Me vienen a la mente tantas memorias en las que he estado esperando llamadas, cartas, correos electrónicos y cómo la paciencia se agotaba mientras la esperanza se encogía. Por supuesto recuerdo aquella ocasión en que llegué con malas calificaciones, mi mamá me puso santa regañiza pero lo peor fueron los minutos que pasé sufriendo antes de que llegara mi papá a la casa. ¡Puf! Me imaginaba los castigos del terror que me daría, los gritos y sombrerazos y las espantosas consecuencias. Muchas veces la imaginación volaba más alto que lo que en realidad pasaba. Sufría más cavilando en lo que me sucedería que lo que de hecho sobrevenía. Esperar no es agradable y es peor si lo haces en soledad. Terrible si lo que esperas es la muerte encerrado en una celda.
Hoy, después de veinte años de espera, a las seis de la tarde terminaría la espera de Édgar Torres. ¿Qué querría este hombre, que el reloj se apresurara, que se alentara? El Gobernador Perry se negó a escuchar las recomendaciones de la Corte Internacional de Justicia, del Secretario Kerry, de Human Right Watch y por más que se insistió y se insistió en que se le violaron sus derechos, que no se respetaron los acuerdos de la Convención de Viena y que no recibió asistencia consular, el mandatario texano siguió en las mismas. Sin ver ni entender. Así terminó el sueño americano para otro migrante. Fue condenado por asesinar a un policía. Dicen que lo mató después de que lo esposaron, que ya encadenado, le disparó por la espalda. Todo eso dicen y tal vez sea cierto. También es verdad que todo eso lo dijeron en inglés y Édgar tenía derecho a escucharlo en español. Pero no, eso no sucedió.
De la carta en que expresa sus últimos pensamientos recojo las siguientes palabras:
“Quiero darte mi mensaje, que si me ejecutan, que por favor le digas a todos los paisanos, mi México entero, que me disculpen por haberles fallado y llegado encajonado, y ojalá que lo mío sirva como ejemplo para otras personas”. Y agrega: “la cárcel no come, pero sí mata a nuestros seres queridos. Y siempre vamos a ser las víctimas de nuestra propia pobreza y de nuestro color”.
Es verdad, muchos migrantes son víctimas, la tierra que los acunó los expulsó y la tierra prometida que ellos fueron a buscar les resultó una sentencia de muerte. La carta está dirigida a Pablo Antonio Castro Zavala, presidente de la Confederación y Clubes de Morelenses Estados Unidos y Canadá, la cual fue recibida el pasado 16 de enero en Las Vegas, Nevada. Los deseos de que sus restos sean trasladados a su natal Miacatlán, Morelos, y sus quejas y desilusiones se leen así:
“Te quiero pedir de favor que si puedes ayudar con algo para yo dárselo a ella, tú sabes que estás cosas son un poquillo caras. Y no quiero que meta mano en eso el mentado consulado, la verdad esa gente me decepciona, son puras pinches mentiras con esa gente y la Secretaría de Relaciones Exteriores, no hacen nada y tampoco los Derechos Humanos”.
Debió ser a las seis en punto, pero maniobras de último minuto lo tienen esperando todavía más. Pero el recurso falló y la cámara de la muerte recibió a su reo.
Otra vez, el cuerpo diplomático dio de que hablar.Otra vez las fallas y las excusas. Otra vez un condenado más. No se trata de hacer una defensa de alguien que comete un crimen, se trata de un compatriota al que se le vulneraron sus derechos y que aquellos que debieron estar para defenderlos en lugar de dar razones, dan pretextos. Una promesa más que no se cumple, las altas autoridades texanas hacen moño los acuerdos internacionales. Un muerto más sobre sus espaldas. Yo no sé sí Édgar era culpable o no, sí sé que a la hora de la verdad le fallaron.
Para Édgar la espera ya acabó, cruzó el corredor de la muerte, le aplicaron la inyección letal, a pesar de la indignación internacional y de los mensajes de lamento de la S ecretaría de Relaciones Exteriores. Espero que sus horas no hayan sido desesperantes. Deseo que su realidad haya sido mejor que lo que imaginó y que, por fin, haya encontrado La Paz. Sea o no culpable, un asesinato no se arregla con otro asesinato.
No se cómo, pero ya va siendo hora de que este tipo de atropellos a los migrantes acaben, que se respeten los acuerdos y que el Consulado en Texas de explicaciones de tantos y tan malos resultados. Pero tal, parece que para eso tendremos que seguir esperando.

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