Cuando opinar se volvió una actividad de alto riesgo

La libertad de expresión es madre de muchas otras libertades. La prerrogativa de decir lo que pienso sin sentir escalofríos ha sido la lucha que ha motivado a muchos héroes. Defender las creencias, denunciar lo que no está bien, pensar distinto no debiera ser peligroso. Sin embargo, lo es. En México, opinar de volvió una actividad de alto riesgo. Elevar la pluma, abrir la boca, manifestar ideas resulta tan seguro que se corre el riesgo de perder la vida.

Escribir dejó de ser la actividad romántica del que escucha a las musas y vierte letras sobre la hoja en blanco. Sabemos que la letra con sangre entra, pero no pensamos que pudiera sacar sangre. Periodistas, editores, hombres, mujeres, viejos, jóvenes, conocidos, no tan conocidos, de medios locales o globales, en el norte o en el sur,  corremos el riesgo de caerle gordo a alguien por lo que decimos y terminar golpeados, si nos va bien. Si nos va mal, ya sabemos…

El ejercicio de la pluma se convirtió en algo extremo. En México es más seguro caminar entre leones que opinar. Mueren más periodistas que personas devoradas por el rey de la selva. La libertad de expresión es un derecho tan fundamental que se cataloga como un derecho humano. Está consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Las constituciones de los sistemas democráticos también lo señalan por la razón más elemental: de la libertad de expresión deriva la libertad de prensa.

Por eso mismo, la libertad de expresión es madre de muchas otras libertades, es un elemento crítico para el desarrollo y el diálogo,  sin ella ninguna de estas libertades podría funcionar o prosperar. La libertad de expresión es un derecho universal que todo el mundo debe gozar. Todos debieramos tener el derecho a dar una opinión y a expresarnos; a mantener una opinión sin interferencias y a buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de difusión sin limitación de fronteras, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Abrir la boca con el único freno de la responsabilidad y el compromiso a la verdad es lo que debiera ser.

Pero, no sucede así.

Las bandas del crimen organizado, los delincuentes, las autoridades, los policias y ladrones, casi cualquiera puede levantar la mano y estrellarle el cráneo a una persona que opina. Están amparados por la impunidad y por el imperio de la injusticia.

La sangre que corre de los muertos que se atrevieron a hablar, los golpes recibidos por los que escribieron, las amenazas escuchadas, las advertencias no quedan nada más en aquellos que son víctimas de esta intolerancia inquisidora y asesina: son un agravio para la sociedad entera. Son el síntoma de una enfermedad que nos está matando a todos y que nos tiene las entrañas pudriendose a fuego lento. 

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Entre cómicos y narcotraficantes

  • Hay líneas muy tenues que ponen a unos en un lado y los separa de otros. Sin embargo, los extremos se tocan y resultan tan similares. Hemos visto como en estas guerras, tanto policias y ladrones tienen una facinación por el mundo de la farandula. Parece que ambos grupos encuentran a la gente del espectáculo como buenos adornos que decoran bien y son una compañía agradable. Resulta que ambos lados de la recta tienen el gusto por las caras que se hacen famosas en las pantallas.

No es nuevo ver fotografias de estas celebridades sonriendo frente a maleantes. Tampoco nos resulta desconocido enterarnos de los que les sucede a estas personas que conviven tan de cerca con narcotraficantes, secuestradores y a ese tipo de finas personas. Lo malo es que la frivolidad exagerada se acerca peligrosamente a la estupidez. Andar de fiesta entre lobos es muy arriesgado.

Los narcocorridos, las narconovelas, los programas de crimen organizado son interpretaciones fantasiosas de las tragedias que   efectivamente suceden a diario. Tristemente, la trivialidad, la ignorancia y la indolencia hacen que personajes como Sean Penn, Kate del Castillo y tantos otros hagan declaraciones en las que ensalzan a un matón y ofenden a las víctimas de estos criminales. Se toman fotos, se hacen videos, brindan y conviven sin reflexionar en el mal que han hecho a sus semejantes. Se arropan en la libertad de expresión y sin reflexionar se arrojan alegremente a los brazos de grupos de alta peligrosidad. ¿Cuántos, creyéndose encantadores de serpientes, han encontrado un desrino fatal?

No me queda claro que querían hacer Del Castillo, Penn y Guzmán en una reunión. Me parece que han de ser muy buenos clientes del Chapo y en esa condición, el señor Guzmán Loera los recibió. ¿Estarían ellos buscando una nueva línea de negocio y él nuevos socios? ¿Buscaban hacerse una fotografía para ponerla en la sala de la casa? Lo más seguro es que estuvieran pidiendo un descuento por volumen para su consumo personal. Sólo ellos conocen sus verdaderas intenciones. Así, a primera vista, no parece que hubieran ido en un afán de catequesis. Sabemos que las drogas destruyen y terminan fundiendo el cerebro y ahí está la prueba. ¿A quién en su sano juicio le parece inteligente exibir que ellos encontraron a alguien que las agencias de inteligencia internacional no ubicaron? ¿Les parecerá muy chistoso poner en evidencia al gobierno mexicano, a la CIA, al FBI, a la DEA, a la Interpol?

No lo es.

Me pregunto si estas personas serán llamadas a declarar por tener nexos con el narcotráfico. Deberían ser llamados a cuentas. Por menos, gente ha terminado viviendo infiernos. Si el brazo de la ley no llega a tocarlos o no los asusta, el lenguaje de venganzas y ajustes de cuentas de los criminales no son actos cómicos. El pozolero existe, las torturas no son parte de un guión de Hollywood, las redes delictivas son crueles y son reales.

Policias y ladrones, cómicos y cantantes no son mundos complementarios. Salir en la tele, ser cantante, actor, no debe constituir un privilegio para hacer idioteces. Lo malo es que eso se está convirtiendo en una práctica común. Lo peor es que los de un lado de la línea todo toleran, los del otro lado, no.

Cuadrimotos en la playa

Los días de verano encuentran miles de formas para dar cauce a la diversión. Ir a la playa a pasar el día parece una buena idea. Los toldos en El Revolcadero son la estampa de la diversidad, familias que llevan a la abuelita a pasear, madres que van con niños chiquitos a jugar con la arena, chicas esculturales que van a lucir el bikini, chicos que van a ver bikinis, madrugadores que corren a todo lo largo, surfistas que llegan con las tablas para dejarse llevar por las olas y cada grupo tiene sus propias formas de querer sacar el mayor provecho de los rayos de sol.

Los niños pequeños van con palas y cubetas a construir castillos de arena y las nenas que apenas están aprendiando a caminar van de la mano de sus madres a mojarse la punta del dedito gordo mientras los jóvenes rentan jet skies, se suben a la banana y pagan por un paseo en cuadrimoto. No hay nada más peligroso que el caos que se provoca cuando nadie pone orden a la gente que se quiere divertir. 

Los palaperos venden cocos con ginebra, cervezas,tequilas derechos o en margarita, piñas coladas, chamoyadas o lo que el cliente pida y el barman pueda preparar. Los deportes acuáticos se promocionan y la renta de cuatrimotos es libre. Nadie verifica si quienes van a subirse al triciclo todoterreno tienen la edad para hacerlo o si  son aptos para manejarlo. El estado etílico, la edad, la pericia y todas esas minucias son lo de menos, lo importante es  divertirse.

Por ahí una melena rubia de agita con la brisa del mar mientras va por la arena a toda velocidad. Las risas exageradas y la torpeza en el manubrio se subordinan a la diversión. Treinta kilómetros por hora es mucho a la hora de sortear a la viejita que camina tan lento, la mamá que cuida criaturas, al corredor que va concentrado en el ejecricio y conectado a los audífonos, al nene que hace castillos. Pasar a milímetros de esa pequeña que se suelta de la mano y corre rumbo al mar es lo de menos. Lo importante es divertirse.

Mas allá otra melena de intenso color negro juega carreras con otros que también traen cuatrimotos. Los conductores son muy jóvenes, no tienen más de quince años. Uno de ellos no parece ser ni de de diez, lleva atrás a un chiquito que no rebasa los dos años. ¿Cuántos accidentes se evitaron ayer gracias a la casualidad? Estamos a la espera de una tragedia, en cualquier momento nos enteraremos de que un conductor de cuatrimoto aventó a un viejito, lastimó a un pequeño o se llevó entre las ruedas a alguien. En cualquier momento nos enteraremos de que ese conductor iba intoxicado o que tenía menos de trece años de edad.

¿Dónde están las autoridades para poner orden? La Playa del Revolcadero, una de las más populares  y concurridas en Acapulco es un reflejo del desorden que nadie quiere ver. Estamos esperando que pase la tragedia para tapar el pozo. ¿Y si en vez de hacer eso, si en vez de esperar a que brote sangre y haya una desgracia las autoridades ponen manos a la obra? 

Urge.

Ayer varios viejitos, niños, madres salvaron el pellejo por obra y gracia de la casualidad. Tal vez hoy no haya tanta suerte.

  

Bratislava, la hermana menor

Si es cierto que es hermoso ver llover y no mojarse, estas palabras se catapultan y ganan potencia cuando se trata de ver nevar. La nieve tan blanca es hermosa, pero de lejos. También es peligrosa, como sucede con algunas cosas bellas. El piso se vuelve muy resbaloso, el aire helado , húmedo y poco agradable. Ver nevar es, sin duda, todo un espectáculo, especialmente para los que, como yo, nacimos en un clima tropical. Los copos de nieve viajan a la velocidad del aire, en un baile juguetón, como si jamás quisieran llegar a su destino. Nos hace gracia, nos divierte ver la trayectoria de estos cristales de agua que giran y giran antes de tocar el suelo o la superficie del Danubio. Pero lo padecemos, no estamos acostumbrados, somos como gansos fuera del agua, con es misma gracia recorremos las calles nevadas y nos morimos de miedo de caer de rodillas. Mejor ver la nieve protegidos, detrás de la ventana del camarote, a veinte grados, en vez de salir a la aventura exterior a menos ocho.
Nieva en Bratislava, en la ciudad nadie parece darse cuenta de que es primero de abril y de que no estamos celebrando la Navidad sino la Pascua de Resurrección. Si no fuera por los huevos decorados, nadie adivinaría la época del año. Nos avisan que el viento está muy fuerte. Será mejor tomar un tour para ver la ciudad desde el autocar que intentar conocerla a pie por nuestra cuenta. No hay botas, abrigos i bufandas aue se den abasto en estas condiciones. Nos aseguran que es una buena decisión. Ni tanto. La nieve viene acompañada con una neblina espesa, los vidrios de las ventanas del autobús se empañan. Es difícil ver más allá de la nariz.
No es una nieve de cuento de hadas, es un remolino violento de agua congelada que choca contra el parabrisas y los limpiavidrios no se dan abasto, la nieve empaña la visibilidad. El chofer batalla. Avanza lentamente sobre el arroyo congelado que sustituye al pavimento. No se alcanza a ver el asfalto. Todo es blanco.La guía del tour suelta datos: que si Teresa de Hapsburgo, que si el reino austro húngaro, que si el archiduque y el arzobispo, que si Bratislava es la capital de la república de Eslovaquia. que si se separaron de los checos, que si hoy forman parte de la zona euro, que hay muchas fábricas de autos. Me da lo mismo. Mi atención está en las manos del conductor que se ven nerviosas. El recorrido termina antes de tiempo, mejor. Es imposible continuar, todo está muy resbaloso, la visibilidad es muy mala.
El clima de Bratislava no da para caminar, ni para pasear en autocar, ni para admirar a la hermana menor de Praga, Budapest y Viena. No puedo ver Bratislava. Se me esconde detrás de un manto blanco. No puedo admirar ni su palacio, ni su sede del gobierno, ni su plaza principal. Ni modo, ya me la imaginaré. Pero si puedo ver nevar desde la ventana del camarote. Disfruto enormemente de la danza de estos soldados de hielo que bailan en su picada al suelo. Cada copo, uno tan diferente al otro, que se precipita al Danubio para volver a Budapest, a Viena, o para viajar en la mente de una mexicana hasta el otro lado de la tierra.

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