Lágrimas por Jerusalem

“Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.” Lc 19:41-44.

Para los creyentes de muchas religiones, Jerusalem es el centro del universo. La llamamos Tierra Santa. Los pasos de Dios y su mirada han quedado plasmadas en las calles y murallas de esta ciudad sagrada. Pero, la tierra prometida, la roca del profeta Mahoma, el sitio de la Resurrección de Jesús es un espacio que no encuentra calma desde hace años.

Caminar por las calles de Jerusalem es algo único. El misterio de lo divino, la diversidad de los cultos, el recelo de la fe se mezclan en un conglomerado tan diferente como entrañable. Es peligroso, es fuerte, es conmovedor. Amo Jerusalem con ese amor entrañable y apasionado que nada me detuvo para recorrer la Ciudad Santa antes del amanecer y llegar a centro de mi fe. Por eso, la piel se me enchina al ver la necedad de quienes sin deberla ni temerla meten ruido político que no suma paz.

Jesús lloró al ver Jerusalem desde el Monte de los Olivos. Sabía lo que esta ciudad iba a padecer.

No entendemos. La paz es el vehículo de la verdadera felicidad. Los muros, las separaciones, los detectores de metales, no sirven. Al revés, generan resentimiento. El muro que divide a Palestina de Israel es más alto que el que inicia en Belén y termina en Sisjordania. El respeto a las diferencias no se manifiesta con imposiciones. La tranquilidad huye presurosa frente a los gritos y a los golpes de poder.

La embajada de cualquier país en Jerusalem es una manifestación de falta de sensibilidad. La de Estados Unidos es un signo de imperialismo. Qué lejos lucen los acuerdos de Camp David, qué distantes están Arafat y Rabin, qué pequeños lucen Netanyahu y Trump, qué pena más grande siento por una ciudad que sin pedirlo, se ha convertido en un bastión político sin que le sea respetada su santidad.

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Buscar la paz

Murió uno de los grandes personajes del siglo XX. Shimon Peres fue un hombre que supo leer los signos de sus tiempos. La grandeza de su espíritu lo llevó a entender que la búsqueda de la justicia no lleva, necesariamente a encontrar la paz. Los confictos entre Israel y Palestina marcan una herida de la Humanidad. Unos reclaman la Tierra Prometida y otros exigen su primicia en el derecho de la Tierra Santa. Muerte, traición, destrucción han construido la relación entre dos vecinos tan próximos y tan alejados.

Peres fue un hombre que vivio y protagonizó negociaciones de Paz para el territorio. Fue capaz de sentarse con Yasser Arafat, su archienemigo, para buscar la forma de finalizar un conflicto que seguía y sigue cobrando la vida de madres, hijos, hermanos y padres. Personas que tienían una historia concreta y particular y que murieron por un pleito que se sigue perpetuando, sin que exista forma de pararlo. En ocasiones, si se busca la justicia,  se relega la paz.

En Colombia, entendieron que sin elevar la mira no se podría acabar con los ríos de sangre.  Opataron por la Paz y algunos hubieran preferido la justicia. El acto más grande de valor implica cerrar los ojos y perdonar al que hizo mal. Renunciar al derecho de hacerle pagar a quien dañó, para seguir caminando, está reservado a los valientes. Mirar hacia adelante para seguir adelante ni es fácil ni se logra sin dolor. Hay que desgarrarse el alma para olvidar al asesino, para que el traidor no te revuelva el  estómago, para que el ratero no te haga rechinar los dientes. Es necesario ser un grande para pasar del resentimiento.

Lo dijo Golda Mayer, primera Primer Ministro de Israel, el día que la dimensión de nuestro amor por los hijos sea más grande que el desprecio por los enemigos, ese día se hará la paz. Peres lo intentó y uno de los suyos, un israelí que no encontró en el corazón la forma de arrancar la malamyerba de su corazón y le mataron a su aliado en las gestiones de Paz, Yitzhak Rabin. 

Buscar la Paz es un acto de creatividad, es imaginar que nuestros hijos pueden salir a las calles a jugar y van a regresar felices a casa, es forjar la idea de vivir en armonía sin sobresaltos, es pensar en que mi semejante no me dañará, ni me hará daño, ni me envidiará. Buscar la Paz es tener la generosidad de mirar siempre adelante para no convertirnos en estatuas de sal. Buscar la Paz es tener el tamaño de morderte las manos y arrugarte el alma para no arañar a quien te hizo daños, sino alejarte para poder seguir tu camino.

Para encontrar la Paz no hay que abrazar a quien lastimó, eso a veces es imposible. Basta con no desear daño, pergeñar venganzas o impulsar castigos. Basta con elevar la mira y continuar nuestro camino. Muere Shimon Peres, un hombre que buscó la Paz.

Lo que sucedió en Oaxaca y la respuesta de los intelectuales

Algunos de los mejores cerebros de la Nación firman una carta dirigida al Presidente Peña, al Secretario de Gobernación y al Secretario de Educación que es al tiempo un reproche y una advertencia. Es reproche porque les dicen que los hechos violentos en Oaxaca no debieron llegar a esos niveles, ni debieron cobrar la vida de esas personas. Es una advertencia, pues ponen el dedo en el renglón que más duele, hay que buscar medios de pacificación no de enfrentamiento.

Las palabras de los intelectuales, escuetas, sencillas y claras llevan razón, nada hay peor que sentir que vivimos en un polvorín que está a punto de estallar. Las más malas noticias son las que se manchan de sangre. De eso no hay duda ni hay mucho más que decir. Es el Estado el que debe buscar por caminos pacificos, acuerdos y eencontrar formas para que todos podamos vivir en santa armonia.

En esta condición, la CNTE ha estado violando la letra que ya es ley. La Reforma Educativa esta aprobada y promulgada. Se acabó el tiempo para quienes no quieren tomar en sus manos el borrador, el gis, los libros y ejercer el  magisterio para dose dignamente frente a un salón de clases con alumnos. Maestro es el que enseña, no el que estalla vehículos ajenos, en que toma autopistas, el que vandaliza negocios o el que amanaza con palos y piedras. Eso no es derecho de manifestación.

Tampoco es maestro el que rapa a viejecitos y los hace caminar descalzos, ni el que se roba las cuotas de sus compañeros, ni el que evade impuestos, ni el que vive de un sueldo que nonha devengado. Los maestros no son criminales. Son los que siembran conocimiento y semilla de esperanza en la tierra fertil de la juventud y la niñez. El magisterio ha sido empujado a la calidad de nuevo proletariado, según decía Humberto Eco. Nada los faculta para violar la ley.

Tampoco el pueblo le manda al Estado a salir a agitar el avispero. El Gobierno debe buscar las mejores formas de diálogo y convencimiento. Ni puros palos ni puras mieles han funcionado. Aquí el problema ha sido que el problema se ha dejado crecer y la impunidad ha sido madrina de mucho malandrín.

La Reforma Educativa no merecía tener mártires. No de esta forma ni por estas razones. Pero, a lo largo de la Historia, los sindicatos y corporaciones han sido brazos de gestión política que han sido alimentados para grillar en vez de trabajar. Cuando se les deja de usar, de privilegiar, gritan y braman los estertores de su muerte. Hay que hablar con claridad y hay que ser coherentes. No está nada bien que un tercero vea su auto en llamas, a su abuela sin zapatos, su negocio destruido, su casa llena de basura, a su hijo muerto. No está bien que haya habido muertos en los enfrentamientos contra la CNTE. 

Los intelectuales llevan razón, hay que tranquilizar las aguas. Hay que esperar los peritajes y ver de dónde salieron las balas. Y, más que nada, hay que encontrar la paz que traemos tan extraviada.

El dolor en París

No se entiende. No se entenderá jamás. Cuando el odio habla brota la indignación. La Ciudad Luz es atacada una vez más. Todavía no entendemos bien lo que sucedió, ni quién lo hizo. Sabemos que murieron más de cien personas. Los mataron. Estallidos como los que se escucharon en los tiempos de guerra, sirenas de carros de policías, ambulancias, confusión. Nadie sabe. Nadie entiende.

Tiroteos, bombas, rehenes, ataques terroristas coordinados. Dispararon a civiles, a niños, ataques suicidas. Ruidos sordos. Detonaciones. La gente corrió a protegerse, sin saber bien a bien qué pasaba, quién los atacaba o por qué.

¿Por qué?

Hollande conmovido frente a las cámaras, se dirige a los franceses. conmovido, cierra las fronteras. La gente se encierra en sus casas, en sus cuartos de hotel, en donde pueden. Inocentes terminaron secuestrados, los que tuvieron menos suerte murieron, los que  tuvieron peor, vieron a sus semejantes morir. Fueron testigos de atrocidades. 

Entender, ¿cómo?

Las autoridades ordenaron que nadie saliera a la calle. ¿Qué lleva a alguien a odiar tanto? ¿Qué lleva a un semejante a elevar la quijada de burro para matar? Imposible entender. No hay forma. El odio es inexplicable. El luto de París nos viste de negro a todos.

¿Cómo se hace llegar un abrazo solidario hasta París para todos los que vivieron lo que nadie nunca debiera vivir? Que en París sea la paz.

  

La paz siempre es posible

Empezar el 2015 reflexionando sobre la paz es una forma de empezar con el pie derecho. La paz ha sido un tema tan sobado que ha perdido forma en el imaginario colectivo. Es un bien anhelado, pero no sabemos dónde está, quién la escondió ni cómo recuperarla. Pedimos algo que no logramos definir.
Y, a pesar de todo, la paz siempre es posible.
Pero para darle paso, es necesario hablar en concreto y con objetivos en corto. Pensar en la Paz es más sencillo si el sujeto está en primera persona y en la sala de mi casa que si lo conjugo en plural y me refiero a Palestina e Israel.
Golda Meyer, primera ministro de aquel naciente estado de Israel dijo que la Paz se lograría el día que amaramos tanto a nuestros hijos como para olvidar los rencores que habitan el corazón. Parece que la respuesta se encuentra alojada en lo profundo de nuestro ser.
Para alcanzar la paz, hay que ordenar el alma. Concentrarnos en limpiar el espíritu, sacar los pensamientos de destrucción y evitar el odio. Para ello es necesario estar atentos a lo que tenemos en el corazón, a lo que le damos espacio para convivir con nosotros y que nos sirve de compañía.
La tradición budista nos pide vaciar la existencia de maldad para darle paso a lo que es bueno y verdadero. Sí no le hacemos espacio, no hay forma de que la belleza, la bondad, la concordia entren.
El Papa Francisco nos invita a pensar el la Paz y nos dice que su raíz se encuentra en la oración. Ya en Navidad nos invitó a retomar la amistad con Dios, a procurarlo y hablar con él varias veces durante el día.
Empezar el año con palabras de esperanza, entender que lo bueno tiene espacio en nuestro destino, que los caminos nos llevan a la posibilidad de la Paz, es una buena noticia. Empezar el año de la mano del mejor amigo es una buena idea.
Paz y bien, era el saludo de Francisco de Asís y el Pontífice que lleva su nombre lo retoma y lo hace suyo en el mensaje que nos envía a los católicos del mundo. Pero la Paz no tiene credo, ni color, ni preferencia.
Que la Paz sea entre nosotros y venga acompañada de salud y prosperidad este 2015.
Abramos las puertas de nuestro corazón, para que salga la fealdad, entre la belleza y la luz habite entre nosotros.

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Desilusión

En el mundo de al revés, las cosas suceden en sentido contrario de como se esperan. Así, cuando se debería de estar festejando un triunfo, en realidad se está llorando un luto o cuando la alegría debiera fluir, lo que brotan son lágrimas.
No podemos negar que el actual gobierno empezó a tambor batiente con un pacto político que, en teoría, logró que se dejaran intereses personales a un lado para ver por un México mejor. Se firmaron consensos y se fijó la visión de un plan a largo plazo para tener un país que por fin cruzara las puertas del desarrollo. Lo que se veía imposible se logró, se consiguieron las alianzas para las reformas que planteó el ejecutivo. Todo iba viento en popa y no nos quedaba más que festejar.
Pero, la vieja estructura comenzó a rechinar. Algo, en lo profundo estaba mal y no era posible ignorarlo. Tal como sucede cuando van a llegar las visitas y se avienta el cochinero al clóset y se cierra la puerta a fuerzas, así arreglamos al país en los primeros meses de gestión de la actual administración.
No está mal meter cosas al clóset, siempre y cuando se regrese a arreglarlas. Pero si el puerquero se olvida, no se desintegra, ojalá , pero así no funcionan las cosas. Lo que sucede es que se forma un caldo de cultivo efervescente que estallará en forma escandalosa tarde o temprano. Generalmente, explota en el peor momento: cuando menos lo esperamos, cuando estamos tan distraídos que ni las manos podemos meter.
Ya nos estalló el cochinero del clóset, ya salió toda la podredumbre hija de la corrupción y la impunidad, del clientelismo y el disimulo, de la conveniencia y la comodidad. Resultó ser más maloliente e infecciosa de lo que creíamos.
Nos vendieron un horizonte promisorio y nos ganamos otra desilusión. Otra vez somos los Moiseses que vemos a lo lejos la Tierra Prometida, otra vez algo salió mal y no logramos llegar. La puerta del clóset se abrió y vomitó la incontenible suciedad. Hizo evidente la infección mortal. Sí, sí, ¿y, ahora?
Matar al paciente enfermo, efectivamente acaba con la enfermedad, pero no es una buena solución. Apostar por la destrucción es mala idea. Aquí todos podemos levantar el dedo y juzgar y regodearnos viendo lo que todos hacen mal. Sin embargo, eso no ayuda a México. Con tanta desilusión, la rabia es mala consejera.
Ojalá nos pudiéramos poner a trabajar y cada uno, desde nuestras trincheras, lográramos limpiar nuestros regaderos particulares en vez de seguir regando basura.
En México ha habido los dos escenarios, los de violencia y agitación prolongada , basta echarle un ojo a la historia del país para darse cuenta y, también ha habido paz y tranquilidad. Los mexicanos sabemos vivir en orden y serenidad. Es nuestra mejor apuesta.

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Cuando el tiempo es sangre

Inicia, como cada año la reunión de Ginebra para hablar de la paz. La cita en la que se reúnen los poderosos de la tierra ya llegó y los invitados están sentados a la mesa. La cumbre inicia con el antónimo del propósito que sirve de convocatoria, no es La Paz, es la guerra el tema central. Violencia, terrorismo, muerte. Siria toma el papel protagónico, se se pone en el centro de la discusión.
Ban Ki Moon opina, Kerry también. Dan soluciones con la autoridad del que habla de su propia casa. El Canciller sirio resiente el tono de las palabras y las acciones de los países vecinos, no se le ve contento. Les recrimina diciendo que ambos opinadores viven muy lejos, que desde Nueva York y Washington las cosas no se ven igual que desde la línea de golpeo. Tiene razón. La oposición también tiene voz, dice que los minutos son vitales, que el tiempo es sangre.
El norte de África se ha visto convulsionado, a lo lejos se percibe como los viejos caciques caen y llegan nuevos regímenes que parecen ser democráticos. Sin embargo, la nube de los liderazgos religiosos acecha. Sabemos, porque lo sabemos que mezclar las cuestiones políticas con las de Dios nos acerca más al infierno que al cielo. Salman Rushdie en los Versos satánicos toca el tema. En la novela El Profeta confunde las palabras del Arcángel y decide aceptar la adoración de una diosa pagana a cambio de gobernar una ciudad de arena. Sí todo el simbolismo alrededor de la laicidad que debe prevalecer en el gobierno de los estados. El Profera de la novela es repudiado por sus seguidores, ha caído en la peor de las tentaciones. Así no debe de ser. Su rostro se llena de vergüenza.
Dejar separados el terreno político y el religioso es lo mejor que le puede suceder al ser humano. Los de Dios a trabajar la tierra de labranza del Señor y los otros a hacer un trabajo honesto y democrático. En los terrenos de Dios hay que tener fe, en los de la política no, ahí hay que rendir cuentas. Si los términos se mezclan, las cosas se confunden y terminamos en violencias irracionales como las guerras religiosas. Te mato en el nombre de Dios. ¡Santo cielo!
Mientras tanto los civiles lloran la falta de paz.
Nueva York y Washington están muy lejos y ven las cosas a su modo, unos dicen que a sus conveniencias. Las eminencias de la ONU y de Estados Unidos elevan el dedo para opinar y a veces no queda claro si se entiende el problema o no. Las guerras son del diablo, la violencia es mala por dónde se vea. El origen de ellas es lo que se tiene que analizar y eso es sumamente difícil. Se complica más si el análisis se hace desde la lejanía de un escritorio. Peor si las cosas se dejan crecer hasta convertirse en un monstruo sin pies ni cabeza. Eso y las mentalidades tan diferentes.
Lo veo aquí, en Michoacán. La maraña entre las autodefensas, el ejército, La Familia, Los Templarios, son muchos nombres y muchas armas. Son muchas balas para gente que habita tierra buena. Si desde la capital del país no se pueden resolver las cosas, si los metros entre Morelia y Apatzingán parecen alargarse, imaginen la distancia entre Siria y Estados Unidos.
Lo cierto es que allá como acá, el tiempo es sangre y cuando eso sucede, más vale apretar el paso y llegar a una solución. Mientras más rápido, menos sangre será derramada.

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Se nos complicó la cosa en Michoacán

Se nos complicó la cosa en Michoacán, la situación en Tierra Caliente está que arde y no es una metáfora, ni una forma de hablar, es la verdad. En pleno centro de Apatzingán un par de sujetos rociaron gasolina y le prendieron fuego a una farmacia. Las imágenes nos muestran las flamas que salen del local y a una persona armada y uniformada que lleva un chaleco antibalas con la insignia de la Policía Federal.
Es cierto, la complicación no apareció de un momento a otro, ni por generación espontánea. No hay sorpresas, la cosa se fue descomponiendo de poco a poco y aunque todos lo sabíamos, nadie se daba cuenta. Así como sucede en las mejores familias, en Michoacán se trató de tapar el sol con un dedo, las autoridades metían la cabeza en un hoyo con la esperanza de que los problemas desaparecieran, pero, como es evidente, eso no sucedió. Igualito que cuando en la sala de la casa hay un ropero a la mitad y en lugar de ponerlo en el sitio que le corresponde, todos lo rodean, así se trató el tema de los cobros de piso, de la gente portando armas de uso exclusivo del ejército, de siembras clandestinas, de lavado de dinero y de enriquecimiento ilícito. No nos hagamos los tontos, el ropero llevaba años a media sala.
El vacío de poder se revolvió con la ineficiencia. A Fausto Vallejo, el gobernador, se le ve distraído, tal vez asustado y con un dejo de incapacidad que casi se vuelve una seña de la personalidad su gestión. Los michoacanos ya no saben para donde voltear, las autodefensas reclaman su derecho a protegerse, dado que el Estado está fallando en ese rubro. La gente de bien ya no sabe para dónde hacerse. Corren atemorizados y se refugian sin tener la certeza de que su refugio les proporcionará resguardo.
Soldados y policías no le dan a la gente la seguridad que tanto reclaman. Los silbidos de las balas se escuchan afuera de las casas y ya no se sabe si son de los malos contra los buenos, de los buenos contra los malos o si es fuego amigo. Lo peor es que no queda claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. La confusión espanta.
Osorio Chong le da caderazo al gobernador Vallejo. El presidente Peña designa representante, es Alfredo Castillo del flamante comisionado para la Seguridad y el Desarrollo integral de Michoacán, pobre, le tocó desenredar el hilo. Fausto Vallejo exige apoyo para coordinarse, quiere que lo tomen en cuenta, no creo que tenga suerte, veo a los funcionarios federales tratando de discernir lo elemental, quiénes son los buenos y quiénes los malos. Entre tanto se busca dialogar con los grupos de las autodefensas. Desde Washington llega una amable oferta de mandar respaldos. El gobierno mexicano no ve con buenos ojos tan gentil propuesta.
Los michoacanos piden lo obvio, quieren paz, es decir, trabajar decentemente, ser productivos, caminar por la calle de la mano de sus hijos y pagar sus impuestos al que se debe, a nadie más y que los que infringen la ley se vayan, para dejar que la actividad productiva florezca y la vida tome cauce. Lo sencillo se vuelve difícil. La vida cotidiana se convirtió en una pesadilla cercana al delirio nocturno.
Pero en Michoacán hubo muchas complacencias. Grupos políticos en su afán de ganarse simpatías se aproximaron a quienes no debían, las malas amistades les enseñaron las garras y los colmillos y lo que antes les parecía una buena idea hoy los tiene en un rincón llorando de miedo. Primero andaban coqueteando con el monstruo y ahora ya les parece horrible.
Me duele Michoacán porque quiero a ese estado. De allá son mis padres, allí nació la mayor parte de mi familia, en esa tierra bendita vive mucha de mi gente y de mis amigos queridos. Allá jugué y pasé innumerables temporadas de vacaciones. Tengo recuerdos y experiencias maravillosas de lo que era pasear por la plaza, ver las puertas abiertas en todas las casas, de sentarse en los portales a tomar un café y ver como la armonía se sienta a tu lado. Por eso se que este desorden no empezó ayer. Nadie puede llamarse sorprendido. Claro, como sucede con un árbol que se dejó torcer, ahora enderezarlo va a costar. Nunca es tarde para retomar el rumbo y poner en orden lo que se salió de control. Los michoacanos quieren y merecen vivir en paz.

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Paz

La palabra Paz ha sido tan sobada, tan mal usada, tan llevada y traída que parece que el ser humano ha olvidado su verdadero significado. Paz en su acepción más simple significa estar en una situación y relación mutua de quienes no están en guerra, es decir, no están enfrentados ni tienen riñas pendientes. Sin embargo, parece tan difícil de entender este estado de tranquilidad pública y quietud en contraposición a las pleitos generalizados, partes beligerantes o una la revolución. Pareciera que hemos olvidado lo que se siente vivir en tiempos de paz.
La cotidianidad nos enfrenta a noticias de conflictos bélicos en alguna parte del mundo, a leer en los diarios que algún loco sacó un arma y la disparó en un lugar público contra gente inocente, a saber que alguien fue golpeado por pensar diferente, que un niño fue víctima de violencia familiar, una mujer vive discriminación de género, un inmigrante fue molido a palos por buscar una vida mejor, un gay fue rechazado por serlo. Son tan frecuentes este tipo de noticias que ya no nos sorprenden, ese es el problema.
Ver normal lo que no está bien, habituarnos a la agresividad es el principal obstáculo para abrirle la puerta a la concordia. Si algún marciano nos viera desde el espacio pensaría que a los terrícolas no nos gusta vivir en armonía.
Por ello me gustaron las primeras palabras que el Papa Francisco envió a su grey ayer, no está mal empezar el año reflexionando en lo que el pontífice nos propone “Llegó la hora de parar el camino de la violencia ¿Qué está sucediendo en el corazón de los hombres? ¿Qué está sucediendo en el corazón de la humanidad?”, dijo a decenas de miles de personas en la Plaza de San Pedro el día en que la Iglesia Católica Romana conmemora el Día Mundial de la Paz.En su primer ángelus del año, Francisco habló desde la ventana del Palacio Apostólico que mira a la plaza San Pedro e hizo un apasionado llamado a la paz en su discurso de Año Nuevo, diciendo que el corazón de la humanidad parecía haberse extraviado y que muchas personas todavía eran indiferentes a la guerra, la violencia y la injusticia.y que los pontífices usan tradicionalmente para sus discursos.
Es difícil hablar de Paz, la gente está cansada de escuchar discursos sin que en realidad se haga nada. Organizaciones, mandatarios, diplomáticos, políticos la incluyen en sus temas y quedan muy mal parados por los pobres resultados que le ofrecen al mundo. Creo que para hablar de Paz es mejor hacerlo a nivel micro que macro. Es mejor verlo en singular que en plural. Es más efectivo empezar conmigo que con el de enfrente.
Golda Meyer, famosa primera ministra de Israel y mujer incansable en el tema de la Paz en Medio Oriente dijo que el día que el amor por nuestros hijos fuera mayor que nuestro odio, ese día habría paz. Suena facilísimo. Es verdad, los motivos que tenemos para odiar son personales, sin embargo su fundamento es cada día más frágil. Odiamos al conductor que va más lento o más rápido que nosotros, al tipo que nos ganó el asiento, al señor que no piensa como yo, al que tiene más éxito que yo, al que es diferente, al que me quita brillo, al vecino que me deja basura enfrente; tenemos tantas razones relevantes para el desprecio que no debería sorprendernos el nivel de violencia en que hemos atrapado al mundo.
Por supuesto, también está la indiferencia ante el que sufre. Esa manía cada vez más frecuente de volver la mirada a otro lado y hacernos los disimulados cuando alguien tiene un apuro. La solidaridad y la empatía se vuelven cada vez más extrañas y le dejamos mayores espacios a la guerra. Lo hacemos nosotros desde nuestra realidad diaria. Solitos nos ponemos el pie y le dejamos abierta la puerta a la violencia al negar nuestro consuelo.
Pero también queremos tranquilidad, calma y el imperio de la concordia. Anhelamos el sosiego de espíritu que da caminar sin tener miedo, nos gusta vivir en paz. Pues es tiempo de poner manos a la obra abriendo mayores espacios para la armonía que a las actitudes avinagradas. Sonreír en vez de mentar madres puede ser un buen comienzo. Para parar la violencia tengo que empezar yo.
Eso no significa que mi vecino dejará de hacer cosas que me molestan o que en automático vamos a erradicar el odio de nuestro entorno, no somos ingenuos. Eso significa que estaremos dando el primer paso y que tendremos que dar muchos. Es optar por morirnos de risa en vez de morirnos de coraje. Es desear el bien.
Para empezar el año con el pie derecho hay que reflexionar en primera persona en torno al amor al perdón y a la reconciliación. Aunque el tema parezca trillado, este es el mejor momento para pensar en serio en hacer la Paz.

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La mejor ciudad del mundo, San Miguel de Allende

La guía Condé de Nast clasificó a la ciudad de San Miguel de Allende como la mejor ciudad del mundo. Este pueblo colonial fue distinguido por la revista de viajes que consultan loc. conocedores y con ello la condecora para rendirle tributo a sus calles, balcones, plazas, iglesias, callejones y lugares que han sido recuperados por autoridades y habitantes del lugar.
San Miguel se constituye como referente turístico! no sólo para los mexicanos, también para el mundo. No en balde muchos estadounidenses, canadienses y europeos la han elegido como lugar de retiro. ¿Y cómo no? Es un lugar maravilloso con un clima de privilegio y con unas vistas de sueño. Tiene todo belleza, historia, tradición y movimiento.
Históricamente, la ciudad es importante por ser la cuna de Ignacio Allende, cuyo apellido fue adosado al nombre de la ciudad en 1826, — un arcángel y un militar unidos por un nombre— así como por haber sido el primer municipio declarado independiente del gobierno español por el Ejército Insurgente durante la Guerra de Independencia de México. Mucha historia y tradición acompañan a esta ciudad tan típicamente bella del Bajío mexicano.
Sin embargo, la ciudad decayó durante y después de la guerra de Independencia, y en los comienzos del siglo XX estaba en peligro de convertirse en un pueblo fantasma. Pero ojos visionarios fijaron su mirada en San Miguel. Sus estructuras coloniales barrocas y neoclásicas fueron redescubiertas por artistas nacionales y extranjeros que llegaron y abrieron institutos de arte y cultura, como el Instituto Allende y la Escuela de Bellas Artes. Esto le dio a la ciudad reputación, atrayendo a artistas como David Alfaro Siqueiros. En las calles se escucha gente hablando en inglés, en alemán, en francés, es posible que pronto la lengua de uso corriente no sea le español. Pero la idea se viene abajo por sí misma. El español les encanta a todos los visitantes.
De entonces a la fecha, ciudadanos y autoridades se han encargado de hacer bien su trabajo. Las calles están limpias, los negocios están llenos de mercancías de todos colores, los restaurantes son estupendos. Debo decir que lo que más me gusta es la amabilidad de la gente. Todos son auténticamente simpáticos, las sonrisas les brotan de forma natural. Creo que es porque están habituados a recibir visitas. Los lugareños son hospitalarios y saben tratar al turista.
Tal vez fue eso lo que atrajo a estudiantes extranjeros de arte, a gente con deseos de retirarse, sobre todo antiguos soldados estadounidenses que estudiaron en el G.I. Bill después de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, la ciudad ha atraído a un gran número de jubilados extranjeros, artistas, escritores y turistas, lo que ha cambiando la economía del área, de la agricultura y la industria al comercio y servicios para los visitantes externos y residentes. Un círculo virtuoso que tiene a San Miguel en los cuernos de la luna y en el mejor puesto de la calificación del Condé de Nast.
Las palabras no hacen justicia a la belleza de la ciudad, al aire fresco que se mezcla con rayos de sol y con nubes algodonadas que adornan el cielo tan azul y limpio. Las Torres de la Catedral se elevan como agujas de cantera y las baldosas cuadradas del piso son tan brillantes que parecen estar mojadas. Me siento en una de las bancas de la plaza principal a ver las copas de los árboles que se unen como si fueran una sola. Las sensaciones y los olores me hacen sentir feliz. Seguro es por eso que San Miguel está de moda. La felicidad en otros lugares es escasa, aquí es bien común. Hay que venir a San Miguel de Allende para sentir y entender porque la guía tiene razón al hacer de está hermosa ciudad la número uno.

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