Falsos piratas

Recuerdo que hace años, había un muchacho tullido que pedía limosna en la esquina de Amores y Ángel Urraza. Caminaba chueco, apoyando en una muleta. Extendía la mano torcida para recoger lo que los automovilistas le daban. Llegaba a las diez de la mañana y se iba a las doce. Antes de irse, iba con los de la tienda a cambiar sus monedas por billetes. No me sorprendió lo mucho que recibía —que era mucho—sino que antes de irse a su casa, le pedía a los de la tienda permiso para entrar al baño. Salía transformado. Derechito, ágil, sin muleta. Parecía otra persona. Ese pasaje me impactó tanto que lo consigné en mi primera novela Hermana querida.

A la gente le gusta dar lástima para causar impactos. El tullido desapareció con el tiempo de esa esquina y se llevó su mentira a otro lado. Engañó a quien con su generosidad quiso ayudarlo. Hay los que inventan historias para llamar la atención. Los escritores inventamos rasgos que dan identidad. Recuerdo a Catalina Creel, personaje de Cuna de Lobos que usaba parches de colores sin necesitarlos. Así ejercía una suerte de control.

El efecto es efectivo, tanto es así que aún recuerdo al tullido y a Catalina Creel. Es tan bueno, que se sigue usando. Paul Velázquez es un sujeto que acude a las mañaneras de López Obrador con un parche en el ojo, como pirata. Hay quienes dicen haberlo visto ponérselo antes de entrar a la conferencia de medios y quitárselo al salir. Muy sus ganas de parecer bucanero. Tal vez, sólo así llama la atención; es posible que necesite esos utensilios para que lo miren porque los méritos de su trabajo requieren de ese apoyo; tal vez necesite el parche para estar feliz en la mañanera.

El tipo es un personaje que se pinta de cuerpo entero llamando a las reporteras que cubren la fuente, prostitutas de la información, es de ese grupo de personajes que necesitan el reflector y lo consiguen a base de escándalo vulgar. Se le va la lengua y en su estridencia, amenaza a una reportera. Le manda decir que le desea que la baleen como a él lo balearon.

Isabel Gonzalez fue quien recibió la amenaza. Lo acusó con López Obrador y el presidente le aconsejó abrazos o que denunciara ante la autoridad pertinente. Ojalá lo haga. Ojalá que levante una denuncia y que el señor Velázquez reciba su merecido por andar de machito alfa, regando insultos pasados de límite. Ojalá que insista y no se quede en una anécdota. Es tiempo de desenmascarar a tanto pirata falso que piensa que puede elevar el garfio y rasgar la seguridad de una mujer sin sufrir consecuencias.

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