Ternura y deseo (Llum, Elisabet Riera)

 

Luz

Elisabet Riera, Traducción de Palmira Feixas

México, 2017

Mis amigos de Sexto Piso me enviaron esta novela a principios de verano. Tuvo que esperar su turno. Pero, como si tuviera fuerza propia y con un entusiasmo algo misterioso, fue saltando hasta mis manos para ponerse en primer lugar de la lista, brincando otras a las que les tocaba ese lugar. Qué bueno que fue así, Luz —título en español de esta novela escrita originalmente en catalán— es una novela deliciosa que atrapa en los primeros renglones y que leí de un tirón, empecé en la mañana y al anochecer ya había llegado a la última página.

Con esto no quiero decir que la lectura sea fácil o que la novela no tenga su grado de dificultad. Al contrario: es un texto que reta al lector, que le hace guiños que tiene muchas referencias a la literatura universal y que trata, con un lenguaje lleno de ternura un tema doblemente controversial: el amor lésbico entre una mujer de casi cincuenta años y una niña de doce. Es una lectura recomendada para mentes de criterio amplio, de otra manera, resulta material radioactivo.

La narración de Riera es muy cuidada, la emoción regente oscila entre la ternura y el deseo lo que compensa el contenido inquietante y polémico. El estilo narrativo es muy delicado, las palabras han sido seleccionadas con el cuidado con el que un relojero sostiene sus pinzas. Lo hace tan bien que de repente llegamos a olvidar que estamos leyendo de una relación incorrecta, por usar el adjetivo menos duro o, como lo dice la propia autora, de un crimen.

“La ilusión de nuestro amor, como si la bofetada me hubiera despertado de golpe a una realidad cruda y terrible: había mantenido una relación amorosa con una niña. La ley decía que era un delito” (p. 209)

Las palabras de Riera son cuidadas, esta es una novela escrita con un balance muy bien logrado: se escribió con las entrañas y se corrigió con la cabeza. Se nota el trabajo escrupuloso que debió llevar la escritura. El narrador nos arroba con su ternura desde los primeros renglones. La protagonista de la trama regresa al pueblo natal, es Ulises derrotada, aunque en el momento de arranque sabemos que quien cuenta se está dirigiendo a una niña de doce años, aún no adivinamos que es otra mujer la que lleva la voz. La autora la irá revelando lentamente y con una precisión muy cuidada. También, desde las primeras palabras hay un llamado al escándalo: una relación casi incestuosa en un pueblo de las provincias de Cataluña:

“A mi izquierda apareció enseguida la Ermita de Sant Sebastiá y detuve el coche: siempre da miedo encararse al propio destino” (p. 16)

                El caldo de cultivo de la trama se da a partir de este regreso a la casa paterna, no triunfal sino todo lo contrario, de una mujer que regresa a una casa deshabitada, con todos los suyos muertos, después de haber dado fin a una relación con Kate su antigua pareja con la que vivió en Londres. Con la que, además, inició desde abajo y que fueron creciendo hasta que ambas encontraron solidez en su desarrollo profesional. Llega derrotada al pueblo.

“Al día siguiente me desperté echada sobre el suelo arcilloso de la sala con el cuerpo adolorido”   (p.  21)

La novela nos revela una ternura especial que existe únicamente en el amor lésbico que no se equipara a la carnalidad gay entre dos hombres homosexuales p que no se encuentra en la pasión heterosexual. Riera instila esa dulzura en las descripciones que la narradora hace del ser amado: Luz, aunque, al igual que lo hace Nabokov en Lolita, desde la primera página estamos anticipando la desgracia.

“El deseo y la justicia tienen poco que ver—sentencié. Tú volviste a agachar la cabeza dócilmente, dispuesta a seguir escuchando y te apoyaste un poco más en mi brazo. Te gustaban mis frases contundentes, te parecían verdades indiscutibles” (p. 118)

“Pedirte perdón sería como borrar el recuerdo de tu deseo, empequeñecerlo, volverlo casi invisible, como si el deseo de una niña de doce años no fuera bastante poderoso y consciente”  (p. 11)

Pero, no es Lolita, por más que muchos, hasta la misma autora, se empeñe. No es el tono, ni la circunstancia, ni la época, ni la voz, ni el idioma en que fue escrita. Hay similitudes, sí: pocas. Tal vez, la mayor la más importante tenga que ver con la diferencia de edades entre Luz y la narradora, pero, el tono y la intención son totalmente distintos: la ternura y el cinismo son sensaciones antagónicas, paralelas en las que no hay punto de encuentro. Riera no tiene la emoción regente que llevó a Nabokov a escribir Lolita. Lolita es una crítica, Luz es un manifiesto.

La autora sabe llevar el timón narrativo y sabe darle cause a los sentimientos. Construye intención a través de referencias literarias, a veces muy explícitas: cita a Safo de Lesbos, a VIgina Woolf y otras como sencillos guiños utilizando figuras como el Minotauro, haciendo recordar a Borges, a la piedra de la Boca de la Verdad…

“Empecé a leer compulsivamente libros de las bibliotecas públicas… Dickens, Kipling o Conrad. Después llegué a las mujeres: las Brontë, Jane Austen y Virgina Woolfe. Sumergires en una lengua extranjera es como fabricarse una segunda piel…. “ (p. 57)

La Literatura es personaje como recurso, como alivio, como fuente de gran consuelo y como forma para encontrar un punto de sostén. Las palabras como medio de provocación.

“Alzaste la cabeza para ver si tus palabras me provocaban alguna reacción” (p. 62)

Y, más que las palabras dichas, más allá de lo explícitamente expresado, la importancia de las palabras que no han sido dichas.

“Leer, hacer escuchar tantas cosas que encubrían otras, siempre pensando que que sabrías descifrarlas” (p. 99)

“La fuerza de las palabras no pronunciadas” (p. 112)

Y, por fin, con una precisión de simetría aura. Riera nos lleva al clímax de su obra:

“El afán por encontrar el amor puro, perfecto, ideal, consumir al menos una pequeña dosis, que nunca me parecía suficiente, y querer siempre más, exigírselo a quien no era, una vez tras otra y equivocarme hasta agotar las existencias —bebidas, libros conversaciones extáticas, mujeres, amantes—, hasta agotarlas o abandonarlas por inútiles, inservibles o insuficientes. Defectuosas. Heridas. Fallidas. Con el corazón machacado. Como mi padre. Como yo. Kate no podía darme lo que me falta por dentro. Ni tú tampoco. Luz. Cuanto he tardado en comprenderlo. “ (p. 194)

Nos enteramos, casi al final de la novela que estamos frente una carta de despedida cuyo fin no es encontrar una justificación o un perdón. Es un flujo de conciencia que lo que busca son palabras que no caigan en el olvido.

 

 

 

 

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Robots

Pensar en robots solía ser cosa del futuro, tema de ciencia ficción y territorio fantástico. Nada más complejo que hablar de lo que vendrá o de lo que será. Parece que basta verbalizar una imagen futurista para que esté pasada de moda. Si no me creen, échenle un ojo a Disneylandia, no hay sección que se vea tan vieja como Futureland. Lo que Verne imaginó, existe hace años y lo de Bradbury o Isaac Asimov se materializa ante nuestros ojos.
Los robots son una realidad. Tal vez no vemos a nuestro alrededor C3POs o R2D2s en las calles, no existen Robotinas que se encarguen del quehacer de la casa, ni androides que convivan con nosotros, pero los robots son una realidad. También una amenaza, tal como en su tiempo lo planteó el film Terminator. Parece que los robots son capaces de hacer muchas cosas mejor que el ser humano, además de lograrlo a costos menores. Eso no es ninguna novedad. Lo que sí lo es, es enterarte que existe una máquina capaz de analizar una base de datos y redactar una nota informativa.
Associated Press anunció que las notas referentes a resultados financieros serán redactadas por robots con tecnología llamada Automated Insights. Un programa que es capaz de obtener daros y generar análisis. Narrartive Science es otra plataforma que redacta notas sin pasar por el filtro humano.
Han empezado con notas financieras, pero se planea entrar al área de deportes y avanzar para que estas plataformas redacten todo tipo de notas. ¡Pobres palabreros! Lo lamento, sinceramente por aquellos oficiales de la letra que no son capaces de poner alma y corazón en sus renglones. Serán sustituidos por máquinas que seleccionarán sintagmas de mejor forma y más barato. ¡Pobres personeros que elevan la pluma para criticar o alabar según el cheque que les llegué! Ahora las nuevas plataformas los sustituirán sin necesidad de incurrir en tantos gastos.
La inteligencia artificial puede elegir datos, calcular tendencias, elegir el orden correcto en que deben ir las palabras, pero jamás podrá ponerle corazón a un texto. Eso que se logra a través de la pasión y los sentimientos que no se gestan en las tuercas y los engranes de una máquina. La interpretación de los datos no puede hacerse desde la frialdad de los fierros, hay que tener sensibilidad.
Los lectores se harán más inteligentes, así como hoy distinguen a un palabrero de un escritor, así podrán diferenciar entre un texto robótico y uno humano.
¿Cuáles creen que serán los preferidos?
Depende para qué y para quién. Esa será la gran diferencia en el futuro, los que logren impregnar sentimiento y fuerza a sus palabras serán referentes. Lo otro será una herramienta utilitaria. Tal como siempre ha sucedido, lo demás será relleno. Hay textos que son para generar debate, tocar inteligencias, despertar amores. Otros no.
No hay competencia entre el robot y el humano. Es decir, entre el verdadero ser humano.

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Que nadie se mueva

Señoras y señores, que nadie se mueva, en cuestión de días comienza el torneo que para al mundo y lo congela frente a una pantalla, no sólo por noventa minutos, que no son suficientes, sino en los comentarios previos a un partido, y también en los de después, y los sketches cómicos, y las modelos que nos muestran al país anfitrión y todo el,paquete completo.
La cuenta regresiva aun no se agota y ya la información predominante gira en torno a un balón de futbol. Pocos se enterarán de lo que suceda con votaciones en los congresos, con las sucesiones dinásticas, con los exámenes finales, con lo que pasa lejos o con lo que acontece al lado.
A partir de ya, cantaremos al ritmo de Shakira y de Pitbull, estaremos en un suspiro en Brasil y junto con Dilma Rousseff festejaremos el Mundial en tierras cariocas.
Pero cuando digo que nadie se mueva es en serio. Nada será lo suficientemente relevante como para captar la atención de nadie en el mundo mientras juegue la selección de su país. No sería honroso que mientras todos se están divirtiendo, otros estuvieran haciendo de las suyas, como aprobar leyes a modo, confeccionar cochupos llave en mano, adelantar prebendas, aprovecharse del distraído. Así que es irrelevante intentar moverse, la dirección la marca la pelota.
Sería bueno que hasta los maleantes hicieran caso de mi advertencia , que se queden quietecitos y se sirvan una botana. Que estén disfrutando durante esta temporada de ver las mejores jugadas, los pases más ingeniosos, los goles más chispeantes, las decisiones arbitrales más controvertidas y los comentarios más polémicos. ¿Para qué desgastarse en esta temporada de selecciones nacionales y porras, haciendo otra cosa?
No será difícil, la normalidad indica que el amor todo terreno y de fidelidad avanzada existe si se habla de futbol. Buenos y malos, chicos y grandes, en femenino y en masculino, sí la afición crece para todos lados. Lo lógico es que a todo el mundo le guste el futbol, aunque haya algunos que se desesperen con las reacciones de este deporte, pero son muy pocos los que no tienen como rasgo genómico la pasión futbolera. Habrá exquisitos que frunzan en ceño y eleven la punta de la nariz, pero aún ellos empezaran mirando de sosolayo y terminarán atrapados por la imagen de la pantalla.
Muchos en cambio comparten mi mal: no entendemos el concepto de fuera de lugar. Al menos eso me confirma los resultados de mi observación científica al ver que un arbitro levanta la bandera y todos le gritan improperios para manifestar su inconformidad.
Se anticipa, siempre se anticipa, llega antes y se instala en el mundo para convertirse en el unitema. Que nade se mueva, el futbol ya esta aqui.

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¡Qué comparación!

Lo primero que quiero decir es que no se mucho de futbol y mucho menos de mini baloncesto. De evaluación de resultados, sí. Tampoco se necesita ser un genio para comparar los resultados de la selección mexicana de futbol con la de de mini baloncesto conformada por indígenas Triquis que juegan sin zapatos, sin uniformes llenos de logotipos de patrocinadores, sin recursos millonarios, pero que ni falta les hacen, con el corazón les basta. Le ponen tantas ganas, tanta pasión y tanto gusto que no hay quien no se llene de alegría y orgullo al saber del éxito que estos pequeños triunfadores obtuvieron en Argentina. Arrasaron no sólo con el marcador si no con el corazón de los anfitriones, de los equipos contrincantes y de todos los que vemos las imágenes de estos muchachitos saltarines dejando el alma con tal de encestar y ganar. Chicos enfocados, con tantas ganas de triunfar que al final lo logran.
Por su lado, la selección mexicana de futbol se gana el dudoso lugar de ser la escuadra que cuenta con el mayor nivel de antipatía en Latinoamérica según un estudio reportado por la cadena BBC. El Tri no es un equipo simpático. Lejos de ello, causa encono con sus rivales y decepción en los que apoyan. Se pierde la oportunidad de estar clasificados al Mundia frente a Costa Rica, se vive la vergüenza de tener que recurrir al repechaje, se rompe el corazón de millones de aficionados en México y de paisanos que viven fuera de nuestras fronteras, se pone en riesgo la derrama económica que trae consigo el hecho de que la selección juegue en Brasil. Locutores sin trabajo, campañas publicitarias a la basura, apoyos a volar, camisetas, juegos, juguetes al barranco, agencias de viaje, vuelos, reservas de hoteles que no se concretarán. No nada más lloran los mexicanos, la FIFA y varios empresarios brasileños también lo hacen. La afición mexicana representa millones de dólares que se ven frenados por la ineptitud, la falta de amor y de pasión de los que sí tienen tenis de altas especificaciones, equipos de tecnología de punta, billetazos y cuentas de cheques abultadas. Me parece tan diferente lo que se siente al ver a los Triquis que al ver a los brillantes jugadores del Tri.
Ahora tenemos que mirar al norte y dar las gracias a la selección de Estados Unidos que hizo lo que ninguno de los verdes pudo, es decir, ganarse el boleto para ir al repechaje por méritos propios. Fueron goles güeros, no tricolores.Tan mal jugaron los nuestros que al final veíamos el partido de Panamá contra los estadounidenses, pues ya no le teníamos fe a la selección mexicana. Encendíamos veladoras y rogábamos Dios para que cayera un gol ¡contra Panamá!, teníamos la certeza de que contra Costa Rica no llegaría la ansiada marca.Tal parece que los futbolistas que integran el equipo de seleccionados se empeñan en no ir a Brasil. Es de bien nacido ser agradecido. Gracias a la selección de las barras y las estrellas.
La ineptitud y la buena fortuna tienen al futbol nacional a nivel de aguas profundas pero con una nueva oportunidad. El muerto se levanta en forma milagrosa de la tumba y los seleccionados andan de parranda. Si no quieren jugar ¿Por qué insistir con ellos?
Los jugadores son un desastre en la cancha, dan la nota por la indisciplina, porque huyen de la concentración, porque les gana la fiesta, porque no escuchan a sus entrenadores, ¿qué méritos tienen para estar ahí? El técnico sabrá. No es técnica, no son goles, fue la buena suerte la que otorgó benévola la oportunidad de seguir con la esperanza de ir al Mundial de Brasil. A ver cuánto dura.
Y, mientras todos nos quedamos con un mal sabor de boca, suspirando amarguras por los resultados futbolísticos, hay un grupo de niños indígenas que alumbra la esperanza, que demuestran que lo que a los del futbol les falta, a ellos les sobra. Hambre. Hambre de ganar, de divertirse en el terreno de juego. Amor por encima de la soberbia. Gusto por jugar, por ver nuevas tierras, por conocer gente diferente, por llegar al Mundial de mini baloncesto en República Dominicana y un profundo respeto y cariño por su coach, a quien escuchan y respetan.
¡Qué comparación entre unos y otros!
Por eso unos dibujan sonrisas en los rostros de propios y extraños, mientras lo otros pintan muecas.

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