La escala evolutiva del delito

Hablemos con propiedad. El auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se llama Justo Sierra, no Che Guevara. Parece una nimiedad y no, vaya que no. Es algo trascendente. Aquellos que han ocupado de manera ilegal ese espacio académico, que le han faltado al respeto embriagándose, drogándose, orinándose, defecando en sus rincones, le llaman así. Decirle Che Guevara y no Justo Sierra ubica a la gente en un lado o en el otro de la línea. No nos confundamos. Así se inicia el ascenso en la escala evolutiva del delito. No, no exagero. En el momento en el que permitimos que los límites se desdibujen, se abre la caja de Pandora.
Nada nace siendo grande. Así cómo las plantas germinan en pequeños brotes, crecen, engrosan el tallo desarrollan hojas, flores y frutos, un capo no aparece siendo un gran criminal. Todos empiezan cometiendo pequeñas faltas, escalando los peldaños del crimen y van sofisticando sus delitos. Hay que pararlos a tiempo, dejarlos crecer es un grave error.
Muchos asesinos, narcotraficantes, violadores, empezaron como raterillos centaveros que pudieron haber sido detenidos antes de causar más daño, pero encontraron abrigo en la complacencia de las autoridades.
En términos de ilegalidad no debería haber grados. O se está en la legalidad o no. Sí se cruza la línea, si te pasas al otro lado, no hay negociación posible, si se infringe la ley, lo que sigue es castigar. No hay forma de tolerar, hacerlo es consentir, es casi como girar una invitación para seguir delinquiendo.
Autoridades complacientes propician el crimen. Es como una fórmula matemática. Así, permitir el comercio ambulante, es tolerar que un grupo de gente haga las cosas mal. La lista es grande: se apropian de un espacio en las banquetas, venden productos pirata, roban energía eléctrica, bloquean el paso, inhiben el comercio formal, no pagan impuestos. Las autoridades se aguantan porque estos individuos generan una gran cantidad de votos, pero también muchos problemas.
La captura del Chapo es sin duda un gran golpe, pero eso servirá de poco si no atacamos el inicio de la escala evolutiva del delito: franeleros, puestos ilegales de venta de alimentos, comercio banquetero, estudiantes rijosos que violentan un lugar de estudio, y todos aquellos que se apropian del espacio público con manifestaciones o que cobran derecho de piso o comités vecinales que se representan a sí mismos y que aparecen en las nóminas delegacionales. Todos ellos forman parte del inventario de los candidatos a súper delincuentes, si no es que ya lo son.
Así, con autoridades tolerantes el orden se pone de cabeza. Vemos a granaderos golpeados, lastimados y heridos por ciudadanos, en vez de figuras de autoridad que deben ser respetadas. Nos enteramos de vándalos que queman árboles de Navidad, de manifestantes que rompen vidrios e incendian negocios, de universitarios que están más interesados en aventar bombas molotov que en estudiar. La impunidad como madre protectora. Una ciudadanía harta de tanto exceso.
Vecinos que toman las calles por su cuenta, protegen la actividad de franeleros y amenazan con lastimar a los trabajadores que van a instalar parquímetros en las inmediaciones del centro de Coyoacan. Salieron a repartir empujones y empellones a diestra y siniestra; dos personas se llevaron heridas leves. ¿Y las consecuencias? La impunidad impera.
Si la autoridad llora y tiembla ante las amenazas de la gente, si no reacciona ante la promesa de destruir el equipo ya instalado, adivinen qué va a suceder. Es verdad que se debe privilegiar el diálogo, sin embargo, amenazar no es dialogar, es lo contrario. El que amedrenta rompe las reglas de la comunicación. Prestar oídos y darles foro, únicamente potenciará los problema. Es cimentar el primer escalón de la delincuencia, es tanto como sostenerle la escalera a los malandrines para que suban y suban hasta convertirse en grandes capos de la delincuencia.
La escala evolutiva del delito empieza con la tolerancia y se nutre de la impunidad. ¿Cuándo lo vamos a entender?

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