Notre Dame de París

Uno piensa que la eternidad toca ciertos elementos que hay en la tierra. Es falso. Nada es para siempre. Tristemente, lo hoy hoy vemos, mañana puede no estar ahí. ¿Quién se hubiera atrevido a imaginar que la catedral de París dejaría de ser como siempre ha sido?

Las imágenes nos revolvieron el corazón. Notre Dame estaba envuelta en llamas y, a la distancia, nadie sabía por qué se había desatado un incendio de esa magnitud. Queríamos que los bomberos acabaran rápido, que pararan la destrucción y cuando cayó la aguja, los católicos perdimos para siempre uno de los monumentos más hermosos dedicados a Dios.

Las fotografías de dentro del templo reportan menos daños de los que creíamos que habría. Se perdió mucho, al menos no se perdió todo. Los católicos del mundo, los franceses, los parisinos, los que amamos el arte, los que creemos que Notre Dame es un lugar sagrado, los que admiramos lo que ahí se resguarda, los que sentimos devoción estamos de luto.

Esta Semana Santa, las conmemoraciones de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo tienen un tinte de dramatismo terrible. Hay mucha tristeza, hay duelo, hay pérdida. Por fortuna, todo quedó en un saldo blanco, sólo hubo heroicos bomberos que salieron heridos al tratar de rescatar la casa de María en París.

Nada es para siempre. Ni siquiera este dolor que nos parte el corazón. Se restaurará Notre Dame. No será lo mismo. El fuego se comió parte de este santuario, de sus cenizas se erigirá una nueva versión. Habrá heridas que se tengan que sanar. Hoy, los católicos necesitamos consuelo. No nos queda más que elevar la mirada al cielo y buscar la eternidad en aquel que es el motivo y fuente del amor que dura por siempre.

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Mirar a los invisibles en París

París no es sólo glamour, luces y romance. El París que describe Víctor Hugo sigue existiendo. Entre el lujo, la belleza y la majestuosidad de la hermosura de la capital francesa hay una realidad alterna que, como el telón en un teatro, está ahí pero nadie la toma en cuenta. Hay pobreza, hay gente que duerme en la calle a cielo abierto y lo terrible es que no se cuenta con una cifra de cuántas personas viven en esa condición. Por eso, Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, mas que prometer, se puso en acción.

Poner manos a la obra en un tema que muchos preferirían ignorar tiene un mérito enorme. Un político que se ensucia las manos para hacer lo que se debe, merece reconocimiento. Hacerlo de la forma en que lo hizo Hidalgo, me parece glorioso. La alcaldesa convocó a voluntarios para que la noche del jueves para amanecer viernes se contara a la gente que vive en situación de calle. La respuesta fue gloriosa, se necesitaban mil personas, acudieron más de mil trescientos.

«Ahora hay mucha gente en la calle y tenemos que partir de cifras reales (…) para poner los medios», dijo Hidalgo y se puso manos a la obra. Dejó de lado las promesas insulsas, dejó de lado el encono, la división y el oportunismo baratero que sólo genera odios y resentimiento. Se puso a trabajar e hizo uso de su mejor activo: los ciudadanos de París que se volcaron a las calles para ayudar a Hidalgo a hacer visibles a los que nadie ve.

La gente salió de sus casas y recorrió las calles entre la una y las tres de la madrugada para contar, para hacer un censo y ver de qué están hablando en términos de dimensiones y parámetros. Pero, también logró que los parisinos pusieran la mirada en un punto que no les debiera ser ciego.

Sí, en París, cerca de la Torre Eiffel, por las calles del Barrio Latino, en las cercanías de Champs Élysées, frente a los museos, hay gente que vive sin un techo y para entender su situación y la gravedad del problema el primer paso es verlos, saber cuántos son y después, pensar en soluciones.

Mirar a los invisibles de París me parece una forma ejecutiva de empezar a resolver un problema. Tomar al toro por los cuernos, ver y hacer en vez de negar y negar es hacer lo que le toca a un servidor público. Parece que por allá se están dando pasos correctos para dar solución, una respuesta humana a una realidad que no debiera ser, que no debiéramos ignorar.

Parece que no sólo los bebés vienen de París, también nos llega esperanza.

Atardecer en París

Dicen que cuando uno sale de vacaciones está feliz porque está viviendo en presente. El que vacaciona puede sostener las manecillas del reloj para quedarse en el aquí y el ahora. Se da tiempo. Así caminar de la oportunidad de llevar pasos que no buscan otra cosa más que el deleite de ese momento concurrente que llamamos actualidad.

Lo hicieron Cortázar, Miller, Nïn, Baudellaire, lo hacen quienes van llegando, los que son de ahí, los que venimos de invitados, los que se quedan, los que aün estando lejos, no se han ido, los que no somos de aquí y debemos volver a lo nuestro. Ver Paris y tratar de contenerlo todo con la mirada. Hablarle de tú, confesarle amor, recorrerlo sin pudor. 

Así, a pocos minutos de salir de París, caminamos por los Campos Elíseos y la cista se nos va del Arco del Triunfo al obelisco de La Concordia y viceversa. El calor del verano es sofocante, treinta y cinco grados bajo la sombra de los almendros es duro incluso frente al Grand Palais, pero algo en el corazón se encoge y se aferra al suelo parisino. No me quiero ir. 

Y, como si el dique de la presa de los tiempos se quisiera reventar y el segundero se alocara para seguir corriendo, imagino que pronto ya no tendré esta vista ni esta calma. Pero, meto freno de mano, eso será después, por ahora, ahí están El Sena, la cúpula de Los Invalidos, la Torre Eiffel, las brasseries, el olor a pan, el sabor a queso y vino. 

El cielo se aborrega. La luz desfallece. El momento de irse se acerca. Sí, pero aún estoy aquí. En este maravilloso atardecer de París. Ya habrá tiempo para lo demás, ahora, sigo aquí.

Con Trump en París

En lo único que no pensé fue en la posibilidad de coincidir con Donald Trump en París. La Ciudad Luz se desquicia con semejante visitante. Desviaciones, guardias, ejército en las calles, alertas, antipatía, críticas, todo eso flota entre el ambiente. A los parisinos no les gusta la visita. A mí también se me saltan las tuercas. Entre el tráfico, los parisinos fuera de casa, los miles de turistas y la lluvia nocturna, el clima se nos desordena. 

París se siente extrañame te sola. Las colas interminables se acortan, podemos pasar a ver la Saint Chapelle rapidísimo, las colas al Museé D’Orsay son cortísimas, en L’Orangerie casi no hay gente. Es una delicia. Pero, claro que me da por aospechar. ¿Que pasa aquí? Si preguntas, la gente sonríe para ocultar los nervios.Los profesionales te dicen que todo está bien ¿será? Hay cierta desarmonía.

No hay nada que indique que hay algo raro, sólo la historia reciente. Por lo demás todo en su lugar, como debe de ser. Pero el tráfico se nota. Trump está en París y su presencia desquicia a todos. Macron lo ve con un dejo dedesprecio. Le dice que es el representante de un país amigo, pero le pone distancia. Podemos concluir que estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo.

Veo a loa dos mandatarios, uno parece un ganso que sonríe mientras la casa se le desmorona, el otro es un cisne educado que sabe poner las palabras adecuadas para sus ideas. Dice que la reunión que tuvieron se contrastará con una cena amigable en la Torre Eiffel, al buen entendedor, pocas palabras.

El ganso habla de su gansito, dice que sus reuniones con abogados rusos no tuvieron importancia. Aquí se burlan de el hombre que se cree tan poderoso y propios y extraños se aguantan la risa. Cenaron. Estarán juntos en la ceremonia del 14 de Julio. Melania tiene permanente cara de angustia mientras Mme. Macron sonríe  con serenidad. Hay electricidad en el ambiente.

Adiós, París

“No fui electo para representar a los parisinos sino a la gente de Pittsburg”, dijo Donald Trump en el discurso con el que justifica que Estados Unidos sale del acuerdo climático de París. Con palabras revanchistas que asombran por lo primitivo de su razonamiento, Estados Unidos se lava las manos y se despide, como quien sale de una reunión en la que ya se aburrió. Siempre supimos que no todos los estadounidenses son bostonianos y que no todos son pensadores aventajados, pero creíamos que en Washington los asuntos de relevancia se manejaban en un nivel de gente que sabía pensar. Ahora, empezamos a dudar.

La salida del tratado de París, además de lo evidente, tiene muchas lecturas. Estados Unidos está dejando su posición de liderazgo frente al mundo y está liberando esa posición. Abandona París y deja el espacio a China para tomar su puesto o a Europa o a quien quiera ponerse ahí. Le da igual, o eso da a entender el presidente que ya no sabemos si fue electo por propios o por extraños. En la Torre Eiffel se encendió un letrero que dice No Plan B. 

Sin ser simplista, sí hay un Plan B. La Humanidad tendrá que aprender a caminar sin Estados Unidos al frente. Hay que decir que las emisiones de carbono de ese país se han venido reduciendo, no porque ellos hayn sido muy lindos o porque estén preocupados por la limoieza del medio ambiente —ya quedó claro que no es así—, sino porque les resulta conveniente.Las energías alternativas están avanzando por su eficiencia y esta carrera seguirá su propio paso. Con ellos o sin ellos, hay que aprender a conservar limpio el planeta, todos vivimos ahí. El Plan B que sí existe no parece tan terrible. Casi nos gusta más. 

Hubiera sido deseable que Estados Unidos se quedara, pero siempre hay un aguafiestas. Les gusta la imagen de vecinos sucios, siempre lo han sido pero ahora se quitaron la careta diplomática y descaradamente se muestran al mundo como paquidermos desnudos. Desde luego, a nadie le gusta ver esa figura cochina y adiposa sin los aliños que le hacían lucir presentable. Así son las cosas que pudieran ser de otra forma. Ni hablar.

En justicia, hay que decir que el señor Trump está siendo congruente, está cumpliendo sus promesas de campaña. El mundo se entristece ante semejantes acciones, es claro, no estamos de fiesta. La decisión no da motivos para festejar. También es claro que nuestro estado de ánimo les importa un cacahuete. La pregunta que flota en la atmósfera es si los estadounidenses están contentos. Me pregunto si en Pittsburg están felices con la decisión de su presidente. Estoy segura de que no todos. Muchos se sentirán afligidos y se harán cargo de que esa nación poderosa que fue Estados Unidos se está evaporando. ¿Será eso hacer America great again? Lo dudo.

El terror y la tierra batida en París

Las canchas de arcilla le dan al tenis un toque especial. La superficie en que se juega es de gran importancia, porque resulta un elemento determinante del estilo y la velocidad. Uno de los aspectos más importante es la forma en la que bota la pelota. Si las canchas son de polvo de ladrillo y están en el complejo tenístico de Roland Garros, ese toque se vuelve glorioso para los que amamos el tenis.

El Torneo Abierto de París es la máxima expresión del tenis jugado en arcilla. Hay todo un protocolo para asistir a los juegos que se llevan a cabo la última semana de mayo y la primera de junio. Desde noviembre hay que inscribirse a una lista y decir cuáles fechas se prefieren. En enero se lleva a cabo una rifa para asignar los boletos, los lugares los fija el comité organizador y los afortunados que reciben las entradas se sienten afortunados de poder pagar para ir a ver el mejor tenis en tierra batida del mundo. 

Por supuesto, las probabilidades de asistir aumentan si eliges la primera semana y disminuyen si se rrata de juegos de semifinales o finales. El ambiente en París durante esas dos semanas es festivo, tenis por doquier. Lo que pasa en el complejo de Roland Garros se repite en las pantallas de cada bar, bistrot, restaurante, hotel de la Ciudad Luz. Los aparadores de las tiendas exhiben vestidos, maletas, pañoletas, y todo lo relacionado con el deporte. Sin duda, vivir esta experiencia con notas en francés y ritmos parisinos es mágico.

Por lo general, a estas alturas del partido, es decir, al jugar las semifinales, los estadios están a reventar.Tristemente, hoy las gradas lucen vacías, hay huecos en las tribunas y los lugares de privilegio no están ocupados. ¿Se acabó el interés por el tenis? ¡Claro que no! Pero el miedo todo lo mancha. La amenaza de un acto terrorista asusta al más valiente. Nadie quiere ser parte de una tragedia. El püblico no desestima una advertencia con ese grado de peligrosidad.

El gobierno de Estados Unidos, tan celoso con la seguridad de sus ciudadanos, emitió una nota previniendo a la gente de viajar a Europa. Francia es señalada como un lugar peligroso. Nos parece mas que sorprendente, inaudito y también cierto. La prudencia no marca ese destino como opción. La gente es sensible a esta situación, las bancas de la cancha Philip Chartier y Suzane Langlen, las principales del complejo de Roland Garros, se ven vacías.  El terror afecta al deporte que es una de las formas más civilizadas de enfrentar diferencias.

En el tenis, con honestidad y de frente, los jugadores se plantan en la cancha y se miden. Luchan con sus fuerzas y sus habilidades para buscar el triunfo. Dejan alma y sudor en la tierra, compiten con pasión. Al final se dan la mano y con caballerosidad se asume lo mismo la derrota que la victoria. El terror mancha la tierra de París. ¿A quién le reclamamos? Estos cobardes no dan la cara. Se cubren el rostro, se esconden. 

Voto por que el año que entra las bancas estén a reventar, por que las voces que quieren anular las diferencias se callen, por que la gallardía, el honor y el juego limpio triunfen. Que la paz sea y los desacuerdos se diriman como se hace en el tenis, de frente y con la mejor arma que es una raqueta.

Balas

Lo escucho por la radio y el estómago se frunce. Otra matanza. Han pasado pocos días de lo que sucedió en París y las balas vuelven a repartir muertos. La California dorada se mancha de rojo. El pueblecito de San Bernardino atrapa la atención  mundial y llega a las primeras planas. Por horas, no se sabía bien a bien qué había pasado, pero la estridencia de la tragedia ya recorría el mundo.

París se siente tan cercano, esas heridas duelen vivamente. Sandy Hook nos resulta más lejano, ya es una cicatriz. Del 2012 para acá no han pasado tantos días y en el imaginario colectivo lo que sucedió en esa escuela parece difuminarse en el olvido. Hoy, como entonces, saldrá el Presidente Obama a pronunciar un discurso para mostrar solidaridad y dar palabras de pesar. Se las llevará el viento. Las armas siguen siendo el problema. 

Estados Unidos es uno de los pocos países del mundo donde el derecho a portar armas está protegido por la Constitución. Es más fácil para un menor comparar un arma que una cerveza en territorio estadounidense. Los datos duros apabullan cualquier opinión: en Estados Unidos mueren una media de 92 personas al día por arma de fuego. Son 1,45 millones de muertes a causa de balas —por asesinato, suicidio o accidente— desde 1970, una persona cada 16 minutos. Son cifras de campo de batalla, es un número hóstil que no se quiere ver. 

El columnista de The New York Times Nicholas Kristof llamó la atención sobre esta cifra asegurando que son más fallecidos que en todas las guerras en las que ha estado implicado el país en toda su historia. Según la campaña Brady contra la Violencia por Armas de fuego, otras 297 personas resultan heridas al día por disparos.

A pesar de eso, el Club del Rifle sigue siendo la gran influencia que sostiene el derecho de portar armas. A decir verdad, las pistolas y los rifles constituyen una seña de identidad que los hijos del Tío Sam cuidan con orgullo. Un cowboy debe tener un rifle y las balas deben ser accesibles. La matanza en la escuela infantil de Connecticut en 2012 sacudió a Estados Unidos , pero ese estupor no logró impulsar reformas para regular las armas. Los que las aman  apuestan al olvido. Es una apuesta segura, pocos recuerdan Sandy Hook. Desde entonces, el país ha sido testigo de 1.052 masacres, en los 1.066 días transcurridos desde entonces, los nombres se desdibujan, se disuelven, se pierden en los recovecos del olvido. En estos tres años han muerto 1.312 personas y otras 3.700 han resultado heridas, según el recuento de Mass Shooting Tracker.

El lenguaje de las balas deja muertos tendidos en el suelo, pero, se olvidan. Sandy Hook fue una muestra de horror como lo es San Bernardino. El terror lo siembra lo mismo un loco al que se le desordenaron las ideas que un reclutado que recibió entrenamiento. Importa quien jala el gatillo, no obstante, lo que no se puede dejar de lado es la facilidad para que cualquiera pueda comprar una caja con balas. 

  

Las pequeñas historias 

Cada que sucede una tragedia del orden que sea, sin importar que se trate de un fenómeno natural, un accidente, un atentado, un acto de guerra, hay una tendencia a deshumanizar los hechos. Nos enteramos de cifras, números, datos. Cuántos muertos, montos de los daños, cantidad de armas, recuentos de las afectaciones y, si acaso aparece un nombre por ahí, es el del terrorista que jaló el gatillo, el del chofer que iba a exceso de velocidad, el del huracán o tormenta tropical. En la grandilocuencia, gana el anonimato, sin embargo, en cada tragedia hay pequeñas historias que merecen ser contadas.

Por lo general, esas pequeñas historias revelan la mejor parte de la Humanidad frente a la desgracia. Son anécdotas de solidaridad, de buen actuar, de generosidad y desprendimiento. Pero, por lo general, estas acciones son ignoradas y se pasan por alto para dar privilegio al acontecimiento que causó dolor. Así es, ante la confusión de un bombazo, las noticias que salen a flote son las que hablan de lo tenebroso. 

No obstante es preciso contar de tantas manos solidarias que salen a las calles a ayudar cuando se les necesita. Brazos que se prestan, alimentos que se ofrecen, puertas que se abren. El viernes 13 de noviembre pasado, en medio del caos de París, hubo muchas pequeñas historias que dan esperanza.

Un joven sostuvo a una mujer embarazada que estaba colgada a su brazo mientras pendía a una altura de tres pisos. Una mujer que abrió la puerta de un edificio para dar refugio a gente que huía de restaurante la Petite Cambodya, una mujer que abrazó a otra cuando estaban tiradas en el suelo sin entender de dónde llegaban los disparos.

En medio del caos, hay pequeñas historias que merecerían ser contadas, pero que, ante la magnitud de ciertos hechos, se dejan de lado y luego poco a poco se disuleven ante la urgencia informativa que nos ofece números, cantidades, datos y no nombres. No sabemos el nombre del héroe que sostuvo a la mujer para que no cayera desde las alturas ni el de la mujer que abrió la puerta para ofrecer refugio ni el de la que  con un abrazo solidario dio compañia y consuelo en el peor momento.

Las grandes historias causan miedo, nos dan angustia y el peso de la impotencia nos avate. Por fortuna, las pequeñas historias surgen como brotes florecientes. No es poco lo que se puede hacer desde la individualidad para atenuar la maldad. Estas historias que se disuelven entre tantos datos, que se evaporan con esos números tan grandes, desde lo chiquito encienden una mejor luz. Esas son las que merecen ser contactadas.

  

Los culpables

¿Por qué será que en París no han pasado tres días y ya atraparon al supuesto autor intelectual de los atentados del viernes y aquí no lo logramos? Pasan las semanas, los meses, los años y no queda claro lo que pasó en Ayotzinapa, en Ciudad Juárez, en el Penal del Altiplano,en Lomas Taurinas. ¿Será que allá el brazo de la justicia es más largo o que aquí nos quedamos cortos?

Tal vez seamos más desconfiados. No creemos. Nos muestran caras, nos cuentan versiones oficiales, nos dan a conocer la verdad histórica y nosotros torcemos la boca y nada más no creemos. Ni Aburto ni la pareja presidencial de Iguala ni las explicaciones sobre la línea 12 del metro nos llenan el ojo. Lo cierto es que allá ya hay detenidos y aquí avanza la impunidad. 

Nos atarantamos o sencillamente nos hacemos de la vista gorda. Nos creemos las versiones que nos dan a conocer ni nos conformamos con lo que nos dicen, pero tampoco hacemos nada. Sabemos que secuestrar camiones, que romper vidrios, que vandalizar establecimientos está mal y lo seguimos tolerando. Se quema la puerta Mariana del Palacio Nacional y al año siguiente pasa lo mismo. Se detiene a unos cuantos y salen tan campantes tres días después con planes de hacer lo mismo el año que entra. 

Los franceses respiran sabiendo que el que les hizo mal afrontará las consecuencias, los mexicanos temblamos ante la idea de que el mal perpetrado se podría repetir porque el culpable anda suelto. Sentimos que los rostros que nos muestran y los cuentos que nos narran no son ciertos. Queda la sensación de que nos están dando atole con el dedo y no nos falta razón. Las cárceles en México están llenas de gente que no tiene dinero para pagar un buen abogado. Muchos culpables andan sueltos.

Nos da la impresion que ser culpable en México no es lo mismo que serlo en Francia. ¿Por qué será? Será que allá confían más y aca nos da por sospechar de todo. Será que allá son más confiados y aquí no. Tanto franceses como mexicanos tenemos razones para ser como somos. Lo cierto es que no han pasado más que unas cuantas horas y en París ya está detenido el supuesto autor intelectual de los ataques, aquí seguimos esperando tantas respuestas. 

  

Pienso en París

Pienso en París y digo que no entiendo lo que pasó allá. El destino es un concepto tan ambiguo. El orden de las cosas y la búsqueda del autor de la Historia parece tan grandilocuente, tan altisonante, tan ostentoso. Dejar que el pensamiento vuele en el sentido de que resulta imposible no dejarse arrastrar, de que no importa si te pones duro y opones resistencia, no va a servir de nada. Lo que ha de pasar, pasará. Si no, ¿qué llevó a un niño a perder la vida de manos de un terrorista? No se entiende lo que pasó allá ni lo que pasó en Beirut o en el río Cocula.

Pienso en París y creo que todo es una especie de mecanismo complicado que tiene goznes y picaportes que, como máquina de feria, se activan para dejar salir una pesada bola de boliche que rodará a toda prisa cuesta abajo sobre un riel y hará colisión contra un botón  que accionará un resorte que volteará de cabeza un vaso con agua y mojará al que vaya pasando. ¿Por qué mojaron al que iba pasando? Para demostrar que el mecanismo funciona. Lo de menos es quién se cruzó por el camino, daría igual que fuera un payaso, que un equilibrista que el domador de leones. 

Pienso en París y digo que no entiendo porque no me gusta entender la maldad humana. Me da comezón y calambres darme cuenta que la lucha de poder se quiere esconder detrás de la cara de Dios. No es una novedad, así ha sido a lo largo de la Historia. Así se pergeñó la frase París bien vale una misa. Todas las guerras inician de esa manera y con independencia del resultado, arrojan dolor y manchan de sangre. 

Pienso en París y entiendo. Como dijera Kant, entender no significa estar de acuerdo. Las bombas estallaron cerca del lugar en el que la guillotina soltó le cuchillo pafa descabezar a tantos. Las razones de Rousseau opacaron la rivera del Sena, los extremos de Marat mancharon tanto como los consejos de Richelieu. Cada quien mira a su parcela de intereses, Ayotzinapa no está cerca de Beirut, de Siria, de la franja de Cisjordania de la frontera con los Estados Unidos de la vera del Mediterraneo, de Lapedusa, de los discuros de Donald Trump y todos tienen un mismo hilo conductor. 

Pienso en París y recuerdo a la familia Bush y a Osama Bin Laden. El pensamiento vuela de Nueva York a Atocha a Londres y también a Nigeria a Siria a Nianmar, a Teheran, a Ciudad Juárez, a la periferia de Wahington, D.C. Las armas capturan mi atención.

Pienso en París y me pregunto, ¿dónde consiguieron las armas los que ayer causaron tanto dolor? ¿Quién se las vendió? Y a ellos, ¿también les dolerá la consciencia? Claro que de entender, entiendo. Claro que eso no significa estar de acuerdo. Claro que sería mejor indagar quién se beneficia con estos sucesos. Claro que sería mejor acabar con tantas armas. 

  

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