Abrir las puertas

El confinamiento al que nos ha sometido esta pandemia ha representado un reto tan amplio que nos ha sido difícil entenderlo. Miramos alrededor y vemos a gente confinada a piedra y lodo pero, también vemos a personas que no se protegen. Algunos tiemblan de miedo frente al germen y otros creen que no existe. Hay municipios que no registraron contagios y hay otros que ya tienen su red de hospitales saturada. Unos salen para irse de fiesta y otros para ganar dinero y traer el pan y la sal a la mesa de la casa. Nos machacaron hasta los huesos con la campaña de la sana distancia y de repente, nos topamos con que ya vamos a abrir las puertas; incluso cuando el semáforo epidemiológico está en rojo, es decir, cuando nos está alertando sobre un riesgo máximo de contagio.

               El subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, presentó el mapa de México con colores del semáforo de riesgo epidemiológico. Al verlo, nos damos cuenta de que en 31 de 32 entidades, el indicador se ve en rojo; sólo Zacatecas está en naranja. “La epidemia no ha concluido, tiene que completar varios ciclos de transmisión en varios puntos del país. No debe nadie confundirse de que se está en descenso, porque no es el caso”, indicó el funcionario, ¿entonces? Hay algo que no se entiende, hay un sinsentido en abrir las puertas cuando estamos en un momento crítico. Por un lado, la gente tiene una imperiosa necesidad de salir a trabajar y por otra se siente que tanto sacrificio de quedarnos guardados va a servir de muy poco si decidimos abrir las puertas en estos momentos.

              Se siente que el Dr. López-Gatell como dice una cosa, dice otra. “La nueva normalidad es porque las actitudes, respecto a la prevención, son elementos que no se pueden quitar, probablemente en años, porque nos permiten convivir con este nuevo virus en todo el mundo”, sostuvo. El subsecretario afirmó que cada mandatario decidirá las actividades que pueden abrir con base a esto. No se le entiende, pareciera que el criterio no es claro, no hay uniformidad y eso da miedo. La información confunde, no es clara.

              Por su lado, el presidente de la república anda inquieto. Ya se le queman las habas para andar de gira, para acercarse a la gente. No se siente a gusto confinado entre las paredes de Palacio Nacional. Quiere salirse y necesita puertas abiertas. En el confinamiento se le han desajustado muchas variables y necesita poner en orden a muchos desobedientes. Aseguró, nuevamente, que se “ha domado a la pandemia” de Covid-19 —lo que contradice el dicho del funcionario de sus confianzas— y reiteró que “no se trata de números, que le mandamos el pésame a las familias”. Está claro, no es cuestión de cifras frías y lejanas, pero los números son objetivos: no mienten.

              Si Zacatecas es el único estado en el que el semáforo no está en rojo, significa que ahí el riesgo es alto —lo cual no es un gran consuelo— y todos los demás estados tienen un grado máximo de riesgo. Si la gráfica que representa el comportamiento del contagio es como el de una curva normal de Gauss, al pasar del punto más alto de contagio, se llegará a un punto de inflexión y eventualmente se entrará en un decrecimiento del número de personas infectadas. No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que todavía no hemos cruzado ese punto, todavía no llegamos ahí. Pero, estamos a punto de abrir las puertas.

              La pregunta que se me viene a la mente es ¿qué significa abrir las puertas? Es necesario tener un protocolo de regreso, saber qué pasos tenemos que seguir para la desinfección, cuáles van a ser las reglas de la nueva convivencia, cómo y dónde debemos usar tapabocas, caretas, guantes. Falta información y se necesita capacitar a la gente para que podamos entender las formas de una nueva sana convivencia.

              Dicen por ahí que Luis XIV, el Rey Sol, decía: “vístanme despacio que voy de prisa”. Todos queremos regresar a la normalidad lo antes posible; no hay quien pueda preferir estar encerrado que vivir en libertad, pero me temo que sería mejor si fuera en forma ordenada e informada. Así que, si vas a abrir las puertas, entérate de lo que debes hacer para protegerte.

Besos

Dice el dicho que un beso y un vaso de agua no se le niegan a nadie. Y, mientras la primavera sigue siendo la época en la que las especies se aparean después del letargo invernal, a los seres humanos ese rubro se nos ha complicado mucho. Las dificultades en el terreno romántico se han multiplicado desde que nos tienen confinados. El tema preocupa y nos pone a imaginar cómo serán las relaciones amorosas después de la pandemia.  A partir del día en que Adán despertó de aquel sueño profundo y se topó con Eva, el amor es un tema esencial que ocupa la mente de la raza humana.

              Cuando se enciende la chispa de la atracción de una persona por la otra y se da paso al deseo de estar juntos, se inicia un camino con múltiples divergencias. Puede ser que un encuentro casual se convierta en algo permanente o que jamás se repita; cabe la posibilidad de que surja una relación inseparable o algo que será efímero. Si se será algo de años o de días, si los involucrados serán inseparables o compartidos, si buscarán la fidelidad o serán abiertos, todo al final se reduce a algo elemental: habrá besos.

              ¿Cómo se ajustará la idea del amor a esta situación de pandemia? Entiendo que todo toma su lugar, eventualmente. De hecho, en los últimos años, las relaciones amorosas se han cuestionado y se han modificado. Desde las aventuras poliamorosas, los amoríos casuales, las parejas abiertas, las tradicionales y cualquier otro tipo de combinaciones, todas se convierten en formas de convivencia romántica que trata actualizarse y estar a la altura de la modernidad.

Además, hay mucha ayuda que antes no había. Todo cabe en una pantalla: nuevas posibilidades para darle flujo a la fantasía erótica o romántica. Hay para todos los gustos y niveles de compromiso. Por ejemplo, las plataformas para conocer personas, hoy el que busca, encuentra. Lo malo es que no hay certeza de lo que se va a encontrar.

              De hecho, pareciera que hay una nueva tendencia para superar la idea del amor y una crítica dura a la familia como la célula mínima que representa a la sociedad. Tampoco es que eso represente una novedad, la Historia nos da ejemplos de estructuras sociales mínimas diversas: clanes, harenes, células multiparentales, comunas y tantas otras. Claro, en estas experimentaciones, también el ser humano se ha topado con grandes barreras y ha tenido que vivir estas consecuencias. Reemplazar la vinculación entre esta chispa primigenia y la necesidad de que el ser amado —deseado— tenga una preferencia exclusiva, ha sido complicado y nos ha puesto frente a un escenario de amargura y en muchos casos de soledad. La apertura abre huecos.

Si ves a tu ser amado de la mano de otra persona, tal vez, se despierten los celos o la envida por las palabras que se le dedican al otro, por los momentos que no te consagra a ti y el amor vuelve al mismo lugar.  Te quiero para mí. Hay una chispa que desata un fuego y, aunque hay otros caminos, el más placentero es el que la Humanidad ha seguido desde antiguo y eventualmente se llega a un punto en el que habrá un beso. ¿Cómo serán los besos después del Covid-19?

En las últimas décadas del siglo XX, cuando aún se exploraban los entresijos del SIDA, las expresiones amatorias se limitaron y se circunscribieron a una fidelidad que llegó a ser temerosa. Cuando se entendieron las formas posibles de contagio y se supo que la solución era tomar precauciones, los preservativos pasaron de ser un método de anticoncepción a ser un procedimiento de protección. Sólo la confianza abría la oportunidad para dejar de usarlo o los temerarios se animaban a olvidarlo. Pero, los besos se ofrecían y se daban con ánimo y gran libertad. Esta cepa de coronavirus se transmite por la saliva y nos deja en un estado de indefensión si queremos besar a alguien.

No me refiero nada más a los besos apasionados que involucran ánimo erótico, también aquellos llenos de ternura que se le da a una hija, al que acompaña el saludo fraternal para un amigo, el que sella un pacto entre colegas, el que se da como un signo de respetuosa despedida. Puede suceder que nos de miedo andar de besucones. Porque, una cosa es vivir con tapabocas y careta y otra muy distinta es dar un beso con ese nivel de protección. Entiendo que para todo hay nuevas formas, pero no hay que darle muchas vueltas: hay cosas que saben mejor a la antigüita. 

La vecina vigilante

Hace algunos años, organizamos un grupo de Whatsapp de los vecinos de la colonia. El propósito del chat era mantenernos informados sobre los acontecimientos de nuestro barrio y tener comunicación. Es decir, se buscaba ayudar. Si alguno de nosotros salía de vacaciones, le echábamos un ojo a su casa; si veíamos algo sospechoso, nos alertábamos; si alguien necesitaba un favor, se lo hacíamos.

El chat, a veces tiene mucha actividad y otras está muy en calma. Desde que empezó la contingencia del Coronavirus, la cantidad de mensajes aumentó considerablemente. Fue lindo ver como los vecinos preguntaban por el estado de salud de unos y otros. Pero, poco a poco, empezaron a brotar mensajes que antes no se enviaban: imágenes religiosas que peregrinan de un teléfono a otro, cadenas que exigen difusión so pena de castigos terribles, cuentos apocalípticos sobre los efectos del virus, admoniciones en torno a los excesos de la Humanidad.

Lamenté el giro que tomó el chat. Pero, Paty, mi vecina vigilante escaló el asunto. Se adjudicó el cargo que la facultaba a observar y a sancionar a los vecinos. Primero empezó a sugerir que ciertos hábitos fueran la regla de la colonia. Por ejemplo, prohibió mezclar vinagre con cloro y mandó todo tipo de información sobre los desastres que se causan con esa mezcla; luego dio cuenta de la gente que sale a la calle sin tapabocas; acusó a los que no mandaron a las muchachas de servicio a su casa; denuncio a los choferes que iban a trabajar; se enfureció con el vecino que renta su casa en RB&B.

El domingo abrí la puerta de mi casa para recibir el súper y vi como se asomó y m hizo señas para que me lavara las manos. Paula, mi vecina de al lado estaba regando las plantas y me miró con cara de ¿y ahora, que hacemos con esta? Levanté los hombros y me despedí a lo lejos de ambas.

De repente, las crisis nos sacan el jugo y el alma. Paty se nos convirtió en la policía que sanciona las vidas ajenas. Me quiero dar de baja del chat. Creo que muchos estamos en la misma condición, pero tenemos miedo de que nos vayan a regañar.

¿Qué estuvieron haciendo?

Pienso en la generación de niños que están naciendo en 2020, el año del Coronavirus y en todas aquellas criaturas que vendrán al mundo después del Covid-19. Pienso en ellas porque, aunque haya quienes no se estén dando cuenta, la Humanidad esta cruzando un hito den la Historia. Entonces, todos esos pequeños que han de venir nos preguntarán qué fue lo que estuvimos haciendo mientras el mundo se confinó en la protección de los hogares.

Es curioso, a lo largo de la vida, me han tocado muchas crisis. Soy de la generación a la que ya no la asustan con el fantasma de una crisis económica. ¿Otra? Así crecí, escuchando sobre devaluaciones, inflaciones, ajustes y nuevos comienzos. Me tocó estar en la Ciudad de México en los terremotos de 1985 y en el de 2017. Perdí un negocio con la emergencia del H1N1. En todas estas desgracias naturales y pandémicas, el mundo se paraba en otra forma.

Es decir, salíamos de nuestra cotidianidad y hacíamos otras cosas. Prestábamos manos para ayudar: escarbábamos para encontrar sobrevivientes, cocinábamos y compartíamos lo que había en casa. En los terremotos, echamos la mano desde nuestra mejor forma de hacerlo. En el H1N1, nos confinamos, pero no a este grado y también nos hemos encerrado en las contingencias ambientales.

Pero, ahora, la vida descolocada ha tenido que seguir. Nos movieron el eje de rotación y nos encajaron otro a medio cuerpo y nos ordenaron empezar a girar en instantes. No tuvimos tiempo de reparar en el dolor de perder lo anterior, de despedirnos de lo que hubo ni de limpiarnos las heridas. Fue un se acabo y síguele con lo que viene.

¿Qué estuviste haciendo en el 2020?, me preguntarán y podré responder que estuve dando clase. Que el cambio resultó duro para maestros y alumnos, porque con la rapidez y el vértigo no entendimos a cabalidad que el mundo se movió, que muchos se instalaron en el enojo y la negación y no lograron moverse, pero hubo muchos, muchísimos que decidieron estar ahí usando la tecnología. Que nos reuníamos en forma virtual y que logramos conectarnos. Parecerá poco y no lo es. Estuvimos con nuestros alumnos buscando transmitir lo que sabemos, sin agobiarlos. Muchos maestros hemos estado ocupados en la tarea de hace girar al mundo que sigue sano. A los médicos les toca curar y reparar, a nosotros nos ha tocado preparar a los que enfrentarán los estragos de la pandemia viral.

¿Qué estuvimos haciendo? Yo estuve poniendo los cimientos del mundo que habitaremos después del Covid-19. Lo diré con mucho orgullo. Me tocó una labor noble, una que va a trascender.

Cambios rápidos

Nos dijeron que la vida puede cambiar en un segundo y descolocarnos tan rápido que ni nos vamos a enterar. Nos advirtieron que de poco sirve la resistencia al cambio y que cerrar los ojos y oponer resistencia sólo complica mas las cosas. Pero, algunos decidieron dar batalla para defender los bastiones cotidianos, la tibia zona de confort y mientras pelean, dejan de ver que el suelo se acaba de desintegrar y que si no corren a otro sitio, la caída será irremediable.

Me dijeron que un hombre salió a la puerta de su casa a poner una señal para que la pandemia pasara de largo y que una mujer encendió una veladora para que se iluminara una luz en el camino. Me contaron de un anciano que elevó los ojos al cielo y le preguntó a su padre lo que debía hacer y que una viejecita abrazó fuerte su almohada para sentirse acompañada.

Escuché la historia de un joven que se perdió en la profundidad de una pantalla y la de un par de padres que no se dieron cuenta de que su hijo se había extraviado en el laberinto de su propio ser. Oí que una chica aprendió a rechinar los dientes y otra a morderse las uñas.

Supe de un hombre que salió al balcón a tocar su armónica y de un flautista que compuso una melodía para que un ejército de seres minúsculos y agresivos lo siguieran hasta salir del poblado donde vivía. Por ahí se escuchaban las risas burlonas de los que no creían en la existencia de lo invisible, de los desobedientes que hacían lo contrario a lo que se les indicaba, de los burlones que seguían sin entender que la infección ya los había atacado. Se veían los pedazos de inteligencia tirados por el suelo y hubo quien quiso ponerle una campana a todo aquel que estornudara y sacarlo a las periferias para que no se convirtiera en un foco de virulencia.

Están los que retiemblan desde las entrañas y dejan que les brinque el corazón, pero van a hacer lo que les toca. Están los que desoyen los gritos de la jauría necia y se ponen a recoger lo que se cayó, a limpiar lo que se ensució, a pegar lo que se rompió.

Vi a la mujer del espejo titubear. El balancín iba de la mezquindad tentadora a la esperanza que desgarra las entrañas. En todo caso, la tibieza había cambiado de temperatura, el escenario ya no es el mismo. Al filo del barranco, lo mismo se ve la oscuridad más profunda que el brillo de las estrellas. Dicen que en las alturas, hay ángeles volando. Son pocos los que los pueden ver.

Unas palabras en medio de la pandemia

Dice Noah Harari que la tormenta va a pasar, pero las decisiones que tomemos para enfrentarla podrán afectar nuestras vidas permanentemente. Es verdad, la forma en que enfrentamos nuestras crisis, personales y comunitarias, nos dibujan de cuerpo entero como las personas que somos. Por eso, es preciso reflexionar en torno a lo que queremos ser en medio de esta pandemia.

Ya empezamos, nuestras reacciones son espontáneas. Frente al pánico, nos quitamos las caretas. Lo que dejamos ver, no siempre es nuestro lado más hermoso. Algunos actuamos con chabacanería, nos andamos riendo y fingimos ser Juan sin miedo, otros van de irresponsables abrazando, besando y mordiendo gente, otros usan tapabocas, se lavan las manos, usan gel antibacterial, obedecen las reglas y respetan la sana distancia, hay los que ven al semejante como una amenaza y les asusta la proximidad, hay quienes quieren huir despavoridos (pobres, ¿a dónde irán?) y tristemente, están los que quieren sacar una raja a su favor: los traidores, los que apuñalan por la espalda para quedarse con lo tuyo, los que se acorazan, los que se avorazan.

Por fortuna, están los héroes que sacan lo mejor de sí para sortear el temporal. Los médicos, enfermeras, científicos que están en el frente de batalla y se parten en alma para salir adelante. Los maestros que frente a la crisis trabajan más horas y dedican más tiempo a sus alumnos para sacar a flore sus cursos. Los dependientes de tiendas, fondas, lavanderías que están detrás del mostrador; los carpinteros, jardineros, albañiles que salen por su sustento; los emprendedores que no bajan la cortina, los empresarios que aguantan los embates.

La crisis va a pasar. Pero, las decisiones que tomemos nos van a acompañar cuando la pandemia haya acabado. Cuando lleguemos al feliz momento en el que seamos inmunes, cuando volvamos a nuestro día a día, ese que fuimos en la emergencia se va a quedar. Al borde del abismo podemos arrancarnos los cabellos, llorar a moco tendido, morder a nuestros semejantes o contemplar el vacío, mirar al cielo, sonreír al prójimo, consolar, contener la tristeza, buscar la trascendencia. Hablar con Dios, confiar.

La pandemia pasará y muchos querrán olvidarse de sus reacciones, tratarán de borrar lo que les pasó. Mejor nos anticipamos. Esto va a pasar y al mirar lo que hicimos, lo deseable será sentirnos orgullosos de nuestras reacciones. Ojalá.

De lejecitos, por favor

Los mexicanos ya tenemos callo en eso de las emergencias. Entre terremotos, huracanes, enfermedades, crisis económicas, abusos institucionales, guerras y todo eso, si tuviéramos que elegir un verbo que nos describiera, sería sin duda: aguantar. Al menos, así lo sostiene el escritor francés Clotaire Rapaille en su libro El Verbo de las Culturas. Gracias a la información que obtuvo a través de múltiples viajes, entrevistas y lecturas, pudo conocer varios países y asignarles un verbo que los identificara. A México, le asignó este ya que le sorprendió la resistencia que tiene esta raza de bronce. Los mexicanos aguantamos un piano, decimos con frecuencia.

              Me gustaría decir que los mexicanos somos solidarios, unidos y dispuestos cuando se trata de tender la mano a quienes se encuentran en desgracia. Sin embargo, hay crisis que nos han unido y otras que nos separan. Cuando se han dado desventuras por eventos naturales, como terremotos y huracanes, la gente se vuelca en las calles y está lista para ayudar, compartir y respaldar a los demás. En verdad, me ha tocado ver a gente que teniendo poco, comparte lo que le queda con aquellos a los que les quedó menos. También a personas que salen de su casa con alimentos, agua y medicamentos para ir a ayudar a los que les tocó la desventura. Nos unimos y mostramos empatía y disposición de ayuda.

              Cuando la gente se queda sin casa porque se cayó por un estremecimiento de la tierra o porque el mar se la tragó o el viento se la llevó volando, sobran las invitaciones para quedarse —por un tiempo—, en la casa. Ofrecemos el techo y abrimos la puerta de la casa a los parientes que se encuentran en las zonas afectadas y vemos cómo le hacemos para echarle más agua a la olla de frijoles y para que rindan el pan y la sal.

              Pero, si se trata de una pandemia, la cosa empieza a cambiar. Peor, si se trata de una enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. Todavía no entendemos muy bien de qué se trata ni las consecuencias que tiene el padecimiento, se nos ponen los pelos de punta y se nos eriza la piel. Se nos activan los nervios y si la recomendación es no saludarnos, dejamos de tender la mano; si escuchamos que alguien estornuda, lo miramos con alarma; y si estimamos que alguien viene de una zona de riesgo, de plano nos damos la media vuelta y empezamos a caminar a toda velocidad en sentido contrario para alejarnos.

              A los que somos efusivos en los saludos y generosos con los abrazos, nos cuestan mucho trabajo estas crisis. Los niveles de estridencia van en concordancia con nuestro carácter y nuestras fobias y filias. Lo curioso de estas crisis es que nos quitan la solidaridad y como que nos salen los rasgos que no nos dejan lucir lo buenas personas que somos, más bien al revés. Eso sucede porque tenemos miedo. ¿A qué le tenemos miedo?

              Podríamos creer que nos asusta la posibilidad de morir, o los dolores que nos causa una enfermedad de la que no sabemos mucho. Pero, ya nos dijeron que el índice de letalidad no es tan amplio. ¿Entonces? La realidad es que en la mayoría de los casos le tenemos miedo a cambiar nuestras rutinas y a renunciar a nuestra zona de confort. Dicho de otra manera, demostramos resistencia al cambio. No queremos que las cosas dejen de estar como siempre han estado ni estamos dispuestos a modificar nuestra cotidianidad.

              Si, como Rapaille piensa y el verbo que nos da identidad es “aguantar” es porque ya sabemos que el mexicano no se raja. Por lo tanto, antes que cambiar, mejor me aguanto. En algunas ocasiones esto puede tener connotaciones positivas y en otras puede ser la semilla para no corregir aspectos negativos o que no funcionan y optar por aguantarlos. Para colmo, entre más aguanta un mexicano, más orgulloso se siente. Por eso, antes que modificar nuestras prácticas de todos los días, mejor le echamos ganas y nos aguantamos. 

El desafío que enfrenta el planeta debiera acercar a la Humanidad en vez de alejarla. Una de las máximas de Borges, “todos los pueblos son iguales, incluso en su pretensión de sentirse diferentes”, nos recuerda que, en el fondo, todos los seres humanos compartimos la misma naturaleza sin importar nuestro lugar de origen. Hoy, México y el mundo enfrentamos un reto que nos tiene a niveles de emergencia, según la Organización Mundial de la Salud. Espero que, a pesar de todo, sigamos siendo solidarios y ayudadores, aunque ahora nos saludemos de lejecitos, por favor.

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