Mañana de otoño

I

Hay mañanas de otoño en las que uno quiere acurrucarse entre el calor de las sábanas y dejarse abrazar. Pero, estiras la mano, te topas con un hueco. Él ya se ha ido. Te armas de valor y sales de la tibieza protectora de la cama.

II

Recolectas la muestra. Bajas con cuidado los escalones de la casa que justo esa mañana están tan llenos de dudas. Tiembla el cuerpo y vences el impulso de volver a la cama. La luz del baño se ha quedado encendida. Triunfas sobre la intención de desandar los pasos para ir a apagar lo que está prendido.

III

Abres la puerta de la casa. El aire del despertar otoñal es fresco, habitado por todas las verdades que aún no has dicho. También crees que trae respuestas decisivas. Caminas por la calle oscura. Te preguntas si le diste dos vueltas a la llave de la puerta. Das pasos en la intemperie, por la calle oscura, vacía, silenciosa. Caes en la cuenta de que es domingo y todavía no sale el sol.

IV

Entras al laboratorio. La gente toma el turno que escupe una máquina despachadora de números. Se sienta. Los empleados se pierden el la profundidad de las pantallas planas de su computadora. Los que esperan miran el teléfono. Nadie responde tus buenos días.

V

Preguntas a quién debes entregarle la muestra. El empleado no te mira: espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Me vuelvo gris.

VI

Los momentos de espera se alargan y se vuelven pesados. El reloj mueve las manecillas con pereza dominical. La sala de espera está llena de caras verdes, rojas, amarillas, moradas que se van apagando y se vuelven grises. Hay dos empleados en admisiones que tienen la cara enojada.

VII

Vuelvo a preguntar. Espere a mis compañeras. ¿Dónde? Ahí. Tomo asiento. Sigo siendo gris.

VIII

Todo es raro y difícil. Es como sentirse dentro de un espejo que se llenó de niebla. Es como ver reflejos atrapados por la bruma. Somos un extraño conjunto que espera. Una camisa echa bolas junto al cubo de la ropa sucia, un plato sin lavar en el fregadero, una blusa arrugada en el burro de planchar, un calcetín con un hoyo, un pensamiento fugaz, un grupo de personas que no se miran.

IX

Observo. Las comisuras de los labios están tiradas hacia abajo. La conciencia se diluye entre las fronteras de una pantalla.

X

Escucho mi nombre. Entrego mi muestra. Ponen una etiqueta en la que se lee mi nombre. También la edad. Digo gracias. Digo adiós. No hay respuesta.

XI

Salgo a la calle. El viento fresco me recuerda todas las verdades no dichas, las verdades decisivas. Miro al cielo. Parece como si la araucaria, el álamo, la jacaranda y el trueno movieran sus copas y agitaran sus ramas para saludarme. Les digo buenos días y ellos parecen contestarme, buen domingo.

XII

Amaneció. Los rayos del sol despertaron. Me miro en el reflejo de aquella ventana. Dejaste de ser gris. Escucha. Te acaban de decir algo importante. Todo va a estar bien.

Lluvia en el Camino

Es domingo y salimos de Águeda con el cielo nublado. Me despido de los simpáticos paraguas colgantes que adornan las calles del pueblo. Caminamos unos cien metros y aquello a lo que le tenía tanto miedo se hace presente. Empieza a llover con fuerza. El mercurio baja su nivel varias rayas en el termómetro. Lo que quise evitar me sale de frente. No hay nada más que hacer más que seguir caminando. No hay forma de darle la vuelta. Las nubes son una larga cortina gris que se extiende por kilómetros y kilómetros y no deja ver la luz del sol. La chamarra impermeable impide que el agua llegue a la piel. pero… Ni modo, hay que avanzar. Siento una enorme tentación de volver hacia atrás, sin embargo, recuerdo a la esposa de Lot, no quiero terminar como estatua de sal. Respira, respira, me digo. Tengo miedo y ganas de llorar. Piso un charco, el agua me salpica hasta las cejas. Recuerdo que me gustaba saltar sobre ellos. Por fin la atención se aleja del malestar de sentir un arroyo que corre desde la frente, por la nariz hasta llegar a la boca; se centra en los sonidos.
Son conciertos difíciles de describir, no hay fonemas para recrear el choque de las gotas contra el charco, o las ramas de los eucaliptos que se mueven por el peso del agua, o las botas que pisan a veces, arena mojada, adoquines húmedos o montículos de lodo. tampoco hay una manera exacta de decir la diferencia entre el rumor de las gotitas finas y delgadas contra la chamarra que el tamborileo de las gototas gordas y pesadas.
En el camino hay de dos, o te centras en la incomodidad, o ves más allá. Con la lluvia es difícil elevar la mirada. Lograr un mayor alcance es complicado. Si el chipi chipi es ligero se puede platicar con el compañero, si la tormenta es fuerte, hay que guardar silencio. La tormenta de hoy es fuerte, a veces. se alterna con ratos de lluvia moja tontos. Hay tramos en los que de plano no llueve nada y hasta sale el sol. Pasamos por caseríos, pueblos, veredas entre los bosques, zonas industriales y acotamientos muy estrechos de la autopista a Oporto.
Caminar cuando está lloviendo no es agradable. Tampoco es tan desagradable como imaginé en un principio. Es verdad, a todo se acostumbra uno. Soy cuidadosa, en tiempos de lluvia los pasos deben ser seguros para no tropezar y llenarse de lodo. Que las suelas se llenen de barro, eso sí, pero una caída, eso no.
Al caminar bajo la lluvia pensé en Santiago, en su misión de evangelizar y llevar la buena nueva hasta el fin del mundo. Pensé en la mía, en todas las puertas que quiero abrir, las promesas que quiero alcanzar y las Compostelas que espero para mí y para los míos. ¿Me pregunto si el apóstol también tuvo dudas? El acotamiento se hace cada vez más estrecho y los camiones pasan cada vez más cerca. Seguro en algún momento hasta tuvo miedo. Encima la flecha que marca el camino no es clara, ¿Derecha o izquierda? Derecha. Vamos a dar a un tramo de la autopista, en el que el acotamiento está invadido de plantas, la barra de protección está caída y caminamos junto a un precipicio de unos treinta metros de profundidad. Al fondo, el río. Estoy segura de que nos equivocamos, pero no digo nada. Si abro la boca se me mete toda el agua.
A lo lejos vemos la flecha, era por el otro lado. ¡No! Sin embargo, el camino corre paralelo a la autopista. ¡Vaya, por lo menos! Seguimos, con la esperanza de reconectar. Llegamos al puente que cruza el río Vouga. Al mirar al frente vemos que el puente que está sobre el camino que señalaba la flecha, está roto. No hay paso. En el que nosotros estamos nos permite cruzar sin problemas. ¡Sí! Continuamos dando pasos. Al final del puente encontramos una flecha amarilla que marca la dirección, hay que seguir derecho. El puente roto me recuerda que las líneas paralelas por más que se extiendan jamás se tocan. Es mejor dejar de aspirar a mundos paralelos, pueden llevarnos a senderos rotos.
La lluvia le sube la potencia a aroma eucalipto. La lluvia en el camino tiene su razón de ser.

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Ocre

Parece como si bajara la marea, pero no, es el verano que se va. Así como Agustín no pudo contener al océano en un hoyito, así tampoco pude retener el periodo estival. Es inevitable, cambiaremos las telas vaporosa por tejidos pesados, sustituiremos los colores brillantes por los tonos ocre, el mercurio en los termómetros tomará una posición más modesta y se mudarán las hojas verdes para dar paso a las doradas. Extrañaremos al sol rubicundo que adoptará una postura más lejana, más serena y tal vez más elegante. Sin duda lo echaremos de menos pero sabemos, que al igual que las golondrinas, algún día volverá.
¿Qué hacer para no perderte?, le grito al mejor verano de mi vida. No sé, por más que intento apretar la mano, los granos de arena se escapan sin remedio. Si la duda es el método de respuesta, tendría que poner a andar el mecanismo de la convicción que se forjó a base de buenos hábitos, más allá de las resignaciones. Depresión posvacacional, bajón ante el marrón otoñal que se nos avecina no suenan nada apetecibles.
Prefiero pensar en la luna de octubre que añorar los calores tropicales, apostar a que esta vez el Premio Nobel a las letras se irá al Oriente. Comeré dulce de calabaza, aprovecharé el tono naranja de la temporada y sonreiré como las catrinas de Posadas. Vendrá el cordonazo de San Francisco y el pantone del café al dorado se detendrá en el Ocre. Brindaremos entre burbujas por el cumpleaños otoñal, no sin antes haber festejado a todos los santos y haber recordado a nuestros difuntos. Vendrá la Feria Internacional del Libro en Guadalajara y celebraremos a las plumas australes. Muy importante, veré una gaviota posarse en el descansabrazos de la silla presidencial mientras la banda cambia del tono azul al viejo rojo que tanto nos ha gustado.
Parece como si bajara la marea, en realidad es el otoño que llega. El océano se repliega para dejar pasar un cielo cuajado de estrellas, testigos omniscientes de lo que ha de suceder.

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