Mexicanos

A mí podrán decirme lo que quieran, que si todo esto es para darle pan y circo al pueblo, que la fiesta se la inventó Don Porfirio —qué buena puntada— que no hay nada que celebrar, que el presidente de la República, que el PRI, PAN, PRD y demás secuaces, que si somos patrioteros y vivamexiqueros y me podrán recriminar todo lo que se les antoje, a mí la ceremonia del 15 de septiembre me encanta. Siento que nos da identidad y no hay nada igual a escuchar que te interpelen así: Mexicanos.

Será porque yo soy mexicana hasta la médula, a mí no me interesa andar buscando orígenes extranjeros en mi sangre. Soy de esta tierra de colores fuertes y de sabores exquisitos. Pertenezco a este país en el que nos morimos de risa y pintamos una muerte divertida. Soy huipil y chapulines con queso, soy tamal amarillo y pozole verde, blanco y rojo, soy salsa molcajetrada, soy marimba y jarana. Me gusta usar guayabera y rebozo cuando se puede. Me como con tanto gusto un taco bien hecho lo mismo que un ceviche con limón y rajas de chile serrano.

Me emociona el mariachi y los acordes de José Alfredo. Me gusta el cielo que se confunde con el mar, las torres de cantera, los altares de hoja de oro, las pirámides y la eterna primavera que se vive en el corazón de la gente. Admiro a las bordadoras lo mismo a quienes saben echar una tortilla al comal o sacarle flores y frutos a la tierra o torcer hilos en un telar de cintura. Me reflejo en los colores de una trajinera  de Xochimilco. Soy guadalupana de hueso colorado y entiendo el sincretismo que se alberga dn la figura del Niño Pa.

Cada quince de septiembre se me pone la piel de gallina al oir el repicar de la campana de Dolores. Así que todos los que andan justificando sus orígenes en tierras extranjeras para sentirse superiores en esta tierra que Dios y María Santísima quisieron bendecir, pueden quejarse lo que quieran, pueden destestar al presidente —¿cuándo a habido uno que nos llene el ojo?—, pueden echarme encima todos los problemas que tiene esta Nación —que padezco todos los días—, en fin pueden decirme todas las verdades terribles que quieran y que me atromenta. Nada me quita el gusto, hoy al grito de Mexicanos yo digo con un corazón sincero: ¡Viva México! 


 

Andrea creció

Las madres tenemos la costumbre de sentir que el tiempo no pasa y al mismo tiempo quisiéramos atrapar los instantes en el hueco de la mano para poder detenerlo. A veces podemos, cierro los ojos y todavía puedo ver con nitidez a esa bebita hermosa que pusieron entre mis brazos, llorando con fuerza, y siento con idéntica intensidad la emoción cuando te acurrucaste y entendí el maravilloso privilegio de ser tu mamá. Cabías en el espacio del antebrazo. Te di un beso que quise que fuera eterno. De alguna forma lo es, el contacto sigue tan vivo como lo fue aquel día. Ni hablar, parece que aún puedo arrullarte y mecerte en mi regazo.

La maternidad ha sido la mejor bendición que Dios me ha dado. En esos instantes se forjó un vínculo tan poderoso de cariño y ternura tan único y precioso que creí ya no era posible querer con más fuerza. Me equivoqué. Cada día crece y seguirá creciendo. Pero conforme pasa el tiempo, hay más motivos. Ahora al amor lo acompaña el gran orgullo que me da decir que soy tu madre. El tiempo funciona en formas curiosas en las cabezas de las madres. Dije que me hubiera gustado ver por un hoyito cómo sería el futuro. Desde luego, la realidad supera en mucho la fantasías que pude hacerme en torno a ti. Ya no necesito imaginar nada, eres una mujer mayor de edad. Por increíble que parezca, ya pasaron dieciocho años.

En la elasticidad que los recuerdos le dan al tiempo, te veo con el vestido de Primera Comunión y frente a las cámaras de Televisión Española dando una entrevista,  te veo recibiendo el trofeo del campeonato de tenis del Club Asturiano y firmando copias de tu libro en Madrid, te veo con el uniforme del Kinder Hills y hablando en la presentacion de Por escrito. Claro que el pecho se llena de orgullo. También te escucho debatiendo conmigo y dejándome claro los conceptos en los que no estás de acuerdo, te escucho dando opiniones y fijando posturas con esa forma tan dulce y tan contundente y respetuosa que te da identidad.

Siento esas mañanas en las que llegas a dormir cinco minutitos, los últimos antes de empezar el día, o las noches cuando me pides que te arrope, o cuando todavía de noche, se que sigues estudiando o haciendo tareas. Siento la alegría de caminar a tu lado en las mañanas de Acapulco, de la tarde en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, de las callejoneadas en Guanajuato, del créme bruleë en chez eux, de la arena de la playa de Holbox. Siento tanto gusto al comprobar que podemos trabajar  juntas en proyectos en conjunto.

Me muero de risa al recordar la noche en Valladolid, de ima-iname con bigotes, de Vito echándose a nadar en la alberca, de vamos contra corriente, o al verlas a tu hermana y a ti hablando en esos códigos que nada más ustedes entienden. Haz llenado mi vida de alegrías maravillosas y mis momentos de los mejores motivos.

Haz crecido, Andrea. Haz ganado una estatura. Eres fuerte. Ya eres grande. Miro al cielo y digo, esta es la niña que le pedí a Dios. Soy esa mujer que se arrodilló frente a ti para pedirte a esta nena que hoy ya es una mujer. Te pido por ella, como lo hice entonces, como lo he hecho estos años, como lo hago hoy y lo haré siempre. Me escuchaste, señor. Me concediste la petición con la generosidad que te caracteriza, siempre dándome más. Andrea es la mejor prueba de ello.

Te pido para mi hija, que la bendigas siempre, que la tengas siempre rodeada de ángeles, custodiada por arcángeles, que los santos la cuiden y tu madre la tenga sostenida de la mano. Y tú, Dios vivo y único, guárdala en el corazón, muéstrale tu rostro y tu misericordia.  

Insisto, las madres tenemos ese anhelo de detener el tiempo en el hueco de la mano. ¡Qué bueno que no podemos!

Andrea, mi hija, creció. Ya es mayor de edad.

¡Feliz cumpleaños, mi niña! 

  
  

Motivos para festejar

Por ahí se alzaron voces que fueron elevando el volumen. Fueron como una especie de anticoro, como una respuesta fuera del escenario, sin identidad pero con potencia colectiva. Una masa informe que desde el anonimato exigía que los festejos de septiembre no se llevaran a cabo. 

Como buenos vendedores de espejos, quisieron encandilarnos con sus reflejos. Con sustentos aparente,ente serios pero cimentados en ceniza quisieron hacernos creer que verdaderamente ante el panorama nacional, los mexicanos no teníamos nada que festejar. Se equivocan.

Es verdad, el Presidente de la República tiene niveles de popularidad bajísimos, la primera dama es hermosa y antipática, la sospecha del el velo de la corrupción se tiende sobre la administración de Peña, la investigación sobre las casas del mandatario y del Secretario de Hacienda fue una bufonada, Ayotzinapa es un gran pendiente, la verdad histórica de la PGR es un insulto, lo del Chapo es una burla y los penales de alta seguridad, un centro de recreo. Todo eso es cierto.

Además, dicen con un rumor lastimero que el precio del petróleo bajó, el peso se devualuó, que la impunidad va a la alza, que nos mataron a algunos en Egipto, que no hay a quien irle, que las Chivas están a punto de descender a la segunda división y que Trump los tiene hasta el gorro. A mí también. 

Sin embargo, la mexicanidad trasciende coynuturas políticas y momentos históricos. Este anticoro se confunde, no sabe, no entiende lo que es ser mexicano. Nosotros somos así, alegres. Buscamos cualquier motivo para morirnos de risa y si no lo tenemos, lo inventamos. En medio de las grandes tragedias, nos brotan los chistes, las bromas y cambiamos las lágrimas por las carcajadas. 

El tequila, los chiles en nogada, los tacos dorados, el pozole, la salsa mexicana, los chapulines, los molletes, el pan de dulce, el birote, las jericayas, el arroz con leche, el mariachi, el Huapango de Moncayo, la marimba, el rebozo, el sombrero de charro, Diego Rivera, Ángel Zárraga, Remedios Varo, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, La Malinche, Hernán Cortés, Josefa Ortíz de Dominguez, Allende, Aldama, Iturbide, Hidalgo, son los héroes que nos dieron patria y nos forjan identidad. Todo este conjunto abigarrado de colores, texturas, sabores y sones son más fuertes que un rumor grisáceo sin forma. 

Estos signos que corren en la sangre y se adhieren a la piel son mas grandes que la corte presidencial de cualquier tiempo. Son nuestors más allá de situaciones económicas y condiciones internacionales. 

El anticoro aumenta el volumen y ruge con rabia. No hay que hacerle el caldo gordo al presidente, que. O haya ceremonia del grito, esa fiesta fue un invento de Porfirio Díaz para fetejar su cumpleaños. ¡Bendita ocurrencia! Nos dio pretexto para elevar la cara y gritar con enorme orgullo el gusto por se mexicano.

Porque así como las Barrancas del Cobre, el Caribe Mexicano, las Pirámides de Teotihuacan, La Bahía de Santa Lucía, el Mar de Cortés, Chichenitza, los Voladores de Papantla, El Zócalo capitalino se van a quedar aquí después de esta administración y nos van a quedar mas tiempo que todos los que estamos aquí, así, con el mayor entusiasmo y sólo por eso, con el mejor de los motivos, les dedico una gran trompetilla, les asusto con un espanta suegras, les rompo un cascaron colorido relleno de confeti en ese lomo amargado y grito llena de contento ¡Qué viva México!

El amor por México es motivo suficiente para festejar. No debemos confundirnos.

  

  

Deportistas, estudiantes y encapuchados

Por andar preocupados por el acontecer nacional no les hemos hecho mucho caso a los jóvenes que sí hacen bien las cosas. En el medallero de los Juegos Centroamericanos y del Caribe nuestros chicos van adelante, cosechando preseas, haciendo las cosas como deben ser.
Ellos, que sí tienen nombre y apellido, que dan la cara a México y al mundo, son un orgullo y un ejemplo para los demás. Sonríen orgullosos y elevan los brazos como símbolo de victoria. Reciben el premio al esfuerzo, a la dedicación y a la disciplina. Es decir, a la dieta rigurosa, a las horas de entrenamiento, a los espacios para el sueño, al cuidado del cuerpo y a la renuncia a la fiesta, al reventón. En fin, el amor a un sueño.
Tampoco les hacemos caso a los estudiantes que quieren estudiar, que anhelan tener un título para ejercer una profesión en forma digna. A los que al hacer un examen ponen su nombre y tienen una credencial con fotografía que nos identifica plenamente. A ellos que tarde o temprano tendrán una cédula profesional fruto del esfuerzo, la dedicación y la disciplina. A los que se sometieron al rigor del estudio, entregaron trabajos, hicieron tareas, investigaron y presentaron pruebas.
Deportistas y estudiantes ponen su nombre en alto porque llevan a cabo actividades que enorgullecen a su patria, a su familia y a ellos mismos.
Los encapuchados se cubren el rostro y amparan sus sueños en el anonimato. Nadie sabe sus nombres ni conoce sus caras. Sus grandes anhelos se tapan con un paliacate o un pasamontañas, ¿por? Tal vez no quieren ser recordados como los que quemaron la Puerta Mariana ni les querrán contar a sus nietos que fueron ellos los que incendiaron una estación de Metrobús o presumir que en su juventud sus proezas fueron pintar bardas y romper vidrios.
Dar la cara es importante, habla de quienes somos en forma integral y directa.
Cuando firmo un acta de calificaciones, pongo mi nombre y apellidos como aval de que soy consciente y responsable de quién obtuvo un grado aprobatorio y quién no. Me da orgullo ver mi nombre inscrito al lado del de mis alumnos y siento satisfacción con lo que hago. No necesito encapucharme para hacer mi labor. No quiero.
¿Por qué no nos muestran sus rostros, si en verdad creen estar haciendo lo correcto? Para dar la cara hacen falta dos cosas, valor y honestidad. Esa que gana preseas y obtienen títulos. Esas que hoy elevan miradas felices al cielo y tienen una medalla en la mano.
A ellos son a los que debemos volver la mirada y otorgar nuestro reconocimiento. A los otros, no. A ellos el olvido, el repudio y la vergüenza.

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Verte caminar

Así cómo hay flores que embellecen con su fragancia al apenas germinar y alegran por la hermosura de sus botones, así como el sembrador se sorprende al ver la maravilla que brotó de la humildad de su semilla y mira al cielo agradecido por lo que reconoce como uno de los dones más grandes de su vida, así fue hace dieciséis años cuando te tuve entre mis brazos por primera vez y te llené de besos apenas unos instantes después de que llegaras al mundo.
Naciste buena, hijita linda. Recostada en tu canasto eras la imagen viva del orgullo de tus padres, la felicidad encarnada. ¿Quién me puede afirmar que ya pasaron dieciséis años si todavía puedo sentir el calor de tu piel tan nueva? Los pellizcos que los ángeles te dieron como señal, hoy son un par de hoyuelos que te adornan las mejillas y esos piececitos cuadrados que a mi me encantaba morder como sí fueran un par de quesadillas, hoy calzan zapatos más grandes que los míos. Esas manitas que se enroscaban en mi índice hoy son capaces de arrebatarle a los colores las figuras más sorprendentes y de crear mundos maravillosos cimentados en palabras.
Mi máximo orgullo es creer que te pareces a mí y la alegría que me invade el corazón es saberme cómplice de tus aventuras y ser parte de muchas de ellas. Compartimos gustos y me lleno de satisfacción al reconocer que sabes hacer muchas cosas mejor que yo. En Madrid y en Oaxaca hay testimonios que avalan lo que digo. No son sólo las palabras de una madre, sin embargo, es tu madre la que escribe.
¿Qué hay mejor que jugar tenis contigo y con tu hermana? ¿Qué se puede comparar a verte manejar un Vocho sin temor alguno?
Verte caminar, mi niña, ha sido mi privilegio. Desde los primeros pasos tambaleantes en los que te aferrabas a mis manos y no te querías soltar, hasta los de hoy por la mañana en que corres sin mirar atrás. ¿En qué momento aprendiste a bajar los escalones de dos en dos? Verte avanzar ha sido mi satisfacción.
En infinidad de ocasiones he escuchado que el tiempo se pasa volando. La mejor manera de verificarlo es verte. Quisiera detener el tiempo, atrapar las manecillas del reloj como sí fueran las alas de una mariposa, darle una vuelta inversa a la tuerca del segundero para acunarte y arroparte como cuando eras pequeñita. Pero no hay necesidad, cada noche te acercas a pedir que te cobije y sigues pidiendo el beso de las buenas noches. A veces creo que el olor de bebé sigue enredado entre los hilos de tus cabellos. En el sueño de la felicidad nunca imaginé que la realidad pudiera ser tan hermosa.
Vive, hijita buena, con la convicción de mi amor a toda prueba, con la certeza de que los brazos de tu madre están siempre listos para recibirte, mis manos para ayudarte y mis aplausos para impulsarte. Te vestí con el ropón el día de tu bautismo, te puse el vestido de Primera Comunión, te ayudaré a arreglarte el día de tu Boda. Juntas aprendimos los cantos y juegos de la estimulación temprana, se me partió el corazón cuando te despediste de mi y de tu padre para entrar feliz el primer día del Jardín de Niños, te echamos porras hasta verte alzar la copa de campeona de tenis, casi se me para el corazón al ver tu imagen en Televisión Española después de la presentación de La herencia del Frío, y le digo a todo el mundo que mi hija escribe una columna semanal en el periódico. Colgaré tu título en un lugar privilegiado de la casa. Los sueños se achican y tu los rebasas con creces. Es cierto, sólo tienes dieciséis. Es cierto, ya tienes dieciséis.
Verte caminar, a veces me da vértigo, a veces me da miedo. Pero vuelves la mirada y sonríes como sólo tú sabes hacerlo. Y entonces, como hoy, como siempre, me queda la certeza de que al verte avanzar nada más cabe el orgullo que brota del corazón de una madre.
Que Dios te bendiga y siga derramando su luz sobre ti, que te guarde en el hueco de su mano y te prodigue sus bendiciones, que te rodee de amor y te llene de esperanza. Que te regale vida buena y que la fe sea tu mejor soporte. Que el Dios Padre, Hijo y Espíritu, vivo y único te bendiga, hoy y siempre.
Feliz cumpleaños, Andrea.

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Danny

Hoy, hace trece años, te recibí. Entre las prisas y el susto de un nacimiento adelantado, la angustia de no haber llegado a término, y las voces de los médicos y de tu padre que me aseguraban que todo ha a salir bien, por fin te tuve entre los brazos y supe que las estrellas sí bajan del cielo.
Llegaste al mundo con los ojos abiertos, como premonición, como signo claro de identidad. Entraste a la vida para completar mi corazón y para hacerme entender que el amor eterno existe y se forma en un segundo, en ese instante en que tu mano apretó la mía. Tan pequeñita, tan fuerte, tan valiente, sólo necesitaste doce horas en la incubadora y estuviste lista para darle batalla al mundo.
Tu sola sonrisa fue la mejor provocación para llenarte de besos y lo sigue siendo. Tus lagrimas me llevan a extender los brazos para acunarte y tenerte ahí guardada hasta que pase tu tormenta. Tu risa provoca la mía y con tus ideas germina mi orgullo.
En ocasiones, caigo en la tentación de ver mi reflejo en ti, pero de inmediato encuentro que en la autonomía de tu personalidad apenas se dibujan ciertos trazos de lo mejor que Dios extrajo de mi para ponerlo en ti.
Me inclino agradecida ante Dios por haberme elegido para ser tu madre, y le pido con humildad que me ayude a estar a la altura del reto que me confirió. Que te conduzca por el buen camino, que me regale dulzura para corregirte y firmeza para defenderte. Que me acompañe para potenciar lo mejor de ti. Que me de la vitalidad para correr a tu lado y la inteligencia para sembrar las mejores herramientas para que seas feliz.
Tan feliz como cada vez que te veo sonreír, como cuando me abrazas o me tomas de la mano. Como cuando te escucho tocar la flauta o me ganas en el tenis. Como lo fui la primera vez que te vi, como lo soy al ver que eres cada día más hermosa.

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Pixar y el Día de los Muertos

Los mexicanos tenemos tradiciones milenarias que nos han acompañado por siglos, que hemos heredado de nuestros antepasados indígenas y del sincretismo con la fe que nos fue legada en los años del virreinato. La cultura mexicana es colorida, rica, simpática y en ocasiones irreverente. Eso le da la característica de hechizante. Si en el mundo la muerte es cosa seria, en México jugamos en ella, la vestimos de catrina, la hacemos de papel maché, la pintamos en todos los tonos, la recortamos en papel picado, la imprimimos en estandartes, nos la comemos en forma de calavera de chocolate, de azúcar o de pan de muerto.
El Día de Muertos lo escribimos con mayúscula porque es importante para nosotros. En la tierra donde la vida no vale nada, como cantara José Alfredo Jiménez, la muerte tiene un asiento especial, un lugar de honor en el imaginario colectivo. Es más, los mexicanos hemos luchado por preservar la tradición de muertos sobre la fiesta de Halloween, que las calaquitas le ganen espacio a las brujas que cada día son más populares en México, sobre todo en el de las zonas urbanas; porque en los pueblos y en las zonas rurales la costumbre de honrar a los difuntos está enraizada profundamente. El camposanto, la blanqueada de lápidas, la comida para el muertito, los rezos, los altares y la velación del dos de noviembre, son rituales propios de la nación mexicana.
Pues resulta de que Disney Pixar quiere registrar El Día de Muertos como propio, los ejecutivos de esta compañía buscan adueñarse de la tradición. Buscan tener el registro para así ser los dueños de la marca y explotar los derechos de productos como comida, dulces, programas de computo, artículos deportivos, y varias cosas más. Su intención es hacer un filme que lleve como tema la tradición mexicana.
Buena suerte, ja. Ya me quiero imaginar a todos los vendedores de calaveritas, de pan, de papel picado de todos los mercados mexicanos pagándole regalías a Mickey Mouse. Ya me imagino a todas las señoras agregándole el símbolo de Disney a los tamales, atoles, y lápidas a lo largo del territorio nacional. En una de esas hasta Guadalupe Posadas desde ultratumba se tiene que poner con su cuerno y pagarle a Hollywood por sus huesudas. Igual que a La Catrina, me gana la risa.
Haciendo un reencuadre, tal vez, el hecho de que se haga una película del tema provoque que el mundo entero conozca y valore la tradición. Es posible que un film hollywoodesco nos ayude a difundir la visión de la muerte desde lo mexicano. Eso, sin duda, es bueno. Pero de ahí a registrar los derechos del Día de Muertos hay un gran tramo, hay un límite que no esta bien que se traspase. Lo nuestro es nuestro y de nadie más.
No me parece bien que una compañía registre lo que no es de ellos. El registro se hace para proteger los derechos que alguien tiene de una idea creativa que salió de su mente. Entonces esa creación se protege para evitar el mal uso, la reproducción sin permiso, la explotación por alguien a quien no se le ocurrió, y todo eso. ¿En qué momento esta tradición que heredamos de nuestras culturas indígenas salió de una mente creativa de Pixar? ¿Cómo pueden reclamar como propio algo que evidentemente no es de ellos? En todo caso sería al revés. Pixar debería consultar y pedir permiso. No se trata de ser chovinistas a ultranza, se trata de ser razonables.
¿O qué, ahora tendremos que poner las orejas del ratón en nuestros altares de muerto?

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Patria, patria…

A mí me gustan las celebraciones y las fiestas de Septiembre. Nada me quita la ilusión de dar el grito de Independencia, ni siquiera la evidencia de que esta ceremonia se haya instituido para celebrar el cumpleaños del General Díaz. ¡Gracias Don Porfirio! Sin duda para mi el grito de ¡Viva México! Me llena de alegría y orgullo patrio. La arenga despierta en mí el valor de Hidalgo, la visión de Morelos, el arrojo de la Corregidora, la estrategia de Iturbide, el amor de Mina, el honor de todos los héroes que nos dieron Patria y libertad.
Siempre ha sido así, desde niña esta ha sido una de mis fiestas favoritas. Lo mismo en el pueblo de mis padres que desde palacio nacional, con mayor razón cuando me ha tocado estar fuera de México. La comida, los colores, los castillos de luces, los toritos y cuetones, la botana charra, los cascarones rellenos de confeti, pero sobretodo la música del mariachi y en especial la de la banda de guerra cuando interpreta el Himno Nacional.
El amor a la patria es una seña de identidad. La nacionalidad nos da pistas de quienes somos, nos deja huellas imborrables de personalidad. El orgullo por la tierra primigenia en épocas de brillo y esplendor es fácil, sin embargo, el cariño se prueba en las épocas difíciles, únicamente los que se han forjado con ese temple de acero, del que habla González Bocanegra, son capaces de expresar ese pundonor que hace falta para defender ante propios y extraños esa dignidad de lo que significa ser mexicanos.
Desde pequeños, al entonar el Himno Nacional, nos asumimos hijos de la Patria que juramos: “exhalar en tus aras su aliento,
si el clarín con su bélico acento
nos convoca a lidiar con valor.”
Los mexicanos debemos ser hijos valientes de la Patria para defenderla en estas épocas en que parece fácil arrebatarnos la paz, quitarnos el impulso de salir a trabajar, robarnos la necesidad de ser productivos, secuestrarnos la iniciativa de invertir. En estos tiempos en que cada uno de nosotros tenemos que luchar como en campo de batalla para proteger lo que honestamente hemos generado, los mexicanos debemos de mostrar arrojo. No debemos olvidar lo que cantábamos desde pequeños:
“antes, patria, que inermes tus hijos
bajo el yugo su cuello dobleguen,
tus campiñas con sangre se rieguen,
sobre sangre se estampe su pie.
Y tus templos, palacios y torres
se derrumben con hórrido estruendo,
y sus ruinas existan diciendo:
de mil héroes la patria aquí fue”
Ese es el estilo de hijos que necesita esta Patria para salir adelante, ese es el tipo de gente que México merece. Únicamente esos son los que con orgullo podremos llamarnos mexicanos.
Sí, a mí me gustan las fiestas de Septiembre. Son un recuerdo de mis juramentos, de gloria y honor.

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