El grito de la afición mexicana

Este lunes pasado, la Federación Mexicana de Futbol recibió una carta de amonestación en la que la FIFA presenta un reclamo formal contra el grito que la afición mexicana da a los porteros rivales cada que se hace un despeje. Dicen que el rugido de de la fanaticada es discriminatorio y tiene tintes homofóbicos. Además tal parece que hasta damos mal ejemplo, la porra brasileña le gritaba las mismas voces a Guillermo Ochoa, el portero mexicano. Asumo que según la FIFA somos una mala influencia.
Varios comentaristas, de esos que viajan cada cuatro años a las Copas del Mundo y que en teoría han crecido y desarrollado su carrera profesional en torno al futbol, se rasgan las vestiduras, se echan ceniza en la cabeza, vuelven los ojos al cielo y arman un circo —sin animales— para darle la razón a la FIFA. Resulta que estos personajes se avergüenzan de las expresiones de pasión y se les cae la cara a pedazos cada que escuchan el grito apasionado.
Yo me pregunto, ¿en qué momento se les obnubiló la razón? ¿Qué, no se dan cuenta de que están en un estadio de futbol y no en una sala de conciertos, comentando una pieza de ballet? Se confunden y a mí me gana la risa.
El futbol no es golf, ni tenis. Es un deporte que genera pasiones, desata frustraciones y libera alegrías. No se trata de las carreras de caballos de Royal Aston, ni la gente asiste al espectáculo luciendo glamorosos sombreros, corbata de moño, fajín y zapatos de charol. ¡Por favor! Ahora resulta que Blatter, José Ramón Fernandez, David Faitelson et al tienen la piel tan delgada que les causa urticaria la picardía mexicana. A mí me hacen gracia. Una persona que le tiene miedo a las palabras, demuestra la dimensión de su criterio.
Como dijera Alfonso Reyes, la palabra justa es difícil de encontrar. El contexto importa, viste al vocablo y le da dimensión. Si se busca en el diccionario la palabra puto se define como una expresión vulgar de quien ejerce la prostitución, algo molesto, despreciable o difícil. En México así se les llama a los homosexuales de sexo masculino.
Pero la palabra sola no significa nada, debe de ir acompañada de entonación, pronunciación, acentuación para tomar magnitud sintáctica. Me parece que el grito de la afición tiene más que ver con una travesura festiva, con un descargo de emoción que con un insulto. No es lo mismo escuchar a a la mitad de un estadio gritar ¡Puto! Y morirse de risa que ver como la gente le avienta plátanos a Samuel Eto. No es igual que lo que sucede con las barras que agreden en forma salvaje a las autoridades responsables de preservar el orden. Hay que contextualizar antes de clamar por ayuda al cielo.
En varios noticieros cuestionaron a Héctor González Iñarritu, Director de Selecciones Nacionales, sobre las medidas que se tomarían con la afición. Algunos de estos comentaristas tan puros, castos y correctos, le sugirieron empezar una campaña encabezada por Guillermo Ochoa para pedirle a los fanáticos que no griten y que guarden silencio. ¿Preferirán que los aficionados canten loas en latín? ¿Será bueno regalarles ejemplares con mantras que inducen la meditación? Héctor González casi se desborda a carcajadas, pero guardó la compostura y la gallardía para hacer brillar su lucidez.
Comentó que el entusiasmo en los estadios lleva a expresar apoyo a los equipos con porras con gritos y con diversas expresiones que son pícaras y no ofensivas. Son manifestaciones juguetonas que tienen como intención presionar al rival.
Sucede en el basketball cuando va a haber un tiro y la porra agita tubos de unicel para distraer a los jugadores contrarios, en el beisbol cuando el organista del estadio estimula a la porra para que grite, en el football americano cuando el público se mueve para confundir al pateador.
Además, vamos a ver si nos entendemos. México tiene una de las mejores aficiones del mundo. El dato lo tomo de la encuesta publicada por la propia FIFA en el año 2010. Es una porra que acompaña a su equipo a pesar de los resultados de lágrima que han dado los jugadores en forma sistemática e histórica. El amor y la fidelidad por la Selección Mexicana lleva a muchos a ahorrar toda la vida para apoyar al equipo nacional. Para varios ese es su primer viaje al extranjero y seguramente será el último.
Los aficionados mexicanos viajan y generan una derrama económica importante para las ciudades en las que juega México. Gastan en hospedaje, comida, fiesta, recuerdos, entradas a los estadios. Por eso el equipo mexicano es una garantía de gradas llenas y boletos agotados.
En serio, Monsieur Blatter, ¿va a amonestar a la afición que más aporta recursos a los mundiales? En serio, ¿nos vamos a solidarizar con este reverendo sinsentido?
Tengo amigos homosexuales que gritan lo mismo que los demás cuando el portero despeja. Una encuesta de ESPN revela que el grito tiene como propósito jugar, que la selección sienta apoyo y los rivales sientan presión. No hay intenciones ofensivas. Se trata de participar y estimular al equipo. Me parece rídicula y exagerada esta amonestación. ¿O no?

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Lo siento mucho

Cuando uno ofende a alguien hay que ofrecer disculpas. Eso es lo que hoy, en forma sentida, estoy haciendo. Ayer escribí una frase desafortunada que recorrió el camino y se transformó en ofensiva.
En un afán que terminó siendo despectivo, me referí a los maestros que tienen bloqueadas las instalaciones de San Lázaro, y hoy las del Centro Bancomer, de esta forma:
“No nada más porque en vez de parecer un gremio de maestros parecen de apaches…”
Mi amigo Danilo me hizo esta observación:
Aquellos que somos de origen indígena, mi padre era Ben-Saab (zapoteco dicen los blancos),
sentimos profundamente que cuando alguien quiere describir una turbamulta nos toma como
ejemplo de desorden y salvajismo.
Es momento de superar esos abusos de lenguaje; muchos de ellos aprendidos desde la más temprana infancia en el marco de una sociedad hipócrita y racista; y que muchos no han aprendido a evitar y utilizan sin pensarlo mucho.
Los Apache hicieron lo que tuvieron que hacer frente a la agresión que en su tierra, población, y cultura recibieron por parte primero de los españoles, después de mexicanos y de estadounidenses. Tuvieron que escoger entre la esclavitud y la muerte. En el marco de lo que ahora llamamos una guerrilla devolvían los golpes que recibían siempre que podían. La guerra fue desesperada, extremadamente cruel y sangrienta…para los Apache era un desesperado intento de preservar su vida…para sus adversarios era una guerra de rapiña y despojo…una guerra de exterminio. Nadie resultó vencedor; en tal tipo de contienda nadie puede ganar…solamente pueden sufrir los desmanes del “enemigo” acumulando odio y encono.
Si defender la vida de la familia, y la propia, tu cultura, costumbres, religión, y estilo de vida ante la agresión de un extranjero es un acto de salvajismo…entonces tendré que conceder que los indígenas somos un “gremio de apaches”.

Tienes razón Danilo, mi referencia fue un abuso de lenguaje. No hay más que decir, sólo ofrecer un millón de disculpas. Lo siento mucho.

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