Proteger la vida

Después de los atentados de Dayton, Ohio y de El Paso, Texas, con el regusto amargo y la tristeza de ver la capacidad de odio que tienen esos jóvenes es preciso reflexionar. Como si el mundo estuviera puesto al revés, vemos que los antivalores se ponen de moda y el odio germina como hierba salvaje en el corazón de muchos humanos.

Hemos condenado a Caín como el hermano malvado y elevamos la quijada de burro a cualquier semejante que ni vea la vida como yo ni comparta mi punto de vista. Por quítame estas pajas, una bala acaba con una vida. Mientras el mundo lloraba la muerte de inocentes en atentados absurdos, en Guanajuato y Michoacán se rebasaba la cifra de muertos.

Con una frialdad cercana a la frivolidad, un hombre seguía atendiendo su puesto y vendiendo sus cosas mientras pendían sobre él una serie de cadáveres. No hubo ni empatía ni miedo ni consciencia ni nada, mejor mirar cortito y voltear a otro lado sin meterme en lo que no me importa.

En este momento, algún semejante está muriendo ahogado tratando de cruzar una frontera que lo lleve a una mejor vida; una mujer está siendo asesinada porque se puede, un bebé sin nacer pierde la oportunidad de vivir, una persona recibe una bala y ni se entera porqué.

Es momento de proteger la vida y dejarnos de babosadas.

¡Gracias por no tener miedo! (#TodosSomosBarcelona)

En Barcelona se prepearan para hacer frente a sus palabras. Después de los atentados en Las Ramblas se pidio No tinc por, es decir, se convocó a no tener miedo. Lo hicieron lema para decirle al terror que no contaran con su angustia. Pero, una cosa es decir y otra hacer. Poner una banderita con palabras en el balcón de la casa y encerrarse a temblar, no sirven de mucho. La valentía busca brillar y en una manifestación sin precedente, habrá una protesta masiva en contra de la violencia y el terrorismo.

Saldrán por la tarde de los Jardines de Gracia y acabarán en la Plaza Cataluña. La alcaldesa, Ada Colau marchará junto a una escuadra por demás variada, integradora, podríamos decir. Protegidos por la Guardia Urbana, junto a Colau, caminarán el mismísimo presidente de España,Mariano Rajoy, el presidente de la Genreralitat, Carles Puigdemont y su majestad Felipe VI, Rey de España, que será el primer monarca en unirse a los plebeyos en una manifestación. 

¡Gracias por no tener miedo!, dice el lema de campaña y hacen referencia a los momentos sobrecogedores que se vivieron por los atentados de Las Ramblas. Se busca rendir un homenaje a los caídos y a quienes pusieron manos y recursos para ayudar. Se busca agradecer al solidario, al comprometido y al valiente que se puso al servicio de los ciudadanos. Tambien, se quiere dar la cara a todos los que a base de desprecio causan la muerte y se llevan la vida gritando consignas de separación.

Hoy, dicen los diarios locales, Cataluña quiere dar ejemplo. Espero que se hagan cargo de sus palabras. No tener miedo es una forma de parar el odio. Otra es detener las muestras de desprecio. En Cataluña ha habido pintas de abominación. Entre los radicales, todo lo que no es catalán, no gusta. Una forma de dejar de tener miedo y de parar el carro del terror es cuidar lo que se dice y ser congruentes con las acciones. Hay que guardar el rencor en un cajón. No sé si las razones políticas y el anhelo de separación valgan tanto como para transformar a un pueblo en aquello que se critica. 

Para volver a la normalidad, a la vida tranquila es parar las muestras de radicalización que conducen al desprecio. Pararlas de tajo. Para poner en una mesa de negociación las ideas con claridad, no se necesita ser grosero, ni perulante, ni odioso, ni agresivo. Se necesita ser lucido y para ello se requieren dos cosas: honestidad y conocimientos. Si eso es lo que veremos hoy en Barcelona, entonces y sólo así, podremos decir ¡gracias por no tener miedo! Tendremos los ojos puestos ahí. Sí, con solidaridad por el dolor y con una búsqueda genuina de poner fin al horror.

Una lección alemana

De los alemanes hemos aprendido muchas cosas: austeridad, orden, disciplina, hacer cerveza y la dureza de la claridad de ideas. Un alemán no hace concesiones, no traspasa límites ni por un milímetro, no olvida. Si caminas por Berlín, sientes la vergüenza de lo que se hizo mal. No se apapachan, son duros y afrontan la cicatriz del daño inflinfido con firmeza, no les tiembla la mano para levantar el dedo y juzgarse a sí mismos.

Al recorrer las calles de Berlín, al visitar sus monumentos memoriales, el museo del Holocausto no queda duda, los alemanes se hacen cargo y la severidad de su juicio no deja una rendija para que la duda se infiltre. Por si acaso, en Alemania los dichos se acompañan   con hechos: la ley prohibe hacer el saludo que se hacía para reverenciar al Fürher. Así, nadie se confunde. El símbolo nazi es una vergüenza y el que se atreva a usarlo, ya sabe las consecuencias.

En esa condición, no imagino a Angela Merkel ni a ningún ciudadano albergando dudas sobre el juicio de la historia. Seguramente, la Alemania nazi tuvo algunas cosas buenas, dentro de su maldad, alguse podrá rescatar. Así es la naturaleza humana. Pero, a los alemanes no les interesa. La cilesa fue de tal magnitud que opaca lo demás. Esa claridad es admirable. Una mancha en un mandil blanco lo hace ver suicio, está demás intentar ver los rastros de limoieza en algo que se ensució.

La lección alemana debería permear a rodos los pueblos. Especialmente, aquellos que desde su posición de vencedores, condenaron aquellos procederes y declararon la guerra a un símbolo con el que no se identificaron. El exterminio de aquellos años se hizo sobre la justificación del desprecio. Si los alemanes no toleran la mención de la iniquidad, ¿por qué esos países vencedores hoy imitan lo que ayer despreciaban? Seguro, olvidaron. Sólo los locos olvidan, valdría la pena aprender la lección de los alemanes.

La estupidez humana

Empezamos a mirarnos con recelo, encojemos la boca y apretamos los puños. Vemos la paja en el ojo ajeno, demonizamos al otro porque es diferente, porque no piensa como yo, le echamos la culpa a Dios y usamos su nombre para abanderar la muerte. Matamos a Dios, decimos que no creemos porque nos creemos suficientes. Afirmamos que la eternidad y empieza en mí, en mi ego hinchado. Nos ensimismamos en nosotros mismos. Nos apartamos de los ritos porque nos aburren, no nos aportan nada y nos mesamos la cabellera al ver imágenes de muertos regados en el suelo sin que nadie pueda cubrirlos con algo de dignidad en el despojo de la vida.

Gritamos contra la globalización y reaccionamos con cólera. Saltamos presos de ira y rayamos las paredes con consignas de odio. Escupimos al cielo al que hace rato dejamos de respetar. Pateamos al viejo, vejamos al desempleado, nos burlamos del iletrado, criticamos al vecino de al lado, rompemos los cristales de esa casa en la que vive una puta que es madre soltera, incendiamos la puerta de la habitación de dos hombres que se aman, nos subimos al pedestal  y decimos que somos los poseedores de la verdad. Lloramos la amargura de la soledad.

Nos perdemos en la profundidad de una pantalla. Ignoramos el llanto de un niño. Entretenemos a los pequeños con un aparato. Olvidamos la fuerza de un abrazo. Dejamos de hablar. Ya no nos miramos a los ojos. Vemos el paisaje colectivo como una gelatina amorfa y nos da lo mismo la desigualdad, la enfermedad, la miseria. Los excluídos nos provocan una emoción científica si es que llaman la atención. Los metemos en una caja de petri, los tocamos con guantes quirúrgicos y usamos tapabocas para evitar la contaminación. Que no se salgan de ahí. Que ahí se queden. 

En el grito y la estridencia, nos unimos para llevar al Rey de los Bobos a representer destinos. Anulamos la voz de la consciencia y seguimos al bufón para que nos mate de risa. Y, luego, se nos salen las lágrimas, decimos que la vida no vale nada, que no tiene sentido, nos llenamos la boca de pastillas. Dejamos de entender el lenguaje de la interdependencia, de la hermandad, de la buena voluntad. Nos creemos súperpoderosos. Y, con los ojos inyectados  nos miramos al espejo y ya ni a ese podemos reconocer.

Los riesgos de la radicalización 

El mundo se estremece. En esta semana, la tensión brincó de Charlottesville a Barcelona. Apenas estábamos solidarizándonos con las víctimas de Las Ramblas cuando otro flash informativo nos volvía a quitar la calma: ahora era Cambrils. Los muertos y los heridos ni la deben ni la temen y les cubió la sombra del fanatismo atroz. Hoy, en el silencio del luto, la gente llora y Cataluña grita: No tinc por: No tengo miedo. Es valeroso salir a poner la cara frente al terror, pero la verdad es que nadie en su sano juicio puede decir que la vida sigue igual que siempre. El temor se aloja en el cuerpo al pensar quién será el siguiente.

Wikileaks advirtió sobre el proceso de radicalización en Barcelona. Es triste, pero la sociedad dividida se vuelve vulnerable. Romper el tejido social no es buena idea. Jugar a encender chispas pone en riesgo a la población. Frente a la tragedia, el análisis es necesario. Es indignante pero real: la unidad se ha roto por objetivos mezquinos: las aspiraciones políticas han agitado el avispero y han azuzado el odio en forma irresponsable. ¿Vale la pena esa división?

Entiendo que no es lo mismo ver el toro desde la barrera, pero esta fractura entre Cataluña y España siempre me ha resultado difícil de comprender. Entiendo las rivalidades porque se dan en todos lados. En México, en los años ochentas empezó una campaña en las ciudades de Guadalajara y Monterrey que decía: Haz patria y mata a un chilango. Chilango en aquellos años era la forma despectiva de dirigirse a los oriundos de la Ciudad de México. Los tonos iban escalando, las estridencias iban subiendo de intensidad y hubo un niño muerto. Todo empezó como un chiste, como algo gracioso. Un asesinato no da risa. Borraron las pintas y se acabó de tajo esa babosada. La sociedad se hizo cargo.

La división profunda que causó la campaña de Trump tiene costos y ya están empezando a pagar el precio. Las fobias y los odios que antes estaban guardadas en el closet, se exhiben en forma vulgar y tienen consecuencias. En Barcelona las pintas de odio se podían leer en todos lados. Desde el odio a los turistas hasta el desprecio a cualquiera que no hable catalán hay un arco de radicalización que termina sacando lágrimas. Es necesario conseguir serenidad y parar. 

El fundamentalismo es como la humedad en las paredes, se instila sin que nos demos cuenta y va dañando la estructura. De pronto, el paisaje urbano se mancha con desprecio y enseguida, el lenguaje ya se ensució con arrogancia y terminamos con ultrajes y vilipendios. Nos volvemos hijos de la soberbia y, llena la boca y la actitud de esa supremacía que me da ser quien soy, termino llorando una desgracia.

Los riesgos de la radicalización es que nos quedamos expuestos a la violencia. La petición del señor Hayer, padre de la víctima de Charlottesville, es lo conduscente: es urgente parar el odio. Decir que no tenemos miedo es una manera de continuar el camino, pero hay que recomponer la dirección. Si no, el hueco que forma la división entre la población seguirá siendo un riesgo y una oportunidad para que el mal penetre.

La petición de la Guardia Civil en Barcelona 

Otro golpe de terror. Barcelona cae víctima de la intolerancia, del odio y de la crueldad. El desprecio vuelve a protagonizar la narrativa de las lágrimas. La noticia recorrió los kilómetros y me llegó en forma de imagen al celular. No supe ni lo que estaba abriendo cuando ya enfrentaba el horror. La agencia noticiosa que daba a conocer los hechos en Las Ramblas subió un video de alguien que iba caminando, filmando a personas en el suelo, unas inmóviles y otras lastimadas junto a un charco de sangre. Ahora le tocó a Barcelona, trece muertos y más de cien heridos. Los sucesos tenían algunos minutos de haber tenido lugar.

En instantes, antes que nada, la primera reacción fue tocar base con la gente querida que vive en Barcelona. En seguida, la reflexión. Las imágenes eran brutales. Las redes sociales se poblaron de fotografías dramáticas. Las personas que vi, estaban en el suelo, victimizadas, dolientes, sin defensa. La pregunta gira en torno a lo que se debe hacer: mostrar e informar o abstenerse y respetar. Si difundir esas fotos es señalar y exhibir lo que es el terrorismo o si es dar escenario y servir de propaganda. 

La respuesta es de cada consciencia. La Guardia Civil pide que no se suban fotos a la red. Entiendo lo que dicen quienes se acogen a la libertad de expresión. Pero, pienso en ese ojo y en esa lente. En la necesidad de enseñar. En el temblor de las manos y en los esfínteres flojos, en las lágrimas y en las ideas que se agolpan sin encontrar coherencia. Sólo así se entiende que alguien pueda ir dando pasos, saltando heridos y muertos sin soltar el aparato y poner las manos libres a disposición de ayudar. 

El aturdimiento inmediato a la tragedia obnubila la sensatez. No se puede pedir prudencia a los que se escaparon por un suspiro de la casualidad de la tragedia. Pero, en la serenidad que llega en los minutos posteriores, se escucha la petición de la Guardia Civil. Por favor, no difundas las imágenes. El dolor es de todos.

Llevan razón. La necesidad de informar se debe subordinar al respeto de quienes perdieron la vida, de sus deudos, de sus heridos y de su gente. Barcelona llora. Lo de menos es si lo hace en la lengua catalana o castellana, si eres local o turista, si vas de izquierda o de derecha. Los que vimos las imágenes nos hermanamos con el sentimiento. Vayan las condolencias llenas de respeto. El dolor es de todos. Basta de odio. Basta ya. 

El padre de Heather Haye

El funeral de Heather Haye, víctima de los eventos de Charlottesville, acaparó la atención de los medios y de la gente en Estados Unidos. El presente se impusó al futuro. El inicio de las renegociaciones del tratado de libre comercio en América del Norte quedaron en un segundo lugar, relegados a un rincón de las redes sociales, de los informativos, de los medios de información. Las declaraciones de Donald Trump encendieron la ira de propios y extraños y fueron el cerillo que incendió los ánimos de todos los que no pueden creer los niveles de cinismo al que se ha llegado en terminos de racismo. En medio de esta estridencia, el panegírico del padre de Heather fue de gran impacto.

Con ideas sencillas, claras y sentidas, con una economía  de palabras el señor Haye deja al mundo una lección necesaria: Dejen el odio y perdonen como Jesús perdonó en la Cruz. En pocos meses, la sociedad norteamericana se ha dividido, casi  podemos escuchar el desgarre de ese tejido social y es momento de pararlo. Radicalizar no es buena idea. El escándalo de lo que este hombre ha hecho es lamentable. Vemos como movimiento racistas brotan de la misma forma que hongos en la humedad. Los que estaban ocultos, moviéndose entre las sombras, salen envalentonados y embravecidos.

Del dolor de un padre que despide a su hija brota una solución: dejar de odiar. Me impactan las palabras. Bajarle al desprecio que siento por este sujeto, por sus palabras y actitudes, no es fácil. Yo estoy lejos, los que están cerca lo deben tener más complicado. Dejar el odio es la mejor alternativa. Esta noche, en Charlottesville la gente salió a la calle con velitas encendidas para tratar de darle batalla al desprecio y lugar al perdón. Ojalá muchos sigan ese ejemplo y encuentren la generosidad para disculpar. 

Me asombra la potencia de las palabras del padre de Heather Haye, que se pone a la cabeza, lo dice en primera persona y empieza a dar pasos para ir adelante, espero que su ejemplo se pueda seguir. Estados Unidos está dividido y en esa condición, se debilita. No es ese el camino de la grandeza, es al revés. 

Las tentaciones del odio

Las tentaciones son esas atracciones que tenemos para seguir un camino que no siempre es el correcto. Funciona como una seducción que nos embauca y nos hace preferir aquello de lo que nos debieramos alejar. Los sentidos se adormecen y las alertas se desestiman y miramos a la oscuridad con cierto anhelo. Pero, generalmente, la consciencia llega en nuestro auxilio y nos toma de la mano o de la oreja para regresarnos al sentido correcto.

Por desgracia, no siempre hacemos caso.

Las tentaciones que tiende el odio son tan sutiles que no nos damos cuenta cuando caemos en sus redes. De repente, arrugamos la nariz frente a un olor desagradable, o nos alejamos de la suciedad, o se nos revuelve el estómago cuando vemos algo que estimamos asqueroso y dejamos de ver que esa reacción no la causa un objeto sino un sujeto. Cuidado, ahí ya nos mordió la os uridad y nos instiló su veneno.

Las advertencias frente al abuso, la discriminación al diferente, la marginación al desposeído son conceptos fuerte y hay gente a la que le dan poder. Es triste. El mundo se ha empeñado en trazar líneas de injustica. Si alguien tiene la piel de color diferente, habla distinto, se comporta, le gusta, come, cree, vive a su modo y no al mío: rechazo. Así se empezó a conformar una tendencia que sedujo amuchos.

El deber ser, timidamente, se arinconó y dejó que la estridencia de esas voces brincara a la escena mundial. Los nombres que más nos alarman son esos del Kukuxklan, Neonazis, Racistas, Sexistas, Pederastas y piensen en tantos otros que podemos recordar. Sí, claro. El problema empieza cuando soy capaz de elevar el dedo juzgón y señalar al otro y no en mi propia dirección.

Los discursos de odio empezaron a tener éxito. No sólo Theresa May y su tendencia separatista o la ultraderechista Marine Le Pen o el mismisímo Donlad Trump han contribuido a ello. El desprecio al migrante, al débil, al que nada tiene, al que está viejo o enfermo se difundió como una bacteria contagiosa y muy infecciosa. La población se sivide y el Ser Humano explota lompeor de sí. Pero ver las cosas a la distancia es infantil e irresponsable.

Si me da risa un chiste misógino o que se burle de un gay o me alejo de alguien porque se viste distinto o porque cree en algo que yo no, o porque no sabe ni leer ni escribir o por cualquier motivo irracional: malas noticias, ya nos mordieron la mano, ya caímos en la tentación del odio.

¿Merece sobrevivir ese país?

Ariel Dorfman abre su columna de lunes con esta pregunta que nos deja helados, ¿merece sobrevivir ese país? No es suya, la pregunta la planteó William Faulkner al conocer del asesinato por mutilación de Emmeret Till, un joven negro de catorce años en castigo por silbarle a una mujer blanca a las orillas del Mississipi. Entonces, como ahora, el lenguaje del odio y la segregación de lo diferente se planteaban como alternativas plausibles y la paranoía se sembraba sin tomar en cuenata las consecuencias catastróficas de hacerlo. 

Se viven momentos incomprensibles, tal vez porque sus actores no entienden las consecuencias de sus actos. La cortedad de miras sorprende. Mientras se elevan los brazos para asusar a cientos de ganzos que graznan al son de un asustador el recelo cobra vidas en las calles. Ya no escandaliza enterarnos de que en Estados Unidos mataron a otro joven por condición de raza, que otro niño se tiró a los rieles del tren porque no aguantaba el acoso, que otra mujer denuncia prácticas de abuso y todo parece tan inversosímil en un país tan multicutural como el de las barras y las estrellas.

En los tiempos de Faulkner a la vera del Mississipi, las diferencias raciales eran entre blancos y negros. El mestizaje era condenado y lo peor que te podía suceder era ser mujer y negra pues serías doblemente discriminada. Querríamos  pensar que el guión del sueño americano no incluye ya este tipo de escenas. Tristemente, no sólo no se han borrado del guión, ahora se han incrementado por factores multirraciales, el territorio está lleno de nuevos inmigrantes: tantos chinos, coreanos, japoneses, italianos, latinos que enfrentan tanto juicio corrosivo cuando han llegado a trabajar por la buena y handejado  trabajo e impuestos a favor de la comunidad.

¿Qué consuelo encontrará una nación que le da la espalda a sus orígenes? Sin darse cuenta, el escupitajo que lanzaron al cielo ya viene de regreso y aunque se hagan a un lado, tal vez no les atine en la cara, pero ya les ensució el rostro. Los rifles se levantan para apuntar a semejantes a los que se les tiene miedo por ser diferentes. En tiempos de Faulkner, muhcos bajaban la mirada para no tener problemas. Hoy, la emancipación eleva la voz, no es tan fácil quedarse callados. 

Sorpende, sin duda, que haya tantos subidos en el carro del odio, aplaudiendo con la inteligencia de una foca, insistiendo en que se apachurre el acelerador para ganar mayor velocidad, cuando el rumbo los lleva al desdiladero. Las voces que advierten el desastre no se oyen entre tanto escándalo. Por eso, la pregunta que Ariel Dorfman prestada  de William Faulkner es pertinente.

De mentiras y odios

No mentirás. El decálogo que recibió Moisés no da concesiones ni habla de estados de excepción. Es sencillo de comprender y difícil de ejecutar. Desde el dile que no estoy, hasta la sofisticación más alta, desde el mejor deseo de no lastimar hasta la más grande traición llevan adosadas una mentira. La mentira es mala y por eso está prohibida. Antes, al que mentía se le cortaba la lengua, después se le lavaba la,boca con jabón, hoy con la estupidez de los tiempos, se vitorea al mentiroso y se le pone en posibilidad de mover los hilos de la Humanidad.

Después de años, la Ley de Moisés se sustuyó por un mandamiento nuevo, el del amor. Sin embargo, el odio toma velocidad y parece ganar la carrera. El odio se manifiesta por las cosas más nimias y no hay pudor para mostrarlo abiertamente. Se odia al que tiene la piel de color diferente, al que huele distinto, al que tiene mucho, al que nada tiene, al que huye, al que da refuigio, al que no comparte mis gustos, mis ideologias, al que no vive como yo creo, al que dice idioteces y al que es muy inteligente.

La combinación de mentiras y odio es explosiva. Las dice Trump y ya está a las puertas de un empate técnico con Hillary. Odia el que debiera sustentar el amor como bandera, lanzamos a la gente a las calles a críticar formas de vida para que   protesten con furia sobre las formas que deben tener las familias. Unos y otros van a salir ¿a qué? La confrontación me resulta aturdidora. ¿No debemos amar al prójimo? O, ¿será que el prójimo también tiene castas y clasificaciones? Entonces, ¿si eres soltera,divorciada, dejada, vieja, pobre, gay, analfabeta, solo, indigente, discapacitado, prieto, naco, mal educado, hermoso, rico, poderoso, espectacular, estridente, o lo que sea, eres menos prójimo?

Odiar y mentir parece ser una fórmula muy efectiva. Venden espejitos y lo pagamos a precio de oro. Es tiempo de echar un paso atrás para que prive la reflexión. Analizar el rumbo que llevan las mentiras y los resultados del odio. Tal vez, contemplando el desfiladero, podamos entender que el abismo no es camino. Amar y decir la verdad son mejor opción. No hay duda.

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