La magia de las fotomultas 

Estoy segura de que los habitantes de la Ciudad de México no entendemos las maravillas del Nuevo Reglamento de Tránsito y no apreciamos la magia de las fotomultas. Hace poco, me moría de risa mientras una de mis amigas me contaba, furiosa, que le había llegado uno de esos encantos que te sacan la foto y te agarran con las manos en la masa, en flagrancia, al momento de violar las reglas. Fíjate, me dicen que iba a exceso de velocidad en las calles de Coacalco, yo no sé ni dónde queda Coacalco.

Me ganaban las carcajadas y ella se enojaba al enseñarme la fotografía de su auto, con placa y todo. Juraba por todos los santos que jamás se había ido a parar en Coacalco ni le gustaba manejar rápido. Se me botaban las lágrimas, parecía que me estaban haciendo cosquillas. No te rías, te puede pasar.

Claro, me echó la sal. Ya no me dio tanta risa cuando nos llegó a casa una multa de esas que llegan con toda la información. La infracción, según ellos, se dió en la colonia Roma, en las calle de Monterrey y Coahuila. No son nuestros rumbos ni hemos pasado por ahí, pero tampoco resulta impensable que pudiéramos haber pasado por ahí. La placa correspondía al auto de mi marido, el modelo concuerda, pero… el color no. Que alguien me explique cómo es eso posible.

La camioneta de Carlos es blanca y la de la foto es gris rata —qué curioso, ¿no?—.  La multa llegó a la casa y francamente ya se me quitó la risa. No tiene nada de simpático que le adjudiquen a uno una infracción cuando el auto infractor no es el de uno. ¿Cómo me voy a hacer responsable por algo que, claramente, yo no hice? Si hubiera faltado al Reglamente, me haría cargo, pagaría sin chistar y lo haría pronto para ganarme el descuento.

Pero no es nuestro coche.

Les digo, pertenezco a este grupo de ciudadanos incomprensivos a los que no nos alcanza el entendimiento ni hay forma de decernir el misterio de la magia de una fotomulta. Son tan mágicos que el cambiaron el color al coche de mi esposo y ahora, hay que pagar por ello. No me da nada de risa, nada.

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Lo que sentimos frente a la autoridad

 Es curioso, la sensación frente a una figura que detenta autoridad debiera ser de protección, sin embargo, para muchos mexicanos enfrentarnos con un representante de gobierno lejos de dar seguridad, da miedo. En el discurso, todos los representantes del Gobierno dicen estar dispuestos a apoyar al ciudadano, a aclarar sus dudas, a ayudar a resolver los problemas, a propiciar el fomento de nuevos negocios, a incrementar el crecimiento económico y, en general, a mejorar la vida. La verdad, frente a la autoridad sentimos desconfianza.

No el valde cada que escuchamos un discurso oficial elevamos las cejas y levantamos los hombros. No es gratuito que cada que nos para un agente de tránsito, empecemos a temblar y a sudar frío. Sabemos que, en la mayoría de los casos, estamos a punto de ser extorsionados. Si alguien que ostenta una identificación oficial y llega a hacer una inspección a un negocio, en vez de sentir que nos van a ayudar a mejorar, tenemos la certeza de que nos van a perjudicar. Cuando una persona que llega a la casa a hacer una revisión de lo que a la autoridad se le ocurra, queremos cerrarles la puerta en las narices y salir huyendo a toda velocidad.

La falta de transparencia, la voracidad que con cinismo muestran, el poder que detentan, hacen que el ciudadano se sienta indefendido, mal representado y amenazado ante una autoridad que ni se siente preocupada por sus gobernados ni, en realidad, se preocupa. En los níveles básicos, el aborazamiento es inmenso. En los de alta dirección es peor. La  gente vivimos en la cotidianidad sin saber que se está gestando un peligro que nos va a salir caro. No tenemos forma de defendernos. Nos muerden y lo que intentamos es que nos desgaren lo menos posible.

Muchas de estas extorsiones llegan a la casa sin invitación. El ahorro que con esfuerzo se ha hecho y se tenía destinado para otra cosa se desvanece entre las demandas de alguien que nos advierte de un problemón que tenemos en registros de oficinas de agua, predial, luz, y que ellos nos van a ayudar a resolver. Por lo general, esos problemas son inexistentes o expresamente creados. Acercarse a las oficinas correspondientes para pedir consejo sale peor. Trámites, multas, recargos sobre bases turbias, incomprensibles y colmillos largos y garras filosas.

No, no es una cuestión de politizar nada, es pedir que si no nos ayudan, por favor, no nos perjudiquen. 

  

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