No se vale

A cinco meses de haber iniciado el gobierno de la 4t, el Presidente López Obrador empieza a sentir los embates de la realidad. En Minatitlán ya no hubo Jetta Blanco, las solicitudes para tomarse selfies escaseó y las porras se cambiaron por gritos de No se vale.

Es verdad, los dichos son evangelios pequeños y no es lo mismo ver lo toros en el ruedo que desde la barrera. Las ovaciones, incluso aquellas que sospechamos que venían de acarreados, se van silenciando y los reclamos empiezan a escucharse, No se vale le gritan al paso.

¿Qué le reclaman al presidente? El clamor popular, el de alguna parte del pueblo bueno se puede resumir en el grito de un veracruzano que lo interpeló en Minatitlán: No se vale que yo te he apoyado durante 19 años y ahora que eres presidente me dejas sin trabajo.

La desilusión es grande ya que el nivel de empleo, según las cifras del IMSS, va con una tendencia hacía abajo. Ahí no se le puede echar la culpa al regadero de sexenios pasados ya que los niveles de empleo eran crecientes. Mediocres, según lo calificó López Obrador en campaña, pero crecientes al fin y al cabo.

Preocupa que la Secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, no se pronuncie con preocupación y de plano no le crea a las cifras del IMSS. Muchos de los que votaron por Morena en las elecciones de julio están desencantados. No hay una peor condena que perder el trabaja y no tener posibilidad de volverte a emplear porque no se están dando las condiciones para generar empleo.

No es menor el reclamo. No se vale es una seña de desilusión, pero también de un reclamo legítimo. Necesitamos reactivar el empleo y echar a andar la economía con propuestas responsables y no con ocurrencias o promesas de saliva. Lo que de verdad no se vale es tener la mirada en el pasado para culpar a todo el mundo de lo que no se hizo, no se vale no tomar la responsabilidad por la que tanto lucharon y en la que muchos creyeron.

Coronago, Puebla

Hasta hace unos cuantos días, muchos no sabríamos dónde se localiza Cornonago. Sin embargo, en un momento se convirtió en el foco de atención nacional y puede representar el lugar donde se gestó la primera crisis política del gobierno de López Obrador.

Tal como lo declaró Miguel Barbosa, candidato perdedor de la gubernatura de Puebla frente a Martha Erika Alonso, estos son días de expresar solidaridad frente a la pena de la gobernadora de Puebla que murió en un extraño accidente aéreo con su esposo, el senador Rafael Moreno Valle.

Tristemente, las condiciones tan delicadas nos están dando muestras de que además de solidaridad y fraternidad hay necesidad de cuidado político. En los funerales de la gobernadora Alonso y del senador Moreno Valle, le gritaron ¡asesina! A la Secretaria de Gobernación y a la Jefa de Gobierno que pertenecen al mismo partido del perdedor Barbosa y del Presidente de la República.

Ahora, los morenistas se lamentan de haber tenido una actitud rijosa frente a Enrique Peña Nieto al haber contado hasta cuarenta y tres, como reclamando el asunto de los normalistas de Ayotzinapa. Hasta donde entiendo, Peña no desapareció a los muchachos pero la cuenta que quedó pendiente fue la de una investigación que dio explicaciones apresuradas, versiones oficiales inverosímiles y justificaciones facilonas. López Obrador tiene frente a sí un reto de semejantes dimensiones.

Por lo pronto, sabemos que el helicóptero estaba en buenas condiciones, que el piloto era competente y que no hay indicios de explosivos. ¿Entonces, qué pasó? Es preciso clarificar los sucesos antes de buscar sustitutos para la gobernadora. La operación debe ser quirúrgica ya que Martha Erika era una gobernadora de oposición que ejercería rodeada de morenistas. Esto, a querer o no, incita a suspicacias y a sospechas hasta al mejor intencionado.

Los integrantes de Morena deben hacer uso de la prudencia que aquí va aparejada con la inteligencia. El enfrentamiento debe parar ya. Elegir un interino morenista puede generar enconos que tengan repercusiones a nivel nacional.

En Coronago, Puebla se originó una tragedia tristísima que nos invita a pensar en que virtudes como la fraternidad son un buen comienzo para abordar esta crisis.

Nos tocará ser oposición

La democracia es así, no siempre se gana. México cambia, las instituciones salieron fortalecidas. Queda claro de que no hubo fraude electoral. Se respetó el voto. La gente que apoyó al ganador está feliz, entre los que no, hay miedo. El triunfo es indiscutible, tanto es así que los opositores de Andrés Manuel López Obrador ya salieron a reconocer su derrota, nobleza obliga.

Las promesas que se hicieron y que inflamaron esperanza ahora tendrán su momento de verdad. Si creemos todo lo que se dijo, habrá motivos de felicidad y entenderemos a todos los que hoy sonríen de oreja a oreja y tuvieron fe en AMLO. Adiós a la corrupción y bienvenidas las propuestas que nos lleven a tener un país mejor. En el discurso en el que se asumió como presidente electo, Andrés Manuel dijo que habrá libertad y garantizó que podremos decir lo que queramos, emprender y buscar un modo productivo de vida, dijo que apoyara a los empresarios y que México será un país en el que se podrá ser feliz. ¿Qué más queremos?

Los Pinos se convertirán en un espacio público, el avión presidencial se pondrá en venta, el presidente electo prescindirá de las escoltas que lo cuiden, se acabarán las pensiones de los expresidentes, se revisarán ciertos contratos y tantas cosas que le escuchamos a él, a sus cercanos y a sus seguidores que nos llevarán a ser el vestíbulo del cielo. Nada me haría más feliz que creer que así será. Soy una mujer de fe, elevo la mirada al cielo y le pido a Dios porque así sea. Pero, me gana el escepticismo.

Hay que saber perder y acatar el mandato del pueblo. La mayoría optó por López Obrador y no podemos convertirnos en aquello que criticamos. Hay que poner la fuerza y la voluntad para que el próximo presidente salga adelante con la responsabilidad que se echó a la espalda. No lo tendrá fácil. Es momento de tender la mano y fincar puentes. Nos llegó el tiempo de ser oposición, de presentar en forma respetuosa nuestros desacuerdos y servir de testigos cuando lo que se prometió, se haya cumplido. También, nos toca vigilar si sucede lo contrario. Nos llegó el momento de ser contrapunto. De nada sirve llorar ni quejarse, es momento de asumir que somos diferentes y que nos une un interés genuino: si López Obrador logra su cometido y le va bien a México, nos irá bien a todos los mexicanos.

Quemar los libros de Vargas Llosa

Para cambiar el nivel de crítica y sacar un poco de provecho a la ocurrencia de Carmen Bojórquez sobre quemar los libros de Vargas Llosa, habría que entender que el escritor peruano no siempre resulta un personaje adecuado. Con esa manía de opinar sobre asuntos de toda índole, se ha llevado sorpresas nada agradables, como cuando fue expulsado de México por calificar a la nación como la dictadura perfecta. En Cataluña no resulta muy simpático. Tampoco es muy querido en varios círculos por boquiflojo. El hecho de que sus opiniones caigan mal, las hace políticamente incorrectas pero no necesariamente equivocadas. Claro que para verificar si el señor lleva o no razón, habría que leer sus textos. Me parece que eso de quemar sus libros es una idea mala, pues además de contaminar, nos regresa a una época oscura en la que alguien impone su criterio y nos priva la posibilidad de elegir según nuestro leal saber y entender. ¿Eso quieren los de Morena? ¿Esa es la esperanza de México?

Hace poco nos advirtió a los mexicanos sobre las terribles tormentas que se nos vendrían encima si votamos por López Obrador y el peligro de retroceder si optamos por el autoritarismo. Evidentemente, las hueste morenistas se irritaron y empezaron a dar gritos adoloridos de guerra.

Gracias a las polémicas que causan sus constantes declaraciones a favor de los gobiernos liberales, de las economías de mercado, de la globalización, en contra del socialismo, de los regionalismos, Vargas Llosa se ha ganado a pulso la antipatía de muchos políticos en el mundo. La desilusión que se llevó con el régimen de Fidel Casto, el desencanto que experimentó al visitar Moscú, sus intentos personales para ser presidente lo han llevado a opinar sobre temas que conoce desde una perspectiva que a muchos les resulta irritante.

La personalidad irritante del peruano no debe espantar a nadie. Hasta sus amigos le llegaron a dar uno que otro moquete y le retiraron su amistad, Gabriel García Márquez le puso un tortazo a media cara y por ello se ha generado un fanatismo contra vargasllosista. No es el único autor que ha generado desprecio, Camilo José Cela y el mismísimo Nabokov gozaron del,privilegio del desprecio y ello no les quita la grandiosidad de sus letras.

Dice Vicente Cruz, periodista del periódico El País que cada día debería haber un nuevo lector de Vargas Llosa. Tiene razón y la señora Bojórquez puede frenar su ímpetu incendiario. Ni siquiera recomendaría que si ella quiere quemar la obra del autor, queme sus propios libros, destruir la letra en un país que necesita leer es un crimen. Lo mejor será que si ella no quiere, que no lo lea. Lo que esta mujer no sabe, es que al soltar al aire la idea de su quema de libros, le dio a la obra de Vargas Llosa un impulso y generó curiosidad en posibles nuevos lectores, ¿tendremos que estarle agradecidos?

Por lo pronto, el 1 de marzo ya salió a la venta su último libro La llamada de la tribu y Bojórquez, a querer o no, ya le dio un empujoncito comercial. Nadie sabe para quien trabaja. Otro favor que tenemos que agradecerle a esta mujer es el habernos revelado la forma en que Morena piensa tratar a los libros. A mí me dio miedo.

Ñoños y Fifís

Todavía estamos en precampañas y ya nos está rechinando el cerebro. Aún no arrancan las campañas y ya estamos que no aguantamos un spot más. Cada día nos atiborran con mensajes que nos intentan convencer de que el precandidato —la palabra es ridícula en sí misma— es la encarnación de la pulcritud, el pundonor, la honestidad, el buen tono. Cada precandidato tiene la llave del éxito y el mejor chiste para contar. ¡Sálvenos, por favor!

En medio de toda esta parafernalia mediática y como, en teoría, aún no arrancan las campañas formalmente, hemos visto a personajes que sonríen, atacan pero poquito, que se moderan, que toleran y que no se muestran tal como son. Pero, Andrés Manuel López Obrador que ha llevado una campaña más larga que su nombre, ya se le anda descomponiendo el carácter. Ya se está dejando ver.

Resulta que quienes lo critican forman parte de esa nebulosa extraña llamada la mafia del poder. Si la crítica es malintencionada —que las hay— o si es objetiva —qué también las hay, qué caray—, el señor se molesta y asoma esa cara intolerante que lo ha llevado a perder al final cuando al principio estaba encabezando encuestas de preferencias de votos. Sus críticos se dividen en dos grupos para el líder de Morena: o son ñoños o son fifís. Ahí va incluido Jesús Silva Herzog Márquez.

López Obrador muestra costuras que debería ocultar. Más allá de la intolerancia que ya le conocemos, el eterno candidato debiera elegir mejor sus palabras. Fifí era un adjetivo usado en la década de los sesentas y principios de los sesentas que quedó en desuso. Se refería a algo mu refinado, refinadísimo y se puso de moda ponerle a los perritos french poodle Fifí para resaltar su elegancia y su delicadeza. Ya nadie ocupa ese vocablo. Es anacrónico, es viejo.

El señor López Obrador debiera tener cuidado, no por lo evidente sino por lo que no alcanza a ver. Esta elección la van a definir los jóvenes y a los millenials eso de la vejez no les gusta nada, toleran mal lo viejo, huyen como de la peste lo que no huela a joven, abominan lo que se aleja de la juventud, les choca lo que no es juvenil. Entonces, denominar a sus críticos con semejantes vocablos, además de ser incorrecto, es tan conveniente como darse un balazo en el pie.

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