Ropa de domingo

La ropa de domingo tiene diferentes significados según el contexto de que se trate. Anteriormente, el domingo era el día de sacar la mejores galas, vestirse lo mejor que se pudiera para salir a pasear. Las tradiciones antiguas marcaban que este era el día para caminar por la plaza, encontrarse con amigos, ir en grupo al café, ver y dejarse ver, suspirar, hacerse ilusiones, concretar fantasías y para ello era preciso vestirse bien.
En otros tiempos, el domingo se convirtió en el día para colgar la corbata, bajarse de los tacones y vestirse de fachas, fue el tiempo en el que dominaron las ropas flojas, parecidas a las pijamas, las sudaderas, las camisetas y pantalones de resorte. La flojera se hacía presente y el sopor dominaba el ambiente. Por suerte, aunque todavía vemos gente así, esta oda al chancludismo, está llegando a su fin.
Hoy, la tendencia está dirigida a la filosofía del wellness, es decir, a estar saludable, verse bien, hacer ejercicio, usar ropa que se ajuste adecuadamente al cuerpo, que lo haga lucir mejor. Se busca un equilibrio entre lo mental y lo físico y para ello la imagen es un elemento importante. Es el resultado de un bienestar general.
Estar bien es estar presentable, y si bien es cierto que la ropa de domingo no significa sacar las mejores galas del clóset, sí significa cuidar salir a la calle peinado, limpio, y con la sensación de que vas o vienes de hacer ejercicio, no de haberte levantado de la cama.
Los domingos en la Ciudad de México incluyen para muchos, salir a andar en bicicleta con la familia, caminar en los parques, visitar exposiciones , pasear a las mascotas, salir a comer, ir al teatro, al cine o aprovechar alguna de las múltiples ofertas de esta ciudad.
Muchas actividades sorprenden por su calidad y son gratuitas, otras son sumamente baratas en comparación con lo que se ofrece en otras ciudades del mundo. Muchos las aprovechan.
Hoy nos pusimos ropa de domingo, salimos a caminar por las calles de Reforma, pasamos frente al Museo de Antropología y cruzamos rumbo al
Rufino Tamayo. Las familias pasean contentas, los novios van de la mano sonrientes, los deportistas corren, van en bici, en patineta, en patines y la mayoría van sonriendo. Por suerte, ni el sopor ni la flojera se perciben en el ambiente. Lo que se siente en las calles es un enorme entusiasmo por vivir, por aprovechar el día de descanso y respirar. Gozar el interludio del domingo, de la belleza de la mañana y disfrutar. Ya vendrá el lunes para ocuparse y preocuparse.

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Edoardos California

Me entero, con tristeza, que Edoardos California ha decidido bajar cortina. Se va, cierra las puertas de sus tiendas y de su fábrica. Para muchos la noticia pasará desapercibida y a otros la etiqueta no les dice mucho. Sin embargo, hay un sector de la población para los que esta marca de ropa significó una alternativa real de ropa casual. Hubo una época en que el sector juvenil AAA lucía orgulloso las prendas confeccionadas bajo este nombre. Era chic.
Sí, fue a principio de la década de los noventa cuando tuve la suerte de heredar la Dirección de Mercadotecnia que dejó vacante Carmen Schütte en la compañía J.B. Martin, dueña de la marca. Fue ella quien vio una ventana de oportunidad y la aprovechó; fue a mi a la que le tocó cosechar el éxito. En aquellos años, los jóvenes tenían opciones limitadas para vestir. Había de dos sopas, o te vestías como tu mamá o usabas pantalones de mezclilla con playeras de algodón blanco. Sí eras atrevida, usabas chamarra de cuero, sí eras muy atrevida usabas estoperoles y hombreras. Era la versión remix del Sodapop Curtis, más cercana a la versión fílmica de Rob Lowe que a la de la novela de Outsiders.
Pero Carmen vio una oportunidad que se abría en el mercado de ropa juvenil y la aprovechó. J.B. Martin, famosa productora de terciopelos a nivel mundial tenía un exceso de inventarios en telas aterciopeladas de muchos colores. Se arriesgó. Fue contracorriente. Mandó hacer una producción de pantalones, con los cortes de los jeans más populares entre los adolescentes mayores y los adultos muy jóvenes, es decir , en el sector de la población con edades desde los 17 a los 21 años y lanzó una prueba. La respuesta del mercado fue maravillosa. Se desató la fiebre de pantalones de terciopelo más popular y exitosa en la historia de este material. No hubo quién no quisiera tener la prenda de moda. Pantalones de colores, lo mismo rojos, amarillos, verdes que naranjas. Los de mayor demanda fueron los color durazno, como una especie de transferencia de otra campaña muy exitosa de otra marca de la compañía —Terciopelos Martin—, que anunciaba que sus tapices de terciopelo eran repelentes al agua, tanto como lo era la piel del durazno.
Claro, todos querían los pantalones repelentes a la mugre y resistentes hasta que la muerte nos separara. Todos querían la piel de durazno en sus piernas. Prendas que se ajustaban de forma anatómicamente perfecta a la figura. Carmen salió de la compañía y entré yo a cosechar la buena fortuna del ojo clínico que supo aprovechar una necesidad de los jóvenes con una urgencia de sacar inventarios de la compañía.
Tuve suerte, con BBDO salimos al aire en horarios estelares de televisión con un anuncio en el que jóvenes hermosos, corrían por las playas de Malibú luciendo pantalones, cada uno con un diferente pantone del arco iris, mientras se oían los coros de California Girls. Los principales almacenes solicitaron el producto y no nos dábamos abasto para entregar. Fue tanto el éxito que se abrieron tiendas con la marca de Edoardos.
Tuve el privilegio de organizar desfiles de modas y de viajar por todos lados con el artículo de deseo del momento. Entonces, no sólo los jóvenes querían los pantalones, también los no tan jóvenes los querían para pertenecer a ese segmento de la población.
Disfruté mucho el tiempo que trabajé en esta empresa. Me fui, igual que Carmen, cuando la marca estaba en plena efervescencia, después de romper récord de ventas y de abrir tiendas a lo largo y ancho de la República Mexicana, incluso se inauguró una en Los Ángeles.
Pero, tal como sucedió con marcas similares, la moda pasó. El terciopelo dejó de ser tendencia y Edoardos no dio el salto. También padeció piratería y muchos modelos se encontraban en la boutiques y en los tianguis. La marca dejó de ser exclusiva. Las tiendas en lugares AAA cerraron, los locales cambiaron de rumbo, se fueron a sectores más populares. Así entró Edoardos al nuevo siglo. Por sí fuera poco, las reglas de NAFTA y la entrada de ropa china, baratisima, golpearon seriamente a la marca.
Edoardos sobrevivió más como línea de negocio, como una reminiscencia. Lo que una vez rebasó al negocio central de la compañía, ahora era sostenido por nostalgia. Pero, los negocios son fríos y los números objetivos. Era necesario cerrar, al menos eso interpreto por las noticias.
Negocios como GAP, The Casual Corner, Halston han sufrido el cambio de época, tal como Edoardos. Algunos podrán resurgir de entre las cenizas. Otros se convertirán en artículos vintage de las tiendas de viejo.
A mí me da por suspirar. Al recordar esos pantalones de terciopelo de mil colores, todavía puedo escuchar los acordes que acompañaban los coros que cantaban: Caliorniaaaa. Sin duda, al cerrar sus puertas, Edoardos cierra una época y abre un huequito en el corazón.

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La propuesta de Moschino

Estamos acabando el año y mientras unos hacen sus listas de buenos propósitos otras ya están con manos a la obra. Moschino lanza su propuesta para la temporada primavera-verano, aprovecha el tiempo entre Navidad y Año Nuevo y al son del que pega primero pega dos veces, lanza en las redes sociales un video corto en el que podemos ver sus ideas.
Moschino sigue fiel a su tendencia rebelde, por eso sigue y seguirá siendo una de mis marcas favoritas. Propone negro para la temporada de calor. En estos momento tos en que hace frío la idea no parece tan descabellada, ya veremos que sucede cuando el termómetro llegue a más de treinta grados.
La casa italiana juega y por ello Moschino es divertido, propone vestidos totalmente negros pero con un detalle en la falda que simula en teclado de un piano, combina telas, de algodón, espero, con encajes, contrasta. Eleva a la Margarita como la flor de la temporada. Lo mismo con estampados de color las chiquitas que con la flor extendida sobre el diseño.
Quiere cortos en las faldas y en las faldas pantalón. ¡Qué viva el acampanado! Pero que no sea tan largo, debe dejar ver un poco de piel. Este año, para Moschino, enseñar pierna es lo que está de moda. Pero con un toque juguetón, se busca más la inocencia que la provocación. Por ello se vale de figuritas como patos para estampar vestidos de playa. El corazón, por supuesto sigue siendo una figura central, como siempre lo ha sido. Vestidos sin mangas, sueltos, holgados. Para la playa, el largo es su opción, pero con telas vaporosas, colores en tonos amarillos pastel y cero entallados. Qué circule el aire y mueva la tela al ritmo del cuerpo.
Me gusta Moschino por varias razones, sus propuestas siempre me parecen novedosas, siempre únicas y con un toque divertido, la elegancia no tiene que ser sería y apretada, también se puede morir de risa. Lo que me encanta es su forma de ver la vida. Cuando todos estamos descansando, pensando en la que será, ellos llegan con un planteamiento y nos ponen en la mente lo que es. Se arriesgan y se ponen a trabajar, se antican y ocupan un lugar en nuestra mente que después será en la preferencia.
Sī, me gusta porque le pone una textura y un ritmo a este entretiempo que me llena de ánimo y de alegría.

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Efecto contrario

André Bretón dijo que las imágenes debían impactar al espectador tanto como para causar un choque emocional inolvidable, se refería a expresiones artísticas, lo mismo en pinturas, esculturas, letras y especialmente en fotografía. El efecto es importante, debe ser como un golpe asertivo, que deje al que contempla atarantado, para así llegar al inconsciente y dejar una marca imborrable. ¿Quién no recuerda los bigotes de Dalí?
Claro, eso fue a mediados del siglo pasado. Hoy se ha abusado del consejo surrealista de Bretón. Últimamente hemos sido bombardeados con campañas publicitarias que en busca de ese impacto se han acercado peligrosamente a la frontera que divide el asombro y la ofensa, la sorpresa y el disgusto, lo impactante con lo grotesco.
El manejo de temas polémicos se ha hecho costumbre en el mundo de la moda, no es novedad ver campañas que buscan atrapar la curiosidad del consumidor a partir del escándalo. Benetton ha hecho historia con campañas en las que aparecen modelos de sacerdotes y monjas basándose, o que simulan un beso francés entre Obama y Putin. Y les ha resultado, muchos recordamos estas imágenes. Son arriesgadas, pero no siempre han salido bien. La misma compañía se disculpó al poner una pareja de bebes, una nena de carita angelical tez blanca y bucles rubios, junto a otra de piel morena, raza africana con un peinado exótico que simulaba cuernos, la campaña destacaba los contrastes y se entendió que un bebé representaba el bien y el otro lo contrario. El rechazo del publico se hizo patente. Las quejas de organizaciones de todo tipo brotaban por doquier. No resultó nada bien.
Se supone que una campaña debe atrapar al consumidor para invitarlo a comprar los artículos que anuncia, o eso se pensaba. Sin embargo, en nuestros días existe una tendencia, que se disfraza de arte, en la que los publicistas de moda quieren desatar escándalos y no les importa cruzar la frontera del el buen gusto, que en teoría es lo que rige el mundo de la moda. Por ejemplo, la campana last words recrea en una sesión fotográfica los suicidios de periodistas y escritoras como Virginia Woolf o Sylvia Plath. Las imágenes fotográficas son impecables, el impacto del que habla Bretón se logra, sin embargo, el resultado no es positivo.
Al ver las imágenes el estomago se hace nudo y el corazón se sobrecoge. Como arte me cuesta trabajo reconocer la intención de la fotógrafa, como empresaria no entiendo a quién se le puede antojar comparar los artículos que anuncia una mujer en tránsito a ser cadáver.
No se trata de un enfoque artístico que se aleje de lo convencional. Se trata de un juego macabro que les costó la critica y el rechazo de sus consumidores objetivo.
Se dio el efecto contrario. Lejos de causar admiración, curiosidad o atracción, se causa rechazo, encono y coraje. No se trata de escandalizarse ante imágenes suicidas. El problema es la frivolidad con la que se tratan y el efecto que causan. Lograron lo contrario de lo que pretendían.

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Alonso Mateo el icono fashion de cinco años

Siempre se ha dicho que el estilo no tiene edad. Tal parece que nunca esta afirmación ha sido tan cierta como en la figura de Alonso Mateo, un pequeño de cinco años cuya cuenta de Instagram reúne más de veinticuatro mil seguidores. Tan popular es este chiquitín nacido en Monterrey que la revista The Cut lo cataloga como un icono de estilo.
Es verdad que un pequeño de esta edad no logra esta visibilidad por sí solo, su madre Fernanda Espinosa, tiene mucho crédito. En las fotos podemos ver al niño vestido de mocasines y blazers, lentes de sol, camisas con las mangas enrolladas, modelando como si estuviera desfilando en pasarela.
Dicen que es el niño quien escoge los atuendos y accesorios con los que se viste. Me parece tan difícil creer que el pequeñito lo haga solo sin la asesoría de la madre. Dicen que el chiquito se toma fotos frente al espejo con su propio IPod, o su iPad y las sube a su cuenta de Instagram.
Me resulta difícil simpatizar con las palabras de la madre que dice ” la educación que le doy a Alonso lo mantiene aterrizado”. Eso no lo sé. Lo que si es evidente es que el niño ha crecido dando gran importancia a la visibilidad y al gusto por la moda.
Es indiscutible que Alonso Mateo gusta y tiene popularidad. Las fotos del niño son muy estudiadas, las poses se alejan de la improvisación, todo en equilibrio, no hay arrugas, ni nada fuera de su lugar. No son las fotos espontáneas que una mamá sube a la red para presumir al festivo fruto de sus entrañas. No. Son fotografías que tienen una intención. De ninguna manera es casual el número de seguidores que Alonso Mateo tiene. Es la cosecha de un trabajo arduo que se ha hecho con el niño, que dicho sea de paso, está muy lindo.
¿Me gusta ver sus fotos? No lo sé. Me hace gracia ver a un pequeñito posando como un profesional pero no me dan ternura. Tal vez esa sea parte de la intención.
La sensación que me queda al ver esas fotografías es de preocupación. Recuerdo, sin remedio, a tantos y tantos niños que han gozado de la popularidad que les da el talento. Pienso en Michael Jackson, en Gary Coleman, y en tantos otros que sí fueron populares y que también padecieron las propias Jodie Foster y Brooke Shields dan cuenta de la angustia que les produjo abrir las puertas de la fama a tan temprana edad. La prisa que lleva a que algunos seres humanos se brinquen las etapas de vida y asuman roles distintos a los que corresponden a su edad es muy seductora.
Sin embargo, hay que decir que en estos momentos de desprecio a la otredad, la imagen de un pequeño mexicano que vive en los Ángeles y tiene tanta popularidad llama la atención.

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Toms y Abercrombie and Fat

Lo que se ve no se juzga, reza el dicho popular. Por lo tanto, calladitos nos vemos más bonitos. Eso aplica para la vida personal como para el quehacer profesional. Desgraciadamente el mundo empresarial nos empuja a hablar, a publicitar, a abrir la boca. La discreción se valora poco, se vulnera y este desparpajo cobra cuotas caras cuando se lleva a la exageración.
Miren nada más los esfuerzos que está haciendo la marca Abercrombie and Fitch para lavar su imagen después que a su CEO se le fue la lengua. Dijo, y todos lo sabíamos, que ellos creaban ropa para adolescentes guapos, delgados y exitosos. No se tenía que ser muy inteligente para darse cuenta, bastaba con entrar a la tienda. El volumen de la música en sus locales es estruendosamente elevado, sólo los jóvenes la aguantan; las tallas que ofrecen son para personas flacas, la última vez que estuve en una de sus sucursales no recuerdo haber visto tallas marcadas con la etiqueta XXL en ninguno de los anaqueles; los precios dan una barrera de entrada y restringen la adquisición de sus prendas a cierto sector de la población mundial. Es decir, sin palabras, ya estaba dicho, qué necesidad de abrir la boca. ¿O, será necedad? Es evidente, A&F tiene y siempre ha tenido claro su mercado objetivo, lo que constituye un acierto, lo desafortunado es que, al emitir declaraciones sin cuidado que hieran sentimientos. Ahora vemos una campaña de limpieza que suena poco sincera. Después de haber jugado con las palabras de la marca, —Abercrombie & Fitch, Abercrombie & Fit, Abercrombie and Fat—, es difícil componer las cosas. La gente ve esta campaña como una bandera de hipocresía, el esfuerzo les salió peor. Lejos de lavar su nombre, lo ensucian más.
Las declaraciones de Mikel Jeffries, capitán de A&F, destaparon una cloaca y se les salieron de lugar los fantasmas. Ya no saben como detener el odio que generaron contra la marca. Por un hoyito les brotó un géiser. Se desconfía de la honestidad de la marca, se le acusa de haber intimidado a los que no cumplían con sus estándares de belleza, los jóvenes no creen en la sinceridad de la compañía y todos opinan que la campaña en la que sale una modelo talla XXL no es creíble.
Mal. Y peor el #Fitchthehomless, que invitaba a la gente a regalar las prendas de la marca a indigentes, se volvió trending topic, y el video que se subió a Youtube para apoyar la idea lleva siete millones de visitas.
Por su lado y en el otro extremo de la recta, la firma de alpargatas Toms, lanzó una campaña para ayudar a niños pobres del planeta. El programa “One for one” dona a pequeños de escasos recursos un par de alpargatas por cada uno que venda. Evidentemente, la marca se ha vuelto de las más populares. La gente sabe que son una opción cómoda y versátil para los fines de semana o para las vacaciones, que además tiene un programa de ayuda.
Bien. No sólo son una opción divertida sino con causa. Incluyen modelos jóvenes y viejos, de todos los colores y sabores. Una verdadera estrategia aderezada con responsabilidad social funciona.
Si la campaña en protesta contra A&F progresa, será posible ver indigentes usando una playera de algodón con un alce bordado y alpargatas. La diferencia radicará en la forma en que unas ya otras llegarían a ese destino.

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París desobedece

París desobedece en más de una forma. Mientras Europa dicta todo tipo de reglas y gira instrucciones que son seguidas al pie de la letra y se toman de la misma manera en la que se bebe un jarabe que sabe a rayos, París toma distancia y paga las consecuencias. Se enfadó de Sarkozy, lo echó fuera del Eliseo, ahora ya no aguantan a François Hollande, es el presidente con mayor grado de impopularidad y a penas está iniciando su periodo. No le perdonan lo desarrapado, la corbata mal anudada, lo mucho que suda y lo poco que cumple sus promesas.
Así son los franceses, extrañan más a la Bruni que a su marido.
En Europa la moda la dictan las rayas en blanco y negro. En París no. Los escaparates están llenos de tonos pastel, de telas con flores, rosas, lavanda y temas románticos. En el resto de Europa las formas son geométricas, como reflejo de la crisis. En París se celebra la Joy de vivre.
En Collete, la tienda de culto, las flores se combinan con mas flores. Para ellos la primavera ya llegó, ni la temperatura, ni la lluvia, noilos abrigos y bufandas en la calle los convencen de lo contrario. Sus escaparates ya florecieron. Es la forma de cumplir una promesa. La primavera es, gracias a la desobediencia de París.

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El largo de la falda

El periódico Reforma, en su sección de moda, hace una analogía muy curiosa, relaciona el largo de las faldas con los tiempos de crisis y de bonanza. Dicen que en épocas de crisis la falda se alarga y en las de bonanza la falda se acorta. ¿Será verdad que las mujeres mostramos más o menos pierna de acuerdo a la situación macroeconómica?
Es interesante, según el económista George Taylor, profesor de la Universidad de Wharton, se puede predecir la tendencia económica por medio de la moda y del largo de la falda. Según su Himeline Índex, si sube el dobladillo de la prenda, el mundo vivirá una tendencia alcista, si el dobladillo baja, bajaran las expectativas y la actividad económica. Parece una ocurrencia, sin embargo, existe una simpática correlación entre el largo de la bastilla y los resultados económicos.
Puede ser una coincidencia, pero la historia parece ratificar la teoría de Taylor.
En la década de los veinte el mundo vivía años de tranquilidad económica y los vestidos se llevaban a la rodilla, era la época del Charlestón, altura Chanel, flequillos, y cortes lineales y simples.
La crisis del veintinueve no sólo precipitó las bolsas de valores, el dobladillo llegó hasta el tobillo, faldas sencillas, de cortes minimalistas, prácticamente sin adornos. Las piernas femeninas se ocultaron para mayor tristeza de los varones. Quebrados y sin alicientes visuales.
En los sesenta las grandes guerras ya habían concluido, las restauraciones ya eran evidentes, la paz mundial sembró optimismo y recuperación. El animo, las bolsas y el dobladillo subieron. En los sesenta nació la minifalda.
Vietnam, los movimientos estudiantiles, las protestas y la intranquilidad, asustaron a la humanidad. Las bolsas de valores, sensibles al entorno, se desplomaron y el largo de los vestidos también. El movimiento hippie apuesta por faldas que rozan el piso. Son los inicios de la década de los setenta.
En los ochenta, la tendencia neoliberal trae bonanza económica, los movimientos punk y new age elevan el dobladillo de la falda. Las bolsas suben sus indices a niveles históricos.
El crack de finales de los ochentas, no tan intenso como la crisis de los veinte, baja el dobladillo a media pierna. Se deja ver un poco de pantorrilla. Hasta que el mínimalismo de los noventas eleva las bolsas y el alto de la falda.
A principios del siglo veintiuno los diseñadores apostaron por cortes con faldas largas y amplias.
Hoy, vemos por las calles faldas cortas, con o sin vuelos, largas, de lápiz, de cigarro, y amplias y largas. Hay evocaciones a las divas de Hollywood, pero se puede ver también ropa cómoda y sin pretensiones.
Igual en la economía, hay pronósticos fatalistas con respecto a Norteamérica y la zona Euro, mientras a América Latina parece irle mejor en las tendencias.
¿Qué tan larga queremos usar la falda? ¿Hay que hacerle caso al señor Taylor y subir el dobladillo?, ¿Le hacemos caso a la liga de la decencia y asumimos que al bajar el dobladillo puede bajar la bolsa? Mejor le hacemos caso al espejo, digo yo. Simpática correlación entre le mundo de la moda y de la economía. ¿Será una casualidad o una constante?

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