La estupidez humana

Empezamos a mirarnos con recelo, encojemos la boca y apretamos los puños. Vemos la paja en el ojo ajeno, demonizamos al otro porque es diferente, porque no piensa como yo, le echamos la culpa a Dios y usamos su nombre para abanderar la muerte. Matamos a Dios, decimos que no creemos porque nos creemos suficientes. Afirmamos que la eternidad y empieza en mí, en mi ego hinchado. Nos ensimismamos en nosotros mismos. Nos apartamos de los ritos porque nos aburren, no nos aportan nada y nos mesamos la cabellera al ver imágenes de muertos regados en el suelo sin que nadie pueda cubrirlos con algo de dignidad en el despojo de la vida.

Gritamos contra la globalización y reaccionamos con cólera. Saltamos presos de ira y rayamos las paredes con consignas de odio. Escupimos al cielo al que hace rato dejamos de respetar. Pateamos al viejo, vejamos al desempleado, nos burlamos del iletrado, criticamos al vecino de al lado, rompemos los cristales de esa casa en la que vive una puta que es madre soltera, incendiamos la puerta de la habitación de dos hombres que se aman, nos subimos al pedestal  y decimos que somos los poseedores de la verdad. Lloramos la amargura de la soledad.

Nos perdemos en la profundidad de una pantalla. Ignoramos el llanto de un niño. Entretenemos a los pequeños con un aparato. Olvidamos la fuerza de un abrazo. Dejamos de hablar. Ya no nos miramos a los ojos. Vemos el paisaje colectivo como una gelatina amorfa y nos da lo mismo la desigualdad, la enfermedad, la miseria. Los excluídos nos provocan una emoción científica si es que llaman la atención. Los metemos en una caja de petri, los tocamos con guantes quirúrgicos y usamos tapabocas para evitar la contaminación. Que no se salgan de ahí. Que ahí se queden. 

En el grito y la estridencia, nos unimos para llevar al Rey de los Bobos a representer destinos. Anulamos la voz de la consciencia y seguimos al bufón para que nos mate de risa. Y, luego, se nos salen las lágrimas, decimos que la vida no vale nada, que no tiene sentido, nos llenamos la boca de pastillas. Dejamos de entender el lenguaje de la interdependencia, de la hermandad, de la buena voluntad. Nos creemos súperpoderosos. Y, con los ojos inyectados  nos miramos al espejo y ya ni a ese podemos reconocer.

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Agentes migratorios

Elevar el dedo para criticar al otro es una práctica común y un deporte con mucha afición. Ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que traemos cargando es tan antiguo que ya es palabra de Dios. Los temas migratorios sacan chispas, especialmente cuando nos referimos a los agentes encargados de este tema. Por supuesto, siempre nos imaginamos a un estadounidense abusivo de mala entraña que se pasa de listo con un pobre migrante latino. La escena la conocemos y sabemos que se repite todos los días y que ahora las prácticas en las que se atropellan los derechos humanos son más frecuentes. Sí del otro lado de la frontera no respetan al migrante. Pero, para nuestra tristeza, de este lado tampoco.

Zorayda Gallegos nos pone el dedo en la herida que más queremos esconder. Los agentes migratorios mexicanos no son peritas en dulce. Gallegos reporta para el periódico El País que estos oficiales extorsionan a las familias de los migrantes que están a su cargo en centros de reclusión. No son casos aislados, es un mal que se ha generalizado. Las malas prácticas son un mal sistémico en los diecisiete centros a cargo del Instituto Nacional de Migración. En estos lugares, lo cotidiano es el uso excesivo de fuerza, el abuso, el trato inhumano, hacinamiento, malas condiciones de higiene y una serie de atropellos para las personas que violaron la ley al entrar sin documentos al territorio nacional.

El comité ciudadano del Instituto Nacional de Migración documentó ciento veintidós casos y recisaron ciento cincuenta expedientes. La gran mayoría de los revisados son migrantes centroamericanos, especialmente de Guatemala, Honduras y El Salvador, aunque también hay nicaragüenses. Lo que encontró el comité pone los pelos de punta. El migrante que se tope con un agente migratorio ya se puede poner a temblar y a elevar sus mejores orwciones al cielo.

Los principales delitos que comenten los agentes migratorios contra los migrantes son: robo, extorsión, privación ilegal de la libertad y homicidio. Lo hacen portando uniformes oficiales y luciendo el escudo nacional. Es una vergüenza. Mientras nos quejamos del trato inhumano que reciben los nuestros en Estados Unidos, aquí le damos vuelo a la hilacha y nos portamos igual o peor que aquellos a los que criticamos y nos queremos comer vivos. Evidentemente, una cosa no redime a la otra. Tal mal allá como acá. El tema migratorio es doloroso.

Duele al que se va  por lo que deja, por los sueños rotos, por la esperanza que se acabó, por la necesidad de huir. Duele al que se queda por la incertidumbre de no volver a ver al ser amado, por el susto que da saber lo que va a padecer, por el terror de enterarte de todos los padecimientos que enfrentará. El migrante, sinembargo, es un valiente que ante la adversidad busca alternativas en vez de achicarse y conformarse. Pero, apenas sabemos de estos pesares que causamos. 

Los mexicanos debemos exigir a nuestras autoridades lo mismo que se exige a los Estados Unidos, trato humano a un semejante que busca un sueño. ¿Es muy difícil?

La migración San Miguel de Allende

Cuando pensamos en migrantes ilegales, generalmente evocamos a latinos que cruzan la frontera en busca de un  futuro mejor, en subsahariqnos que caminan al norte, en balseros que quieren escapar para conseguir una vida digna. Jamás nos paramos a pensar que el sentido inverso también existe. Ayer, entré a un café en el centro de San Miguel de Allende y el lenguaje reinante no era el español. Hay muchos extranjeros que vienen a vivir sus años de jubilación al estado de Guanajuato, no todos cruzan la frontera con una calidad migratoria que les permita vivir legalmente de este lado.

Me ganó la risa al ver a un hombre rubio, de cara arrugada, vestir una playera de algodón que decía: Trump es un pendejo. Muchos aquí opinan igual. Se avergüenzan y no comparten las ideas de su futuro presidente. Rosalía González, ciudadana norteamericana, nació en la ciudad de Minneapolis. Sus padres eran mexicanos, nacidos en San Miguel de Allende. Se fueron siendo muy jóvenes, se casaron allá, en donde vivieron, se casaron, formaron una famila, murieron y allá fueron enterrados. Ella no conocía el pueblomde sus padres. Es enfermera, se casó con un médico de origen irlandés, muy prominente y reconocido. Quedó viuda después de veinte años de matrimonio. No tuvieron hijos.

El día del funeral de su marido, recibió muchas condolencias vía Twitter y Facebook pero nadie la acompañó al cementerio ni recibió un abrazo en persona. Se sentía muy sola y decidió visitar San Miguel, quedó sorprendida por la calidez de la gente, lo mucho que le rendía su dinero, la facilidad con la que hizo amistades. No volvió a Minneapolis, compró una casa y lleva cinco años viviendo en territorio mexicano sin haber arreglado su calidad migratoria. Dice estar feliz, el nivel de vida que tiene acá es infinitamente superior al que tendría en Estados Unidos, toma clases de español, de arte, pinta, lee, come fuera tres o cuatro veces por semana, tiene amigos en la comunidad estadounidense y entre los mexicanos. Está encantada y no tiene planes de volver.

En general, los estadounidenses que viven en San Miguel son pensionados que llegan a multiplicar su poder adquisitivo. Muchos son amables y muy adaptados, otros sienten que vienen a conquistar territorios indómitos y a convivir con slavajes. Unos son personas muy educadas, orgullosos de la multiculturalidad; otros son gente grosera que no les importa poner música a todo volúmen, que hablan a gritos, que son displiscentes, avaros y huraños. Otros, se sienten despreciados por los locales, hay algunas pintas que son ofensivas. Estas han aumentado desde que Trump empezó con discursos que denostaban a los mexicanos. ¿Y si les hicieramos lo mismo? Dicen algunos locales. 

Lo cierto es que en San Miguel de Allende hay muchos extranjeros que viven aquí y no tienen calidad migratoria de residentes. Muchos trabajan, emprenden, tienen propiedades y viven felices. La migración también se da en sentido inverso, muchos estadounidenses están de esté lado en donde encontraron el verdadero sueño americano. ¿Qué pensará de ellos el señor Trump?

 

Los sucesos de Colonia

La migración tiene aspectos muy duros, no sólo para el migrante si no para los que sirven de anfitriones. En la parte romántica, la que es políticamente correcta, todos hablamos de lo triste que es que la tierra expulse a sus originales, de las condiciones terribles en las que muchos tienen que abandonar todo, de las esperanzas de llegar a una vida mejor. Sin embargo, hay aspectos reales que se alejan de lo adecuado; aquello que se habla por lo bajo, porque da pena y se corre el riesgo de ser clasificado como intolerante, pero que sucede y es horrible.

Sucede como cuando abres las puertas de tu casa a un invitado. El que funge como anfitrión tiene ciertos ritmos de vida, ciertas costumbres, ciertas reglas que se espera sean respetadas por la visita. Las horas de comer, el uso del baño, el cuidado de las cosas se hacen al modo de quien recibe y el que llega se debe adaptar. No obstante, el ciclo de la casa se modifica cuando hay visitas y aunque el invitado sea educado, discreto, comedido y estupendo. Las actividades toman un tinte diferente. Tambien el de la casa se tiene que adaptar. Así, tanto el visitante como quien lo recibe le tienen que echar ganas al asunto para que todo salga bien.

Lo malo viene cuando el invitado se porta mal en casa ajena, cuando a la hospitalidad se corresponde con patanería. Es horrible ver que el invitado se levanta tarde, que se hace esperar, que se acaba el agua caliente del baño, que ensucia las toallas o rompe la perilla de la puerta. Es desagradable convivir con alguien que no tiene modales, que hace ruidos, que no tiene consideración. Es intolerable cuando falta al respeto. Esa frontera no se debe cruzar.

Resulta que  de repente el invitado ya está súper instalado en tu casa. Ya la siente suya. Ya es obligación del anfitrión servirle, apoyarle, mantenerle y el agradecimiento se desdibuja y la cotidianidad hace que se le olvide el estatus en el que se encuentra. La patanería crece, los malos comportamientos van en aumento y si el anfitrión los hace notar o decide cerrar las puertas o expulsar al que no estuvo a la altura de la hospitalidad, entonces queda mal, se le juzga de xonófobo y se le critica por intolerante. Pero hay cosas que no se pueden tolerar.

Los hechos sucedidos en Colonia entran en el conjunto de lo que no es posible aceptar. Los ataques a mujeres el día de la Noche Vieja son más que la convivencia de diferentes mundos o el choque de culturas, son aberrantes. Las victimas, en su mayoria jóvencitas, replican declaraciones similares: Entre varios me sujetaban los brazos por la espalda y cinco más me tocaban. Me quedé paralizada por el terror. A mis amigas les estaban haciendo lo mismo y ellas gritaban, pero había tanta gente alrededor que sus gritos se perdían, ha relatado Evelyn, una joven de 16 años a la cadena de televisión N-Tv. La única posibilidad de identificar a los agresores es que alguna cámara de seguridad haya grabado las imágenes, ya que los atacantes no se cubrían la cara y podrían ser identificados. La mayoría han sido fichados como personas que gozaban del privilegio del asilo político.

No fue un acto aislado. Fueron muchos los abusos reportados en Colonia. Cueron agresiones sexuales y robos. Lo más probable es que sean más de los reportados porque, ante la vergüenza y el pudor, muchas no denuncian. Sé que no todos los migrantes se portan mal, soy consciente de que tienen un papel central en las economías de origen y destino y entiendo que en estos hechos pagan justos por pecadores. Pero nadie debe morder la mano de un anfitrión. Nadie debe corresponder mal al que le trata con bondad. Nadie.

Ahora resulta que las chicas deben quedarse encerradas en casa para evitar ser agredidas. Ahora las alemanas deben de encerrarse para que nomles falten al respeto. Ahora el dueño de la casa se debe pertrechar en la alcoba mientras el invitado baila sobre la mesa del comedor y destruye la casa. Es rídiculo. 

Con independencia de la calidad migratoria de los agresores, lo que está mal, está mal. Así, sin adjetivos ni aderezos. Está mal abusar. Está peor hacerlo con chicas adolescentes. Los sucesos en Colonia, mas allá de cualquier componente migratorio, de nacionalidad, de circunstancia, de política o de cualquier otro aspecto, son simplemente inaceptables.Traerán  consecuencias y, lamentablemente, pagarán muchos justos por algunos pecadores.

  

Fotógrafos

Siempre he pensado en que el poder del obturador radica en la oportunidad. El ojo atento, la mirada fina y la sensibilidad del que toma una fotografía le dan al mundo, manda con una imagen, lo que a otros nos lleva varias palabras. En ocasiones, esa lámina transforma las percepciones con mayor eficiencia que muchos discursos. 

No, no me refiero a las cientos de miles de selfies que se suben a la red con un afán egolatra, ni las de la comida que inundan el espacio virtual, ni las de viajes que en general, muestran lo hermosos que nos creemos, lo sibaritas que nos decimos y lo felices que demostramos ser. Tampoco a las de los paparazzi que captan a algún famoso en circunstancias no controladas. Me refiero a esas que un fotógrafo capta en cierto momento para enviar un mensaje.

Ver la fotografía de Marilyn Monroe leyendo a James Joyce nos indica mucho más que todo lo que se ha dicho de ella. No hay duda. Ver a Fidel Castro platicando cordialmente con un Papa le saca las turcas de su lugar al más listo. Tampoco me refiero a esas, ni a los paisajes, ni a las que revelan los defectos de ciertas modelos que posaron voluntariamente. No.

Me refiero a esas fotos que incluso han ganado premios prominentes. Pienso en esa fotografía en la que el fotógrafo capta el instante en que un niño es devorado por un león o esas estampas en las que aparecen niños africanos con el vientre abultado por los parásitos que los invaden o esos cadáveres en los campos de guerra o esa mujer que pide limosna afuera de una iglesia o ese niño angustiado que grita y estira los brazos al ser separado de su madre o ese hombre desnudo a punto de ser quemado en leña verde culpable de tener un color distinto de piel. 

Hablo de esas fotos de lágrimas que provocan que el observador sienta un nudo en la garganta. Me refiero a esas imagenes poderosas que conmueven hasta a las piedras y que transmiten un discurso más efectivo que el de cualquier político, intelectual o líder religioso. Aquellas que pueden echar abajo discursos xenófobos, populistas, oportunistas, en fin falsos. Sí, Kodak tenía razón, una imagen vale más que mil palabras, aunque estas sean dichas con el corazón. 

Dice Eduardo Caccia que ciertos fotógrafos provocan con su trabajo exclamaciones o silencios con el que comprendemos cientos de palabras sin pronunciarlas. Al oprimir el obturador, un fotógrafo tiene la capacidad de reunir los sentimientos de un planeta en un instante. 

Sí, sin embargo, a veces me pregunto si ciertas imágenes que conmueven carecen de elementos éticos. ¿No debió ese fotógrafo guardar la cámara y tratar de salvar al niño de ser tragado por un león? ¿No debió de abstenerse ese hombre de fotografiar a ese hombre desnudo en el moude vejación? ¿Qué pasa con el respeto que se le debe al Ser Humano que mira la lente en un momento de aflicción? ¿Nos toca recordar así a esas personas?

No sé. Tengo mis dudas. No estoy segura si la cámara debe salir en cualquier momento, en toda circunstancia y en cada lugar. No lo creo. La fotografía de Aylan Kurdi ha dado la vuelta al mundo. Muchos han opinado y muchas más han hecho consciencia de lo que es el fenómeno migratorio, de la guerra en Siria, del horror humano y de la insensibilidad gracias a esa imagen. Sin embargo, creo que hay fotografías que no se debieron tomar jamás. 

Son más los que vieron la fotografía que los que conocen el nombre de este pequeñito turco de tres años.

En fin, siempre he pensado que el poder del obturador radica en la oportunidad en el ojo atento, la mirada fina y la sensibilidad del que toma una fotografía que le da la vuelta al mundo. En eso precisamente, en la sensibilidad del que dispara. En la sensibilidad. 

  

Trump y Merkel

El domingo pasado, Jorge Volpi abordó con preocupación el discurso racista de Donlad Trump. Dijo que reducirlo a las palabras de un payaso era sumamente preocupante ya que así había empezado Hitler y los alemanes siguen avergonzados por los resultados de una política xenófoba. A mí me pareció un poco exagerada la afirmación pero aún no había pasado el incidente de la conferencia de prensa en la que Jorge Ramos fue arrastrado a la puerta por la gente se seguridad a instancias Donald, el anfritrión.

Con independencia de lo bajo que es subirse a la estrategia de la xenofobia para ganar adeptos, de lo efectista que puede resultar y de que en un momento determinado a Trump le puede resultar que el chirrión le salga por el palito, creo que sería, como afirma Volpi, un grave error no parar en seco a este señor.

Es verdad que muchos detractores de Jorge Ramos afirman que fue a provocar a Trump y que le gusta ser visto como la victima. Ni hablar, en este caso lo fue. En esta tesitura, con astucia, logró evidenciar a un millonario con cara de mandril y cerebro de cacahuate que le gusta atacar a una raza determinada. Ya sucedió antes y pregunten en Polonia sobre la gravedad de estos discursos. 

Las palabras que usa Trump son graves, las reacciones de odio son peores. En el chorro verborreíco que se avienta desde un microfono va infiltrado un desprecio que se inocula en miles de estadounidenses que, en su ignorancia, olvidan los orígenes de esa nación y ejercen su aborrecimiento contra latinos, negros, musulmanes, chinos, italianos o cualquiera que ellos consideren que llegaron a su territorio a ensuciar su suelo y a contaminar su sangre tan pura. Ya sucedió antes y pregunten en Armenia sobre la gravedad de estas influencias.

Pero si las palabras de Trump son graves, las acciones de Merkel no son menos. Mientras Trump pide muros kilométrico para marcar fronteras, Merkel pone espinas para que los inmigrantes se ensarten antes de pasar al territorio alemán. No han pasado ni tres décadas de que se derribó el muro en Berlín y ya se quiere elevar otro. Los alemanes tiene un museo de memoria sobre el Holocausto, ¿no sería conveniente que la señora Merkel se diera una vueltecita por ahí? Al señor Trump, magnate del entretenimiento, mejor ni le sugerimos la visita, sabemos que los museos no son lo suyo, como tampoco lo es la historia ni la geografía ni la diplomacia. 

Luego, el señor Trump sale con la ocurrencia de traerse a Arpagio para hablar de migración en México. ¿Y las autoridades mexicanas están sordas? Esos dos personajes deberían ser declarados personas non gratas en todo el territorio que va desde el río Bravo hasta la Patagonia. Eso piensan ellos que es la extensión de México. Me parece que las reacciones de los gobiernos latinoamericanos están siendo muy tibias frente a las palabras de este señor. Uno que quiere dejar sin nacionalidad a niños nacidos en Estados Unidos y que declara su desprecio por los latinos y otro que piensa que es lo mismo matar pollos que asesinar personas. Pregunten en Berlín sobre lo que significa dividir familias y se valorará la gravedad de estas acciones.

Sólo los locos olvidan y los incesatos están condenados a revivir las atrocidades del pasado. 

Merkel los llama sin papeles, Trump les dice mexicanos, para ambos la custión de la migración es un problema que se resuelve con muros y espinas. Imagino que ambos creen que el cáncer se puede curar con una aspirina.  Sí, Merkel es una gran estadista, ni hablar, Trump nunca llegará a serlo. La memoria es un recurso que tiene la Humanidad para parar a los incensatos. 

  
 

¿Qué pensaría Abraham Lincoln?

Un día como hoy, pero de 1861, Abraham Lincoln juró como presidente de los Estados Unidos de América. Fue el decimosexto en llegar a la silla presidencial y el primero republicano. Sí, cuesta creer que un hombre de avanzada, con ideas liberales que fueron el germen de la abolición de la esclavitud y que llevaron a la Proclamación de la Emancipación de 1863 haya pertenecido a ese partido.

Parece que los republicanos han cambiado mucho de 1861 a la fecha. Los ideales de Lincoln, co fundador del partido parecen haber quedado en el olvido. En la lucha por lograr la libertad de los esclavos, Estados Unidos se rompió en dos, los estados que se negaban a reconocer la igualdad de los seres humanos, mayoritariamente los del sur, y los que apoyaron al Presidente en la decisión de quitarle el yugo a gente que vivía y trabajaba en condiciones infrahumanas. 

Los Republicanos de 1861 acompañaron al Presidente Lincoln a pesar de que entendían que esas ideas lo llevarían a una Guerra civil. Con honor, respaldaron sus ideas y lograron que los Estados de la Unión abolieran la esclavitud y los negros fueron libres. Se les reconoció, por lo menos, en letra de Ley, su igualdad de condición al ganar la guerra.

Hoy los Republicanos en Estados Unidos no están interesados en la igualdad de ninguna especie. Por el contrario, marcan diferencias y las hacen notar. Arrugan la naríz frente a los que no son como ellos y promueven y aprueban leyes que aumentan las distonciones entre unos y otros. Su lema parece ser, si eres diferente, vete de aquí. Hay una intención antimigratoria y se olvidan de cual fue el cimiento que dió vida a esa Nación. Por cierto, es el mismo que sigue moviéndola. 

¿Qué sería de los Estados Unidos sin inmigrantes? Habría menos manos que dieran prosperidad y brillo a ese país. Habría más problemas, ¿quién cuidaría de sus campos, quién de sus niños y de sus viejos? ¿Quién? ¿Que pensaría Lincoln de lo que hicieron con su partido y con sus ideales? Pregunto. 

Una respuesta para Sean Penn

Tocó a Sean Penn ser el encargado de entregar el Oscar a la mejor película. Ya habíamos padecido a algunos que aprovechan el micrófono para hacer bromas antes de entregar la estatuilla, al anfitrión Neil Patrick Harris salir en calzoncillos y muchas otras ocurrencias que se hacen para conectar con la audiencia y volverse trending topic en las redes sociales.
Penn salió al escenario con cara avinagrada, como si le doliera el estómago, haciendo evidente que las sonrisas no le aflorarían en esos momentos. Pronunció palabras escuetas para presentar a las películas nominadas, tan intrascendentes fueron que ya se han olvidado, sin embargo, al abrir el sobre, antes de dar a conocer que fue Alejandro González Iñarritu el ganador, preguntó quién le daba los permisos de residencia permanente a estos hijos de puta. No fueron palabras elegantes, ni de alabanza, ni de reconocimiento a un director que se estaba llevando el máximo galardón de la noche.
Alejandro González Iñarritu, en su emoción, desestimó las palabras de Sean Penn. No sé si lo hizo por otorgar la elegancia que le fue negada o porque ni cuenta se dio, pero las luces se centraron en el mexicano que era todo sonrisas y emoción. A diferencia de lo sucedido el año pasado con Cuarón, que se circunscribió a lo estrictamente cinemático, G. Iñarritu recordó a los mexicanos, aprovechó el micrófono para pedir respeto a las manos que trabajan en ese país y pidió por México.
Penn quedó atrás del escenario, en la penumbra y en el olvido. Sin embargo, aunque el festejado de la noche ignoro su pregunta, es preciso contestarla. ¿Quién le dio su green card a todos estos mexicanos que llegaron por la buena a ganar? Los mismos que a tu madre, le pudieron contestar. La madre de Penn, Eyleen Ryan es inmigrante itialiana hija de inmigrantes irlandeses. Sus abuelos paternos son inmigrantes judíos de Lituania y Rusia. ¿O qué creía el señor?
Lo que a Penn y a muchos se les olvida, González Iñarritu lo recordó frente a la audiencia. Estados Unidos es una nación de inmigrantes y hoy una de las comunidades más importantes es la mexicana que dentro del grupo latino es la de mayor relevancia por el número de trabajadores que hay allá.
Lubezki, que ganó su segundo Oscar en años consecutivos dijo antes de que Penn lanzara su célebre pregunta, Mi mensaje es trabajar muy duro. Sí, eso hacen los mexicanos inmigrantes, trabajan duro.
La maravilla es que ahora ya no sólo labran la tierra y limpian mesas. También ganan y se llevan la ovación de la noche. Esa es la mejor respuesta para Sean Penn.
Con delicadeza Alejandro González Iñarritu declaró que lo de Penn fue una broma entre colegas. Tal vez sí, quizás no. Se conocen, es verdad, en 21 gramos el mexicano dirigió al actor norteamericano, es posible que eso le haya dado valor para bufonear. Se le pasó la mano. ¿Qué necesidad? Se puede ser polémico y tener estilo, eso está reservado a pocos. Es lamentable ver que Penn no aprovechase esa oportunidad para mostrar grandeza. Preguntó, ahí está su respuesta.

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Se acabó el Mundial

Se acabó el Mundial y lo digo con un dejo de tristeza. Este verano empezó en forma estupenda gracias al futbol. El mejor pretexto para reunirnos y compartir lo daba un balón. La reunión podía ser con amigos o con extraños, lo mismo daba, la pasión futbolera hermanaba a propios o a ajenos haciendo vida el sueño de Jules Rimet.
Por eso, los que arrugan la nariz y se felicitan porque ya acabó la algarabía mundialera, no hacen más que exhibirse. Lucen su esnobismo queriendo presumir inteligencia, pero pierden la oportunidad de ver como un hilo invisible une a la gente como no sucede en otras épocas.
Ahora, después de la conclusión de la máxima justa de futbol, el mundo ya no es igual. México le regaló al mundo una porra para intimidar al portero contrario. Brasileños, argentinos y demás público agradecido agitan los brazos y gritan entusiasmados cuando hay un saque de meta. Los memes y los vines del Piojo Herrera son parte del imaginario de todos los países, el prestigio de Robben quedo plasmado en una piñata y todos estamos de acuerdo en que No era penal, sin importar mucho si Rafa Marques se equivoco o no.
La precisión alemana triunfó sobre la garra argentina y eso puede ser una lección de vida. Un buen líder no basta, un balón de oro no es suficiente para encender una sonrisa, un plan bien ejecutado rinde frutos y una mujer con mano de hierro sabe acompañar a su Selección Nacional y felicitarla con el entusiasmo que sólo se vio en el entrenador al elevar la Copa.
Pero el mundo no es igual porque durante el verano, mientras en Brasil se jugaba futbol, en Estados Unidos se hizo evidente una de las crisis humanitarias más vergonzosas, el dolor con cara de niños solos que encuentran abuso y desprecio en vez de protección. España coronó en forma apresurada a un nuevo rey y su reina luce muy tensa a pesar de lo que diga la prensa rosa. En Tierra Santa la cosa se puso color de hormiga y en México las cosas cambiaron rápidamente.
Se aprobaron las leyes secundarias de telecomunicaciones que parece llevaban moño para Televisa y dedicatoria a Carlos Slim, jamás se contó con la inteligencia del ingeniero más rico del mundo que cambió el tablero del juego en un abrir y cerrar de ojos. Les demostró a los actores del Gobierno y a los legisladores que donde ellos ven un tablero de damas chinas el ve uno de ajedrez. Diputados, senadores y poder ejecutivo se quedaron con el ojo cuadrado ante la respuesta de Slim que seguro está muerto de risa.
También nos regalaron tres nuevos partidos políticos, seguro que con la ineficiencia de los que hoy tenemos no nos basta. De todos el que más me confunde es Morena, tan parecido al PRD que uno no se explica para qué más de lo mismo y menos cuando Martí Batres explica que es para vencer al PRI. Vaya con la propuesta política. Seguro que con ella se transformará al país. Lo que sí se va a transformar son sus carteras, los partidos políticos en México son excelentes negocios para los particulares que las conforman.
Por eso, ¿quien se atreve a arrugar la nariz frente a la pasión futbolera? Apenas se acaba de acabar y ya la extraño.

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La Bestia

No siempre viajar en tren es agradable. No todos los ferrocarriles son el Orient Express, ni el recorrido cumple con los requisitos de comodidad del vagón de primera clase. Hay viajes que no son de placer, aunque se emprendan con la ilusión más grande.
La Bestia es el nombre con el que se conoce al tren de carga que recorre las vías desde el sur de la República Mexicana hasta la frontera norte. Fue diseñado para transportar mercancías, sin embargo, también transporta humanos.
Las condiciones del viaje son infrahumanas. Hombres, mujeres y niños se trepan a los techos de contenedores y recorren el camino a la intemperie, expuestos a las condiciones climáticas de frío, calor, lluvia o rayos de sol, según se vaya presentando. No se expide boleto pero hay que pagar tarifas que inician en el rango de los cien dólares y se cobran según le parezca al criminal en turno. La extorsión y el mal trato encuentran su máxima expresión en los techos de La Bestia.
Si no pagas o si no te alcanza para cubrir la tarifa, corres el riesgo de que te bajen a empujones mientras el tren avanza para que seas devorado por sus ruedas. Puedes perder lo mismo un brazo que una pierna o la vida misma. Pero la ilusión de llegar a la frontera y cruzar a los Estados Unidos para conseguir trabajo hace que todo el esfuerzo cobre significado. De todas formas ya se sabe que por aquí la vida no vale nada, lo malo es que mientras estés vivo hay que pagar la tarifa, si no, ya sabes.
La Bestia es una vergüenza de corrupción y negligencia de las autoridades ferroviarias, diplomáticas, migratorias y policiacas mexicanas. Pareciera que ese ferrocarril fuera un tren fantasma que nadie ve, que sobre sus techos no fueran cientos de migrantes exponiendo la vida, pagando cantidades absurdas a extorsionadores y criminales, muchos de las cuales tienen uniformes oficiales del Gobierno Mexicano.
¿Quién deja subir a tanta gente a los techos de La Bestia? ¿Quién cobra? ¿Qué autoridad se hace responsable? Parece que esas respuestas también están llenas de fantasmas. El Secretario de Relaciones Exteriores le avienta la bolita al de Comunicaciones y Transporte mientras el Presidente de la República presume urbi et orbi las leyes de telecomunicación aprobadas por el Congreso.
Nadie ve, nadie sabe de las madres que viajan con bebés en los brazos, agarradas hasta con los dientes para no caerse del tren, ni de los niños que viajan sin compañía que buscan reunirse con sus padres, ni de los muchachos que se vuelven hombres a fuerza de sobrevivir el maltrato, que llegan a la frontera con caras de ancianos a pesar de tener menos de quince años.
Dice Miguel Angel Osorio, Secretario de Gobernación, que se va a prohibir que la gente viaje en los techos de La Bestia, ¿qué no estaba prohibido? ¿Será que los migrantes estaban esperando esta declaración tan atinada para dejar de ir en busca del sueño americano? ¿Se pueden parar los flujos migratorios por decreto?
Me parece que no, pero sí creo que es una buena noticia que alguien ponga la mirada en La Bestia y manos a la obra para acabar con una práctica terrible de lesa humanidad. Ojalá y así sea.

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