Ayudar

Ayudar, pero, qué tanto. Hasta que duela, habría contestado Santa Teresa De Calcuta. Ya nos está empezando a doler. La condición de la peste es contagiar el mal. Por eso, la prudencia al prometer siempre es recomendable. Ni modo, hemos criticado a quienes han abusado de los migrantes. Especialmente, hemos alzado la voz en defensa de los abusos a mexicanos que han cruzado la frontera en busca de lo que aquí no pudieron encontrar.

Por fortuna, la expulsión de mexicanos de nuestras tierras va en descenso. Parece que si México no es la tierra que mana leche y miel, para muchos es mejor quedarse aquí que irse para allá. El problema es que los migrantes extranjeros que llegan a nuestro país se enfrentan con corrupción, maltrato, condiciones miserables y con un Estado Mexicano que prometió bondades y los está deteniendo para contener una crisis diplomática con Estados Unidos.

Si ayudar hasta que duela tiene límites, en México estamos empezando a ver las consecuencias de recibir a más gente de la que podemos ayudar. La casa es frágil, el conductor de nuestro barco anda dudoso, la tripulación no se ve muy hábil, la violencia va en aumento y, de repente, nos topamos con un problema que nos estalla en la nariz.

Me parece que México es como esta casa en la que hay adolescentes en crisis y en un momento, al papá se le aflojó la boca e hizo promesas. De repente, su hermana le manda a sus hijos para que le ayude porque ella no puede con ellos. Los sobrinos no quieren estar ahí, van de paso, pero comen, duermen, van al baño en su casa. La mamá no está nada contenta de recibir a los hijos de la cuñada en casa y tiene que estirar el gasto aún más, cuando ya de por sí, no le alcanzaba. Hay que ayudar, dirá el papá. ¿Cómo?, preguntará la madre mostrándole el monedero con billetes de baja denominación. Unos sobrinos se portan bien y otros muy mal. ¿Qué hacemos?, preguntarán los hijos que tienen sus propias necesidades.

Dar un trato solidario a cualquiera, sin importar dónde haya nacido, es un imperativo. Ni hablar, pero al decidir a quién ayudar primero, a propios o a extraños, la panza se nos hace nudos. Hemos sido contagiados por la peste porque en el fondo, sabemos la respuesta.

La migración como un derecho.

Mientras la caravana de migrantes centroamericanos avanza en su andar rumbo a Estados Unidos, en medio de la estridencia de declaraciones entre el gobierno electo, los silencios incómodos de quienes siguen gobernando y la inminente visita del señor Pompeo a territorio mexicano, las palabras de Yann Moulier Boutang nos dan otro punto de vista. Una visión diferente y menos estrepitosa.

El economista e investigador francés participó en un conversatorio donde expuso la necesidad de generar políticas de integración que favorezcan a los migrantes. El “Derecho a migrar” fue el tema que abordó en la XVIII Feria Internacional del Libro en el Zócalo de la Ciudad de México 2018, que tiene por lema “Derechos y libertades”. El fenómeno de la migración no es una novedad, ha sido una constante en la historia mundial y ha dado origen a diversos países de la talla de Francia y Estados Unidos, génesis que no ha sido reconocida por ambas naciones, parece que lo han olvidado.

Según Yann Moulier Boutang, toda migración sin excepción representa un acto de naturaleza dual. Es un acto tanto económico como político en el que el migrante trata de mantener algunos rasgos identitarios pese a la necesidad de adaptación. Esta lucha interna por conservar sus raíces y mimetizarse en el territorio que los recibe es sumamente fuerte. Además, la complicación se agrava cuando las clases bajas y obreras de los países que reciben a los expatriados se ven amenazados por los recién llegados, quienes en esta condición de desprotección se perciben disminuidos. “La relevancia económica de la migración actual radica en la perspectiva de ver con inferioridad a aquellos que llegan, es una mirada que justifica la esclavitud y las malas condiciones de trabajo”, puntualizó.

La manera como los países se han cerrado a los derechos de los migrantes es un sinsentido, es una aberración y además es una tontería. La migración tiene muchos beneficios para la nación receptora, sin embargo, ha sido consistentemente desestimada. Como es el caso de la ciudad de Cali, en Francia, que multó a los campesinos que contrataran migrantes. El municipio enarbola como un gran logro que ahora ya casi no hay gente de fuera trabajando sus campos. Lo cual es un desperdicio económico.

Asimismo, el trato que se le da a los migrantes se transforma en un acto político, según Moulier-Boutang, “existe la idea de que los migrantes causan problemas, pero hay que entender que la sociedad que los recibe es la que tiene estos problemas y tratan de echarle la culpa a los migrantes, proyectan ciertos problemas a la cuestión migratoria sólo porque ahora la migración se hace más evidente”. Con esta visión, un tanto infantil, se pasan por alto los grandes beneficios que traen consigo las personas que llegan. En muchos casos, lo que traen son soluciones que no se valoran lo suficiente.

En un principio, dice Moulier-Boutang, los migrantes trabajaban en lugares cerrados y alejados como fábricas o campos, lo que los mantenía convenientemente ocultos durante el día de trabajo, pero las posibilidades laborales se han expandido y esto ha hecho que se vuelvan más visibles. “Son útiles mientras permanecen, ocultos pero se vuelven un problema cuando se vuelven evidentes. No se ha asumido que los migrantes han formado parte activa e importante a lo largo de la historia.”

Si, como lo hace Yann Moulier-Boutang, empezáramos a ver que la migración es un derecho y se debe pasar de una política de asimilación a una política de integración que favorezca a los migrantes con documentos, que eviten la discriminación en el mercado laboral y den la posibilidad de instalarse en el país con derechos, estaríamos propiciando mayor armonía y beneficios para quienes llegan y para la nación que los recibe. “Hay que pasar de lo internacional a lo transnacional, sólo así vamos a poder resolver el problema del siglo XXI: la migración.”

Ver la migración como un derecho nos pone en otro escenario. Uno en el que hay posibilidades de que todas las partes tengan un beneficio. Unos buscan trabajar y según los cursos de economía elemental, el trabajo es la fuerza que propicia el progreso.

Chalchihuatlán y Chenaló

A veces vemos sin ver, o peor aún: perdemos la mirada en la lejanía y desestimamos lo que tenemos lejos. Estamos acostumbrados a pensar que la tragedia está lejos, que la guerra está más allá de nuestras fronteras, que los conflictos de identidad pertenecen a otras latitudes y nos olvidamos de lo que tenemos cerca en nuestra casa, con nuestra gente. El Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, A.C., lanza una severa advertencia, hay una situación de emergencia en la zona de los Altos de Chiapas.

Hay comunidades que están viviendo en terror, se escuchan rumores de que entrará gente armada a agredir a personas que se encuentran en la zona, falta la comida, los negocios bajaron las cortinas, las gasolineras están cerrando, se amenaza con cortes de energía eléctrica. La gente reporta estar abandonada a su suerte, tienen miedo y el ruido de los balazos no para. Hay aproximadamente setenta mil personas afectadas por esta crisis de la que nadie habla.

El conflicto que desató la violencia es viejo, tiene cuarenta y cinco años. Se trata de una disputa por los límites territoriales entre Chalchihuatlán y Chenaló. La confrontación inició en 1975 cuando San Pablo Chalchihuatlán recibió el Reconocimiento y Titulación de Biens Comunales que tardó quince años en ser ejecutado. El municipio vecino de Chenaló se inconformó y empezaron los dimes y diretes, los juicios y expedientes, los temas con el Tribunal Unitario Agrario y con la espera eterna de una sentencia.

El que espera se desespera, especialmente cuando pasan los años y las soluciones no llegan. Los enojos crecen, los enconos se vuelven más agrios y algo que pudo haberse solucionado en forma sencilla se convierte en un problema que pone en peligro a setenta mil personas que están siendo desplazadas, que tienen que abandonar su tierra porque tienen miedo de perder la vida.

Pero, tan acostumbrados como estamos a mirar lejos y a sentir que los problemas están en otro lado, dejamos que nuestra gente padezca sin ser atendida. La gente está armada y centenares de familias han sido desplazadas. Muchos huyen a refugiarse a los montes, mientras otros cortan las carreteras y bloquean los accesos a los municipios dejándolos completamente incomunicados.

Esto sucede en casa, en nuestro México, con nuestra gente. Pareciera que más de cuarenta años no le han sido suficientes a nuestras autoridades para arreglar este problema. Mirar a otro lado no ayuda a nadie. Pero, a veces vemos sin ver o preferimos mirar a otro lado. Sin embargo, llegan momentos en los que las lagrimas de los nuestros no pueden ser desatendidas. Chiapas no está lejos: está en México.

La solidaridad que debemos de mostrar con nuestra propia gente inicia cuando los miramos, cuando al verlos nos enteramos y forjamos un criterio al respecto. Así, con la mirada puesta en la gente que tiene que salir huyendo y que no encuentra amparo en las instituciones, que encuentra refugio en cuevas en vez de en el Estado. Así podemos empezar a exigir.

Mientras los futuros candidatos a los puestos de elección popular están eligiendo sus trajes y posan para las fotos en las que presumirán sus mejores sonrisas, en los Altos de Chiapas hay dos comunidades que están siendo asoladas por la angustia, el llanto y la desesperación. Es obligación del Estado Mexicano garantizar la paz, ese es el contrato social que tenemos establecido. Ese es el derecho que nos deben certificar.

No obstante, mientras todos estamos distraídos en los grandes temas nacionales, en los Altos de Chiapas hay gente que recorre los pasos del conflicto y la tristeza. ¿Qué no hemos aprendido la lección de la Historia? En Chenaló y Chalchihuatrlán hay una crisis que nadie parece ver.

La estupidez humana

Empezamos a mirarnos con recelo, encojemos la boca y apretamos los puños. Vemos la paja en el ojo ajeno, demonizamos al otro porque es diferente, porque no piensa como yo, le echamos la culpa a Dios y usamos su nombre para abanderar la muerte. Matamos a Dios, decimos que no creemos porque nos creemos suficientes. Afirmamos que la eternidad y empieza en mí, en mi ego hinchado. Nos ensimismamos en nosotros mismos. Nos apartamos de los ritos porque nos aburren, no nos aportan nada y nos mesamos la cabellera al ver imágenes de muertos regados en el suelo sin que nadie pueda cubrirlos con algo de dignidad en el despojo de la vida.

Gritamos contra la globalización y reaccionamos con cólera. Saltamos presos de ira y rayamos las paredes con consignas de odio. Escupimos al cielo al que hace rato dejamos de respetar. Pateamos al viejo, vejamos al desempleado, nos burlamos del iletrado, criticamos al vecino de al lado, rompemos los cristales de esa casa en la que vive una puta que es madre soltera, incendiamos la puerta de la habitación de dos hombres que se aman, nos subimos al pedestal  y decimos que somos los poseedores de la verdad. Lloramos la amargura de la soledad.

Nos perdemos en la profundidad de una pantalla. Ignoramos el llanto de un niño. Entretenemos a los pequeños con un aparato. Olvidamos la fuerza de un abrazo. Dejamos de hablar. Ya no nos miramos a los ojos. Vemos el paisaje colectivo como una gelatina amorfa y nos da lo mismo la desigualdad, la enfermedad, la miseria. Los excluídos nos provocan una emoción científica si es que llaman la atención. Los metemos en una caja de petri, los tocamos con guantes quirúrgicos y usamos tapabocas para evitar la contaminación. Que no se salgan de ahí. Que ahí se queden. 

En el grito y la estridencia, nos unimos para llevar al Rey de los Bobos a representer destinos. Anulamos la voz de la consciencia y seguimos al bufón para que nos mate de risa. Y, luego, se nos salen las lágrimas, decimos que la vida no vale nada, que no tiene sentido, nos llenamos la boca de pastillas. Dejamos de entender el lenguaje de la interdependencia, de la hermandad, de la buena voluntad. Nos creemos súperpoderosos. Y, con los ojos inyectados  nos miramos al espejo y ya ni a ese podemos reconocer.

Agentes migratorios

Elevar el dedo para criticar al otro es una práctica común y un deporte con mucha afición. Ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que traemos cargando es tan antiguo que ya es palabra de Dios. Los temas migratorios sacan chispas, especialmente cuando nos referimos a los agentes encargados de este tema. Por supuesto, siempre nos imaginamos a un estadounidense abusivo de mala entraña que se pasa de listo con un pobre migrante latino. La escena la conocemos y sabemos que se repite todos los días y que ahora las prácticas en las que se atropellan los derechos humanos son más frecuentes. Sí del otro lado de la frontera no respetan al migrante. Pero, para nuestra tristeza, de este lado tampoco.

Zorayda Gallegos nos pone el dedo en la herida que más queremos esconder. Los agentes migratorios mexicanos no son peritas en dulce. Gallegos reporta para el periódico El País que estos oficiales extorsionan a las familias de los migrantes que están a su cargo en centros de reclusión. No son casos aislados, es un mal que se ha generalizado. Las malas prácticas son un mal sistémico en los diecisiete centros a cargo del Instituto Nacional de Migración. En estos lugares, lo cotidiano es el uso excesivo de fuerza, el abuso, el trato inhumano, hacinamiento, malas condiciones de higiene y una serie de atropellos para las personas que violaron la ley al entrar sin documentos al territorio nacional.

El comité ciudadano del Instituto Nacional de Migración documentó ciento veintidós casos y recisaron ciento cincuenta expedientes. La gran mayoría de los revisados son migrantes centroamericanos, especialmente de Guatemala, Honduras y El Salvador, aunque también hay nicaragüenses. Lo que encontró el comité pone los pelos de punta. El migrante que se tope con un agente migratorio ya se puede poner a temblar y a elevar sus mejores orwciones al cielo.

Los principales delitos que comenten los agentes migratorios contra los migrantes son: robo, extorsión, privación ilegal de la libertad y homicidio. Lo hacen portando uniformes oficiales y luciendo el escudo nacional. Es una vergüenza. Mientras nos quejamos del trato inhumano que reciben los nuestros en Estados Unidos, aquí le damos vuelo a la hilacha y nos portamos igual o peor que aquellos a los que criticamos y nos queremos comer vivos. Evidentemente, una cosa no redime a la otra. Tal mal allá como acá. El tema migratorio es doloroso.

Duele al que se va  por lo que deja, por los sueños rotos, por la esperanza que se acabó, por la necesidad de huir. Duele al que se queda por la incertidumbre de no volver a ver al ser amado, por el susto que da saber lo que va a padecer, por el terror de enterarte de todos los padecimientos que enfrentará. El migrante, sinembargo, es un valiente que ante la adversidad busca alternativas en vez de achicarse y conformarse. Pero, apenas sabemos de estos pesares que causamos. 

Los mexicanos debemos exigir a nuestras autoridades lo mismo que se exige a los Estados Unidos, trato humano a un semejante que busca un sueño. ¿Es muy difícil?

La migración San Miguel de Allende

Cuando pensamos en migrantes ilegales, generalmente evocamos a latinos que cruzan la frontera en busca de un  futuro mejor, en subsahariqnos que caminan al norte, en balseros que quieren escapar para conseguir una vida digna. Jamás nos paramos a pensar que el sentido inverso también existe. Ayer, entré a un café en el centro de San Miguel de Allende y el lenguaje reinante no era el español. Hay muchos extranjeros que vienen a vivir sus años de jubilación al estado de Guanajuato, no todos cruzan la frontera con una calidad migratoria que les permita vivir legalmente de este lado.

Me ganó la risa al ver a un hombre rubio, de cara arrugada, vestir una playera de algodón que decía: Trump es un pendejo. Muchos aquí opinan igual. Se avergüenzan y no comparten las ideas de su futuro presidente. Rosalía González, ciudadana norteamericana, nació en la ciudad de Minneapolis. Sus padres eran mexicanos, nacidos en San Miguel de Allende. Se fueron siendo muy jóvenes, se casaron allá, en donde vivieron, se casaron, formaron una famila, murieron y allá fueron enterrados. Ella no conocía el pueblomde sus padres. Es enfermera, se casó con un médico de origen irlandés, muy prominente y reconocido. Quedó viuda después de veinte años de matrimonio. No tuvieron hijos.

El día del funeral de su marido, recibió muchas condolencias vía Twitter y Facebook pero nadie la acompañó al cementerio ni recibió un abrazo en persona. Se sentía muy sola y decidió visitar San Miguel, quedó sorprendida por la calidez de la gente, lo mucho que le rendía su dinero, la facilidad con la que hizo amistades. No volvió a Minneapolis, compró una casa y lleva cinco años viviendo en territorio mexicano sin haber arreglado su calidad migratoria. Dice estar feliz, el nivel de vida que tiene acá es infinitamente superior al que tendría en Estados Unidos, toma clases de español, de arte, pinta, lee, come fuera tres o cuatro veces por semana, tiene amigos en la comunidad estadounidense y entre los mexicanos. Está encantada y no tiene planes de volver.

En general, los estadounidenses que viven en San Miguel son pensionados que llegan a multiplicar su poder adquisitivo. Muchos son amables y muy adaptados, otros sienten que vienen a conquistar territorios indómitos y a convivir con slavajes. Unos son personas muy educadas, orgullosos de la multiculturalidad; otros son gente grosera que no les importa poner música a todo volúmen, que hablan a gritos, que son displiscentes, avaros y huraños. Otros, se sienten despreciados por los locales, hay algunas pintas que son ofensivas. Estas han aumentado desde que Trump empezó con discursos que denostaban a los mexicanos. ¿Y si les hicieramos lo mismo? Dicen algunos locales. 

Lo cierto es que en San Miguel de Allende hay muchos extranjeros que viven aquí y no tienen calidad migratoria de residentes. Muchos trabajan, emprenden, tienen propiedades y viven felices. La migración también se da en sentido inverso, muchos estadounidenses están de esté lado en donde encontraron el verdadero sueño americano. ¿Qué pensará de ellos el señor Trump?

 

Los sucesos de Colonia

La migración tiene aspectos muy duros, no sólo para el migrante si no para los que sirven de anfitriones. En la parte romántica, la que es políticamente correcta, todos hablamos de lo triste que es que la tierra expulse a sus originales, de las condiciones terribles en las que muchos tienen que abandonar todo, de las esperanzas de llegar a una vida mejor. Sin embargo, hay aspectos reales que se alejan de lo adecuado; aquello que se habla por lo bajo, porque da pena y se corre el riesgo de ser clasificado como intolerante, pero que sucede y es horrible.

Sucede como cuando abres las puertas de tu casa a un invitado. El que funge como anfitrión tiene ciertos ritmos de vida, ciertas costumbres, ciertas reglas que se espera sean respetadas por la visita. Las horas de comer, el uso del baño, el cuidado de las cosas se hacen al modo de quien recibe y el que llega se debe adaptar. No obstante, el ciclo de la casa se modifica cuando hay visitas y aunque el invitado sea educado, discreto, comedido y estupendo. Las actividades toman un tinte diferente. Tambien el de la casa se tiene que adaptar. Así, tanto el visitante como quien lo recibe le tienen que echar ganas al asunto para que todo salga bien.

Lo malo viene cuando el invitado se porta mal en casa ajena, cuando a la hospitalidad se corresponde con patanería. Es horrible ver que el invitado se levanta tarde, que se hace esperar, que se acaba el agua caliente del baño, que ensucia las toallas o rompe la perilla de la puerta. Es desagradable convivir con alguien que no tiene modales, que hace ruidos, que no tiene consideración. Es intolerable cuando falta al respeto. Esa frontera no se debe cruzar.

Resulta que  de repente el invitado ya está súper instalado en tu casa. Ya la siente suya. Ya es obligación del anfitrión servirle, apoyarle, mantenerle y el agradecimiento se desdibuja y la cotidianidad hace que se le olvide el estatus en el que se encuentra. La patanería crece, los malos comportamientos van en aumento y si el anfitrión los hace notar o decide cerrar las puertas o expulsar al que no estuvo a la altura de la hospitalidad, entonces queda mal, se le juzga de xonófobo y se le critica por intolerante. Pero hay cosas que no se pueden tolerar.

Los hechos sucedidos en Colonia entran en el conjunto de lo que no es posible aceptar. Los ataques a mujeres el día de la Noche Vieja son más que la convivencia de diferentes mundos o el choque de culturas, son aberrantes. Las victimas, en su mayoria jóvencitas, replican declaraciones similares: Entre varios me sujetaban los brazos por la espalda y cinco más me tocaban. Me quedé paralizada por el terror. A mis amigas les estaban haciendo lo mismo y ellas gritaban, pero había tanta gente alrededor que sus gritos se perdían, ha relatado Evelyn, una joven de 16 años a la cadena de televisión N-Tv. La única posibilidad de identificar a los agresores es que alguna cámara de seguridad haya grabado las imágenes, ya que los atacantes no se cubrían la cara y podrían ser identificados. La mayoría han sido fichados como personas que gozaban del privilegio del asilo político.

No fue un acto aislado. Fueron muchos los abusos reportados en Colonia. Cueron agresiones sexuales y robos. Lo más probable es que sean más de los reportados porque, ante la vergüenza y el pudor, muchas no denuncian. Sé que no todos los migrantes se portan mal, soy consciente de que tienen un papel central en las economías de origen y destino y entiendo que en estos hechos pagan justos por pecadores. Pero nadie debe morder la mano de un anfitrión. Nadie debe corresponder mal al que le trata con bondad. Nadie.

Ahora resulta que las chicas deben quedarse encerradas en casa para evitar ser agredidas. Ahora las alemanas deben de encerrarse para que nomles falten al respeto. Ahora el dueño de la casa se debe pertrechar en la alcoba mientras el invitado baila sobre la mesa del comedor y destruye la casa. Es rídiculo. 

Con independencia de la calidad migratoria de los agresores, lo que está mal, está mal. Así, sin adjetivos ni aderezos. Está mal abusar. Está peor hacerlo con chicas adolescentes. Los sucesos en Colonia, mas allá de cualquier componente migratorio, de nacionalidad, de circunstancia, de política o de cualquier otro aspecto, son simplemente inaceptables.Traerán  consecuencias y, lamentablemente, pagarán muchos justos por algunos pecadores.

  

Fotógrafos

Siempre he pensado en que el poder del obturador radica en la oportunidad. El ojo atento, la mirada fina y la sensibilidad del que toma una fotografía le dan al mundo, manda con una imagen, lo que a otros nos lleva varias palabras. En ocasiones, esa lámina transforma las percepciones con mayor eficiencia que muchos discursos. 

No, no me refiero a las cientos de miles de selfies que se suben a la red con un afán egolatra, ni las de la comida que inundan el espacio virtual, ni las de viajes que en general, muestran lo hermosos que nos creemos, lo sibaritas que nos decimos y lo felices que demostramos ser. Tampoco a las de los paparazzi que captan a algún famoso en circunstancias no controladas. Me refiero a esas que un fotógrafo capta en cierto momento para enviar un mensaje.

Ver la fotografía de Marilyn Monroe leyendo a James Joyce nos indica mucho más que todo lo que se ha dicho de ella. No hay duda. Ver a Fidel Castro platicando cordialmente con un Papa le saca las turcas de su lugar al más listo. Tampoco me refiero a esas, ni a los paisajes, ni a las que revelan los defectos de ciertas modelos que posaron voluntariamente. No.

Me refiero a esas fotos que incluso han ganado premios prominentes. Pienso en esa fotografía en la que el fotógrafo capta el instante en que un niño es devorado por un león o esas estampas en las que aparecen niños africanos con el vientre abultado por los parásitos que los invaden o esos cadáveres en los campos de guerra o esa mujer que pide limosna afuera de una iglesia o ese niño angustiado que grita y estira los brazos al ser separado de su madre o ese hombre desnudo a punto de ser quemado en leña verde culpable de tener un color distinto de piel. 

Hablo de esas fotos de lágrimas que provocan que el observador sienta un nudo en la garganta. Me refiero a esas imagenes poderosas que conmueven hasta a las piedras y que transmiten un discurso más efectivo que el de cualquier político, intelectual o líder religioso. Aquellas que pueden echar abajo discursos xenófobos, populistas, oportunistas, en fin falsos. Sí, Kodak tenía razón, una imagen vale más que mil palabras, aunque estas sean dichas con el corazón. 

Dice Eduardo Caccia que ciertos fotógrafos provocan con su trabajo exclamaciones o silencios con el que comprendemos cientos de palabras sin pronunciarlas. Al oprimir el obturador, un fotógrafo tiene la capacidad de reunir los sentimientos de un planeta en un instante. 

Sí, sin embargo, a veces me pregunto si ciertas imágenes que conmueven carecen de elementos éticos. ¿No debió ese fotógrafo guardar la cámara y tratar de salvar al niño de ser tragado por un león? ¿No debió de abstenerse ese hombre de fotografiar a ese hombre desnudo en el moude vejación? ¿Qué pasa con el respeto que se le debe al Ser Humano que mira la lente en un momento de aflicción? ¿Nos toca recordar así a esas personas?

No sé. Tengo mis dudas. No estoy segura si la cámara debe salir en cualquier momento, en toda circunstancia y en cada lugar. No lo creo. La fotografía de Aylan Kurdi ha dado la vuelta al mundo. Muchos han opinado y muchas más han hecho consciencia de lo que es el fenómeno migratorio, de la guerra en Siria, del horror humano y de la insensibilidad gracias a esa imagen. Sin embargo, creo que hay fotografías que no se debieron tomar jamás. 

Son más los que vieron la fotografía que los que conocen el nombre de este pequeñito turco de tres años.

En fin, siempre he pensado que el poder del obturador radica en la oportunidad en el ojo atento, la mirada fina y la sensibilidad del que toma una fotografía que le da la vuelta al mundo. En eso precisamente, en la sensibilidad del que dispara. En la sensibilidad. 

  

Trump y Merkel

El domingo pasado, Jorge Volpi abordó con preocupación el discurso racista de Donlad Trump. Dijo que reducirlo a las palabras de un payaso era sumamente preocupante ya que así había empezado Hitler y los alemanes siguen avergonzados por los resultados de una política xenófoba. A mí me pareció un poco exagerada la afirmación pero aún no había pasado el incidente de la conferencia de prensa en la que Jorge Ramos fue arrastrado a la puerta por la gente se seguridad a instancias Donald, el anfritrión.

Con independencia de lo bajo que es subirse a la estrategia de la xenofobia para ganar adeptos, de lo efectista que puede resultar y de que en un momento determinado a Trump le puede resultar que el chirrión le salga por el palito, creo que sería, como afirma Volpi, un grave error no parar en seco a este señor.

Es verdad que muchos detractores de Jorge Ramos afirman que fue a provocar a Trump y que le gusta ser visto como la victima. Ni hablar, en este caso lo fue. En esta tesitura, con astucia, logró evidenciar a un millonario con cara de mandril y cerebro de cacahuate que le gusta atacar a una raza determinada. Ya sucedió antes y pregunten en Polonia sobre la gravedad de estos discursos. 

Las palabras que usa Trump son graves, las reacciones de odio son peores. En el chorro verborreíco que se avienta desde un microfono va infiltrado un desprecio que se inocula en miles de estadounidenses que, en su ignorancia, olvidan los orígenes de esa nación y ejercen su aborrecimiento contra latinos, negros, musulmanes, chinos, italianos o cualquiera que ellos consideren que llegaron a su territorio a ensuciar su suelo y a contaminar su sangre tan pura. Ya sucedió antes y pregunten en Armenia sobre la gravedad de estas influencias.

Pero si las palabras de Trump son graves, las acciones de Merkel no son menos. Mientras Trump pide muros kilométrico para marcar fronteras, Merkel pone espinas para que los inmigrantes se ensarten antes de pasar al territorio alemán. No han pasado ni tres décadas de que se derribó el muro en Berlín y ya se quiere elevar otro. Los alemanes tiene un museo de memoria sobre el Holocausto, ¿no sería conveniente que la señora Merkel se diera una vueltecita por ahí? Al señor Trump, magnate del entretenimiento, mejor ni le sugerimos la visita, sabemos que los museos no son lo suyo, como tampoco lo es la historia ni la geografía ni la diplomacia. 

Luego, el señor Trump sale con la ocurrencia de traerse a Arpagio para hablar de migración en México. ¿Y las autoridades mexicanas están sordas? Esos dos personajes deberían ser declarados personas non gratas en todo el territorio que va desde el río Bravo hasta la Patagonia. Eso piensan ellos que es la extensión de México. Me parece que las reacciones de los gobiernos latinoamericanos están siendo muy tibias frente a las palabras de este señor. Uno que quiere dejar sin nacionalidad a niños nacidos en Estados Unidos y que declara su desprecio por los latinos y otro que piensa que es lo mismo matar pollos que asesinar personas. Pregunten en Berlín sobre lo que significa dividir familias y se valorará la gravedad de estas acciones.

Sólo los locos olvidan y los incesatos están condenados a revivir las atrocidades del pasado. 

Merkel los llama sin papeles, Trump les dice mexicanos, para ambos la custión de la migración es un problema que se resuelve con muros y espinas. Imagino que ambos creen que el cáncer se puede curar con una aspirina.  Sí, Merkel es una gran estadista, ni hablar, Trump nunca llegará a serlo. La memoria es un recurso que tiene la Humanidad para parar a los incensatos. 

  
 

¿Qué pensaría Abraham Lincoln?

Un día como hoy, pero de 1861, Abraham Lincoln juró como presidente de los Estados Unidos de América. Fue el decimosexto en llegar a la silla presidencial y el primero republicano. Sí, cuesta creer que un hombre de avanzada, con ideas liberales que fueron el germen de la abolición de la esclavitud y que llevaron a la Proclamación de la Emancipación de 1863 haya pertenecido a ese partido.

Parece que los republicanos han cambiado mucho de 1861 a la fecha. Los ideales de Lincoln, co fundador del partido parecen haber quedado en el olvido. En la lucha por lograr la libertad de los esclavos, Estados Unidos se rompió en dos, los estados que se negaban a reconocer la igualdad de los seres humanos, mayoritariamente los del sur, y los que apoyaron al Presidente en la decisión de quitarle el yugo a gente que vivía y trabajaba en condiciones infrahumanas. 

Los Republicanos de 1861 acompañaron al Presidente Lincoln a pesar de que entendían que esas ideas lo llevarían a una Guerra civil. Con honor, respaldaron sus ideas y lograron que los Estados de la Unión abolieran la esclavitud y los negros fueron libres. Se les reconoció, por lo menos, en letra de Ley, su igualdad de condición al ganar la guerra.

Hoy los Republicanos en Estados Unidos no están interesados en la igualdad de ninguna especie. Por el contrario, marcan diferencias y las hacen notar. Arrugan la naríz frente a los que no son como ellos y promueven y aprueban leyes que aumentan las distonciones entre unos y otros. Su lema parece ser, si eres diferente, vete de aquí. Hay una intención antimigratoria y se olvidan de cual fue el cimiento que dió vida a esa Nación. Por cierto, es el mismo que sigue moviéndola. 

¿Qué sería de los Estados Unidos sin inmigrantes? Habría menos manos que dieran prosperidad y brillo a ese país. Habría más problemas, ¿quién cuidaría de sus campos, quién de sus niños y de sus viejos? ¿Quién? ¿Que pensaría Lincoln de lo que hicieron con su partido y con sus ideales? Pregunto. 

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