Sin reconocer a su aliado

Nos pasa algunas veces, no entendemos por qué pero dejamos de entender las razones que tienen nuestros amigos para actuar de ciertas formas y en el peor de los casos, estamos en un punto de desacuerdo tan fuerte que ya ni los reconocemos. Eso sucede con la gente y con las naciones. Europa deja esa relación cordial con Estados Unidos y se pregunta qué está pasando.

No sólo se trata de las estridencias, de los terrores de lesa humanidad que se están perpetrando, del racismo rampante y el desprecio al migrante, ahora también hay agresiones directas a quienes debieran ser aliados. La diplomacia se encarga de recibir a Trump en la sede de Europa, pero la gente en las calles no se siente cómoda de tenerlo como visitante.

La prensa holandesa se pregunta qué argumento podrá sustentar un oficial para separar una criatura de los brazos de sus padres. No se trata de un problema de migración sino de la crueldad extrema que se inflige a inocentes e indefensos. ¿En eso se está transformando Estados Unidos? No se trata de otra cosa más que de reflexionar sobre la calidad ética de una nación que abusa sin pudor.

Hoy, Europa se siente más lejos de Estados Unidos y siente que el fuego amigo es duro e incomprensible. No se entiende con Donald Trump que mezcla temas, negocia en forma errática y declara sin datos exactos, lo hace con ambigüedades. Desde Europa, la visión es que Estados Unidos está generando una crisis migratoria y que pronto no sabrán qué hacer al respecto.

Trump llega a la reunión de la OTAN con arrogancia a frotar sal sobre las heridas de sus aliados. En las reuniones privadas se reporta a un Trump cordial, en público escupe fuego. En las fotografías aparece aburrido. No entiende a Macron ni a Merkel.

Los ataca. Macron mira al cielo, Merkel sonríe. Europa deja de reconocer a su aliado. En las calles, la gente se expresa. Los cárteles son elocuentes.

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Los besos de Emmanuel Macron y la cordura de Merkel

No hay duda, el entusiasmo por besar a alguien más siempre ha estado presente en el ánimo humano. Pero, ¿besar a Trump? A la pobre Melania no le queda otra, pero esas efusiones cariñosas entre el presidente de Estados Unidos y Emmanuel Macron pasaron de la sorpresa, a la risa hasta llegar al dolor de estómago. La pregunta que todos nos hicimos fue ¿a qué viene tanto amor?

Los papeles se voltean y entre tanta simpatía advertimos que detrás hay una agenda que no alcanzamos a comprender. ¿Cómo? Y, por fin, sale el peine y Trump convertido en el vocero del líder francés anuncia la salida del acuerdo de paz con Irán de Estados Unidos y dice que va acompañado por Francia.

No quiero imaginarme la cara de Macron al enterarse de lo hecho por Trump. Sin duda, hay que cuidar las amistades. No hay que dejarse besar por cualquiera. Los conflictos están a las puertas de Europa y las ocurrencias de Trump cuestan más en territorio europeo que en el estadounidense. Y, en todo caso, que cada quien se haga responsable de sus palabras.

Merkel le viene a componer la nota a Macron, ¿Qué haríamos sin su cordura? El medio oriente es un avispero que no necesita la imprudencia de un troglodita agitando, a ver qué pasa. Alemania busca arreglar las cosas y evitar males mayores. Por fin, Macron declara que es necesario fortalecer la política exterior y buscar la paz.

Europa ya no puede confiar en Trump, ojala Theresa May escuchara con atención. Estos angloparlantes han servido para fortalecer la unión de Europa aunque no por las mejores razones. Merkel se encarga de componerle la nota a Macron. Hay que mirar al largo plazo. Fijar la vista al horizonte, en donde ya no estén sujetos tan ocurrentes como Trump y tan oportunistas como May.

Macron recibió la medalla Carlomagno para afirmar, con este símbolo, que su compromiso está con Europa y con el fortalecimiento del proyecto europeo, besos a parte y con la cordura de Merkel, que así sea.

Trump y Merkel

El domingo pasado, Jorge Volpi abordó con preocupación el discurso racista de Donlad Trump. Dijo que reducirlo a las palabras de un payaso era sumamente preocupante ya que así había empezado Hitler y los alemanes siguen avergonzados por los resultados de una política xenófoba. A mí me pareció un poco exagerada la afirmación pero aún no había pasado el incidente de la conferencia de prensa en la que Jorge Ramos fue arrastrado a la puerta por la gente se seguridad a instancias Donald, el anfritrión.

Con independencia de lo bajo que es subirse a la estrategia de la xenofobia para ganar adeptos, de lo efectista que puede resultar y de que en un momento determinado a Trump le puede resultar que el chirrión le salga por el palito, creo que sería, como afirma Volpi, un grave error no parar en seco a este señor.

Es verdad que muchos detractores de Jorge Ramos afirman que fue a provocar a Trump y que le gusta ser visto como la victima. Ni hablar, en este caso lo fue. En esta tesitura, con astucia, logró evidenciar a un millonario con cara de mandril y cerebro de cacahuate que le gusta atacar a una raza determinada. Ya sucedió antes y pregunten en Polonia sobre la gravedad de estos discursos. 

Las palabras que usa Trump son graves, las reacciones de odio son peores. En el chorro verborreíco que se avienta desde un microfono va infiltrado un desprecio que se inocula en miles de estadounidenses que, en su ignorancia, olvidan los orígenes de esa nación y ejercen su aborrecimiento contra latinos, negros, musulmanes, chinos, italianos o cualquiera que ellos consideren que llegaron a su territorio a ensuciar su suelo y a contaminar su sangre tan pura. Ya sucedió antes y pregunten en Armenia sobre la gravedad de estas influencias.

Pero si las palabras de Trump son graves, las acciones de Merkel no son menos. Mientras Trump pide muros kilométrico para marcar fronteras, Merkel pone espinas para que los inmigrantes se ensarten antes de pasar al territorio alemán. No han pasado ni tres décadas de que se derribó el muro en Berlín y ya se quiere elevar otro. Los alemanes tiene un museo de memoria sobre el Holocausto, ¿no sería conveniente que la señora Merkel se diera una vueltecita por ahí? Al señor Trump, magnate del entretenimiento, mejor ni le sugerimos la visita, sabemos que los museos no son lo suyo, como tampoco lo es la historia ni la geografía ni la diplomacia. 

Luego, el señor Trump sale con la ocurrencia de traerse a Arpagio para hablar de migración en México. ¿Y las autoridades mexicanas están sordas? Esos dos personajes deberían ser declarados personas non gratas en todo el territorio que va desde el río Bravo hasta la Patagonia. Eso piensan ellos que es la extensión de México. Me parece que las reacciones de los gobiernos latinoamericanos están siendo muy tibias frente a las palabras de este señor. Uno que quiere dejar sin nacionalidad a niños nacidos en Estados Unidos y que declara su desprecio por los latinos y otro que piensa que es lo mismo matar pollos que asesinar personas. Pregunten en Berlín sobre lo que significa dividir familias y se valorará la gravedad de estas acciones.

Sólo los locos olvidan y los incesatos están condenados a revivir las atrocidades del pasado. 

Merkel los llama sin papeles, Trump les dice mexicanos, para ambos la custión de la migración es un problema que se resuelve con muros y espinas. Imagino que ambos creen que el cáncer se puede curar con una aspirina.  Sí, Merkel es una gran estadista, ni hablar, Trump nunca llegará a serlo. La memoria es un recurso que tiene la Humanidad para parar a los incensatos. 

  
 

Fronteras

Hace veinte años nos dijeron que las fronteras se estaban desdibujando, que el mundo sería cada vez más global y que viviríamos en el privilegio de la libertad geográfica. El planeta se reorganizaría, nos dijeron, y lo relevante se centraría no en lo nacional si no en lo mundial, es más en lo universal. Esta nueva composición geográfica iniciaría con los temas comerciales, las mercancías gozarían de libre tránsito y las personas también. Después todos seríamos uno. Hermanados. Unidos.
Pero resultó que hay de fronteras a fronteras. Las diferencias fueron las principales aliadas de los globalifóbicos. Los detractores de la unión ganan posiciones. Claro. Hay líneas más gruesas que otras. No es lo mismo la frontera entre Noruega y Suecia que la que existe entre España y Francia. No es igual la línea divisoria entre Canadá y Estados Unidos que la que hay con México.
Hay fronteras que lo son más que otras. Hay puertas que siempre permanecerán cerradas a pesar de tratados de libre comercio, de buenas voluntades, de oficios diplomáticos y fotografías de primeros dignatarios.
El mundo no es igual desde Tijuana que desde San Diego, ni desde Ceuta que desde el desierto Africano o desde las playas de Lampedusa que sobre una piragua que flota sobre el Mediterráneo. Tampoco es igual Santo Domingo que Puerto Rico o que Cuba, por más que las similitudes sean tan grandes. A veces, pequeñas diferencias bastan.
Pero en términos de fronteras hay de todo. Como en botica hay variedades y extremos. Existen líneas candentes como las de Israel y Palestina, que a pesar de cohabitar territorios y de no quedar muy claro donde deben iniciar y terminar, son tan poderosas que han cobrado y siguen cobrando vidas. Hay otras que son tan movibles como los protagonistas de la historia han querido. Piensen en Estrasburgo, hoy es Francia pero hace algunos ayeres fue Alemania. La Historia nos hace ver la intermitencia de esa frontera, ahora francesa, ahora alemana, ahora francesa, ahora alemana.
Hay fronteras que quieren ser y se ve complicada su existencia. La dificultad se manifiesta. Así es para Cataluña y para el País Vasco. También para
Escocia o Quebec. Negociaciones, discursos, guerras, balas, bombas, destrucción muerte, lágrimas y desolación. Todo para fijar una raya. No cualquier raya, son líneas que hablan de individualidad, límites que dan Identidad.
En Crimea se vive una situación fronteriza parecida a la de Estrasburgo, es decir, hoy es parte de Rusia, mañana no. Ayer estuvo integrada a la Unión Soviética, después ya no. Ahora e parte del imperio Ruso, ahora no. Putin se revela como un hombre que no le tiene miedo a las amenazas de Estados Unidos, parece que le causa diversión estar provocando. Lo cierto es que el Señor Presidente tiene su agenda y no manifiesta ningún interés en lo que opine el mundo, ni temor ante las amenazas de Europa, ni de Obama, ni de la liga de naciones. Hace un referendúm y se anexa Crimea. Así de fácil.
Putin se ayuda de la historia y borra una frontera como quien corrige un trazo mal hecho en la clase de geometría. Las consecuencias no le son relevantes. Se acoge a la hipocresía de los que hoy lo critican. ¿Cómo escuchar a Estados Unidos si existe Siria? ¿Cómo hablar con Europa sin mirar al desierto Subsahariano? ¿Quién no tiene las manos llenas de lodo?
El sueño globalizador del mundo se tambalea, rechina y se ve difícil de ejecutar. Las diferencias entre los seres humanos parecen ser la causa reinante para que el sueño no se vuelva realidad. Cada quién defiende sus diferencias desde el privilegio y no permite que se traspasen ciertos límites, a menos que sus intereses así lo demanden.
Lo sabe Putin, lo sabe Obama, lo saben Merkel y Peña. Lo sabes tú y también lo sé yo.

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Berlín, sobria.

Es primavera y en Berlín hace frío, amanece a menos siete grados centígrados y la temperatura se niega a escalar por encima de los dos, a pesar de que el sol brilla con poder. Si en las fotografías no se viera la nieve, cualquiera pensaría que el día está caluroso. Nada de eso. El viento sopla y da la impresión de que el invierno se quiere quedar con los alemanes.
Así es Berlín, bipolar, contrastante. Una ciudad ultramoderna y sobria. Un lugar con años de historia y tradición que se oculta. Hay que poner atención, hay que ir de mano de un experto para escarbar en sus entrañas y encontrar la ciudad de los libros. La del imperio, la de Hitler, la dividida, la de la guerra fría, la líder de Europa, todos esos hilos narrativos se pierden en una ciudad que se sigue reconstruyendo. En el paisaje se ven las grúas que movilizan enormes piezas de concreto. Berlín sigue en construcción. Es como la mujer que se arregla eternamente y no termina de estar lista.
Es por su historia. Hace algunos años parecía que Berlín no sería definitivo. Era en sí mismo una isla, un enclave sitiado de la Alemania Occidental en la Oriental. Se arreglaban las cosas de manera provisional, esperando tiempos mejores. Cuánta razón tuvieron. Esos tiempos ya están aquí. Acabó la división.
La austeridad alemana está siendo recompensada. El orden que se refleja en las calles viene de las casas. Nada fuera de su lugar. No hay excesos, están ocupados de lo necesario. Para muestra un botón: Ángela Merkel no vive en una residencia oficial. En Berlín no hay Casa Blanca, ni Rosada, ni Downing Street, ni Los Pinos. Ella vive en la casa que compró con su marido antes de ser la Canciller de Alemania. Un apartamento sencillo a la vera de la isla de los museos. Si no me lo advierten, no me hubiera enterado. Únicamente dos guardias de la policía municipal resguardan el lugar. No se despilfarra en escoltas, ni en parafernalia. Un cantante chafa en México tiene más custodios que la casa de la mujer más poderosa de Europa.
Así es Berlín. No hay grandes memoriales para los caídos en el holocausto. Hay pequeñas placas en el suelo que cuentan cada historia. Historia que debe ser elaborada por el lector. Nombre, fecha de nacimiento, fecha de aprensión, forma y lugar del asesinato, fecha de muerte. Cada uno debemos de llenar el espacio. Lo único que sabemos es que cada placa fue colocada frente a la casa donde habitó el judío en cuestión. El judío o aquel que fue clasificado como tal según los criterios del régimen. Tal vez en esa sobriedad se refleja de forma más dura la realidad de Berlín.
Guillermo, el experto que nos guío por Berlín me dijo,¿Ves esa pared en ese edificio, tiene nombres, los notas? Sí, claro. ¿Te fijas que al lado del edificio hay un terreno vacío? Sí, desde luego. Es la casa vacía. Me reí, pensé que se trataba de un chiste. Nada de eso. La casa vacía es un monumento. Ahí, en ese lugar hubo una casa que fue destruida por una bomba, los nombres son los de las personas que vivieron y murieron ahí. Jamás se construirá otra cosa ahí.
Ese es Berlín. No oculta sus co atrices pero tampoco las a da presumiendo. Sorprendente, pero debe ser descubierto. No se da tan fácilmente, hay que hacer la tarea.
Berlín es sobria y congruente. No se deja seducir por los cantos de la riqueza, no se emborracha con los vapores pasajeros de la gloria. Tal vez porque sabe de lo que le están hablando.
Por la noche, la ciudad se viste de luces, las suficientes, para hechizar al visitante. No es el resplandor encandilante de otras ciudades. Aquí no hay derroches. Es lo justo para dar belleza y realce a está ciudad que no se deja encantar por las sirenas.

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