Frida Sofía

El nombre me pone los pelos de punta. Hace un año, las personas que vivíamos en la capital de la República Mexicana amanecimos con el ánimo por los suelos, sentíamos la garganta hecha nudo y una especie de polvito que nos picaba el cuerpo. Después del sismo del 19/09/17, porque la ironía no nos dispensó la mala broma de repetir la tragedia de un terremoto en la misma fecha, en el mismo lugar con casi tres décadas de diferencia, amanecimos alicaídos. Muchos salimos a la calle para ver en que podíamos ayudar, llevábamos a los centros de acopio alimento, agua, medicinas, picos, palos, cuerdas o lo que hiciera falta y queríamos ser útiles y solidarios. Por primera vez en mucho tiempo, la calle fue de los ciudadanos. Nos sentíamos más seguros afuera que en nuestras casas. No teníamos miedo de hablar con desconocidos, no nos asustaba que alguien nos fuera a asaltar o a hacer daño.

Otra vez, como hacía años no nos pasaba, nos sentamos frente al televisor para informarnos. Las redes sociales daban cuenta de muchos lugares en los que se necesitaba ayuda que luego resultaban ser falsos y, entonces, la televisión mexicana perdió una oportunidad de oro que la tragedia le estaba poniendo en bandeja de plata: ser una fuente confiable y creíble de información. No, no todos estuvieron a la altura de las circunstancias. En medio del dolor, de la destrucción, de los recuerdos surgía un nombre: Frida Sofía.

Nos enfrentaron a la realidad de la escuela Enrique Rébsamen, a imagenes de pequeñitos que fueron sacando de entre los escombros y luego nos dijeron que había una niñita que se llamaba Frida Sofía que estaba atrapada entre los pedazos que quedaron de esa construcción que después nos enteraríamos estaba rodeada de irregularidades, de permisos falsos, de certificados ilegales y de corrupción dolorosa, de esa que cuesta vidas. Pero, nada de eso importaba. Lo que queríamos era que Frida Sofía saliera con vida.

Televisa hizo una transmisión en la que casi segundo a segundo nos iba informando sobre los avances de ese rescate. Primero nos dijeron que era un niño, pero no sabíamos su edad. Me venció el sueño y me quedé dormida pidiendo a Dios por esa criatura. Soñé pesadillas. Mi primer pensamiento a día y medio del terremoto fue el niño que ya era niña y que se llamaba Frida Sofía. Puño en alto y todos guardaban silencio en los alrededores del Rébsamen y yo desde la casa también lo hacía y rezaba quedito. Hasta Denise Maerker engolaba la voz y todos llegamos a creer que si teníamos la esperanza en alto, lograríamos ver como sacaban a una nenita de las entrañas desbaratadas de una construcción vencida.

La tragedia subió de tono cuando empezó a llover en la Ciudad de México. La transmisión cambió de tono, la preocupación nos llevó al paroxismo y otra noche más me venció el sueño. Entre sueños, rezaba por Frida Sofía, por sus padres y sus familiares. En la mañana, me pregunté dónde estaría la familia de la pequeña y agradecí a los cielos que los reporteros fueran tan respetuosos con los familiares de la pequeña que estaba en semejante desgracia.

Y, el fiasco.

Frida Sofía no existe, nunca existió. Surgió de la mente retorcida de algún imbécil que además de estúpido es de un corazón tan negro como la oscuridad que reina en los infiernos. Así, la televisión mexicana que transmitió semejante mentirota, perdió el honor y la posibilidad de convertirse en un canal digno de comunicación confiable.  Nos volvieron a dar atole con el dedo y, al final, yo quisiera saber con qué afán lo hicieron.

Tapar el sol con un dedo

Parece que esto de hacerse disimulados nos está empezando a gustar. Si no, no hay forma de entender mucho de lo que está sucediendo. Queremos taparle el ojo al macho, como si al hacerlo lográramos desvanecer aquello que molesta, que no está bien, que ha fallado o que ya no puede ser. Tal vez, tanta simulación se deba a un signo de impotencia. Lo cierto es que hacernos de la vista gorda ni resuelve ni engaña a nadie. Necesitamos reencuadrar, trasucir los eventos y expresarlos como son.

Felicitamos a Carstens por su nuevo empleo, cuando deberíamos llamarlo irresponsable. Su salida del Banco de México en estos momentos, habla mal de él como persona. En un afán egoísta, salta de un barco que está haciendo agua y corre despavorido a aguas más tranquilas. Si el señor se quiere ir, pudo haberlo hecho en una mejor oportunidad y no hacernos pagar el pato devaluatorio a los demás. Si lo que quiere es lavarse las manos y no mancharse con una política que privilegia el endeudamiento, se entiende, pero debió elegir otro momento para retirarse a una nueva responsabilidad. Pero, en vez de llamar a las cosas por su nombre, silbamos de ladito y miramos al cielo. El Presidente aplaude al gobernador del Banco de México en vez de llamarlo al orden y a la prudencia. Si se quiere ir, está bien, hágalo en el momento adecuado, debió decirse. 

Los priistas, perredistas y panistas se razgan las vestiduras ante la corrupción que se genera en el interior de sus filas, los casos de gobernadores corruptos, saqueadores, mafiosos son multicolores. Mientras los tuvieron en sus filas, hasta les elevaron los brazos y los felicitaron, cuando brotó la sangre todos se asustaron. ¿Quién puede llamarse sorprendido por lo que sucedió en Guerrero, en Veracruz o en Sonora? Los estudiantes que le jalan los bigotes a las autoridades, los periodistas que amanecían muertos, los negocios familiares todos los conocíamos antes de que la suciedad saliera a flote. Nadie hizo nada por frenarlos.

Las mentiras que generaron simpatía al rutilante presidente electo en Estados Unidos son tan evidentes y nadie las paraba. Mark Zuckerberg pone cara de asombro al enterarse de los efectos que los embustes en su red han causado. El domingo pasado un hombre salió con rifle en mano para investigar si Hillary Clinton estaba al frente de una red de pedofilia que operaba desde una pizzería. ¿Qué no hay forma de filtrar y parar esas prácticas dolosas? 

Las promesas de bienestar y trabajo en el Reino Unido empiezan a calar ante las realidades del Brexit, no todo lo que brilla es oro y claramente después de la borrachera de alegatos y de que algunos llevaron agua a su molino, la resaca del día siguiente revela realidades que ahora duelen y cuestan. Pero, en vez de asumir, se mira de soslayo y que pague el último de la fila. Ni hablar, tapar el sol con un dedo se vuelve deporte internacional.

Corrupción, impunidad se combinan con hartazgo y falta de motivación. Las personas se enfadan de ver como esa brecha entre los que todo tienen y a los que todo les falta se hace cada vez más profunda. En la oscuridad, alguien sonríe. Le conviene el disimulo porque es benéfico a sus intereses. Lo que necesitamos es una forma de comunicarnos respetuosa y abierta, que no se asute por llamar a las cosas por su nombre y que represente con amplitud la verdad que estamos viviendo. El que se va en forma y tiempos inoportunos es un cobarde hasta que nos explique sus razones, el que manda matar a periodistas es un asesino, el que abusa de niños es un pederasta, el que roba es un ladrón, el que promete lo imposible es un mentiroso, el que manda sin convocar a elecciones es un dictador y el que quiere tapar el sol con un dedo es un imbécil y peor de tontos somos los que le seguimos la corriente.

Mala yerba

Los zorros son animales astutos, a simple vista parecen unos hermosos perritos que podrías abrazar y metértelos al bolsillo porque parecen de peluche. Con ese hocico fino y puntiagudo parecen tan inocentes, tan indefensos y en realidad son cánidos rapaces, carnívoros veloces que tienen la capacidad de hechizar a sus víctimas y matarlas en instantes. No se les nota la intención. Así pasa con los venenos más potentes, son yerbas malas que a primera vista son hermosas pero resultan fatales. 

Con los humanos la cosa cambia. Las intenciones se notan. Hay una especie de sexto sentido que nos ayuda percibir las intenciones reales de las acciones. Necesitas ser muy bueno para disimular los motivos verdaderos. Entonces, si la bruja ofrece una manzana, todos saben que algo anda mal, tal vez no sepan que está envenenada, pero hay la certeza de que no es un ofrecimiento de buena voluntad. Claro, en todo lugar hay Blanca Nieves que están dispuestos a recibir alegremente esas frutas aderezadas y las muerden con tanto gusto que ni se enteran cuando caen narcotizados.

En general, nos damos cuenta de la mala yerba. Casi siempre, se encienden las alarmas y no nos tragamos los cuentos. El problema es que últimamente son tantos los yerberos que la oferta se multiplica y el gusto amargo se va apoderando de la escena mundial. Por suerte, se les nota. Tristemente, algunos deciden aceptar las manzanas envenenadas y los vemos dándole de mordidas con una alegría que en vez de causar ternura, causa alarma.

Sólo así se explica uno que existan seguidores latinos de Donald Trump, sólo así se entiende que haya gente que crea que López Obrador no tiene bienes ni dinero en el banco y viva como marqués, sólo así se comprenden los miles de tuits y posts que piden enardecidos que le quiten la cédula profesional a Peña Nieto. Mientras, imagino a Trump, a López Obrador y a Peña acariciando al gato negro, sonriendo satisfechos, sabiendo que muchos degluten gustosamente la frutita.

A mí me da pánico ver los efectos de tanta mala yerba. Los motivos de odio van germinando por doquier. Las brujas van pisando a los durmientes que tan contentos aceptaron lo que creyeron que se les ofreció de buena voluntad. El mal está hecho, la gente cree y se va con la finta. Las oportunidades de análisis se diluyen y las carcajadas de la bruja causan temblores que pasan desapercibidos. ¿Por qué nadie se pregunta cuáles son las verdaderas intenciones de Trump, con qué paga López Obrador la vida de lujo que tiene, cómo le hará Peña para seguir controlando un país que parece barril de pólvora? Al final, nadie se pregunta cuáles son los beneficios de andar con cuentos.

Claro, con los efectos narcotizantes de la manzana, vemos a latinos vitoreando a Trump mientras algunos republicanos se están muriendo de miedo; vemos a cientos de fanaticos aplaudiendo la sencillez de López Obrador mientras el pasea por Roma y vemos a miles de enardecidos pidiendo que le retiren la cédula a Peña mientras su amigo Virgilio da explicaciones de horas y horas para justificar lo que no tiene explicación más que la evidente. No hay duda, la flor del mastuerzo es bella.

Se tira una cortina de humo y enhierbados no logramos ver los efectos reales. No habrá muro, hay ríos de dinero encubierto en la honestidad valiente y en la corte peñista hay funcionarios que se van de luna de miel a Río de Janeiro haciendo gala de dispendio y frivolidad. Y, obnubilados por la mala yerba, nos olvidamos de las fosas clandestinas, de los actos vandálicos, de los robos, de las extorsiones, de los secuestros, de la pobreza alimentaria, del crecimiento, del turismo, de la salud, del campo, de la infraestructura. Lo toral se diluye.

No obstente, en el fondo sabemos la verdad. Nuestro sexto sentido se enciende y manda alertas. Es tiempo de enjuagarnos la boca, apartar la mala yerba, olvidarnos de los espejitos mal intencionados que se nos ofrecen como grandes revelaciones y empezar a darnos cuenta que si seguimos envenenado, algún zorro nos va a enterrar los colmillos en el cuello después de habernos encantado con esa carita tan inocente.

Villa Haytary

Cada región, cada pueblo, cada barrio tiene mitos y leyendas que les dan identidad. Éstos se forman en parte por la verdad de los hechos y en parte por la visión de quién cuenta las historias. El narrador, a veces exagerado, a veces romántico, le añade condimentos a la historia para imprimirle su sabor y, en ocasiones, estos aliños tienen un lugar de mayor protagonismo que la verdad. Hay veces que la leyenda se importó de alguna región, se tropicalizó y se adaptó al lugar, sino, ¿Cómo es posible que en cada playa en la que hay una roca enorme se repita la historia de la novia que se pertificó esperando al marinero? Ana, la que espera eternamente al Miguel que salió en la barca para no volver, existe en muchos de los linderos del océano de todo el mundo.
La calle de Laurel también tiene sus leyendas, de hecho tiene muchas, casi me puedo aventurar a decir que cada casa alberga una historia. Tal como Dante hizo su alegoría del camino del infierno al cielo en su Comedia, los lugareños refieren a Laurel como la calle que alberga historias que simulan ese ascenso. De hecho, la calle comienza en Avenida de la Concha y sube hasta la Calle de Rompeolas, así que el escalar no es meramente metafórico. De Villa Haytary a Casa Arimatea hay una pendiente interesante.
No se si lo que se cuenta de Villa Haytary es verdad o no. Cuando yo empecé a caminar por la calle de Laurel, la casa ya estaba así, y de eso hace casi trece años. La primera vez que la vi tenía sellos que le cruzaban la puerta, en ellos se leía Asegurada y tenía las siglas y el escudo de la Procuraduría General de la República.
Cuenta la leyenda que un poderoso narcotraficante se enamoró de una hermosa mujer de rasgos orientales que nació en Hiroshima. Dicen que al hombre le costó mucho trabajo enamorarla y que él no buscaba en ella despertar miedo, respeto, o usarla como objeto de placer. La quería a la buena. La llenó de regalos, de mimos, la trajo por todo el país y nada. Dicen que ella seguía con la mirada puesta en el Oriente. Hasta que un día la trajo a Acapulco y la llevó a la esquina de Laurel y la Concha. Entonces la mujer sonrió. El poderoso aprovechó la ventana de oportunidad que el destino y un buen corredor de bienes raíces le presentó,construyó una enorme mansión y le puso el nombre de su amada Villa Haytary.
Ahí, en el nido de amor, dejó a su perla oriental y siguió con sus actividades, pero, con frecuencia, regresaba a los brazos de Haytary. El narcotraficante, atarantado por el amor, se descuidó, fue cada vez menos discreto, sus visitas más regulares y predecibles. La policía lo agarró con la facilidad con la que se atrapa a un gorrión. Adiós Haytary.
Los que vivieron la aprehensión dicen que sacaron al hombre y que al salir del fraccionamiento ya iba muerto, que saquearon la casa, que destruyeron los muebles, que sacaron muchas cosas pero que Haytary no salió de ahí jamás.
No sé que tanto de esa historia sea verdad. Lo cierto es que la casa ha estado abandonada por más de diez años. Las puertas están apolilladas, las ventanas oxidadas, los vidrios rotos, las puertas despintadas. Lo único que florece es una palma esbelta, que nadie cuida, que crece y crece, y mira al Oriente. A su lado se lee el nombre de Haytary.

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Antipáticos y prepotentes

En los últimos doce años la imagen de los Estados Unidos ha cambiado mucho. El cambio no les ha sido favorable. Tal vez se deba a que después de aquel once de septiembre la actitud que tomaron frente al mundo no termina de gustar. No importa si estás en territorio norteamericano o en cualquier otra parte de mundo, el hecho de que te hagan padecer medidas de seguridad tan extremas para abordar un avión, sentimos que es culpa de los gringos y no tenemos empacho en llamarlos así.
El papel de arbitro del mundo, de garante de la seguridad universal que se han atribuido y las acciones para proteger a la ciudadanía no causan gracia entre la gente, especialmente cuando se habla de privacidad. La protección suena a metichería, la seguridad que ellos quieren aplicar parece intromisión y eso, desde luego, les ha cobrado facturas caras en términos de popularidad. No nos gusta saber que escuchan nuestras conversaciones telefónicas, que espían nuestras cuentas de correo electrónico ni que husmean las fotos que colgamos en las redes sociales.
No sólo se trata de eso, la popularidad americana ha ido a la baja porque se iniciaron dos guerras, costosas en términos de vidas y de dinero, sin resultados victoriosos. Contra Irak ya sabemos que las bases para salir a pelear fueron falsas, nos mintieron, no había armas nucleares, ni razones evidentes que nos advirtieran de un riesgo bélico, más bien cómo que se trataba de otra cosa. Se le dio al presidente Obama un premio Nobel de la Paz por una promesa que aun no ha cumplido, las fuerzas militares no yerminan de irse del mundo arabe, Guantánamo sigue sin cerrar sus puertas, los militares estadounidenses han pasado por alto la Convención de Ginebra, se les ha visto torturar a prisioneros en forma despiadada y cruel, y la tierra que convierte en realidad el sueño de los inmigrantes quiere sellar sus fronteras. Además la economía ya no es tan boyante como antes.
El antiamericanismo se vuelve popular en el mundo porque en la atmósfera flota el sentimiento de que los Estados Unidos exigen mucho pero a la hora de hacer su parte, como que la cosa no les sale bien. Meten la nariz en todo el mundo para opinar en términos de derechos humanos, de igualdad, democracia, discriminación y ellos son los primeros en fallar. Sabemos que son racistas, que les asusta lo diferente y que no les gusta el desorden. Pero también sabemos que a pesar de ser racistas les gusta que otros se encarguen de cuidar a sus hijos pequeños, a sus ancianos, que les ayuden con el trabajo doméstico, que les hagan el jardín, trabajos de carpintería, que les labren sus campos y les cosechen sus frutos al menor precio posible, sin respetar mucho que digamos la legislación laboral. Les gustan los otros para delegar en ellos ciertas actividades, pero hablar de reconocerlos como pares, eso ya es otra cosa.
La generalizaciones son malas, ya sé que no todos los norteamericanos son gente racista e ignorante. Hay muchos amantes de la otredad y defensores de valores universales, lo que sucede es que es urgente que su voz se haga escuchar.
El mundo está enfadado de actitudes antipáticas y prepotentes. Por desgracia la critica a los Estados Unidos se ha vuelto un deporte popular. La molestia generada Urbi et Orbi por la Pax Americana debe ser atendida para elevar la imagen de esta nación cuya sonrisa ya no se percibe tan amable.

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Violencia e insensatez

Lo hago por convicción. Alejo los ojos de las balas, no como quien mira a otro lado en forma disimulada, no como quien esconde la cabeza en un hoyo, ni como quien pretende desaparecer la maldad por arte de magia. Los que sabemos lo que es la violencia desde la línea de golpeo, al igual que los sobrevivientes de alguna enfermedad terminal, optamos por no hablar del asunto y poner la mirada lejos, como una suerte de mecanismo de defensa. Pero hoy no.
No se entiende el atentado en Boston, ni se sabe quién, ni qué intenciones, ni nada. Al igual que sucedió en Nueva York, la confusión, la falta de una reivindicación que nos revele la enfermedad del que ejecutó con maldad y alevosía los hechos, nos deja a la deriva. Nunca se entienden este tipo de actos, pero así, sin información, todo queda en manos de la inteligencia del servicio secreto. Se abre la puerta a la suspicacia. Mejor alejar la mirada de ese punto y ponerla en las víctimas, tan inocentes, que fueron a participar en un Maratón, sin ninguna connotación política; en sus familiares y expresar solidaridad.
La solidaridad, cuando estas en el lugar de desgracia, no se olvida. Es de bien nacidos ser agradecidos, dice el dicho. Hay víctimas la violencia armada, también de la insensatez que es otro tipo de violencia, créanme. He padecido ambas. Recuerdo haber sido recibida por el profesor Noé Ramírez Mandujano cuando era Subprocurador de Delincuencia Organizada. Me trató con la caballerosidad y el comedimiento que una víctima de delito requiere. Me dio esperanza y aliento. Me dijo que todo iba a salir bien y así fue. Fue puntual y no me entretuvo mas de lo debido. Fue correcto. Cuando leí, hace tiempo, que estaba vinculado con el cartel de los Beltrán Leyva me sentí muy triste. Pensé en el poder corruptor del narcotráfico y la imagen del hombre correcto sufrió un duro golpe. Qué pena, pensé, tan decente que fue conmigo.
Hoy leo que un juez determinó el caso contra Ramírez Mandujano se vino abajo, que funcionarios de la Procuraduría fabricaron las pruebas contra el acusado, que las imputaciones de proteger al Cártel de los Beltrán Leyva son falsas. La Operación Limpieza resultó ser fuente de cochinadas. No es justo.
No es justo que se manche la reputación de una persona de manera tan tramposa, que se empañe su honorabilidad y se sustenten las mentiras que acaban con el buen nombre de alguien. Pero, parece mentira, la verdad siempre encuentra su camino. Es verdad lo que decían las abuelitas y la gente de antes, los embustes tienen pies de barro. En el fondo, siempre sabemos la verdad, algo dentro de cada persona nos hace intuir dónde está lo correcto y dónde no. Sin embargo, el daño está hecho. Es como cuando tiras el vaso de vino rojo sobre el mantel blanco, pedir una disculpa no quita la mancha. Un usted disculpe no es suficiente.
¿Y todas las habladurías? ¿Y las burlas? ¿Y el desprestigio? ¿Y el daño moral? ¿Qué se hace con todas las malas miradas que padecieron los familiares? ¿Las horas de soledad y abandono, cómo se restituyen?¿Dónde se dejan la tristeza y la frustración? El que ha sido calumniado es tan víctima como el que ha sufrido violencia. La mentira es una forma de violencia brutal que debe ser castigada.
Enhorabuena por la sentencia del juez que no sólo exculpa al inocente sino que da instrucciones para que se investigué a los responsables de tanto cochinero, de tanta mentira que acarreó desprestigio y dolor. Que se hagan responsables de sus actos, de las lagrimas y del desprecio. Que brote la verdad. Basta de tanta violencia e insensatez. Vaya mi solidaridad con el que me fue solidario. Es por convicción.

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