Los maestros y su apostolado

Ser maestros es algo similar a ser sembradores que van lanzando semillas sobre surcos con la esperanza de que germine algo bueno, hermoso y mejor. Desde la trinchera tan peculiar que es pizarrón, con el poder que dan el gis y el borrador, la voz se eleva y muchas veces se hace la soledad. Competimos contra tantos focos de distracción: las preocupaciones personales de cada estudiante, las pantallas que proporcionan tantas posibilidades para que no nos hagan caso, la inquietud que hay para platicar y mientras el profesor habla y habla, la mente de los pupilos anda volando en los universos paralelos que se desenrollan en la imaginación a la que sentimos que no tenemos acceso. Así es el peregrinaje del magisterio, es un apostolado para el que se requiere sí o sí una vocación a prueba de balas para no morir en el intento de seguir lanzando nuestras semillas.

Sin embargo, en este camino, los maestros caemos en una serie de tentaciones como el abatimiento, el cansancio y el peor de todos: la frivolización de nuestro quehacer. En un ataque de soberbia que se encubre de buena voluntad, menospreciamos las capacidades de nuestros estudiantes, subestimamos su inteligencia y les tratamos de resolver todos los problemas, bajamos el nivel de exigencia, dejamos pasar ciertas fallas, nos apartamos del rigor académico. Les queremos entregar todo peladito y en la boca para después quejaros amargamente del rendimiento pobre y del aprovechamiento mediocre. Nos olvidamos de que la responsabilidad es nuestra, de que el timón está en nuestras manos.

Pero, este apostolado implica resistir con valentía la tentación de olvidarnos que el aula es un lugar sagrado en el que se transmite conocimiento. El compromiso por la educación tiene que ver con la lucha que le damos a la apatía de nuestros pupilos y con la nuestra. También va directamente relacionado con la altura de miras que le demos a la responsabilidad de pararnos frente a un grupo, con independencia de si el alumno está pensando en sus problemas personales, si está distraído porque esta chateando con un amigo, si se queda mirando el techo o si se queda arrobado con nuestras palabras.

Cada quince de mayo me gusta recordar a esos maestros que tuve la suerte de tener, que me enseñaron, me formaron, me entendieron, me ayudaron y me exigieron. Dar gracias a esos maestros que siempre han sido ejemplos y que invoco en mis salones y en cuyos ejemplos me apoyo cada que el ánimo desfallece. Gracias a mi queridísima Miss Úrsula, al Padre Sanabria, al profesor Argumedo, a Ramón Moreno, a Robert McCabe y a tantos y a todos. He sido tan afortunada de haber tenido maestros maravillosos. Y, también he tenido tanta suerte de tener alumnos espléndidos, de los buenos siempre me han tocado los mejores.

En este apostolado he sido privilegiada al tener aulas en las mejores instituciones del país. Gracias a la Ibero, mi alma mater, a Universidad Humanitas, a la Universidad Anáhuac México, a la Universidad Panamericana, a la Universidad del Claustro de Sor Juana que me han permitido ejercer el magisterio con la más absoluta de la libertades y que me han dado la posibilidad, no sólo de lanzar mis semillas en surcos fértiles sino que han sembrado en mi hermosos simientes que germinan en mi corazón y me llenan el alma de alegría.

Este apostolado no es sencillo, ¿cuál lo es? Y, de todos los que conozco, de todos los que he ejercido, este me recuerda que debo ser paciente, humilde, permanecer actual, con la mente abierta para poder cosechar frutos tan dulces y satisfactorios. Porque, este oficio es un privilegio en el que hay muchos llamados, pero para quedarse, hace falta valor y entrega. Ser maestro es una actividad permanente, de veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días al año. Y, aunque el cansancio es real, la ilusión nos ayuda a llevar nuestros pasos al salón y dar nuestra clase cada día.

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Maestros armados

Ya no sé si me da risa o me da pánico oír las ocurrencias del presidente de Estados Unidos. Donald Trump propone armar a los maestros y entrenarlos para que en caso de que a algún estudiante se le ocurra sacar una metralleta en el salón de clase, la maestra saque una pistola o un rifle y ponga orden. Claramente, el señor no tiene idea de lo que es ser un profesor. Por suerte, yo no soy maestra en ninguna universidad estadounidense, sino, ya me veo cargando computadora, bolsa y rifle por los pasillos hasta llegar al salón de clases.

Si, de por sí toda la vida ando con dolor de espalda por todo lo que cargo desde el estacionamiento hasta el aula, un rifle sería como ponerle una raya más al tigre. Tendría que sumarle a la computadora, exámenes, libros y cuadernos, el peso de un arma poderosa porque una pistolita daría risa. O, tendría que decidir entre llegar al salón con libros o con una Ak-47. Me imagino que mis alumnos se sentirían felices de ver a sus profesores caminar por los pasillos con sus armas colgadas al hombro. Tal vez, pondrían mas atención a una mujer que además de enseñarlos a pensar, los persuada con un rifle como mejor argumento.

Seguro que ningún loco entraría a mi salón, presa del miedo de verme armada. Se mosquearía y no se atrevería a disparar a sus compañeros porque ahí estaría yo con mi rifle para defenderlos. Entonces, según imagino, el maestro que se vea en semejante situación deberá apuntar y disparar al alumno para evitar mas muerte. Entonces, un profesor deberá anotar en su descripción de puestos que una de las habilidades para pararse frente a un grupo es la puntería y otra será la sangre fría. Habrá que disparar y matar, ¿cuántos maestros de kínder hasta doctorado querrán hacer eso?

Por suerte, no soy maestra en Estados Unidos. Pero, me imagino a Michael Porter entrando a Harvard con semejante ametralladora y a Mika Ronkainen en Georgetown con un rifle de alto poder o a Miss Christie en el Jardín de Niños, o al Profe Paul en la primaria… ¿irán a poner percheros para colgar las pistolas o las tendrán que dejar el arma sobre el escritorio? Tal vez las de los profesores de diseño serán de colores y las de la facultad de medicina vendrán con un dispositivo que tenga gel antibacterial.

Yo que creía que enseñar era compartir, ahora me entero que para el presidente de los Estados Unidos es mejor volver a los tiempos en los que la letra entraba con sangre. ¿Cuántos maestros se querrán ensuciar las manos? Me aterra pensar en la respuesta, mejor que nos gane la risa.

Tiempos, inicios y un compromiso

Estamos en los tiempos de graduaciones, fines de cursos, exámenes finales, en el vértigo de acabar etapas, lo que significa estar  en los albores de otras. Finalizar nos pone a las puertas del inicio de algo distinto. Esta semana estuve en el cierre de la vida estudiantil  de varios de mis alumnos, me tocó darles la última clase de licenciatura, de maestría y fungir como sinodal de varios exámenes profesionales. Con frecuencia, me gusta hablar con mis alumnos de mis experiencias, no por otra cosa, sino porque es la forma de compartir vida desde la línea de golpeo sin la máscara de la teoría. Habló con sinceridad de lo que de verdad pasó.

Mi historia de inicios de la vida profesional es diferente. En la Ibero, donde tuve la suerte de estudiar, me dijeron —y lo creí— que me estaban educando para dirigir empresas, para coordinar grupos, para planear, fijar metas, determinar visiones, alcanzar objetivos. Por eso, cuando me ofrecieron dirigir una empresa de minisúpers en la Ciudad de México, lo más normal fue aceptar, sin interesarme que tenía cero experiencia.  A casi unos minutos de haber dejado las aulas, sin que me hubieran dado el título todavía, yo ya tenía oficina con puerta, secretaría, café y una sonrisa en la cara que no me cabía. Mi mamá en cambio tenía una preocupación del tamaño de la responsabilidad que yo no había sabido medir. 

La historia, como muchos podrán imaginar, cambió de ser el sueño dorado a la pesadilla de un compromiso enorme para el que yo no tenía los tamaños. Tuve que crecer rápidamente. El proceso fue doloroso, lleno de muchas angustias, dudas, malas y buenas decisiones, titubeos y una autoexigencia que me llevó a una flagelación peor que una monja en la Edad Media. Mientras tanto, mis compañeros ocuparon puestos que los hicieron escalar los peldaños profesionales con una velocidad adecuada y, sobre todo con menos angustia y más goce de vida. 

La vida tiene compensaciones, los equilibrios me han llevado a entender los claroscuros de dirigir. He tenido la enorme fortuna de estar al frente de equipos de trabajo, de formar directores, de capacitar ejecutivos, de pararme en salones de clase. Hoy, veo a mis alumnos con grandes posibilidades de entrar al mundo profesional a posiciones en las que deberán coordinar esfuerzos, determinar metas y fijar objetivos. Hoy como nunca, podran empezar proyectos de emprendimiento y subirse a ese pegaso dorado con el que siempre soñaron mientras estuvieron en clase. Muchos lo harán sin tener, como fue mi caso, un periodo de crecimiento y maduración.

Por ello, al finalizar su periodo estudiantil me gustaría, además de desearles toda la suerte del mundo, decirles que les toca tomar la rienda del mundo. Que no les cuenten cuentos. Hay tres batallas que se deben librar: la del ego, la de los vicios y la de los obstáculos. El grado de peligrosidad es el que les acabo de proponer. El ego es el peor enemigo, los vicios son el peor refugio y los obstáculos implican el desaliento que pueden generar.

Para todo lo anterior, el mejor antídoto es tener los pies en la tierra y la esperanza puesta en lo Alto. Las grandes batallas, las peores traiciones, los éxitos rutilantes, los logros apabullantes, las lambisconerías, las felicitaciones sinceras, los descubrimientos majestuosos, las caídas precipitadas, —que de todo ello, algo habrá en el camino profesional— siempre tendrán la dimensión real cuando somos objetivos y estamos atentos. 

Si a ello le sumamos que nada es eterno, que el triunfo es una probadita de cielo y el fracaso nunca es para siempre, lo mejor que me queda es la satisfacción de reiterarles mi compromiso como su maestra: aquí estoy siempre que les haga falta. Esta primesa no expira en las aulas. 

Educar sin frustración

Ayer, en un acto de conmemoración del día de las madres y en evidente preparación para el festejo del día del maestro, el presidente Peña interrumpió su discurso y, por unos instantes, se quedó serio. Al retomar el hilo del discurso, con palabras improvisadas pidió educar sin frustración. Se refirió al espíritu de la Reforma Educativa e hizo énfasis en la visión de formar para largo plazo. Después siguió elogiando a las madres.

No sé si la pausa fue actuada. No parecía, más bien daba la impresión de que el Presidente estaba pensando en algo personal, en algo íntimo y que en esos segundos dejó que las palabras emergieran. Cuando volvió en sí, regresó al tema de la maternidad. Pocos se dieron cuenta de que Enrique Paña entreveró un tema tan importante, y que le preocupa sinceramente. Al menos eso dijo sin pronunciar palabras. Esa mirada al cielo, ese cerrar los puños, ese arrugar de labios, en fin, ese suspiro.

Estoy de acuerdo con el Presidente. No sé qué recuerdos o qué pensamientos le evoquen al titular del ejecutivo las palabras educación y frustración. Evidentemente, el encadenamiento de ambas no genera círculos virtuosos. ¿Cuántos maestros ven en el salón de clases una vocación verdadera? Me parece que pocos. Basta ver a varios de los que en vez del aula, eligen la calle y en lugar del gis, empuñan las armas. Eso es el extremo, pero también están los que creen que el aula es un círculo en el Infierno y los que ven a los estudiantes tan agradables como un pisotón en un dedo fracturado.

Educar sin frustración es enfrentar el salón de clase con el mismo gusto que un marino toma el timón del buque al zarpar a la mar. Es ser feliz entre los alumnos. Es encontrar realización. Es dificil. Basta imaginar mocosos llorones, escuincles groseros, adolescentes insolentes, estudiantes que en vez de ver a un profesor ven a un empleado y autoridades que premian al flojo, al majadero, al que falta al respeto, al que no pone atención. Y se pone peor: los alumnos que llegan con hambre, que fueron golpeados, que tienen sueño porque tuvieron que esperar a que el padre llegara de la fiesta o a la madre que no llegó, al que entró al salón intoxicado, oliendo a alcohol y no se acuerda de lo que sucedió ayer y que va a tener repercuciones mañana. 

Se entiende al maestro que frente a las burlas diga, nos vemos en el examen, y se las cobre haciendo una prueba que ni él mismo puede resolver. Se entienden los gritos, las amenazas, los ya me las pagarás, Sí, se entienden, no se justifican. Educar sin rencor, se puede. Estar frente al salón de clases sin aventar vinagre, se puede. Educar sin generar frustración, se debe.

Creo que la intención del Presidente Peña es buena. Es posible que busque empatía para aquellos que necesitan un empujoncito para salir adelante. Es posible que trate de evitar los empellones que reciben tantos mexicanos desde tan temprano. Un estudiante debe encontrarse en un terreno que propicie la creatividad, la imaginación, el buen trato: la educación. ¿Cuántos se pierden en el intento?

Educar sin frustración es de dos vías. El regocijo de quienes eligen ese camino es un premio muy grande. No hay mayor satisfacción que ver cómo se transforma la cara enfurruñada de un estudiante que no entiende, en una sonrisa porque ya le salió el ejercicio. Ver que un alumno entiende y sale saltando de gusto en vez de  irse con cara arrugada o lágrimas en el rostro debería ser la meta de un profesor. Lo es de los que lo son de adeveras.

Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con Enrique Peña Nieto, pero en esta idea de educar sin frustración, sí. Claro, no está fácil.

  

Whiplash (la película)

¿Cuántas historias hemos visto de alumnos y profesores? El tema a dado para infinidad de películas y sus distintas variantes, el maestro que ayuda a sus pupilos y es un santo, en que abusa de ellos y es un demonio, el del alumno burlón, el del agradecido, el del amor intergeneracional, el del prohibido y todos los matices alrededor de ello. Cuando parece que rodo está dicho y que el tema está agotado, llega un artista y nos sorprende. Eso es Whiplash, una sorprendente pieza artística.
Las interpretaciones sobre el filme son variadas y cada quien se centra en un aspecto específico, como sucede con las obras de arte, dan para mucho. Unos creen que la trama va sobre la superación, otros sobre la música y el jazz o sobre la forma en que las universidades en Estados Unidos permiten tratos humillantes en sus aulas. Hay quienes piensan que es un panegírico a la exigencia, al trato rudo que hace germinar lo mejor de los estudiantes. Todas estas interpretaciones son correctas.
Whiplash es un ejemplo de lo que el cine independiente puede dar, una película aguerrida que toma al espectador de la solapa y no lo suelta hasta el último segundo. Casi desde la primera escena se está al borde de la butaca y desde ahí se ve toda la película. Batacas al vuelo, con ritmos maravillosos, con exigencia de esa que se sustenta en que el éxito con sangre llega hasta que el fracaso aparece en escena. El nombre de la película es el de una pieza de Jazz pero también es una metáfora bien elegida que cumple varias funciones y completa la intención artística.
La anécdota es la de un chico que estudia música, batería en concreto, y que quiere entrar a una banda de Jazz importante y se topa con un profesor estricto hasta la crueldad. Sin embargo, el hilo narrativo aborda, con una sutileza extrema y con un cuidado quirúrgico, el tema de la venganza y la gallardía.
Plantea la pregunta, ¿qué harías si la vida de ofreciera la oportunidad de cobrarle a tu traidor el fracaso que te procuro? ¿Cómo aprovecharías la oportunidad de tener al traidor entre tus manos? Ambos, profesor y estudiante aprovechan esa oportunidad de tomar revancha, ambos se cobran la cuenta de forma magistral e inesperada, tal y como lo hace la gente inteligente, con gallardía.
La fotografía es estupenda, la música excelente, las actuaciones maravillosas. Damian Chazelle dirigió y nos entregó una joya del cine. Las representaciones de J.K. Simmons son precisas, las de Milles Teller también, nos llenan de angustia y de gusto, tanto así que cuando acaba la película queremos saltar a ponernos de pie, ovacionar y aplaudir hasta que revienten las manos. Hay que destacar que Teller personalmente toca la batería, no hay dobles que interpreten esas partes gloriosas.
Pocas veces el cine independiente nos entrega una pieza tan digna de ser vista, tan bien ejecutada como Whiplash. Definitivamente, hay que verla.

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Cenizas al agua

Una sociedad que descuida a sus maestros, tarde o temprano, paga las consecuencias. El maestro es la figura que educa, acompaña y forma a la persona no sólo en el ámbito académico. Un buen maestro toca vidas, marca rumbo, orienta e ilumina vocaciones. En el aula se construye el futuro de la gente que tarde o temprano moverá los hilos de la sociedad.Por ello un maestro es una pieza estratégica en el plan maestro de una nación.
En los países desarrollados ésto se entiende bien, la figura del maestro se aprecia, la del catedrático se venera. Joyce Carol Oates, John Maxwell Coetzee, Salman Rushdie han dado testimonio de estas palabras escribiendo personajes que llevan un papel protagónico en su sociedad de fantasía, dando clases. Un profesor en un país desarrollado vive una vida digna, sin aprietos económicos . En México no.
Si fuéramos una sociedad consciente y congruente, cuidaríamos a los maestros . Les daríamos el lugar de respeto y los asistiríamos como un elemento valioso. La realidad es otra, al maestro se le paga mal, se le dan condiciones de trabajo de lágrimas y se le ve como a un individuo de poca monta. Ni se aprecia su trabajo y, muchos, tampoco aprecian la labor que realizan.
Ya nos resulta normal ver a maestros tomando las calles, haciendo pintas, vandalizando. No, no lo es. No es normal que los que educan se comporten como maleantes, que no den ejemplo de disciplina, que no se quieran actualizar, que no se sometan a exámenes. En esta confusión, todo se revuelve y el descuido da un campo fértil para que los malos aprovechen.
Así, por haberlos descuidado, hay gente que no es de bien infiltrada en las escuelas normales, es decir, en las que educan a los que han de educar.
La PGR dice que lo que pasó en Iguala con los chicos de Ayotzinapa fue que una célula del crimen organizado se entremetió con los muchachos y que en un ajuste de cuentas, pagaron justos por pecadores. La verosimilitud del dicho es lo de menos. Creer si esto fue lo que en realidad pasó o no ya va más allá de nuestras capacidades de discernimiento.
Dicen que quemaron a los infiltrados y que echaron sus cenizas al río Cocula. Si eso es así, no son las cenizas de las víctimas de los sicarios lo único que fue a dar al agua. Ahí van nuestros dolores, preocupaciones e indignaciones. Ni el llanto ni el rechinar de dientes traerán de regreso a los que fueron quemados, con independencia de quienes sean.
Debemos cuidar las normales, a los maestros. Debemos cuidar a los que educan y forman a nuestra sociedad. Si queremos dejar estos escenarios macabros, ese es un buen comienzo. Eso creo. Lo creo con fe.

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Tristes y enojados

Era evidente. Las personas que marcharon por las calles de la Ciudad de México para reclamar con vida a los normalistas de Iguala se dividían en dos grupos, los que estaban tristes y los que estaban enojados. Era de esperarse encontrar los ánimos caldeados y sólo los más ingenios dejarían de ver que muchos oportunistas se colgarían de esta marcha para hacer fechorías. La mejor forma de predecir el futuro es volver la vista al pasado.
Lo sucedido al ingeniero Cárdenas y a Adolfo Gilly es inaceptable desde todo punto de vista. Hay mucho enojo en el ambiente y ofrecer disculpas no va a devolver a los chicos que siguen desaparecidos. El PRD debe dar respuestas serias, asumir responsabilidad y eso quiere decir, dejarse de tonterías, poner manos a la obra para arreglar el cochinero de candidatos y gente que pusieron en oficina para dirigir los destinos de una comunidad.
Ver las imágenes del ataque a Cuauhtémoc Cárdenas y a sus acompañantes, sus rostros que reflejaban confusión y pánico, me llevó a pensar en los chicos desaparecidos. En lo similar de la situación. Personas que eran atacadas en desigualdad de circunstancias. Unos armados, los otros no. Unos enardecidos, otros aterrorizados. Cárdenas llegó despeinado y descolocado a un vehículo que lo sacó de la zona de peligro. Gilly llevaba la cara cubierta de sangre, Salvador Nava iba con la cara pálida. Se leía preocupación y alivio de sentirse a salvo. La cosa pudo escalar y terminar en un desaguisado, en un martirio ocasionado por gente que marchaba para pedir respeto de derechos humanos. ¿Cómo se explica eso?
La combinación de enojo y tristeza da malos resultados. Entre la multitud el efecto Fuenteovejuna, en el que una gran bestialidad se diluye por la colectividad, tiene tentación de aparecer. Yo no fui, fuimos todos. Pero cada quien en lo individual arrojó piedras con la intención de lastimar. De dañar a un hombre que tiene más de ochenta años. Por fortuna, no pasó nada. Por desgracia siguen desaparecidos los estudiantes normalistas y lo peor es que siguen apareciendo fosas con cadáveres.
Es evidente que los mexicanos andamos tristes y enojados. No nos gusta ver a gobernadores rebasados, a presidentes mortificados, a chicos desaparecidos, a padres con los brazos vacíos. Eso nos entristece. Nos enojan las respuestas de quienes con honor debieran estar dando la cara.

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Ámbigüedad en el Politécnico

El Instituto Politécnico Nacional es una institución prestigiada y su buen nombre se lo ha ganado porque en sus aulas se forma a gente competente para enfrentar el reto del mercado laboral. Sus egresados saben hacer las cosas y las saben hacer bien. Hoy padece un problema que lo tiene piertas cerradas y no queda muy claro por qué. Dicen que es por modificaciones al reglamento y eso hizo enojar a alumnos y profesores.
El IPN es una institución pública mexicana de investigación y educación en niveles medio superior, superior y posgrado; fundada en la Ciudad de México en 1936 durante el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas del Río. Su vocación central es formar profesionales técnicos. Lps técnicos, para llegar a conclusiones, se basan en datos duros, en procedimientos, en hechos cuantificables. La ambigüedad queda fuera de su marco de referencia, es inaceptable pues no encuentra un camino de medición.
Hoy el Instituto Politécnico Nacional, una de nuestras escuelas orgullo está padeciendo un problema que lo tiene puertas cerradas. No hay peor cosa para una casa de estudios que el cierre de sus instalaciones, que no se pueda dar clase. El peor de los estadios es cerrar la cátedra y la posibilidad de que un maestro esté al frente de sus alumnos. Así amanece hoy el Poli.
En el video difundido en Internet que se titula ¿Que pasa en el Politécnico? Jóvenes vestidos con playera color vino que se dicen estudiantes de la institución, explican sus motivos y motivaciones para protestar y cerrar las puertas de su escuela. Se ven imágenes de las manifestaciones y protestas de los últimos días en contra de las reformas de la institución educativa, para luego mostrar a jóvenes que plantean su rechazo a las modificaciones.
Los alumnos aseguran que la directora general del IPN, Yoloxóchitl Bustamante, promovió estas modificaciones conforme al acuerdo “Alianza por la Calidad Educativa”, en el que “acordó un nuevo sistema único de bachillerato, donde las escuelas de más alto nivel debían reducir sus estándares educativos para estar a la par de otros centros educativos, en los que el nivel es menor”. Señalan que Bustamante “ha promovido una consulta donde la participación y la opinión académica, estudiantil y personal se vio limitada por la metodología utilizada” y afirman que “no hay explicación clara sobre los motivos para la modificación de este reglamento”, y que las autoridades han mostrado una actitud hermética respecto al tema.
Algunos profesores apoyan el movimiento, dicen que o tienen claro las modificaciones, que serán evaluados pero no les dicen cómo, sólo les informan que se hará como corresponda, conforme a la normatividad aplicable, pero no les dan parámetros específicos y eso se llama ambigüedad, cosa que para los que integran la comunidad politécnica es la peor pesadilla.
La Doctora Bustamante, directora del IPN, lanzó una consulta para informar de los cambios que quería hacer, tal parece que fue como un grito en el desierto a media noche. Eso me llena de dudas.
En esta época en la que alumnos profesores acceden a todas horas a internet, ¿por qué no participaron en la consulta? Al entrar a la página del Instituto, lo primero que sale antes que nada es la invitación para conocer el reglamento. ¿Por qué preferir la violencia de cerrar las puertas, de romper la comunicación en vez del diálogo?
Las respuestas de los estudiantes y maestros también son ambiguas. Están molestos y los reclamos van desde la condición de los laboratorios, que no tiene que ver con el reglamento aunque sea un reclamo válido, hasta la destitución de la directora general.
Veo una guerra de sordos y de falta de sensibilidad.
A mí también me pone nerviosa y de malas la ambigüedad. Es urgente que se le meta manos a este problema y que se solucione rápido. Es vital que el Poli reabra sus puertas para seguir preparando a gente de bien. Nos urge gente de bien.

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Culpa de los padres

Me pregunto qué pensará la madre de Héctor Alejandro Méndez Ramírez, cuando escucha las declaraciones del Secretario de Gobernación o del Jefe de Gobierno con respecto al bullying. ¿Qué sentirá una mujer que por la mañana despide a su hijo, lo manda a la escuela y se lo regresan casi muerto, cuando se entera que Emilio Chuayfett y Miguel Ángel Mancera dicen que los responsables del bullying son los padres de familia? Me pongo en el lugar de los padres de este niño que murió por los golpes de sus compañeros y porque una maestra no fue capaz de parar el abuso a tiempo. ¿Qué podrían haber hecho estos padres?
Cada mañana, millones de padres de familia confiamos la educación y la seguridad de nuestros hijos a una institución educativa que debe hacerse responsable de la academia y de la integridad física y psicológica de sus estudiantes. Muchos hasta pagamos por eso.
Es verdad, los padres debemos estar presentes y al pendiente de nuestra parte en la formación de nuestros niños. Sin embargo, creo firmemente en el trabajo en equipo que se debe hacer y en los puentes de comunicación que debe haber entre la escuela y la casa.
Aquí nadie debe sacarle las manos al asunto.
Cada quien debe cumplir a cabalidad con su tramo de responsabilidad. Aventarle la culpa a los padres de lo que sucede en las escuelas me parece negligente. Dejar a la escuela sola, también. Me cuesta trabajo escuchar las declaraciones de las autoridades porque me parece que se lavan las manos, como de costumbre.
Maestros desbordados, autoridades permisivas, niños agresivos, padres distraídos suena a una pésima combinación. Pero abrir la boca sin hacer nada, no se vale. Tengo una propuesta.
¿Y si cada quién hacemos lo que nos toca? Los padres debemos desalentar la violencia y acercarnos a nuestros hijos, hablar y enteramos de lo que sucede en sus vidas. La escuela debe propiciar ambientes cordiales y los maestros deben asegurarse de que así sea. Si algo se sale de orden, hay que comunicar. Muchos padres, especialmente de adolescentes no saben lo que sucede con sus hijos, no porque no estén al cuidado sino porque ellos se portan de una forma en casa y de otra fuera de ella. No hay que asustarse, así es la naturaleza humana.
Si algo anda mal en la escuela, la casa debe apoyar y corregir. Lo mismo debe suceder en ambas vías. Pero si los colegios no informan, los maestros se distraen o no quieren meter las manos, los padres seguramente no nos enteraremos. Por eso pasan las tragedias como la de Tamaulipas con Héctor Alejandro que por desgracia quedará como un estigma.
Me parece injusto culpar a los padres por el bullying. Especialmente cuando los abusos suceden en presencia de autoridades escolares, en terrenos en los que ni padres ni madres están presentes. Estamos en mal camino si buscamos a quién echarle la culpa del bullying en vez de ocuparnos en encontrar caminos de solución. ¿Y las víctimas?
Si las partes interesadas se avientan la bolita ¿quién protege a las víctimas?

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Fracaso

A nadie le gusta hablar del fracaso. Hay una especie de tabú, una cortina de humo con la que nos gusta vestir a la palabra. Parece como si al pronunciarla se estuviera formulando un conjuro, como si su sola mención obrara el hechizo de hacerlo presente. Tal vez por eso evitamos hablar de él, sin embargo, existe. Ignorarlo no es buena idea.
Pero nadie habla del fracaso, no existe una preparación para enfrentarlo; al evitarlo, lo elevamos al grado de misterio y por lo tanto es muy difícil de identificar lo que es y lo que no es un fracaso. Se habla de ello como de los fantasmas: por ahí se dice que hay quienes los han visto, se describen en forma imprecisa y hay algunos que no creen en ellos. Igual el fracaso, pero a diferencia de los fantasmas, el fracaso existe. Se le teme, nos saca sudores fríos, rechinar de dientes y temblores incontrolables. Pero nadie lo define. Por otro lado, se habla del éxito, y pasa lo mismo. Nadie sabe lo que es.
Fíjense si no, las principales universidades del país y del mundo educan para el éxito, sin tomar en cuenta el fracaso. Hacen promesas de que se revelará la fórmula del fulgor profesional, y bueno, no siempre es posible cumplir la promesa. Momento, no estoy diciendo que se deba educar para el fracaso, eso sería un contrasentido, pero sí es una obligación preparar para el fracaso.
Me explico, analicen los slogans de las instituciones educativas que aparecen en el escenario: Yo siempre alcanzo mis metas, Líderes de acción positiva, Aliados del triunfo , El arte del éxito, La llave de la superación. Sí, todo suena muy bonito. Todos entramos a los salones de clase en busca de las mejores alternativas de desarrollo para nosotros y los nuestros, pero el éxito no constituye la única posibilidad en el camino. Ver así la vida es sumamente infantil y fantasioso. El riesgo de que las cosas no salgan bien a la primera es muy alto. Educamos a jóvenes para administrar resultados felices, para vivir en la punta de los mejores resultados y les prometemos que al salir de las aulas estarán preparados para gestionar los puestos de mayor jerarquía o para emprender los negocios más entronizados, cuando la realidad es otra.
Luego, vemos a chicos que no aceptan oportunidades de trabajo, que prefieren el desempleo, muchachos que se van de bruces en un mundo sumamente complicado. No tienen tolerancia a la frustración. Se les ve confundidos, extrañados, sin la posibilidad de descifrar la realidad de que Bill Gates y Steve Jobs son garbanzos de a libra, en otras palabras, son extraordinarios. Se salen de lo común, por eso son casos de estudio. Mecano tenía razón, Nadie habla del Capitán Scott, y deberíamos.
Hablar de fracaso no significa otra cosa que desmitificarlo. Hay que definirlo para saberlo manejar. Hay que identificarlo para reconocerlo y saber en qué terrenos estamos pisando.
Fracaso es no cumplir con un estándar determinado, es presentar una insuficiencia para un resultado esperado, es no alcanzar la medida, el peso, la velocidad, la calificación, las ventas que se necesitan. Es decir, tenemos que parametrizarlo para poder jerarquizarlo.
Por eso me gusta el tenis. Hay un terreno de juego y reglas para participar. Hay parámetros para distinguir sí vas ganando o vas perdiendo. Existe una definición clara del momento en que ya ganaste o del que ya perdiste. Existe una clasificación del triunfo y del fracaso. No es lo mismo un marcador de 6/0, 6/0 a uno 6/3, 3/6, 6/4, o 6/4, 6/4. En el último caso, la pelea estuvo reñida, pero hubo siempre un escenario para el ganador y otro para el perdedor; hubo posibilidades de ganar, pero el contrincante hizo algo mejor, o hubo algunas cosas que se podrán afinar. En el segundo caso, hubo momentos ganadores y otros perdedores, hay que analizar las cosas buenas para repetirlas y las malas para evitarlas. En el primer caso siempre tocó perder, el análisis arroja que es mejor reflexionar porque no se estuvo al nivel del competidor. No se pudo dar batalla. También hay que revisar por qué se llegaron a esos números y tomar decisiones.
Un campeón entrena para triunfar pero está preparado para perder. Sabe que es imposible ganar todas, no se amarga con el fracaso. El error que comentemos los consultores, coaches, capacitadores, profesores, padres, formadores es que no hablamos del fracaso como posibilidad. Recuerdo que en mis clases de presupuestos planteábamos tres tipos de escenarios optimistas, conservadores e intermedios. Nunca presupuestábamos el fracaso. Eso ha tenido consecuencias terribles: emprendedores que no saben identificar cuando su proyecto fracasó, y siguen desperdiciando dinero y esfuerzos en algo que ya murió; personas frustradas que no saben analizar las razones que los llevaron a perder; gente estancada en la tristeza, huyendo de la palabra fracaso y hundida en él.
Ojo. Hay un secreto que no nos dijeron, aceptar el fracaso es bueno. Cuando entendemos que ya se cayó en ese escenario, podemos mover os de lugar; tenemos la posibilidad de empezar algo que sí vaya a fructificar.
Hay otro secreto que tampoco nos dijeron, el fracaso no es permanente. Tampoco es contagioso, ni mucho menos es una enfermedad incurable. Es al revés, una vez que lo identificamos, estamos en posibilidades de analizar lo que salió mal y corregirlo.
Por lo pronto, me hago cargo de esta falla y hablo del fracaso y de su manera de administrarlo. El fracaso no es un fantasma, ni un mito, ni una leyenda. El fracaso existe y la mejor manera de gestionarlo es ponerle parámetros, medirlo y a partir de ellos analizarlo. Meter la cabeza en un hoyo e intentar ignorarlo será la mejor forma de hundirse en él, de seguir tragando tierra, de quedarse como aquel que le tiene miedo al muerto y se abraza de la mortaja.

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