El privilegio de ser maestro

El que crea que el aula es un espacio protegido, cómodo y tranquilo es que jamás se ha enfrentado a un grupo. Ser maestro es algo tan fácil como capitanear un barco de velas en medio de un torbellino de aires acelerados con una tripulación distraída. Desde el puesto de mando, el timón no es dócil y dar rumbo parece complicado. Frente al oleaje, quisiéramos cerrar los ojos, los pronósticos no son nada buenos, la tormenta arrecia, las nubes son oscuras, los truenos y los relampagos caen tan cerca y nos sentimos tan poderosos como un corcho que flota sobre aguas embravecidas. 

En esa condición, nos creemos tan sólos, advertimos a los cuatro vientos sobre las amenazas que atisbamos desde el puesto de mando y creemos que nadie escucha. Elevamos los ojos al cielo y nos preguntamos ¿qué hacemos ahí, metidos en semejante lío? Pero, por alguna extraña razón, confiamos. Seguimos adelante. Nos aferramos a ese timón, nos llenamos las manos de polvo de gis, nos manchamos los dedos de tinta, llenamos pizarrones enteros que borramos y volvemos a llenar, hablamos y hablamos, sentimos que predicamos en el desierto, que somos sembradores que vamos aventando semillas en el desierto. Suspiramos. Jorobamos la postura. Elevamos los hombros. Volvemos a suspirar. Miramos al cielo. Volvemos a insistir.

De repente, sale el sol. Acaba la tormenta y te enteras que la tripulación que juzgaste distraída no sólo sacó a flote el barco de velas sino que lo transformó en un acorazado que rompió barreras. Entonces, no antes, en ese preciso momento, nos entra un golpe de realidad y entendemos que éste es un oficio de alto riesgo y de enormes grados de satisfacción. El privilegio de un maestro es ver que esa semilla sí germinó, que las palabras llegaron a su destino y que, en efecto, la tripulación superó al capitán. Llegamos a buen puerto, incluso a un mejor puerto que el que habíamos planeado.

Un maestro es como un marinero. Al llegar al puerto, besamos el suelo y nos limpiamos el sudor con el dorso de la mano. Caminamos tierra adentro y nos refuigiamos en nuestro lugar de seguridad favorito. Buscamos el descanso y la reflexión sobre las emociones vividas. Y, pasado un tiempo, el gusanito de la tentación nos vuelve a morder. No importa cuanto nos resistamos, queremos regresar. Necesitamos la adrenalina del gis, el pizarrón y el borrador. Desandamos los pasos, salimos de la concha de seguridad y nos enfrentamos al mar como barco de velas. 

Nos gusta el riesgo de enfrentar preguntas difíciles, a las que tenemos que ir a encontrar respuestas. Nos enciende esa indiferencia, ese desinterés, esa falta de ánimo que se transforma en esa chispa que cambia a un endeble velero en un barco fortificado. ¿Qué hago aquí, metida en semejante lío? Es la pregunta que cada maestro se hace cuando cree que las cosas no saldrán bien, cuando falta la fe y desfallece el empuje. La respuesta viene con la perseverancia del que siembra. El maestro está ahí porque el llamado es tan fuerte que ni lo podemos dejar de escuchar ni lo queremos resistir. 

El que crea que ser maestro es para valientes, es que tuvo la suerte de tener a verdaderos capitanes de barco en el salón. Mis mejores capitanes tienen nombre y apellido: Úrsula Tomassi Simón, Madre Lucila, Rubén Sanabria, Ramón Moreno, Fernando Bermúdez  Barreiro, Abraham Nosnik, Andreas Koch, Mario Paoletti, John McCabe… También he tenido alumnos entrañables que han sido los mejores contramaestres que cualquier capitán pueda desear. Así, ¿cómo no agradecer el privilegio de ser maestra?

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Maestros, hoy

Dice Umberto Eco que los maestros somos el proletariado del nuevo milenio. Al principio, la clasificación no me gustó, de hecho, no me gustó nada. Como que la imagen magnánima y digna de un profesor sabio es la que más me gusta. Pero, hay que reconocer que los maestros hoy, tal vez seamos otra cosa. 

En el Cementerio de Praga, Eco dedica varias páginas a disertar sobre el papel del magistrado. Piensa que la academia se ha convertido en una forma de subempleo a la que caen en busca de refugio los que han sido expulsados del mundo laboral. Recuerdo también las palabras de mi padre, académico de la Facultad de Ingenieria de la UNAM, que decía que dar clases debe ser una satisfacción, un terreno para compartir experiencias teóricas y prácticas, un lugar de debate y discusión, es decir, un lugar en el que se dé brillo a las ideas que ya pasaron la prueba de haber sido ejercidas en la vida real. Otros creen que ser maestro es quedarse en la comodidad de las aulas para evitar la selva del mundo profesional. Algunos están seguros que ser maestro es el mejor pretexto para elevar los puños, tomar las calles, rayar paredes, romper vidrios y hacer atrocidades. Cada visión partícular es correcta e incorrecta a la vez.

Si valoro los sueldos de algunos maestros, no me queda mas que darle la razón a Eco, pero hay quienes por ser maestros llegaron a puestos que les han permitido tener mansiones, yates, joyas. Entonces, Eco no estaba en lo correcto. Si veo la actitud de algunos que se paran frente a un grupo con cara de ya me las pagarás  y reparten exámenes con la sola satisfacción de hacer un reprobadero, creo que mi padre tenía razón: el magisterio no debe ser un ámbito para traspasar amargura de una generación a otra. 

A mí me ha tocado el privilegio de ser maestra desde muy chica. Aún no cumplía los quince y ya estaba dando clases de inglés. Le tomé gusto al gis y a la pizarra. Dejé de dar clases por muchos años. Fueron epocas de gran producción y éxitos profesionales. Volví al salón de clases a impartir la misma cátedra que mi papá en sus años dio. Hoy, enseño a emprender, a elaborar proyectos y evaluar su pertinencia. Les enseño a leer números.

He tenido suerte, siempre me tocan los mejores alumnos. Cada semestre, observo como se enciende la llama de emprendimiento en los corazones de algunos. Cada inicio de curso, los veo entrar al salón asustados, no sé si le temen a los alumnos o a la que da la clase. Al hacer ciertos ejercicios, al ver el pizarrón lleno de números, aprietan los puños, fruncen los labios, se revuelven el pelo. Y, hay un instante en el que se le ilumina la mirada y la sonrisa no les cabe en el rostro. Todo toma su lugar: descubren en misterio de los números. Es una maravilla que me impulsa a salir de donde esté para entrar al aula.

Digo que he tenido suerte, mis alumnos me llenan de satisfacciones. Muchos dirigen sus propios negocios, otros ocupan posiciones importantes en el sector público, otros son ejecutivos en empresas de corte global, unos me piden que les dirija la tesis, otros ganan concursos, unos están emoezando, otros acabando, todos me llenan de orgullo. Ser maestra me ha hecho sentir como una gallina que esponja su plumaje y no cabe en ella de la felicidad. Es cierto, hay días en que quisiera aventarles el borrador en la cabeza. Aunque, siempre termino adorándolos. 

Insisto, he tenido suerte, de los maestros posibles, me tocaron los mejores. Tuve a mi lado personas entrañables que supieron ver más allá, que creyeron que esa niña platicona, que esa adolescente inquieta —a veces malmodosa y no siempre correcta— tenía remedio. Me dieron oportunidades y me ayudaron a sacar lo mejor de mí, a pesar de que yo era especialista en sacar lo peor de ellos. Con paciencia y cariño me asentaron sobre rieles que llevan lejos. Miss Úrsula Tomassi, Miss Sarita Aguilar, el Padre Rubén Sanabria, la Madre Lucila, mis profesores de la Ibero, del ITAM, de la Casa Lamm, el profesor McCabe y en fin, a todos mis maestros les debo eterna gratitud.

Pienso en ellos, grandes profesores, y entiendo. Ser maestro, hoy requiere de vocación. De esa pasión que emerge del fondo del estómago y atraviesa el corazón. El que quiera entrar a un aula para hacerse rico, lo va a lograr. No encontrará monedas, pero sí se volverá inmensamente rico. Al menos, eso me ha sucedido. Tengo una fortuna enorme, incalculable que cada periodo se hace mas grande. Cada alumno incrementa las arcas de ese tesoro que es el magisterio. Ser maestro hoy es sí, pertenecer al proletariado, como dice Eco: tenemos la materia prima que forja al mundo y también es la posibilidad de saberse muy afortunado. Esa elección la toma cada quién.

Ante todo, gracias a mis maestros y también, a mis alumnos, los de hoy y los de ayer. 

Ser maestro

Ser maestro es un llamado que llega al corazón y que no puede ser desoído. Es el gusto que se siente por pararse frente a una audiencia para compartir. Es prepararse todos los días para entregar algo que sea útil. Es dar herramientas. Es aceptar el reto de tocar con la vida propia, la de alguien más. Sí, también es desafiar la indiferencia, la distracción y el desinterés. Es darle batalla a la ignorancia e intentar vencer la brecha que hace diferentes a los que saben y a los que no.  Es decir, ser maestro es algo similar a subirte sobre Rocinante y empuñar la lanza para vencer gigantes que se convierten en molinos de un momento a otro.

Un maestro es como un detective que es capaz de descifrar el misterio del que hoy no entendió la clase, del que aparentemente estaba poniendo atención y tenía la mente en otro lado, del que está enfadado de escuchar que no se puede, del que vive subido en las nubes, del que cree que todo se logra sin esfuerzos, del que todo lo tiene o del que piensa que ya todo está perdido. 

El que toma el gis en la mano sabe que, igual que un capitán de barco, tendrá que tener el pulso para llevar a la tripulación a buen puerto a pesar de las tormentas. Sabe que, como el buen agricultor, deberá tener paciencia para que la semilla sembrada germine. Es más, algunas veces no logrará ver los frutos y deberá confiar en el terreno en el que plantó buena simiente. 

Un maestro es quien sabe impulsar el éxito y quien descubre las herramientas que cada uno tiene para conseguirlo. Es quien dirige y sugiere. ¿Cuántos maestros han descubierto talentos en algún alumno que ni si quiera él mismo había descubierto? ¿Cuántas historias de profesores que dieron buenos consejos que impulsaron triunfos? ¿Cuántos, por su influencia, generaron sueños e ilusiones? ¿Cuántos los rompieron en mil pedazos con insensibilidad, egoísmo o flojera?

El magisterio no es para cualquiera. Es para los que quieren escuchar, poner atención, compartir y construír. Es para los que entienden que el abismo de desigualdad que existe entre el hombre más rico del mundo y la persona que no tiene que comer, se llena en las aulas. La solución a la pobreza alimentaria, y a las divisiones de la Humanidad se encuentran en las aulas. Es para quienes quieren encontrar realización en el salón de clases, en rosolver dudas y en plantear preguntas. Es para los que se sorprendenden con los que tienen mejores respuestas que las que uno tiene y reconocen superioridad. Es para aprender, enseñando.

Por eso, con profundo agradecimiento, recuerdo a mis maestras y profesores. A Miss Úrsula Tommasi y a Rubén Sanabria que forjaron en mi alma la vocacion que sostiene y apasiona mi alma. Por eso, con profundo agradecimiento, recuerdo a mis alumnos que han sido el motivo de tanta satisfacción y luz para la vida. Por eso, elevo la mirada al cielo y doy las gracias. Porque Dios siempre ha elegido para mi, de entre los buenos, a los mejores. Sí, tuve a los mejores profesores y tengo a los mejores alumnos del mundo. ¡Bendito sea Dios por eso!

¡Felicidades, maestros!

  

Maestros

He estado de los dos lados, he sido privilegiada con esa bendición. He sido alumna y he sido maestra. Sigo cerca de las aulas, sigo aprendiendo de mis alumnos, sigo construyéndome a partir de mis maestros.
La fortuna me ha regalado estupendos maestros. Miss Úrsula Tommasi, mi maestra de tercer año de primaria, que con paciencia y un gran cariño no únicamente me hizo aprender la capacidad distributiva y conmutativa de los números, sino que me enseñó que el amor es el mejor conductor del conocimiento. Miss Sara Aguilar de Moheno forjó en mi corazón el amor a la patria, me transmitió el orgullo de ser mexicana, el anhelo de construir un mejor país, de prepararme para hacer algo en favor de México.
En secundaria la madre María, la madre Lucila, la madre Guille me enseñaron la filosofía franciscana, a ser una persona de bien, un instrumento de paz. Con la monjas adquirí el amor por la lectura y el sustento para defender mis opiniones.
Rubén Sanabria fue mi profesor de ética, gocé del privilegio de escuchar a un sabio que compartió con nosotras las ideas no sólo de Santo Tomas de Aquino o de Agustín de Hipona, también de Nietzsche, de Kant, de Sartre, de Camus. Nos enseñó a no tener miedo de la duda, nos instruyó para que a partir de ella alcanzáramos la verdad. Nos alertó sobre las ideas radicales, sobre el fanatismo. Descubrió en mí el verdadero llamado, me lo vaticinó: tu mundo estará ligado a las letras. No le creí, opté por los números, la vida le dio la razón.
De los jesuitas aprendí el buen quehacer, el oficio que se convierte en trabajo productivo, el valor para no enterrar los talentos, la autocrítica. Aprendí la importancia del buen humor y de jugar dominó. En esa vida no todo es carne, no todo es mente, no todo es espíritu. Somos todo eso. Lo más importante que sembraron en mi fue la certeza del amor divino y la convicción de que la culpa es la más horrible de las ataduras. La verdad nos hará libres. Ellos me enseñaron que la contundencia se construye a partir de la inteligencia.
Juan y Salvador me enseñaron a jugar tenis, a que a veces se gana y a veces se pierde, pero que lo importante es divertirse. Siempre me han dicho que el toque es importante, que la técnica te protege de lastimaduras, que hay que tener los pies bien plantados en el piso y que la estrategia vale más que la improvisación, pero al corazón no hay quien lo venza.
De mis maestros en la edad adulta he aprendido valor y sensibilidad. Con sus enseñanzas sé que reconstruirse es posible, que iniciar de cero es maravilloso, que ser humilde y sentarse de nuevo a aprender es un privilegio.
A todos y cada uno les doy las gracias.
Es por ellos que he podido estar frente a mis alumnos. Es gracias a ellos que el amor a las aulas se alojó en mi corazón desde muy temprano, con un compromiso que trasciende el salón de clases. El magisterio ha sido una red amorosa que en momentos de no tan buena fortuna, ha salido al rescate, ha protegido la integridad y ha sacado lo mejor de mi ser. Sin duda en las aulas encuentro plenitud. Quiero a mis alumnos y de ellos he recibido cariño y motivos de orgullo.
No entiendo a los maestros que evaden dar clases, no comprendo a aquellos que salen con picos y palas a protestar. Nuestras herramientas son el gis y el borrador, las ideas y la inteligencia. No lo son los golpes y las faltas de ortografía. Nuestra recompensa es la aprobación de nuestros alumnos, no una bolsa, un perfume, una mascada, un auto que no salió del esfuerzo sino del cochupo sindical.
El magisterio es una vocación, un llamado. La retribución monetaria es escasa en comparación con la recompensa que es ilimitada.
A mis maestros, verdaderos guías, a las instituciones que me han abierto las puertas para dar clase, a los que compartimos el llamado, a mis alumnos, gracias. ¡Feliz día del maestro!

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