Turismofobia

Es curioso, pero para descansar en verdad y retomar bríos no es suficiente dormir horas y horas. No hay nada más efectivo que cambiar de aires, salir de la rutina y ver escenarios nuevos. Viajar constituye una de las formas de renovación más efectivas que hay. El turismo es una fuente de riquezas que echa a andar la economía. Se le conoce como la industria sin chimeneas. En esa condición, los turistas debieran ser vistos como una bendición y no siempre es así.
El fenómeno es peculiar, la gente viaja cada vez más, salir de casa se ha hecho más fácil, más accesible. El espíritu aventurero se despierta con mayor fuerza si el agobio aprieta. Por eso, muchos hemos sido turistas alguna vez en la vida. Claro que las formas de viajar han cambiado. El estilo se ha modificado. Antes una persona que vacacionaba seguía ciertas reglas de etiqueta. Hoy, otras. Y, esas nuevas formas no son del agrado de algunas ciudades anfitrionas. Este desagrado ha ido creciendo hasta ganarse una denominación: turismofobia.

Madrid y Barcelona son dos ejemplos de ciudades que padecen esta sintomatología. Han visto crecer el número de visitantes, pero no todos les resultan gratos. Parece un rasgo de petulancia —tal vez lo sea—, incluso le podemos llamar intolerancia, pero los modos de viajar y los modelos de negocio para recibir turistas han causado molestias entre los habitantes.
La ocupación hotelera ha crecido a más de cuarenta y siete millones de huéspedes que se reciben en hoteles de España, pero más de ocho millones de viajeros se han hospedado en casas y departamentos. Por supuesto, cuando se revuelve la cotidianidad del que se tiene que levantar a trabajar al día siguiente con la fiesta del turista, la mezcla saca chispas.
Peor, la situación se agrava cuando el dueño de una propiedad se la renta a alguien, pensando que será usada como casa habitación y se entera de que su inmueble se usa como hotel. El desgaste por la sobreutilización y los problemas con los vecinos se los queda el dueño, mientras el arrendatario y sus inquilinos efímeros desaparecen.
Todas las ciudades quieren recibir visitas de personas educadas que se saben comportar, pero en todos lados se cuecen habas. Florencia ve multitudes en sus calles, filas eternas para conocer sus emblemas y goza de las mieles de los ingresos que tanto turismo trae. Ese pacto es correcto. Todos dan y todos reciben. Lo que a ningún destino le gusta es recibie a gente que exige mucho y paga poco. 
El disgusto que causa ver las calles infectadas de gente con cámara fotográfica y pantalones cortos, aunque entendible, resulta egoísta. Claro que a nadie le gusta enfrentarse a situaciones de ruido y abuso del espacio. Por supuesto que a todos nos fascina escuchar el sonido de la máquina registradora. La turismofobia no es un tema menor y el libre mercado aquí no funciona, debe entrar el Estado regulador a equilibrar lo que se desbalanceó. Esto es en beneficio de propios y ajenos. 

No es agradable toparse con un mensaje de odio, cuando vas a dejar tu dinero en una comunidad. El turismo es una actividad benéfica si sabemos administrarla bien.

La imagen de Pablo Escobar en Madrid

Suena lógico pensar en que un país quiera darse a conocer en otro por sus cosas buenas, por sus atributos positivos, por su historia, su gastronomía, su música, sus héroes, en fin, por lo que pueda atraer a los individuos para visitar esas tierras o consumir sus productos. Lo contrario sería un desastre. Por eso, entiendo perfectamente la petición de la ministra de Exteriores de Colombia, Ángela Holguín, a la alcaldesa de Madrid para que quite un anuncio de la serie Narcos, que luce el rostro del personaje de Pablo Escobar y que está puesto en plena Puerta del Sol, debajo del anuncio de Tio Pepe.

Comprendo perfectamente el avance diplomático por parte de Colombia. Hoy ese país nos está dando de que hablar en un tema tan anhelado como la paz y nos da ejemplos de caminos de solución y en vez de ver a Juan Manuel Santos recibiendo el Premio Nobel de la Paz, vemos el rostro personificado del sujeto más peligroso que nació en esas tierras. Es injusto, es poco delicado y es una barbaridad que en la subordinación del rating se publicite un panegírico a la maldad  en vez de  la negociación que  dio origen al reconocimiento del mundo. Sin duda, venden más las balas. 

Este tipo de publicidad mancha la imagen de Colombia y abandera valores que no son adecuados. No se trata de rasgarnos las vestiduras, se trata de entender los esfuerzos de esa nación por pasar la hoja de los días terribles del Cártel de Medellín. Narcos no es un documental que recupere la memoria histórica y nos recuerde lo que no se debe hacer. Es una telenovela que narra la vida de un criminal y, a veces, lo hace ver como un héroe. Claramente, no lo fue. 

Así sucede con la literatura de narcos que se ha puesto tan de moda, con los narcocorridos, con series que narran las historias de estas organizaciones delictivas que de repente se ganan la admiración y la indulgencia del público sin tener en cuenta que son ficciones noveladas. Pablo Escobar era un maldito que puso a llorar a Colombia, Amado Carrillo era un sanguinario que mataba a la gente con crueldad, el Chapo Guzman era cabeza de un grupo de gente que mataba a sangre fría a quien le estrobaba. Son gente que no respeta edades, lo mismo se ensañan con ancianos, mujeres, niños. Las fosas clandestinas que encontramos en México están repletas de pedazos humanos que siguen sin ser identificados, mientras muchas familias se preguntan dónde estará su madre, su hijo, su hermana, su tío, su ser querido. Son víctimas del narcotráfico. 

Las series como Narcos muestran imagenes sumamente producidad y distorsionadas. Los narcotraficantes no son versiones tropicalizadas de Robin Hood, no son los nuevos Chucho el Roto, no eran guapos, ni tenían buen corazón. Los familiares de cualquier adicto lo saben. Las víctimas lo saben. Los gobiernos lo saben. ¿Entonces? Está claro que cada quien es libre de escuchar la múscia que quiera, que puede leer lo que le venga en gana y que está en su juicio y su gusto ver las series que más le llamen la atención. Nada más eso faltaba. Pero creo que las ciudades deberían ser más selectivas al momento de adornar sus calles y sus plazas con anuncios.

La publicidad con mantas publicitarias de proporciones desmesuradas son contaminación visual. Afean el paisaje. Esta en específico, no sólo afea, ofende. Da cuenta de las afiliaciones y las simpatías. Si eso es así, Manuela Camarena debe sentir una gran vergüenza por haber recibido una nota diplomática del gobierno colombiano. Si para ella, una Blanca Navidad, como lo anuncia el cártel, es una fiesta en la que se consume cocaína, mal andamos. Si en la capital española no se analiza lo que se anuncia en sus calles, peor. En México ya hemos visto las consecuencias que viven los que alaban con narcocorridos, muchos han muerto en forma cruel, los han asesinado en formas terribles. 

Pablo Escobar no merece, bajo ninguna circunstancia estar en un lugar tan emblemático como La Puerta del Sol. Me duele el estómago al ver a un criminal exaltado, casi celebrado, como si fuera un héroe. No hay duda que estamos confundiendo los términos. Cualquiera pensará, ¿qué le importa a una mexicana lo que pasa en Madrid con la cara de un colombiano? Importa porque el narcotráfico daña todos los días, no nada más a México y a Colombia, sino a cada humano que se enfrenta y padece este terrible mal. Sea porque lo combate, sea porque lo consume, sea por un daño colateral, nadie puede sentirse ajeno. Nos roban la paz. Miren nada más, Madrid ya se manchó con este tipo de movimientos corruptores. El consumo de drogas en España no es un problema que deba desestimarse, por eso, creo que deberían bajar ese anuncio.

Madrid y volver

No será la primera vez que Madrid me recibe con los pies ampollados. Las ültimas veces, al haber hecho el Camino de Santiago, la ciudad capital me recibió amorosa. Madrid está lejos de México y muy cerca de mi corazón. Siempre es una buena antesala antes de volver a casa. Es como esa madre amorosa que extiende brazos, da abrigo y da la bienvenida antes de decir adios. Màs bien dice, hasta pronto.

La huelga de controladores aéreos hizo que le vuelo de Roma a Madrid en vez de durar poco menos de dos horas, iniciara con el anuncio de dos de retraso y la amenaza de cancelacion. Fiumicciono no es tan agradabke cuando todos quieren salir de ahi y no saben si lo lograrán. Escuchar la desesperación de muchos pasajeros que pierden conexiones y vivir la desinformación en italiano no es agradable, menos tranquilizador.

Por fin y con seis  horas de retraso, llegamos a Madrid. En el aeropuerto de Barajas casi no hay nadie, aunque quedan las huellas de muchos vuelos retrasados. Fuimos de los ültimos en aterrizar, efectivamenre, hubo muchos varados. Apenas llegar, se siente el aroma madrileño. Hay algo en el aire que dice en dónde estás. Es reconfortante hablar en español y que no te miren con cara de sospecha, o sin que se den cuenta. desde ya, que eres turista, sujeto propicio para la pillería. Aquí es fácil, los madrileños nos reciben bien y da gusto estar de vuelta. Las calles y los espacios saben a casa y es la transición perfecta, antes de regresar.

La última parada de este viaje es una ciudad a la que amo profundamente y en la que me siento feliz. En esta bendita tierra se hacen los sueños realidad. Una vez más, a caminar, con pies ampollados, pero con buen ánimo. Entrar a Madrid y luego… Volver. 

 

Amparo

Hoy Madrid respira menos, no hay duda. España se encogió las primeras horas del día, las calles de Chueca se sienten más vacías y en la Gran Vía se abrió un hueco, no en el pavimento, en lo más profundo. Amparo, mi amiga, se fue luchando. Se despidió de la misma forma en que llevó la vida, sin bajar los brazos y con la mirada en alto. A simple vista, parece que el cáncer ganó la batalla. No. Ganó la vida. Esa en la que se quedan sus risas, su fuerza y su gran capacidad de lucha. Ella cruzó el umbral entre la tierra y el cielo de pie. Ese es el más grande triunfo que puede tener el ser humano, la forma en que decidimos salir. Ella decidió irse entre sonrisas y de buen  humor.  

Amparo no se asustó ante la sentencia que recibió hace meses, ni se empequeñeció ante lo que había de venir. Sucedió todo lo contrario. Con valentía se tomó los días por su cuenta, cada vez que hablé con ella, sus palabras fueron de entusiasmo, inyectaban esperanza. Como suele suceder, ella lucía más serena que los que la escuchábamos hablar. Esa fortaleza es su legado.

La recordaré subiendo a la Piramide del Sol con los ojos encendidos, o extasiada contemplando la Bahía de Acapulco y diciendome que sí, que era la más linda del mundo, o a carcajada limpia al ver que mi padre le quitaba la cáscara a las naranjas de Valencia y luego me las daba. ¡Cómo se reía de mí!  La evocaré en ese lugar en el que Hemingway escribía sus notas de la Guerra Española, haciendo del trabajo duro y limpio su mejor bandera. Me acordaré siempre de su voz. Echaré de menos los abrazos y el cariño. ¿Quién me va a consentir ahora en las mañanas madrileñas?

Me hará falta al comer un plato de Paella, al tomar un vaso de sidra, al entrar a España, al pisar Madrid, al pensar en Vicalvaro, al ver a Irene, su mejor reflejo y su mayor orgullo. La distancia es cruel, México y la capital española están tan lejos. Sin embargo, mis suspiros se escuchan en piso madrileño y el abrazo que quiero dar traspasa el océano y corre con velocidad a estrechar a la única hija de Amparo.  

No se deberían ir amigas. No se nos deberían adelantar. Hay espacios que nunca se rellenan y ausencias que no se podrán sustituir. Amparo es referente, no hay forma de que piense en Madrid sin evocar su rostro, sin escuchar su voz. No la habra. ¡Buen viaje, querida amiga! Nos vemos en el cielo.

 

Las edades de Lulú

Las edades de Lulú
Almudena Grandes, 1989,
Tusquets Editores, Madrid

Como muchos, este libro tuvo que esperar su turno para salir del estante del librero. No llegué a él en forma inocente, tampoco me movió el morbo para comprarlo. Fue curiosidad de leer a una autora que ha sido tan ovacionada, que captó la atención de tantos lectores, en español y en diecinueve idiomas más, que ganó el premio La sonrisa vertical y que atrajo a Bigas Luna para llevar Las edades de Lulú a la pantalla.
Lo tomé con la consciencia de tener que alejarme de la autora a la que leo un domingo sí y otro no en el suplemento dominical de el diario El País. Quise poner distancia de esos textos que a veces me parecen excelentes y muchas facilones, de los que quieren conmover de forma rápida y poco convincente al lector de que debe llorar sí o sí. Confieso que Almudena Grandes no me resulta simpática, como Doris Lessing o Alice Munro. Ni como Elfreide Jelinek o Herta Müller La encuentro engreída.
Las edades de Lulú es una novela erótica narrada en primera persona por una protagonista que arranca la narración en el inocente acto de ver la tele, sentada, como lo hace todos los días, como lo hacemos tantas, delante de un aparato televisor. Pero tan rápido como en el primer párrafo y hasta el punto final de la novela estaremos al lado de Lulú en acontecimientos sexuales de todo tipo.
Acompañamos a la protagonista que ve, participa, organiza aventuras eróticas que ella parece disfrutar y que en un momento determinado llegar a angustiar al lector que adivina lo que va a suceder sin que Lulú se de por enterada hasta que ya es demasiado tarde. Porque ya es demasiado, simplemente. Llega un momento en que la secuencia de encuentros parece inconexa, sin otro interés que contar una y otra vez las diferentes formas en que el ser humano puede relacionarse con el erotismo.
Lejos de la maestría de García Ponce, Almudena Grandes nos cuenta el viaje del héroe al revés. Nos descorre el telón de la degradación de una niña de quince hasta llegar a una mujer treintañera. La novela tiene un inicio potente, pega con fuerza y de forma violenta. Hemos recorrido unos cuantos renglones y ya estamos enredados en la primera escena sexual que nos deja atarantados, como un boxeador al que se le fueron encima y no se enteró de cuando empezó la pelea, menos de cómo iba a terminar.
“Ellos, sus hermosos rostros, flanqueaban de derecha a izquierda al primer actor… Era tal la confusión en aquella amalgama de cuerpos en la que me había sumido previamente…” p.5
La voz narrativa se siente vieja, parece que quien narra es una persona que cuenta la historia desde la vejez, como un recuerdo, como un anhelo.
“El señor nos lo da, el señor nos lo quita, él me lo da, él me lo quita, se cierra el círculo, todo comienza en el mismo sitio” p.60
Es un regusto antiguo, un tono viejo que le da sabor a anciano, tal vez por el uso de diminutivos:
“Sale de su amiguito, qué gracioso. El colchoncito de carne mullida, ¡qué sinvergüenza!” P. 80
“Aquel jovencito díscolo, ¡pobrecito! Qué bonito, qué conmovedor.” p. 82
Nos enteramos de que es una mujer de treinta años la que narra hasta la página 161, demasiado tarde. No le creo. Para mi la narradora tiene más edad.
“—Oye tío, que ya tengo treinta años, puedo volver sola a casa, vamos creo yo.”
Creemos que la personaje es más vieja pues habla de pieles fofas, arrugas, canas que hoy no se ven en una mujer de treinta años. Sorprende al lector enterarse que Lulú acaba de dejar los veintes y ya tenga los brazos colgados, la panza abultada y los pies tan feos. Sin embargo, tiene la libido en alto y le gusta la aventura. Pero en sus últimas aventuras ella paga participar, lo que la ubica en una edad mucho mayor a la que confiesa su autora. Nos cuesta trabajo creerle.
Los personajes son la propia Lulú, su pareja y cómplice Pablo, su hermano Marcelo, una hijita que sirve como elemento de tensión llamada Inés, Ely un transexual. Sin embargo, Madrid es protagonista también. Es, al igual que Lulú, un espacio de degradación e involución. Vemos el Madrid represivo de Franco y el del libertinaje de la década de los ochenta. Grandes dibuja el desenfreno desesperado de una capital española que vivió con el freno de mano puesto y que cuando se lo quitaron, se descontroló. Se desconsoló.
La novela hay que leerla a pausas porque el lector siente necesidad de darse un respiro. Incluso hay ocasiones en que la sucesión de escenas sexuales carecen de trama, como si la estructura fuera una estampa de posiciones y formas de intercambio sexual.
Entre tantas piernas, muslos, pechos, pieles se llegan a perder las traiciones de Pablo, que traiciona la amistad de la familia de Lulú que confía en él, que corrompe a Lulú catapultándola a una vida guarra provocando por venganza un incesto y rompiendo a una mujer a la que dice amar. Grandes narra una Caligula femenina que tuvo a su Tiberio y a su Agrippina, versión ibérica.
Entiendo porqué en su tiempo tuvo tanto éxito Las edades de Lulú y porqué es interesante leerla hoy. Nos abre una ventana a ese Madrid multifacético y vertiginoso que existió y gozó con esa urgencia de probar una libertad tan largamente anhelada.

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Los efectos de un anuncio luminoso

¡Qué curioso! La primera vez que vi el anuncio luminoso en forma de botella de Tío Pepe en lo alto de un edificio de la Puerta del Sol sentí que por fin había llegado a Madrid. Cada uno tenemos símbolos que nos s vinculan con ciertas ciudades y no siempre son monumentos, ni estatuas, ni objetos artísticos. Son eso, signos que iluminan recuerdos y activan imágenes en la memoria. Cada uno tenemos los nuestros, el mío, en Madrid, es ese anuncio.
Por años vi fotos de la plaza en la que siempre, como en primera plana, aparecía la botella de luz. La observaba con la añoranza del que quiere cruzar el Atlántico y verla en vivo y a todo color. A ambas, a la plaza del kilómetro cero y a la botella. En fin, quería estar en Madrid que en mi niñez representaba uno de los lugares más especiales del mundo. Aquel que llegara a la capital española ya había alcanzado el éxito. Eso suponía mi mente infantil, ya que con París siempre hubo una especie de melancolía por haberse llevado a mi padre y por haberme separado de mi madre. Ya hice las pases con la Ciudad Luz. De Madrid, siempre he estado enamorada, con esos amores que se tienen, incluso antes de conocer el objeto de amor.
En la infancia las historias de Madrid siempre eran escuchadas con mucha atención y curiosidad. Era muy pequeña para entender que los narradores, al hablar de esta ciudad, enredaban palabras de nostalgia, de exilio, de ideología y de expulsión. ¿Cómo puede entender una niña las palabras dictadura, república, auxilio, solidaridad? Lo único que yo escuchaba era ese acento con el que muchos refugiados españoles que llegaron a vivir a la colonia Álamos y que ahí se quedaron por muchos años, contaban sobre los sabores, olores y texturas de Madrid. Me pasaron desapercibidos los vocablos Franco, Cárdenas, guerra, refugio, falange, república, León Felipe, Cela, y tantas otras.
De joven becaria, ya en España, tenía que viajar de Toledo a Madrid dos veces por semana para asistir a clases a la Universidad Complutense, pero no recuerdo las razones que me obligaban a dar siempre con la estación del metro Sol en la que al salir a la calle, siempre mi primera vista era el anuncio luminoso de Tío Pepe. Me caía en gracia, me gustaba.
He tenido la suerte de regresar muchas veces a Madrid, que dicho sea de paso me sigue pareciendo uno de los lugares más maravillosos del mundo, y siempre me ha dado gusto ver la botella de jerez y las letras encendidas. Es una alegría infantil, lo sé. Pero un día ya no estuvo. Se me apachurró el corazón. Algo le faltaba a mi Madrid.
Están arreglado la Puerta del Sol —le quieren agregar el apellido Vodafone, madrileños no lo permitan, por favor— y cuándo quede lista lo pondrán en su lugar, me explicó mi amigo madrileño. Pensé que Mauro me estaba dando el consuelo que se le da a una niña pequeña, esa que tanto anheló ver la botella de Tío Pepe. Pero parece que sí, que es verdad que la pondrán de regreso en su sitio.
Me sentí feliz, luego confundida. Al parecer la botellita, tan recordada y tan significativa para mí, no es del agrado de muchos. Leo que para varios el anuncio de la botella de jerez acompañada por las letras Tio Pepe González Byass les resulta un símbolo del franquismo, una chulería andaluza, un recuerdo de las flechas falangistas y del yugo de la dictadura. La antirepública representada por un envase con sombrero ladeado, brazos en jarras y barras de luces. Vaya.
Cada quién le damos distintos significados a ciertos símbolos de las ciudades. Mientras en Texas un anuncio de McDonald’s es parte de la cotidianidad, en Champs Elysées es una cicatriz para la Francia tradicional que defiende su gastronomía a ultranza; una hoz y un martillo pueden causar rabia y malestar en Austria mientras enfrente de las puertas de Brandenburgo se venden como souvenirs, la campaña de Taco Bell en Idaho es comida mexicana, mientras en Guadalajara eso puede causar dolor de estómago y repulsión.
Los anuncios luminosos de las ciudades son fuente de recuerdos y de experiencias, Picadilli Circus no sería lo mismo sin los anuncios que nos recuerdan que hay botellas que envasan la chispa de la vida. No se trata de que esas cajas de luz compitan con el Big Ben, pero sin duda, forman parte de la identidad de una metrópoli. Imaginen Times Square sin esas cajas de luz.
A muchos les agravia que un elemento publicitario tenga esa potencia, pero hay cosas que así son. Para ello fueron diseñadas. Lo siento mucho, para mí la botella de Tío Pepe tiene una connotación agradable. Me da gusto saber que pronto volverá a estar anunciando el jerez desde la Puerta del Sol, lo que sí esperó es que esta plaza no tenga necesidad de llevar apellido.

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Vértigo

Tanta aceleración me da vértigo. Son tantas cosas las que han sucedido y están por suceder en un lapso de tiempo tan corto que no se si estoy en pasado, futuro o presente. Por lo pronto tengo la certeza de despertar en mi casa, entre los míos. Ya llegué de dónde andaba y, todavía mareada y convaleciente del jetlag de un vuelo de casi once horas, que salió retrasado de Madrid por más de cuarenta y cinco minutos, que aterrizó al mismo tiempo que los vuelos que venían de Tokio, Nueva York y Frankfurt, lo que nos obligó a hacer una fila de casi una hora para pasar migración, y ya empezó la diversión.Pongo los pies en mi tierra y tiembla, suena la alerta sísmica que me hace salir corriendo en pijama al umbral de la puerta de mi casa. A penas hace quince días la lluvia en Acapulco me mojaba el alma, me llevé la lluvia a Europa, en donde brillaba el sol y la temperatura era de treinta grados con cielo despejado, para hacer la inauguración formal y triunfal del otoño en tierras portuguesas. Nubes, chubascos, tormentas.
Los pasos que me llevaron de la majestuosidad de la Quinta de las Lagrimas, en Coimbra a la sencillez de un hostal de peregrinos en Albergaría, del cielo nublado y viento tibio que nos llevó a Agueda, a las lluvias furiosas que nos recibió Mealhada al consuelo tan dulce de las Natas de Belén y el pan rústico preparado en una panadería del camino se me enredan en la mente. Del tropezón de Sao Joao de Madeira a la vista de la Catedral de Oporto. Del atuendo de peregrino al de escritora para presentar en sociedad un proyecto que me llena de satisfacción. Última mirada en Madrid, parece que todo fue un sueño. Un buen sueño. Un extraordinario sueño.
Entre el vértigo de tantas imágenes entrañables, de señales que indican el camino, de flechas y de conchas, de pasos sobre senderos de asfalto, adoquín o barro, me quedo con la del amigo constante. De ese que es capaz de modificar su ruta y cambiar su destino. De Merick que sabe ser y estar. Me quedo con su sonrisa y atesoro su compañía.
Las peticiones están hechas, las ofrendas han sido entregadas y fueron recibidas. Las puertas se han abierto, estoy segura. Me lo dice la serenidad del corazón. Me lo confirma mi Compostela. Ahora, a mirar al frente. A ser compañera, y reafirmar, que Dios con nosotros, lo que viene para la próxima semana es lo que conviene.
Que el bisturí repare, y con la gracia de lo alto el médico encuentre la forma de sanar lo que no está bien. Que la columna de Carlos quede lista y todo sea como lo he imaginado, como lo he pedido con el alma, corazón y cuerpo.
No ha sido en vano. He recorrido el Camino de Santiago, el Camino Portugués, de Coimbra a
Santiago de Compostela, así como lo hizo Santa Isabel de Portugal, reina y peregrina, se ha cerrado el ciclo y lo que fue principio ayer hoy es final. El campo de la estrella nos ha otorgado la bendición pedida. Hoy, en el vértigo de lo que fue y de lo que viene, prevalece la fe en la promesa que se ha de cumplir. La serenidad es.

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Bendita tierra

Lo creo fervientemente, los dichos populares lo son porque revelan verdades contundentes. España es tierra bendita. A mi qué me importa lo que digan los números, los índices de crecimiento, el producto interno bruto o la tasa de desempleo. España es suelo del que emanan cosas buenas. Para mi, pensar en este país es evocar excelentes noticias, es traer a la mente sucesos felices.
Desde la beca en Toledo hasta la presentación de Última mirada, mi segunda novela, desde el Camino de Santiago hasta la marcha Madrileña, desde la catedral de Toledo, de Santiago hasta la iglesia del Carmen en la calle de Salud, desde los chipirones dados a un peregrino hasta las navajas servidas en el Mercado de San Miguel, España en su carácter de patria madre ha estado ahí. Siempre acogedora, siempre amorosa, siempre entrañable.
España sabe que soy su hija, ella me adoptó desde hace años, y sabe también que soy harina de otro costal. Me deja ir a casa y me hace prometer que he de regresar. Quiero volver pronto. A mis amigos españoles, a mi editora, a las calles de Madrid, las amo con pasión. Con una que nace del profundo agradecimiento de aquel a quien le han sido abiertas las puertas.
Me voy, Madrid. Como siempre me pasa, me voy en un tono agridulce, triste y con lagrimas de dejar esta tierra de sueños alcanzados e ilusiones hechas realidad. Feliz también de volver a mi casa, a los míos y a lo mío.
¿Cómo no te voy a querer, Madrid de mis amores?¿Cómo no te voy a adorar Toledo?¿Cómo no serías parte de mi Compostela, Santiago de mis amores? Me llevo en el alma tatuadas cada una de las caricias, de los apapapchos, de las risas y las sonrisas que gracias a ti quedarán en mí a lo largo de mis días. Eres parte de mi historia.
De esa historia que me lleva de los números a las letras y que me lleva a andar caminos sorprendentes y maravillosos que me llevan a soñar, y tú, España, bendita tierra, siempre transformas en realidad.

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Escribir novelas

Escribir es un acto de fe. Al plasmar las ideas sobre el blanco nunca se sabe lo que va a pasar. El que escribe siente que sus palabras pueden ser arrastradas por el viento y la tentación de dejarlo a un lado es tan fuerte que para vencer, no sólo se requiere de los secretos de las musas, de los artilugios de la técnica y del valor del héroe. Hace falta la fe.
Las novelas son proyectos de largo aliento que necesitan nutrirse de la perseverancia, que en ocasiones es necedad, de la fantasía que a veces es obsesión y del amor cuidadoso con el que se eligen vocablos, tiempos, imágenes, estructuras, ideas e intenciones. No siempre es fácil elevar la pluma y luego de tomarte el atrevimiento de derramar tinta sobre la hoja de papel, hay que cortar borrar y reescribir. Corregir. Cuándo uno cree que quedó perfecto es cuando hay que tener más cuidado, es cuando más hay que corregir. El fantasma de la soberbia es muy mal consejero. Escribir novelas es someterse a la incertidumbre en más de un sentido.
La fe es lo que mueve al escritor a creer que sus letras serán leídas por alguien más, que el mensaje que metió en una botella y lanzó al mar, encontrará destino. Sin embargo, la duda se hace su lugar y, en ocasiones, se sienta en los lugares de honor.
Escribir, entonces, se vuelve un acto fuera de toda razón. ¿Cómo, en esta era de tecnología y de comunicaciones inmediatas en tiempo real, llegará el mensaje embotellado a otras costas? Mi mensaje llegó. Cruzó el Atlántico y caminó a Madrid.
En un acto misterioso, las letras corrieron de la Ciudad de México y llegaron a la capital española. Es hoy el gran día. Ese que cada autor sueña y añora. El momento en que tantas palabras, vena y corazón toman forma en el papel y las pastas de un libro. Es hoy el día que soñé entre cada teclazo, que se enredó en cada idea. Es la felicidad de haber escuchado a las musas y apartado a los monstruos de la duda. Es la ilusión de ver que aquello que voló, hoy ya tiene forma.
Por eso, con cariño, los invito a participar conmigo de está enorme alegría.
Última mirada es mi segunda novela publicada. Acompáñenme a festejar este alumbramiento. En primerísima instancia, esta novela es Para tí que me lees

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Réquiem por la Bardencilla

La crisis en España no respeta ni a sus iconos. Agarra parejo, arrasa hasta con sus estrellas y con los barrios emblemáticos de Madrid. Javier Bardem además de extraordinario actor es empresario. Tiene una serie de restaurantes en la capital española, uno de los cuales se inauguró hace tiempo en Chueca y era de los lugares consentidos de la movida madrileña.
Como si no fuera suficiente con los desahucios, Madrid se queda con una serie de locales vacíos que cierran por falta de clientes. Así le sucedió a la Bardencilla de Chueca. Ayer, viernes, fue su último día de operaciones. La imagen fue triste, para despedir ese mágico lugar estábamos Andrea, dos amigas españolas y yo. Éramos los únicos clientes. Ni un alma entró en el tiempo que estuvimos ahí.
Es por la crisis, me comentó el gerente con cara tan larga y tan triste que me faltaron las palabras. Lo siento, fue todo lo que pude decir. La crisis española arrasa con todos. Los pobres son más pobres y según Pedro Narváez, periodista de La Razón, al terminar esta crisis, lo seguirán siendo, lo malo es que ahora serán más. No se ven posibilidades.
No. Las mesas están vacías. Así han estado por casi un año.
La pobreza puede provocarla la política, la avaricia de unos cuantos, la falta de miras y de leyes que protejan a la gente. La cara más horrible de la crisis es la de los que al bajar la cortina se quedarán sin empleo. Nos vamos, no hay quien resista, dijo uno de los meseros. Se trató de aguantar, de navegar en el temporal. No se pudo. Naufragamos.
Hay hambre, me dijo uno de los chicos del bar. No hay trabajos. No sé que vamos a hacer para enderezar la situación. He visto gente esculcando la basura afuera de los supermercados, no queremos terminar así. Lo siento, repetí.
La estética de la crisis es terrible. Salimos de ahí después de haber cenado estupendamente, sin embargo, el gusto fue amargo. Una pena. El réquiem por la Bardencilla es reflejo fiel de lo que sucede en España.

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