Entender, Andrea

Entender, Andrea, que creciste, es una de las verdades más evidentes y más complicadas de asimilar. ¿Cómo? Si aún te siento en el hueco de mis brazos y parece que la voz de tu padre anunciando que eras una niña sana y hermosa todavía hace ecos en el corazón. Es que así somos las madres. Nos empeñamos en creer que las hijas son nuestras pequeñas y que lo serán toda la vida, pero, por fortuna y por más que me cueste entenderlo, no es así.

Entender, hijita hermosa, que hoy cumples veintiún años, que ahora sí eres mayor de edad en todo el globo terráqueo es un trago gordo y hace falta valor decidirse a pasarlo. Quisiera poderte llevar de la mano, arrullarte, leerte cuentos, abrazarte todo el día, llenarte de besos y gritarle al mundo lo orgullosa que estoy de ser tu madre, pero, hace tiempo que aprendiste a caminar y hoy tus pasos son firmes.

Entender, mi vida, que ser madre significa darte alas para que vueles tan alto y respetar la elección del rumbo y sorprenderme ante las alturas que alcanzas; es abrir la puerta para que corras a descubrir, a conquistar, a experimentar; es morderme las manos y dejar que te caigas, que te equivoques, que te desplomes como lo tuve que hacer cuando empezaste a dar tus primeros pasos, cuando vi que te aferrabas a los sillones y yo misma te animaba a soltarte y, cuando perdías el equilibro y te ibas sobre las pompas, a veces llorabas con lágrimas gordas y otras me sorprendías con las carcajadas que te provocaba haberte caído.

Entender, Andrea, que la puerta está abierta para que salgas y para que vuelvas. Entender que soy madre de una mujer adulta y respetar tu libre albedrío, tus elecciones, tus ideas, tus convicciones, tus miedos es confiar en el trabajo que con tanto amor tu padre y yo hemos hecho en estos años, es creer que Dios te acompaña y te bendice y te cuida. La puerta abierta es la invitación para que puedas ir al mundo con la seguridad de que el amor que te tengo alcanza para que te sientas acompañada sin invadirte, para que sientas respaldo en el desamparo, para que tengas la certeza de que habrá consuelo y consejos y, también regaños cuando sean precisos.

Entender que ahora, seguiremos siendo cómplices, que nos gustarán cosas iguales y diferentes, que nos reiremos y nos enojaremos pero que siempre, siempre, siempre seré tu mamá y que ejerceré ese privilegio hasta el último aliento.

Entender, Andrea, que si a Dédalo le faltó claridad al entregar las alas, le falló la energía al dar las advertencias, le faltaron pulmones al gritarle a su hijo que tuviera cuidado, y se le quebró la sabiduría al prevenir a su hijo, a mí que soy tu madre, que me tiembla el cuerpo y el alma de pensar que puedo cometer esos errores; si a Dédalo le faltó algo que me pueda faltar a mí también, le pido a Dios que las bendiciones que todos los días le pido para ti, complementen los huecos que hayan quedado. Entender que prefiero ser trampolín que obstáculo, impulso que freno, faro y no tiniebla, cariño y no juicio.

Entender, que te quiero más allá de todo entendimiento.

Entender, Andrea, que la niña que le pedimos a Dios con tanto fervor ya creció, que la tierra buena en la que sembramos semillas de cariño y valor ya germinó, que la promesa se cumplió me obliga a mirar al cielo y dar gracias por tanta, tanta bondad.

¡Feliz cumpleaños, Hijid!

El casillero número cuarenta y dos

El casillero número cuarenta y dos en el baño  es pequeño, de hecho, es de los más chiquitos que hay en el club. Yo quería uno más grandes, es lo que hubo, me dijo mi papá. Me lo regaló justo después de que me casé y desde entonces ahí están la esponja, el shampoo, las chanclas de hule, la secadora, el perfume y las cosas que uso cuando voy a jugar tenis o a bañarme.

De hecho, es un casillero modesto. Es padrísimo porque está en el pasillo más padre del baño, cerca del vapor, de los lavabos y, además tiene el mejor ambiente, mis vecinas son lo máximo. Tenemos muchos años de conocernos, desde antes de ser mamá. 

Ese casillero a sido una constante que marca tiempos. A ese pasillo llegué solita, con sospechas de estar esperando un bebé, con la evidencia de que estaba súper  embarazada, con una bebita en los brazos, con dos niñas de la mano. Recuerdo cuando mis hijas jugaban con la combinación del candado, mientras yo guardaba las cosas del baño y cuando entraban a hurtadillas a sacar el shampoo o la jabonera. 

Hoy en casillero cuarenta y dos fue abierto por dos señoritas que metieron y sacaron sus cosas. Mis vecinas de pasillo miraron a las chicas elevando las cejas, los ojos se les salían de las órbitas,  ¿quién se atreve a abrir el casillero de Cecy? Por fin, una de ellas se atrevió a preguntar. No podían creer que esas nenas que jugaban con el candado hubieran crecido tanto. Me reí cuando me contaron que no las reconocieron.  Luego ya no me dio tanta risa, mis hijitas ya crecieron. 

Pensé con nostalgia en el día en que su padre siga la tradición y les regale un nuevo casillero. Y luego me alejé de ahí. Prefiero volver a reír y anclarme en el presente. Sí, extraño esas manos gorditas que tenían hoyuelos en los nudillos y esas miradas traviesas con la que fincaron esa complicidad de hermanas y los dibujos y jugar a las carreritas y los tiempos en los que compartiamos el amor por la raqueta. Pero me encantan las pláticas y las confidencias y las preguntas que no tienen respuesta fácil. En un juego inverso al de la esposa de Lot, no miro al frente por el susto de convertirme en estataua de sal.

El tiempo, en términos de maternidad, es elástico. Atrás y adelante se confunden. En un santiamén dejaron de ser bebés y en un abrir y cerrar de ojos el minutero se movío a gran velocidad. Sí, ¿qué madre no es cursi el diez de mayo? Lo cierto es que antes me preguntaban la combinación para abrir el casillero y me pedían permiso para meter las cosas, hoy ya se la saben y lo usan como cosa propia.

Así está bien. Así está perfecto. Así, antes de que el segundero agarre velocidad y el tiempo vuele frente al casillero cuarenta y dos. Ahora que me fijo bien, ya no lo veo tan chiquito, es cierto aue caben pocas cosas físicas,  pero tiene una gran capacidad de almacenar las otras.

  

Ver París

Ver París es emocionante, es recorrer la mirada y toparte con la elegancia que se eleva en forma de torre junto al Sena, o se materializa como un Arco del Triunfo, o se transforma en el albergue de la Ópera, o se asienta en la cima de la montaña de Montmartre o sencillamente es un toldo rojo o una brasserie o un suculento crème brülée. 

Vi París a través de los ojos de mis padres, que vivieron aquí en el 68, que caminaron esas calles tan legendarias y tan modernas en donde se gestaban las ideas para cambiar al mundo y se escrbían los mejores textos, las novelas más interesantes  y los poemas más sobrecogedores. La ideas vienen de París, fue el título que Paz eligió para uno de sus mejores ensayos.Por mis padres conocí la vida  parisina que ellos tuvieron, en la que todo era tan diferente y sorprendente, la comida, los compañeros, el idioma,  que poco a poco se fueron convirtiendo en la cotidianiedad de una pareja de jóvenes que volaron a la Ciudad Luz a habitarla como estudiantes y a hacerla suya. Con sus palabras, desde chica la imaginé y la amé aún sin conocerla. 

Vi París, por primera vez, con una mochila al hombro y muy pocos billetes en la bolsa. ¿Quién se quiere ir de ahí jamás? Entonces se entiende que la elocuencia de las palabras no bastan para hacer justicia a todo lo que es la capital francesa. Ni Cortazar ni Henry Miller ni Borges ni Camus ni Fuentes ni Paz ni nadie puede hablar de París lo suficiente como lo hace ella por sí misma.  Todo fue días de sol, baguettes, un hotel muy modesto y admiración. Volví. Vine en la luna de miel para enterarme que la ciudad es muy generosa con los recién casados. También regresé con mis padres que me enseñaron más motivos para adorar París. 

Vi París cuando Roger Federer alzó la Copa de los Mosqueteros al ganar, por fin, el torneo de Roland Garros. Empujé la carreola de mis hijas por los jardines de la Orangerie, por Champs Elyseés, por la Avenida de la Ópera. Era enternecedor ver a Danny feliz cada que descubría la punta de la Torre Eiffel y a Andrea correr feliz en el Parc Floral. Entendí que cualquier motivo es bueno para volver a caminar por las calles parisinas. No hay pena que no se disuelva en una mesa en el Café de la Paix. 

Pero ver París a través de los ojos de mis hijas es una de las emociones más gratas de la vida. La una más interesada en en interior del Museo D’Orsay y la otra en perderse por las calles de la ciudad. Una enamorada de Notre Dame, la otra del Sacre Cœur. Cada una en su momento, dejó mil sonrisas y me hizo entender que ver París con ellas es lo mejor que una madre puede tener como regalo de vida. Ese es mi arco de triunfo. 

No me quiero ir, dice Dany mientras ve la Torre Eiffel iluminada. Yo tampoco. El Sena tiene un color tan lindo esta  noche anticipa el chubasco que nos despedirá temprano en la mañana. Siempre que me voy de París llueve, como si fuera un signo de alianza para volver pronto, pronto. 

 

Mi Danny

Hay recuerdos que una madre atesora con tanto cuidado para que el olvido no se atreva a llevárselos jamás. Hay memorias que una mamá defiende de las garras de la destrucción. Si cierro los ojos, puedo sentir el vientre abultado y las pataditas de una bebé inquieta que desde los tres meses de embarazo ya quería ver la luz del mundo.
La memoria es tan generosa que logro sentir la potencia de esos movimientos y como respiraba profundo, pasaba la mano sobre la piel que protegía ese cuerpecito en formación para darle calor; para que tuvieras paciencia y sobre todo para que desde ya te sintieras amada.
La caricia funcionaba, la bebé se tranquilizaba y se quedaba en calma, pero el efecto era de corto aliento. A los pocos minutos los codos, las rodillas, los pies volvían a la actividad intensa y yo sonreía. Miraba al cielo y pedía bendiciones. Entendía tu prisa por llegar pues era la misma que yo tenía porque ya llegaras. Se me hacía tarde por tenerte entre los brazos y acunarte y llenarte de besos y tocarte. Eso sobretodo, tenerte en mi regazo. Eso querría decir que lo habíamos logrado, que habíamos cruzado la línea de meta juntas y que la vida habría triunfado. A veces, no puedo negarlo, sentía mucho miedo, los ojos se llenaban de lágrimas y ni siquiera me atrevía a imaginar lo que sería un mundo sin ti.   
El momento, como era de esperarse, se adelantó. Ni tú ni yo pudimos esperar más. Apenas completamos ocho meses de gestación cuando entraste triunfante al mundo. Llegaste determinada, como si supieras lo que estabas haciendo, con los ojos abiertos, los puños apretados y los pulmones potentes. Era tu forma de decir: Ya llegué y llegué bien. 
Verte fue entender y dar gracias. ¿Cómo fue que la estrella más bonita que quedaba en el cielo me eligió para ser su madre? No creas que tuve mucho tiempo para meditarlo. Los retos de una bebé inteligente se multiplican por segundos y el minutero se acelera y parece que no ha pasado nada desde que íbamos juntas a la estimulación temprana o que te ponía el uniforme del Kinder Hills por primera vez o que traspasabas el umbral de la Escuela Moderna Americana. Resulta difícil de creer que han pasado catorce años desde que me tomaste por primera vez de la mano para arrebatarme el corazón aquel dieciocho de mayo. 
¿Quién me hubiera podido advertir que los abrazos, los despertares a media noche, las sonrisas al ver las burbujas de jabón, los aplausos entusiasmados a Barney y tú disfrazada de dinosaurio morado iban a ser sólo el comienzo de las maravillas? No. No pensé que habría una felicidad mayor que jugar a la montaña movediza, que comer fresas con chocolate, que verte tomar lechitas de Hershey´s, que gritar de orgullo al verte esquiar en Acapulco, que escucharte tocar el piano o hablar en francés. Me equivoqué. Hay felicidades mayores. Cuando me recomiendas un libro, cuando me haces ver que hay otros caminos, cuando me bendices, cuando me sonríes, cuando metes un gol, cuando te quedas conmigo, cuando me sostienes la mano o cuando me das un beso.
Te veo y el corazón se me hace grande. Me lleno de orgullo. Vuelvo a mirar al cielo y doy gracias con todo fervor. Llegó Danny, me digo. Sí.Cruzó la línea de la vida de modo triunfal, sin tener en cuenta los temores del ginecólogo, del pediatra, de su padre y de su madre.
Te veo y recuerdo. Siento con la misma potencia de entonces la inquietud que siempre te ha caracterizado desde que eras un pequeño botoncito que crecía en mi vientre y ya quería salir a ver el mundo. Ganaste, Danny. Ganamos, hijita. Logré tenerte entre mis brazos. He vivido catorce años con ese privilegio.
Danny te quiero profundamente. Mi amor no es condicional, ni te amo más o menos un día que el otro. Mi cariño es y no requiere de que demuestres nada, ni de que alcances ciertas metas, no depende de lo que seas o dejes de ser. Es para ti porque eres mi hija. Y ya. Así de sencillo. Es tan profundo y verdadero que en ocasiones, habrá que hacer cosas que duelen para enderezar la ruta y corregir el rumbo. Parecerán razonamientos absurdos, actitudes egoístas, incomprensibles, pero siempre serán actos llenos de amor.  Es que, en la vida habrá retos que enfrentar y  pruebas para superar. Tendrás que esforzarte para alcanzar objetivos. Ya sabes, lo verdaderamente valioso no se consigue fácilmente. Para ello, no bastan las palabras amorosas, es preciso una mano firme. Sé que Dios nos guiará siempre.
Rodeate, mi niña linda, de gente sana y que te ayude a desarrollar lo mejor de ti, que valoren la magnitud de tu maravilloso ser; aléjate de las malas compañías que al fin traerán dolor.
Danny, que Dios te bendiga , que de todo peligro seas protegida, que decidas siempre vivir en rectitud,en armonía,  con mucha inteligencia y sabiduría. Que te rodeen los ángeles del cielo, que la muchedumbre de los santos de acompañe, la Virgen María te tome de su mano y Jesús te tenga siempre entre sus brazos.
¡Feliz cumpleaños, hijita! ¡Te quiero más que a mis ojos!

Unas por otras

Tal parece que otra francesa atraerá la atención de los mexicanos. En este caso no se trata de una mujer con cara de ángel y antecedentes del diablo. No. Tampoco es una ex convicta convertida en heroína por obra y arte de la diplomacia. No. Se trata de una madre que fue despojada de sus hijos por su ex marido. Una mujer que quiere recuperar a sus hijos y que cuenta con una sentencia favorable de la Convención de La Haya. Aunque no está muy a la vista, este caso jalará los reflectores. ¿Cómo es posible que una madres sea despojada de sus hijos y cuente con una resolución favorable de la corte internacional y aquí no pase nada?
Lo que pasa es que no estamos hablando de cualquier madre ni de cualquier padre. Se trata del caso de Maude Versini, ex esposa francesa de Arturo Montiel quien como sabemos fue gobernador del Estado de México y es el flamante tío y padrino de, nada más y nada menos, Enrique Peña Nieto. Claro, no es que este dato sea relevante en ningún sentido.
Maude Versini vivió el sueño de la Cenicienta. Paladeó las mieles de la riqueza, fue protagonista en todas las revistas del corazón, se pavoneó entre la crema y nata de la sociedad mexiquense y disfrutó de los privilegios de ser la esposa de un hombre tan poderoso. Luego vino el desprestigio, la época de vacas flacas, el rompimiento, la separación y según ella dice, la despojaron de sus tres hijos. ¿Qué pensaría Maude? ¿Soñaría con mantener el mismo nivel de vida alcanzado en México amparada por una generosísima pensión alimenticia? ¿Qué nunca supo de con quien se casó? ¿Tanto lujo la distrajo?Al parecer, ella como Florance Cassez, jamás se enteró de las actividades de su marido. ¿Qué nadie le dijo a estas mujeres que los cuentos de hadas se desarrollan en los libros y no en la vida real? ¿Qué no hubo nadie que les advirtiera de los riesgos de nadar entre tiburones?
Pero hay diferencias. No es lo mismo Versini que Cassez. A Maude se le puede acusar de arribista, de interesada, de nueva rica, haber sido de grosera y prepotente, de falta de miras y de una lista interminable de defectos, pero no de ser torturadora ni secuestradora.
¿Por qué el gobierno francés apoyó a Florence y se hace el disimulado con Maude? Hay quienes piensan que esto se debe a un quid pro quo diplomático. Es decir, unas por otras. Ahí te va Cassez y cállame a la Versini. Tal vez ambos gobiernos sean conscientes de no se puede ganar todas y decidieron dividirse. Tú la secuestradora, yo la madre. Si esto es así, a Francia le tocó la peor parte.
Tal parece que otra francesa atraerá la atención nacional. Si y sólo si no se pone una cortina de humo en este tema. Dados los personajes de la historia, es probable que el humo sea muy oscuro. Quizás, al platicar Hollande y Peña acordaron: mucho ruido y luces para una y silencio y discreción para la otra. Quid por quo, insisto, a Francia le tocó la peor parte. La parafernalia mediática para alguien que no alcanzó la justicia y el mayor sigilo para una madre que se quedó sin sus tres hijos. ¿Habrá sido el típico: unas por otras?

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