Para Dany

Supongo que, como todas las madres, me gustaría echar las manecillas del reloj para atrás. Supongo que me encantaría volver a aquel momento en que le pedí a Dios que me volviera a bendecir con el regalo de la maternidad. Nunca hubo una petición que yo hiciera con tanta consciencia de lo que quería. Estaba tan segura de querer ser mamá de nuevo que el Padre en el cielo me bendijo y tu corazón empezó a latir al ritmo del mío. Supongo que quisiera volver a vivir la alegría que sentí cuando me confirmaron que estaba embarazada otra vez y la emoción de saber que venías en camino. El vértigo de tu llegada, el susto de que tu fecha de nacimiento se adelantara un mes, la maravilla de que llegaras a este mundo sana, fuerte y hermosa serían el anticipo de una vida llena de retos y desafíos.

Supongo que me gustaría volver a verte con el uniforme del kinder Hill’s, o escucharte cantar en la estimulación, o decir que eras  mu mediana con esa vocecita tan grave y determinada. Supongo que sonreiría si te viera llegar con una estrellita en la frente o si me dieras un dibujo hecho con crayolas o si te viera tomar lechitas de chocolate de Hershey’s o si te escuchara cantar qué fácil número. Estoy segura que el corazón se me derretiría si pudiera volver a meterte en el hueco de mis brazos y acunarte y volver a arrullarte como lo hice tantas noches.

Digo que supongo que me gustaría experimentar toda esa sorpresa, todo ese gusto, toda esa emoción de verte crecer y me detengo en seco. Todo eso ha sido tan bello que volverlo a vivir le podría quitar lo perfecto que ya de por sí ha sido. La ruta no ha sido sencilla, ha sido gloriosa. No pude haber recibido un mejor privilegio. Llevarte de la mano es el honor que me llegó de lo alto. Cuando estaba esperando a que llegaras, jamás me imaginé que tendría una nena tan linda que se transformaría en una persona tan independiente, intrépida y resuelta. 

Elevo los ojos al cielo, que siempre me escucha, para pedir todas las bendiciones, para que Dios te acompañe en los momentos de alegría y te sostenga en los de duda máxima, que el gran consolador te cubra con su luz y cuentes con su favor. Que Dios te regale fe para que creas que de su mano todo es posible, esperanza para seguir avanzando con determinación y fuerza y una mirada amorosa para enfrentar al mundo. Le pido que te rodee de ángles que te cuiden y que la muchedumbre de los santos te aconsejen y que la Virgen María te proteja siempre. 

Le pido al Dios tan bueno que en tu camino siempre brille el sol, que si se nubla, sea para refrescarte; que si llueve, sea para fertilizar tus campos; que si baja la temperatura y empieza a nevar, sea para que hagas los monos más hermosos, que si hace viento sea para que puedas elevar tus sueños como papalotes. 

Verte hijita, así sonriendo, es lo que le pedí a Dios y, mira nada más lo que me concedió. Para ti, Dany, mi niña, pido que tengas lo mejor del mundo para que puedas construir, triunfar, vivir y verte feliz.

¡Muchas felicidades, mi vida! ¡Feliz cumpleaños!

Madres

Nos gusta hablar de esas madres perfectas que nunca se despeinan, jamás desentonan, siempre son correctas, incansables, guerreras, fuertes, impolutas, impecables. Esas imágenes se aderezan con abnegación, sufrimiento, cansancio, ojeras, canas. Pocas veces nos referimos a la maternidad como algo diferente a un escalón cercano a la santidad. Nos encantan las madres etéreas, lo malo es que son irreales.

Perdonen ustedes, pero esas estampas tan excelsas me dan flojera.

Las madres de verdad fallan, fallamos. Muchas más veces de las que nos gusta confesar, la regamos. Tomamos caminos equivocados, nos desesperamos, pegamos de gritos, contestamos de mal modo y regañamos sin motivo. Así somos porque somos de carne y hueso. Prefiero esa imagen que la concepción inmaculada de una mamá a la que poco le falta para caminar en las aguas del mar o subir a una nube para ascender al cielo.

Mejor, madres ser madres de a deveras.

Esa idea de madre perfecta nos daña, es una aspiración inalcansable que se transforma en una carga insoportable, imposible de llevar. No es una sana aspiración, ¿quién puede obligarse a lo irrealizable? Lo malo es que con ese horrible lugar común, nos echamos a cuestas una loza que transforma lo bello en terrible. No hay forma de entrar a esa carrera y llegar a la meta. Nos agotamos sin propósito.

En todo caso, es más divertido pensar en una mamá con los pantalones rotos en las rodillas, con bigotes de chocolate, con disposición de salir corriendo a toda velocidad, con los zapatos desgastados y con la risa a punto de carcajada. Es mejor saber que esa mujer sabe gritar y lo hace fuerte, que se enoja hasta el dolor de panza, que se desespera, que es capaz de ensuciarse las manos, que el arroz no siempre es perfecto, que no sabe planchar, que el peinado no siempre le queda bien, que se cansa y, a veces le da pereza levantarse. 

En fin, es mucho más rico pensar en una mamá que esta a nivel de suelo y uno una figura inmaterial. Así, una madre es cercana, se le puede abrazar, se puede jugar con ella, se vale bromear y se le puede contar de todo. Podemos contar con su complicidad y su comprensión, en vez de temer al juicio que emite desde la perfección. ¿Quién quiere soportar a una juzgona? Decimos adorar esas superioridades y, la verdad, les damos la vuelta.

Quitarnos el halo de perfección nos acerca. Dejamos de correr como chapulines asustados y, en serenidad abrazamos la maternidad   desde una persepctiva humana. Al quitarle a nuestras madres ese estigma de pureza, nos podemos acercar, entender y confiar. 

Me gustan las madres que se despeinan. Esas que saben ocupar su lugar, que no tratan de ser las que viven la vida a través de sus hijos, que tienen vida propia e independiente, que se cuidan para cuidar a los suyos, que no exigen la amistad de sus hijos,  que extienden los brazos para acurrucar y que se quedan dormidas en el abrazo porque no hay forma de mantener los ojos abiertos. Me gustan las que cuentan chistes y las que regañan. Las que saben que se les pasó la mano. Las que entienden que faltó algo. Las que se arrugan, las que envejecen, las que son tan jóvenes que parecen hermanas, las solidarias. Las que no arman tragedias. Las que se ríen de sus errores y se atreven a pedir perdón. 

Me gustan las mamás de carne y hueso, no las de porcelana.

La famosa madre de Baltimore

Las imágenes ya le dan la vuelta al mundo. En medio de los disturbios y la violencia que se vive en las calles de Baltimore por las protestas de la población negra después del funeral de Freddie Gray, en el centro de la gresca, mientras se cometían actos vandálicos, se perpetraban robos a comercios y el intercambio entre la policia y la población civil era por medio de golpes, una mujer rolliza, de pelo largo, teñido con mechas californianas, vestida de color amarillo brillante desafía a la multitud y le da una lección al mundo.

En el video la vemos caminar decidida rumbo a uno de los manifestantes encapuchados, jalarlo por la espalda y a mano limpia, empezarlo a tupir a golpes. El vándalo sorprendentemente, no le hace nada. ¿Cómo? Si es su madre. El chico recibe el chaparrón de golpes, entre asustado y avergonzado. El audio, que no es muy bueno, pero rescata la mejor frase que he escuchado en mucho tiempo, la madre le grita: ¿Quieres ser valiente? Da la cara.

La valerosa madre de Baltimore no se dejó intimidar ni por los manifestantes, ni por las cámaras que consignaron cada bofetón, ni por los policias que no se atrevieron a parar a la mujer, ni por las críticas, ni por nada. Fue por su hijo y le dió una lección que recorre el mundo: para ser valiente hay que dar la cara. Así se hizo famosa. El video se viralizó en la red, se reprodujó centenares de veces, llegó a los encabezados de los diarios del mundo, a los noticieros más importantes de la televisión. Ojalá hubiera más madres así.

Lo controvertido de las imagenes dan un poco de risa. Ver como la madre sorprende al hijo con las manos en la masa y lo reprende frente al mundo parece chusco. No lo es. Es aleccionador. Me llena de respeto una mujer que no se confunde y que sabe llamarle a las cosas por su nombre. Una mamá que  no duda en reprender a su hijo y que le dice que para ganar una causa por la buena hay que dar la cara, no esconderse tras un pasamontañas. 

Mientras el presidente Obama daba declaraciones tan cuidadosas y emitía una opinión lentamente, en la que dejaba la impresión de que elegía con la máxima precaución cada palabra que salía de sus labios, esta mujer salta a la palestra mundial, agarra de las orejas a su hijo y entre zarandeos lo saca de la zona de peligro y lo educa. Lo mete en los rieles del deber ser. ¡Qué teorías psicológicas ni qué nada! Ni Freud, ni Piaget, ni María Montessori, ni la UNESCO, ni nadie tiene vela en este entierro. Así, a la antigüita, sin miedo a los traumas, con mano firme, la madre hace lo que debe y de paso nos educa a todos los observadores.

El muchacho sólo eleva las manos para protegerse la cara. Sabe que con mamá más vale caminar derechito. Me gana la risa y la admiración por esta valiente, a la que no le temblaron ni la mano ni la voz para hacer y sobre todo para decir lo correcto. Me quito el sombrero.

Sé que se elevarán voces en su contra, que muchos dirán que esos no son modos, que el diálogo y la dignidad  y los derechos y… ¡Patrañas! La madre de Baltimore se hizo famosa por hacer lo debido. No titubeo. Tuvo la claridad necesaria. Habló en el idioma que se necesita para hacerse entender, no lo lastimó, lo abofeteó y pronunció las palabras de la valentía. Toya Graham, es el nombre de la madre que se hizo famosa por llevarse a golpes a su hijo para impedir que tomara parte en los disturbios de este lunes en Baltimore. Alzó la voz y nos dió una lección. Los valientes dan la cara, los otros, no.

  

Verte caminar

Así cómo hay flores que embellecen con su fragancia al apenas germinar y alegran por la hermosura de sus botones, así como el sembrador se sorprende al ver la maravilla que brotó de la humildad de su semilla y mira al cielo agradecido por lo que reconoce como uno de los dones más grandes de su vida, así fue hace dieciséis años cuando te tuve entre mis brazos por primera vez y te llené de besos apenas unos instantes después de que llegaras al mundo.
Naciste buena, hijita linda. Recostada en tu canasto eras la imagen viva del orgullo de tus padres, la felicidad encarnada. ¿Quién me puede afirmar que ya pasaron dieciséis años si todavía puedo sentir el calor de tu piel tan nueva? Los pellizcos que los ángeles te dieron como señal, hoy son un par de hoyuelos que te adornan las mejillas y esos piececitos cuadrados que a mi me encantaba morder como sí fueran un par de quesadillas, hoy calzan zapatos más grandes que los míos. Esas manitas que se enroscaban en mi índice hoy son capaces de arrebatarle a los colores las figuras más sorprendentes y de crear mundos maravillosos cimentados en palabras.
Mi máximo orgullo es creer que te pareces a mí y la alegría que me invade el corazón es saberme cómplice de tus aventuras y ser parte de muchas de ellas. Compartimos gustos y me lleno de satisfacción al reconocer que sabes hacer muchas cosas mejor que yo. En Madrid y en Oaxaca hay testimonios que avalan lo que digo. No son sólo las palabras de una madre, sin embargo, es tu madre la que escribe.
¿Qué hay mejor que jugar tenis contigo y con tu hermana? ¿Qué se puede comparar a verte manejar un Vocho sin temor alguno?
Verte caminar, mi niña, ha sido mi privilegio. Desde los primeros pasos tambaleantes en los que te aferrabas a mis manos y no te querías soltar, hasta los de hoy por la mañana en que corres sin mirar atrás. ¿En qué momento aprendiste a bajar los escalones de dos en dos? Verte avanzar ha sido mi satisfacción.
En infinidad de ocasiones he escuchado que el tiempo se pasa volando. La mejor manera de verificarlo es verte. Quisiera detener el tiempo, atrapar las manecillas del reloj como sí fueran las alas de una mariposa, darle una vuelta inversa a la tuerca del segundero para acunarte y arroparte como cuando eras pequeñita. Pero no hay necesidad, cada noche te acercas a pedir que te cobije y sigues pidiendo el beso de las buenas noches. A veces creo que el olor de bebé sigue enredado entre los hilos de tus cabellos. En el sueño de la felicidad nunca imaginé que la realidad pudiera ser tan hermosa.
Vive, hijita buena, con la convicción de mi amor a toda prueba, con la certeza de que los brazos de tu madre están siempre listos para recibirte, mis manos para ayudarte y mis aplausos para impulsarte. Te vestí con el ropón el día de tu bautismo, te puse el vestido de Primera Comunión, te ayudaré a arreglarte el día de tu Boda. Juntas aprendimos los cantos y juegos de la estimulación temprana, se me partió el corazón cuando te despediste de mi y de tu padre para entrar feliz el primer día del Jardín de Niños, te echamos porras hasta verte alzar la copa de campeona de tenis, casi se me para el corazón al ver tu imagen en Televisión Española después de la presentación de La herencia del Frío, y le digo a todo el mundo que mi hija escribe una columna semanal en el periódico. Colgaré tu título en un lugar privilegiado de la casa. Los sueños se achican y tu los rebasas con creces. Es cierto, sólo tienes dieciséis. Es cierto, ya tienes dieciséis.
Verte caminar, a veces me da vértigo, a veces me da miedo. Pero vuelves la mirada y sonríes como sólo tú sabes hacerlo. Y entonces, como hoy, como siempre, me queda la certeza de que al verte avanzar nada más cabe el orgullo que brota del corazón de una madre.
Que Dios te bendiga y siga derramando su luz sobre ti, que te guarde en el hueco de su mano y te prodigue sus bendiciones, que te rodee de amor y te llene de esperanza. Que te regale vida buena y que la fe sea tu mejor soporte. Que el Dios Padre, Hijo y Espíritu, vivo y único te bendiga, hoy y siempre.
Feliz cumpleaños, Andrea.

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Dos grandes detalles de Wimbledon para destacar

Terminó uno de los torneos más grandes del circuito de tenis. Wimbledon ya tiene campeones y habrá muchos comentarios sobre la campeona femenina y sobre la maravilla de ver, después de setenta y siete años, a un local coronarse en las canchas de pasto. Sin embargo, hay dos detalles que me gustaría destacar. Se trata de dos gestos de finura y delicadeza que por su discreción pudieron pasar desapercibidos y no sería justo. Ambos fueron originados por dos personas anónimas en favor de los campeones Marion Bartoli y Andy Murray.
El primero fue en la final femenina, justo cuando Bartoli ganó. En la emoción ella trepó por las gradas para abrazar a la gente de su equipo. La cámara de televisión siguió el recorrido de la tenista quien, para llegar con los suyos, se impulsó agachándose, dejando expuesta toda la parte trasera del cuerpo, que el mundo entero hubiera visto de no ser por el acto de caballerosidad del camarógrafo, quien de inmediato enfocó el rostro triunfante de la campeona. Una fineza que es importante destacar.
El segundo fue en la final masculina. Andy Murray, conmovido y visiblemente encandilado por lo que acababa de lograr, fue a darle la mano a su oponente, volvió su mirada a las gradas, a su equipo, camino por la cancha, regresó a dar las gracias al juez de silla y trepó las gradas. Subió a abrazar a su novia, a Lendl, su coach, y a las personas que estaban a su alrededor. Estuvo a punto de volver a la cancha sin estrechar a su madre, pero alguien, un anónimo, le hizo ver que en su conmoción se había olvidado de ella. Entonces, Andy volvió y envolvió a su mamá entre sus brazos.
El tenis, lo sabemos, es un deporte de caballeros. Las buenas maneras en Wimbledon se notan y son importantes. En este torneo los oponentes entran y salen al mismo tiempo de la cancha. Vencedores y vencidos dejan el escenario juntos, recordando que las buenas formas son parte integral de las reglas del juego. Es un torneo en el que los palcos de los oponentes están unos al lado de los otros en señal de que la cortesía extiende sus fronteras más allá del terreno de juego. Eso es evidente, lo vemos en los medios.
Pero hay detalles que pueden pasar desapercibidos. La hidalguía de la madre de Murray que ni por asomo tomó un lugar protagónico para abrazar a su hijo. La generosidad de la mamá de Djokovic que fue a felicitar a la de Murray a pesar de que su hijo acababa de ser derrotado.
Aunque de todos, me quedo con el camarógrafo cuya caballerosidad vale la pena destacar y la perspicacia de ese espectador cuyo nombre no conocemos que le hizo ver al campeón que estaba a punto de cometer un grave olvido.
Vaya para ellos este reconocimiento antes de cerrar las puertas de la catedral del tenis.

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El que busca encuentra (Homenaje a los padres de María Bárbara Reyes Muñíz)

Reza el dicho: el que busca encuentra. Buscar es complicado, es desgastante y sobre todo, tienen grandes cantidades de angustia y frustración. Las búsquedas tienen etapas, la primera es darte cuenta de que has perdido algo, es el momento en el que recibes el golpe que te dolerá hasta que pase una de dos cosas, encuentres lo perdido o sepas con cierto grado de certeza lo que sucedió con aquello que se perdió.
Hay de pérdidas a pérdidas, no es lo mismo perder las llaves que perder el coche. No es igual perder algo por descuido que si te lo han robado. No hay comparación posible cuando se ha perdido a una hija.
María Bárbara Reyes fue secuestrada en agosto de 2011, sus captores pidieron rescate y jamás volvieron a saber de ellos. Los padres empezaron a buscarla. En esta etapa, en la búsqueda, pasa de todo, se necesita ayuda, tiempo, dinero, paciencia. Por lo general, todo eso siempre escasea, falla y se acaba. En el caso de los padres de María Bárbara pudo más el cariño que el desanimo, la perseverancia que la desesperación. Su empeño no conoció el límite del ya no puedo más.
Solos, con sus propios recursos, emprendieron una campaña en redes sociales, con carteles, con volantes, con investigaciones, pistas, visitas a uno y otro lado.
Buscaron durante 618 días, por fin, ayer les entregaron sus restos. Lo triste es que las autoridades del Estado de México tuvieron el cuerpo de María Bárbara durante meses y no lo reportaron. No fue mala voluntad, es el reflejo de la desorganización que existe. La iniciativa de los padres venció ese monstruo de miles de cabezas que en su gran desorden pierde de vista la parte humana, que mezcla osamentas de una persona con otra, que no sabe dónde ubicar nada, que todo pierde, que poco ayuda.
“La tristeza y la angustia por la incertidumbre han terminado, en el universo queda un hueco por tu ausencia que no se podrá llenar pero hoy en el cielo están gozando de tu presencia”, se lee en el portal de Facebook de Lourdes, la madre de María Bárbara Reyes Muñiz.
No sabrán. Pues el estado en el que les entregaron los restos lo hace imposible, no sabrán las causas que le dieron muerte a su hija de dieciséis años. Por lo menos tendrán una tumba en donde llorar su ausencia, antes ni eso tenían. Mata más una falsa esperanza que una cruda realidad. La familia de María Bárbara ya sabe qué pasó. Lo malo es que no saben por qué pasó.
La Procuraduría reconoció irregularidades en la identificación del cuerpo al llegar al Servicio Médico Forense de Cuautitlán Izcalli.
¿Encontraran justicia? La respuesta de Alejandro Reyes, padre de la chica, genera decepción. “Dudo que aquí se pueda encontrar justicia.” Por desgracia, tengo que estar de acuerdo con él. Si no recibieron la ayuda elemental para encontrar los restos mortales de su hija, si su cuerpo fue tratado con tanto descuido, no nos queda más que la evidencia de que el proceso para alcanzar justicia no pueda estar muy organizado.
Pero el amor de estos padres que buscaron, que desafiaron al sistema, que no se desanimaron ni perdieron la paciencia, finalmente alcanzó su objetivo. El que busca encuentra. Mi admiración y máxima solidaridad con esta familia.

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El secreto de Leonora Carrington

Me gustaría saber el secreto de Leonora Carrington. Una artista que perteneció a este extraño movimiento que se anidó en México tan entrañablemente: el surrealismo. Una mujer que vivió más de noventa años y que, según me enteré ayer, jamás se separó de su taller, no dejó de producir, no paró de trabajar.
Ayer asistí a la primera exposición que se monta después de su muerte en el 2011. Una exposición singular por muchos motivos. Se trata de una muestra que integra esculturas y piezas de joyería que la autora elaboró para sus amigos; se exhibe en la escuela de mis hijas, no en un gran museo; reúne dos características difíciles de conciliar: es sencilla e impactante. Como lo fue Leonora.
Cocodrilos de siete patas, fantasmas y seres de ensueño, animales fantásticos que no conocen nombre ni clasificación, carringtonianos, tal vez. Todos sonrientes, todos felices.
Cada pieza de joyería se adornaba con piedras preciosas: esmeraldas de Colombia, rubíes de Birmania, zafiros de la India, brillantes de Rusia. Los destellos que la piedras provocan sobre el oro trabajado ayudan, no sólo a dar textura, sino que encienden la imaginación, hechizan y casi puedes ver a los animales caminar y a los fantasmas volar. Pero ese no es el secreto que me gustaría saber de Leonora Carrington.
La exposición fue inaugurada por la directora general de la escuela. Un discurso bien escrito en el que se destacó la importancia estética de Leonora. Normal. El profesor Alfaro, le dedicó palabras muy rimbombantes que sonaron muy rígidas, para alabar a la artista. Normal. Se presentó una serie de fotografías de la Carrington. Desde su juventud hasta sus últimos días. En todas aparecía en el taller. Rodeada de sus asistentes, muy sonriente, como un capitán de barco en el puesto de mando.Sorprendente. Pero ese no es el secreto que me gustaría saber de Leonora Carrington.
Después vinieron los discursos del escultor Zacal, amigo de la escultora y dueño de las piezas de la exhibición, y el de Pablo Weisz Carrington, hijo de la artista. Ese es el secreto que quiero saber de Leonora. ¿Cómo lograr que una vez que no estas la gente hablé así de ti? Ambos, amigo e hijo, pronunciaron palabras cariñosas de admiración por una mujer extraordinaria. Normal, dirán ustedes y yo estaré de acuerdo. Nada más faltaba que se hablara mal de ella en un homenaje. Lo sorprendente no fueron las palabras, sino la entonación, el acento que se les dio. El brillo en los ojos de este par de hombres que extrañan profundamente a una excelente mujer que ya se fue. El cariño que no se acaba a pesar de la separación que impone la muerte.
Amar a un artista no es fácil, ni siquiera para los amigos, mucho menos para los hijos. Pregúntenle a Picasso. Ella lo logró, y además tuvo éxito en todos los ámbitos. Se arriesgó y la moneda cayó con la cara a su favor. Dejó el Reino Unido y encontró amor y patria en México. Creó con pasión y fantasía incontenible. Fue querida, tanto es así que, el brillo en los ojos del hijo y del amigo al evocar a Leonora me entró al corazón. Algo tuvo que hacer muy bien esta mujer para merecer esos brillos superiores a los de las joyas exhibidas.
Tomé de la mano a Andrea. Ella me invitó a la exposición. Insistió en que valdría la pena. Tuvo razón. Me sembró una inquietud, de forma tácita me propuso una meta. El brillo. Ese brillo.
Cómo quisiera conocer ese secreto de Leonora Carrington.

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Andrea

Señor, parece que fue ayer y ya pasaron quince años. Como siempre, me escuchaste y atendiste mi petición. Óyeme, padre bueno, soy la mujer que estuvo aquí elevando una oración a tus oídos, esta es la niña que yo pedía entonces y que me concediste. Es el reflejo de tu máxima generosidad. No tardaste. La pedimos Carlos y yo, enseguida nos escuchaste, al primer llamado brotó la vida que formaste con tus manos.
Me regalaste una niña preciosa, de piel rosada y enormes ojos oscuros que irradiaron de inmediato una dulzura que me llenó el corazón de gozo y alegría. Era tan pequeña que cabía en el hueco de mis brazos y todavía sobraba espacio. La besé por primera vez tan pronto vio la luz del mundo y el delicado aroma de su cabeza fue un bálsamo que alivió el dolor y el cansancio de las horas previas a su nacimiento. Mi corazón corrió detrás del suyo y quedó prendado con el verdadero amor a primera vista, con el mismo que durará por los siglos de los siglos. Su puño, tan diminuto, apretó mi dedo y se adueñó de mí para siempre. El calor de su piel entró triunfante a mi alma. Los labios como un hilo color granada se curvaron y sus mejillas revelaron un par de hoyuelos. Conté los dedos de sus manos y de sus pies, tan pequeños. Veinte perfecciones.
Andrea, sin duda, ha sido la mejor sorpresa de mi vida. Recuerdo que mi mamá me dijo:”una vez que eres madre, la vida te cambia para siempre”. Fue cierto. La vida con Andrea ha sido infinitamente mejor. Me ha dado miles de motivos para reír, para sentir orgullo, para ponerme de pie. Soy madre.
La gracia que te pedí, Dios bendito, cumple quince el día de hoy. Creció y es hermosa. Esta es la niña que pedí entonces. De todos los dones que he pedido y que me haz dado, ella es uno de los mejores reflejos de tu generosidad. Cuando el creador da, lo hace a manos llenas. Ni en mi mejor sueño la imaginé tal cual es. Tan bello ha sido ser su madre que volví a pedir otra niña que también me fue concedida.
Compartimos el amor por la raqueta y la pasión por las letras. Es disciplinada e inteligente. Es suave y enfocada. Sonríe con facilidad, le gusta la música por su ritmo y por sus palabras. Prefiere a Paul sobre John, le gusta Ringo, entiende a George. Le encanta Green Day. Es reservada, sabe el valor de la voz. Sigue sorprendiéndome con sus reflexiones, su capacidad de convencer sin elevar el tono. Se hace escuchar y dirige con suavidad, casi siempre consigue lo que quiere. Su convicción y su fe son inquebrantables. Nada la priva del canal de comunicación que ha establecido contigo.
Padre de las luces, en quien no hay cambio, ni variaciones, ni ocaso. Tú que das la vida por el amor que nos tienes, por tu decisión, por la palabra de la verdad, para que seamos entre todas las criaturas, los más tuyos; tú que atendiste mi petición, tú que siempre estás cerca, cuida a Andrea.
Tú que siempre atiendes mis peticiones, te pido con humildad, que la bendigas y la guardes siempre, que le muestres tu rostro y sienta tu amor. Rodéala de ángeles y serafines, acompáñala con la asamblea de tus santos, que tu madre la tome entre sus manos. Acompáñala en el camino y que ella sienta la certeza de tu cercanía.
Te lo pido yo, que soy su madre, a la que siempre escuchas.

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Ellas lloran

Ellas lloran y sus lagrimas son sinceras. Una eleva la mirada al cielo y pregunta ¿por qué?, la otra, sentada en la mecedora fija los ojos en la pared. Ambas estrujan un pañuelo entre las manos. Ninguna se atreve a levantar el teléfono para marcar el número de la otra. ¿Para qué? Y es que a veces el amor no basta. El poder de la mentira es tan destructivo, no por la evidencia de la falta de verdad, sino por quien se ha encargado de repetirla una y otra y otra vez.
La fuerza de los embustes las ha separado y el cariño no es capaz de romper esa barrera.
Una no deja de preguntarse en qué momento se rompió la felicidad, la otra se recrimina por todo lo que permitió que sucediera. Si las cosas se hubieran parado a tiempo. Pero no. Los pedazos se han esparcido, han sido arrastrados por el aire, se han levantado con el viento y en el remolino de la confusión ¿quién será capaz de unir los fragmentos? Y, aunque eso fuera posible, que no lo es, ¿cómo dejar de ver las cuarteaduras, los huecos, las heridas?
Una madre y una hija no se deben separar. No por mentiras tejidas con malas intenciones, pero el tejedor es un experto, bordó fino. Ambas son ingenuas. En su tela de araña quedaron atrapadas madre e hija, cada una enredada en un extremo diferente.
La rueca maldita gira y a cada vuelta más atrapa, más separa. Las risas del tejedor son imperceptibles para madre e hija. Por fortuna todos los demás las escuchan claramente. Tal vez un héroe pueda rescatarlas de la trampa algún día. Hoy el héroe no está en escena.
Por eso ellas lloran y sus lagrimas son sinceras. ¿Podrán reencontrarse algún día? Sólo entre ellas podrán darse consuelo. Hoy se hunden en el ovillo de una intriga.

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