Vértigo

Tanta aceleración me da vértigo. Son tantas cosas las que han sucedido y están por suceder en un lapso de tiempo tan corto que no se si estoy en pasado, futuro o presente. Por lo pronto tengo la certeza de despertar en mi casa, entre los míos. Ya llegué de dónde andaba y, todavía mareada y convaleciente del jetlag de un vuelo de casi once horas, que salió retrasado de Madrid por más de cuarenta y cinco minutos, que aterrizó al mismo tiempo que los vuelos que venían de Tokio, Nueva York y Frankfurt, lo que nos obligó a hacer una fila de casi una hora para pasar migración, y ya empezó la diversión.Pongo los pies en mi tierra y tiembla, suena la alerta sísmica que me hace salir corriendo en pijama al umbral de la puerta de mi casa. A penas hace quince días la lluvia en Acapulco me mojaba el alma, me llevé la lluvia a Europa, en donde brillaba el sol y la temperatura era de treinta grados con cielo despejado, para hacer la inauguración formal y triunfal del otoño en tierras portuguesas. Nubes, chubascos, tormentas.
Los pasos que me llevaron de la majestuosidad de la Quinta de las Lagrimas, en Coimbra a la sencillez de un hostal de peregrinos en Albergaría, del cielo nublado y viento tibio que nos llevó a Agueda, a las lluvias furiosas que nos recibió Mealhada al consuelo tan dulce de las Natas de Belén y el pan rústico preparado en una panadería del camino se me enredan en la mente. Del tropezón de Sao Joao de Madeira a la vista de la Catedral de Oporto. Del atuendo de peregrino al de escritora para presentar en sociedad un proyecto que me llena de satisfacción. Última mirada en Madrid, parece que todo fue un sueño. Un buen sueño. Un extraordinario sueño.
Entre el vértigo de tantas imágenes entrañables, de señales que indican el camino, de flechas y de conchas, de pasos sobre senderos de asfalto, adoquín o barro, me quedo con la del amigo constante. De ese que es capaz de modificar su ruta y cambiar su destino. De Merick que sabe ser y estar. Me quedo con su sonrisa y atesoro su compañía.
Las peticiones están hechas, las ofrendas han sido entregadas y fueron recibidas. Las puertas se han abierto, estoy segura. Me lo dice la serenidad del corazón. Me lo confirma mi Compostela. Ahora, a mirar al frente. A ser compañera, y reafirmar, que Dios con nosotros, lo que viene para la próxima semana es lo que conviene.
Que el bisturí repare, y con la gracia de lo alto el médico encuentre la forma de sanar lo que no está bien. Que la columna de Carlos quede lista y todo sea como lo he imaginado, como lo he pedido con el alma, corazón y cuerpo.
No ha sido en vano. He recorrido el Camino de Santiago, el Camino Portugués, de Coimbra a
Santiago de Compostela, así como lo hizo Santa Isabel de Portugal, reina y peregrina, se ha cerrado el ciclo y lo que fue principio ayer hoy es final. El campo de la estrella nos ha otorgado la bendición pedida. Hoy, en el vértigo de lo que fue y de lo que viene, prevalece la fe en la promesa que se ha de cumplir. La serenidad es.

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Sin llover y sin prisas.

Es la primera noche que no llueva de continuo. Es más no llueve nada. La mañana amanece radiante, despejada, con un cielo azul adornado con pocas nubes. La temperatura de diecisiete grados nos abraza. La sensación matinal es de calma. No hay prisas por levantarse a desayunar y salir corriendo para aprovechar el momento en el que la lluvia escampa y avanzar en el camino.
Hoy, esta mañana, el apuro no existe. Me dejo acariciar por las sabanas y me acurruco en la almohada. Abro el ojo y lo cierro de inmediato. Así, varias veces.
Son las ocho de la mañana. Puedo quedarme al menos quince minutos más entre las cobijas y no pasará nada. Las piernas, esta vez no sienten el impulso de dar un paso y otro, tienen ganas de estirarse y repararse. El dolor de los hombros por cargar la mochila quiere quedarse en el colchón.
Huele a café. Seguro en la planta baja ya están sirviendo el desayuno. El café que se sirve en Portugal es delicioso, tiene un sabor amargo, es un liquido de tonos muy oscuros y aromas fuertes que contrastan con la pastelería que es muy dulce. El maridaje perfecto, él amago y ella dulce. Los contrastes potencian todo.
Decido descorrer la cortina, la vista desde la habitación es la pared de otro edificio. Esta adornada con la maquinaria de aires acondicionados, tubos escurregotas, ventanas cerradas. El edificio de al lado se esta cayendo. El techo de tejas tan rojas esta pandeado de un lado, abobado del otro, pel barandal luce un trabajo de hierros retorcidos y oxidados que revelan pasadas glorias y el marco de la puerta de madera ya no existe.
Dice Fede, un catalán que conocí en Joao de Madeira, lugar donde trabaja, que Portugal a diferencia de España, no llegó a despegar. Su tragedia fue haber comparado el lado esa de Europa que trajo tantos beneficios, haber visto las ventajas que vivieron sus vecinos españoles y jamás haber probado esas mieles,es más, ellos nunca derrocharon porque nunca llegó el momento del derroche.mal quiebra les llegó antes del despegue.
Las palabras me parecen duras, tal vez sean ciertas, tal vez Fede extrañe Cataluña, no hay catalán que no extrañe su rincón. no hay ser humano que no añore lo suyo.
Me alejo de la ventana y doy gracias a Dios por este ritmo lento del día de hoy. No hay para qué apresurarse, nada corre prisa. Sea la tranquilidad del día en el que no llueve. A disfrutar, a dar gracias por ello. En Oporto ya salió el sol, para mi ese es un signo.

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Sao Joao de Madeira

En el camino a Sao Joao de Madeira la lluvia se convierte en nuestra compañía constante. El piso está resbaloso y cuando vamos en medio del bosque hay charcos en todos lados. También montículos de lodo. Si la lluvia para, los enjambres de moscas llegan a bailar a nuestro alrededor. Si el camino está inundado hay que buscar la forma de dar la vuelta. Es imposible pasar por ahí, la profundidad del charco es imposible de calcular. Parecen zanjas. Claro, al dar la vuelta nos topamos con platas que tienen espinas y pican fuerte.
Hay muchas distracciones y es necesario concentrarse para no perder el rumbo. Éste ha sido uno de los tramos más difíciles. No sé si es tanta agua, si es que la ruta tiene muchas subidas con pendientes prolongadas, o que estoy cansada. No sé.
Pasamos varios cafés y restaurantes. Cerrados. ¿Quién querría salir con este clima? Seguimos y seguimos. A pesar de las condiciones seguimos avanzando. Nos aproximamos al destino. Hay grupos de patos que vuelan en grupos formando una especie de flecha que señala en dirección al norte. Lo chistoso es que la humedad no llega de afuera para adentro. Es el esfuerzo y el sudor lo que tiene empapada la camiseta. La chamarra resguarda del agua de lluvia. No importa, estoy mojada.
Así es, a veces más que las incomodidades externas y las inclemencias del camino, están las que uno se auto impone. Los tropezones se deben en mayor sentido a las situaciones internas que a lo resbaloso de la superficie.
Hoy todo el día se ha tratado de evitar un resbalón. Llegamos, por fin a Sao Joao de Madeira. Un pueblo de mayor tamaño, famoso por su industria del calzado y por una fábrica de autos. Por más que quise evitarlo, me resbalé. En el momento menos pensado, no me fijé y ¡Zaz! No hay duda, lo que he querido evitar me sale al encuentro. Me caí. Ni modo. Me levanto, hago el recuento de daños. Manchas y abolladuras, nada grave, tomo todo lo mío y sigo el camino. Pido disculpas por el embarrón de lodo. Algo me dice que son cosas del camino. Algo me dice que no debo darle mucha importancia.
Mejor, concentrada y mirando al frente.

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Lluvia en el Camino

Es domingo y salimos de Águeda con el cielo nublado. Me despido de los simpáticos paraguas colgantes que adornan las calles del pueblo. Caminamos unos cien metros y aquello a lo que le tenía tanto miedo se hace presente. Empieza a llover con fuerza. El mercurio baja su nivel varias rayas en el termómetro. Lo que quise evitar me sale de frente. No hay nada más que hacer más que seguir caminando. No hay forma de darle la vuelta. Las nubes son una larga cortina gris que se extiende por kilómetros y kilómetros y no deja ver la luz del sol. La chamarra impermeable impide que el agua llegue a la piel. pero… Ni modo, hay que avanzar. Siento una enorme tentación de volver hacia atrás, sin embargo, recuerdo a la esposa de Lot, no quiero terminar como estatua de sal. Respira, respira, me digo. Tengo miedo y ganas de llorar. Piso un charco, el agua me salpica hasta las cejas. Recuerdo que me gustaba saltar sobre ellos. Por fin la atención se aleja del malestar de sentir un arroyo que corre desde la frente, por la nariz hasta llegar a la boca; se centra en los sonidos.
Son conciertos difíciles de describir, no hay fonemas para recrear el choque de las gotas contra el charco, o las ramas de los eucaliptos que se mueven por el peso del agua, o las botas que pisan a veces, arena mojada, adoquines húmedos o montículos de lodo. tampoco hay una manera exacta de decir la diferencia entre el rumor de las gotitas finas y delgadas contra la chamarra que el tamborileo de las gototas gordas y pesadas.
En el camino hay de dos, o te centras en la incomodidad, o ves más allá. Con la lluvia es difícil elevar la mirada. Lograr un mayor alcance es complicado. Si el chipi chipi es ligero se puede platicar con el compañero, si la tormenta es fuerte, hay que guardar silencio. La tormenta de hoy es fuerte, a veces. se alterna con ratos de lluvia moja tontos. Hay tramos en los que de plano no llueve nada y hasta sale el sol. Pasamos por caseríos, pueblos, veredas entre los bosques, zonas industriales y acotamientos muy estrechos de la autopista a Oporto.
Caminar cuando está lloviendo no es agradable. Tampoco es tan desagradable como imaginé en un principio. Es verdad, a todo se acostumbra uno. Soy cuidadosa, en tiempos de lluvia los pasos deben ser seguros para no tropezar y llenarse de lodo. Que las suelas se llenen de barro, eso sí, pero una caída, eso no.
Al caminar bajo la lluvia pensé en Santiago, en su misión de evangelizar y llevar la buena nueva hasta el fin del mundo. Pensé en la mía, en todas las puertas que quiero abrir, las promesas que quiero alcanzar y las Compostelas que espero para mí y para los míos. ¿Me pregunto si el apóstol también tuvo dudas? El acotamiento se hace cada vez más estrecho y los camiones pasan cada vez más cerca. Seguro en algún momento hasta tuvo miedo. Encima la flecha que marca el camino no es clara, ¿Derecha o izquierda? Derecha. Vamos a dar a un tramo de la autopista, en el que el acotamiento está invadido de plantas, la barra de protección está caída y caminamos junto a un precipicio de unos treinta metros de profundidad. Al fondo, el río. Estoy segura de que nos equivocamos, pero no digo nada. Si abro la boca se me mete toda el agua.
A lo lejos vemos la flecha, era por el otro lado. ¡No! Sin embargo, el camino corre paralelo a la autopista. ¡Vaya, por lo menos! Seguimos, con la esperanza de reconectar. Llegamos al puente que cruza el río Vouga. Al mirar al frente vemos que el puente que está sobre el camino que señalaba la flecha, está roto. No hay paso. En el que nosotros estamos nos permite cruzar sin problemas. ¡Sí! Continuamos dando pasos. Al final del puente encontramos una flecha amarilla que marca la dirección, hay que seguir derecho. El puente roto me recuerda que las líneas paralelas por más que se extiendan jamás se tocan. Es mejor dejar de aspirar a mundos paralelos, pueden llevarnos a senderos rotos.
La lluvia le sube la potencia a aroma eucalipto. La lluvia en el camino tiene su razón de ser.

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Los paraguas de Águeda Portugal

El camino de Santiago nos trajo a Águeda un pueblecito en el centro norte de Portugal, de tres calles, en dónde ahora llueve y al rato también. Empieza un chipipipi de gotitas muy finas y en un segundo se suelta una tromba que parece no tener fin para segundos después darle paso a los rayos del sol. Los rayos del sol son tímidos y huidizos. A la menor provocación se esconden detrás de las nubes. No me queda claro que los incita a salir, ni que los motiva a ocultarse.
El otoño ya entró en Águeda, para recibirlo los moradores del pueblo cuelgan paraguas en las tres calles principales –y casi las únicas– del pueblo. En una calle son de colores, en otra con dibujos de limones y en la última son blancos sostenidos por unas piñatas en forma de humanos de colores brillantes. Es el festival de esta ciudad que está en busca de su identidad. Antes era un pueblo industrial que vivía de la fabricación de bicicletas, hoy busca un nuevo rostro. Recibe turismo y peregrinos que van, ya sea a la ruta de Santiago o van por el camino a Fátima. En Portugal los dos caminos se marcan y se distinguen. Uno el azul, va al Santuario de la Virgen, el otro, amarillo va al del apóstol.
Es sábado y no hay mucho que hacer. Los comercios cierran a la hora de la comida y los restaurantes tampoco tienen mucha gente. El vinho verde es delicioso, comemos muy bien y, en comparación de otros lugares, relativamente barato.
A la hora del postre, visitamos una pastelería típica portuguesa. Al entrar el olor a café fuerte nos despierta el antojo por un pan de la región. Los panaderos heredaron la tradición de los monjes por lo que los nombres de los panes parecen benditos: pan de Belén, obispos, jesuitas –juro que hay un pan que se llama así– clarisas, pan de Dios. La mayoría tienen como relleno una pasta de naranja con un sabor delicado, no muy dulce pero sí muy anaranjado. Las natas tienen crema pastelera, hay flanes y jericayas. Hay porciones grandes y dulces diminutos que sirven de un bocado.
Las casas del pueblo tienen mosaicos en todos los tonos de azul. Algunos incluso tienen relieve. Eso le da personalidad al pueblo. Las campanas de la iglesia se oyen en todo Águeda. Es una construcción blanca, con techo en dos aguas y está en la cima de un montículo. Se llega por un callejón con escalones que es una vía dolorosa. Tiene marcadas las estaciones del viacrucis con grandes cruces de madera y en mosaicos se representa el cuadro de la estación del camino doloroso de Jesús al Gólgota. A la iglesia, entran y salen personas muy elegantes. Es día de boda. Habrá fiesta. La novia entra al recinto antes de mojarse. Hay charcos en el atrio y en cada rincón del pueblo.
Mañana a caminar. Miro el cielo y veo muchas nubes que se mueven muy rápido. Espero que corran y podamos caminar sin lluvia pero sí con sombra. Por lo pronto, el viento sopla y agita los paraguas de mil colores que adornan las calles de Águeda.

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El nivel del agua

Pasan dos cosas al mismo tiempo, baja el agua y se muestran las heridas. Sin duda, no se puede culpar a nadie de la furia de la naturaleza. Fue mala suerte que Ingrid y Manuel llegaran al mismo tiempo a territorio nacional para nublar y mojar más del ochenta por ciento del país. Ni hablar. Sin embargo, al bajar el nivel del agua también se debe hacer un análisis de los daños. ¿Cuáles se pudieron evitar? ¿Cuáles fueron provocados por negligencia? ¿Cuáles por corrupción?
Sin duda la negligencia fue no avisar sobre la potencia de los meteoros que entraban a México por ambos lados. Dice David Korenfeld, titular de la Comisión Nacional del Agua que la dependencia a su cargo lanzó un comunicado para alertar sobre las condiciones meteorológicas para el fin de semana. Me imagino que el comunicado fue muy discreto. En Acapulco nadie le adviritió a nadie de lo que estaba por ocurrir. La negligencia obligó a incurrir en gastos y a destinar recursos que hacían mas falta en otro lado. Para sacar a los cincuenta mil turistas varados en el puerto hubo necesidad de ampliar la frecuencia de vuelos comerciales y mandar vuelos con aeronaves de la marina y las fuerzas armadas. Dicen que las lineas aéreas dieron espacios gratis, yo no se de nadie que haya aprovechado un lugar en un avión de línea sin haber pagado un clavo. Fue al revés, la gente tuvo que pagar un sobre precio para salir de Acapulco. Sin embargo, a pesar de las horas haciendo filas, de los circos ya espectáculos que dio la gente bien que estuvo en el Foro Imperial, ellos fueron los menos afectados. Lo triste es que todos los esfuerzos y recursos que se invirtieron por sacar a tanto angustiado, se pudieron haber canalizado mejor si se hubiera hecho una alerta enérgica y una advertencia contundente de lo que estaba por venir. Mientras en Acapulco había llanto y desesperación por salir del puerto, en las comunidades de Atoyac, Tecpan, en la Costa Grande, en la Chica, el hambre y la muerte se hacían presentes.
Los daños por corrupción son los que más indignan, y que por desgracia, fueron los que más lastimaron. La devastación y las vidas de las personas que fueron arrastradas por la corriente tienen su origen en la tranza y el cochupo. Viviendas construidas en humedales, en cuencas y pasos de arroyos y ríos. El agua tiene memoria y reclama sus espacios. No. Muchas de las heridas no fueron provocadas por la mala suerte, ni por la conjunción de Ingrid y Manuel. Fue la catástrofe que se gestó cuando alguien construyó donde no debía. La desgracia se acunó con las manos manchadas por la corrupción.
Veo al gobernador Ángel Aguirre caminado con el agua hasta el pecho en la comunidad de Tixtla. En realidad trae el agua hasta el cuello. Al dejar de llover, al volver los ríos y lagunas a sus cauces cotidianos, se ven los niveles de maldad causados por la falta de probidad. El soborno aceptado, la mordida ofrecida, el asalto, el engaño, las estampas del abuso más vil que le arranca al ser humano el don más preciado que tiene: la vida.
Al bajar el nivel del agua se verán las marcas de humedad, se contarán los daños, se informará sobre el número de muertos. Las cifras no corresponderán con la realidad que supera cualquier ficción. ¿Pero, cuándo se hará el recuento de lo mal hecho? ¿Quién responderá por la negligencia? ¿Quién por la corrupción?
Hay responsables. Unos por omisión, otros por obra. Unos pensaron que sus trampas ya habían quedado borradas por el paso del tiempo, pero al bajar el nivel del agua, quedaron expuestas.

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Acapulco del alma

Siempre es igual. Cada que me voy de Acapulco la garganta se me pone gruesa y como que me quiero quedar. El amor por el puerto se anidó en mi corazón desde muy pequeña y se consolidó hace trece años. Desde entonces, cualquier pretexto es bueno para tomar los caminos del sur y llenarme los ojos con la vista de la Bahía de Santa Lucía, para mi, la más hermosa del mundo.
A lo largo de estos años he visto Acapulco pintarse de todos los colores, desde el anaranjado del sol que nace en la mañana, hasta el rosa de las nubes algodonadas del atardecer. He visto el verde de los pericos que vuelan en parejas, escuchado el rumor de las hojas de las palmeras cocoteras que se despeinan con la brisa del mar, he sentido los granos de arena en las plantas de los pies y me he hecho parte del regocijo de la tradición del jueves pozolero. También he sentido la preocupación por el yugo que la delincuencia la ha impuesto al puerto. Me ha tocado vivir temblores, unos fuertes y otros no tanto.
He tenido la suerte de compartir mi amor por este hermoso lugar con mi familia y mis amigos. Muchos de los recuerdos más entrañables de mi vida se han forjado en Acapulco. Aquí el Sácale le enseñó a mis hijas a esquiar, Santiago nos guarda la mejor palapa, Juan Daniel comparte con nosotros los secretos del tenis y Reyna me da clases de lo que es la lealtad a prueba de balas. Amor con amor se paga y mi Acapulco del alma corresponde a mi enamoramiento con los mejores atardeceres y los más bellos despertares. Estoy segura de que un pedazo de cielo se escurrió de los dedos de Dios y cayó en el estado de Guerrero. El que lo dude, venga a comprobar que mis palabras están llenas de verdad.
Jamás, jamás había visto al Acapulco color barro como el que vi en estos días. Dicen que en los tiempos del Paulina la situación era similar. En realidad, es difícil de precisar, pero parece que Manuel fue más malo. Aun así, el puerto sigue bello. Es verdad, habla una mujer enamorada.
Es preciso volver y, como siempre sucede, no me quiero ir. Especialmente hoy. Quisiera quedarme en el Acapulco de mi alma. Ese que siento tan mío y al que quiero ver otra vez brillar con el fulgor del que John y Jackie se enamoraron, que atrapó a Johnnie Westmuller, que vio caminar a Mauricio Garcés, a Pelayo y a TinTan; al puerto en el que mis padres vinieron a pasar su luna de miel. Al lugar que, a pesar de todo lo que vi, me deja un suave dulzor en la boca.
En la camioneta, Carlos sube perro, perico, gato, hijas y abordo mi versión moderna del Arca de Noé. Igual que en el Génesis ya vivimos nuestro diluvio, también ya sellamos la alianza con el Arco Iris que iba desde Icacos y se perdía más allá de Pie de la Cuesta.
No me he ido y ya se me hace tarde por regresar. Encontraré pretextos para volver a recorrer los caminos del sur y llegar al paraíso terrenal.

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Castillos de lodo

Generalmente, cuando uno viene a la playa hay la ilusión de hacer castillos de arena. Fortalezas de granos dorados que representan ensueños y que tarde o temprano se llevará el mar. Hoy en Acapulco los castillos de arena son castillos de lodo. La ilusión se la llevó el agua desde antes. La mañana amanece casi sin nubes. Ya dejó de llover. Pero el olor a húmedo llena el ambiente. Ríos de lodo corren por donde antes había calles.
El lodo mancha, ensucia y a veces es sinónimo de deshonra. Enlodar el apellido significa desprestigio. Si dices que alguien tiene lodo en las manos quieres decir que hizo algo malo.Acapulco está lleno de lodo. Hay rapiña. Gente que se aprovecha del estado de confusión y roba. No me refiero a aquellos que roban comida. Ayer estuve afuera de Costco, había gente que se llevaba pantallas de plasma, colchones, equipos de sonido; carritos llenos de cacerolas, sartenes, botellas, almendras al limoncello, dulces, hieleras que luego remataban por doscientos pesos.
La tienda está inundada, hay que nadar para llegar ahí. Mujeres, jóvenes, niños también se llenaban de lodo las manos. No eran únicamente hombres fuertes. Salían totalmente mojados y con bolsas negras de basura llenas de todo lo que podían llevarse. Lástima, afuera estaban marinos que les quitaban todo lo que no era comida o artículos de primera necesidad. El castillo de lodo se caía. Algunos salían con las bolsas tan llenas que se les reventaban y todo su tesoro se quedaba flotando en las aguas terregosas. Adiós a la ilusión de quedarse con todas esas cosas.
La profundidad del agua en el,Boulevard de las Naciones ya bajó, es de un metro. Los camiones del ejercito que llevan despensas y ayuda pasan despacito rumbo a Puerto Marques en donde el agua tapa el primer piso de las casas. Algunos se quieren subir al camión y los soldados empuñan sus armas, no tienen pudor en apuntar a los que quieren invadir su espacio. Con los militares no se juega, seguro tienen licencia para dispararle al que se pase de listo.
Los turistas que quedaron varados cambian sus preocupaciones. Ayer se mortificaban por no poder llegar al trabajo, a la escuela o a sus labores cotidianas. Los planes se trastocaron seriamente. No podremos volver en un buen rato. El lodo obstruye el paso en carreteras y caminos. El lodo bloquea los túneles de la autopista del sol. La única forma de salir es por avión. Hay cinco vuelos diarios y cincuenta mil personas que quieren salir del puerto, a este ritmo llegaremos a nuestros destino diez minutos antes del día del juicio. Es urgente que el lodo se retire de los caminos.Hoy la preocupación ya no es llegar tarde, es perder el empleo, los proyectos, el año escolar. Hay gente a la que ya se le acabó el dinero. En los albergues hay tantas perdonas que la ayuda no alcanza.
El lodo es barro. El barro, aunque es lo mismo tiene una connotación positiva. Con el barro se construye. De barro fue hecho el primer hombre que recibió el soplo de Dios. Acapulco necesita el soplo de Dios. El barro, como material primigenio, da paso a la creación. Así se espera aquí la reconstrucción. Pero para llegar a esa etapa hace falta tiempo.
Hoy, los castillos son de lodo.

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Ríos desbordados

El agua no siempre es reflejo de vida. En los momentos en que la naturaleza pierde el ritmo, sea para aumentarlo o disminuirlo, los seres humanos estamos en aprietos. Cuando la madre del clima le sube al volumen el hombre se estremece.
El último invierno en Europa se prolongó hasta ya entrada la primavera. La necedad de la nieve y de las bajas temperaturas nos hacía dudar si estábamos en época de Navidad o Pascua, sólo los adornos de huevos decorados y conejas con encajes nos revelaban que no estábamos en los tiempos del pesebre.
La transición de las estaciones en Europa es siempre muy marcada, la diferencia entre el invierno y la primavera se nota y esos cambios, en general, suceden con puntualidad. Cuando hay alteraciones en el calendario climático sabemos que se nos están anunciando problemas.
El Danubio, el Elba, el Moldava, el Rhin y en general, todos los ríos europeos son afluentes tranquilas, propicias para el tránsito fluvial. Las embarcaciones con turistas y mercancías se deslizan por las superficies sin movimientos violentos, lo que hace de estas rutas hidráulicas una de las formas preferidas para transportar pasaje o mercaderías.
Fue a la vera de estos ríos que florecieron muchas poblaciones que hoy son de las ciudades más importantes del mundo. París no tendría tanto encanto sin el Sena. Salzburgo no se hubiera desarrollado tanto sin el comercio de la sal que se movía por el río, Berlín debe parte de su belleza al Rhín que le forma las islas que alojan los museos más importantes de Alemania. El Puente Carlos no tendría razón de ser si el río no dividiera a Praga. De todos el Danubio es de los más famosos. Tal vez sea por el vals, o por Viena, Bratislava y Budapest. ¡Vaya joyas por las que pasa esta afluente!
Los ríos son hermosos por su tranquilidad y docilidad, pero cuando despiertan y se salen de lugar, asustan. El desborde del río Elba rompió un dique y las autoridades alemanas tuvieron que evacuar diez ciudades. El colapso del dique de Fischbeck, al norte de Alemania, provocó el cierre de la principal ruta ferroviaria del país, la que une Colonia, Franckfurt y Amsterdam con Berlín.
El torrente de agua traído por las lluvias en Europa han provocado daños en Alemania, Hungría, República Checa, Eslovaquia y Hungría. La gente de Europa central sale de sus casas expulsada por el movimiento del cauce de los ríos.
El alcalde de Budapest dice que la inundación en la ciudad todavía no rebasa los límites de peligrosidad, mientras que Praga tiene agua en sus calles y callejones. Salzburgo y Viena se parecen cada día más a Venecia. El agua traspasa límites y causan angustia, perdidas y tristeza en las personas que ven sus casas, negocios y ciudades mojadas. Las inundaciones pudren todo lo que tocan.
Mi padre que trabajó por años en la Secretaria de Recursos Hidráulicos dice que el agua deja menos males que la sequía; que después de una inundación, vienen periodos de mucha abundancia.
Ojalá y así sea. Que tanta agua sea el presagio de bonanza y recuperación para un continente que lucha por permanecer unido, por ser próspero y al que, últimamente, no le ha ido muy bien.

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